Valerse por sus propios medios
Ginnette Barrantes-Sáenz
Probablemente, en 1919, cuando Freud le escribió a Sándor Ferenczi acerca del misterioso título de su escritorio: Más allá del principio de placer (Jenseists des Lustprinzips), y sobre cuya claridad no le quedaría más opción que recomendar al lector “arreglárselas por sus propios medios”, nunca imaginó que, casi un siglo después, ese lector del futuro dispondría de muchos y más complejos recursos para iniciar su lectura y, quizás, al mismo tiempo, cada vez más de menos medios propios para leer.
Tal es la sensación cuando iniciamos la lectura de Manuscritos inéditos y versiones publicadas, del texto bilingüe cuya edición y comentarios estuvieron a cargo de Juan Carlos Cosentino, en 2015, y que constituye el punto de apoyo del libro que usted está por leer.
¿Qué quiso decir Freud con “arreglárselas por sus propios medios”? El contexto de esta frase cien años atrás era muy distinto al de hoy, pues el lector freudiano de los comienzos no tiene el mismo horizonte textual ni histórico y, sin embargo, sigue estando presente en esa intimidad autoral en la que el mismo Freud lo convocaba ya en su texto, desde su quehacer clínico que convertía en sus medios de escritura. Pero a partir del affaire de las traducciones del alemán al español, como la de Ballesteros, del alemán al inglés, como la de James Strachey y la de José L. Etcheverry en Amorrortu Editores, ese lector debe desplazarse por un universo textual que no solo atañe a su lectura, sino a las políticas de edición, traducción y establecimiento textual del psicoanálisis y de la obra freudiana. Entonces, la tarea no es fácil y así lo indica el trabajo realizado por quienes, partiendo de los manuscritos conservados de Freud, empiezan con las dos versiones alternativas y las comparan con las versiones ya publicadas. Denominan a esa operación una travesía por el manuscrito que coteja la versión a máquina del texto en alemán con el escrito publicado y, posteriormente, se vuelve a establecer el texto en alemán para compararlo con la versión escrita. En este punto, el lector ya le lleva ventajas al mismo Freud, quien jamás tuvo la oportunidad de navegar en la traducción al castellano de ambos manuscritos, y menos aún de contar con el valioso documento de comentarios que compara las tres versiones con sus reediciones, como es el caso de esta versión publicada —documento base de la presente investigación— que surge, precisamente, al conmemorar los cien años del inquietante texto sobre lo Unheimliche, durante la visita a Costa Rica de Lionel Klimkiewicz.
Juan Carlos Cosentino denomina “el giro de 1920” a ese punto de inflexión en la teoría que rescata, entre borradores, las primeras versiones o versiones alternativas. Los dos escritos comparados de este texto muestran un aspecto de copias en limpio que dan lugar a las primeras versiones; la primera escrita a mano, y la segunda, encuadernada, y que probablemente fue el regalo de Freud a Max Eitingon. Por fortuna, hoy estos documentos son la base del escrito que Freud termina en sus vacaciones en Badgastein, y sobre el cual vislumbraba ya la complejidad para aquel lector librado a sus propias fuerzas y por sus propios medios.
Son muchos los autores que nos advierten que después de la Gran Guerra, que parecen hacer presente algo de la repetición, la ananké se convierte en uno de los pilares de quienes defienden la aceptación de la cruda realidad frente a quienes aún entrevén algo de la libertad, más allá de las determinaciones del imperio neurológico y ante las luchas pulsionales, cuya bandera será tomada por un malestar difícil de establecer entre la civilización y la cultura.
Punto central: en las variantes del manuscrito de Freud (copia en limpio), podemos leer que en principio escribió “Das Glück und die Kultur” (“La felicidad y la cultura”), y luego tachó ese título y lo cambió por “Das Unglück in der Kultur” (“La infelicidad en la cultura”). El título definitivo, Das Unbehagen in der Kultur (El malestar en la cultura), fue decidido por Freud entre la escritura de la copia en limpio y la impresión del texto, y la palabra “civilización” es la que se usa en la traducción al inglés. Lo comenzó a escribir en el verano del 29, en Berchtesgaden, donde pasó sus vacaciones (hay una carta a Lou Andreas Salomé del 28/7 en la cual le comenta que lo acababa de terminar). Freud siempre usa Kultur. Strachey afirma que Civilization fue la propuesta de Freud a Joan Rivière para la traducción en inglés. Puntos de un pasaje que aún está por establecerse.
