Anthony J. Steinbock[2]
Resumen
Lejos del dualismo entre razón y sensibilidad, este texto reconoce en el corazón más que una esfera de la vida humana. Entendiéndolo como un esquema que, a su modo, expresa la totalidad de la experiencia humana, el autor se concentra en la distinción entre sentimientos y estados sentimentales. En la primera sección, señala los tipos, rasgos esenciales y niveles de experiencia de ambas dimensiones del corazón. En la segunda, aborda la relación entre sentimientos y estados sentimentales considerando el fenómeno de la autoafección. El texto termina con la presentación de diez características de la articulación entre sentimientos y estados sentimentales.
Palabras clave: sentimientos; estados sentimentales; autoafección.
Abstract
Far from the dualism between reason and sensibility, this contribution acknowledges in the heart more than a mere sphere of human life. Understood as a schema that, in its way, expresses the integrity of human experience, the author focuses on the distinction between feelings and feeling-states. The first section identifies the types, essential traits, and levels of experiences of those two dimensions of the heart. The second section deals with the relation between feelings and feeling-states considering the phenomenon of self-affection. The text concludes with the presentation of ten characteristics that articulate feelings with feeling-states.
Key words: feelings; feeling-states; self-affection.
Histórica y transculturalmente, el corazón ha desempeñado un papel fundamental en la experiencia humana. Sin embargo, su dimensión cognitiva como una esfera de evidencia que ocupa un lugar central en la persona humana ha sido borrada de los imaginarios y las epistemologías sociales, modernas y occidentales, pese a permanecer patente en otros tiempos y en diversas culturas. Así, el corazón tiende a ser identificado con sentires subjetivos, sea que se lo ubique del lado de la sensibilidad y el instinto, o que se le otorgue importancia subordinándolo al cálculo racional o mostrando que necesita de la razón como su chaperona. Incluso hoy, la psicología cognitiva y la terapia conductista cognitiva han privilegiado una interpretación objetivista y casi científica del término “cognición”. En cualquier caso, este dualismo de razón y sensibilidad no permite otorgar un ámbito específico al corazón y a su propia dimensión cognitiva.
En su relación con la persona, el corazón es más que una dimensión o una esfera. Más bien, constituye lo que yo llamo “esquema”[3]. Expresa a su manera la totalidad de la experiencia humana. Reservo el uso de otros términos comúnmente asociados con este esquema (como “sentimientos”, “emociones”, “pasiones”, etc.) para las distinciones que forman parte del esquema del corazón. Entiendo por “esquema” una dimensionalidad articulada de relaciones e interrelaciones. Se trata de una dimensionalidad que posee sus propias estructuras de cognición, de intencionalidad y no intencionalidad, las cuales son irreducibles al estilo presentacional de la cognición característico del conocimiento judicativo o perceptivo.
A continuación, presento un esbozo del esquema del corazón. En este texto, me concentro en la importante distinción entre sentimientos y estados sentimentales. Incluyo una descripción más detallada en mi libro Knowing by Heart: Participation as Loving and Critique, en donde explico los componentes generales de los sentimientos y los estados sentimentales (Steinbock 2021: ap. 1).
