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5 La empatía entre vínculos,
lagunas y reparaciones

Que la erótica del conocimiento, el amor y el deseo de saber, es posible ser recuperada, a través de políticas culturales de las emociones, por ejemplo, cuando le hacemos lugar al otro que irrumpe y se convierte en el deseo de los estudiantes.

  

Ardiles y Sandoval, Tiempos presentes, 2020

El aprendizaje es un proceso extremadamente complejo, resultado cultural de una multiplicidad de factores y causas que interactúan inseparable y dinámicamente entre sí, y que podemos agrupar en dos órdenes: el cognitivo y el emocional. Si, por un lado, el modelo didáctico imperante aún tiende, en general y en la práctica, a minimizar o marginalizar los aspectos emocionales en el proceso de aprendizaje, por otro lado, a partir del impacto de las teorías de las inteligencias múltiples en el ámbito educativo (Gardner, 1995 y Goleman, 1996) hacia mediados de los años noventa del siglo pasado,[1] se abrió un espacio fundamental en la reconceptualización de los modelos educativos, fomentando un nuevo debate pedagógico en que las emociones –en cuanto prácticas sociales y culturales (Ahmed, 2004)– juegan un papel cada vez más importante y decisivo en la formación integral del alumno (García Retana, 2012).

Los textos escritos por los estudiantes guardan y estimulan una riqueza de emociones y una multiplicidad de reflexiones que revelan varias dimensiones del proceso de enseñanza y aprendizaje, específicamente, en un ámbito de estudio sobre la memoria de los pasados traumáticos y, particularmente, si consideramos que fueron elaborados en determinadas circunstancias emotivas y sociales.[2] Por ejemplo, demuestran que una didáctica que asume el aspecto emocional como elemento sustantivo del proceso mientras ofrece contenidos y metodologías, contribuye a una interacción social constructiva y solidaria entre los varios sujetos que participan en él, posibilitando una elevación de la calidad de la enseñanza y resultados más satisfactorios en el aprendizaje. Esto es: a lo largo del proceso no puede haber separación entre lo emocional y lo cognitivo, puesto que, tal como lo expresa Leonor Arfuch, “no hay oposición entre discurso y afecto o emociones, en tanto el lenguaje es también el lugar del afecto, aunque por cierto no excluyente” (Arfuch, 2016a: 252).[3] De la lectura de los textos de los estudiantes también se desprende que valorarlos como sujetos conscientemente activos del proceso educativo inspirándoles confianza, les favorece asumir una actitud más empática, no solo hacia los docentes, sino también hacia la disciplina que se imparte y sus contenidos (Casassus, 2006), fomentando el deseo de conocer, de investigar, de profundizar. Asimismo, sus reflexiones demuestran que la empatía por el otro –la facultad del ser humano de reconocer, comprender y compartir las emociones ajenas– particularmente ante injusticias y violencias del mundo, no exime de una participación verdadera y reactiva (Arfuch, 2016a: 252). Además, estos textos ponen de manifiesto la voluntad de los jóvenes de edificar sus memorias más allá de la prescripción curricular explícita y su capacidad de construir sentido en derechos humanos en cada uno de los ámbitos que transitan: en definitiva, iluminan su potencial de enriquecer el campo de estudio sobre la transmisión de la memoria permitiendo comprender cómo las memorias conviven cotidianamente en la confrontación permanente entre distintos sujetos.

En ese determinado momento –en que el curso recién empezaba y el lockdown nos imponía el aislamiento total– dejarles a los estudiantes la libertad de elegir el tema y la forma de sus trabajos escritos a partir de la visión del cortometraje de Daniele Cini, me brindó la posibilidad de entender la dimensión y la manera en que los jóvenes perciben, interpretan y agencian distintos marcos de la memoria a partir de sus emociones y conocimientos previos sobre los temas que íbamos a tratar.

