Las tribulaciones de escribir sobre lo (in)escribible
en Más allá del principio de placer
Francisco Acuña Saborío
Intertextualidad e intratextualidad. Tales son los dos puntos de análisis de la presente escritura respecto a la realización y el contenido de Más allá del principio de placer (2015, publicado originalmente en 1920). Desde los insumos y aportes recientes de la Nueva traducción crítica del texto en cuestión y sus manuscritos realizada por Juan Carlos Cosentino (2015), nuestra apuesta acontece a partir de dos premisas, o si se quiere, en palabras de Gadamer (2001), prejuicios:
- Pensar en el flujo de escritura, socialización, referencialidad y publicación (es decir, pensar en lo intertextual) de Más allá del principio de placer enriquece, complejiza y problematiza aspectos vertebrales de la propuesta metapsicológica freudiana.
- A su vez, considerar el entramado discursivo metapsicológico testimoniado y estilizado en la escritura del texto (al cual accedemos intratextualmente) como algo que impacta e importa a Freud más allá del escenario clínico puede dar pistas respecto a ese Freud autoral, que contornea escrito a escrito, publicación a publicación, la idiosincrasia y método de lo que podríamos llamar un cuerpo freudiano.[1]
La consideración intertextual de Mas allá… nos invitará a valorar aquello que para Freud alcanza el estatuto de lo publicable, del material digno de archivo, de lo que vale la pena ser escrito en lugar de relegarlo a la elucubración íntima. Es posible rastrear, a partir del material histórico disponible, un flujo de escritura particularmente freudiana que se desplaza desde la conjetura pasando por la carta, concretizándose en el borrador, para decantar en una publicación que no está escrita en piedra, sino que es volátil y dócil, dispuesta a apéndices, añadidos y puntualizaciones.
Por su parte, la exploración intratextual encuentra su eje central en la sospecha freudiana de la llamada pulsión de muerte, que lo coloca en un lugar en el que no en pocas veces se identificó, como el emisario de una mala noticia, como un mensajero de una carta que nadie solicitó, y cuyo contenido anuncia una situación incómoda que generará rechazo (y algo de asco, miedo y la indignación) a sus destinatarios. Y es que la carta de Freud señala que algo en todos nosotros, con regularidad incontrolable, busca y se dirige con intempestiva fuerza a justamente aquello que con mayor frecuencia para sus lectores suele ser fuente de terror y repudio: la finitud, el acabose, lo transitorio…, la muerte.
No se pretende que las apreciaciones intertextuales den significado a lo intratextual, ni mediante lo intertextual dar explicación al contenido intratextual. En su lugar se busca que ambas valoraciones sean como dos piedras y que, tomando una en cada mano, se realice el gesto de colisionarlas constantemente en un acto de roce ligero pero firme, provocando, con algo de suerte, que el resultado de tal fricción entre ambas piedras cause las chispas necesarias para causar un pequeño fuego. Continuando con la metáfora de la pequeña llama, tal acontecimiento pretende brindar algo de luz y calor discreto, que insinúe unos cuantos rasgos, contornos y singularidades de una anatomía que (como en cualquier cuerpo, pero quizá en particular este, en el cual su autor trabajó tan constante y arduamente durante décadas) se resiste por su complejidad a ser aprehendida, historiada, contextualizada o interpretada desde aforismos o totalidades.
Más allá de un texto (dis)placentero: apuntes intertextuales
El largo camino de Más allá… hacia su publicación que evidencia las Nuevas traducciones críticas (2015) mediante la recopilación de manuscritos y reelaboraciones permite entrever un Freud titubeante. En Mal de archivo, Derrida (1995) traza el desplazamiento de Freud desde el nacimiento de una idea o inquietud hasta la publicación de un texto que da cuenta retóricamente de tal idea al preguntarse ¿qué estatuto tiene aquello que Freud encuentra adecuado para ponerle su firma freudiana?
Al respecto Derrida elabora:
Al inicio del capítulo VI de El malestar en la cultura (1929-1930), aparenta Freud cierta inquietud. ¿No va a acometer unos gastos inútiles? ¿No está movilizando una pesada máquina de archivo (imprenta, impresión, tinta, papel) para registrar algo que en el fondo no lo merece? Lo que se dispone a entregar para su impresión ¿no es tan trivial que se encuentra disponible en todas partes? (p. 16).
Y más adelante:
¿Para qué retenerles con estas historias agotadas? ¿Para qué este tiempo perdido? ¿Para qué archivar esto? ¿Para qué estas inversiones en papel, tinta y caracteres? ¿Para qué movilizar tanto espacio y tanto trabajo, tanta composición tipográfica? ¿Merece esto la impresión? ¿No están estos relatos disponibles en todas partes? (p. 17).[2]
La argumentación de Derrida sitúa la vacilación autoral de Freud como un asunto del orden de si lo que se escribirá es realmente relevante y novedoso. Por su parte, y en específico considerando aquello que se escribe y apalabra en Más allá del principio de placer, más allá de un Freud titubeante respecto a la relevancia de sus ideas, el historial de producción del texto nos presenta un autor que, si bien apuesta por la pertinencia de lo que plantea, se encuentra con, por lo menos, dos reparos de peso: 1) uno de carácter epistémico y 2) otro de carácter ontológico:
1. Tribulación epistémica. Respecto al reparo de naturaleza epistémica el principal impasse radica en el objeto de estudio, ambiguo y en constante aporía: (in)medible, (in)mesurable, del que solo podría pensarse mediante una escritura (im)posible. Freud escribe en donde la ciencia y la academia hegemónicas determinan que las escrituras a las que se les otorga un lugar son aquellas que muestran control y poder sobre lo que se estudia. De tal manera, en los pasajes en los que Freud pretende fisicalizar o positivizar su objeto de estudio el texto tropieza argumentativa y estilísticamente. Metáforas forzadas, argumentaciones desprolijas, incluso con cierta tosquedad estética divergente de su evidente apuesta de escritura que por lo general denota el cuidado de mantener su elegancia.
Más allá del principio de placer es un texto que se resiste a ser archivado sin ambigüedades para quienes la obra freudiana interpela, ya que en sus letras se puede encontrar tanto el Freud más estimulante y apasionado, como el Freud más contenido por los estándares de ciencia y conocimiento de su tiempo. Es una escritura que muestra de manera clara el peso de un paradigma de ciencia y de lo que merece ser archivado, preservado y leído, y que hacen a Freud no avanzar sin una frecuente disculpa y justificación. A su vez, y reiteradamente a pocas líneas de distancia, el texto permite contemplar un autor que, sin abandonar rigurosidad empírica a partir de la praxis en el escenario del diván, se aventura a ser contestatario e insolente, que produce sin concesiones escritura a partir de los contornos filosos y ambiguos de su objeto de estudio.
Encontramos de tal manera en la escritura particularmente freudiana una tensión producto del deseo autoral de firmar una escritura digerible para aquellos dispositivos[3] que otorgan a un cierto texto el estatuto de texto digno, o, por el contrario, lo defenestran como parte de las producciones de puro sofismo filosófico o divertimento artístico y poético. Tal compromiso acontecería en constante tensión respecto a su contrapeso, el de no reprimir el acto de libertad que es escribir algo muy descabellado, tan descabellado y chocante como (en el sentido lacaniano del concepto) verdadero.