Esquema del corazón
-Sentimientos
- Emociones (dimensión de la persona/reveladoras de la persona/movimiento)
- emociones metafísicas/ontológicas
- emociones interpersonales
- emociones personales transitivas
- Sintonías (dimensión de la persona/reveladoras del ser personal/temperamento)
- Sentimientos psicofísicos (dimensión de seres vitales/exposición de seres corpóreos/función)
- Sentimiento no personal:
- Cuerpo-vivido con cuerpo-vivido
- Cuerpo-vivido con el entorno
- Sentimiento no personal:
-Estados sentimentales
- Pasiones (producción de un haber sentido o un sentir)
- Afectos (producción del cuerpo local y globalmente)
- Condiciones (producción de estados psíquicos objetuales)
§ 1. Distinción entre sentimiento y estados sentimentales
La primera distinción general dentro del esquema del corazón es aquella entre “sentimientos” y “estados sentimentales”. Permítaseme notar el hecho obvio, pero con frecuencia ignorado, de que los sentimientos no son estados sentimentales[4]. La literatura especializada sobre lo que yo llamo más ampliamente “el corazón” emplea una terminología que varía enormemente. Dichas experiencias son llamadas, a veces de manera intercambiable, emociones, sentires, pasiones, afectos, sentimientos, estados emotivos, etc. La terminología que utilizo aquí no busca crear un nuevo vocabulario, sino dotar de cierta consistencia a mi propia exposición. Más importante aún, considero que estos términos evocan mejor las experiencias del corazón. En cualquier caso, incluso si la elección de la terminología varía, hay una indubitable confusión entre experiencias como la dicha, la tristeza, la ira, la felicidad, el asco y semejantes (es decir, los estados sentimentales), y experiencias como el confiar, el amar, la esperanza, el arrepentimiento, entre otras (sentimientos)[5]. La confusión se debe a que todas estas experiencias pertenecen al esquema del corazón, pero eso no significa que la confusión esté, por ello, justificada.
Los sentimientos (emociones, sintonías, sentimientos psicofísicos) tienen, en general, una estructura intencional completamente propia. Con “intencional”, quiero decir que los sentimientos no están separados de una relación con la otredad, sino que son relacionales. Con “completamente propia”, quiero decir que exhiben una estructura intencional que es peculiar a ellos con un tipo característico de apertura, disposición, receptividad y dación. Pese a que los sentimientos son tipos de intencionalidad, por su parte, no necesariamente suponen una correlación nóesis-nóema (es decir, una correlación acto-sentido), con el estilo de intención y plenificación adecuada o apodíctica que ella implica, susceptible de adjudicación intersubjetiva u objetiva[6].
Si bien hay una relación con lo otro en los sentimientos, la dación puede ser absoluta, experimentada plenamente, de un brochazo, y no un desarrollo gradual; lo otro en cuestión puede desbordar aquello a lo que en principio se tendía; la iniciación de un acto puede ser incitada por lo otro, y no estar ni motivada en el sentido tradicional ni empezar con el yo egoico; puede ser iniciatoria, originaria y reactiva; es posible que su temporalidad no siga el patrón de la autogénesis. He intentado mostrar esto previamente en el caso de la experiencia religiosa y de las emociones interpersonales, pero quisiera sugerir que esto también se aplica a la esfera del corazón en su complejidad y como elemento integral de la persona humana como un todo (Steinbock, 2007: cap. 5).
He sugerido ya en otra obra que volverse “persona” es algo que, en principio, puede realizarse en cualquier especie; en nuestro caso, los seres humanos se han mostrado como personas, y esto tiene lugar a través de emociones como actos-movimientos (y, más profundamente, amando) (Steinbock, 2014). La realidad humana es personal de manera especialmente profunda en y a través de la modalidad del amar[7]. Entiendo el amar como un movimiento dinámico que “participa” de cualquier otro, un movimiento despertado como desde ese otro en cuanto portador de valor. Por “acto-movimiento”, o simplemente “movimiento”, me refiero a un sentimiento dinámico y revelador que es llevado a cabo o vivido en la dimensión del espíritu; un sentimiento intrínsecamente relacionado con cualquier otro (incluyéndome) como portador de valor. El valor (que es irreducible al sentimiento) es el mensajero o guía del sentido, como la “coloración” integral de la dación de aquello que porta en relación con aquellos seres que sienten. Considero que no es del todo adecuado reducir la intencionalidad emocional a los actos, como hace Scheler, aunque entiendo por qué lo hace –a saber, para distinguirlos de las funciones y los estados, por ejemplo–. Pero no todas las experiencias emocionales de este nivel son actos-orientaciones –como si solo tuviesen un punto de partida–, ya que algunas son más reactivas y otras más receptivas. Las expresiones “movimiento” o “acto-movimiento”, sin embargo, evocan más precisamente la dimensión de las emociones, así como su característica dinámico-generativa. Son relacionales y, en esa medida, no se encuentran en sujetos.