Con respecto a este último asunto, considero pertinente constatar que de sus textos se desprende también lo escaso, simplificado y prejuiciado que se estudia sobre la historia argentina (y latinoamericana, en general) en la escuela secundaria italiana. Lo que sorprende, fuera solo por los vínculos históricos entre los dos países a partir de la masiva inmigración italiana de finales del siglo xix que se instaló en el continente americano y en la Argentina, en particular, hasta formar parte de su proceso de definición identitario, pero sin que el vínculo entre los dos países se transformara en memoria propia de parte de la sociedad italiana. Se trata, por ende, de un proceso unidireccional, ya que “mucha de la historia argentina es también memoria de Italia. Es, básicamente, una memoria de la sangre” (Lorenzano, 2020). En una interesante investigación sobre las últimas dictaduras latinoamericanas en los manuales de estudio adoptados en la escuela italiana de nivel secundario, se hace hincapié en los procesos de omisión y simplificación que subyacen a los textos. Como ejemplo hipertrófico de generalización, se analiza el caso de un manual de lengua y cultura española e hispanoamericana, en que se aborda el tema de las dictaduras latinoamericanas “desde el período poscolonial… hasta nuestros días” (Kaufmann, Santarrone, Mauri Nicastro: 2012, 285), al cual –no sorprende– se dedican únicamente dos páginas (que fotografías y ejercicios reducen a la mitad). Desde la perspectiva ideológica, la premisa que sostiene el discurso es que “en la mayor parte de Latinoamérica el temor a la amenaza comunista contribuyó a la aparición de dictaduras de extrema derecha” (ivi: 286). Dicho de otro modo: en casi todos los países latinoamericanos (unitaria y estáticamente), el peligro “rojo” –la otredad que lucha por un mundo mejor, considerada como amenaza– justifica acciones genocidas de parte de los Estados (“legitima el poder que castiga el deseo de transformación”, en palabras de Sandra Lorenzano). En estas representaciones se vislumbran perspectivas monoculturales y eurocéntricas que se asientan en la afirmación del sentimiento de superioridad hacia el “otro”, refuerzan ciertos estereotipos y prejuicios culturales, y producen generalizaciones y falta de empatía.

La viva participación de los estudiantes en los temas tratados podría vincularse, entonces, no tanto con el estudio de las relaciones históricas entre Italia y Argentina que, al no encontrar espacio en los programas de estudio escolares, difícilmente puede formar parte del bagaje cultural e identitario de los jóvenes italianos (la idea de que estudiar la historia de Argentina significa entender mejor también la italiana, evidentemente, no les pertenece); sino, más bien, podría enlazarse con otros “hilos”.

En particular, por lo que atañe al contexto específico de la última dictadura argentina, los vínculos entre los dos países se estrechan aún más firmemente por varias razones: centenares de desaparecidos eran italianos, o de origen italiano (al igual que muchos represores, como sugieren, por ejemplo, los apellidos de Massera y Agosti) y, en contra de los responsables del secuestro, tortura y desaparición de algunos de ellos, se han podido celebrar varios juicios en Italia: “Processo Suárez Mason, Santiago Omar Riveros et al.” (1999-2000), “Processo esma” (1999-2007) y “Processo Massera” (2009-2011).[4] En 2015 se emprendió también el “Processo Condor” en contra de 35 represores acusados de la desaparición de 43 ciudadanos chilenos, uruguayos y argentinos, todos de origen italiano, en el marco del Plan Cóndor.[5]

En el mismo contexto dictatorial argentino, también se han investigado las relaciones entre los dos países en cuanto a responsabilidad y voluntad del entonces gobierno italiano de callar los crímenes que se estaban perpetrando –incluso en contra de sus propios compatriotas– por defender los intereses económicos y políticos que vinculaban a Italia con la junta militar argentina;[6] y, precisamente debido a esas relaciones, no se excluye que algunos hijos de desaparecidos, apropiados, puedan encontrarse en Italia desconociendo su verdadera identidad.

Asimismo, son consabidos el compromiso y el actuar de algunas personas que, recurriendo a sus funciones diplomáticas, lograron salvar vidas humanas: emblemático es el caso del entonces vicecónsul italiano Enrico Calamai que, a pesar de los mandatos de la Embajada italiana en Buenos Aires y arriesgando su propia vida, ayudó a centenares de personas –con o sin doble nacionalidad– a expatriar de Argentina en los años más sangrientos de la dictadura, salvándolas de la detención, tortura, muerte y desaparición.

