Un diálogo posible
con la perspectiva psicoanalítica
Erica Krebs
Presentación
El presente trabajo forma parte del taller “Deconstruir dominaciones y colonialidades. De la perspectiva de género a la interculturalidad crítica” coordinado conjuntamente con la profesora Lucrecia Petit, pensado como un espacio de articulación entre las materias Psicología de la Educación y Teoría y Epistemología Psicoanalítica I.
Fue pensado como un recorrido que aporte posibles líneas de diálogo entre algunos conceptos freudianos que los alumnos del profesorado recorren en su formación, y preguntas actuales en torno a género, dominación y colonialidad. No se propone como un recorrido exhaustivo de la obra de Sigmund Freud, ni pretende establecer la posición del psicoanálisis en estos temas. Por el contrario, la propuesta es abrir algunas posibilidades de pensamiento e interrogación, apostando a que ello invite, a su vez, a que surjan nuevas preguntas.
Introducción
En un profesorado de Psicología, la pregunta acerca de qué es lo psíquico, y como son sus condiciones de producción y conceptualización, resulta necesaria e ineludible. El modo en el cual el llamado sentido común sitúa lo psíquico como aquello que pertenece al mundo interno, inmaterial e individual de las personas, aparece como un pre-juicio a desmontar en el recorrido que realicen los futuros profesores. Se vuelve así imperioso explicitar los supuestos no interrogados en aquel modo de comprender lo psíquico, recurriendo para ello a una perspectiva histórica, social, cultural, económica, y a todos los campos que se entrecruzan cuando queremos pensar las nociones de sujeto, subjetividad y psiquismo en su complejidad.
Como bien subrayó la antropóloga Rita Segato en la presentación que realizó en nuestra institución, la tradición de pensamiento legitimada en nuestro campo es predominantemente europea. Que la tradición del saber validado provenga de allí, no puede carecer de consecuencias. La pregunta acerca de cuál sujeto explican, definen y construyen esas teorías se nos impone.
Por supuesto, de ningún modo se trata de desestimar esa tradición, e ignorarla. Nos interesa situar lo aún no pensado allí, y lo que una perspectiva de pensamiento situada en un contexto latinoamericano y contemporáneo puede interrogar, discutir, visibilizar o articular con esa tradición. Es en los encuentros y desencuentros entre pensamientos del campo latinoamericano y del campo europeo, así como en el diálogo entre los autores que la tradición nos lega y nuestros contemporáneos, que se vuelve posible leer las tensiones entre los modos en los cuales tradicionalmente nos fuimos explicando a nosotros mismos qué y quiénes somos, y los elementos que (por efecto de colonialidad en el ámbito académico) fueron excluidos del campo de lo pensable , y que ahora reingresan a las discusiones, de la mano de los feminismos y de las reivindicaciones de los pueblos originarios de América.
Proponemos, entonces, recorrer algunas nociones freudianas, que nos parecen pertinentes en la dirección propuesta.
En torno a la cuestión de género
Interrogar el concepto de género requiere, en primer lugar, interrogar el modo binario en el cual se organizó, normativamente, en occidente. La diferencia masculino- femenino prescribe no sólo modalidades y convenciones en el campo sexual genital, sino que atribuye lugares sociales, funciones, y administra un status jerárquico que con mucho esfuerzo y decisión vienen cuestionando, y resquebrajando, los feminismos.
Por supuesto que en Freud aparecen mencionadas las nociones de masculinidad y femineidad cuando transita sus preguntas sobre la sexualidad humana. Pero el concepto de género, nos convoca a hacer una lectura de Freud compleja y ricamente problemática. Al definir la sexualidad como todo aquello relacionado con la búsqueda del placer, el recorrido teórico de Freud produce una desnaturalización de la noción de sexualidad humana, despegándola de cualquier posibilidad de considerar que la biología determine los modos en y por los cuales cada sujeto encuentra sus modalidades de satisfacción. Freud es explícito respecto de que la sexualidad humana no se reduce a la diferencia genital anatómica, ni a la reproducción. Su concepción de la sexualidad propone (desde el concepto mismo de pulsión) pensar las múltiples posibilidades erógenas de todo el cuerpo humano, y como ese erotismo se organiza de un modo único, singular, en cada quien.
