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1 Acerca de la medición y el dato

1. ¿Es posible medir en las ciencias sociales?

Iniciar un libro sobre cuestiones metodológicas en las Ciencias Sociales preguntándose acerca de la medición es una decisión arriesgada. Lo es porque invita a suponer que sus autores consideran que la medición es una cuestión básica de la metodología y, por lo tanto, de la investigación social. Y lo es, además, porque habitualmente —quizá en un estado naturalizado y propio del sentido común— se asume que la medición es patrimonio exclusivo de la perspectiva cuantitativa en este tipo de ciencias. Sin embargo, no hemos decidido iniciar este libro con esa pregunta por ninguna de las dos razones que acabamos de exponer. El riesgo de nuestra decisión radica en que consideramos que la medición es uno de los temas tratados con bajo nivel de debate y cuestionamiento, entendiendo por tal aquel que se menciona o se refiere a partir de enunciados verdaderos, acerca de los cuales se supone hay absoluto consenso y, por lo tanto, menos se reflexiona críticamente en la investigación social.

Referirse a la medición como proceso inherente a las Ciencias Sociales nos llevaría, necesariamente, a instalarnos en un extenso y confuso debate. Extenso porque arrastraría un dilatado pasado de discusiones, conviviría en el presente y, por ahora, no hay por qué ser optimista en cuanto a suponer que su futuro no ha de ser tan dilatado como el pasado. Confuso porque se trataría de un debate atravesado por diferentes perspectivas de análisis: aquella que supone que hay buenas y malas mediciones y, desde esa mirada, exacerba el protagonismo de un tecnicismo que garantizaría el logro de un refinado instrumental detector objetivo de la realidad; o aquella otra que asocia el medir a un acto cargado de precisión matemática, o una tercera que considera que medir no corresponde a la “naturaleza” de estas ciencias —algo así como pretender actuar contra natura—; u otra que ve en quienes pretenden medir a portadores de un pecado epistemológico y en algunos casos hasta ideológico, interpretando cualquier acto de medición como un sombrío renacer del positivismo decimonónico, distorsionador de la ingenua y contradictoria realidad; o tantas otras defensoras, críticas o dubitativas perspectivas de análisis.

Nuestra intención es tratar de reflexionar a propósito de este supuesto debate, proponiéndonos la siguiente pregunta de carácter general: ¿es posible medir en las Ciencias Sociales? Creemos, inicialmente, que en las ciencias sociales como ocurre en toda la ciencia, en tanto ámbito de producción de conocimiento, es necesario comparar, establecer semejanzas y/o diferencias. Un resultado puede ser relevante no solo por la información que aporta, sino también como consecuencia de haberlo comparado con otro resultado, de observar que es semejante o diferente, de establecer cuán diferente es y, posiblemente, de analizar la génesis de esa diferencia. El diccionario de la Real Academia Española define la acción de comparar como “fijar la atención en dos o más objetos para descubrir sus relaciones o estimar sus semejanzas o diferencias”. Toda comparación conlleva la necesidad de conectar, vincular las partes en cuestión, sea para establecer los encuentros y las relaciones, sea para identificar los observables de las partes, que son interpretados por una misma categoría. La tarea analítica conlleva la acción de comparar. La fortaleza de la comparación radica en analizar las partes vinculadas, conectadas. La comparación se opone a la división; la comparación integra, observa al conjunto. Pero se observa a partir de categorías teóricas con las cuales es posible descubrir relaciones o estimar semejanzas o diferencias. Estas categorías acompañan todo el proceso de producción de conocimiento porque con ellas se interpeló la realidad, con ellas se construyó el objeto de estudio y con ellas se interpreta.

Todo acto de comparación se resume en, por lo menos, una de las siguientes expresiones formales: igual a o diferente de, mayor o menor que, o magnitud superior o inferior que. Estas tres expresiones no son excluyentes entre sí, la segunda contiene a la primera y la tercera a los dos que le anteceden. Pero tienen su especificidad y se van superando o conteniendo debido a la inclusión de mayores condiciones para su cumplimiento.

En el primer caso, la comparación es de carácter nominal, algo o alguien es igual o diferente a otro, damos cuenta solo de la igualdad o la diferencia, no se hace evidente ninguna otra propiedad consecuencia de la comparación. En el segundo caso, la comparación es más rica, no solo establecemos que hay diferencia, sino también podemos construir un orden, una jerarquía entre los objetos o sujetos que estamos comparando. Y en el tercer caso, el orden es establecido a partir de magnitudes, en tanto podemos cuantificar las diferencias entre los objetos o sujetos comparados. La diferencia principal entre la primera y la última expresión se debe a la precisión de la comparación y a la información que se puede obtener como resultado de ello. En la medida en que cada expresión formal contiene y supera a la anterior, es habitual referirse a ellas como niveles, entendidos como niveles de complejidad. Aludimos a la complejidad de la medición según la cantidad y calidad de las condiciones que se le imponen a dicha medición.

Por ejemplo, si un individuo alcanzó el nivel de instrucción universitario completo y otro registra el nivel primario completo, en la comparación el primero tiene un nivel superior al del segundo (mayor que) y como consecuencia de ello son personas con niveles de instrucción diferentes (la expresión distinto a queda entonces incluida en la anterior). Si una persona trabaja 200 horas mensuales y otra se ocupa 240 horas en el mismo período, la segunda trabaja 40 horas más que la primera; por lo tanto, su trabajo le demanda un tiempo mayor que a la primera, lo cual implica que su dedicación horaria es distinta a. En otras palabras, la expresión tanto más o tanto menos que (en este ejemplo, expresada en 40 horas) contiene a las otras dos.