Migraciones, desapariciones y juicios, responsabilidades violadas o cumplidas, lazos económicos e institucionales –entre los múltiples factores políticos, económicos, sociales, identitarios y culturales– atan un vínculo insoslayable entre Argentina e Italia, y tejen una trama transoceánica en cuya textura participa también una copiosa narrativa italiana que quiere “dar testimonio” del pasado reciente argentino (Perassi, 2017b),[7] además de una incipiente narrativa argentina e hispanoamericana sobre el fenómeno de las migraciones y de la desaparición en el Mediterráneo.[8]

Si todas estas razones pueden explicar, en parte, la empatía (que en el monólogo ficcionalmente autobiográfico de Sabrina Pizziconi se hace identificación total con la hija de la “sirena”) y la implicación activa de este grupo de jóvenes italianos en el estudio de la memoria del pasado reciente argentino y sus representaciones, cabe interrogarse sobre si ésta se deriva también (y sobre todo) de una ampliación significativa y consciente de las categorías de la memoria y de la solidaridad, que se patentiza en la voluntad de defender y difundir una cultura de los derechos humanos más incluyente. Si en sus textos destaca la voluntad de llenar un vacío, de reparar una falta, de colmar una laguna sobre una página de historia totalmente ausente en los currículos de la escuela secundaria, de sus reflexiones se desprende asimismo la convicción de que sí, es una historia argentina, pero “nuestra” también, que nos concierne universalmente como seres humanos, antes que como italianos. Y sus análisis –recorriendo caminos empáticos, afectivos y solidarios que atraviesan la “vastedad doliente del mundo” (Seoane y Caballero, 2015: 13), las pertenencias “legítimas” de filiación y las dimensiones de lucha y duelo más allá de los territorios familiares o nacionales para generar espacios alternativos del luto que “albergan nuevos residentes” (Sosa, 2017: 215)– plantean un compromiso que se refuerza a la luz del fenómeno de la desaparición en el Mediterráneo, como repetición de la tragedia humana. Como reiteración: de la indiferencia y del miedo hacia el “otro” y la posibilidad de transformación –social, cultural e identitaria– que conlleva; de la negación a procesar el duelo por la falta de los cuerpos (una vez más, yacentes en el fondo del mar); de la eterna búsqueda de verdad y justicia; de la invisibilización de la violencia que se perpetra y perpetúa cotidianamente; del ocultamiento de informaciones sobre la complicidad política e institucional de los países “democráticos”, y la consecuente impunidad de los responsables de crímenes de lesa humanidad. Y también los modelos neoliberales permanecen y vinculan, de alguna manera, el fenómeno de la desaparición en el pasado y el presente: fueron la base del sistema político, económico e ideológico de las dictaduras, para defender con la desaparición de miles de opositores en Latinoamérica y, en definitiva, constituyen también el modelo de desarrollo, de consumo y de la economía depredadora sobre África por parte de los países europeos, para defender, una vez más, a costa de la vida de millones de migrantes. Renovando la noción de “memoria ejemplar” según Todorov (2000), detectamos en la historia reciente argentina una clave de lectura de nuestro presente reconociendo en ambas tragedias unas características comunes: lo que antes se llamaba Plan Cóndor, ahora lleva los nombres de “Acuerdos de Malta” (noviembre de 2015), “Pacto con Turquía” (marzo de 2016), “Acuerdos con Afganistán” (octubre de 2016), “Memorandum con Libia” (febrero de 2017), o procesos de Rabat y de Khartoum,[9] que no son otra cosa sino alianzas destinadas a garantizar el apoyo financiero y militar a gobiernos dictatoriales africanos y de Oriente Medio, a cambio de la intensificación de la persecución de los potenciales “inmigrantes ilegales” que intentan llegar a Europa surcando el Mediterráneo en botes y barcazas averiadas.

Se está poniendo en marcha un sistema concentracionario de intensidad variable, diseminado a manchas difusas pero que responde a un designio unitario, en todo el enorme interior africano y de Oriente Medio en torno al Mediterráneo, donde los tratos inhumanos y degradantes de todo tipo están desde hace mucho tiempo a la orden del día y que, si no se frena, podría convertirse en el mayor sistema eliminacionista, cuando no genocida, de la historia de la humanidad (Calamai, 2020).