Considero que las emociones tienen lugar dentro del dominio del espíritu. No son, por ejemplo, perturbaciones psicológicas o funcionamientos viscerales, tampoco son el resultado de un sistema de juicios (Young, 1947: 51)[8]. Ambas opciones expresan el dualismo racionalidad-sensibilidad. Más bien, al prestar atención a los diferentes tipos de dación, la fenomenología ha sido capaz de mostrar cómo las emociones tienen su propio tipo de evidencia y su propia estructura cognitiva. Más aún, todas las emociones son creativas. Entiendo por “creativo” un movimiento que no solo excede a la mera reacción (lo cual puede ser el caso de los sentimientos psicofísicos), sino que improvisa en cuanto genera algo más allá de lo dado y, en este sentido, surge libremente.
De esto se sigue que no es posible restringir las personas a los seres humanos; así, las personas se muestran en y a través de actos-movimientos emocionales y, como tales, nunca pueden reducirse completamente al estatus de objetos. Es por ello por lo que Art Luther ha descrito a la persona como una coherencia intrínseca de orientación dinámica. Esta formulación, un tanto compleja, resulta, sin embargo, útil para mantenernos atentos a la dimensión fluida, dinámica y generativa de la persona que se revela a través de las emociones. En primer lugar, la coherencia concierne al modo en que la persona se mantiene como esta persona única, en su personalidad única (es decir, ella no es una mera concordancia de apariencias susceptible de ser identificada en términos de un sentido objetivo óptimo); la característica intrínseca expresa que la coherencia no se obtiene desde la perspectiva de la tercera persona, sino que uno es coherente consigo mismo de una manera vivida –sin embargo, no se trata de una oposición entre lo interno y lo externo–. Además, la descripción de Luther alude al sentido en el que la persona, como viviente en y a través de actos-movimientos, se revela como única a lo largo del tiempo y en relación con otros, pese a que la persona pueda cambiar. En tercer lugar, la persona deviene “en” o “como” movimiento dinámico y no se encuentra nunca detenida en un punto de reposo o neutral. Finalmente, con el término “orientación”, Luther apunta a la dimensión activa de la persona que la escenifica o ejecuta como un ser en devenir. Aludo a este proceso con la expresión “acto-movimiento”[9].
Los estados sentimentales –otra dimensión del esquema del corazón– ocurren, a diferencia de los sentimientos, sobre la base de una dación sentimental de la vivencia (el significado de esta dación sentimental lo explico en la sección siguiente, dedicada a la autoafección). Antes que un movimiento dinámico como la emoción (amar, odiar, etc.) que no puede permanecer como un acto-movimiento ni ser objetivado, el estado sentimental es precisamente eso, un estado; así, puede volverse un objeto explícito sin perder su carácter de estado sentimental. En ese sentido, los estados sentimentales (entiéndase, por ejemplo, pasiones, sentires, afectos, condiciones) son estáticos, mientras que los sentimientos, en cuanto actos-movimientos, no pueden nunca volverse objetos como tales. Un estado sentimental puede ser vivido como (1) un haber-sentido, es decir, una pasión o un sentir; (2) un afecto; o (3) una condición (en cuyo caso soy consciente del haber-sentido o del afecto como un objeto). Así, puedo no ser consciente de mi estado sentimental en su capacidad reveladora como un estado sentimental mientras lo vivo. Esto sucede cuando el estado sentimental es particularmente intenso. Puedo ser aún menos consciente de la fuente sentimental del estado sentimental (Scheler GW 2: 262-263 [359-360]). Recién posteriormente puedo reflexionar acerca del estado sentimental y tomar conciencia explícitamente de que me siento “mal”, de que estoy deprimido, de que estoy nervioso. Puede que nunca sepa por qué. Sin embargo, la pregunta por el porqué puede al menos ser el catalizador para dicha autorreflexión con respecto al estado sentimental –por ejemplo: “¿Por qué estoy tan enfadado?”–. Además, es posible que un amigo llame mi atención sobre el estado sentimental: “¿Por qué estás tan triste?” o “¿Qué te entusiasma tanto?”.
