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1 La ampliación de las categorías de la memoria

Las olas de la cultura se mueven en el mar de la humanidad. Y esto hace que los procesos que se producen son inseparables de la explosión de las emociones colectivas.

   

Lotman, La dinamica dei sistemi culturali, 1985[1]

En la última semana de febrero de 2020, sin imaginar la magnitud de lo que estaba a punto de suceder en el mundo, empezaba la didáctica del segundo semestre del año académico 2019-2020, teniendo a mi cargo el dictado del curso de maestría “Archivos de la memoria: literaturas, historia y política en Hispanoamérica”.

En la sintética presentación de la guía docente que había colgado en mi página web, señalaba que el curso focalizaría en el caso específico argentino y proponía “presentar a las y los estudiantes la reelaboración artístico-literaria de la violencia política argentina en los años de la última dictadura cívico-militar, a través del análisis de algunas obras pertenecientes a varios géneros (novelas, obras teatrales, documentales, exposiciones fotográficas…)”. Según el calendario que había planificado, en las primeras clases presentaría el contexto histórico-político de la última dictadura enmarcándolo en un más amplio panorama cronológico e internacional y tratando de promover un ambiente didáctico dialógico que incluyera eventuales aportes de los estudiantes sobre sus conocimientos previos con respecto al tema tratado. Luego, mediante un intercambio sobre sus propias interpretaciones de la noción de “memoria”, introduciría los conceptos generales, teóricos y metodológicos, desde una perspectiva interdisciplinaria, sobre el archivo, la memoria y la posmemoria, el testimonio y el postestimonio, la transmisión de la memoria y el terreno de pugnas que constituyó y sigue constituyendo en la sociedad argentina. A continuación, se analizarían las obras en programa con el auxilio de la bibliografía crítica, formada por una selección de artículos sobre esos temas. Finalmente, la asignatura se proponía estimular en los estudiantes una serie de reflexiones críticas que les permitieran considerar a las mismas obras artísticas “archivos de memoria/s”, y fomentaba su didáctica desde una perspectiva de estudio que se define como “pedagogía de la memoria”.[2]

Entre los objetivos del curso, había especificado que los estudiantes podrían adquirir “competencias especializadas y aplicadas en las metodologías de análisis de textos y fenómenos literarios de los países hispanohablantes de América Latina (con foco de atención en el caso argentino) dentro de un amplio horizonte cronológico que le permitirá al alumno captar su dimensión transcultural y su conexión con los aspectos históricos y políticos”. Asimismo, el curso capacitaría “a los estudiantes perfeccionar sus competencias lingüístico-comunicativas y su habilidad de utilizar las herramientas teóricas más actuales para profundizar en el análisis cultural y lingüístico de los textos y de los fenómenos literarios, con especial atención a los problemas de la didáctica de la literatura y a las teorías y aplicaciones prácticas de la traducción”. Finalmente, los estudiantes aprenderían a “analizar de forma autónoma textos y fenómenos literarios de los países latinoamericanos de habla hispana en su dimensión transcultural, histórica, política y cultural; redactar y/o presentar en el aula breves ensayos analíticos; leer y traducir diferentes textos literarios; comunicar contenidos disciplinares a un nivel avanzado; seleccionar y adaptar textos según los contextos educativos”.

Los y las estudiantes pudieron mucho más. De hecho, se hicieron –ellos mismos– “archivos de memoria/s”.

Sin imaginar la dimensión y la gravedad de lo que ocurriría en unos pocos días a nivel planetario, en las únicas dos semanas que logré dar clases presenciales,[3] nos conocimos con algunos, nos reencontramos con otros, y empezamos a reflexionar sobre lo que significaba profundizar el traumático pasado reciente argentino a través de la literatura y el arte desde el otro lado del océano, en otro contexto histórico y geográfico. Ya en aquel entonces consideramos que, lejos de un estudio focalizado exclusivamente en el marco de la última dictadura cívico-militar argentina, sino a partir del análisis de aquel pasado, íbamos a asumir una perspectiva dinámica de la memoria y una noción de derechos humanos sin fronteras y universal.[4] Una memoria no solo colectiva y compartida dentro de un determinado contexto (temporal, social, nacional, continental), sino transnacional, desterritorializada y diacrónica, con la firme intención de detectar continuidades y discontinuidades con las violaciones de los derechos humanos en la actualidad y en varias partes del mundo, y de rastrear –en las representaciones literarias y artísticas de estas violaciones– paradigmas consolidados o nuevos horizontes narrativos. Una memoria que pudiera revivir recurriendo a una ampliación epistemológica de la categoría de los derechos humanos, para entablar un diálogo entre las memorias de la dictadura y la construcción de una cultura por los derechos humanos en el presente.