Cada vez que incluimos un objeto o sujeto en una clase de objetos o sujetos, en tanto esa clase fuera definida teóricamente, entendemos que estamos midiendo. Es por ello que en la literatura metodológica a estas expresiones formales se las suele llamar niveles de medición. No porque sean el resultado de ecuaciones matemáticas ni porque se pretenda capturar la realidad con criterios objetivos, sino simplemente porque estos niveles son el resultado de comparaciones de objetos o sujetos a partir de criterios teóricos comunes. Fue posible comparar los dos primeros individuos porque hubo una definición previa acerca de qué se entendía por nivel de instrucción y cuáles eran ellos. Lo mismo ocurrió con el segundo ejemplo, se partió de una definición acerca de qué se entiende por horas trabajadas y cómo calcularlas. En todo acto de medición subyace la comparación como acción primera y fundacional de ese acto.

A través de estas expresiones formales comparamos unidades de análisis (sujetos-objetos-entidades de estudio) por medio de variables (conceptos-atributos-características-propiedades). Si “A es distinto de B”, quiere decir que hay por lo menos dos unidades de análisis que se diferencian a partir de una variable. ¿De qué manera se diferencian? En tanto y en cuanto “A” y “B” sean clasificadas en categorías distintas en el interior de un mismo sistema de categorías. Entendemos por sistema de categorías al conjunto de categorías que integran una variable; y por categorías, los distintos modos de expresar las diferencias inherentes a una variable. Por medio de las categorías es posible clasificar las unidades de análisis. Aquellas integran una variable a partir de una definición teórica que las articula, por lo tanto, toda categoría es una clase entendida como una condición teórica que ostenta una variable. Es por ello que consideramos que una variable tiene una determinación teórica.

Las variables no son observables, no forman parte de las unidades de análisis, no pueden ser aprehendidas en el campo empírico, son parte del marco conceptual con el que nos aproximamos a nuestro fenómeno de estudio. Las variables son recursos teóricos con los que abordamos las unidades de análisis para poder interpretarlas transformándolas en datos. De ese complejo y dinámico universo de conceptos con el que reflexionamos e intentamos producir conocimiento —y que solemos llamar marco teórico o marco conceptual entendiéndolo como un corpus que nos acompaña a lo largo de todo el proceso de investigación— seleccionamos algunos conceptos que tratamos como variables para responder a la necesidad de producir datos.

¿Cómo se da esta selección? ¿A partir de qué criterios o bajo qué condiciones se produce este acto? Que un concepto adquiera el estatus de variable depende, en primer lugar, del problema de investigación y de los objetivos, dado que ambas instancias determinan acerca de sobre qué cuestiones hay interés en generar un nuevo conocimiento, y para dar cumplimiento a esta acción es necesario poner en marcha un proceso de carácter teórico y empírico, resultado del cual se producirán y analizarán datos que, se espera, darán respuesta al problema de investigación. En otras palabras, se debe recurrir a conceptos que sean tratados de manera tal que permitan dar cuenta de la realidad e interpelarla. En segundo lugar, que un concepto se reconfigure en variable depende de cuestiones metodológicas y técnicas, entendiendo por tal a las decisiones estratégicas acerca de cómo hacer efectiva la interpelación. En el siguiente punto de este capítulo, nos referiremos al proceso de producción de los datos en el cual intervienen un amplio conjunto de instancias y decisiones a la vez, que dan forma al procedimiento mediante el cual, a partir de variables, los observables o registros de la realidad son transformados en datos de la investigación.

Toda variable debe formar parte del entramado conceptual de la investigación y debe ser definida teóricamente; en otras palabras, debe especificar su significado y su alcance. Ahora bien, no todos los conceptos integrantes de ese entramado —que adquiere la forma de una red que los vincula según diferentes modos, sentidos e intensidades (hay vínculos más densos y otros más laxos, hay vínculos históricos y otros ocasionales, etcétera)— se transforman en variables. Suelen ser la mayoría de los conceptos los que mantienen su estatus y suelen ser muy útiles al momento del análisis de los datos porque contribuyen con las interpretaciones mediante el modo en que se relacionan teóricamente con las variables, se reposicionan en el entramado conceptual a partir de tales interpretaciones, anuncian nuevas hipótesis, enriquecen y son enriquecidos por los datos. Esos conceptos hacen que la teoría se materialice entrando en interacción con los datos. Si la interpretación de estos dependiera solo de las variables con las que fueron producidos, la teoría quedaría mutilada. No olvidemos que las variables son conceptos que forman parte de un marco teórico, el cual integran en relación con un conjunto, muchas veces, mayor de conceptos, definiciones, hipótesis, generalizaciones, etcétera.

Las variables son, entonces, aquellos conceptos con los que daremos sentido teórico a las unidades de análisis. Asignarle a una unidad de análisis una categoría o clase teórica implica ubicarla al interior de un sistema de categorías o variable; por lo tanto se determina teóricamente qué lugar ocupa —se la clasifica— en relación a otras unidades: se ha procedido a medir esa unidad a partir de una variable con la que se está trabajando.