¿No es la escucha que el dispositivo de praxis freudiana da a las palabras del analizado aquel tipo de recepción que Freud lamenta no haber tenido en ciertas instituciones de peso? Aquella recepción que deja decir y firmar enunciados más allá (o en otro lugar) que el de la corrección política y moralidades arbitrarias. La escucha analítica da lugar y se configura espacial y metódicamente para que el analizante elabore algo del orden de lo subjetivamente indecible e inconfesable… La escritura particularmente freudiana da cuenta de la continua aporía de un cuerpo textual que no cesa de escribir lo (in)escribible. Ambos escenarios, aquel de Freud el autor y el de Freud el psicoanalista, dan cuenta del esfuerzo ante las tensiones y tribulaciones que acontecen cuando se intenta manifestar algo del orden de lo inaudito.
Para Freud las dificultades de pensar un objeto de estudio no cuantificable y no analizable bajo el paradigma de conocimiento de su época se manifiestan con cierta frecuencia en excusas o promesas de un futuro difuso en el que la tecnología y la técnica hegemónicas lleguen al lugar que permita, por fin, validar y archivar donde (él considera) se merecen aquellas insolencias que lleva décadas firmando.[4]En contraposición, quizá una de las mayores bondades de la lectura lacaniana del texto freudiano es que Lacan at portas se desentiende del grillete epistémico que con frecuencia pesa a Freud. Es posible, sin demasiada controversia, pensar el concepto de deseo como uno de los principales axiomas (columna vertebral, si se quiere) del cuerpo lacaniano, y Lacan, sin pedir permiso y sin justificarse demasiado, le atribuirá reiteradamente al deseo el epíteto de evanescente.
Sin demasiada elaboración, incluso (jugando con la cacofonía) muy lacónicamente/lacanicamente, Lacan se permite, al determinar el deseo[5] como un fenómeno esencial, inherente e indiscutiblemente evanescente (en el Seminario V, clase 24, 1958), escamotear su propuesta del peso de aquel compromiso epistémico particularmente freudiano. El deseo, justamente en su atribución de evanescente,[6]evadiría cualquier compromiso con las discursividades de corte de lo anatómico o lo cuantificable y medible. Lo evanescente es radicalmente evasivo y la voluntad de contenerlo mediante las herramientas usuales del método científico sería tan infecunda e ingenua como intentar contener la evanescencia del humo entre los dedos.[7]
Si bien hasta este punto hemos propuesto aquello de Mas allá… que evidencia ataduras epistémicas de Freud en su contexto sociohistórico, es menester valorar la escritura particularmente freudiana como una escritura que no limita su discursividad a tales impedimentos. En su lugar, Freud enriquece su argumento recurriendo a la producción cultural que en su criterio tiene el potencial de darle inteligibilidad a aquellas ideas que pretende comunicar. En una decisión autoral, su escritura se construye con recursos que se ubican a medio camino entre lo estético y lo sugestivo mediante la mitología, la filosofía, la literatura y una experiencia clínica que hace caso[8] de tales referencias al ser escritas en forma que recuerda mucho al relato literario. Leer una escritura particularmente freudiana es seguir la letra de un cuerpo que a pesar de lo variopinto y diverso de su contorno produce en el lector una sensación de continuidad (a partir de sus quiebres y traumas) al tiempo que da cuenta del capital cultural del autor. Capital cultural al que recurre sin escatimo para llegar a aquellos lugares que solo mediante tal eclecticismo referencial podría llegar.
La voluntad autoral freudiana de llevar su texto a donde se propone llevarlo, por los medios que sean necesarios, sin con esto abandonar una notable rigurosidad investigativa, se podría ver representada con la cita que Freud, a partir de la segunda versión de Más Allá…, escribe en su texto como palabras conclusivas:
“Lo que no se puede alcanzar volando, hay que lograrlo cojeando” (p. 571).
Pasaje autológico en tanto que su estatuto contextual se alinea con el mensaje que brinda: Freud metaforiza el cojear como desplazarse como sea posible (a partir de la poética, por ejemplo) recurriendo a su vez justamente a una cita proveniente de una obra poética[9] para comunicar tal premisa investigativa.
Reconsideremos esta cita que Freud hace suya para ilustrar su posicionamiento metodológico al hacerla entrar en fricción con la máxima nietzscheana de filosofar a martillazos (1888). Ambas premisas dan cuenta de lo mismo: una declaración de intenciones que hace metáfora de la manera en la que cada autor logra trascender su escritura más allá de los impasses y límites que se encuentren en su recorrido. Ahora, el problema que señalan ambos planteamientos (un obstáculo en su escritura) varía en la propuesta autoral para enfrentar tal obstáculo. La apuesta de Nietzsche es derribar los muros a martillazos, la apuesta de Freud es transitar por caminos intransitables, aunque deba trepar muros colosales…cojeando.
La apuesta de Freud dista de la hiperbólica fuerza y dureza del hierro del martillo. Se gesta mediante cierto patetismo heroico de quien camina por inhóspitos territorios a pesar de (o quizá justamente a partir de) sus pasos cojos.
Es evidente, siguiendo la presente lectura de la letra freudiana, que su esfuerzo investigativo se asume como castrado (en particular al contrastarlo con la fuerza fálica de quien escribe con martillo). Tal estatuto, que asume ciertos límites que resultan ineludiblemente dolorosos, se alinea con lo que llamo tribulación ontológica de la escritura particularmente freudiana, que da cuenta de las dificultades de escribir a contracorriente, escribiendo (y con tal escritura representándose) como individuo en falta y castrado, como una subjetividad que habita la muerte que irremediablemente todo individuo será (… seremos).
2. Tribulación ontológica. Es imposible considerar una escritura particularmente freudiana sin tomar en cuenta la constante tensión entre la discursividad de tal escritura respecto al individuo en tanto es y las atribuciones que culturalmente se le adjudican a esa existencia. ¿Podríamos pensar en una escritura en la que el lector se encuentre más susceptible y volátil, que aquella que interpela directamente a la existencia propia, que encarna y subjetiviza?
Es conocida la valoración que Freud, no pecando de modestia, escribió respecto al peso cultural de su propuesta, posicionando su herida psicológica como tercera herida narcisista de la humanidad,[10] precedida por la herida cosmológica (con Copérnico, que aniquiló la ilusión geocéntrica), y la herida biológica (con Darwin, que difuminó la línea divisora entre ser humano y animal).
Ahora bien, si en 1917 Freud determina su propuesta como una herida en la concepción cultural de la existencia humana, pocos años después, en Más allá…, mete el dedo en la llaga, de modo que agrava las laceraciones narcisistas sufridas por ese tercer golpe. Señalo de tal gesto que hace más letal (e inconciliable culturalmente) al golpe, tres puntos de ruptura respecto a la concepción aceptada, en los tiempos de escritura del texto, de la existencia humana:
- Ruptura con la concepción del individuo del humanismo renacentista y la razón ilustrada. Si bien ambos hitos históricos de la cultura europea poseen una complejidad y matices que estas pocas líneas no pretenden ni de cerca dar cuenta, tomando como referente la aprehensión y preservación cultural de unas cuantas premisas como política institucional y estatal, es posible señalar puntos de ruptura sumamente sensibles entre la letra freudiana y los ideales históricamente elevados como estandarte del ser humano en sociedad producto de ambos movimientos. Del humanismo renacentista Más allá… impacta y derriba la idea optimista del hombre de dimensiones corporales y morales perfectas de los cánones estéticos y espirituales de la época, cánones a su vez íntimamente impregnados por la cosmovisión teológica medieval. Por su parte, los ecos culturales de la Ilustración podrían tener como corolario (posicionando a su vez la razón como cumbre), la máxima kantiana de 1784: “¡Atrévete a saber! He aquí la divisa de la Ilustración”.