Así, toda la obra freudiana se verá atravesada ‒cuanto más exigía esa misma libertad para la especulación teórica que tanto preocupaba al mismo Freud‒ por poner en el tintero los recursos de esa racionalidad humana a fin de repensar el inconsciente en las opacidades de las luces de la razón y de las palabras que ya no bastaban para dar cuenta de la miseria humana como común. Por ello, de su intimidad más recóndita surge esa impensable compulsión a la repetición que traerá un concepto más definitivo de lo traumático y de lo que se resiste a ser domado por esa racionalidad que creía atrapar el trauma en una repetición que repite lo mismo de manera siniestra. Freud no ignora que tal desamparo humano trajo esta máquina de destrucción que cambiaría para siempre los nombres de los malestares y, por ende, de toda subjetividad frente a las neurosis de guerra, como lo expone el texto de Theodor Reik, El terror, publicado en Viena en 1929 en el libro El terror y otros estudios psicoanalíticos (Der schrecken und andere psychoanalytische studien), en el cual el autor continúa su aporte a lo ya expuesto en Más allá del principio de placer.
Su contenido permite una discusión más amplia del estímulo que atraviesa la barrera protectora o su efecto de contraestímulo como respuesta de la investidura psíquica. Desde el terror y el sobresalto ya planteado por Freud, Reik avanza hacia el golpe como acontecimiento de lo traumático y su función ligadora, cuyo efecto no es exterior sino que el elemento traumático conjuga una operación más compleja que el resultado de elementos constitucionales o accidentales sin quedarse en uno u otro borde, sino develando las angustias inconscientes que en cada caso descubren las rupturas de la membrana; de esa figura psíquica amebiana con la que Freud imaginó el aparato psíquico para representarse y confrontarse no solo con las nuevas definiciones del trauma que trajo la posguerra, sino también con la neurosis de guerra cuyos hallazgos clínicos existentes debieron contrastarse con el imprevisto escenario, donde el terror (Schrecken) y el sobresalto (Überraschung) parecen desplegar un escenario más allá de la escucha de ese fondo sórdido del estallido de las barricadas y las explosiones que le robaron la placidez de la vida cotidiana al mismo Freud, y desde el cual ese más allá se convierte en el punto de exterioridad que interrogó al mismo psicoanálisis.
Lo interesante es que Reik se plantea esta meditación como un complemento y la abertura de una brecha que confronta las neurosis traumáticas con las no traumáticas, y que pone en vilo ese lado oculto y provisional que todo saber científico tiene, si no desea excluir la imaginación para avanzar en los inciertos caminos de la especulación, que vendría a ser el sobresalto de la razón. El golpe del sobresalto sacude, derriba la potencia, y esa amenaza del destino debe ser procesada con los propios medios de cada quien. La sorpresa no siempre tiene efectos negativos pues a veces confirma lo esperado. Pero cuando el terror surge sin expectativa podría caer en el terreno ya conocido de expectativas angustiantes previas y, cual si no, ser vivido como un golpe de realidad. En esta caja de resonancias, las intensidades son la música intempestiva que no podemos adestrar y que, como afirma el mismo Reik, no cambia el carozo, pero sí la cáscara de la teoría traumática en que, literalmente, se abre un agujero en el suelo de lo conocido, y lo desconocido entonces viene en su auxilio.
Pero más allá de ese horizonte utópico de la humanidad que la guerra hundiría en sus trincheras, también Freud convoca a un lector capaz de activar sus medios de lectura y le da la libertad de no llevarlo más de su mano. Abre su texto a algo inédito, sustituye de alguna manera esos discípulos que estuvieron en su camino como lectores, estudiosos, interlocutores e incluso como obstáculos —cuando se aferraron de su mano paternal— para convocar a un lector desconocido, dispuesto a recopilar los materiales, a hacerse como un escultor en los agujeros del cuerpo textual, con un cincel nuevo, capaz de anotar y archivar las múltiples versiones, los borradores, las ediciones y las traducciones, y producir sobre esa escritura freudiana algo que descomplete su obra y la haga obrar desde sus silencios, borrones, tachaduras, esquemas y esbozos; cuyo estertor no sea solo la muerte, sino el movimiento de una nueva danza en que, por fin, sean legibles sus velos y sus veladuras, o incluso, como lo propone el libro, su punto cero inercial.