La sucesión de estos actos de medición llevan a la obtención de resultados. Este proceso lo entendemos como proceso teórico-metodológico de la construcción del dato. Es la consecuencia de la intersección de los criterios teóricos del investigador expresados a través de variables con el empleo de diferentes métodos y técnicas necesarios para la obtención de información desde el campo. De este modo, la información obtenida se transforma en dato, transformación producida por el investigador y justificada solo a partir de las premisas teóricas y metodológicas que utilizó.

Al determinar que “A es distinto a B” se asume la existencia de correspondencia entre el sistema de categorías empleado y ciertas propiedades de las unidades de análisis. Dicha correspondencia es nodal en el proceso de medición, conduciendo a formular la siguiente pregunta, expresión muchas veces de una importante preocupación de los investigadores sociales: ¿hemos establecido una adecuada correspondencia entre categoría de la variable y propiedad del observable? En otros términos, ¿hemos construido un sistema de categorías válido y confiable? Y podríamos, más decididamente, preguntarnos: ¿qué queríamos medir y qué medimos realmente? Estas preguntas conviven en todo proceso de investigación y más allá también. No pretendemos entrar en este debate —teórica y metodológicamente central en las ciencias sociales— ni tampoco sembrar de dudas el proceso de medición, solo intentamos reflexionar acerca de la complejidad de un procedimiento no tan simple ni tan obvio. En las ciencias sociales, la medición es el resultado de un desarrollo en el que intervienen tres dimensiones: conceptual, metodológica y empírica. Obviar o minimizar el tratamiento de alguna de ellas conduce necesariamente a mediciones no confiables ni válidas.

En las ciencias sociales no contamos con abundantes recursos metodológicos ni técnicos que permitan disponer de instrumentos de medición estandarizados o suficientemente validados. Más aún, es una característica particular de estas ciencias la de provocar desafíos teórico-metodológicos muy frecuentes, ya que es necesario preocuparse y ocuparse no solo del fenómeno de estudio, sino también de la estrategia de aproximación al mismo. La forma de aproximarse requiere de un ajuste entre los conceptos, el método y las técnicas, a partir de una ida y vuelta entre los supuestos que subyacen al proceso de medición y la correspondiente contrastación empírica. Estos supuestos son las premisas que el investigador tiene para establecer teóricamente el más apropiado sistema de categorías, que le permita reproducir las propiedades de las unidades de análisis que le interesa estudiar.

La medición no es un proceso determinado por un principio y un fin, con un desarrollo lineal que parte de conceptos y termina en datos. Su comportamiento es dialéctico, contrapone y unifica a la vez conceptos con observables de la base empírica a los que hace referencia. Algunas veces suele ser necesario redefinir conceptos para referirse a objetos, otras cambiar de objetos para referenciarlos a conceptos, a veces el procedimiento es deductivo, otras inductivo. En las ciencias sociales, su complejidad es tal que requiere reiteradas explicitaciones teóricas y metodológicas para ganar en comprensión.

El investigador social no apela a métodos ni técnicas apropiados a —propios de— una teoría, sino que construye el nexo teórico-metodológico a partir de su problema y los objetivos de investigación. No hay correspondencia unívoca ni determinista entre teoría, método y técnica, hay relaciones lógicas entre ellos y alternativas de combinación respetando ciertas condiciones formales. No existe el método para dar cuenta de un fenómeno, contrariamente, existen métodos o combinación de métodos que mejor posibilitan el tratamiento de la base empírica a partir de conceptos.

Independientemente de la estrategia que diseñemos como expresión del nexo teórico-metodológico, cada vez que intervenimos con variables en nuestra realidad de estudio, llevamos adelante el proceso de la medición. ¿Qué es lo que está ocurriendo en ese caso? En primer lugar, ocurre que el sistema de categorías contiene las alternativas que se suponen empíricamente posibles. Hay un supuesto inicial que dice que esas y solo esas categorías son suficientemente exhaustivas para referirse al universo de contrastación. Este supuesto es direccional, fija un camino en el proceso teórico-empírico, por lo tanto, debe explicitarse el marco conceptual que lo contiene.

En segundo lugar, una vez realizada la contrastación; en otras palabras, una vez interpelada la realidad, se asume que se ha dado una cierta correspondencia entre el sistema de categorías y las propiedades de las unidades de análisis. Solo si se da tal correspondencia, podemos considerar que esa variable clasifica, ordena o asigna valores a las unidades de análisis en estudio. Ahora bien, si se da este último caso (asignación de valores, es decir, cantidades), para que podamos asignarle magnitudes a ciertas cualidades de los fenómenos que estudiamos, es necesario asumir que la distancia que hay entre una magnitud y otra —en la variable o concepto que utilizamos— equivale a la distancia que hay entre un sujeto, un objeto o un acontecimiento y otro. Nos encontramos, entonces, ante una cuestión que merece ser atendida: que la distancia entre magnitudes son distancias convencionales establecidas, según ciertas reglas, al interior de una escala que forma parte de una variable, expresión formal de una definición teórica. Sin embargo, las distancias entre los objetos, sujetos y/o acontecimientos son distancias que no dependen de convenciones y, menos aún, de definiciones teóricas, sino que dependen de las propiedades —condiciones materiales— que hacen a la constitución de aquellos. En consecuencia, la variable, en tanto construcción teórica, reproduce con mayor o menor fiabilidad la distancia real del campo empírico, de esto se desprende que toda modificación en la definición teórica producirá cambios en la escala inherente a la variable. Más aún, habrá tantas escalas como definiciones teóricas existan referidas a una misma propiedad del fenómeno en cuestión. Si bien se dispone de recursos metodológicos y técnicos que evalúan la confiabilidad y validez del instrumento construido, no siempre estos recursos son exitosos. ¿Significa esto arbitrariedad? No, simplemente, expresa un modo de construir conocimiento que consiste en aceptar, o reconocer, que en el campo de las Ciencias Sociales resulta dificultoso y, a veces, imposible garantizar una relación isomórfica (de equivalencia) entre la escala numérica empleada y el conjunto de propiedades del fenómeno que se pretende medir. Apelar a variables con magnitudes no garantiza una mayor fiabilidad de la medición, aunque potencia la posibilidad de realizar mejores ajustes en la instancia del cálculo y análisis.