¿Cómo choca aparatosamente la concepción ontológica que dibuja la escritura particularmente freudiana respecto al individuo en Mas allá… con los ideales del Humanismo y la Ilustración? Elaboro respecto a la pregunta de manera atípica en textos académicos, llevando el texto a la coloquialidad en lugar de la sofisticación conceptual, y orientando tal movimiento a la tercera persona del plural en lugar de la enunciación de sujeto indeterminado. Si hablamos de herida cultural, importa la recepción por parte de los legos y la inevitable autorreferencialidad del lector que lee respecto a la condición humana que encarna. Bajo tal premisa podríamos sintetizar Mas allá… como un texto que gravita en su retrato respecto a la ontología de lo humano desde las siguientes premisas:
Buscamos lo que nos daña. Dañamos lo que amamos. Recordamos lo que nos hace miserables. Repetimos ahí donde fracasamos. La nulidad radical de la muerte nos es inherentemente atrayente.
Tales axiomas ontológicos retratan una experiencia subjetiva que dista mucho del ideal optimista renacentista de influencia judeo-cristiana de la experiencia del hombre, y de los ecos culturales de la Ilustración, sintetizados en la máxima kantiana “¡Atrévete a saber!”. En Más allá… el saber no basta. En Más allá… el estatuto de la razón, del dar cuenta mediante la palabra y la consciencia no frena la repetición ni la irrupción de lo mórbido. A su vez, si consideramos las implicaciones políticas de un individuo determinado por un más allá del principio de placer, nos veríamos en problemas para pensarlo como una instancia desde la cual se alinean el bien común y los altos ideales republicanos que en la aprehensión histórica de la Ilustración tienen un lugar definitorio.
- Ruptura con la concepción del ser humano del positivismo. La concepción freudiana del fenómeno de la subjetividad como objeto de estudio podría conjeturarse como la mayor pesadilla de Auguste Comte. Pocos atrevimientos podrían resultar más iconoclastas para el positivismo que la consideración de fenómenos que en una escritura particularmente freudiana son radicalmente incontenibles mediante los estándares ideales de utilidad, precisión y certeza.
De tal manera, la escritura de Más allá… acontece en el punto álgido del esfuerzo sobrecompensador de las disciplinas psi por distanciarse lo más posible de aquellas concepciones del ser humano y las praxis producto de estas, que se catalogan como indignas bajo los estándares epistémicos de la época.[11]
El sueño positivista de la psiquiatría de moda contemporánea a Freud, en su ímpetu legitimador, podría ser retratado en la siguiente afirmación del célebre médico Maurice de Fleury en 1900:
Este estado “afectivo” [¡con comillas en el escrito original!] como lo llama el lenguaje técnico, no es nada más que la una vaga conciencia de debilidad, o falta de energía en nuestro organismo, de la disminución permanente o pasajera de la actividad de nuestra circulación, y consecuentemente de nuestra actividad vital. Si perdemos a alguien que amamos, el profundo abatimiento no es la consecuencia de nuestro dolor, sino su causa.
Déjenme explicar esto. El temido espectáculo de la muerte, o de fatales noticias captadas por nuestros oídos u ojos, por el nervio óptico o auditivo, proyecta vibraciones a nuestros centros nerviosos; y estas vibraciones despiertan y violentamente destruyen nociones firmemente establecidas, asociaciones de ideas inveteradas, hábitos de la mente enraizados que abruman al cerebro y lo sobreexcitan. Esto se vuelve vitalmente agotador y la tonicidad agota. Por eso la circulación se hace lánguida, la respiración se torna débil, los músculos se relajan y trabajan sin energía, (…) la mente se vuelve consciente de esto, una conciencia vaga y confusa; a esto se le llama tristeza. (…) (1900, p. 264, traducción propia).
Desde tal posicionamiento discursivo, la existencia humana, el abismo de la pérdida y la complejidad inconmensurable de la finitud propia y de lo que se ama se relegan al estatuto de síntoma, de causa producto de acontecimientos fisiológicos medibles y verificables. Una década antes, William James, psiquiatra sumamente influyente tanto en América como en Europa, estipularía que
Una emoción humana puramente incorpórea es un ente vacío. No afirmo que haya una contradicción en la naturaleza de las cosas o que los espíritus puros estén necesariamente condenados a frías vidas intelectuales, pero afirmo que para nosotros es inconcebible una emoción dislocada de toda sensación corporal. Cuanto más cuidadosamente considero mis estados, más persuadido estoy de que cualquier estado de ánimo, afecto o pasión que yo posea, está constituido y compuesto ni más ni menos por aquellos cambios corporales que comúnmente denominados sus expresiones o consecuencias; y más me parece que si me quedara corporalmente anestésico, me hallaría excluido de la vida afectiva tanto tierna como cruel, y sobrellevaría una existencia exclusivamente cognitiva o intelectual (1985, originalmente publicado en 1884, p. 63).
La noción ontológica del individuo que se dibuja a partir del cuerpo textual freudiano es una muy distinta a aquella que contornea los límites de su fisicalidad material. Desde el momento en el que se considera la pulsión como un fenómeno a medio camino entre lo somático y las dinámicas psíquicas, el cuerpo que en sus letras retrata Freud renuncia a cualquier estatuto de lo mesurable.
Faltarían varias décadas para que la práctica médica y el discurso científico fueran destotemizados al atribuirles ser también modulaciones discursivas,[12] y en tanto discurso no están desprovistos de su insumo de parcialidad, subjetividad, tradición y de las arbitrariedades estructurales con las que desde el registro simbólico el sujeto suele representar su mundo.
- Ruptura con cierta recepción del darwinismo y de la concepción histórica hegeliana. En Pulsiones y destinos de la pulsión (1915), texto que podríamos considerar preliminar a Más allá…, Freud escribirá:
Cuando el objeto es fuente de sensaciones placenteras, se establece una tendencia motriz que quiere acercarlo al yo, incorporarlo a él; entonces hablamos también de la “atracción” que ejerce el objeto dispensador de placer y decimos que “amamos” al objeto. A la inversa, cuando el objeto es fuente de sensaciones de displacer, una tendencia se afana en aumentar la distancia entre él y el yo (p. 131).
Hasta este punto todo está perfecto, el postulado freudiano se alinea de maravilla con las bases del discurso darwiniano (evolutivo) y hegeliano (sociohistórico). Sin embargo, Freud renuncia a cualquier posibilidad de sincronía entre su retrato ontológico y el de Darwin y Hegel en Más allá… al colocar como piedra angular, producto del empirismo clínico, un postulado radicalmente contrario al aportado en 1915: es frecuente la “atracción” hacia el objeto que produce displacer, incluso no es raro que lo amemos; así como cuando el objeto es fuente de sensaciones de placer y apunta a nuestra conservación y bienestar, lo evitemos como la peste.