De hecho, estábamos plenamente conscientes de que una perspectiva más amplia sobre los derechos humanos surgía como un deber a partir de la urgente necesidad de actuar frente a la gravedad de la situación política y social que se vivía precisamente en ese momento a escala global. En relación con la responsabilidad ética y moral que acompaña el proceso de transmisión de la memoria en ámbito educativo,[5] pensamos en la concepción freireana de la palabra, que tiene dos fases constitutivas indisolubles: reflexión y acción. Toda reflexión de por sí requiere una acción como praxis: los hombres deben actuar en el mundo para humanizarlo, transformarlo, liberarlo (Freire, 1985). Asimismo, reflexionamos sobre las palabras de Andreas Huyssen cuando advirtió que la posterioridad no nos juzgará por haber olvidado, sino por haberlo recordado todo y, a pesar de eso, no haber actuado conforme a estos recuerdos (Huyssen, 2003). Y si el transmitir la memoria se inscribe en el actuar, si el decir alberga el hacer, la voz de Huyssen resonaba en las palabras de un amigo partisano de Edith Bruck cuando, animándola a seguir testimoniando en las escuelas –escribe la sobreviviente en su libro Signora Auschwitz– le recordaba que la ignorancia no es culpa de los que no saben, sino de los que saben y no enseñan (Bruck, 2014: 57); en otras palabras, “transmitir es uno de los actos mayores de la vida: significa mantener firme el sentimiento del futuro y al mismo tiempo guardar la memoria del pasado, pensar en los muertos y en los que tienen por nacer” (Perassi, 2017a: 197-198, cursiva mía).

Unas pocas semanas antes de empezar el curso, la mayoría de los países latinoamericanos estaban viviendo profundas crisis entre colapsos económicos, corrupción política y represiones brutales en contra de las masivas movilizaciones populares, escenarios dramáticos que nos remitían sensiblemente a célebres imágenes en blanco y negro de épocas de dictaduras: imágenes que se coloreaban rápidamente para denunciar al mundo entero las violaciones a los derechos humanos, difundiéndose instantáneamente a través de las redes sociales. Al otro lado del océano, el “democrático” panorama europeo estaba (y sigue estando) plagado de crecientes manifestaciones de violencia antisemita y racista –verbal o física, anhelada o perpetrada, disfrazada u ostentada– cultivada en la obsesión por el “otro”, insinuada y justificada a través de los discursos políticos que se declaman desde los espacios hegemónicos del poder institucional, y miraba (y sigue mirando), sin resolverla, la masacre de los migrantes en este inmenso cementerio de desaparecidos en que se ha transformado el Mar Mediterráneo.

En las profundidades, frente a la costa de Lampedusa, a pocas millas de la meta anhelada, encontraron refugio los migrantes. Los “clandestinos”, los escondidos, hundidos en ese espacio secreto, mudo, solitario, nunca han vuelto a emerger a la luz del día. El fondo del mar se ha convertido en su última morada, tumba de sus sueños, cementerio de sus esperanzas. Sus ojos se perdieron en el abismo. Sus cuerpos, rígidos y leves, vestidos con sus mejores ropas, para el desembarco, se han disuelto en las algas. Darán testimonio. Contarán a los que vengan su errancia, acabada en el abismo de su error, Europa. Denunciarán el delito, revelarán el escándalo. El Mediterráneo ya no será el mismo de antes. Nadie podrá borrar el sepulcro de los clandestinos que el mare nostrum ha acogido en sus profundidades (Di Cesare, 2017: 116-117).