Por lo tanto, no coincidimos con quienes como Norman Campbell (1957) consideran que medir es el proceso por el cual se representan cualidades mediante números, o con Stevens (1951), para quien medir es asignar numerales a objetos o acontecimientos de acuerdo a ciertas reglas, o con posicionamientos recientes que continúan asociando la medición a un proceso cuyo desenlace es cuantitativo. Estas son miradas reduccionistas que excluyen la posibilidad de representar propiedades de los objetos mediante categorías cualitativas. Medir es para nosotros lograr una confiable y válida correspondencia entre las propiedades de los objetos y el sistema de categorías teóricamente construido, sean estas cuantitativas o cualitativas. De no ser así, resultaría incomprensible referirse a los niveles de medición nominal y ordinal como habitualmente lo hacemos. En el mismo sentido, Canales (1986: 67) tiene una propuesta para la comprensión de este proceso, concibe la medición como “la cualificación o cuantificación de una variable para un estudio dado […]. La clasificación básica de las variables es lo que permite asignar distintos valores cualitativos o cuantitativos, para los diferentes fenómenos bajo estudio”. En esta última parte de su definición, nos recuerda la existencia de los niveles de medición como criterios clasificatorios de todas las variables, tanto las cualitativas como las cuantitativas. Canales introduce la idea de la cualificación como inherente al proceso de medición. Esta perspectiva, si bien está menos difundida, la consideramos más cercana a nuestra concepción. Del mismo modo, coincidimos con Barriga (2012: 14, 15) cuando señala que “el reto fundamental de la medición no está en el resultado del proceso, sino en el instrumento utilizado para llevarla a cabo”. Y en la misma línea argumental sostiene que

la medición no es un procedimiento cuantitativo cuyo resultado es un número, sino un procedimiento intelectual para determinar cómo voy a realizar una observación con algún tipo de parámetro que me permita comparar mi observación con otras observaciones o con conceptos teóricos abstractos.

Finaliza su reflexión señalando que “la noción de medición nos acerca cada vez más a una superación del anquilosado debate cuali/cuanti”.

En las ciencias sociales, contamos con diferentes métodos y técnicas para realizar el tránsito entre el concepto definido teóricamente y el concepto definido operacionalmente y, de esta manera, hacer de un concepto una variable apta para la producción de datos. En los próximos capítulos desarrollamos diferentes metodologías que contribuyen a hacer efectivo este tránsito. Son metodologías conocidas, pero nos hemos propuesto repensarlas como forma de revalorizarlas y, también, para reflexionar acerca de sus fortalezas y sus debilidades, enfatizando la rigurosidad con la que debe trabajarse al construir la conexión entre lo que se pretende medir y los recursos teóricos y metodológicos con que se cuenta. Fernando Cortés (1987: 389) es muy explícito cuando señala que

no plantearse como una dificultad la relación armoniosa que debe existir entre teoría y estadística en una investigación particular puede conducir a imponer a la teoría la camisa de fuerza del modelo estadístico o a extraer conclusiones abusivas de los resultados estadísticos.

Reivindicamos esta dificultad como camino hacia un mejor uso de las metodologías que disponemos, tanto cuantitativas como cualitativas; obviarla nos conduciría inevitablemente a independizar lo empírico de lo conceptual, a tratar los métodos como instrumentos y lo conceptual como abstracción. No pensar armoniosamente lo metodológico y lo teórico, considerar que la metodología es suficientemente autónoma, que consta de un conjunto de saberes que pueden ser puestos en acto más allá de cualquier corpus teórico, conduce a la producción de un conocimiento fracturado e insuficiente para interpretar el fenómeno abordado. Asumir esta dificultad de la cual habla Cortés no paraliza, sino más bien dinamiza el proceso de formación de conocimiento.

2. El proceso de producción de los datos en las ciencias sociales

Todo proceso de investigación, entendido como desarrollo teórico-metodológico-empírico, es portador de un objeto de estudio, de un fenómeno[1] acerca (a partir) del cual se produce conocimiento. Este fenómeno —objeto de estudio— se constituye como tal solo si hay un problema de investigación que lo involucra y lo vincula con la realidad como parte de la búsqueda de respuestas, si hay un corpus teórico que lo define e interpreta y un método que permite abordarlo. El objeto de estudio no es una entidad autónoma e independiente del investigador, tampoco es una cosa externa a él, le pertenece como le pertenece el proceso de investigación en el cual trabaja. En este sentido, Bourdieu (2008: 60) plantea que

un objeto de investigación […] no puede ser definido y construido sino en función de una problemática teórica que permita someter a un examen sistemático todos los aspectos de la realidad puestos en relación por los problemas que le son planteados.