De tal manera Freud vuelve a trazar una brecha entre lo humano y lo animal que Darwin había desdibujado. Nuestra dinámica (auto)representativa, desde la cual acontece el inconsciente, fenómeno clave en nuestras singulares dinámicas con la sexualidad, la muerte y el trauma, nos dota del estatuto de una (aberrante o maravillosa) irregularidad evolutiva. Excluyendo la posibilidad de algún perverso condicionamiento pavloviano, nos es imposible pensar en un perro que transite ahí donde en algún momento se quemó sin que exista algún beneficio inmediato (comida o reproducción, por ejemplo). El individuo de Freud en Más allá…, por su parte, puede buscar con repetitiva insistencia aquel lugar donde se provocó llagas calurosas. Infecundo sería para el clínico buscar la recompensa inmediata del analizante, buscar el filete que se encuentra más allá del pasaje caluroso, cuando la experiencia que se añora radica bastante más acá: en el fervor mismo de la experiencia del arder.[13]
Es conocida la estrategia retórica de la escritura particularmente freudiana de de valorar la experiencia subjetiva del individuo como molde para sus elucubraciones sociohistóricas, por lo tanto, desde tal premisa nos es lícito retomar la apreciación respecto a Más allá… del párrafo anterior como argumento para mostrar su contraposición con la representación hegeliana de la historia. Desde la ontología estructural freudiana la noción hegeliana de un espíritu de la historia en la cual existe un progreso constante a partir de dinámicas dialécticas es imposible. La vuelta a lo opuesto a partir de la llegada a un extremo no es una obviedad, por el contrario, no sería descabellado pensar en el individuo (y las masas) como aquello en donde habita una fuerza que, en lugar del viraje ante el extremo, buscaría el extremo del extremo, y de llegar, al extremo del extremo del extremo, y así hasta la completa autodestrucción y destrucción del otro.
Solo pensando desde una concepción social freudiana que complejice a contracorriente la hegeliana es que podemos pensar, como por ejemplo lo ha hecho Jorge Alemán (2019), en la dinámica del capitalismo contemporáneo, que más que extinguirse al llegar a un cierto límite, se alimenta del exceso, crece, excreta cuerpos dispuestos a la explotación, sirviéndose de la avidez de soledad radical, de totalidad y de producción deseante del sujeto:
(…) no hay acaso en el interior del dispositivo del capitalismo un programa que realizaría “la pulsión de muerte”?, o ¿no hay un anhelo oculto para que la historia humana cumpla por fin su destino: el exterminio? (…) Y es que las civilizaciones quieren morir cada una a su manera, tal como ya decía Freud, apareciendo el capitalismo como el nombre que globaliza esa voluntad de muerte en las distintas culturas (p. 114).
Walter Benjamin (1940), cuya escritura es bastante más freudiana de lo que en ocasiones se le atribuye, en una suerte de lucidez premonitoria trágica y dolorosa, se referirá a la historia no como el espíritu de la historia hegeliano, sino desde una representación pictórica, el Angelus Novus de Paul Klee. Tal representación sería el ángel de la historia, para quien:
Lo que a nosotros se presenta como una cadena de acontecimientos, él lo ve como una catástrofe que acumula sin cesar ruinas sobre ruinas, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer los fragmentos. Pero desde el paraíso sopla un viento huracanado que se arremolina en sus alas, tan fuerte que el ángel no puede plegarlas. El huracán le impulsa irresistiblemente hacia el futuro, al que da la espalda, mientras que el cúmulo de ruinas crece hasta el cielo. Eso que nosotros llamamos progreso es ese huracán (p. 24).[14]
La historia nos ha demostrado que dejarla que acontezca a sus anchas, confiando en una inercia estructural que se desplaza hacia el progreso, negando así la pulsión de muerte que la habita, no nos dirige a otro lugar que a la más hiperbólica miseria. Muestra de esto es el Holocausto y sus incontables víctimas, entre éstas, el mismo Benjamin.
Más allá de la muerte siempre indomeñable: apuntes intratextuales
Justificando, no sin algo de pudor académico, la extensión de la siguiente referencia debido a la importancia de preservar la rítmica y elaboración de la escritura original, aporto en este punto un pasaje de Las Benévolas de Johonattan Littell (2007), en lo que podría ser una de las escrituras literarias más desgarradoras y exhaustas sobre el Holocausto, en la que en una narrativa en primera persona de un soldado alemán, se escribe respecto al significante muerte en distintos idiomas, y la particularidad de Tod en alemán.
Las palabras me preocupaban. Ya me había preguntado en qué medida las diferencias entre alemanes y rusos –en lo tocante a las reacciones ante las matanzas masivas, que habían acabado por obligarnos a cambiar de sistema para atenuar los efectos, por así decirlo, mientras que a los rusos, incluso después de un cuarto de siglo, no parecían afectarles en absoluto– podían depender de las diferencias de vocabulario: a fin de cuentas, la palabra Tod tiene la rigidez de un cadáver ya frío, limpio, casi abstracto, y apunta, en cualquier caso, a lo posterior a la muerte, mientras que smiert, la palabra rusa, es pesada y sebosa como el hecho mismo. ¿Y qué pasa con el francés? Esa lengua, para mí, seguía pagando el tributo de la feminización latina de la muerte: ¡qué diferencia, bien pensado, entre la Mort y todas las imágenes casi cálidas y tiernas que evoca y la terrible Thanatos de los griegos! Los alemanes al menos habían preservado el masculino (smiert, dicho sea de paso, es también un femenino). (…) Endlösung: la “Solución Final”. ¡Pero qué hermosa palabra! No obstante, no siempre había sido sinónimo de exterminio; desde el primer momento se pedía para los judíos una Endlösung o una völlige Lösung (una solución completa) o también una allgemeine Lösung (una solución general) y, según las épocas, aquello quería decir exclusión de la vida pública, exclusión de la vida económica y, por fin, emigración. Y, poco a poco, el significado se había ido deslizando hacia el abismo, pero sin que cambiara el significante, y era casi como si aquel significado definitivo hubiera estado vivo siempre en el corazón de la palabra y su peso, su densidad desmesurada, hubiera atrapado y atraído el hecho hasta aquel agujero negro de la mente, hasta la singularidad: y entonces habíamos cruzado el horizonte de los acontecimientos a partir del cual está el punto de no retorno. Aún creemos en las ideas, aún creemos en los conceptos, aún creemos que las palabras se refieren a ideas, pero no es forzosamente cierto, quizá no hay ideas en realidad, quizá en realidad no hay más que palabras, y el peso propio de las palabras. Y quizá era así como habíamos dejado que nos arrastrara una palabra y su condición de inevitable. ¿No hubo, pues, sino palabras en aquella lengua nuestra tan peculiar, sólo esa palabra, Endlösung, y su catarata de hermosura? Pues, en verdad, ¿cómo resistirse a la seducción de esa palabra? Hubiera sido tan inconcebible como resistirse a la palabra obedecer, a la palabra servir, a la palabra ley (…) en los discursos también, predominaban las voces pasivas, “ha quedado determinado que…”, “los judíos han sido trasladados a las medidas especiales”, “ha sido cumplida esta difícil tarea”, y, de esta forma, las cosas se hacían solas, nadie hacía nunca nada, nadie actuaba, eran actos sin actores, algo que siempre resulta tranquilizador, y, visto de cierta forma, no eran ni siquiera actos pues, por el uso que nuestra lengua nacionalsocialista daba a ciertos sustantivos, conseguíamos, si no eliminar por completo los verbos, al menos reducirlos al estado de apéndices inútiles (aunque decorativos sin embargo) y así era posible incluso prescindir de la acción; sólo había hechos, realidades en estado bruto, ora presentes ya, ora a la espera de la inevitable consumación, tales como Einsatz, o Einbruch (el avance), Verwertung (la utilización), Entpolonisierung (la despolonización), Ausrottung (el exterminio), pero también, en sentido contrario, Versteppung, la “estepización” de Europa por obra de las hordas bolcheviques que, en oposición a Atila, arrasaban la civilización para que volvieran a crecer rábanos picantes. Man lebt in seiner Spracht, escribió Hanns Johst, uno de nuestros mejores poetas nacionalsocialistas: “El hombre mora en su lengua” (pp. 636-637).