La sexualidad es entendida entonces como los modos múltiples, diversos y singulares en los cuales cada cuerpo encuentra y produce satisfacción. Las nociones de pulsión, fantasía, sublimación, síntoma, son herramientas potentes, para poder abrir la discusión sobre la binariedad. Son conceptos que posibilitan, por ejemplo, describir los modos en los cuales gozan las diversas partes del cuerpo (pulsión), encontrar que esa satisfacción puede incluso producir modalidades más allá del cuerpo (sublimación), o bien explicar cómo la cultura puede producir restricciones y privaciones en los caminos posibles para el goce sexual, y transformar la pulsión en modos de sufrimiento (síntoma).
Así, la obra freudiana visibiliza la multiplicidad de formas en las cuales el campo de lo sexual se manifiesta. Llegados a este punto se hace evidente que el género pensado de modo binario resulta una categoría insuficiente, artificial, y fuertemente reduccionista en su intento de agrupar modos dispersos de transitar la vida sexual en sólo dos categorías.
Y si bien es explicito que Freud describe modos normativos de organización de la sexualidad, y modos no normativos, es absolutamente tajante respecto de que los modos de satisfacción que no coinciden con aquello que la sociedad considera aceptable no constituyen ni expresan una patología. Esto es importante porque abre a la posibilidad de pensar la sexualidad históricamente. Freud señala que los modos que en su época se rechazan hasta el punto de considerarse aberraciones, en otros momentos históricos pueden haber sido no sólo aceptados o tolerados sino prescriptos y considerados de valor. El gesto freudiano desmoralizante y despatologizante respecto de las diversidades sexuales, es uno de los aspectos de su obra que conservan aún una fuerte vigencia (y potencia) ética y política.
Entre los autores argentinos contemporáneos que releen a Freud, León Rozitchner propone una lectura crítica, explicitando los efectos de que el niño se forme en el seno de una familia patriarcal que organiza los roles en términos varón-mujer. Afirma que el Edipo, como salida individual al conflicto entre el cuerpo y la autoridad (que imaginariamente se ubica en el rol paterno), es una salida que reprime/invisibiliza lo colectivo como posibilidad. Se trata de una interesante apuesta de articulación entre la obra freudiana y la filosofía política.
En torno a las cuestiones sobre la dominación y la obediencia
Los caminos de subjetivación son caminos de conflictos diversos. El hecho de ser integrantes de una comunidad, de ser animales que no podemos vivir en soledad, afirma Freud, nos impone cierta medida de renuncia pulsional para poder subsistir y para poder vincularnos socialmente. Es la educación la encargada de organizar las sucesivas renuncias pulsionales para que el cachorrito humano devenga un sujeto atravesado por reglas, por regulaciones. Como describe Ignacio Lewkowicz, esa tarea, en la Modernidad es delegada en la institución Familia, que con sus modos y rutinas más o menos estandarizados (y a la vez más o menos particulares) inscribirá en su descendencia las primeras marcas de la ley.
A partir de sus desarrollos sobre la sexualidad Freud entiende el síntoma como la expresión de un conflicto, en el cual se manifiestan tanto las fuerzas reprimidas (pulsión) como las represoras (el Yo en tanto ha interiorizado, educación mediante, el mandato social de rechazo a diversas modalidades de satisfacción). El síntoma es el modo de resolver ese conflicto: formación de compromiso entre lo reprimido y lo represor, ambas fuerzas coinciden allí. Pero una vez que el síntoma se recorta como tal, es decir cuando el síntoma lleva a quien lo padece a hablar de él, esa resolución se demuestra fallida. El “pacto” entre las fuerzas que componen el síntoma se rompe, deja de ser eficaz, pierde vigencia.