Además de profundizar en el texto de Theodor Reik, este libro permite adentrase en tres estudios muy distintos sobre la versión crítica de Más allá del principio de placer, que convierten la investigación en escritura propia para un lector que deberá esforzarse al inicio con el texto de Lionel Klimkiewicz, Schreck y Überraschung, que contrasta las traducciones al castellano de Biblioteca Nueva y Amorrortu con la versión crítica y bilingüe. No solo para abrir nuevos campos de investigación, sino también para mostrar el valor clínico de su aparición a lo largo de los textos freudianos.
Sin duda, el contexto histórico e industrial en el que emergen estos términos nos hacen pensar en la relación de Freud con la lengua alemana de la cual advertía Georges-Arthur Goldschmidt en Quand Freud voit la mer Freud et la langue allemande I (2006), cuando afirmaba que el descubrimiento de Freud del inconsciente tiene más de lo que hemos pensado de la estructura misma de la lengua en que fue escrito. No solo esa lengua en que las raíces de la infancia permanecen irreconocibles, sino también ese espacio en el cual se hunden las pulsiones rechazadas y donde las vicisitudes del nacionalsocialismo habrían dejado las huellas de un nuevo espanto innombrable.
En otro espacio más tangible, Jean Jacques Barreau, Freud et la métaphore ferroviaire (2007), sugiere que no solamente la guerra sino el maquinismo abrieron ese camino de hierro en que la máquina modifica la percepción del tiempo y del espacio y, desde luego, el viaje en la doctrina psicoanalítica. De allí que esta “metáfora ferroviaria” cobra cuerpo no solo como medio de transporte sino también como el camino, la ventana, el paisaje y, en el caso del texto que nos ocupa, el accidente ferroviario, las construcciones, lo desconocido y lo inesperado, que llevan a Freud a tensar el miedo desde un objeto conocido hasta el terror, con sobresalto o sin él, y donde la angustia parece venir a anticipar lo imprevisto donde el desamparo humano se hunde. Pues el terror no es sino la sorpresa de lo desconocido. De allí la pertinencia de esta discusión con Reik.
Lo interesante es que en la brecha abierta por Freud sobre las tareas de esa barrera anti- estímulo, los opuestos aparecen como un problema no solo en el pasaje de lengua, sino para recoger los efectos que dejan de ser histológicos y neuromoleculares para ligar de otra manera el modo en que el trauma recoge una intensidad que ya no puede ser domada nada más que por el estímulo o su efecto. En este nuevo horizonte, el horror con sobresalto o sin él salta al dominio de lo que no es domesticable, por lo que la discusión de Theodor Reik y Freud hoy cobra una nueva actualidad en su largo recorrido textual, que sería retomado por Lacan para destacar el sobresalto y su lugar en el hallazgo freudiano del inconsciente, que lo sacó del panorama epistémico que lo dejaba solamente como el lado oculto o contrario de lo conocido. Acentuando además no solo el mundo real, sino su lado ficcional o el arte, y que Reik también explora desde el ritual de un modo menos romántico que Jung.
De allí que la cabeza de medusa no solamente permite abordar la mitología sino los modos en que la angustia de castración recorre los imaginarios o, como en el Moisés de Miguel Ángel, eso aterrorizante se emparenta con los animales totémicos o kafkianos para mostrar en la producción estética cómo lo imprevisto asalta la mirada abriendo nuevos sentidos de significación ignorados. Este efecto sorpresa rebasa al sujeto y es el que estará, como bien lo muestra el texto, en los caminos de la repetición o de la pulsión de muerte al potenciar que el sujeto mismo se sorprenda de su producción o quede adherido al espanto de la insensata repetición cuando se escucha a sí mismo en su asociación libre.
En el texto Inercia psíquica (Trägheit) y compulsión a la repetición (Wiederholungszwang): un índice textual, Roberto Marín Villalobos presenta un intrincado orden textual con el que el lector se sentirá convocado a un esfuerzo para atravesar el texto freudiano sin las facilidades de una lectura lineal o cronológica, pero que a su vez es recompensado con finas vetas de su estructura que le muestran la manera en que Freud revisita su obra desde sus intelecciones posteriores y modifica sus nociones hasta llevarlas al grado de constructos teóricos, como es el caso de la inercia psíquica, que adquiere su estatus en un panorama textual retrospectivo muy complejo de rastrear y se posiciona, sin ambages, con respecto a la compulsión a la repetición.
Las variaciones del concepto exploran desde su uso coloquial, como cero romano (nullus, o nulo, como subraya el artículo), hasta 1914, cuando Freud le da a esa negatividad un estatus de fuerza y potencial que convierte la repetición en una acción que se hace del recuerdo que no existía y le da a la escena toda la potencia de recordar en acto y, al mismo tiempo, lleva estas polaridades reunidas en la clínica a partir de la transferencia y su aparente antónimo: la resistencia.
