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CAPITULO XXV

El moribundo

Todo yace en el mas profundo silencio, solo el acompasado ruido de un reloj interrumpe la quietud sepulcral que reina en la alcoba de Don Luis. Este tendido en el lecho, con los ojos vidriosos y enturbiados gemía, retorciéndose presa de atroces dolores.

A su lado, de pié, estaba un joven sacerdote, quien con suave y cristiano acento se dirijia al agonizante.

—Hijo mio —decíale— levanta tu espíritu á otro mundo mejor, prepara tu alma y piensa en Dios.

—¡Oh!, no puedo —murmuró Don Luis ajitándose vivamente— no puedo, padre mio —y luego, con voz desfallecida prosiguió:

—¿No veis su sombra? Ella está aquí á mi cabecera, maldiciéndome, ¡ah! no, no puedo. ¿De qué me serviría vuestra absolución, padre?, aquí en la tierra, si allá arriba, no me la concederán mis víctimas?, ¿de qué me servirá?, decidme padre.

—Tú hablas como un réprobo, como un judío, no tienes fé en Dios, porque tu alma ennegrecida por el crimen, se cree incapaz de arrepentimiento. Tú hablas así porque nunca has conocido los consuelos de la relijion; reflexiona un instante, piensa que vas á comparecer ante el augusto Tribunal, luego mira al fondo de tu estraviada conciencia, y si aún hallas en ella un rayo de fé, vuelve tu alma entera hacia el Creador, alivia tu espíritu por medio de la confesión, descarga tus enormes pecados y comprenderás entonces la misión del Ministro de Dios en la tierra, entonces tu alma purificada por el arrepentimiento, llegará en la hora suprema y última de tu vida hasta las plantas del Señor y allí los espíritus impalpables de tus víctimas, te perdonarán también.

El joven sacerdote se detuvo, luego fijando el rayo tiernísimo de sus ojos negros, sobre la amarillenta frente del moribundo, prosiguió, señalando con la diestra el cielo.

—Allá hijo, acaban todas las miserias de la humana vida, piensa que por grande, por inconcebible que sea tu crimen, Dios es mas inmensamente bueno y justo, y que los mayores pecadores de la tierra llegaron á morir sonriendo y se salvaron, purificadas sus almas por el mas puro arrepentimiento, piensa todos los consuelos que te ofrece la religión, aún eres inmensamente rico y puedes hacer muchos beneficios en la tierra que vas á abandonar.

Don Luis lanzó un gemido y estendiendo la mano buscó con afán la del sacerdote.

—Padre, mis crímenes son muy grandes —articuló con la voz debilitada por completo.

El sacerdote alargó el brazo y tomando de sobre la mesa de luz, á corta distancia del lecho, una pequeña redomita conteniendo un licor verdoso, del que vació algunas gotas en un vaso de agua pura, lo acercó á los labios de don Luis. Este apuró sediento la balsámica poción, y cual si aquella devolviera el vigor á sus entumecidos miembros, habló con voz clara é intelijible.

—Mis crímenes son muchos, padre mio, no hay perdon para mi alma.

—Mayor es la misericordia de Dios, miserable pecador —contestó el sacerdote con dulzura— por grandes que sean tus delitos, si un sincero arrepentimiento desciende á tu corazón, sentirás una tranquilidad inmediata, y tu alma absuelta por Dios no sufrirá las torturas que la esperan si mueres sin los auxilios de la relijion que pide todo cristiano al emprender el camino de la Eternidad.

Don Luis ajitó la cabeza sobre las almohadas, luego sus labios se movieron.

—Sí padre, sí —dijo— estoy dispuesto á confesaros la negra historia de mi pasado, pero antes desearía pediros un favor.

—Habla hijo mío, indícame tu deseo, y estaré satisfecho si te puedo ser útil.

—Existe un ser, padre mio —balbuceó Don Luis deteniéndose anhelante— á quien deseo ver y sin cuyo perdón no podrá gozar descanso mi alma.

Don Luis volvió á hacer una pausa y luego prosiguió:

—Ese hombre debe hallarse en el Hospital de Hombres y su nombre es Plácido Santillana.

Calló Don Luis, y el padre Miguel tomando su sombrero iba á salir, cuando volvió á llamarlo.

—Oid padre —le dijo— quiero que le digáis que no se niegue, que sea una vez mas, generoso con su asesino, que piense que en la hora de la muerte no se miente

—Piensa en Dios, hijo mio —dijo el padre— pronto yo estaré á tu lado otra vez, y salió.



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