El objeto de estudio es la resultante de la intersección entre el problema que instala la necesidad de avanzar a través de un proceso de investigación y los conceptos, sus definiciones y relaciones que otorgan sentido al objeto y que hacen a su interpretación y comprensión. El objeto de estudio contiene y cuestiona el conocimiento existente. Esta doble acción de condensar (por medio de los conceptos y sus definiciones) y criticar (por medio del problema que juzga) el conocimiento, hace del objeto de investigación una instancia enajenada de los objetos sensibles, más cercano al campo de la especulación teórica, pero siempre referenciado al problema original, a por qué es necesario poner en marcha esa investigación particular y no otra.

Barriga y Henríquez (2003: 78) para quienes el objeto de estudio es “lo que queremos saber” proponen dos tipos de objetos,

el objeto artesanal es aquel que nace desde nuestros propios intereses científicos, cualquiera que sea el origen de estos. El objeto prefabricado, al contrario, es el objeto que nace de los intereses de otros actores sociales, como son organismos gubernamentales, empresas, organizaciones sindicales y gremiales, organismos financiadores de investigación, etcétera, y cuyo estudio es demandado a los científicos sociales.

Ambos tipos conllevan diferentes construcciones y tratamientos de objetos. En el primer caso, el objeto es construido para la producción de conocimiento, los intereses teóricos —entendidos como convicciones, adhesiones a un modo de interpretar y concebir los fenómenos estudiados— del investigador juegan un rol determinante en todo el proceso de construcción. En el segundo caso, suele haber una fuerte tensión entre los intereses teóricos y la razón de ser de la demanda; en otras palabras, una tensión entre investigador y agencias. Más allá de esta confrontación, no siempre explicitada, los intereses de la agencia en cuestión resuelven el conflicto, lo cual implica una subordinación de los intereses teóricos a los intereses (entendidos como necesidades políticas, de intervención en la realidad, etcétera) de otros actores sociales. No significa esto la omisión de los referentes teóricos sino su condicionamiento, su rol más secundario, en la construcción del objeto. Si bien no nos detendremos en esta cuestión, consideramos necesario advertir sobre estas diferencias y, a la vez, señalar que el proceso de producción de los datos es común a ambos tipos de objetos.

El objeto de estudio producto de la intersección entre el problema de investigación y los referentes conceptuales, conlleva las primeras condiciones para lo que luego será el proceso de producción de los datos. Están presentes las condiciones teóricas, pero también las hay espacio-temporales que contextualizan al objeto y condiciones inherentes al problema: qué se está cuestionando o acerca de qué se están formulando preguntas. Este conjunto de condiciones actúan directamente en la elección de las variables. El pasaje de los conceptos a las variables, al cual nos hemos referido anteriormente, está condicionado por el objeto de estudio que se ha construido y de este modo se comienza a definir, desde su inicio, el proceso de producción de datos (volveremos más detenidamente sobre esta cuestión en las próximas páginas).

El objeto de estudio, entendido como objeto de la investigación científica, nada tiene que ver con el objeto material u objeto real resultante de la percepción o de los vínculos ingenuos con la realidad; contrariamente, el objeto de estudio es un objeto construido por un conjunto finito de relaciones conceptuales y su misma definición implica demarcar el territorio de la realidad a ser abordada. Es por ello que la construcción y consecuente definición del objeto establece las condiciones iniciales a partir de las cuales transcurrirá el proceso de investigación pero, a la vez, el mismo proceso de contrastación teórico-empírico dará forma definitiva al objeto. No hay proceso posible sin objeto construido, ni el objeto adquiere su forma definitiva antes de que el proceso complete su desarrollo. Hay una relación de ida y vuelta entre objeto y proceso de investigación. El mismo desarrollo de la investigación, como resultado de la confrontación dialéctica entre teoría y empiria modifica al objeto, aporta a la teoría que lo gestó, ajusta, corrige el modo de abordaje de la realidad, en otras palabras, la producción de conocimiento resultante del proceso de investigación da forma definitiva al objeto de estudio. Los datos producidos en toda investigación científica son el resultado de un complejo desarrollo teórico y metodológico, que tiene en el objeto de estudio un condicionante necesario. Para Bourdieu (2008: 61) “los data más ricos no podrían nunca responder completa y adecuadamente a los interrogantes para y por los cuales no han sido construidos.”

Cuando afirmamos que la investigación social es un proceso teórico y empírico a la vez, estamos señalando que el conocimiento producido en la investigación resulta de la interacción —y muchas veces de la tensión— entre el conocimiento acumulado expresado en conceptos, la relación entre ellos (definiciones, hipótesis, afirmaciones, etcétera), y un conjunto de hechos que pretendemos conocer, interpretar, analizar y dar cuenta de ellos en el marco (a partir) de ese conocimiento acumulado. De esta interacción se espera la construcción de un nuevo conocimiento que contendrá estos nuevos hechos, los cuales dejarán de ser lo que son para transformarse en datos, entendidos como representación teórica de los hechos. Entonces, para aceptar que la investigación social es un proceso teórico y empírico, debemos entender que ese proceso es totalmente construido. Lo es nuestro conocimiento en tanto está integrado por categorías teóricas que decidimos (elegimos) incorporar y a las que otorgamos el estatus de necesarias —a veces, suficientes— para interpretar los hechos que son de nuestro interés, y lo es el campo empírico en la medida que predicamos acerca de él mediante un conjunto finito de representaciones de esos hechos.

