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4 Tipologías[1]

Néstor Cohen, Gabriela Gómez Rojas y Manuel Riveiro

En el campo de las Ciencias Sociales, desde las primeras décadas del siglo pasado, ha habido una importante y variada producción de conocimiento en torno al desarrollo de métodos y técnicas de medición[2]. Más aún, preguntas como qué entendemos por medir, cómo medimos y qué medimos expresan la preocupación de gran parte de la ciencia en general. En este capítulo, pretendemos concentrarnos en algunas reflexiones referidas a determinadas experiencias vinculadas al proceso de medición. Para ello hemos elegido las tipologías como uno de los “casos metodológicos” que contribuyen a discurrir respecto a esto que decidimos llamar pasaje del concepto al dato. Se trata de una alternativa cualitativa de medición.

Las tipologías junto a las escalas de actitudes y los índices sumatorios constituyen un conjunto de métodos de construcción de variables de importante y difundido uso en el campo de la Sociología. Las tipologías tienen como especificidad, que las diferencia de los otros métodos, en primer lugar, el poder utilizar variables de nivel nominal. Las escalas como los índices sumatorios requieren que las categorías de las variables estén ordenadas para poder cumplir con la condición aditiva que agrupa a los indicadores. En segundo lugar, la construcción final de la variable no resulta de la suma de los indicadores sino de su combinación y, en tercer lugar, la posibilidad de combinar los indicadores permite hacer una lectura teórica de las categorías resultantes de esa combinación que no es posible realizar con la misma profundidad conceptual cuando surgen las categorías de las variables construidas, en el caso de una escala de actitudes como de un índice sumatorio. Esto último se debe a que, como demostraremos con un ejemplo en páginas posteriores, es posible identificar qué categorías de los indicadores involucrados al combinarse entre sí generan las categorías más generales de la tipología que ha sido construida. Este tipo de análisis no es posible ponerlo en acto con las escalas ni con los índices sumatorios, debido a que las categorías de la variable construida resultan de una suma en la que intervienen números (códigos) como intermediarios de las categorías de los indicadores.

Esta diferencia no hace a mediciones más o menos precisas, más o menos correctas, sino que propone diferentes modos de conectar la teoría con la variable que se ha construido. En el caso de las tipologías, la interpretación conceptual del sistema de categorías resultante logra un nivel de contribución mayor que con las otras metodologías de construcción de variables.

1. Tipos construidos y tipos ideales

Las tipologías forman parte de esos viejos, pero vigentes y muy utilizados, recursos de la Sociología en particular y de las Ciencias Sociales en general para interpretar y comprender un fenómeno de la realidad, para caracterizar e identificar cuestiones sociales, para producir datos o, en otras palabras, ser puente, conexión, entre la teoría, los conceptos y los datos. Pero, también, las tipologías tuvieron y mantienen vigencia independientemente de los datos producidos, son un recurso muy útil como ordenador de un proceso teórico especulativo, de características más abstractas, entendiendo por tal que su referencia a la realidad es una condición necesaria pero no suficiente, por lo tanto ese proceso teórico no apela a la contrastación empírica ni intenta dar cuenta de ella. A la vez que ordena el corpus teórico, contribuye a otorgar coherencia analítica a la compleja y a veces caótica realidad con la que trabaja el científico social. No hay duda alguna de que han sido y son herramientas útiles para el trabajo cotidiano del investigador. Pretendemos, simplemente, reflexionar en torno a su utilidad y vigencia a partir de las dos grandes formas de trabajarlas, los tipos construidos y los tipos ideales e interpretarlas dentro de un marco más complejo, el de la medición, el cual está atravesado por diferentes campos de la ciencia y la epistemología, y por un debate en el cual asumimos una posición que explicitamos en otras páginas de este libro.

Un libro clásico en estas cuestiones es el de McKinney (1968: 85), quien sostiene que “el tipo construido —a diferencia del tipo ideal en Weber— puede prestar el importante servicio de funcionar como puente entre la teoría sistemática sustantiva y los datos empíricos relativamente no estructurados”. McKinney considera la tipología como un modelo analítico de una teoría más amplia, en otras palabras: “los tipos ganan importancia teórica y empírica cuando se los coloca dentro de un esquema más general”. Esta reflexión es coincidente con la de Casas Aznar (1989: 196) quien, refiriéndose a los indicadores, plantea que su verdadero potencial “está en el desarrollo de teorías y conceptos que puedan ser contrastables con su uso”. Obsérvese qué interesante es esta reflexión, en la medida que trata la tipología no como un recurso metodológico válido en sí mismo, autónomo, sino necesariamente incorporado a la teoría, dependiente de ella. La tipología la concibe como orientando la investigación hacia la producción de teoría, “comparando lo que ocurre empíricamente con la construcción heurística”. McKinney (1968: 65, 66) hace uso de muchos ejemplos que rescata de la pasada producción sociológica. Entre ellos se destaca la mención a los cuatros tipos de suicidios de la obra de Durkheim, tipos construidos según su propia interpretación: el “altruista”, el “egoísta”, el “anómico” y el “fatalista”. Señala al respecto que

esta breve consideración de Durkheim sobre las tendencias suicidas debe servir solo para ilustrar la posibilidad de enumerar casos concretos de grupos concretos, y relacionarlos con tipos heurísticos […] Cuando el analista puede detectar la variación de la incidencia del tipo en varios grupos, puede entonces formular algunos enunciados generales acerca de esos grupos.

Estas consideraciones son para nosotros de gran interés porque ponen el énfasis, en primer lugar, en la centralidad de la teoría y, en segundo lugar, en cómo el dato resulta de un proceso productivo que involucra tres instancias: la conceptual, la metodológica y la empírica. Es importante señalar que no se da entre ellas una conexión lineal, en cadena, sino de mutuo involucramiento, de puentes que son recorridos en ambos sentidos y que como consecuencia de ello pueden producirse reformulaciones conceptuales y/o metodológicas.

A continuación, centraremos nuestras consideraciones en torno a dos ejemplos. El primero que proponemos trabajar corresponde a Eric Wright (1994, 1997), quien ha enfocado el abordaje de las clases sociales desde una perspectiva neomarxista. Lo consideramos de especial interés en tanto permite observar cómo se va recorriendo el complejo camino de la construcción de las variables en los términos planteados por McKinney, estableciendo un nexo entre lo empírico y lo heurístico. En este sentido, su perspectiva neomarxista pone el énfasis en el campo empírico contemporáneo, si bien conserva la noción marxista de explotación en las categorías analíticas que elabora. Su enfoque teórico marxista opera como marco de referencia a partir del cual se organiza el proceso de operacionalización y deviene tipología. Wright busca redefinir los indicadores que le permitan interpretar más adecuadamente las variantes empíricas que encuentra en su abordaje a la realidad. En una apretada síntesis, trataremos de referirnos a las premisas conceptuales a partir de las cuales construye lo que llama “Tipología de las posiciones de clase en la sociedad capitalista”.

En primer lugar, establece una distinción entre clase y ocupación. Las ocupaciones deben entenderse como posiciones definidas dentro de las relaciones técnicas de producción, mientras que las clases se definen, según el abordaje de la teoría marxista, por las relaciones sociales de producción. Las nociones de control y explotación en las relaciones sociales de producción son centrales en el análisis de Wright. A lo largo de su producción ha trabajado con diferentes esquemas de clases, a lo largo del tiempo ha ido complejizando los esquemas. En el primero de ellos, afirmó que las relaciones sociales de producción podían dividirse en tres dimensiones: a) relaciones sociales de control sobre el capital monetario, b) relaciones sociales de control sobre el capital físico y c) relaciones sociales de autoridad, es decir, control de la supervisión y la disciplina en el proceso de trabajo. En segundo lugar, estableció las tres posiciones básicas en las relaciones de clase del capitalismo: la burguesía, a la que caracteriza por poseer propiedad económica y ejercer control sobre los medios físicos de producción y la fuerza de trabajo de otros; la pequeña burguesía que posee y controla sus medios de producción pero no controla la fuerza de trabajo de otros, y el proletariado que no tiene la propiedad ni el control de su fuerza de trabajo. Si bien planteó estas tres posiciones básicas, una de sus principales preocupaciones ha sido dar cuenta de la clase media o de los empleados no proletarios de las sociedades capitalistas contemporáneas. Como resultado de ello, incluyó estas nuevas posiciones: directivos y supervisores quienes no son poseedores de los medios de producción en términos de la concepción clásica marxista; sin embargo, ejercen de hecho diferentes tipos de control sobre los medios materiales de producción y la fuerza de trabajo, muchas veces a gran escala; los empleados semiautónomos quienes no poseen ni controlan los medios materiales de producción aunque conservan cierto control sobre su propia fuerza de trabajo, y los pequeños empleadores (artesanos, pequeños agricultores, comerciantes, etcétera) quienes son poseedores, parcial o totalmente, de los medios de producción, controlan la fuerza de trabajo de muy pequeña magnitud y no pueden dejar de trabajar ellos mismos.