Son los “desaparecidos de la Europa opulenta del nuevo milenio”, en palabras de Enrico Calamai, “y, no solo no se les considera ciudadanos: ni siquiera seres humanos, es decir, no se les reconoce la naturaleza humana, hoy como ayer” (Coccoli, 2020: 22). La implementación de un proceso de “externalización” de las fronteras de la “Fortaleza Europa” dificulta la individuación de las responsabilidades y cargos específicos, permitiendo eludir, jurídicamente, los delitos penales y, mediáticamente, la representatividad: se trata de externalizar las fronteras cada vez más al sur, para que el momento trágico –el rechazo de los migrantes y su muerte– tenga lugar en el vacío mediático, donde no hay posibilidad de representación.

Europa queda, entonces, presa de una contradicción: se autoproclama tierra de asilo, pero en realidad se revela incapaz de acoger a los antiguos vasallos de su imperio colonial, que vienen hoy a buscar en ella condiciones para su supervivencia. […] Europa se manifiesta también muy reticente, si no directamente hostil, a dar refugio a quienes han sido privados de patria por las guerras de Oriente Medio. La ex potencia colonial no es hospitalaria, y la Europa de la razón universal y de los derechos humanos viola los principios que supuestamente la definen. La desaparición es en realidad el nombre de una estrategia, negada o inconfesa, tendiente a lograr que esta contradicción resulte soportable: […] hay que hacer desaparecer a los que intentan entrar en el territorio europeo; se destruyen las antiguas fronteras y se construyen en su lugar muros infranqueables; hay que hacer desaparecer incluso a los que intenten acercarse a las orillas del Mediterráneo y se delega en los países limítrofes la tarea de internar a esos candidatos, aun antes de que lo intenten. Esta triple práctica acaba negando que esas personas ya han ingresado a Europa (y los encierra en zonas de retención a las que en la práctica está prohibido acceder […]); simula creer que carecen de motivos para querer ingresar (y levanta muros […]); simula creer que no se han presentado en los puestos de frontera de los países vecinos (los trata como delincuentes […]); es así como se construye una triple invisibilización de aquellas y aquellos que deben desaparecer para que la democracia sea vivible (Tassin, 2017: 105).

Es bien conocido lo que ocurre en África y Oriente Medio: dictaduras, guerras, persecuciones, violaciones, torturas, miseria, esclavitud. Sabemos, pero no vemos, para que el Tercer Mundo se mantenga en un remoto “allá” y no empiece a aparecer en el “aquí”, en el centro del llamado Primer Mundo, para que “no haya una ruptura significativa del sentido anterior de nuestras vidas, culturas y perspectivas de futuro” (Chambers, 1995: 14). Es un mecanismo de desaparición, físico y mediático, que provoca una deshumanización generalizada:

Y si ocurre que una imagen traspasa la pantalla, como en el caso del pequeño Aylan Kurdi –un nombre que hay que pronunciar con respeto y cautela porque es víctima de la violencia mediática, así como de la violencia sistémica que causó su muerte–, las convulsiones emocionales alteran momentáneamente la inercia de una opinión pública que a la semana siguiente permanecerá inerte, ante la noticia del hundimiento de una barcaza en la misma zona con cuatro niños a bordo, esta vez no fotografiados. Una opinión pública que, al fin y a cabo, acepta sin especial emoción que el Mediterráneo se haya convertido en la zona fronteriza con la mayor tasa de mortalidad del mundo, según las Naciones Unidas (Calamai, 2020).