Este mar, que durante siglos había sido la principal vía de comunicación e intercambio entre pueblos, se ha ido convirtiendo en las últimas dos décadas en una frontera infranqueable y mortífera para quienes intentan salvar su vida huyendo de guerras, dictaduras, miseria y catástrofes de todo tipo. Antigua cuna de nuestra civilización, el Mediterráneo no debería tener fronteras:

Sus fronteras no están definidas ni en el espacio ni en el tiempo. No sabemos cómo determinarlas ni de qué manera: son irreductibles a la soberanía o a la historia, no son ni estatales ni nacionales: se asemejan al círculo de tiza que se sigue describiendo y borrando, que las olas y los vientos, las gestas y las inspiraciones ensanchan o estrechan. Por las orillas de este mar pasaba la ruta de la seda, se cruzaban las rutas de la sal y las especias, los aceites y los perfumes, el ámbar y los ornamentos, las herramientas y las armas, la sabiduría y el conocimiento, el arte y la ciencia. Los emporios helénicos eran tanto mercados como embajadas. […] Europa fue concebida en el Mediterráneo (Matvejević, 2020: 18).

Olvidada encrucijada –plácida o tumultuosa– de rutas, gentes y culturas, confluencia fluida de etnias e identidades no solo europeas, “mar de la cercanía” (ivi: 26), el Mediterráneo se ha convertido, de facto, en un “necró-mar” (Nanni 2020: 20), cementerio de “náufragos sin rostro” (Cattaneo, 2018), también en sentido lévinasiano;[6] náufragos sin identidad, sin sepultura; vidas prescindibles, no protegidas en sus derechos ni preservadas en su existencia y cuya muerte carece de toda importancia. De modo que la violencia no sólo regula qué vidas valen la pena de ser vividas, sino también qué muertes valen la pena de ser lloradas (Butler, 2021). Espacio primigenio de la constitución del derecho del mar, el Mediterráneo se ha hecho testimonio de la involución y humillación del concepto de civilización. Lugar de expresión de la solicitud de rescate –instancia fundacional de la relación entre individuos y de todo el sistema de derechos humanos universales– se ha transformado en lúgubre escenario de su violación, de la negación del vínculo social, de la convivencia, de la obligación entre seres humanos.

Conscientes de la urgencia de tutelar este derecho, de reafirmarlo y defenderlo, durante las clases el proceso de ampliación de las categorías de los derechos humanos se hizo imperativo con la inclusión, por ejemplo, del “derecho a emigrar”, o el “derecho a la esperanza” (convertidos en delitos punibles, junto con el deber de rescate),[7] sobre cuya negación se expresan sublime y elocuentemente las vibrantes palabras de Mauro Palma,[8] rememorando unos versos del Primer Libro de la Eneida:

La nave: da ausilio per quel navigare che da Ulisse a Internet è verbo che indica desiderio e spinta di conoscenza, per quell’andar per mare che richiede strumenti di intuizione delle insidie, di lettura del sistema connesso delle terre e delle isole come arcipelaghi per una navigazione sicura; la nave che induce l’utopia dell’altrove e che forse tale è stata – seppure in forma di sconnesso barcone – per chi nel mare si è addentrato, è divenuta luogo della staticità dell’impossibilità del decidere del proprio oggi e del proprio domani; luogo del trattenimento e dell’essere in balìa non solo delle onde materiali, ma anche delle onde emotive e politiche di chi non concede approdo. Riecheggiano i versi del Primo libro dell’Eneide quando il poeta nell’approssimarsi di Enea alla costa di Cartagine, inizialmente ostile, si interroga su quale barbara patria permetta di negare di porre piede sul proprio lido (Virgilio, Eneide, libro i, vv. 538-540) (Palma, 2020: 44).[9]

En los meses previos a la irrupción de la pandemia, mientras los pueblos latinoamericanos seguían luchando contra de la exclusión, la pobreza, la desigualdad social, causadas por políticas neoliberales y represoras de gobiernos que intentan ocultar espesas huellas de las últimas dictaduras cívico-militares autodefiniéndose “democráticos”, Europa vivía una creciente implantación de políticas de olvido y banalización de los crímenes de lesa humanidad perpetrados en el pasado: impulsadas por partidos de ultraderechas que iban ganando votos, estas políticas se alimentaban del rechazo (transversalmente compartido) a los migrantes que intentan llegar diariamente a la “Fortaleza Europa” (Esposito, 2016). Sobrevivientes de Auschwitz, Madres y Abuelas de Plaza de Mayo siguen incansablemente transmitiendo a las nuevas generaciones la centralidad de la idea que la democracia no se recupera de una vez para siempre, sino que se construye en cada presente.