Sin embargo, a partir de críticas teóricas recibidas por este primer esquema, Wright reformuló el modelo original. Las modificaciones estuvieron orientadas a medir de mejor modo el concepto de explotación, el cual concebía, teóricamente, de la mayor relevancia en su concepción de las clases sociales. Para ello, distinguió cuatro clases de bienes y su propiedad o control desigual, proporcionando la base de diferentes tipos de explotación: bienes de fuerza de trabajo (que llamó explotación feudal); bienes de capital (explotación capitalista), bienes de organización (explotación estatal) y bienes de cualificación (explotación socialista).

El siguiente esquema formaliza la tipología propuesta por Wright, a partir de lo señalado en la breve síntesis de los párrafos anteriores.

Tipología de las posiciones de clase en la sociedad capitalista

Imagen

Decíamos más arriba que en Wright ocupa un lugar relevante el concepto de explotación y que, a partir de la distinción de lo que denomina cuatro clases de bienes, construye un criterio clasificatorio que conlleva cuatro dimensiones[3] de explotación. Obsérvese que para transitar coherentemente por este pasaje del concepto al dato, opta metodológicamente por una tipología que resulta de la combinación de las siguientes dimensiones —resultantes varias de ellas de la construcción de otras tipologías—.

  1. El primer criterio clasificatorio demarca la “explotación capitalista”, y se expresa a través de las categorías “propietarios” y “no propietarios”. Es lo suficientemente amplio en su alcance como para ser el único que contiene a las doce categorías resultantes de la tipología. Los otros tres indicadores de explotación incluyen parcialmente a las categorías de la tipología, involucren a los propietarios o a quienes no lo son.
  2. La noción de “explotación feudal” se expresa por medio de la contratación o no de fuerza de trabajo combinada con el propio involucramiento o no en el trabajo. Este indicador genera tres categorías entre los propietarios: burguesía, pequeños empleadores y pequeña burguesía.
  3. En el caso de la “explotación estatal”, Wright lo expresa a través de la posición que el trabajador (no propietario) ocupa dentro de la organización, según la relación que tenga con la autoridad, que dirija, que supervise personal o que no ejerza autoridad ni disciplina sobre ningún trabajador.
  4. Finalmente, la “explotación socialista” incorpora el nivel de calificación que alcanza la tarea desempeñada. De la combinación de bienes de cualificación y tipo de autoridad, se generan nueve categorías que contribuyen a una mayor especificidad conceptual de los no propietarios.

Como resultado de la combinación mencionada se constituye un sistema de doce categorías de la variable “Posiciones de clase en la sociedad capitalista”. De este modo, Wright recorre las tres instancias que nos referíamos en páginas anteriores, como intrínsecas a la producción del dato: la conceptual —partiendo de la noción de explotación—, la metodológica —optando estratégicamente por la tipología como recurso— y la empírica —obteniendo los registros u observables de la realidad en la que se involucra—.

Al comienzo de este capítulo, dijimos que una de las fortalezas de las tipologías, en comparación con las escalas de actitudes y los índices sumatorios, consistía en un mayor involucramiento conceptual en la interpretación de las categorías de la variable construida. En este sentido, puede observarse cómo fácilmente se identifican de qué modo participan los indicadores en la constitución de cada categoría, en otras palabras, el enunciado de cada categoría conlleva como parte de su definición de qué modo participan los indicadores. Por ejemplo, según esta tipología se entiende que la “burguesía” está integrada por los propietarios de los medios de producción que contratan obreros y no trabajan, o que los “obreros calificados” no son propietarios de los medios de producción, no ejercen autoridad sobre otros trabajadores y sus tareas son calificadas.

Desde otra perspectiva metodológica para la construcción de tipologías y, en consecuencia, desde otro modo de transitar desde el concepto al dato, Zygmunt Bauman (2007) recurre a la construcción de tipos ideales para describir el fenómeno del consumo en las sociedades actuales. Este ejemplo resulta interesante, pues es el mismo autor quien le dedica un apartado en su producción a las características metodológicas de los recursos analíticos por él elaborados: los modelos de “consumismo”, “sociedad de consumidores” y “cultura consumista”. Bauman (2007: 41) retoma nociones de Weber respecto de los tipos ideales como

herramientas útiles que sacan a relucir ciertos aspectos de la realidad social descrita, mientras que dejan en la sombra otros aspectos considerados como menos relevantes […] no son descripciones de la realidad: son las herramientas utilizadas para analizarla. Son buenas para hacernos pensar. Y aunque resulte paradójico, a pesar de su naturaleza abstracta permiten la descripción de una realidad social empírica. […] permiten dar coherencia narrativa a la abrumadora y caótica evidencia de la experiencia humana.

Para el autor, los tipos postulan un mundo social empírico más homogéneo y con más coherencia lógica que lo que la experiencia cotidiana nos permite observar. Los tipos en Bauman, y lo fueron en Weber, son un recurso ordenador de las categorías o dimensiones teóricas, como paso intermedio para su abordaje y análisis. Los tipos no reproducen la realidad, para Bauman lo caótico de la realidad es irreproducible. Los tipos ideales facilitan el trabajo interpretativo del investigador y contribuyen a la producción de teoría. Esta contribución es posible porque las etapas iniciales de desarrollo de los tipos ideales exigen una tarea de sistematización y especificación conceptual vinculada al fenómeno estudiado. Sistematizar y especificar la teoría implica ponerla en acto, exponerla a la realidad acerca de la cual predica. Los tipos ideales no son sometidos a contrastación empírica, pero deben contribuir teóricamente a la comprensión e interpretación del campo empírico.

Si bien a lo largo de su obra Bauman caracteriza los tres tipos mencionados, en el caso de este artículo solo haremos mención al “consumismo”. ¿Cuáles son los rasgos más sobresalientes que destaca? En primer lugar, el consumismo es para Bauman (2007: 86) un atributo intrínseco a la sociedad, no a los individuos. Es un

tipo de acuerdo social que resulta de la reconversión de los deseos, ganas o anhelos humanos en la principal fuerza de impulso y de operaciones de la sociedad, una fuerza que coordina la reproducción sistemática, la integración social, la estratificación social y la formación del individuo humano, así como también desempeña un papel preponderante en los procesos individuales y grupales de autoidentificación, y en la selección y consecución de políticas de vida individuales. El consumismo llega cuando el consumo desplaza al trabajo de ese rol axial que cumplía en la sociedad de productores.

En su caracterización del consumismo introduce la comparación entre dos tipos de sociedades, que denomina “de consumidores” y “de productores”. En esta última, la apropiación y posesión de bienes se orientaban a la búsqueda de seguridad a largo plazo en desmedro de la gratificación inmediata. Uno de los principales objetivos del consumo era lograr eficacia, eficiencia y durabilidad con la compra del producto o servicio. Pero estos objetivos no son valorados en una sociedad de consumidores, el consumismo que se corresponde como estilo de vida en dicha sociedad no asocia la felicidad con la gratificación de la búsqueda, sino con un constante aumento del volumen e intensidad de los deseos.

Asimismo, es importante otra resignificación y apropiación de la dimensión temporal. La vida es “ahorita”, acelerada, absolutamente inmediata, con apremio para adquirir y acumular pero con cierta urgencia en eliminar y reemplazar. La economía consumista descansa en el exceso y los desechos, pues para que aparezcan constantemente nuevos y mejores productos, deben desecharse otros. Y también en la insatisfacción perpetua por parte de los individuos, buscando como camino el denigrar y devaluar los artículos que se consumen ni bien han sido lanzados al mercado. El envejecimiento temprano de lo adquirido, no desde su eficacia ni eficiencia, sino desde una asignación abstracta que identifica, caracteriza, estigmatiza a quien lo consume, otorga significado a la posesión del objeto. Está presente, también, la economía del engaño, la sobrepromesa que apuesta a la irracionalidad de los consumidores, a la emoción consumista. Ya no tiene lugar el consumidor tradicional, aquel que se guiaba por sus necesidades genuinas, que privilegiaba sus criterios de elección racional.

Obsérvese cómo Bauman especifica conceptualmente (construye) sus tipos ideales, permitiendo ordenar sus categorías y a partir de allí describe su fenómeno de estudio, ordenando en su narrativa esa realidad social que considera abrumadora y caótica.