Littell, a medio camino entre la narrativa, la poesía del horror y el ensayo, elabora respecto a cómo lo fonético, lo semántico y lo morfológico del lenguaje vibran de formas en las que modula de manera tan íntima la existencia humana que tales aspectos (que de entrada se podrían considerar accesorios y solamente de estilo) podrían incluso jugar un papel poco desdeñable en las atrocidades a las que hace referencia el protagonista.
A pesar de las vacilaciones estilísticas de Freud en Más allá…, de su constante modificación del texto y jugarretas argumentativas a partir de sus referentes, es posible trazar una línea de constancia en un punto en el cual el autor se posiciona intransigentemente: eso tan extraño, esa fuerza feroz y que existe más allá de la libido, más allá de la razón, y que está intrínsecamente emparentado con la muerte (Tod), es indomeñable, indomesticable. Si tuviéramos que buscar una premisa epistémica del texto tal postulado sería un buen candidato. De tal manera, la muerte desde la perspectiva freudiana en Más allá… adquiere connotaciones de continente oscuro (haciendo referencia al epíteto propuesto por Freud respecto a lo femenino).[15]Sirviéndonos del pasaje anteriormente brindado de Littell, en una escritura particularmente freudiana, la representación de la muerte va a contracorriente de la representación de esta de su tiempo por dos razones específicas:
- Su concepción de la muerte pretende no definirse en su totalidad ni subyugarse ante la ya mencionada discursividad psi y científica, cuyo lenguaje, en busca de una sistematización taxonómica y nomenclatura perfecta, seca a los significantes de su peso metafórico/poético/vivencial/visceral, para hacerlos ejecutiva, teórica y burocráticamente idóneos. Aventurándonos a realizar una intersección entre los postulados de Frankfurt, el pasaje de Littell y la retrospectiva de Hannah Arendt respecto al Holocausto, nos es posible señalar la tragedia que acontece, por ese impulso inherente del sujeto, cuando se fuerza a reducir (en palabras lacanianas) la riqueza indómita de lo real de la cosa (y del acto) a los modestos límites de lo simbólico. Por su parte, la escritura particularmente freudiana en Más allá… difiere del flujo discursivo de la época, ya que tal escritura tiene ¿la malicia?, ¿el tino?, ¿la sensibilidad?, para servirse de algunos postulados del trágicamente abarcador discurso psi sin hacerse esclava de él.[16] Freud, al referirse a cómo ha evitado ceder en su discurso, aunque tal indulgencia le hubiera ahorrado muchas impugnaciones, escribirá: “prefiero evitar concesiones a la cobardía. Nunca se sabe adónde se irá a parar por ese camino; primero uno cede en las palabras y después, poco a poco, en la cosa misma” (1921).
- La connotación del significante Tod, respectivo a su género en alemán (masculino), parece en Más allá… no impactar a Freud, ya que, incluso a partir de un pequeño análisis discursivo, podemos contemplar que los atributos que le confiere al significante muerte tienen no pocos paralelismos con la temprana representación psicoanalítica de la feminidad. Tomando como fuente de análisis la elaboración literaria de Littell, la representación de la muerte de Freud está muy lejos de tener “la rigidez de un cadáver ya frío, limpio, casi abstracto” del significante masculino “Tod”. Por el contrario, en su constitución simbólica de la muerte, Freud carga el peso de aquellas palabras particularmente pesadas que Littell le atribuye al francés mort, que mantiene “el tributo de la feminización latina de la muerte” así como, podríamos argumentar, lo mantienen el italiano morte y muerte en nuestro idioma.
Freud, autor que contornea los significantes pesados cojeando, confesará de similar manera los impasses que representan para su entramado retórico la concepción que la muerte, la feminidad y la sexualidad (en sus concepciones que apuntan con mayor ímpetu a la completitud imposible y el papel de la función femenina-pasiva en el acto). Tal posicionamiento, que da lugar a las lagunas, a lo no sabido y a lo inefable, no es una disposición evidente en toda su escritura. Por el contrario, considerando la escritura freudiana como un cuerpo, en tanto tal experimenta con el pasar del tiempo desarrollos, irritaciones, salpullidos y desplazamientos que provocan que nos sea difícil encontrar en sus textos tardíos algún temprano ímpetu de entendimiento patologizante de la feminidad a través del comodín conceptual de la histeria o las piruetas argumentales para desentenderse de la muerte (y por ende también del duelo y la melancolía). Valorar el cuerpo freudiano desde la sensibilidad contextual del pasar del tiempo y la experiencia clínica es contemplar el desplazamiento de un cuerpo que transita un pasaje, desde llenar con palabras o ignorar el impasse, hasta decantar en una escritura que a partir del impasse evidencia las brechas por las que, cojeando, le es posible transitar.
Retomo el significante brecha de las palabras finales del párrafo anterior para posibilitar señalar otra valoración de la escritura freudiana como autológica: Ruptura (Durchbruch) y Brecha (Durchbrechen) son conceptos que en Más allá… acontecen como fundamentales para la comprensión de cómo suceden las perturbaciones económicas que dan lugar al traumatismo. La dinámica en la que la ruptura entre el principio del placer y su más allá abre paso por un breve momento a una brecha podría proponerse como premisa fundamental para pensar las novedades y giros que en Más allá… acontecen, y es lo que permite al lector pensar en un más allá cuya relación con el principio de placer no es de continuidad. Consideremos Más allá… más allá de un microuniverso aislado en ese escrito…, pensémoslo como un lugar/momento específico en perpetua relación con todas las otras escrituras que conforman el cuerpo de la escritura particularmente freudiana (como un órgano, si se quiere). Más allá…, más que continuidad, posee un estatuto de trauma en el entramado discursivo del autor, entra en directa contraposición con elaboraciones anteriores. Freud, en lugar de taponear la ruptura (Durchbruch), hace del acto de escribir un acontecimiento (derrideanamente hablando en tanto que no es repetición de lo ya dicho), y al hacerlo desde la brecha se sirve del traumatismo de la discontinuidad para crear. Al fin y al cabo, es inimaginable el desarrollo de cualquier cuerpo (de carne y hueso o de escritura) sin traumatismo.
Continuando con la noción de cuerpo freudiano, al referirnos a este podemos apuntar a dos aspectos diferentes mas no inconexos: por un lado, el cuerpo freudiano en la acepción de Bersani, del cuerpo textual que contornea su escritura y la forma de esta, de la que nos referimos en el apartado I (intertextual). Por otra parte, al presente apartado, que se encarga de lo intratextual, le interesa una segunda acepción, aquella que apunta a la concepción de cuerpo humano que se propone en Más allá… Y es que Freud dibuja más de un cuerpo humano en su cuerpo textual: tenemos el cuerpo funcional de las afasias, el cuerpo en relación con el objeto en su metáfora de la ameba y sus seudópodos, el cuerpo erógeno del perverso polimorfo, y también, el cuerpo para la muerte de Más allá…[17] Sin embargo, podemos leer en tal diversidad, más que la especulación de diferentes cuerpos, una sofisticación de la noción de cuerpo que alcanza uno de sus puntos álgidos en el texto que nos convoca.