En un terreno de debate muy fértil, el aula, estábamos convencidos de que, si verdaderamente existe una función pedagógica de la memoria, si creemos en su imperativo valor moral, si anhelamos cumplir con el “deber de la memoria”, tendríamos que considerarla no tan solo como un “archivo” (personal o social) para llenar de conocimientos sobre el pasado, aunque sea con el firme propósito de que ciertos trágicos eventos no se reiteren “nunca más” (en términos abstractos y esperanzados), porque nada demuestra que la memoria de algo impide la repetición de los hechos (Schmucler, 2006); sino vivirla y avivarla cotidianamente en cuanto proceso activo y dinámico, espacial y cronológicamente, para pensar en el pasado observando el presente y reconocer que, de hecho, aquel pasado sigue repitiéndose (en otros lugares, en otras épocas y otras formas, pero con las mismas trágicas consecuencias) en este presente y en ambos lados del océano.

La desaparición, en cuanto táctica de exterminio, atraviesa diferentes espacios y épocas, y el término que la designa la acompaña cruzando fronteras lingüísticas y conquistando territorios cada vez más lejanos de su origen:

Aparece cuando se habla de Argentina, Chile o Uruguay en los setenta, o de México o Colombia hoy; o si miramos atrás y lejos y pensamos en la guerra civil española o en el gulag ruso en los treinta, o en la Alemania nazi de los cuarenta, o en la Argelia colonial de los sesenta, o en la Camboya de los jemeres rojos en los setenta, o en Bosnia, en la guerra de los noventa. Por todas partes, en efecto, donde hubo lo que llamamos hoy “graves vulneraciones de los derechos humanos”, aparece la palabra. También aparece en otros lugares de menor densidad política, muy presentes cuando de sufrimiento se trata: las islas de Lesbos o de Lampedusa, mejor, en el mar que lleva hasta ellas, un Mediterráneo convertido en fosa para miles de desplazados, fugados, refugiados, sujetos sin nombre; o entre los nombrados como homeless o sdf, sujetos oscuros, invisibles, sujetos sin; y en el ancho territorio más allá de la verja de Melilla; o en el desierto de Arizona para los que buscan pasar al otro lado; o en las fosas repartidas por todo México para los que desean alcanzar el promisorio norte; o en los lugares de trata de cuerpos de mujeres; o en las fosas en las que yacen sus despojos, malmuertos, en Argentina, en Portugal, en México, en Chequia… también ahí se usa la palabra. Ya no hay dónde no. Son cientos, miles de casos. Millones. Viejos y nuevos, cercanos y lejanos. Todos son –o los nombramos como– desapariciones, como desaparecidos (Gatti, 2017: 13).

Comprometidos e involucrados en nuestro ámbito de acción, el educativo y académico, compartimos la urgencia de resignificar la memoria en función de los contextos sociopolíticos actuales. Una memoria que no se concibe como meramente retrospectiva, sino crítica, reparadora, reivindicativa y productiva en el presente para abrirse a la construcción de un futuro más justo e igualitario, no puede limitarse a rememorar lugares, situaciones, acontecimientos o períodos de algún tiempo pasado específico: tiene que evocar, más bien, una comprensión y una experiencia viva, que sean capaces de generar otras experiencias, reflexiones y representaciones abiertas y dinámicas. Haciendo eco de la voz de Todorov: “si desciframos en un pasado suceso una lección para el presente, es que reconocemos en ambos unas características comunes” (Todorov, 2000: 37-38). Vale decir: la memoria ejemplar –en oposición a la memoria literal– sirve como clave de lectura para interpretar situaciones nuevas, actuales, con actores diferentes, en escenarios distintos: el uso ejemplar de la memoria “permite utilizar el pasado con vistas al presente, aprovechar las lecciones de las injusticias sufridas para luchar contra las que se producen hoy en día, y separarse del yo para ir hacia el otro” (ivi: 30-32).