En ámbito diplomático (en los años setenta), y social (en años más recientes), Enrico Calamai sintetiza en su figura el continuum del compromiso político y humano –del pasado al presente, de uno a otro lado del océano– por salvar vidas y, junto con ellas, nuestra humanidad. Sigue trabajando en primera línea en la defensa de los derechos humanos a través del Comité “Verità e Giustizia per i Nuovi Desaparecidos”, cuyo objetivo principal es la identificación y la condena de los responsables de la muerte y desaparición de miles de personas a lo largo de las rutas migratorias hacia Europa. Análogamente, en ámbito jurídico, Arturo Salerni[10] –presidente del mismo Comité– reanuda el fil rouge, siendo abogado defensor de los familiares de desaparecidos de origen italiano en procedimientos relativos a violaciones de derechos humanos en el “Juicio Cóndor” y, a la vez, asesor legal de los familiares de desaparecidos en el “naufragio de los niños” (2013), una masacre que podría haberse evitado y sobre cuya responsabilidad pesa el papel desempeñado –o, más bien, no desempeñado– por la Guardia Costera y la Marina italianas, acusadas de omisión en el cumplimiento del deber y homicidio múltiple agravado.[11] El continuum, o fil rouge, se revela también en ámbito literario-cinematográfico: Daniele Cini es director y guionista, además de La sirena, de muchas películas documentales que vinculan a los italianos con la historia argentina reciente (Seconda Patria, 2006; Tanos, 2007; Noi che siamo ancora vive, 2009), así como del reciente documental La febbre di Gennaro (2021), historia de un joven de Taranto, de 29 años, que desde hace diez años trabaja como cooperante humanitario en contextos de guerra y para los más desfavorecidos en todo el mundo: desde Colombia en defensa de los campesinos, hasta Palestina, donde acompaña a los niños a la escuela, pasando por los corredores humanitarios para los sirios en el Líbano, o surcando el Mediterráneo a bordo de Sea Watch para buscar y socorrer a los náufragos, o cooperando con Médicos Sin Fronteras en zonas de epidemias como el ébola en la República Democrática del Congo y en los países más afectados por el covid-19.

En un proceso diametralmente opuesto a la producción narrativa italiana que quiere “dar testimonio” del pasado reciente argentino (Perassi, 2017b), en el otro lado del océano empieza a vislumbrarse una importante producción cultural argentina y latinoamericana que quiere “dar testimonio” del presente mediterráneo. El artista sueco-argentino-brasileño Runo Lagomarsino, con la instalación “Mare Nostrum Mare Mostrum” (2015), expuesta en la Trienal de Milán La terra inquieta (2017); el periodista y escritor argentino Martín Caparrós, con su prólogo “La historia de ahora mismo” a No somos refugiados (2017) del escritor catalán Agus Morales; el fotógrafo español Gabriel Tizón, con la exposición mexicana “Migrantes en el Mediterráneo” (unam 2017); la artista colombiana Doris Salcedo, con la instalación-memorial “Palimpsesto” (Museo Reina Sofía, 2016-2017); el escritor haitiano Louis-Philippe Dalembert, con su novela Mur Méditerranée (2019); el guionista y director argentino Damián Olivito, con el documental El cielo sobre Riace (2020): todos ellos conforman solo una muestra del corpus de autores y artistas latinoamericanos que, a través de su mirada comprometida sobre la desaparición en el Mediterráneo, responden a la voluntad de participar en la textura de una memoria definitivamente compartida, solidaria, empática, urgente.