Así, tenemos tres niveles de experiencia que pueden observarse en el siguiente ejemplo:
- puedo amar u odiar a otro (sentimiento/emoción, acto-movimiento dinámico);
- puedo sentir que estoy enamorado o tener odio contra alguien (estado sentimental, pasión, como un odio sufrido, una dicha vivida, en cuanto sentida);
- puedo ser consciente de mi estar enamorado o del odio que tengo (la condición de estar enamorado o el odio en cuanto observados, o como una condición dada a través de la reflexión con respecto al estado sentimental)[10].
En suma, mientras que los sentimientos son dinámicos, se realizan como movimientos y tienen una estructura intencional propia, los estados sentimentales son estáticos, susceptibles de ser objetivados, y no poseen una estructura intencional. Más aún, en y a través de mi sentimiento como acto-movimiento vinculado con cualquier otro como portador de valor, emerge un estado sentimental que se da junto con dicho sentimiento. Por ejemplo, al odiar algo en cuanto portador de valor (a saber, el sentimiento como acto-movimiento), puedo experimentar Schadenfreude y sentir dicha (estado sentimental). Asimismo, en la emoción de temer algo, puedo sentirme enfadado, puedo estar asustado, o puedo estar nervioso (“estar” en este contexto tiene un sentido estático). Al sentir compasión por otro, puedo tener una pena sentida o puedo estar asqueado por algo que sucedió. Al amar a otro, puedo estar enamorado o “sentir” dicha, o estar triste por los eventos que le afectan.
§ 2. Autoafección y la relación entre sentimientos y estados sentimentales
Aceptando que los sentimientos y los estados sentimentales son fenómenos diferentes (aunque relacionados), queda pendiente una tarea más difícil: describir cómo están relacionados los sentimientos y los estados sentimentales. Si son experiencias distintas, ¿significa ello que surgen de manera independiente? ¿Son codependientes? ¿Acaso una surge de la otra de modo tal que existe un orden de fundación y dependencia? En lo que sigue, quisiera sugerir que los sentimientos y los estados sentimentales están relacionados y que, si bien pertenecen a diferentes órdenes de la experiencia, los estados sentimentales emergen tanto directa como indirectamente de los sentimientos y se fundan en ellos.
2.1. Autoafección en los sentimientos
Los estados sentimentales emergen directa e indirectamente de los sentimientos. Si una reflexión directa sobre una experiencia del corazón produce una condición, tal como se la definió anteriormente, ha de tener lugar otra cosa para que la experiencia pueda ser vivida (un estado sentimental, es decir, una pasión o un sentir). Sin embargo, no se trata de un acto-movimiento, ni de una función, ni (todavía) del objeto de una reflexión (es decir, una condición). El proceso a través del cual dicha relación entre sentimiento y estados sentimentales tiene lugar es lo que llamo “autoafección”. Este es el tipo más básico de “conciencia emocional” o “conciencia del corazón”.
La autoconciencia puede existir en parte gracias a una sujeción retencional no intencional del presente. En la presentación de una formación objetual (una relación intencional) y en la retención de sus propias magnitudes retencionales, existe una conciencia sin que haya un regreso al infinito de relaciones conscientes intencionales del yo sobre sí mismo[11]. Debido a que la unidad tiempo-conciencia se constituye en y a través de la afección, como Husserl mostró en su fenomenología de la asociación y la afección, es posible sostener que esto tiene lugar a través de la relación intencional de una presentación y de la afección retencional no intencional de la afección, es decir, una autoafección. Así, tiene lugar una sujeción afectiva con respecto a una afección presentada sin que el ego se vuelque directamente de la formación objetual afectiva a la afección misma.
Permítaseme explicar este proceso defendiendo mi preferencia por la expresión “autoafección” para describir la relación entre sentimientos y estados sentimentales.