2. Tendiendo un puente entre ambas tipologías

Ahora bien, cabe preguntarse qué tienen en común la tipología de posiciones de clase de Wright y los tipos de consumo en Bauman. Ambas buscan la construcción de sistemas clasificatorios, y por ende de nuevas variables, para traducirlo a un lenguaje de carácter metodológico. Los dos autores logran, desde una combinación de distintas variables o dimensiones de análisis, construir (hacer operativas) aquellas variables protagonistas de sus preocupaciones analíticas: las posiciones de clase por un lado y el consumismo por el otro. Tal como fue planteado, al recorrer la definición de consumismo (tipo ideal) en Bauman, observamos distintas dimensiones que están presentes en su construcción; entre ellas, destacamos la búsqueda de gratificación inmediata, la búsqueda de acumulación de bienes y el modo de desechar bienes asociada a la insatisfacción permanente.

Obviamente el carácter —¿más abstracto?— de las variables en juego es distinto, pues las pretensiones de los autores son diferentes, pero en ambos las referencias teóricas son las que dan sustento a las tipologías elaboradas. En ambos hay una decisión de llegar al dato desde el concepto. En Wright, se parte de la noción de explotación, desde allí se intenta segmentar la sociedad capitalista según las clases. Esta elección es absolutamente teórica y su operacionalización con sus dimensiones integradas por los indicadores también lo es, porque su presencia depende del escenario teórico elegido por el autor. En Bauman, se parte de un determinado modo de conceptualizar el consumismo, introduce luego dos tipos de sociedades, “de productores” y “de consumidores”, los cuales resultan de cómo ha decidido dividir las sociedades; decisión exclusivamente conceptual.

En el trabajo metodológico que realizamos como investigadores, tendemos a diseñar tipologías al estilo de la construida por E. Wright y estamos menos abiertos a reflexionar sobre el camino recorrido, como es el caso de autores como Bauman. En este sentido, cabe recordar que McKinney (1968) mostró cómo el empleo de las tipologías ha sido tan usual en nuestra disciplina y cómo asumieron distintas modalidades. Desde la perspectiva de este autor, las tipologías aquí expuestas corresponderían a dos clases diferentes, una de carácter gradacional —la de posiciones de clase— y otra de carácter polar —la de consumismo—.

Ahora bien, es necesario aclarar qué elementos las definen como constitutivas de una clase u otra. Comenzando por la de consumismo, puede decirse que está emparentada con cierta tradición en las Ciencias Sociales de tipificar entidades de manera antagónica, pues Bauman recurre en su obra a la comparación, a veces manifiesta y otras implícita, de la característica del “consumo” como propio de la “sociedad de productores” y del “consumismo” propio de la “sociedad de consumidores”. Entendemos que de esta manera está dando lugar a la interpretación del pasaje de un tipo de sociedad a otra, al estilo de lo hecho por Durkheim (1985) respecto al pasaje de la solidaridad mecánica a la solidaridad orgánica en su estudio sobre la división social del trabajo.

Por otro lado, la tipología de posiciones de clase responde a la búsqueda de cierta gradación, en la cual se pretende no solo tipificar situaciones extremas sino también intermedias. Por ello entre la “burguesía” y “los obreros no calificados”, Wright construye diez posiciones de clase. Además, desde las diversas aplicaciones de este esquema de clases se ha mostrado que a pesar de su pretensión relacional, finalmente se comporta configurando estratos de clase ordenados jerárquicamente, pero cuya discusión excede los límites de este artículo.

Hemos elegido, en Wright y Bauman, a dos referentes de la sociología contemporánea, diferentes pero confluyentes, que muestran sendos tratamientos cualitativos en cuanto a medir las clases sociales uno y el consumismo el otro, y destacando su preocupación por el vínculo entre concepto y método o como dice Casas Aznar (1989: 91) atendiendo “uno de los problemas cruciales de la epistemología de la ciencia: la relación metacientífica del trípode realidad-dato-conceptos”.

Con Wright y sus tipos construidos y con Bauman y sus tipos ideales pudimos ver, además, cuán eficaces resultaron cuando incursionaron en la “cosa oculta”, en la dimensión latente del fenómeno estudiado. Si bien esta ha sido nuestra elección, es importante señalar que otros autores han recurrido al uso de las tipologías desde perspectivas metodológicas y técnicas distintas; por ejemplo, han apelado al recurso del análisis de clusters o del análisis factorial entre otras alternativas. Estos recursos abren caminos muy interesantes para seguir explorando en el abordaje de lo latente, abordaje que siempre ha sido el gran desafío o el gran obstáculo teórico y metodológico de toda producción de datos en las Ciencias Sociales.

Otro autor clásico a la hora de pensarlas desde la metodología es Allen Barton (1973, [1955]) con su artículo “El concepto de espacio de propiedades en la investigación social”. El autor parte de la definición de espacio de propiedades, “conjunto ordenado de celdas que representa una combinación de valores con respecto a dos [o más] propiedades” (1973: 53). Este espacio, resultante del entrecruzamiento de indicadores y sus respectivas categorías, se reduce por un interés principalmente de corte metodológico, “puramente práctico”: “para que el número de grupos comparados se mantenga lo suficientemente pequeño como para que cada uno tenga suficientes casos en una muestra limitada” (Barton, 1973: 59). Barton distingue cuatro tipos de reducciones posibles[4]: la simplificación de dimensiones, donde se agrupan categorías; la reducción numérica, donde se construyen índices[5]; la reducción funcional y la reducción pragmática. Mientras que la reducción funcional está ligada a la utilización de escalas, la reducción pragmática ubica la reducción y posible combinación de celdas en función de los propósitos de la investigación, más próxima a la construcción de una tipología. De hecho, Barton describe que el proceso inverso de la reducción pragmática es la substrucción, aquel proceso que permite, partiendo de una tipología dada, reconstruir el espacio de propiedades que le dio origen. Señala Baranger (2012: 115-116) que

en efecto, la idea del “espacio de propiedades”, que Lazarsfeld desarrolló junto con Barton, era puramente metodológica. A pesar de su enorme utilidad para la elaboración de tipologías, mediante la codificación de los posibles procedimientos de reducción, el espacio de propiedades de Lazarsfeld no prejuzga sobre las condiciones reales de aplicación de una reducción (cf. 1993 [1937]).

Si bien Barton señala un posible interés teórico a la hora de construir una tipología, es claro que ve a este recurso como una herramienta de corte técnico-metodológico, mientras que McKinney busca otro horizonte para los tipos construidos, más próximo a la conexión entre teoría y empiria. En otras palabras, se detecta una concepción estrecha de la operacionalización, reducida a una operación técnica de búsqueda de “referentes empíricos”, opuesta a las definiciones presentadas con anterioridad.

Dos son las cuestiones que nos interesa destacar en estas páginas, una referida a una concepción más inclusiva del acto de medir en las Ciencias Sociales en general, y en la Sociología en particular. En este sentido, acordamos con quienes entienden la medición como la cualificación o cuantificación de una variable en tanto parte de la producción de datos. La otra cuestión está referida a destacar cómo se intersecan lo conceptual, lo metodológico y lo empírico en el pasaje del concepto al dato. Consideramos que no es pertinente hablar de el método para dar cuenta de un fenómeno, sino más bien debemos recurrir al método que mejor adecue los conceptos a la base empírica. Esta búsqueda de adecuación es la que lleva a intersecar estas tres instancias inevitables en todo proceso de medición.

3. La construcción de tipos a partir del análisis de conglomerados

Hasta ahora, se ha señalado la diferencia entre tipos ideales y tipos construidos, enfatizando que estos están orientados a la clasificación de casos concretos en un contexto de investigación. Ahora bien, es necesario señalar que un camino diferente a los ejemplos citados con anterioridad para construir tipologías (que se orienten a la clasificación de casos empíricos) se da a partir del uso de técnicas de análisis multivariadas que tienen por objetivo la reducción de dimensionalidades para clasificar a las unidades de análisis, una de dichas técnicas es el análisis de conglomerados (De Martinelli, 2011).

