Fragmento del capítulo VI de El terror, de Theodor Reik
Nota introductoria
Theodor Reik (Viena, 12 de mayo de 1888- Nueva York, 31 de diciembre de 1969) fue discípulo de Freud, integrante de la sociedad psicoanalítica de Viena, y considerado uno de los analistas de la primera generación. Al residir ambos en la misma ciudad, su trato con Freud era constante. Solía enviarle además sus trabajos antes de publicarlos para tener la opinión del fundador del psicoanálisis sobre ellos, tal como se ve en la carta publicada junto al texto que aquí se presenta, y en la que Freud dice que el escrito le causó una gran impresión.
El terror fue publicado en la Internationaler Psychoanalystischer Verlag, en Viena, en 1929 junto a otros ensayos en un libro titulado Der Schrecken und andere psychoanalytische Studien (El terror y otros estudios psicoanalíticos). Consta de ocho pequeños capítulos donde el autor se propone plantear un complemento y una continuación de lo expuesto en el texto Más allá del principio de placer respecto del trauma, poniendo énfasis en el segundo factor destacado por Freud referido al nivel de investidura psíquica. A partir de ahí indagará los efectos de los estímulos en los sueños para tender un puente hacia la comprensión de las neurosis traumáticas, en donde el estímulo y la temporalidad en juego son sus orientadores. Es decir, decide avanzar, no desde la interrogación de los factores constitucionales, ni de aquello que cada sujeto trae consigo al nacer, sino desde las vivencias, estímulos y factores desencadenantes. Apoyándose entonces en el factor del terror con sobresalto que señala Freud en su texto de 1920, intenta buscar algo específico en el terror que explique la reacción patológica, y encuentra que lo terrorífico es el devenir actual de una antigua angustia inconsciente. Eso extraño que de golpe arremete amenazante en nuestra vida, dice, es algo antiguamente conocido. El acontecimiento traumático aparece como una confirmación inconsciente de que aquella antigua angustia estaba justificada.
Avanzando paso a paso en su lógica, puede entonces redefinir el sobresalto diciendo que hace referencia a algo que habiendo sido temido alguna vez, de golpe parece hacerse realidad. El factor exógeno desencadena una regresión hacia aquella antigua angustia de castración cuyo agente es el padre. Como todo buen lector de Freud, no elude luego comparar el terror con lo Unheimlich, ya que entiende que así planteado el tema, ambos conceptos quedan muy ligados, ni destacar la importancia de indagar el factor del sobresalto para comprender la estética y la creación artística, haciéndose eco de lo planteado por Freud en su famoso texto de 1919.
En el último capítulo entonces concluirá su recorrido afirmando que el terror específico de la neurosis traumática es aquel que sentimos cuando un peligro que alguna vez esperamos de manera inconsciente de pronto se hace realidad, y que debe su eficacia al hecho de ligarse con el sentimiento inconsciente de culpa.
Sin duda, Der Schecken es un texto muy freudiano por varios motivos. En principio porque el autor demuestra ser un muy buen lector de Freud, con gusto por el trabajo clínico, agudo en sus aportes teóricos y claro al exponer sus ideas. Pero también porque como Freud mismo, entiende al psicoanálisis como método de investigación, por lo que sabe dónde ir a retomar los senderos que Freud indicó pero que dejó sin explorar, y donde no lo guiaba un simple afán de aventura especulativa sino el saber leer en los detalles aquello que, al recorrer dichos caminos, le sirve para no desorientarse.
Esta edición bilingüe que acerca por primera vez un extracto del capítulo VI del texto de T. Reik al lector en castellano se enmarca en el trabajo de investigación bajo convenio entre la Universidad Abierta Interamericana (UAI) y la Universidad de Costa Rica (UCR) durante los años 2020 y 2021.