  1. Estas teorías se apoyan en los estudios de Peter Salovey y John Mayer (Dueñas Buey, 2002), quienes, en los primeros años de la década de los noventa, empezaron a cuestionar los modelos educativos todavía imperantes en aquel entonces que privilegiaban los aspectos intelectuales y académicos de la formación, considerando que los aspectos emocionales y sociales correspondían al plano privado de los individuos. Según Salovey y Mayer, en cambio, la ie (inteligencia emocional) consiste en la capacidad que desarrolla el individuo para supervisar tanto sus sentimientos y emociones, como los de los demás y, por tanto, tiene efectos en una dimensión social. A finales de la década, los dos estudiosos profundizaron en el concepto, teorizando que la ie conlleva la habilidad para percibir y expresar emociones, y para generar sentimientos, lo que promueve el crecimiento emocional e intelectual de las personas. Si se asocian las emociones a reacciones afectivas de aparición repentina, de gran intensidad, de carácter transitorio, y las consideramos ligadas a factores subjetivos, no se acepta que éstas incluyen una evaluación de la situación o evento que las origina, en la que interviene la memoria, la motivación y el razonamiento: lo que revela que la toma de decisiones está más afectada por el carácter emocional que racional, y que la cognición y la emoción se afectan recíprocamente. Separar razón y emoción, significa “atentar contra el carácter humano del ser humano” (García Retana, 2012: 6).
  2. Las circunstancias, no solo excepcionales como aquellas que se presentan en un período de confinamiento por emergencia sanitaria, sino todas aquellas en las que se produce el acto educativo, son un elemento de análisis esencial para una comprensión más exhaustiva de la complejidad del proceso de enseñanza y aprendizaje. Por ello, tal vez convenga considerar los avances teóricos sobre la categoría de “vivencia” de los sujetos en las situaciones educativas, que hacen hincapié en el carácter siempre situado de dicho proceso. Se trata de una categoría que sintetiza aspectos intelectuales, cognitivos y emocionales, que vincula organismo y contexto, y que permite comprender la conexión entre el hombre y la cultura como síntesis de apropiaciones participativas en los espacios simbólicos. Es decir, posibilita modos de interpretar y asignar sentido a la realidad, entrelazando aspectos personales y socioculturales (Erausquin, Sulle, y García Labandal, 2016). Similarmente, Baquero (2020), recuperando –al igual que sus colegas– aportes de Vygotsky [1934], plantea que los procesos de aprendizaje y de interiorización no pueden explicarse por fuera de las actividades intersubjetivas, mediadas semióticamente, y de las situaciones educativas.
  3. En su ensayo sobre el “giro afectivo” (2016a), Leonor Arfuch aborda críticamente algunas tendencias recientes del affective turn, tensionándolas con otras posiciones, especialmente, de Sara Ahmed (The cultural politics of emotions, 2004) y de Lauren Berlant (Cruel optimism, 2011), para cuestionar la separación entre lo emocional y lo cognitivo todavía vigente en las ciencias sociales y analizar la afectividad en las sociedades contemporáneas. La estudiosa argentina reafirma la idea de que las emociones no son estados psicológicos, reacciones meramente corporales, sino prácticas sociales y culturales y, por tanto, con “investidura significante” (ivi: 252). Considerando que discurso y afecto no son excluyentes sino co-constitutivos, más que interrogarse sobre qué son las emociones, habría que preguntarse qué hacen ante este estado del mundo y “qué hacemos nosotros con ellas […]; con las que nos mueven a la compasión y a la pena ante las imágenes desgarradoras de la desposesión de los que ya no tienen ni patria ni hogar, y las que nos paralizan ante esa violencia inconcebible de las ‘pasiones tristes’ que las pantallas traen a casa con la asiduidad de una rutina y que ponen en suspenso la idea misma de civilización” (ivi: 253).
  4. Los juicios, a cargo del Fiscal Francesco Caporale, tuvieron lugar en el Tribunal de Roma. En ellos se juzgaron a los responsables de la desaparición, en particular, de los siguientes ciudadanos italo-argentinos: Laura Carlotto, Pedro Luis Mazzocchi, Luis Alberto Fabbri, José Daniel Ciuffo, Martino Mastinu, Mario Marras, Norberto Morresi, Giovanni y Susanna Pegoraro y Angela Maria Aieta. Los juicios llevaron a la condena (en muchos casos, a cadena perpetua) a todos los imputados, a excepción de Massera, por muerte ocurrida durante el juicio: Gerardi, Porchetto, Rossin, Puertas y Maldonado, en el “Processo Suárez Mason, Santiago Omar Riveros et al.”; Massera, Vanek, Acosta, Astiz, Vildoza y Fébres, en “Processo esma”. Sobre el tema, véase el volumen editado por Giovanni Miglioli (2001), el libro escrito por el mismo Francesco Caporale (2014) y el volumen coordinado por Jorge Ithurburu y Cristiano Colombi (2011).