Freud propone pensar dos sentidos en el síntoma. Uno que llama simbólico o histórico, en el cual Freud lee la repetición (que nunca es idéntica) de una escena que no pudo tramitarse. Y, por otro lado, un sentido pulsional, es decir su fuerza, su cuerpo, que es un sentido actual, en donde puede escucharse la insistencia por darse una expresión de aquello que fue desalojado. Este sentido pulsional es, de algún modo, una insumisión, una desobediencia al mandato de renuncia pulsional. Al situar que el síntoma es la práctica sexual de los neuróticos, nos indica que la obediencia al mandato de renuncia de satisfacción no es total. Algo resiste.
Así lo desarrolla León Rozitchner “Freud encuentra que el dualismo está presente en la estructura del aparato psíquico que la censura separa; que nosotros, en nuestra individualidad, hemos sido organizados como el lugar donde la dominación y el poder exterior, cuya forma extrema es la racionalidad pensante que nos cerca desde adentro y desde afuera, reprime nuestro propio poder, el del cuerpo, que sólo sentirá, pensará y obrará siguiendo las líneas que la represión, la censura y la instancia crítica le han impuesto como única posibilidad de ser: de ser normal. Lo que Freud describe es aquello que la enfermedad individual, y los procesos revolucionarios colectivos, tratarán de romper. Es la emergencia, más allá de la censura y de la represión, de significaciones, vivencias, sentimientos, pensamientos, relaciones, impulsos, etcétera, presentes en nuestra subjetividad muchas veces sin que hayan siquiera alcanzado la conciencia, pero actualizados en relaciones objetivas, que rompan con esta oposición tajante que el sistema organizó en nosotros mismos como si fuera- y de alguna manera lo es- propia.”
El gesto freudiano que invitó a retomar aquí, es un gesto que Freud no se propuso conscientemente, sino que de algún modo le ocurrió, un punto de exceso en su obra: la despatologizacion del síntoma. La apuesta de análisis no es fortalecer las represiones, hacerlas más eficaces. Todo lo contrario: la apuesta es a des-amordazar el empuje pulsional del cuerpo, de aquellas ataduras que la represión le impuso. Se trata de des-fijar la pulsión a modalidades de obediencia, y a sus modalidades históricas, para que esa energía (deseo, potencia del cuerpo) quede disponible para un hacer nuevo, para algo que no está escrito previamente, para una acción/creación nueva.
Sostiene que no se trata de que el analista prescriba qué usos son esperables para la pulsión, para esa potencia, para esa energía. Será cada sujeto, en su devenir, quien encuentre los caminos de goce, producción creación, respecto de su propio cuerpo. No hay una propuesta adaptativa, ni una autoridad que señale qué debe hacerse con la energía pulsional. Es posible leer allí una propuesta emancipatoria.
A modo de cierre y apertura
Leer a Freud implica tomar decisiones respecto de cómo leerlo. Se lo puede leer como una descripción de lo real. Una lectura de estas características fijaría un sentido de “verdad” del texto, y quedaría capturada de sesgos ideológicos de su época.
Pero, de modo diferente, se puede leer en Freud una dirección de pensamiento propuesta, una apuesta, una particular manera de escuchar e interrogar lo humano, sin por eso quedar fijado a descripciones que tienen, ineludiblemente, un teñido epocal.
Es absurdo acusar a Freud de pensar desde su época, nadie puede pensar por fuera de la época que habita. Lo que nos interesa es reconocer los efectos de haber podido pensar, por momentos, contra su época. Que haya producido efectos de pensamiento más allá de su época, como otros autores, permite incluirlo en un diálogo de pensamiento emancipatorio, en una continuidad que nos enriquece, si no fijamos las descripciones realizadas como prescripciones, como normativas universales y a-históricas
Así como se leyó a Darwin con un sesgo supremacista, planteando la supervivencia del más fuerte, del mejor (y no del más apto), sin comprender las implicancias que su teoría proponía, a Freud se lo leyó muchas veces con un sesgo normativo, planteando que aquello que él describe como condiciones en las cuales se producen los sujetos y la sexualidad de una época es lo que él prescribe como deseable desde una perspectiva moral o sanitaria, a pesar de que puede leerse en su obra explícitamente que no es un defensor de cómo se normaliza la sexualidad en su época.