En primer lugar, la “afección”. Llamo a este proceso “autoafección” (antes que, por ejemplo, “autointención”, “autoatención” o “autorreflexión”) debido a que lo que tiene lugar pertenece al corazón y no, por ejemplo, a una operación mental o intelectual. Más aún, a diferencia de un término como “intención” –el cual, correcta o incorrectamente, sugiere un hacer algo activamente o un hacer algo con un objetivo–, el término “afección” sugiere que algo está ocurriendo, sugiere un ser afectado (en términos de Husserl, “pasividad”).
En segundo lugar, “auto”. La expresión “autoafección” hace alusión a diversas características importantes de este proceso.
- “Auto” es usado aquí como un pronombre reflexivo. Como tal, remite al aspecto reflexivo de este proceso sin que este suponga una reflexión activa sobre algo. De esta manera, un sentimiento en cuanto movimiento se afecta a sí mismo o es afectado sin ninguna intención dirigida hacia sí mismo. Este no es un proceso de un “sentimiento de un sentimiento”, ni es aun el sentimiento de un estado sentimental (lo que produciría una condición). En la primera instancia, llevaría a un regreso al infinito; en la segunda, presupondría aquello que busca explicar.
- Volviendo sobre el sentido pasivo de este proceso (“pasivo” a la manera en que Husserl utiliza el término), la expresión “auto” tiene la ventaja adicional de sugerir un ser automático y no algo que yo hago o logro personalmente en cuanto sujeto. Es algo prepersonal que, en sí mismo, sin embargo, no es un sentimiento[12].
- Lo que se configura se configura en y desde el sentimiento en cuanto redunda sobre sí. Esto no supone ni la reflexión explícita sobre un yo ni la reflexión explícita como algo que un ego hace. No hay un “yo” ahí que lleve a cabo el afectar, aunque la autoafección del sentimiento pueda producir un estado sentimental psíquico.
- Finalmente, el término “auto” también sugiere pertenencia; es decir, el estado sentimental que se constituye a través de la autoafección del sentimiento me pertenece en un doble sentido. (A) En tanto estado sentimental del mismo yo, es mío propio (posiblemente nuestro) y me pertenece (posiblemente nos pertenece) como una posesión. Se trata de mi estado sentimental, algo que tengo y a lo que puedo retornar en una reflexión. (B) El estado sentimental (dado a través de la autoafección del sentimiento en cuanto relacionada con otro como portador de valor) se da junto con el sentimiento.
Este aspecto del proceso cae en la categoría general de lo que Husserl llamaría “síntesis”. Como un todo, dicha autoafección podría tener las características de la génesis pasiva o de la síntesis pasiva con su propia regularidad o legalidad regular frente al sentimiento, pese a que, hasta donde sé, Husserl nunca describió el proceso en el que un estado sentimental se da a través del sentimiento.
Así, un estado sentimental en el sentido de una pasión o un sentir con una estructura objetual emerge como estado a través de la autoafección del sentimiento. Es importante notar dos cosas. Primero, la autoafección solo ocurre en el sentimiento en la medida en que se vincula con otro como portador de valor. Sugerir que un estado sentimental se da a través de la autoafección significa, entonces, que la generación de un estado sentimental tiene lugar a través de una intencionalidad sentimental –con sus propias estructuras características de esta esfera de la experiencia–. Por ello, son necesarias algunas aclaraciones con miras a evitar malentendidos.
Por ejemplo, contrariamente al modo en que Michel Henry podría usar la expresión, no sostengo que un sentimiento, el cual es un acto-movimiento, sea un proceso radicalmente inmanente[13]. En efecto, es a través del movimiento sentimental en relación con algo otro como portador de valor como la autoafección tiene lugar, siendo constitutiva de estados sentimentales irreducibles, de tal modo que existen una relación esencial de dependencia y una relación esencial de pertenencia. No se trata del proceso de una autoafectividad radicalmente inmanente[14]. Este tipo de autoafectividad no podría explicar el significado último de algo psíquico u objetual (es decir, trascendente) que pueda, a su vez, ser susceptible de ser objeto de reflexión de un modo tal que no ignore sus orígenes. Como se observó más arriba, la autoafección que tiene lugar a través del sentimiento no es el proceso del sentimiento de un sentimiento. Esto no tendría fin y requiere de una explicación tanto como su producto. No es el proceso de un sentimiento que vuelve sobre un estado sentimental ya dado. Esto presupondría lo que se está buscando explicar.