Una memoria “en movimiento” (Nanni, 2020: 11), desde “un pasado que no pasa”, abierto y vigente, hacia el presente, con destino al futuro. Una memoria como campo de la ética, para que nos impulse a una manera de existir: “sólo si en el existir, en la manera de existir, se producen cambios, […] los hechos que condenamos no van a ser repetibles” (Schmucler, 2006). Una memoria que se reactualice, a partir de la traumática historia reciente latinoamericana, en la tragedia de los migrantes que desaparecen hoy, sistemática y reiteradamente, en el Mediterráneo. Una memoria multidireccional, según sugiere Michael Rothberg (2009: 3), “sujeta a una negociación continua, de referencia cruzada y de apropiación, como productiva y no privativa”;[10] una memoria –o “palimpsesto de memorias” (Huyssen, 2009: 23)– en construcción permanente, con “su carácter siempre transitorio y cambiante” (Crenzel, 2001: 31), que se desarrolla “en muchas temporalidades” (Jelin, 2017: 11) y rechaza la instancia conclusiva. Una memoria inclusiva hacia aquellos derechos humanos todavía omitidos jurídicamente –en un proceso de ampliación de los derechos inalienables a la condición humana y la consiguiente universalización del estado de sujeto de derecho (Hunt, 2010)– para visibilizar, reconocer (incluso en sentido ricoeuriano)[11] y tutelar aquellos derechos naturales y universales, como los ya mencionados “derecho a emigrar” o “derecho a la esperanza”.

Una memoria que se perciba como riqueza heredada[12] y, por lo tanto, en cuanto a didáctica, en el diálogo intergeneracional con los estudiantes –la “generación heredera”– no se considere tan solo como contenido curricular, como mero objeto de enseñanza y aprendizaje, sino como obligación ética y moral. Una memoria, por ende, que se refleje también en el método de trabajo en el aula –espacio privilegiado para la circulación y el intercambio de ideas, opiniones y relatos diferentes entre múltiples subjetividades– valorando a los jóvenes no solo como destinatarios, sino como activadores de nuevos significados y productores ellos mismos de memorias, portadores de un pensamiento crítico frente a la realidad que los rodea, en una sociedad cada vez más multiétnica desgarrada por el racismo y la intolerancia: en este compartir intergeneracional, se torna clave la dimensión social de la memoria (Jelin, 2017) y toma vida la concepción dialógica y problematizadora de la educación (Freire, 1985), una educación crítica que suscite preguntas e inquietudes más que certezas y respuestas.

Una memoria que reivindicamos y recuperamos en su primera acepción, la que remite a la facultad de recordar el pasado, de “traer al corazón”, al derivar del latín recordàre (compuesto por el prefijo “re-” y “cordàre”, de “cor”: corazón) puesto que, en el pasado, este órgano se consideraba la sede de la memoria.

Una memoria, finalmente, que nos concierne a todos, como se desprende de la visión del cortometraje La sirena (2008) del director italiano Daniele Cini, primer (y único) material de estudio visual que logramos compartir presencialmente en el aula y que activó de manera significativa, entre el grupo de alumnos, las primeras reflexiones espontáneas sobre la trascendencia de tejer relaciones entre el traumático pasado reciente argentino y la actual desaparición de migrantes en el Mediterráneo.