Dijimos en alguna oportunidad (Cohen, 2013), que la homologación de hecho con dato reproduce la disociación entre teoría y método, porque supone que el abordaje del hecho es exclusivamente una cuestión de método y de técnica y que su conceptualización es consecuencia de cómo sea tratado el hecho en sí. Desde esta perspectiva empirista, el investigador asume un rol pasivo y dependiente del hecho como generador de teoría. Este modo de considerar el proceso de formación del conocimiento acerca de un fenómeno nos remite a la noción de la tabula rasa, ubica a la experiencia en la base de formación de conocimiento. Queda trunco el camino cuando la mirada del investigador se subordina a los hechos, considera al hecho fuente de conocimiento autónomo, independiente de sí mismo. Este tipo de subordinación distorsiona el acceso a lo invisible porque hace de la teoría, de la pregunta, del conocimiento acumulado un conjunto de dispositivos negados, ausentes. Solo ve lo aparente, lo que aparece y se muestra a la observación, construye un conocimiento de lo evidente. La subordinación al hecho impide ver lo que no aparece, aquello que está oculto pero que hace a la existencia del hecho, neutraliza la sospecha, la duda, la repregunta.

Desde otra perspectiva, se genera la ilusión de suponer que en la medida en que se desarrollen métodos y técnicas eficientes y eficaces para el tratamiento de los hechos, se logrará la tan ansiada meta de la objetividad científica. La realidad está, solo requiere de estrategias teóricas y metodológicas adecuadas para ser aprehendida, tomada tal cual es. Desde esta perspectiva positivista, hay un momento metodológico (instrumental) de “recolección de datos” y otro teórico (reflexivo), centrado en el análisis. Desde ambas perspectivas, la teoría y el método son independientes entre sí. Consideramos, con énfasis, que esta disociación ataca en el centro de su gestación al método científico. Ni el hecho es una cosa que aprehendemos con recursos metodológicos y técnicos ni la producción de conocimiento está subordinada a los hechos. Desde dónde interpelamos y cómo nos vinculamos con los hechos determina qué datos interpretamos.

Para observar más allá de lo evidente, para no subordinarse a los hechos, es necesario poner distancia respecto de la “experiencia bruta” y para ello deben plantearse preguntas, problematizar el propio conocimiento y, a partir de allí, construir teóricamente el objeto de estudio. Solo así es posible reconstruir el hecho, integrarlo con sus partes evidentes, observables, y sus partes ocultas. En otras palabras, el hecho es separado en partes, interpretado, su reconfiguración invita a transitar el camino que estaba oculto, permite establecer relaciones, reconstruir historias, en este sentido Becker (2009: 94) señalaba que el científico social está inmerso en

un rico diálogo entre información y evidencia; […] ponderando las posibilidades obtenidas, […] sistematizando esas ideas en relación con las clases de información que se podrían reunir, […] atendiendo las inevitables discrepancias entre lo que se esperaba y lo que se ha encontrado, repensando las posibilidades y obteniendo más información, y así sucesivamente.

Otorgándole centralidad al diálogo entre teoría, método y hecho se crean las condiciones para intentar visibilizar todo aquello que no aparece, que no es evidente. Pero en este diálogo hay tres acciones que según cómo transcurran pueden contribuir al tránsito de lo invisible a lo visible o pueden obstaculizarlo. La primera de ellas es cómo interpelamos el campo empírico en donde se desarrollan los hechos que son de nuestro interés. La interpelación es reflexiva, siempre se interpela desde el conocimiento que tenemos acumulado, desde el conocimiento que poseemos, el cual contiene un conjunto de categorías que asumimos como pertinentes para dialogar con la realidad. Toda interpelación en las ciencias sociales tiene como objetivo principal construir un nuevo conocimiento que resuelva la tensión que puso en marcha el proceso de investigación, conteniendo al conocimiento anterior y superándolo. La segunda acción alude a cómo representamos en datos la información resultante de nuestra interpelación. Esta tarea es preanalítica, la información obtenida deja de ser un todo para transformarse en partes, tantas como las categorías de análisis utilizadas lo permitan. La información, inherente al campo real, deviene dato. Entendemos el dato como representación —teórica— de aquella realidad que fuera interpelada. La fiabilidad del dato es teórica y metodológica. Y la tercera de las acciones interpreta los datos construidos según un conjunto finito de relaciones teóricas, supuestos, hipótesis, generalizaciones, etcétera. El nuevo conocimiento intenta resolver la tensión que diera lugar al proceso de investigación. El nuevo conocimiento es portador de respuestas.

El desafío de hacer visible lo invisible en las ciencias sociales consiste en continuar reflexionando en torno a cómo producir datos, sean cualitativos o cuantitativos, asumiendo una perspectiva constructivista, entendiendo por tal la sinergia entre la interpelación de la realidad en la que trabajamos y la representación de la información en dato. Aquí está el desafío de pensar cómo seguimos transitando ese camino hacia el conocimiento. En este sentido, nuestros próximos (y cercanos) debates metodológicos, y probablemente teóricos, deberían concentrarse en revisar nuestros modos de interpelar, en cuestionar cómo abordar esos espacios y tiempos invisibles, oscuros, de la realidad y cómo representar esos registros en datos. Deberíamos basarnos en el camino ya recorrido, pero proponernos desafíos que nos permitan hacer más extenso ese camino. En el mismo sentido, Bertaux (2005: 34) plantea que en la medida en que nos planteemos interrogantes en términos generales, podremos orientar nuestra “reflexión hacia un ‘nivel’ de teorización que supere el marco necesariamente local de las observaciones”. Quizá así encontremos algunas señales que nos ayuden a enriquecer este debate.