Para llegar a la pertinencia de señalar la figura del cuerpo en Más allá… me permito una muy breve apreciación: sistematizando sus preceptos, la mayoría de concepciones históricas respecto al cuerpo (filosófica, científica, ética, espiritual, etc.) se podrían caracterizar a partir del posicionamiento moral, ideológico o epistémico de un cierto binarismo:

El esquema ilustra cómo el cuerpo se puede representar como un cuerpo que se delimita en tanto: es algo de lo que tenemos agencia (lo usamos) o algo que nos determina (nos usa). Cómo puede ser el receptáculo del imperativo de placer del llamado perverso o víctima digna de dolor del mártir. Puede acentuarse su connotación de objeto al pensar el cuerpo como algo que se tiene o su connotación ontológica al pensarlo como algo que se es. Puede ser el cuerpo físico del positivismo médico o metafísico de la espiritualidad teísta y sus promesas de trascendencia. Se puede apuntar a la concepción de cuerpo a partir de la agencia que tenemos sobre este del psicoanálisis del yo o definirlo a partir de determinismos sociales y contextuales. Puede ser un cuerpo dispuesto para la mesura del asceta y el estoico o consagrado para el exceso del dionisiaco y el hedonista. Se puede definir a partir de lo que sale (sudor, excremento, orina, palabras…) o lo que entra (alimento, atribuciones, caricias y violencias). Puede ser la materia medible de la carne y las tripas o la sustancia inaprensible del espíritu.
Quien esto escribe, hace algún tiempo, cuando empezaba a entusiasmarse con los textos freudianos y creía entenderlos muy bien, apoyado por alguna concepción escurridiza del no todo lacaniano, podría haber reducido la insurrección epistémica freudiana a un asunto de evitar comprometerse con alguno de los extremos del binarismo, es decir, algo así como descubrir lo tibio entre lo frío y lo caliente. La representación esquemática podría graficarse así:

Tal gráfico, incluso, no mantendría demasiada contraposición con algunas tendencias psicoanalíticas contemporáneas que consagran lo yoico o lo político. Sin embargo, Freud en Más allá… firma aseveraciones como la siguiente: “la pulsión de placer que domina toda la vida anímica no se distinguiría de las otras pulsiones orgánicas ‒que quieren regresar a lo inanimado‒ y que llevan la excitación somática hacia lo anímico” (p. 689). Nuestro bonito esquema queda completamente incompetente con una diminuta sentencia que tira por la borda (y de varias formas diferentes) cualquier oportunidad de conciliación del cuerpo freudiano con la representatividad dual. Son tres golpes que terminan en knockout: 1. se refiere a lo pulsional como orgánico, 2. postula una no distinción entre lo placentero y el regreso a la nulidad de la muerte, 3. el pasaje entre lo somático a lo anímico es extrañísimo, o cuanto menos, difuso.
Una representación esquemática (y en tanto representación con seguridad tosca y arbitraria) que podríamos pensar como medianamente representativa a la propuesta corporal freudiana en Más allá… utilizando los elementos del esquema anterior, sugerimos, podría elaborarse de la siguiente manera:

Un esquema sin posible continuidad, de difícil lectura, cuyos contornos se superponen uno al otro ad infinitum, como una puesta en abismo, no es una representación particularmente amistosa, sin embargo… ¿Cómo dar cuenta de la rica existencia psíquica y corporal que trasciende la dualidad mediante las herramientas comunicativas de lo simbólico, cuya buscada (y siempre fallida) intersubjetividad se basa en una estructura radicalmente binaria?
La conjetura argumentativa del presente escrito es que Más allá… es un testamento por momentos fallido, brillante, cojo, titubeante pero constantemente insolente, de un autor en pleno litoral, entre la seguridad de la tierra firme de la costa y el peligro de sumergirse de lleno en ese mar hondo y portentoso a partir de las brechas que él mismo trazó. No se pretende aquí hacer una mitología del autor; el acto de Freud de siempre volver al litoral puede haber sido por pudor, por compromiso médico o por cálculo pragmático, no importa… Lo destacable es que sin esa impronta que lo anclaba al menos parcialmente a la costa de la discursividad hegemónica (en un movimiento que recuerda mucho a su problemática formulación del principio de realidad) es posible que la escritura que el autor firmaba hubiera quedado relegada social y académicamente en un lugar en el que no se le hace caso, el de la mera ocurrencia o divertimento: en el lugar de la locura.
Freud en Más allá… denominaría la metodología investigativa de la que decanta su escritura particularmente freudiana con un concepto poco recurrente en su obra: la especulación psicoanalítica (p. 467). Y ahí donde Freud develó la incompletitud de lo simbólico para dar cuenta de lo indómito por medio de la escritura, abrió brecha para posteriores apuestas novedosas respecto a otras formas de representar. La muerte, la sexualidad, la otredad, fenómenos escurridizos de simbolización, ameritan una escritura semejantemente escurridiza. El recurso de las topologías atípicas del toro, la botella de Klein y la cinta de Moebious, así como la trasmisión oral por medio del dispositivo del seminario de Lacan; la escritura automática de André Bretón; los retratos corporales no figurativos de tendencias pictóricas del siglo XX; la en ocasiones truculenta escritura postestructuralista; la llamada escritura femenina de Helene Cixous; o la poética trascendental de Borges, todas estas son escrituras que se sumergen sin compromiso creando desde las brechas que se producen al otorgarle al acto de representar su estatuto de inherente incompletitud. Todas estas escrituras referencian manifiestamente la influencia de textos freudianos. Desde tal paisaje, no sería descabellado otorgarle a la escritura particularmente freudiana que acontece en Más allá… un lugar fundamental para muchos de los grandes hitos de escritura que, desde las vanguardias, acontecieron en el siglo XX.[18]
La buena tragedia
Retornemos al listado de unas cuantas inferencias que el lector puede extraer de Más allá… para desde tales afirmaciones dar paso a las preguntas que nos permitirán plantear algunas consideraciones finales respecto al recorrido realizado:
Buscamos lo que nos daña. Dañamos lo que amamos. Recordamos lo que nos hace miserables. Repetimos ahí donde fracasamos. La nulidad radical de la muerte nos es inherentemente atrayente.
Considerando las anteriores implicaciones del texto… ¿sería de tal manera Más allá… el paso definitivo de la escritura freudiana para considerar a Freud un autor decadente?, ¿quizás un nihilista, o cuanto menos un pesimista? ¿Sería justificado con Más allá… el comentario apócrifo de Freud de les llevamos la peste?
En una superficial aproximación al texto, de manera intuitiva podríamos considerar responder afirmativamente a tales preguntas, sin embargo, para dudar de tal respuesta respecto a las implicaciones estéticas y ontológicas de Más allá… no hace falta ir muy lejos, basta, al menos como punto de entrada, con fijar la mirada en otro lugar/momento del cuerpo freudiano.
La transitoriedad (1915) es un texto diminuto y discreto del cuerpo freudiano, su escritura data del tiempo en el que Freud, después de dos décadas de producción escrita, empieza a encargarse de un tema cuyas referencias manifiestas hasta ese momento son curiosamente exiguas: la muerte. Freud haría una ruptura a tan extraña omisión histórica mediante dos puntos de acceso: la formal escritura metapsicológica de Duelo y melancolía (1917)[19] y la vivencial escritura poética de La transitoriedad.
En La transitoriedad Freud recuerda la conversación que tuvo con un joven poeta mientras caminaban por una hermosa campiña. El poeta, taciturno mientras contempla la naturaleza, le expresa a su acompañante el pesar que le genera que “(…) todo eso que de lo contrario habría amado y admirado le parecía carente de valor por la transitoriedad a la que estaba condenado” (p. 309). El poeta añadiría:
¡No, es imposible que todas esas excelencias de la naturaleza y del arte, el mundo de nuestras sensaciones y el mundo exterior estén destinados a perderse realmente en la nada! Sería demasiado disparatado e impío creerlo. Tienen que poder perdurar de alguna manera, sustraerse de todas las influencias destructoras (p. 309).