En segundo lugar, el estado sentimental en cuanto vivido sin una reflexión directa sobre él es la pasión o el sentir –como diría Dan Zahavi en un contexto algo distinto– en cuanto míos; no es posible que sea de alguien más en esta experiencia (Zahavi, 2014: 22, 39-41; Zahavi, 1999: cap. 8; Zahavi, 2005: caps. 3-5). El pesar vivido que no es aún (o no llega a ser nunca) la condición es mi o nuestro pesar, pesar para mí o para nosotros. Es un estado sentimental, una autoconciencia estática, implícita, afectiva; sin embargo, no es aún una autoconciencia explícita en cuanto estado sentimental (condición). Este sentido primario del estado sentimental se constituye a través del proceso de autoafección por medio de la intencionalidad sentimental. Sin embargo, como sugiero más adelante, pese a que el estado sentimental es mío, un estado sentimental puede ser compartido. Es incluso posible que un estado sentimental sea vivido como “nuestro”, como en el caso de las experiencias generativas en el mundo-familiar. En todo caso, cuando se trata de estados sentimentales en cuanto pasiones, podemos experimentarlos a medida que hacen eco dentro de nosotros y a través de nosotros. Son míos o nuestros, pero yo “solo” los vivo. Cuando son identificados como tales, cuando los estados sentimentales se vuelven lo que yo llamo “condiciones”, pueden ser explícitamente identificados como míos o nuestros.
2.2. Juego entre los sentimientos y los estados sentimentales: otras consideraciones
Algunos estados sentimentales se pueden dar en modos que están fundados en el sentimiento, pero no parecen ser el resultado directo de una autoafección como en los ejemplos previos. Por ejemplo, Scheler cita el caso del contagio masivo, el cual produce estados sentimentales infecciosos: puedo llegar a una fiesta de mal humor y dejarme llevar por la atmósfera celebratoria del momento, de modo tal que la jovialidad me infecte; ¡incluso la risa se contagia! (GW 7: 25-26 [47]). Sea que yo haya buscado dicha atmósfera para animarme o no, en cualquier caso, ella se apodera de mí. Cynthya Willett y Julie Willett notan, en su maravillosa obra sobre el humor, que la risa no solo es un afecto socialmente contagioso, sino que también exhibe un poder transpersonal para la transformación social y para desafiar al miedo y al odio. Cabe notar que el místico islámico Rūzbihān Baqlī caracteriza una de las estaciones místicas (la gracia) que él experimenta como la estación de la risa (Willett y Willett, 2019: 49-52, 140-142; Willett, 2008).
Dicho brevemente, algunos estados sentimentales se originan en el estar con otros personales, mientras que otros estados sentimentales se originan en el sentimiento de cualquier otro (el mundo, el entorno, el cuerpo). Así, la jovialidad en cuestión no consistiría en una intención sentimental dirigida hacia la dicha o el pesar de un otro y tampoco consistiría en la participación en la vivencia de otro. Es posible que yo recién me percate de la jovialidad varias horas después de abandonar la fiesta, y que la dicha (o tal vez, en circunstancias diferentes, digamos, el pesar) surja de la reunión que visité sin que yo tome conciencia de ella. Casey ofrece una excelente explicación de la circulación de dichas experiencias de estados que aparecen alrededor de nosotros o que “tienen lugar”: lo que él llama “fenómenos perifanéticos” (2022).