  5. La sentencia en primer grado (17 de enero de 2017) dictó cadena perpetua para 8 acusados chilenos, uruguayos, bolivianos y peruanos, una absolución, 18 prescripciones; los demás acusados fallecieron durante el juicio. El juicio de apelación inició ese mismo año y finalizó el 8 de julio de 2019 con 24 cadenas perpetuas, una absolución y 8 acusados fallecidos. El 9 de julio de 2021, el Tribunal de Casación confirmó las condenas a cadena perpetua por homicidio voluntario agravado para los siguientes imputados: Nestor Troccoli, Juan Carlos Blanco, José Ricardo Arab Fernández, Juan Carlos Larcebeau, Pedro Antonio Mato Narbondo, Ricardo José Medina Blanco, Ernesto Avelino Ramas Pereira, José Sande Lima, Jorge Alberto Silveira, Ernesto Soca, Gilberto Vázquez Bissio, Pedro Octavio Espinoza Bravo, Daniel Aguirre Mora y Carlos Luco Astroz. Rafael Ahumada Valderrama, Orlando Moreno Vásquez y Manuel Vásquez Chauan, tres de los chilenos condenados en apelación, no recurrieron la sentencia anterior, por lo que su condena ya era definitiva. Sobre el Plan Cóndor y la justicia transnacional acaba de publicarse la valiosa investigación de Francesca Lessa (2022).
  6. En particular, sobre la relación entre los grupos de poder político y económico italianos y la dictadura argentina, se recomienda la lectura de Calamai (2003), Tognonato (2012) y Robertini (2019).
  7. Sobre el tema, véase el volumen coordinado por Cattarulla (2017). En particular, Emilia Perassi, en su capítulo sobre la construcción de memorias colectivas, recorre la historia de la etimología del término testimonium (testis, persona que presencia en cuanto “tercera parte” un acontecimiento; superstes, “persona que subsiste más allá de un determinado acontecimiento después de que todo ha sido destruido”; y testimonium, la acepción de testimonio tal como se daba en el latín del primer cristianismo, que implicaba las nociones de “herencia” y “transmisión”) para indagar las nuevas prácticas testimoniales que quieren “dar testimonio” de la época de la dictadura argentina. Es un amplio corpus de literatura italiana que adopta como herencia el traumático patrimonio de la historia reciente argentina, conformando “textos procedentes de testimonios autorizados […] que se utilizan para descifrar las señales ambiguas del presente”. Estos “testimonios recreados” comparten la voluntad “de cooperar en la construcción de su vigencia en la memoria, de extender su rememoración más allá de Argentina” (Perassi, 2017b, pp. 13-31).
  8. Es una producción emergente que acaba de empezar a investigarse en ámbito académico, y a la cual pertenece la obra que presento en el siguiente, y último, capítulo.
  9. Informaciones detalladas y actualizadas sobre las migraciones internacionales, las masacres en el Mediterráneo, los naufragios y los acuerdos multilaterales entre gobiernos europeos y de países africanos y de Oriente Medio, se encuentran –entre otros– en el boletín cuatrimestral “Focus Migrazioni internazionali” del cespi (Centro Studi Politica Internazionale) y en la página web del comité “Verità e giustizia per i nuovi desaparecidos del Mediterraneo”, cuyos enlaces se señalan en la bibliografía final. Según los datos oficiales, en 2021 más de 3600 migrantes desaparecieron en el Mediterráneo y, solo en los primeros dos meses del 2022, ya se cuentan más de trecientas víctimas.
  10. Se ocupa de la protección de los derechos humanos y, en particular, del derecho de asilo ante los tribunales nacionales y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, de la protección de los menores extranjeros no acompañados, y de procedimientos de extradición. Cofundó y presidió, de 1992 a 2000, la Onlus Progetto Diritti, que opera en Italia y en el extranjero proporcionando información y asesoramiento jurídico a inmigrantes y solicitantes de asilo, menores en procesos penales y civiles y víctimas de la tortura. Es miembro del Comité Directivo de Antigone, asociación que trabaja en el ámbito de la reforma del derecho penal y la protección de los derechos de los presos. Es vicepresidente del club de fútbol Atlético Diritti (Università degli Studi Roma Tre), constituido para la integración en el deporte de menores extranjeros o procedentes de vías de expiación de penas.
  11. El naufragio, ocurrido el 11 de octubre de 2013, generó mucho clamor mediático por la desaparición de 268 personas en su mayoría de nacionalidad siria, entre las cuales había 60 niños y adolescentes. La causa de tantas muertes se atribuye a la falta de rescate de parte de las instituciones italianas. La investigación periodística de Fabrizio Gatti reconstruye la masacre detalladamente, a través de imágenes, llamadas telefónicas entre las Fuerzas Armadas de Malta y los guardacostas italianos, y los pedidos de socorro desde el pesquero a la deriva (Gatti, 2017).


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