El tránsito de los hechos a los datos es un tránsito complejo que involucra decisiones teóricas y metodológicas, asociadas entre sí e inherentes al mismo proceso de investigación. La primera de las decisiones que condiciona este pasaje es absolutamente teórica. Es la decisión que determina cuáles han de ser los conceptos con los que ha de trabajarse en la investigación, entendiendo por tales aquellos con los que serán interpretados los hechos que integrarán la base empírica de dicha investigación. Esos conceptos son los que, como dijimos más arriba, denominamos variables. En otras palabras, todas las variables son conceptos, aunque no todos los conceptos están involucrados en el acto de interpelación de la realidad. En este sentido, recordamos que Becker (2009: 146) señala que “sin conceptos no sabemos qué observar, qué buscar ni cómo reconocer lo que estábamos buscando cuando por fin lo encontramos”. Decimos que la elección de los conceptos-variables es una decisión absolutamente teórica porque forman parte del espacio teórico. Las variables forman parte de la teoría a la que apela el investigador y no de los hechos que investiga. Los hechos son portadores de propiedades, características, rasgos, tienen modos de comportarse, de relacionarse, se constituyen en un espacio y un tiempo, pero no tienen variables en su constitución. Las variables aluden a los hechos, pero no forman parte de ellos. Las variables son parte de la teoría o las teorías, patrimonio del conocimiento de quien investiga, los hechos son parte de la realidad estudiada. Desde aquellas se comienza la aproximación o identificación de los hechos. Por todo esto decimos que las variables son referentes teóricos (refieren a la teoría), pero no referentes empíricos.

Toda variable adquiere significado, identidad, a partir de su definición. Conociendo a qué alude una variable se la puede identificar y, a partir de allí, incorporar al proceso de producción de los datos. El conjunto de las variables de una investigación y sus correspondientes definiciones componen el corpus teórico que comienza a determinar en qué consiste el contenido del acto de interpelación de la realidad. Todo aquello que no se constituya en variable o no esté definido, no formará parte de lo interpelado, en otras palabras, no formará parte de los datos. Por lo tanto, las categorías de las variables expresan la propia definición teórica, son la expresión manifiesta del sentido de la variable. A lo largo de las categorías el investigador distribuirá las unidades de análisis. Podemos decir, entonces, que el sistema de categorías contribuye a poner la teoría en acto —en el sentido que Bourdieu ha dado a esta afirmación—. Sin embargo, la variable misma, teóricamente gestada, requiere de decisiones metodológicas para poder constituirse en un recurso confiable y válido para la producción de datos. Por ello, debe ser redefinida operacionalmente entendiendo que, a diferencia de la definición teórica que se pregunta acerca de qué se interpelará, la definición operacional se cuestiona acerca de cómo se interpelará o qué condiciones debe cumplir una variable para estar apta para abordar y dar cuenta de los hechos. Sabido es que esta definición incorpora a los indicadores. Mucho se ha escrito y dicho sobre esta cuestión, muy poco es lo que resta por decir, tomamos una definición de De Sena (2012: 176-177) con la que nos identificamos cuando señala que

frente a la complejidad de lo social, los indicadores son el resultado de la deconstrucción y reconstrucción de las señales de la problemática abordada. […]. Como expresión de los rasgos característicos del objeto, deben ofrecer una visión del mismo en el lenguaje que el investigador definió a partir de los elementos teóricos considerados.

Para que podamos transitar de los hechos a los datos, además de la decisión acerca de cuáles serán las variables y sus diferentes definiciones, es necesario decidir acerca del instrumento de registro. La construcción de este tipo de instrumento define (influye) en buena parte el modo como interpelamos, como intervenimos en la realidad que estamos estudiando. Es importante señalar que este tránsito se da independientemente de cuán estructurado o cómo esté organizado el instrumento de registro, puede tratarse de una encuesta con la totalidad de preguntas cerradas, de una guía de pautas para aplicar el método biográfico, de una guía de observación, de una guía de pautas para coordinar una reunión grupal o cualquier otro recurso metodológico que apliquemos en el diseño de este tipo de instrumento. En todo instrumento de registro se expresan las variables, asumiendo diferentes formas de interrogación, de aproximación a la realidad, pretendiendo obtener registros u observables que pongan en diálogo al investigador con la realidad en estudio.

En el trabajo de campo, como otro momento de este tránsito, la interpelación se constituye en acto, esto significa que se llevan a cabo los registros, las anotaciones. ¿Qué está generando este acto? Está posibilitando que se hagan visibles las primeras señales de que esos hechos están siendo observados y, como consecuencia de ello, surgen los primeros registros a partir de decisiones teóricas y metodológicas tomadas con anterioridad. En otras palabras, esos registros producidos en el campo son manifestaciones de los hechos ante determinada interpelación, la cual se constituyó a partir de conceptos-variables que fueron traducidos y articulados en un instrumento de registro. Bourdieu (2008: 62) afirmaba que “solo una imagen mutilada del proceso experimental puede hacer de la ‘subordinación a los hechos’ el imperativo único”. El trabajo de campo es una instancia intervencionista que también depende de cuestiones teóricas y metodológicas que definieron quién es la fuente de información y cómo debe ser abordada. Es el momento en el que se encuentran el instrumento de registro —que condensa los conceptos-variables— con el universo de hechos que han sido elegidos para ser re-conocidos e interpretados. En la investigación cualitativa como en la cuantitativa, la elección de la fuente y su tratamiento está (como la elección de las variables) siempre condicionada por el problema de investigación y los referentes teóricos. Estos condicionamientos garantizan coherencia entre fuente y variables. Es el primer momento —no el único— en el que el núcleo fuerte de la teoría se materializa en acto.

