El perdón
Una hora mas tarde el padre Miguel entraba en la casa de Don Luis y dos minutos después un carruaje se detenía en aquella misma puerta. Plácido y Margarita bajaron de él y penetraron en la portada, guiados por el sacerdote, entraron á la alcoba del enfermo, y deteniéndose frente al lecho, Plácida adelantó: estaba pálido, y una conmoción nueva ajitaba las fibras de su corazón.
—Saavedra, me has llamado, ¿qué quieres de tu víctima?
Don Luis dio un grito, luego se incorporó y asiendo una mano de Plácido.
—Perdón —balbuceó.
—Miserable —dijo éste desviando su mano, me pides perdón, ¿y tú que me das en cambio de todo lo que me has arrebatado?
—¡Oh! mátame, ¡mátame mas bien si no has de ser jeneroso con este arrepentido moribundo!
—¿Y que derechos tienes tú, para esperar jenerosidad de un padre á quien has robado al hijo de su amor, de un amante que le has muerto á la querida de su corazón, de un hombre á quien has intentado quitar la vida, y por último, de un inocente que has delatado á la justicia como asesino alevoso de un crimen y horrenda maquinación que urdió para mí tú maligna cabeza?, díme que derecho tienes de esperar jenerosidad, ó creer que yo pueda perdonarte, infame cuando te has complacido en la horfandad de mi alma: díme, contéstame.
Y Plácido sacudía con fuerza el brazo de Saavedra.
—Lo vais á matar —dijo el sacerdote, aproximándose al lecho— si sois cristiano, sed jeneroso, que Dios sufrió por toda la humanidad y perdonó á sus verdugos.
—Retiraos padre, retiraos y orad por su alma que es vuestro deber, pero no os mezcléis con las cuentas que yo tengo que arreglar con este miserable. Dios era un santo y yo soy un hombre cuyo bello destino y ancho porvenir ha trocado este malvado en un erial de abrojos.
—No volveré á interrumpiros —dijo el padre— pero no olvidéis que á este infeliz le ha llegado su hora suprema y que su alma tan negra antes, ahora está llena de crueles remordimientos, y que necesita el perdón de los buenos.
— No lo olvidaré, pero dejadme.
El padre se puso de rodillas. En tanto Don Luis espantado, ocultaba la cabeza entre las sábanas.
Plácido se volvió.
—Acércate, Margarita —dijo— y pregúntale que ha hecho de nuestro hijo.
Margarita dio un paso, levantó el velo que ocultaba su rostro é inclinándose sobre el lecho:
—Don Luis —murmuró— dame á mi hijo y te perdono.
El moribundo miró aquel rostro, sintió aquella voz, y un sudor frió inundó su frente, estendiólas manos y rechazando á Margarita.
—¡Padre! ¡Padre! —gritó es el espectro— Margarita, ¡piedad!, ¡perdón!.
—No —dijo Margarita, casi con dulzura, porque su alma noble y pura no comprendía el sabor de la venganza, no soy su sombra, soy Margarita viva, y dichosa si tu le dieras el hijo de sus entrañas.
—Mientes —gritó Don Luis creciendo en desvarío— ella murió, yo la enterré, el carro de los pobres llevó su cadáver desde el hospital de locos, hasta el cementerio del Norte, mientes, tú eres su espectro que te levantas de la tumba, como la estatua del comendador ante Don Juan Tenorio, tú como aquel vienes á maldecirme, á gozarte en mi agonía.
Y Don Luis delirante:
—Padre, padre mio —gritó— protejedme.
El padre Miguel se puso de pié, se aproximó al lecho y mirando á Plácido y á Margarita:
—Este hombre vá á morirse —dijo, si no quieren tener en vuestra conciencia un punto oscuro que llegaría á quitaros el sueño, perdonadlo, y puesto que vuestro mal no tiene remedio, compadeceos de su alma apartándola del padecimiento eterno.
Margarita asió á Plácido de una mano.
—Perdonémoslo, Plácido mio —dijo con la espresion de la mas santa caridad impresa en el rostro, ven, perdonémoslo en nombre de nuestro inocente hijo.
Plácido se resistió un instante.
—Imposible —murmuró— no puedo, no puedo.
—Sí —esclamó Margarita arrastrando á su amante ante el lecho de Saavedra— perdonémosle.
Plácido vacilaba, fijó sus ojos en los ojos humedecidos de la joven y ésta venció.
—Sí, pobre madre —dijo— perdonémosle —é inclinándose sobre el oido de Don Luis:
—Luis de Saavedra —murmuró— yo te perdono.
Margarita se acercó, miró á Don Luis fijamente.
—Yo te perdono —le dijo— pero dime en cambio que has hecho de mi hijo.
Un silencio sepulcral siguió á las palabras de Margarita, y solo, un sollozo hondo y doloroso levantó la bóveda del pecho de Don Luis, en tanto el sacerdote le decia:
—Descansa en paz, pobre alma, ya estás perdonado.
Don Luis se ajitó.
—¡Oh! gracias, articuló con voz entrecortada, gracias —y luego dirijiéndose al sacerdote:
—Padre —le dijo— ¿es verdad, que no es su sombra, que Margarita vive, que me ha perdonado?
—Es verdad, hijo mio, vive; noble y cristiana, te ha perdonado y te ha hecho perdonar, ahora, tal vez, tu puedas borrar en parte el mal que antes le hiciste.
—¡Oh! padre, cómo, decídmelo!, yo sueño, Margarita no puede vivir, ella murió loca, y Don Luis asió de una mano á la joven y la atrajo para fijar sus enturbiados ojos en el bello rostro de su antigua hija adoptiva.
—Margarita —le dijo con voz temblorosa— eres tú, no es mentira, vives, Dios te ha conservado la vida para que perdones mis horribles crímenes.
—Sí, Don Luis, si vivo, os he perdonado y en cambio os pido mi hijo ó lo que de él hiciste.
Saavedra no tuvo duda, era ella viva y palpable.
—Tú hijo, Dios mio, tú hijo, yo no se de él, yo se lo entregué á Jacobo. Margarita dio un grito y se cubrió el rostro con las manos. El sacerdote se estremeció y sostuvo en sus brazos el cuerpo vacilante de la pobre madre.
—¿Jacobo Retamares? —esclamó Plácido acercándose á Don Luis.
—Sí —dijo éste— eso es, Retamares.
Plácido prosiguió cual si hablara consigo mismo:
—Jacobo me dijo que tenia á su hijo enfermo, en casa de Don Augusto Medina. ¡Dios mio, si mi hijo viviera…!
Santillana sin darse cuenta de éste presentimiento:
—Margarita, querida Margarita —esclamó— vén, busquemos á Jacobo, y si ese miserable no ha muerto á nuestro hijo tal vez lo encontraremos.
—Augusto Medina —gritó Don Luis que habia oido las últimas palabras de Santillana— escuchadme.
Plácido se volvió, la mas viva contrariedad se pinto en sus facciones.
—¿Qué quieres? —esclamó— acaba porque me repugnas.
—¿Augusto Medina, dijiste? —articuló con trabajo.
—Sí, —dijo Plácido golpeando con la palma de la mano su ancha frente. —¿acaso es el Augusto que figura en el manuscrito? —esclamó.
—Sí, sí, es él —repuso Saavedra— decidle que venga que quiero devolverle á su hija —y Don Luis juntando las manos, murmuró, alzando los ojos á Dios— hay una Provi…den…cia —y desplomóse presa de una ajitacion febril.