Freud propone pensar la Cultura, interrogarla, cuestionarla, planteando que si una cultura deja insatisfechos a gran parte de sus miembros integrantes no merece sobrevivir. Hay una fuerte apuesta política en esa afirmación.
A pesar de que Freud no cuestiona explícitamente el colonialismo y está tomado por algunas visiones del evolucionismo social, el gesto de hacer lugar a lo desalojado, prestar escucha a lo reprimido (ya sea esto la pulsión a la que se le deniega su expresión, el silencio impuesto a las mujeres, la crítica a unas normas culturales que dejan en estado de privación a la mayor parte de sus miembros) pueden entrar en diálogo con una perspectiva descolonial.
Retomando la pregunta por la obediencia, Freud es bastante categórico respecto de que el camino de un análisis es el camino de poder desfijar la pulsión a los destinos que, por obediencia (o por resoluciones fallidas e individualizadas de un conflicto, como lo lee Rozitchner) se habían fijado sintomáticamente.
Recordemos que el binarismo, propio de occidente, organizó las categorías de pensamiento (y por lo tanto la percepción) en términos de dos lugares que se definen por oposición jerárquica: masculino-femenino, civilizados-salvajes, cristiano-pagano, conciencia racional-cuerpo, adulto-niño, razón-locura, etc. Cuando decimos que esas categorías binarias organizan la percepción, afirmamos que producen un efecto de ocultamiento de algunos fenómenos, que quedan invisibilizados, o reducidos en su singularidad, a ser contenidos en las categorías binarias, y por lo tanto, negados en su especificidad. Esas binariedades, explícitas y naturalizadas, silenciaron otras oposiciones, en donde los efectos de poder pueden leerse con más claridad: colonizador-colonizado, opresor-oprimido, cuerpo erógeno-represión. Si llamamos colonial a un modo de pensamiento en donde lo uno, produce un efecto de sumisión/invisibilización en/de lo otro, la apuesta freudiana a que el cuerpo padeciente de una colonización por una conciencia (racional, falocéntrica, logocéntrica, adultocéntrica) pueda encontrar sus modos de existencia, es una apuesta descolonial.
Es esto lo que puede recortarse como un gesto freudiano que mantiene, también, su vigencia ética y política. Freud no se alía con las fuerzas represoras, sino que acompaña a que aquello que fue reprimido pueda expresarse. A que los cuerpos puedan existir en su singularidad diversa.
No hay un solo Freud, hay tantos Freud como lecturas. Nadie puede apropiarse o adueñarse de lo que Freud quiso decir, y él ya no está para resolver las ambigüedades o contradicciones que pueda contener su obra. Lo potente de la obra es pensar qué nos dice, y qué nos dice depende no sólo de su texto, sino de las condiciones en las cuales lo leemos, respecto de qué preguntas, qué problemáticas y en diálogo con qué otros pensamientos nos sumergimos en su lectura.
Esto nos permite pensar la obra freudiana, y la de cualquier autor, como una obra abierta, no acabada. Como un gesto, aún en movimiento, que podemos continuar para poder seguir pensando.
Bibliografía
Freud, S. (1915) Pulsiones y sus destinos, en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu Editores, tomo XIV
Freud, S. (1917): Conferencias de introducción al psicoanálisis, en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu Editores, tomo XVI. Conferencias:
—17 “El sentido de los síntomas”
—20 La vida sexual de los seres humanos
—21 Desarrollo libidinal y organizaciones sexuales
—23 “Los caminos de formación del síntoma”
Freud, S. (1930) El malestar en la cultura, en Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu Editores, tomo XXI.
Rozitchner L. (2015) Freud y el problema del poder en Escritos psicoanalíticos: Matar al padre, matar a la madre, matar al hijo. Buenos Aires, Ediciones Biblioteca Nacional
Segato, R. (2010) Las estructuras elementales de la violencia. Ensayos sobre género entre la antropología, el psicoanálisis y los derechos humanos. Ed. Prometeo.