Freud le responderá contrariándolo: ¡al contrario, lo transitorio representa un aumento del valor!… La conversación respecto a aquello que decae, que se pierde, que muere no podría sino desplazarse al potencial devastador de la guerra que tenía lugar en el momento de la conversación. La guerra, elabora Freud…
(…) puso al descubierto nuestra vida pulsional en su desnudez, desencadenó en nuestro interior los malos espíritus que creíamos sojuzgados duraderamente por la educación que durante siglos nos impartieron los más nobles de nosotros.
Pero aquellos otros bienes, ahora perdidos, ¿se nos han desvalorizado realmente porque demostraron ser tan perecederos y tan frágiles? Entre nosotros, a muchos les parece así, pero yo, en cambio, creo que están equivocados (p. 311).
Más allá… complejizaría y anudaría en una sola escritura (de maneras, lo hemos señalado, en ocasiones un tanto cojas y accidentadas) la concepción seca de la muerte de la metapsicología de Duelo y melancolía y la concepción filosófica y estética de esta de La transitoriedad. Sin embargo, en una lectura intratextual aparece imperantemente visible solo la concepción metapsicológica (notable en el formalismo de su discurso y cierta mecanicidad del argumento). Haría falta la valoración intertextual que relaciona al escrito como una función (órgano) en la complejidad del cuerpo freudiano, y no como un todo, para valorar (en este caso vía La transitoriedad) las implicaciones metafóricas y estéticas de los contornos que Freud dibuja de la muerte. Continuando con lo intertextual, ¿acaso una escritura que no hace caso del inconmensurable estatuto simbólico de la muerte tardaría dos décadas de traumático desarrollo para atreverse a invitarla a su fiesta discursiva?
Poco a poco, el lector atento puede percatarse que esa, en principio, carta odiosa e indeseada que es Más allá… adquiere matices que dibujan una estética ontológica del individuo del inconsciente (con sus implicaciones referentes a la muerte que eso atañe), muy alejada del pesimismo existencial que a primera vista se podría leer:
- Respecto a la relación con el objeto. El sujeto no embiste libidinalmente, sino que inviste. Si bien desde el español son significantes fonéticamente similares, llama la atención que la pulsión y la libido, que por lo común tienen atribuciones referentes a la potencia y el empuje, tengan en la escritura particularmente freudiana una función de carácter estético (la investidura), más que de fuerza y tracción (la embestidura). Embestir es “lanzarse de manera violenta contra una persona o una cosa”. Investir por su parte es “conferir a alguien una dignidad o cargo importante”. De tal manera, investir libidinalmente hace referencia a la manera en la que el mundo empieza a tener un relieve a partir de los objetos a los que el individuo hace caso consciente o inconscientemente, a los que se le otorga la dignidad de ser parte de su existencia psíquica. Desde una perspectiva económica en la que no existe un reservorio infinito de libido, el acto de investir señala que es a esto, y no a eso otro, a lo que desde mi modulación libidinal yo le confiero la dignidad de acontecer como importante. Desde tal argumentación económica podríamos sospechar que la pretensión filantrópica de amar a todos y a todo es imposible y, por ende, se posibilita valorar el dotar de su debido peso al acto de investir libidinalmente con el recurso finito de la libido a aquello que odiamos, o amamos con particular ímpetu. Además de esto, podemos contemplar el cómo y el porqué de la dirección de la cura en los cuadros de carácter narcisista en donde la libido se reconcentra en el sí mismo, se dirigiría a libidinizar el afuera, ya que “cuanto más baja su investidura, tanto menos capacitado estará el sistema para recibir energía afluyente” (p. 345). Es decir, la práctica psicoanalítica se orientaría a dejarse (con)mover por el afuera, jugar al tráfico libidinal muchas veces errático e incontrolable; acto que no es poca cosa, ya que investir(se) del afuera es también desvestir(se) subjetivamente… Es imposible pensar un cuerpo en Más allá… sin aquello que lo vincula y vulnerabiliza con el mundo.
- Respecto a la preservación de la vida. Pensar en las fuerzas que nos dirigen a nuestra propia finitud, a nuestro acabose, desde el paisaje dibujado por Más allá… es no dar por sentado que el individuo preserva su vida y que instintivamente busca siempre el bienestar del otro por una suerte de inercia biológica o psicológica, ni un trascurrir de la historia como un flujo que lleva siempre al progreso. El gesto empático o los movimientos sociales que han acontecido en miras al bien común adquieren su insumo de belleza solamente si los apreciamos no como la consumación lógica de nuestra naturaleza y devenir, sino como acontecimientos que emanan más allá (o incluso a contracorriente) de nuestra naturaleza en tanto individuos del inconsciente.
- Respecto a la renuncia de la totalidad. Nuestro recorrido evidencia la continua renuncia de Más allá… a distintos tipos de totalidad: se renuncia a la totalidad epistémica de la ciencia, se renuncia a la totalidad del dominio psíquico del principio del placer, se renuncia a la totalidad del lenguaje para representar la cosa y se renuncia a la ideología de una inherente voluntad de vida desde la cual se pueda desprender una praxis teleológica cuyo fin sea curar al individuo enfermo orientándolo a la conservación de su propia vida. La evasión de totalidades por parte de la escritura particularmente freudiana como acto iconoclasta posibilita:
- Hacer caso a lo grotesco, lo ominoso y lo mórbido en el acto creativo. Esto trasciende la tiranía de un ideal de sublimación que equipare solamente la creación a lo bonito (praxis de la mayoría de arteterapias).
- Hacer caso a una discursividad de la complejidad. Esto trasciende la tiranía de la discursividad del control, que preserva la fantasía ontológica de un yo en control de la rebosante complejidad psíquica (como en el caso del psicoanálisis del yo) o la fantasía de evidencia epistémica positivista como entendimiento y domesticación del fenómeno (como en el caso del neuropsicoanálisis).
- Hacer caso a una clínica que dé lugar a la muerte tanto en su estatuto simbólico como real. Esto trasciende la patologización del discurso de aquel en el diván que repite me quiero morir debido a que 1. se valora el estatuto representativo de la muerte como una función de carácter constituyente y cuyo signo en su complejidad semántica puede apuntar a otro lugar que al acto mismo de morir, 2. llevando el argumento de Más allá… hasta sus últimas consecuencias… ¿sería la muerte (incluso la autoinducida) de un analizante interpretada siempre como un fracaso terapéutico? Lo sería solo si consideráramos indiscriminadamente al psicoanálisis como una práctica teleológica cuya meta sería siempre la preservación de la vida, y la cura como el lugar en el que la representación y posibilidad de la muerte se forcluye de manera sistemática.
Estas cuatro implicaciones respecto a distintas renuncias de totalidad en Más allá… señalan en síntesis una voluntad autoral de no apuntar a la reproducción de un saber último y monolítico, sino a fomentar la diversidad de saberes. Una incitación que nos reta a revalorar nuestra relación con aquello que consideramos sagrado, una incitación justamente a no aprisionarnos a ningún discurso y a dejarnos transitar por fronteras que deben ser porosas.
La escritura particularmente freudiana en Más allá… abre la brecha para pensar una existencia a partir de aquello indomeñable en todos nosotros, que apunta en un solo flujo de movimiento a la muerte, el placer, la otredad y la sexualidad. La deslumbrante existencia humana se apaga al atenuarnos como sometibles, y al entrar la muerte en juego en la existencia psíquica brillamos como insometibles. El yo es lo que se doblega ante las fuerzas intrínsecas y extrínsecas, mientras que aquello más allá de lo yoico sigue palpitando ‒incluso en escenarios extremos de coeficiente de adversidad de las cosas como la tortura o el totalitarismo ideológico‒ rebosante, efervescente e indómito.