L. F. K.
Theodor Reik
El terror
Un estudio psicoanalítico
VI
[1] Volvemos una vez más a la discusión sobre el momento de terror en la etiología de las neurosis traumáticas para mencionar algunas observaciones más sueltas y mostrar, en cierto modo, algunos caminos laterales que se desprenden desde allí. Si volvemos a contemplar nuestro intento de explicación del terror específico en la situación que da origen a esta enfermedad veremos que este terror está emparentado con aquel otro que sentimos frente a impresiones que denominamos como unheimlich. Mejor dicho: el vivenciar de las impresiones traumáticas que conducen a la neurosis traumática contiene un elemento unheimlich. Lo unheimlich del vivenciar, según Freud, tiene lugar cuando complejos infantiles reprimidos son reanimados por una impresión, o cuando creencias primitivas ya superadas parecen reafirmarse. Freud señala que estas dos formas de lo unheimlich en el vivenciar no siempre pueden separarse tajantemente, ya que las creencias primitivas tienen su raíz en los complejos infantiles. Parece que se esbozan, por ahora vagamente, los contornos de un puente que lleva de la explicación analítica de lo unheimlich a la indagación del terror, factor tan importante en el surgimiento de la neurosis traumática. La reanimación de complejos infantiles reprimidos, así como la aparente reafirmación de creencias ya superadas, hemos podido discernirlas en la regresión a la angustia inconsciente y su sentido oculto. Parece como si estos rasgos fueran comunes a ambos tipos de vivencias. Sabemos, no obstante, que existen diferencias concretas entre el vivenciar de una impresión unheimlich y el vivenciar de impresiones que pueden conducir a una neurosis traumática. Es fácil darse cuenta de que, si bien puede haber un elemento unheimlich en la situación traumática, este no representa lo esencial en ella. A su vez, el vivenciar de impresiones unheimlich puede tener como resultado neurosis traumáticas, aunque no necesariamente han de ser esas sus consecuencias. El asunto es que, entonces, las esferas conceptuales de lo unheimlich y la de las impresiones que conducen a neurosis traumáticas son independientes entre sí, pero en cierto punto se intersectan. En primer lugar, señalaremos que la diversidad de impresiones provenientes del exterior determina el tipo de reacción. Pero esta respuesta demasiado general difícilmente nos resultará satisfactoria. A fin de apreciar las diferencias psicológicas, contentémonos con resaltar los dos factores que sí son esenciales para el surgimiento de las neurosis traumáticas pero no para el de la aparición de lo unheimlich: la impresión de correr un peligro de muerte y lo repentino, el sobresalto cuando irrumpe el acontecimiento traumático que excluye la expectativa angustiada (angustia previa). Solo en los casos más raros, las impresiones a las que designamos como unheimlich van asociadas a un peligro inmediato o amenaza de la propia vida.
Cuando creemos ver en la penumbra que una imagen cobra vida y, saliéndose del marco, avanza hacia nosotros, esto no llega a representar para nosotros un claro peligro de muerte. Incluso si parece amenazarnos, no sentimos directamente en el propio cuerpo algún impacto, golpe o embate como emanando de esa imagen misteriosa, y el examen de realidad nos sirve para vencer el miedo. En el vivenciar de lo unheimlich es justamente la duda acerca de la realidad material del contenido de la vivencia una protección contra la eficacia traumática, pero la persona que en un accidente traumático experimenta una fuerte conmoción en su propio cuerpo no puede dudar de lo real de la vivencia, de la realidad de la sensación.
[2] Cuando lo unheimlich surge en forma repentina y provisto de un indiscutible carácter de realidad y parece exponernos a un real peligro de muerte, y también –casualmente quizás– está asociado a una fuerte conmoción mecánica, puede en efecto desarrollarse una neurosis traumática con todos sus rasgos clínicos. En ese caso, la vivencia misma de lo unheimlich habría adoptado carácter traumático, tal como lo demuestran numerosos ejemplos de la bibliografía neurológica. La conmoción mecánica parece ser un factor esencial para el accidente de eficacia traumática. Freud ha señalado que la conmoción mecánica debe ser entendida como una de las fuentes de la excitación sexual. La fuerza mecánica probablemente libera el quantum de excitación sexual que, como consecuencia de la falta de la expectativa angustiada, se vuelve traumáticamente eficaz. Como ya resaltamos, la inmediatez y el carácter de realidad de la vivencia también se ven incrementados por la conmoción mecánica.[1] El otro factor que diferencia el vivenciar de lo unheimlich y el de los pormenores del accidente es el factor de lo repentino, del sobresalto. El forastero que pasa la noche en un castillo del cual le contaron que hay espectros está psíquicamente preparado para la aparición de sensaciones unheimlich y, en caso de que por las noches oiga o crea oír un extraño golpeteo contra la pared está, en cierto modo, protegido contra la eficacia traumática por la angustia previa. En otros casos, una atmósfera psíquica espeluznante y generalizada forma una amplia preparación anímica para el vivenciar o para el efecto de la impresión unheimlich en particular.
Desde luego que todo esto es válido solo cuando existe una cierta disposición anímica a experimentar algo como unheimlich. No es nuestra intención establecer todas las diferencias entre ambas cualidades de vivencia. Lo dicho basta para nuestros objetivos: vemos que el vivenciar una impresión unheimlich bajo determinadas condiciones infrecuentes (carácter repentino, conmoción mecánica, amenaza de peligro de muerte) puede llevar al surgimiento de una neurosis traumática. Lo importante es no perder de vista que las vivencias que tienen eficacia traumática en la neurosis traumática no tendrían sobre nosotros ese poder si no percibiéramos inconscientemente en ellas algo como unheimlich. (…)
- Más allá del principio de placer (Obras completas, Vol. VI, p. 222). Quizás no sea injustificada la suposición de que el displacer de la conmoción mecánica se lleve a cabo mediante la inversión del afecto de aquel placer que el niño experimenta en el ser movido pasivamente (que lo alcen, que lo sienten, etc.). La prosecución de este desarrollo psicológico se retrotrae probablemente hasta la vida intrauterina.↵