  1. La traducción de las citas de textos que no han sido publicados en español, salvo que se especifique lo contrario, es mía.
  2. Con “pedagogía de la memoria”, me refiero a un variado conjunto de prácticas pedagógicas, programas educativos, políticas de formación docente, producción de diseños curriculares y de materiales didácticos, destinados a la transmisión de la memoria del traumático pasado reciente del país –como clave de lectura para una comprensión más profunda y crítica del presente–, y a la consolidación de los derechos humanos en la actualidad. En el amplio abanico de textos teóricos sobre la pedagogía de la memoria, en particular, en ámbito argentino, cabe mencionar: Dussel, Finocchio y Gojman (1997); Pico (2006); Puiggrós (2007); Cuesta (2007); Raggio y Salvatori (2009); Altamirano (2011); Jares (2011); Lomas (2011); Baredes y Lotersz­tain (2012); Fernández (2013); González (2014); Albert Gómez (2014); Gutiérrez y Beltramino (2016); Iturralde y Pozzoni (2018). En mi introducción La memoria en movimiento (Nanni coord., 2020) señalo también actividades, materiales y recursos didácticos dirigidos a la formación docente, además de, al final del volumen, una Bibliografía sugerida sobre Historia reciente y pedagogía de la memoria, Estudios sociales sobre memoria y derechos humanos, Literatura infantojuvenil y pedagogía de la memoria (véanse, en particular, pp. 16-17 y pp. 161-166).
  3. De ahora en adelante, sigo utilizando la expresión “clase presencial” para diferenciar esta tipología de lección de la que se dicta “a distancia”, virtualmente, o de forma “remota”. Sin embargo, soy consciente de que la expresión puede resultar poco eficaz, por confundir la dimensión temporal con la espacial. Las clases que dicté a lo largo del curso analizado en este trabajo tuvieron lugar a través de una plataforma digital en videoconferencias, por lo cual eran sincrónicamente interactivas y requerían la “co-presencia temporal” de los estudiantes, tal como ocurría en el aula física de la Universidad. Por lo tanto, la presencialidad –que está dada por el hecho de compartir una situación que permite el intercambio en simultáneo– no es un rasgo distintivo de las clases en las que estamos físicamente juntos.
  4. En palabras de Elizabeth Jelin, “A partir de la instalación del paradigma de los derechos humanos en los años setenta en el mundo, el conjunto de organizaciones y de activismo que reclama por los crímenes cometidos durante las dictaduras se denomina ‘movimiento de derechos humanos’. Como consecuencia, al menos en la Argentina, la expresión ‘derechos humanos’ quedó fijada a los reclamos por las violaciones durante la dictadura. […] para el sentido común, en especial pero no sólo en la Argentina, la expresión ‘derechos humanos’ está más vinculada con las memorias de la dictadura que con la situación de un niño de la comunidad wichí que se muere de hambre en el Chaco” (Jelin, 2017: 274).
  5. Albert Gómez señala varias etapas de la educación en derechos humanos: cognitiva, emocional, activa y actitudinal. Lejos de pensar en un proceso encasillado o fijo de enseñanza y aprendizaje en el estudio vinculado con la memoria y los derechos humanos, me parece interesante citar lo que se afirma a propósito, en particular, de la “etapa activa”, aquella que estimula el deseo de actuar en los alumnos: “Esta etapa es fundamental, ya que el objetivo de la educación en derechos humanos no es que los alumnos […] se identifiquen con las víctimas, su principal objetivo es el de crear ciudadanos activos, democráticos, cívicos responsables y cumplidores de los principios de los Derechos Humanos” (Albert Gómez, 2014: 212). Asimismo, el autor hace hincapié en la interdisciplinariedad, en la transversalidad curricular y en el conjunto de interacciones que se producen en el aula para que “los alumnos vean cuestiones sobre los derechos humanos como algo próximo a sus problemas vitales, y no simplemente como una disciplina más que se imparte en clase o una asignatura determinada” (216). Por su parte, Fernández considera que, si es cierto que la formación disciplinar en la transmisión de la memoria y la “educación” en los derechos humanos es sumamente importante, aquella actitudinal lo es más aún: “En un trabajo de Gil Cantero […] se señala que el mayor problema que presenta el método pedagógico en la actualidad está relacionado con la posibilidad de humanizar más que del educar propiamente dicho, puesto que mucha gente formada intelectualmente suele carecer de sensibilidad ante cuestiones relacionadas con una ‘forma o estilo de trato digno, señorial, respetuoso y hasta delicado con el valor de ser humano, […] o seres vivos en general’ (Gil Cantero, 2004: 44)” (Fernández 2013: 117).
