Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

CAPITULO XXVII

Santularia y Medina

El portero del Hospital de Hombres, se paseaba en la puerta de entrada principal de dicho establecimiento, y á corta distancia de él, demacrado y convaleciente se veia á Octavio, casi curado de sus dolencias.

Aquel dia había sido dado de alta y enseñaba al portero su correspondiente licencia.

—Pues has tenido suerte hijo mio —decia el buen gallego, dirijiéndose á Octavio— has tenido suerte.

—Suerte, para tí ó para el diablo, que lo que es yo ruego á Dios no me la vuelva á dar.

—Suerte, sí, y grande que las tenidu, porque tu sabes mal nacidu, que el que aqui entra casi siempre sale al campu santu[1].

—Pues sábete que no he estado muy lejos, pero gracias al cuidado de la hermana Providencia, aquí me tienes sanó y salvo por si me necesita.

—Gracias, gracias, amigu miu, pero ¿sabes tu que dicen que la tal hermana Providencia es una santa milagrusa?

—Es un ánjel, amigo Antonio, es un ánjel de hermosura y de bondad.

—¡Cómo la sentirán los enfermos del huspital!

—Hay algunos que dicen que se van á dejar morir, puesto que ella no les cuidará mas.

—Y tienen razón á fé, ¡si era tan buena!

En aquel momento un carruaje se detuvo y Andrea llevando al pequeño Edgardo de la mano, bajó de él y entró en el portal donde se hallaba Octavio.

—¡Ola! —esclamó gozosa dirijiéndose á su antiguo servidor —cuanto me alegro qué te halles mejorado, hijo mio.

—Mil gracias mi señora, hoy me he levantado y dado de alta por el médico, iba á ver á mis queridos bienhechores.

—Pues me alegro doblemente, porque te ahorraré la caminata, llevándote en mi carruaje.

Octavio no contestó, estaba acostumbrado á las bondades características de su bella señora, así que inclinando la cabeza esperó que aquella hablara.

La presencia de aquel niño le habia estrañado, pero contenido por el respeto, no se habia atrevido á preguntar nada á Andrea.

—Pues amigo mio —dijo Andrea— á mas que deseaba verte, otro objeto me trae aqui.

—¡Mi señora puede mandar! —repuso Octavio, inclinándose lijéramente.

—Deseo ver á la hermana Providencia.

Octavio alzó azorado los ojos, y el buen gallego miró á Andrea con aire estúpido y alelado.

—¿De que te sorprendes? —replicó la señora con marcada ajitacion, ¿acaso no está aquí?

Octavio eludiendo la pregunta, dijo sorprendido:

—¿Cómo que vos no sabéis señora Andrea lo que ha pasado á la hermana Providencia?

—No, ¿le ha sucedido alguna desgracia?

—Al contrario, una gran felicidad.

Andrea cada vez mas confusa oyó con júbilo el milagroso suceso del encuentro de Providencia con su amante y una vez impuesta pidió permiso para hablar con la hermana Superiora y esta narrando á Andrea todos los pormenores de aquella estraña historia indicóle las señas

de la nueva habitación de Margarita.

La joven habiendo concluido su noviciado y libre de votos habíase traslado á casa de Teresa donde le hemos visto ya en compañía de su amante. En tanto que Andrea salió del hospital en busca de las señas indicadas, Augusto recibía una tarjeta con el nombre de Plácido Santillana. Aquel nombre no le fue desconocido, se volvió y dijo al criado que esperaba:

—Díle á ese caballero que puede pasar.

El criado salió y Santillana vestido de rigorosa moda, con su noble y apuesto continente se presentó ante Medina.

—Caballero —dijo este— á vuestras órdenes.

Plácido llevó la mano al sombrero y se inclinó con esa finura y elegancia que también poseen los hombres cultos y habituados al contacto frecuente del gran mundo.

—Os he incomodado tal vez —dijo Plácido tomando asiento— pero debéis perdonarme porque os traigo un recado de gran interés y que creo valdrá para vos mas que todos los tesoros del universo.

Medina se sonrió tristemente.

—Estáis en un error caballero —díjole— para mi no hay nada que pueda despertar el interés y menos que pueda volverme la felicidad, no necesito oro porque sin buscar fortuna sin desearla, ella ha descendido á mi profusamente, afecciones sola una me ha quedado y esa la constituye mi esposa que es el solo vínculo que une mi corazón al mundo; ella como yo es muy desgraciada y os aseguro que estáis en un error al suponerme halagado con la noticia que traéis. Sin embargo amigo mio y a pesar de vuestra equivocación —continuó Medina— os doy las mas cumplidas gracias por la molestia que os habéis tomado y el buen deseo que os anima.

—No os he hablado de oro, Medina porque sé que para almas del temple de la vuestra, ese vil metal no significa nada, no os he hablado de vuestra esposa tampoco porque lo que acabáis de manifestarme, lo sé de antemano, solo os he dicho que era portador de un recado de gran interés para vos, y ahora os lo vuelvo á repetir rogándoos recorráis la memoria y me digáis poniendo la mano sobre el corazón si no tenéis nada que os interese en esta vida.