En la tensión por obtener maneras de clasificar los datos apoyados en procedimientos de corte técnico y “objetivos” se encuentra el origen de esta técnica multivariada. Tal como declaran Everitt et al. (2011: 4)

Las técnicas numéricas para derivar clasificaciones se originaron básicamente en las ciencias naturales como la biología y la zoología en un esfuerzo de quitarle a la taxonomía de su tradicional naturaleza subjetiva.[6]

Este procedimiento encuentra luego gran utilidad, en la biología, la psicología, la arqueología y las ciencias sociales. Su evolución se encuentra estrechamente ligada al desarrollo de la informática, ya que el avance de esta última permite realizar, con menor costo y en menor tiempo, mayor cantidad de operaciones necesarias para el despliegue de diferentes análisis de conglomerados. Aldenderfer y Blashfield (1984: 9) destacan cuatro propósitos que pueden llevar al investigador a utilizar esta técnica: desarrollar una tipología o clasificación, investigar esquemas conceptuales útiles para agrupar entidades, generar hipótesis mediante la exploración de datos y determinar si los tipos definidos por otros procedimientos están de hecho presentes en los datos analizados. Los mismos autores señalan que “de estos propósitos, la creación de clasificaciones probablemente da cuenta del mayor uso de los métodos de conglomeración” (1984: 9). De manera similar, Everitt et al. (2011: 1-4) vinculan la utilización del análisis de conglomerados a la necesidad de clasificar objetos y variables, ya sea para organizar información o un propósito particular. Otro ejemplo es la obra de Abonyi y Fiel (2000), que relacionan al análisis de conglomerados con la búsqueda de patrones en data mining.

Si el propósito de clasificar es uno de los principales motivos para utilizar estar técnica, ocupa un lugar central en la misma la unidad de clasificación: el conglomerado (cluster). Ahora bien, no hay un consenso claro en torno a la definición de qué es un conglomerado. Mientras que para Everitt et al. (2011: 7) la definición va de la mano de entender a los conglomerados en términos de cohesión interna (homogeneidad) y aislamiento externo (separación), Aldenderfer y Blashfield (1984: 7) los definen como entidades relativamente homogéneas a la par que ligan su definición a cinco propiedades propias de los conglomerados, enunciadas por Sneath y Sokal (1973) (Aldenderfer y Blashfield, 1984: 34). Las mismas son:

1) Densidad: el enjambre o la nube espesa de puntos comparado con otra área.

2) Varianza: el grado de dispersión de los puntos de un conglomerado desde su centro.

3) Dimensión: relacionada con la anterior, sería algo similar al radio del conglomerado.

4) Forma: disposición de los puntos de un conglomerado en el espacio.

5) Separación: el grado en que los conglomerados están superpuestos o alejados en el espacio.

En función de estas características, Aldenderfer y Blashfield (1984: 34-35) retoman una definición de Everitt (1980) donde los conglomerados son “regiones continuas de un espacio que contiene una densidad relativamente alta, separada de otras regiones por regiones con una baja densidad de puntos”.

Se desprende de las definiciones anteriores que una parte central de la construcción de los conglomerados es la consideración de similitud o proximidad de los casos a analizar. Aldenderfer y Blashfield (1984: 17-18) centran la importancia de la similitud en su definición científica, lo que permite garantizar la objetividad y confiabilidad de los resultados encontrados y que, dado el número de diferentes formas de medir dicha similitud,

la elección de la medida de similitud, entonces, debería estar integrada en última instancia dentro del diseño de investigación, el que está en sí mismo determinado por el contexto teórico, práctico y filosófico del problema a clasificar.

En este mismo sentido, los autores advierten contra el empirismo ingenuo de descansar en la técnica para que la misma descubra grupos de casos en función de variables elegidas sin un criterio teórico claro (Aldenderfer y Blashfield, 1984: 20). Por su lado, Everitt et al. (2011: 43) señalan el concepto de proximidad como término general que engloba los conceptos más específicos de similitud, disimilitud o distancia. Para estos autores (2011: 68-69), la elección de la medida está influida por las características de los datos a clasificar (básicamente el nivel de medición de las variables seleccionadas) a la vez que condicionado por el método de conglomeración elegido. Consideran, siguiendo el consejo de Sneath y Sokal (1973), que debería elegirse el coeficiente más simple posible de ser aplicado. Aldenderfer y Blashfield (1984: 22-33) dividen las medidas de similitud en coeficientes de correlación (por ejemplo, r de Pearson), medidas de distancia (por ejemplo, la distancia euclidiana o la distancia de Minkowski), coeficientes de asociación (por ejemplo, el coeficiente de concordancia simple, el coeficiente de Jaccard) y los coeficientes de similitud probabilística. Es importante señalar que, dado que las variables no suelen tener las mismas unidades o sistemas de categorías, la estandarización de las mismas suele ser un procedimiento corriente a la hora de utilizar esta técnica. Tanto la estandarización como la ponderación de las variables van a afectar los resultados producidos por el análisis de conglomerados (Aldenderfer y Blashfield, 1984: 19-22; Everitt et al., 2011: 63-68). A partir de lo enunciado hasta el momento en torno a esta técnica, queda claro que el tratamiento óptimo de las variables es de corte cuantitativo. De ahí que se puedan establecer diferentes estrategias para trabajar con este procedimiento. Desde estrategias más elaboradas, como la aplicación de técnicas de reducción y cuantificación de dimensiones, como el análisis de correspondencias (AC, ACM para el análisis de correspondencias múltiples),[7] hasta estrategias menos elaboradas, como transformar en binarias las variables o asignarles un puntaje.

Una vez establecida la medida de similitud o proximidad, es lógicamente posible empezar a agrupar, conglomerar los datos. En cuanto a los métodos de conglomeración, dos de los más utilizados en las ciencias sociales son el jerárquico aglomerativo y el de la partición iterativa. Del primer método, Aldenderfer y Blashfield (1984: 36) destacan que parte de una matriz de similitud (o de distancias) donde todos los casos se relacionan entre sí para luego ir uniendo los casos más similares. Esta similitud se computa bajo diferentes métodos como unión simple, unión completa, Ward, etc., cada una de las cuales dará resultados propios y diferentes. La secuencia de uniones suele ser graficada en un dendograma, donde pueden verse las diferentes agregaciones acumulativas, que van desde los casos individuales hasta un único conglomerado que aglutina todos los casos. Se producen así conglomerados no solapados. En cuanto al método de partición iterativa, Aldenderfer y Blashfield (1984: 45-49) señalan que comienzan con una partición inicial de los casos al centro del conglomerado (centroide) computado para luego computar nuevos centroides a los que los casos se le asigna de acuerdo con diferentes criterios de pase repetidamente (de ahí el carácter iterativo del método). Dentro de los cuales el más conocido es el de k-medias, donde los casos van pasando al centroide más próximo minimizando la varianza de cada conglomerado.

La cantidad de conglomerados creados suele ser una de las decisiones fundamentales que se tienen que tomar a la hora de trabajar con esta técnica.[8] Aldenderfer y Blashfield (1984: 34-35) dan cuenta de dos razones por las cuales no ha habido progreso sostenido hacia la automatización en este punto: la falta de una hipótesis nula pertinente y la compleja naturaleza de las distribuciones muestrales multivariadas. Sin embargo, se cuentan con elementos a la hora de pensar la cantidad de conglomerados pertinentes. Por un lado, y más en general, los diferentes procedimientos y técnicas de validación dan cuenta de lo correcto de la solución elegida, mientras que para el método jerárquico agregativo hay variedad de métodos heurísticos (Everitt et al., 2011: 95-96). De todas formas, estos autores concluyen que “los criterios informales y subjetivos, basados en la experiencia subjetiva, queden probablemente como el abordaje más común. En los estudios publicados la práctica podría mejorarse haciendo esos criterios más explícitos de lo que suelen serlo” (2011: 96).

Para el tema de la validez en el análisis de conglomerados, cabe recordar la definición de validez, que Carmines y Zeller (1979: 12) señalan como “la medida en que se mide lo que pretende medir”. Aldenderfer y Blashfield (1984: 62-74) dan cuenta de un conjunto de técnicas que permiten evaluar la validez de los conglomerados construidos, como los procedimientos ligados al método Montecarlo, correlaciones cofenéticas, la replicación de la técnica, test de significancia de las variables utilizadas en la construcción de los conglomerados y de variables independientes de la construcción de los conglomerados. Sobre la replicación de la técnica, los autores anotan que la incapacidad de un conjunto de conglomerados por no replicarse en la misma población es razón suficiente para rechazar tal clasificación, vinculando la validez de los conglomerados con su confiabilidad, estabilidad. En cuanto a los tests de significancia, advierten que para las variables utilizadas en el análisis, estos tests suelen dar invariablemente altamente significativas, por lo que no recomiendan su utilización, mientras que ligan la utilización de tests de significancia con las variables externas a la validez de criterio (Carmines y Zeller, 1979: 17-19; Concha Ramírez et al., 2011: 107-108).