Por lo tanto, desde Más allá…, encontramos una escritura que hace caso a nuestra existencia justamente por ser perecedera y transitoria. Hace caso a lo que nos vincula con el mundo justamente por la finitud de nuestra libido. Hace caso a nuestros gestos nobles justamente por no venir desde la inercia de nuestra naturaleza. Hace caso al acto de resistencia justamente porque se lleva a cabo a pesar de que somos (yoicamente) doblegables. En fin…, hace caso de esa existencia cuyos contornos dibuja una escritura particularmente freudiana: volátil, frágil, contradictoria, tragicómica e insolente.
Pretendemos haber demostrado cómo la carta freudiana que es Más allá… dista mucho de ser una peste a secas, sin embargo, en definitiva, no es un mensaje optimista que simplifique la existencia del individuo del inconsciente. La carta freudiana es inclasificable desde el binomio de buena o mala noticia… si se quiere, anunciaría una buena tragedia y al mismo tiempo una trágica buenaventura. De cualquier manera, el dolor sería ineludible.
Quedaría en la mirada del lector encontrar en tales letras la belleza aquí sugerida.
Al respecto cerramos esta escritura con un diminuto pasaje que aparece en el diminuto texto de La transitoriedad:
También lo doloroso puede ser verdadero.
Referencias
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Benjamin, B. (1940). Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Ciudad de México: Edición de Bolívar Echeverría.
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Foucault. M. (1984). El juego de Michel Foucault. En Saber y verdad. Madrid: Ediciones de la Piqueta.
Freud, S. (1921). La transitoriedad. Obras completas. Vol. XIV. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Freud, S. (1921). Psicología de las masas y análisis del yo. Obras completas. Vol. XVIII. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
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Freud, S. (1917/1921). Una dificultad para el psicoanálisis. Obras completas. Vol. XVIII. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Freud, S. (1992). Pueden los legos ejercer el análisis. Obras completas. Vol. XX. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Freud, S. (1920/2015). Más allá del principio de placer. Manuscritos inéditos y versiones publicadas. Buenos Aires: Mármol Izquierdo Editores.
Gadamer, H. (2001). Verdad y método. Madrid: Salamanca Ediciones.
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Littell, J. (2007). Las benévolas. Barcelona: RBA Libros.
Nietzsche, F. (1888). Filosofar a martillazos. Ediciones La cueva. Consultado en https://bit.ly/3Jm5mjE.
- Haciendo referencia a la elaboración de Leo Bersani (2011) respecto a la escritura de Freud.↵
- Si bien las apreciaciones de Derrida aportadas en el presente texto respecto a la relación freudiana con el hipotético impacto de su propia escritura nos resultan pertinentes, deliberadamente no seguimos su argumentación por el cause retórico de su autor. Derrida terminará (desde la lectura de quien esto escribe) realizando un ejercicio de sobreinterpretación y de mitología del autor, al ligar Más allá… con la búsqueda de Freud de ese más allá tras la muerte de su hija, representando un séptimo cielo al que, según Derrida, apuntarían los siete capítulos de su escrito. Prescindimos de seguir a Derrida en tal avance, considerándolo un ejemplo de exceso de sistematización. Juan Carlos Cosentino (p. 679) también valorará en sus elaboraciones ensayísticas, a partir de su labor de traducción, los caminos en los que Derrida termina decantando su (en principio aguda) lectura del texto freudiano, como fantasiosos y poco rigurosos. ↵
- Utilizando Dispositivo desde la conceptualización foucaultiana (1984).↵
- “Aquí se anudan innumerables otras preguntas que no es posible responder ahora. Uno debe ser paciente y esperar nuevos medios y motivos de investigación” (p. 569).↵
- Significante que, se podría argumentar, anuda y es común denominador de sus propuestos cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis: el inconsciente, la repetición, la transferencia y la pulsión.↵
- Entendido por la RAE como aquello que “se desvanece o esfuma”, como el humo y el vapor.↵
- Sin tanta parafernalia metafórica Freud escribirá sobre el tema en el nuevo capítulo VI de Más allá…: “podemos asombrarnos del poco acuerdo que existe entre los biólogos en la cuestión de la muerte natural, y de que el concepto mismo de la muerte se les escapa de las manos” (523, párrafo 3).↵
- Jugamos en este punto con la polisemia de la expresión “hacer caso” pertinente tanto por su significación coloquial (hacer caso a algo es prestarle atención, darle un lugar, no desoír algo…), como por su significación analítica, como hacer de una experiencia clínica un caso a partir de dar cuenta de tal experiencia en una escritura o puesta en común enmarcada en la idiosincrasia práctica y epistémica del psicoanálisis.↵
- Las metamorfosis de Abü Zaido, Las macamas de Al-Hariri, según Cosentino.↵
- En Una dificultad del psicoanálisis (1917).↵
- Esfuerzo que no pudo ser de otra forma que fallido, ya que, en un proceso de desmentida y represión, los atributos mitológicos, culturales, morales y espirituales de los que tales discursividades pretendían desprenderse seguían habitando de manera latente su discursividad.↵
- Mediante esfuerzos de la antipsiquiatría, elaboraciones franckfurtianas y foucaultianas, entre otros.↵
- Añadimos al respecto el siguiente pasaje freudiano en Más allá…: “A partir de esto, llegamos al convencimiento de que también bajo el dominio del principio de placer existen suficientes medios y caminos para hacer de lo displacentero en sí mismo, materia de recuerdo y de procesamiento anímico. Una estética de orientación económica puede ocuparse de estos casos y situaciones que desembocan en una ganancia final de placer: sin embargo, no sirve a nuestros propósitos, ya que establecen de antemano la existencia y el domino del principio del placer y no testimonian la actividad de tendencias que estén más allá del principio del placer, es decir, tendencias más primordiales que éste e independientes a él” (p. 429).↵
- Y menos metafóricamente: “Nada ha corrompido tanto al movimiento obrero alemán como el convencimiento de que nadaba a favor de la corriente. Para los obreros alemanes el desarrollo técnico era la pendiente de la corriente a favor de la cual pensaban que nadaban. Solo había que dar un paso para caer en la ilusión de que el trabajo industrial, situado en la onda del progreso técnico, representa un resultado político. Gracias a los obreros alemanes la vieja moral protestante del trabajo celebra su resurrección bajo una forma secularizada” (p. 26).↵
- (…) incluso la vida sexual de la mujer adulta sigue siendo un dark continent {continente desconocido} para la psicología (Freud, 1992, originalmente publicado en 1926, p. 119).↵
- “Solo aquellos creyentes que exigen de la ciencia un sustituto del catecismo abandonado pueden tomar a mal que el investigador continúe desarrollando o modifique sus opiniones” (Freud, p. 517).↵
- Freud, en Más allá… escribirá: “(…) hay algo en lo que no podemos engañarnos: y es que sin advertirlo hemos entrado en el puerto de la filosofía de Schopenhauer, para quien la muerte es el ‘resultado propiamente dicho’ y por lo tanto el propósito de la vida, pero la pulsión sexual es la forma corpórea de la voluntad de vida (p. 533).↵
- Otras escrituras insolentes podrían ser mencionadas acá, tales como el Ulises o Finnegans Wake de James Joyce, o las memorias de Schreber. Quizás una de las mayores bondades de cierto psicoanálisis, en su camino histórico lleno de desaciertos, ha sido hacer caso y aprender de tales insolencias.↵
- Escrito a meses de distancia de La transitoriedad.↵