—Nada —contestó Augusto sin titubear mirando á Plácido con marcada curiosidad— nada me interesa en esta vida.

—Tenéis razón —dijo Plácido— sin duda no os inspiro bastante confianza y…

—Estáis equivocado —le interrumpió Medina— me sois simpático y a pesar de no tener el honor de conoceros no tendria inconveniente en manifestarme á vos.

—Sin embargo no habéis sido franco y creedme soy un caballero y un padre desgraciado como vos.

—¡Cómo yo!

—Si, como vos.

—¿Y acaso conocéis el género de desgracia que yo lloro?

—Habéis perdido á vuestra hija, y yo he perdido á mi hijo.

Augusto miró á Plácido sorprendido ante aquella estraña analojia y luego dijo:

—Es verdad, no alcanzo que os proponéis al demostrarme estar iniciado en el secreto doloroso de mi vida, pero sea ello lo que sea os pido me lo digáis sin tardanza.

—¿Luego hay algo que os interesa?

—Tal vez.

—Ahora sois mas franco.

—Acabad, os suplico.

Plácido se inclinó y murmuró en el oído de Augusto.

—¿Conocéis á Luis Rizzio?

Augusto como levantado por un resorte se puso de pié y pálido de odio y de sorpresa:

—Veinte años ha que le busco —esclamó— veinte años ha que le busco y no lo he hallado jamás, ¿sabéis donde está?, decídmelo, me habréis hecho un servicio que con nada podría recompensaros.

—Calmaos Medina, si se donde estay él me envía á buscaros.

—¿Que decis?

—Rizzio está moribundo, mi mano os ha vengado, le he atravesado el corazón con una bala de mi rewolver y hoy agonizante le he perdonado todo el mal que me ha hecho y ahora os llama á vos para pediros perdón.

—¡Perdón! —gritó Medina— ¡perdón para Luis Rizzio! ahogarlo, beber su sangre y luego mutilarlo, despedazarlo, un miembro por cada lágrima que nos ha hecho verter durante veinte años, arrojarle en el infierno y con la sonrisa de venganza ver estinguirse su miserable cuerpo; ¡perdón para Luis Rizzio!, desdichado, ¿vos sabéis lo que es llorar hora por hora momento por momento á la hija de su amor, al ángel inocente y delicado que el brazo criminal de un asesino lo alejó de vuestro lado, lo dejó solo y hambriento quizá en medio de un desierto para festín de los animales salvajes? ¿Vos no sabéis lo que es esto?, no comprendéis el horrible dolor que ha destrozado el corazón de los padres al hallar desierta la cuna de su hija adorada, vos no lo sabéis por eso queréis que le perdone, vos no lo habéis sentido por eso le habéis tenido compasión; yo, yo no le perdonaré, iré ante su lecho de muerte, iré, para maldecirlo, para enrostrarle todos sus delitos hasta que retorciéndose como un condenado entregue su alma al demonio.

Augusto fuertemente exaltado ante la idea de la venganza se acercó á Santillana. Este con el rostro hundido entre ambas manos sentia trasmitirse á su alma toda la hiél que embargaba el alma de Medina; su dolor igual al de aquel volvía vivo y brotando, odio, ante las vehementes palabras de aquel padre infeliz.

—Si, si —dijo— tenéis razón he sido insensato, no he debido perdonarlo, como vos he debido demandarle lágrima por lágrima, dolor por dolor, tortura por tortura, si he sido un insensato, no he tenido fuerza para cumplir mi juramento de esterminio, pero aún es tiempo.

Y Plácido poniéndose de pié:

—Medina —dijo— ese miserable me ha hecho mas desgraciado que á vos, le he pedido á mi hijo y me ha dicho “le he muerto”, mientras que á vos os llama y me ha encargado os diga que quiere devolveros á la hija que lloráis.

Augusto arrojó un grito y lívido alentando apenas:

—¿Eso os ha dicho? —balbuceó.

—Si, y no perdáis tiempo, porque pocos instantes le restan ya.

—¿Será cierto, Dios mio? —murmuró Medina— ¡oh! si me volviera á mi Andrea, le perdonaría de veras. Y el pobre padre trastornado ante aquella promesa que creía irrealizable sintió desvanecer hasta la última sombra de odio contra Rizzio.

Plácido alargó su mano:

—¿Que debo contestar á ese hombre? —dijo.

—A la una de este mismo dia estaré allí —y Augusto oprimiendo la diestra á Plácido —soy vuestro amigo —agregó— ¿queréis vos serlo mio?

—Con toda mi alma, un mismo lazo nos une á entrambos, la desgracia y este es indisoluble.

Plácido y Augusto se oprimieron la mano en silencio, apartándose después.


  1. Esta representación satírica del habla del gallego es quizás el único rasgo humorístico de la novela.


Deja un comentario