Por último, son interesantes algunos puntos que Aldenderfer y Blashfield (1984: 14-16) señalan como precauciones para los usuarios del análisis de conglomerados. Por un lado, que estas técnicas surgieron y “evolucionaron” en diferentes disciplinas y no pueden ser entendidas fuera de los sesgos de cada una de ellas. Por otro lado, que la estrategia del análisis de conglomerados busca descubrir estructuras propias en los datos, pero que suele terminar imponiendo estructuras a los propios datos. “La clave de usar el análisis de conglomerados es saber cuándo estos grupos son ‘reales’ y no meras imposiciones a los datos por el método” (1984: 16). Se trata de una preocupación por quitarle cualquier tipo de autonomía a la técnica en función de una interpretación “sociológica” de sus productos; en este caso, los conglomerados. Tal como se ha señalado en otros capítulos del libro, la teoría atraviesa las diversas etapas del proceso de investigación y no se conciben las decisiones técnicas divorciadas de las interpretaciones teóricas. Si ese fuera el enfoque, se asumiría una postura sumamente empirista de la construcción del conocimiento.

A continuación, se presenta un caso de aplicación concreto del análisis de conglomerados para la construcción de tipos de parejas según el reparto del trabajo doméstico.

3.1. La división de tareas domésticas al interior de las parejas

Como en todo proceso de operacionalización, es necesario tener en claro cuál es el punto de partida, es decir el concepto a medir. Así, Ariza y Oliveria (2003: 21) definen como trabajo doméstico (o reproductivo) al conjunto de tareas

realizadas en o para la esfera doméstica con la finalidad de asegurar la reproducción cotidiana de sus miembros. Engloba tareas tales como: servicios de apoyo (pagos, compras del hogar, transporte); producción de bienes y servicios en el hogar (limpiar la casa, lavar platos, lavar y planchar la ropa, cocinar, tirar la basura, etc.); abastecimiento de agua y combustible; construcción o reparación de viviendas; y servicios de cuidado (niños, ancianos, enfermos).[9]

Como se ha marcado en otro momento (Gómez Rojas, 2009), antes de adentrarse en el análisis de la división de trabajo doméstico interesa reponer algunas discusiones que se han dado en torno a su medición. Habitualmente, se incorporan en los estudios cuantitativos indicadores de carácter proporcional en los cuales los encuestados deben manifestar quién realiza determinada tarea doméstica, con opciones que van desde “siempre la mujer” hasta “siempre el varón”, variando el número de tareas entre 5 y 30, con las consecuentes diferencias a la hora de medir el reparto del trabajo doméstico. Como en tantas decisiones de medición, surgen diferentes interrogantes: ¿se pueden rescatar las dimensiones básicas de la producción doméstica y que ellas estén compuestas por tareas que teóricamente pueden resolver ambos cónyuges? ¿Se trata de incluir tanto tareas consideradas tradicionalmente masculinas como aquellas denominadas típicamente femeninas? ¿Hasta qué punto, según la decisión tomada, se da cuenta de la heterogeneidad de la producción doméstica (si decidimos por un abordaje más global y por tanto menos particular de las labores)?

Esta variación genera una discusión en torno a la manera de resumir las pautas de división de trabajo doméstico en su conjunto, pues no pueden sumarse tareas que requieren tiempos diferentes y niveles de frecuencia distintos, dado que algunos son sistemáticos y otros son ocasionales.

En parte como respuesta a estas situaciones, desde hace décadas se viene complejizando el estudio del tiempo de trabajo doméstico no remunerado en los países desarrollados y, más recientemente, en América Latina (México y Uruguay en particular). Se mide el tiempo dedicado diariamente a las tareas, por lo cual las familias estudiadas consignan la hora en la que se comienzan y terminan las diferentes tareas, o bien, la cantidad de horas dedicadas a cada tarea. En Argentina, se disponía hasta el 2013 de información para la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para el año 2005 (Esquivel, 2009) y la ciudad de Rosario para el año 2010 (Ganem, J., Giustiniani, P. y Peinado, G., 2012). En el 2013, el INDEC aplica la Encuesta sobre Trabajo No Remunerado y Uso del Tiempo como módulo de la Encuesta Anual de Hogares Urbanos.

Algunas hipótesis en torno a la división del trabajo doméstico dentro de las parejas han sido apuntadas en Gómez Rojas (2009: 191-194). Una de esas hipótesis hace referencia a los recursos diferenciales (como el prestigio profesional, los ingresos y el nivel de estudios) que los cónyuges aportan a la unión. Así, cuantos mayores sean los recursos que los varones pueden ofrecer en el mercado tanto más tradicional es la división de tareas y de autoridad a nivel doméstico.[10] Desde este enfoque, no son tanto las normas culturales y los valores de las parejas los que más inciden en la distribución del trabajo doméstico, sino los recursos mencionados. La mayor participación de los varones se basaría en el ejercicio de la profesión de las mujeres y su nivel de ingresos, lo que las pondría en mejores condiciones para negociar la distribución de las tareas hogareñas.

La vinculación entre las concepciones ideológicas respecto de los roles domésticos de varones y mujeres se han constituido en otra hipótesis, ya que ellas inciden en la participación de los cónyuges en la producción doméstica. Estos valores y normas definen los deberes y los derechos en relación a la organización familiar. Se estimó que ellos también estaban vinculados con aspectos de la socialización temprana de las personas, aunque no se ha podido demostrar del todo su influencia, pues hay factores culturales que están más relacionados con el contexto en el que están insertos los cónyuges.

Además de los factores mencionados hasta aquí, la disponibilidad del tiempo afecta los comportamientos respecto del trabajo doméstico.[11] Así, la intervención masculina depende del tiempo disponible para la resolución de las tareas domésticas, con lo cual la desigualdad en la carga doméstica estaría vinculada a la mayor sujeción de los varones al mercado de trabajo y a la adaptación de las mujeres a estas condiciones. También el aspecto temporal está relacionado con el número de horas trabajadas fuera del hogar por las mujeres, esperándose que cuanto más tiempo ellas trabajen, mayor será el aporte masculino. Según Meil (1999), estas relaciones no están muy documentadas en la investigación empírica, de lo contrario deberían encontrarse mayores niveles de participación en la producción entre los desempleados.

En este trabajo se utilizan datos provenientes de la aplicación del módulo “Familia y roles cambiantes de género III”, producido por el International Social Survey Programme, relevado en el años 2003 para una muestra nacional de base probabilística por el Centro de Opinión Pública (CEDOP) del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires. En cuanto al debate sobre cómo y qué actividades domésticas incluir para la medición del trabajo doméstico, nos encontramos limitados: los datos utilizados en esta investigación provienen del estudio internacional citado.

En cuanto a los mismos, son necesarias dos aclaraciones. Por un lado, la unidad de registro de la encuesta fueron personas de 18 años y más, mientras que la unidad de análisis del presente artículo son parejas conformadas por encuestados y encuestadas de 25 a 65 años, recorte de edad habitual en los estudios de estratificación social. De esta forma, se reducen la cantidad de casos de los 1510 originales a 911 casos seleccionados.

Por otro lado, es necesario destacar que por falta de información relevada en la fuente de datos seleccionada tenemos que partir del supuesto de que las parejas analizadas son heterosexuales, donde el entrevistado varón en pareja se supone heterosexual y, por ende, en pareja con una mujer heterosexual y viceversa. Esta es una limitación particular de este relevamiento, dado que si bien no es habitual en los relevamientos realizados por el CEDOP preguntar por la identidad sexual de las y los encuestados[12], mediante la composición por sexo del hogar se puede deducir en la mayoría de los relevamientos si las parejas son heterosexuales o no. Por ejemplo, en un relevamiento nacional del CEDOP del año 2007, sobre un total de 1859 parejas, 3 son no heterosexuales, mientras que en otro del año 2012, sobre un total de 572 parejas, se encuentran 2 parejas no heterosexuales. Si bien estos datos pueden dar sustento estadístico al supuesto de la heterosexualidad de las parejas analizadas frente a la falta de dicha información, no deja de ser teóricamente relevante para el análisis de la división sexual del trabajo doméstico la dimensión no heterosexual, tal como se demuestra en Goldberg (2013).[13]

Ahora bien, en el relevamiento utilizado para este análisis se pregunta por las seis siguientes tareas: lavar y planchar la ropa, realizar pequeñas reparaciones en el hogar, cuidar de miembros de la familia enfermos, comprar alimentos, limpiar la casa y preparar las comidas. Estas preguntas contaban con las siguientes opciones de respuesta: “Siempre yo”, “Usualmente yo”, “Casi igual o los dos juntos”, “Usualmente mi pareja o esposa/o”, “Siempre mi pareja o esposa/o” y “Es hecha por otra persona”. Tal como se dijo anteriormente, dentro de las actividades relativas a la esfera doméstica, se encuentran algunas cuya realización es cotidiana y otras cuya realización es esporádica.