El texto aquí presentado permite en adelante, a partir de la inercia, explorar su recorrido textual antes y después de Más allá del principio de placer para entender cómo esa fuerza originaria se convertirá en la inercia psíquica en constante tensión entre la tendencia al Eros o el placer y el apremio objetivo de la vida, pero que Freud se resiste a dejar en manos de una mera fijación neurótica (discusión con Jung) para llevarla desde una intelección cultural, mítica y estética hasta sus variaciones más fecundas como una fuerza pulsional activa. Después de este texto, el lector sabe que debe valerse de múltiples medios para no ver en Freud solo aquello que la historia o la fuerza inercial de la pátina del tiempo han dejado, y sabe que en esas múltiples capas aún está vivo el magma, es decir, que su obra no es una lava petrificada.
Sobre este modo estético de aprehender el cuerpo freudiano (Leo Bersani, 2011) como un cuerpo estético cuyos agujeros hacen difícil su domesticación, el trabajo de Francisco Acuña, “Más allá de un cuerpo particularmente freudiano. Las tribulaciones de escribir sobre lo (in)escribible en Más allá del principio de placer”, se aboca a una lectura inter- e intratextual del texto hasta alcanzar a sus destinatarios. Al mismo tiempo su mal de archivo es su resistencia con ese Más allá…
Lo (in)audito y lo (in)escribible recogen la manera en que Freud despliega en el espacio textual ese inaprensible aun en los grilletes epistémicos para avanzar, casi azotado, hacia una voz especulativa, que se construye con medios estéticos, clínicos, que además se tornan más complejos en las distintas versiones de un mismo texto. Y que alcanza su versión más notable a partir de la segunda, en la cual ese Freud cojea como un Edipo sin su Antígona y le lanza al lector su posición poética:
Lo que no se puede alcanzar volando, hay que lograrlo cojeando.
Para el autor que retoma esta frase autológica de Freud, no solo remite a la posición de Nietzsche sino a la posición lacaniana de extraer a martillazos ese grano de la voz, el carozo de las cáscaras —como decía Reik—; es decir, la difícil tarea de atravesar el ruido de las palabras para que nos regalen la serenidad de sus silencios en la escucha del diván. “Los pasos cojos de Freud” sería un hermoso subtítulo de las tribulaciones freudianas de este texto, que más que cerrar las meditaciones freudianas las abre con esa fuerza inercial, ese sujeto cuyo principio del placer lo coloca frente al abismo de su humanidad renca.
Por eso Benjamin acude con su Angelus Novus de la historia para detenerse ante las ruinas y con sus fragmentos recomponer los cabos sueltos. Con ese huracán ante el cual el ángel traba sus alas, que solo podrá desplegar si no le da la espalda a las fracturas que le han dejado sus aires de progreso y cuya imagen el autor contrasta con las manos depuestas en señal de sumisión de un niño amenazado por el terror. Cojear es la propuesta subversiva de un Freud que no corre ante ese progreso y que resiste con su escritura a esas promesas que destrozan las alas de acero del progreso y las que podrían desplegarse aun después de estar mullidas y húmedas por los destrozos de esos tiempos oscuros en que la muerte hace presente la repetición compulsiva.
Ninguno de estos tres textos, con los otros dos de fondo que son la discusión entre Freud y Reik, le impiden al lector valerse de otros medios. Lo que no aseguran es una lectura de entretenimiento pues si bien es clara y precisa, no está exenta de figuras que le abrirán nuevas ventanas desde el tren de esa Viena de la Belle Époque hasta nuestros días.
Pese a que Freud no lo tuvo en cuenta, cien años después una pandemia nos retraería a un punto de la repetición: la distopía que repite la pandemia de 1918, que el mismo Freud atraviesa sin designios apocalípticos, pero sí con el de las microscopías, algunas de ellas liberadoras, otras con pasos menos indelebles, que permiten leer las huellas y se vuelven una y otra vez por los mismos pasos. Aquí, de nuevo, lo que queda frente a esa repetición insensata de lo mismo no son los pasos perdidos, sino avanzar con movimientos no tan claros ni precisos hasta que se vislumbre la intelección freudiana: hay una repetición que no repite lo mismo. Allí la creación y la clínica se dan la mano para cojear en sus silencios.
Costa Rica, 21 de septiembre de 2021