  6. Rostro como noción para explicar el modo en que somos interpelados moralmente, en que el otro nos demanda moralmente; rostro como responsabilidad frente al otro; rostro como extrema precariedad e indefensión del otro; rostro que nos convoca y nos reclama, nos invoca y nos apela: “la muerte del otro hombre me pone en causa y me cuestiona como si, de esta muerte invisible al otro que se expone a ella, yo me convirtiera, en parte por mi eventual indiferencia, en el cómplice; y como si, antes incluso de que me lo haya confesado a mí mismo, hubiera respondido a esta muerte del otro, y a no dejar al otro solo en su soledad mortal. Es precisamente en esta llamada de mi responsabilidad por el rostro que me asigna, que me pregunta, que me reclama, es en esta puesta en cuestión que el otro es próximo” (Lévinas, 1995: 46).
  7. Emblemáticos son los casos de Carola Rackete y Mimmo Lucano, ambos imputados por haber salvado vidas humanas –respectivamente, por mar y tierra– que examinaré en el capítulo final del libro.
  8. Defensor nacional por los Derechos de las Personas Detenidas o Privadas de Libertad y presidente del Comité Europeo para la Prevención de la Tortura y de las Penas o Tratos Inhumanos o Degradantes (cpt).
  9. “El barco: de auxilio para ese navegar que desde Ulises hasta Internet es verbo que indica deseo e impulso al conocimiento, para ese ir por el mar que requiere herramientas de intuición de las insidias, de lectura del sistema conectado de tierras e islas como archipiélagos para una navegación segura; el barco, que induce a la utopía del lugar ajeno y que, quizás, tal fue –aunque en forma de barcaza destartalada– para quienes se adentraron en el mar, se ha convertido en lugar de lo estático, de la imposibilidad de decidir el propio hoy y mañana; lugar de detención y del estar a merced no solo de las olas materiales, sino también de las emocionales y políticas de quienes no conceden desembarco. Resuenan los versos del primer libro de la Eneida cuando el poeta, al acercarse Eneas a la costa de Cartago, inicialmente hostil, se pregunta qué bárbara patria permitiría negar a pisar su tierra (Virgilio, Eneide, libro i, vv. 538-540)”. Lectio Magistralis de Mauro Palma, con motivo de su Laurea Honoris Causa en Derecho, otorgada por la Università degli Studi Roma Tre el 5 de noviembre de 2019 (Palma, 2020).
  10. Al introducir el término de “memoria multidireccional” contra el marco que entiende la memoria colectiva como memoria competitiva, Michael Rothberg intentó transformar la competencia nacional y transnacional entre historias de violencia en procesos de intercambio cultural productivo (Rothberg, 2009).
  11. En su estudio sobre el reconocimiento, el filósofo francés aborda varias acepciones tanto filosóficas como lingüísticas, sociológicas, historiográficas y jurídicas del verbo “reconocer”. La diversidad de perspectivas sobre esta noción puede resultar interesante para pensar en una cultura de y para los derechos humanos, junto con las metodologías educativas empleadas y su actuación en la práctica docente. En primer lugar, es significativo el análisis que brinda Ricoeur sobre el reconocimiento de objetos y personas a través de las metáforas de lo reconocible e irreconocible, como historia de una vida, con los efectos que produce el tiempo en la transformación de los rostros humanos. Esto nos permitiría pensar en el vínculo entre la identificación y elaboración del objeto de estudio “derechos humanos” y su traslado efectivo a la vida cotidiana acorde con esos ideales (el reconocimiento de lo distinto, de la pluralidad) en la actualidad (el reconocimiento de las marcas del exterminio en épocas diferentes). Además, Ricoeur teoriza sobre el reconocerse a sí mismo para referirse al actuar y su agente, al reconocimiento de la responsabilidad y las acciones discursivas, lo que nos puede sugerir una reflexión sobre la necesidad de enmarcar los compromisos individuales y colectivos respecto de la educación en derechos humanos (Ricoeur, 2005).
  12. Por lo que concierne a la transmisión de la memoria y del pasado como “herencia” convengo con Oscar Terán, que la define como una “tarea”, “ya que la herencia no es algo dado de una vez y para siempre. La heredad es una tarea, y en ella se dirimen problemas de identidad. […] Heredar es la única posibilidad de crear, criticar, progresar” (Terán 2000: 6).


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