Antes de adentrarse en la construcción de los tipos, es de interés analizar cómo se comportan los indicadores de manera individual; es decir, antes de realizar su combinación a los fines de la construcción de la tipología final. Por ello, se presentan seis cuadros que contienen las variables que se incluyen en el armado de los tipos, y que permiten una descripción de cada tarea doméstica pudiendo identificar si están más a cargo del varón o la mujer. Los totales de los cuadros no coinciden con los 911 casos seleccionados debido a la exclusión de los casos sin respuesta (“No puedo elegir”).

Cuadro 1. Participación en lavar y planchar la ropa según sexo (en %)
Lavar y planchar la ropa

Sexo

Total

Varón Mujer
Siempre yo 1,9 70,6 Siempre la mujer 62,9
Usualmente yo 1,4 12,3 Usualmente la mujer 16,7
Casi igual o los dos juntos 15,3 10,4 Casi igual o los dos juntos 12,7
Usualmente mi pareja o esposa/o 21,6 0,0 Usualmente el varón 0,7
Siempre mi pareja o esposa/o 54,2 1,0 Siempre el varón

1,4

Es hecha por otra persona 5,6 5,6 Es hecha por otra persona

5,6

Total 100
(426)
100
(480)
Total

100
(906)

Fuente: CEDOP (2003). Elaboración propia.

Cuadro 2. Participación en la realización de las pequeñas reparaciones del hogar según sexo (en %)

Realizar de pequeñas reparaciones en el hogar

Sexo

Total

Varón Mujer

Siempre yo

49,6 5,7

Siempre la mujer

3,8

Usualmente yo

29,6 3,6

Usualmente la mujer

3,4

Casi igual o los dos juntos

8,7 12,7

Casi igual o los dos juntos

10,8

Usualmente mi pareja o esposa/o

3,3 25,5

Usualmente el varón

27,5

Siempre mi pareja o esposa/o

1,6 42,2

Siempre el varón

45,7

Es hecha por otra persona

7,1 10,3

Es hecha por otra persona

8,8

Total

100
(425)
100
(474)
Total 100
(899)

Fuente: CEDOP (2003). Elaboración propia.

Cuadro 3. Participación en el cuidado de los miembros de la familia enfermos según sexo (en %)

Cuidar de miembros de la familia enfermos

Sexo

Total

Varón Mujer
Siempre yo 2,5 34,5 Siempre la mujer 26,9
Usualmente yo 1,3 13,1 Usualmente la mujer 12,9
Casi igual o los dos juntos 62,9 48,7 Casi igual o los dos juntos 55,3
Usualmente mi pareja o esposa/o 12,6 1,1 Usualmente el varón 1,2
Siempre mi pareja o esposa/o 18,2 0,4 Siempre el varón

1,4

Es hecha por otra persona 2,5 2,2 Es hecha por otra persona

2,3

Total 100
(396)
100
(458)
Total

100
(854)

Fuente: CEDOP (2003). Elaboración propia.

Cuadro 4. Participación en la compra de alimentos según sexo (en %)
Comprar los alimentos Sexo

Total

Varón Mujer
Siempre yo 7,0 34,5 Siempre la mujer 28,9
Usualmente yo 4,4 10,4 Usualmente la mujer 11,3
Casi igual o los dos juntos 52,0 46,4 Casi igual o los dos juntos 49,0
Usualmente mi pareja o esposa/o 12,4 3,5 Usualmente el varón 4,0
Siempre mi pareja o esposa/o 22,5 3,5 Siempre el varón

5,2

Es hecha por otra persona 1,6 1,7 Es hecha por otra persona

1,7

Total

100
(427)

100
(481)

Total

100
(908)

Fuente: CEDOP (2003). Elaboración propia.

Cuadro 5. Participación en la limpieza de la casa según sexo (en %)
Limpieza de la casa

Sexo

Total

Varón Mujer
Siempre yo 1,9 55,1

Siempre la mujer

46,4

Usualmente yo 1,4 15,4

Usualmente la mujer

17,8

Casi igual o los dos juntos 35,1 22,3

Casi igual o los dos juntos

28,4

Usualmente mi pareja o esposa/o 20,4 0,4 Usualmente el varón 0,9
Siempre mi pareja o esposa/o 36,5 0,4 Siempre el varón 1,1
Es hecha por otra persona 4,7 6,3 Es hecha por otra persona 5,5
Total 100
(427)
100
(479)
Total 100
(906)

Fuente: CEDOP (2003). Elaboración propia.

Cuadro 6. Participación en la preparación de comidas según sexo (en %)
Preparación de las comidas

Sexo

Total

Varón Mujer
Siempre yo 4,2 53,8 Siempre la mujer

45,7

Usualmente yo 4,9 14,3 Usualmente la mujer

16,7

Casi igual o los dos juntos 32,3 25,6 Casi igual o los dos juntos

28,7

Usualmente mi pareja o esposa/o 19,4 2,3 Usualmente el varón 3,5
Siempre mi pareja o esposa/o

36,5

1,7

Siempre el varón 2,9
Es hecha por otra persona

2,6

2,3

Es hecha por otra persona 2,4
Total

100
(427)

100
(481)

Total 100
(908)

Fuente: CEDOP (2003). Elaboración propia.

En concordancia con lo hallado en otros estudios donde se detallan tareas realizadas (como Wainerman, 2005), los varones tienden a participar muy poco en la realización de tareas que históricamente estuvieron a cargo de las mujeres como lavar y planchar la ropa, limpiar la casa y preparar comidas. Con ello se evidencia que estas tareas siguen siendo típicamente femeninas: el 79,6% del lavar y planchar la ropa, el 64,2% de limpiar la casa y el 62,4% de preparar las comidas lo realizan siempre o usualmente las mujeres de la pareja.[14] Entre las actividades más esporádicas, como realizar pequeñas reparaciones de la casa y cuidar de miembros de la familia enfermos, la situación es distinta, se observan pautas de comportamiento más diversas: mientras que el realizar pequeñas reparaciones de la casa está a cargo de los varones (el 73,2% es realizada usualmente o siempre por el varón de la pareja), el cuidar de miembros de la familia enfermos se realiza en su mayoría (55,3%) con un reparto casi igual o por los dos juntos, aunque con una importante participación femenina (39,8%). Una distribución similar a esta última presenta el comprar los alimentos, en el 49% de las parejas se reparte casi igual o lo hacen los dos juntos, pero en un 40,2% recae (siempre o usualmente) sobre la mujer. De esta manera, encontramos tres tareas fuertemente a cargo de las mujeres (lavar y planchar la ropa, limpiar la casa y preparar las comidas), dos tareas compartidas aunque feminizadas (cuidar de miembros de la familia enfermos y comprar alimentos) y una masculinizada (realizar las pequeñas reparaciones de la casa).

3.2. Construyendo una tipología de parejas según división de tareas domésticas

Una vez realizada una breve lectura introductoria a los indicadores utilizados, comenzaríamos por construir el espacio de propiedades cruzando las categorías de los seis indicadores, siguiendo la propuesta de Barton. En esta primera aproximación, se obtendría un espacio de propiedades de 46.656 celdas a partir de la combinación de las 6 categorías de cada una de las seis variables. Claramente, es necesario reducir este espacio, por lo cual se procede a simplificar las dimensiones de nuestras variables agrupando las categorías para cada indicador en tres: tradicional, aquella tarea que siempre está a cargo de la mujer o usualmente la hace ella (excepto para las pequeñas reparaciones del hogar que están más a cargo de él); igualitaria, cuando queda de manifiesto que la división es casi igual o la realización la llevan adelante los dos juntos; y no tradicional, cuando siempre está a cargo del varón o usualmente lo hace él o están a cargo de otra persona[15] (excepto que las pequeñas reparaciones estén a cargo de ella). De esta forma, se minimiza el espacio de propiedades de 46.656 celdas a 729. A continuación, se presenta en el gráfico 1 este último espacio de propiedades.

Gráfico 1. Espacio de propiedades conformado por la combinación
de los indicadores seleccionados (frecuencias absolutas)

Fuente: CEDOP (2003). Elaboración propia.