Los hechos devienen fuente porque están siendo observados, interpelados, de acuerdo a diversas decisiones que fueron tomadas con anterioridad, no son solo hechos, son hechos elegidos para ser observados según técnicas que, a su vez, responden a un problema de investigación, a objetivos, a todo un conocimiento acumulado acerca de ellos y a estrategias metodológicas que se supone son las adecuadas para esos hechos y esas técnicas. En el trabajo de campo subyace una tensión entre el problema de investigación, los objetivos, la hipótesis, los conceptos, las definiciones teóricas y operacionales, las estrategias metodológicas y los hechos.

El procesamiento de la información relevada, sea cualitativa o cuantitativa, cierra el pasaje de los hechos a los datos. Para la investigación cualitativa la Teoría Fundamentada ha hecho un importante aporte a la etapa del procesamiento, a través de lo que ha propuesto en su desarrollo de las codificaciones abierta, axial y selectiva (ver capítulo 7 de este libro). El recorrido de estos tres momentos permite pasar del registro que se obtuvo en el campo al dato que es analizado. Reconocemos una importante diferencia entre ambos tipos de investigaciones, además de las conocidas diferencias metodológicas y técnicas, que consiste en que en la investigación cualitativa no es posible independizar la etapa del procesamiento de la del análisis, el desarrollo de la primera conlleva la segunda. En la investigación cuantitativa, el procesamiento de la información no solo da forma al dato cuando agrupa o clasifica las unidades de análisis según las categorías de las variables o cuando distribuye las unidades en los espacios de propiedades que han sido creados, sino también cuando aplica coeficientes, pruebas de significación, modelos multivariados u otros recursos que permiten comprender cómo se comportan los diferentes colectivos que se analizan. Cuando se procesa, tanto en la investigación cualitativa como cuantitativa, se ordenan los registros obtenidos del campo según categorías y criterios del investigador, no necesariamente es un orden proveniente de la realidad estudiada. Las decisiones tomadas en el procesamiento son, en alguna medida, otros modos de interpelar la realidad, preguntándose o suponiendo que los hechos se comportan de ese modo y no de otro. El orden de todo procesamiento es un orden supuesto, hipotético, es un orden teórico.

En este tránsito enunciado en los párrafos anteriores, que va de la elección de las variables hasta el procesamiento, el hecho deviene dato y lo hace como representación teórica y metodológica de los hechos. Se trata de momentos centrales y decisivos en la investigación porque el dato resuelve la tensión entre la teoría, el método y la base empírica y condiciona el análisis que de él se hará. La principal dependencia en la tarea de analizar los datos se centra en torno a qué decisiones se tomaron en el pasaje del hecho al dato. Poco o nada aportan los métodos y técnicas de análisis, si la producción de los datos no ha pretendido maximizar la confiabilidad y validez del proceso.

En las ciencias sociales, el investigador no manipula ni maniobra hechos, la distancia entre uno y otros es la distancia teórica y metodológica a partir de la cual se produjeron los datos. Es muy importante tener en cuenta que si bien el investigador interviene a partir de sus decisiones teóricas y metodológicas —en otras palabras, es proactivo en el modo de interpelar la realidad—; sin embargo, hay dos instancias, independientes de sus intereses, que ponen límite a su intervención: la primera expresada por los mismos hechos —la base empírica con la que confronta, a la que interpela—, y en segundo lugar, la vigilancia a que debe ser sometido todo proceso de investigación. Si bien no pretendemos tratar sobre los recursos metodológicos que contribuyen a evaluar la calidad o pertinencia del dato producido, consideramos importante señalar con Gómez Rojas y Grinszpun (2012: 195) que

toda vez que se alude a las mediciones, no pueden dejarse de lado los problemas de confiabilidad y validez que las mismas pueden presentar. […] La confiabilidad es la confianza que se puede conferir a los datos producidos. En tanto que la validez puede comprenderse como la concordancia entre lo medido y lo que se desea medir.

Producir datos conlleva la necesidad de generar las condiciones que contribuyan a maximizar la calidad de lo producido, para ello es necesario sostener una actitud vigilante sobre el procedimiento que fuera utilizado. Incluso más, consideramos que este es un desafío que el debate metodológico, tanto desde la perspectiva cuantitativa como cualitativa, tiene aún en curso.

Transformar hechos sociales en datos es un proceso basado en decisiones teóricas y metodológicas, decisiones acerca de cuál es la estrategia más adecuada —cualitativa o, cuantitativa, transversal o longitudinal, con fuente primaria o secundaria de datos, o sus correspondientes combinaciones—, decisiones acerca de cuáles serán las variables y cuáles no, decisiones acerca de cuál es el modo de interpelar más conveniente, decisiones acerca de las condiciones del trabajo de campo y decisiones acerca de cómo ordenar la información relevada. Este camino de decisiones obliga a transparentar el proceso para poder legitimarlo. Es por ello que en las ciencias sociales solemos fundamentar nuestros hallazgos explicitando los referentes teóricos y metodológicos con los que hemos trabajado. Estos referentes expresan (visibilizan) la fortaleza o la debilidad de nuestra producción.


  1. No nos referimos a la concepción kantiana de fenómeno como objeto resultante de la experiencia sensible. Más aún, puede ser independiente de esta experiencia.


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