Así, del espacio obtenido por el cruce de las seis tareas por las tres categorías generadas (tradicional, igualitario y no tradicional) se observa que: de las 729 celdas existentes, una gran mayoría (78,5%) no presenta casos, el 16,9% cuenta con uno a cuatro casos y el 2,7% cuenta con 5 a 9 casos por celda. De esta manera, encontramos 14 celdas con 10 o más casos. Estas 14 celdas concentran al 64,5% de los casos y 143 celdas al 35,5% restante.[16] Habiendo procedido ya a la disminución de dimensiones, se podría continuar con una reducción numérica, estableciendo un puntaje para cada combinación posible, con una reducción pragmática basada en las grandes concentraciones y combinaciones puras para ir luego llenando el resto del espacio de propiedades; o bien, una combinación de ambos procedimientos, colapsando celdas de manera pragmática para luego reducir de manera numérica. Este escenario se presenta como demasiado complejo, resultando entonces poco operativa desde la pretensión de elaborar tipos que permitan interpretar la realidad a ser analizada. Frente a esta situación, el análisis de conglomerados aporta una solución técnica eficaz.

En materia de aplicar el análisis de conglomerados, se presentan tres caminos posibles a la hora de trabajar este conjunto de indicadores. Por un lado, se cuenta con la posibilidad de hacer jugar como variables categóricas a los indicadores (con el comando twostep cluster del SPSS), que parte de generar una distribución multinomial, suponiendo que las variables son independientes entre sí (supuesto muy difícil de mantener en este caso). La medida de la verosimilitud realiza una distribución de probabilidad entre las variables y aplica un coeficiente de similitud probabilística (BIC) para medir la proximidad, luego de lo cual se conglomeran los casos por un método jerárquico agregativo. Por otro lado, se puede poner un puntaje a cada categoría de los indicadores para cuantificar las distancias (criterio de la reducción numérica) y de esta manera, mediante un método de aglomeración jerárquico aglomerativo o de partición iterativa, obtener conglomerados. Finalmente, se puede evitar elegir puntajes mediante la generación de factores cuantitativos a partir un ACM[17], para luego buscar la medida de proximidad y el método de conglomeración deseados. A continuación, se presentan solo los resultados para el tercer camino, por considerar que, si bien más costoso en términos de tiempo, nos permiten apreciar de mejor manera la potencialidad de la técnica utilizada, respetando a la vez el nivel de medición de los indicadores.

Se utilizó un método de aglomeración de participación iterativa, como es el k-medias; esto es, buscando constituir conglomerados lo más homogéneos (menor distancia) a su interior y lo más heterogéneos entre sí. La decisión por este método de aglomeración descansa en la intención de obtener grupos construidos en torno a determinados ejes (media, en este caso), y no a la suma de casos de manera ordenada, como es el método aglomerativo jerárquico.

Se obtuvo así un número final de tres conglomerados. El primer conglomerado se compone de 52 casos, el segundo de 402 y el tercero de 392, manteniendo los 65 casos en los que no había respuesta para alguna tarea como casos perdidos[18]. Es de interés analizar a la luz de los seis indicadores seleccionados los conglomerados para poder comenzar a interpretarlos desde nuestro objeto de interés, una tipología de parejas según la división del trabajo doméstico.

Cuadro 7. Indicador de lavar y planchar la ropa
según conglomerados (en %)
Lavar

Conglomerado

Total

1

2

3

Tradicional

26,9

74,6

98,2

82,6

Igualitaria

11,5

23,9

1,5

12,8

No tradicional

61,5

1,5

0,3

4,6

Total

100
(52)

100
(402)

100
(392)

100
(846)

Fuente: CEDOP (2003). Elaboración propia.

Cuadro 8. Indicador de realizar de las pequeñas reparaciones del hogar
según conglomerados (en %)
Reparar

Conglomerado

Total

1

2

3

Tradicional

69,2

83,6

75,8

79,1

Igualitaria

0,0

12,9

8,9

10,3

No tradicional

30,8

3,5

15,3

10,6

Total

100
(52)

100
(402)

100
(392)

100
(846)

Fuente: CEDOP (2003). Elaboración propia.

Cuadro 9. Indicador de cuidar de los miembros de la familia enfermos
según conglomerados (en %)
Cuidar

Conglomerado

Total

1

2

3

Tradicional

36,5

10,0

73,7

41,1

Igualitaria

28,8

88,6

24,2

55,1

No tradicional

34,6

1,5

2,0

3,8

Total

100
(52)

100
(402)

100
(392)

100
(846)

Fuente: CEDOP (2003). Elaboración propia.

Cuadro 10. Indicador de comprar de alimentos
según conglomerados (en %)
Comprar

Conglomerado

Total

1

2

3

Tradicional

38,5

8,7

74,5

41,0

Igualitaria

30,8

84,6

15,8

49,4

No tradicional

30,8

6,7

9,7

9,6

Total

100
(52)

100
(402)

100
(392)

100
(846)

Fuente: CEDOP (2003). Elaboración propia.

Cuadro 11. Indicador de limpiar de la casa según conglomerados (en %)

Limpiar

Conglomerado

Total

1

2

3

Tradicional

15,4

42,3

97,4

66,2

Igualitaria

13,5

56,7

2,0

28,7

No tradicional

71,2

1,0

0,5

5,1

Total

100
(52)

100
(402)

100
(392)

100
(846)

Fuente: CEDOP (2003). Elaboración propia.

Cuadro 12. Indicador de preparar de comidas según conglomerados (en %)

Cocinar

Conglomerado

Total

1

2

3

Tradicional

40,4

38,3

92,1

63,4

Igualitaria

15,4

54,2

5,6

29,3

No tradicional

44,2

7,5

2,3

7,3

Total

100
(52)

100
(402)

100
(392)

100
(846)

Fuente: CEDOP (2003). Elaboración propia.

Se observa que respecto de lavar la ropa (cuadro 7), el conglomerado 3 concentra sus casos en una división tradicional de esta tarea. Lo mismo sucede con el conglomerado 2, pero en menor medida; dada una presencia importante de una división igualitaria; mientras que el conglomerado 1 lo hace más bien en una modalidad no tradicional. En cambio, en cuanto al indicador de realizar pequeñas reparaciones (cuadro 8), los tres conglomerados presentan una división tradicional mayoritaria, con una presencia importante de un reparto no tradicional para el conglomerado 1. En relación al comprar alimentos, la distribución del conglomerado tres vuelve a presentar una concentración fuerte en la categoría tradicional, mientras que el conglomerado 2 se reúne en la distribución igualitaria. El conglomerado 1 no presenta un agrupamiento relevante en ninguna categoría. Situación similar a esta tarea presenta el cuidado de familiares enfermos. Con respecto a la limpieza de la casa (cuadro 11), el conglomerado 3 se compone de parejas con una división tradicional, el segundo se reparte entre esta modalidad y una división igualitaria, mientras que en conglomerado 1 predomina la división no tradicional. En cuanto a cocinar las comidas, se observa, de nuevo, una polarización para el conglomerado 3 en la división tradicional, en tanto que el conglomerado 2 se centraliza en una división igualitaria pero con presencia del reparto tradicional, mientras que en el conglomerado 1 la distribución se divide entre un reparto no tradicional y uno tradicional.

En relación a la validez de estos conglomerados, las pruebas de significancia con los factores obtenidos en el ACM dan altamente significativas, elemento que ya hemos señalado como insuficiente a la hora de analizar la validez de los conglomerados. En una aproximación a la validez de criterio, resulta interesante comparar la distribución del tiempo de trabajo doméstico reportado para cada miembro de la pareja y comparar el porcentaje de tiempo dedicado por la mujer con la tipología que estamos construyendo. Estos datos se presentan en el cuadro 13.[19]

Cuadro 13. Porcentaje correspondiente a la mujer del tiempo total
dedicado al trabajo doméstico en la pareja (Medias)
Conglomerado Media N Desviación típica
1 62,6 52 30,52693
2 66,6 402 19,91443
3 80,0 392 22,15780
Total 72,5 846 22,80892

Fuente: CEDOP (2003). Elaboración propia.

Se observa que las mujeres del conglomerado 3 cargan, en promedio, con el 80% del tiempo total declarado en la realización de tareas domésticas por la pareja, mientras que las mujeres del conglomerado 1 ocupan el 62,6% del tiempo de la pareja, porcentaje similar al 66,6% de las mujeres del conglomerado 2.

Concluyendo el análisis de los conglomerados obtenidos, podemos decir que en los intentos de analizar la validez de los mismos no se han obtenido resultados que permitan anularlos. De esta forma, y para concluir el análisis, nos interesa interpretar los tipos encontrados. Se observa que quedan constituidos tres tipos de parejas: tradicional (conglomerado 3), compartido (conglomerado 2) y moderno (conglomerado 1). En cuanto al tipo tradicional, ascienden el 46% de las parejas, y se caracterizan porque el grueso del trabajo doméstico lo realiza la mujer y hay una escasa participación de los varones en el mismo. En cuanto al tipo compartido (48% de las parejas), la realización del trabajo doméstico descansa en la mujer, pero el varón participa en general en las tareas domésticas; y la compra de alimentos y el cuidado de familiares enfermos —y en menor medida la limpieza del hogar— son tareas compartidas. Por último, encontramos un pequeño porcentaje (6% de las parejas) donde hay mayor presencia de una división no tradicional del trabajo doméstico, que no llega a ser mayoritaria, pero que se diferencia del resto, particularmente en la limpieza del hogar, el lavado y planchado y la cocción de comidas. Esto puede deberse tanto a una mayor participación de los varones como a la externalización de las tareas a otra persona, remunerada o no. De todas maneras, es en este pequeño tipo que la mujer se encuentra participando menos de las tareas domésticas, y por eso hemos decidido denominarla moderna.[20]

Sintetizando, la construcción de una tipología a partir de la ejecución del procedimiento multivariado de análisis de conglomerados aporta la facilidad de reducción de los espacios de propiedades con una lógica que escapa a la lectura de las tablas con muchísimas celdas. El peligro que implica esta capacidad de procesamiento del análisis de conglomerados es descansar en la técnica para que resuelva cuestiones sustantivas, otorgándole a la técnica una capacidad que no posee: la capacidad de interpretar “sociológicamente” los resultados obtenidos. En el mismo sentido, aporta De Martinelli (2012:34) cuando señala que

Es notable observar trabajos en donde esta técnica se emplea de un modo mecánico, desplazando a un segundo plano la reflexión teórica sobre las variables utilizadas. Esto suele ocurrir particularmente cuando se construyen grupos o conglomerados a partir de la complementación en el uso de otras técnicas multivariadas, como el análisis factorial (AF). El uso de esta técnica expresa permanentemente la tensión entre el carácter teórico y la potencia empírica que poseen como herramientas de análisis.

Como en todo el proceso de investigación, las diferentes decisiones tomadas (el modo de calcular las distancias, el método de conglomeración o la decisión de estandarizar las variables) tienen que ver con el problema particular a investigar, pues no hay consenso absoluto en cuál es la decisión más adecuada para la totalidad de los casos.

La tipología construida (con sus tipos tradicional, compartida y moderna) está vinculada con los comportamientos que se han observado en diversas investigaciones, sobre el predominio aún vigente de cierta visión patriarcal de la familia, caracterizada por delimitar ámbitos de injerencia de los varones y de las mujeres y que se corresponde con una pauta tradicional de división de tareas al interior del hogar, pero también de la coexistencia de otros modelos que buscan aproximarse a una práctica más igualitaria del reparto de tareas, así como otros actores (remunerados o no).[21]

Por último, en este artículo se puso énfasis en mostrar cómo el dato resulta de un proceso productivo que involucra tres instancias: la conceptual, la metodológica y la empírica. Intentando dar cuenta de que no se da entre ellas una conexión lineal, en cadena, sino de mutuo involucramiento, de puentes que son recorridos en ambos sentidos y que como consecuencia de ello pueden producirse reformulaciones conceptuales y/o metodológicas.


  1. En este capítulo, los autores retoman y amplían nociones expuestas en Cohen, Néstor y Gabriela Gómez Rojas (2011) “Las tipologías y sus aportes a las teorías y la producción de datos”, en Revista Latinoamericana de Metodología de la Investigación Social-RELMIS, Nº 1, año 1. www.relmis.com.ar Buenos Aires: CIES. Y en Gómez Rojas, Gabriela y Manuel Riveiro (2014). “El análisis de conglomerados en la construcción de tipos. El caso de la clasificación de parejas según la división de trabajo doméstico”, en Entramados y Perspectivas. Revista de la Carrera de Sociología, Vol. 4 Nº 4, Buenos Aires: Facultad de Ciencias Sociales, UBA.
  2. A riesgo de olvidar a varios de quienes produjeron conocimiento sobre estos desarrollos, nos estamos refiriendo a Likert, Torgerson, Lazarsfeld, Guttman, Boudon, Barton, Coleman, McKinney, Thurstone, Osgood, Becker, entre otros.
  3. Cuatro dimensiones resultantes de la construcción de diferentes tipologías como, por ejemplo, la tipología de autoridad cuyo esquema de operacionalización es presentado en el capítulo 5 de este libro. Esta tipología de posiciones de clase resulta de la combinación de otras tipologías. Para más detalles puede consultarse Wright, Erik Olin (1998). Clases. Madrid: Siglo XXI.
  4. Asimismo, para el caso de las tipologías, hace referencia al proceso de Barton (1973: 68-69).
  5. Para un ejemplo de comparación de tipologías e índices como medidas resumen: Gómez Rojas y Grinszpun (2012).
  6. Un rol fundamental le cupo a Principios de taxonomía numérica, libro de Robert Sokal y Peter Sneath publicado en 1963.
  7. Para ejemplos de la combinación de ACM y análisis de conglomerados, López Roldán (1996), Fachelli (2013).
  8. Programas estadísticos como el SPAD, y en algunos casos el SPSS, brindan opciones de soluciones automáticas a este problema.
  9. Diferentes definiciones de trabajo doméstico se debaten en Rodríguez y Cooper (2005).
  10. Una crítica a esta perspectiva es señalada por Meil (1999) en la relación entre el nivel educativo y las cosmovisiones aludidas inicialmente, siendo que a mayor nivel educativo del varón mayor implicancia del mismo en las labores hogareñas, puesto que existiría menor adhesión a concepciones más tradicionales respecto de la organización doméstica.
  11. Otros resultados de investigaciones sobre el trabajo doméstico y su evolución pueden verse en Baxter y Western (2001), Treas, J. y Drobnic, S. (eds.) (2010).
  12. Por lo menos en los relevamientos realizados hasta el 2010.
  13. Esperamos poder reflexionar sobre esta situación próximamente a partir de datos primarios.
  14. En otro trabajo referido a parejas en las que ambos miembros trabajan (Gómez Rojas, 2012), se observó que la clase social pareciera incidir más en el caso de las mujeres que de los varones. Es así que son las mujeres de la clase trabajadora las que más tienen a su cargo —en comparación con las pertenecientes a las de servicio e intermedias— las labores de planchar y lavar la ropa y de limpiar la casa. Nótese que las clases de servicio e intermedias son, a su vez, las que más cuentan con apoyo externo al hogar para realizar estas actividades. Si bien la cuestión de preparar alimentos también muestra una diferenciación por clase social, esta no es tan marcada: quizás se deba a que es una labor que tiende a compartirse más entre los sectores de clase considerados. En el caso de los varones —independientemente de su posición de clase— la propensión a participar en estas tareas es baja.
  15. Es probable que detrás de las tareas que “están a cargo de otra persona” se encuentre una mujer, en consonancia con la división sexual del trabajo (remunerado y no remunerado). Aunque interesante, esto no es el eje de este artículo.
  16. En función de considerar como casos perdidos aquellos en los que para un indicador no había respuesta válida (“No puede elegir”), de los 911 casos seleccionados, en el espacio de propiedades construido, tenemos 846 casos, perdiendo así 65 casos.
  17. Excede a este artículo analizar los resultados del ACM realizado. Para un análisis metodológico de esta técnica, Adaszko (2009).
  18. Decisión que también se mantuvo para el ACM.
  19. Esta misma información se cuenta en la aplicación del módulo ISSP “Familia y roles cambiantes de género IV”, relevada por Jorrat en el año 2012, y en un trabajo de campo propio en curso. Realizar para estos nuevos relevamientos el mismo ejercicio presente en este artículo sería una forma de probar la confiabilidad, o estabilidad, de los conglomerados encontrados.
  20. En el ejercicio de aplicar para estos datos un método aglomerativo jerárquico, se podría observar la aglomeración de los conglomerados en el dendograma. Esto es particularmente claro y útil en el SPAD.
  21. En una investigación referida a la incorporación de la mujer al estudio de la estratificación social (Gómez Rojas, 2013), se construyó una tipología de división del trabajo doméstico en parejas con ambos miembros que trabajan, obteniendo resultados no muy disímiles a los aquí presentados. En dicha oportunidad, la utilización del análisis de conglomerados sirvió para construir la variable “abandono de la pauta tradicional de trabajo doméstico”, a ser incluida como variable dependiente en un análisis de regresión logística que permitiera estimar la propensión al abandono de la pauta tradicional entre las parejas.


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