Una característica típica de la infección es que tiene lugar sin intencionalidad, sin sentimiento y sin presuponer un conocimiento de la dicha del otro; sucede simplemente entre estados sentimentales. Dicho cosentimiento es ciego al valor, lo cual constituye una de las razones por las que la infección puede operar de este modo: las experiencias de sentimiento del otro no son necesarias para que dicha infección tenga lugar. Sin embargo, si considerásemos esto en un nivel personal, veríamos un valor o disvalor en los actos de amar y odiar. Por ejemplo, en el caso de la crueldad, amar a otro puede hacer que nos resulte difícil soportar que nuestro ser querido pueda disfrutar de “algo como eso”[15].
Entre estados sentimentales, no solo tiene lugar una transmisión de este tipo, sino que los estados sentimentales también pueden ser transmitidos desde un entorno. Incluso sentires como la serenidad de un paisaje primaveral, el carácter lúgubre de un día lluvioso o la oscuridad de una habitación pueden influir infecciosamente en nuestros estados sentimentales (GW 7: 26 [48]).
Por otro lado, parece que el contagio no es un fenómeno autosuficiente. Con esto quiero decir que el contagio de un estado sentimental solo es posible porque estoy conectado por medio de mi cuerpo-vivido con otro u otros a través –más primordialmente– de una relación sentimental erótica y, fundada en esta, de la empatía[16]. En la medida en que la empatía es un sentimiento –a saber, un sentimiento psicofísico–, el contagio del estado sentimental está fundado en el sentimiento. Así, como sostiene Scheler, el impulso mimético surge recién cuando hemos aprehendido el gesto como ya expresivo de dicha o de miedo[17]. Esto tiene lugar sin una comprensión intelectual; es decir, tiene lugar como una infección, como la que vemos en rebaños y masas, a través de un afecto que viene de fuera. Así, el miedo de un rebaño puede surgir al sentir miedo en el comportamiento del líder. Esto presupone una conexión en el nivel del cuerpo-vivido y no en el de la comprensión mutua[18]. Lo sentido es el valor de la vida, incluso si no se da como valor.
Finalmente, si bien no es posible experimentar un co-dolor como un mero afecto, es posible co-sentir, es decir, tener un estado sentimental en cuanto pasión –por ejemplo, pesar–. Como mucho, solo podemos llegar a tener compasión por el sufrimiento del dolor de otro. En el caso del co-sentimiento, Scheler cita la posibilidad de que dos padres compartan el sentimiento de pena por la pérdida de un hijo, sin que se trate de que cada uno sienta pena y ambos sepan que lo sienten. El estado sentimental de la pena está dado inmediatamente –de acuerdo con mis análisis– a través de una coautoafección. Solo se da subsecuentemente como un objeto a un amigo, por ejemplo, que se acerca a los padres y siente compasión por ellos (Scheler GW 7: 23-24 [44-45]). Hay un sentimiento-con el otro que produce el haber sentido o el sentir del pesar.
2.3. Relaciones estructurales entre el sentimiento y los estados sentimentales
Ciertamente, es comprensible que surjan confusiones descriptivas cuando no tomamos en cuenta el ordenamiento correcto que se ha de establecer entre los sentimientos y los estados sentimentales. Es en parte por ello por lo que trato aquí este asunto. Si bien “enamorarse” en cuanto estado sentimental puede “llevar a” la devoción y el compromiso, no hay relación causal o de dependencia que lleve, por ejemplo, del enamorarse al amar como acto-movimiento (sentimiento/emoción). De hecho, se puede también experimentar ofuscaciones que producen una confusión del corazón debido a que los sentimientos y los estados sentimentales son estructuralmente distintos, y porque los estados sentimentales dependen de los sentimientos.
Por ejemplo, estar “enamorado” –un estado sentimental– se da como algo estático y puede experimentarse como algo a lo cual uno quiera aferrarse, tener como una posesión. En la medida en que es un estado que yo quiero tener (implícitamente, a mi disposición), que yo quiero disfrutar, puede que me oriente a poseer dicho estado –por ejemplo, a tener la euforia de estar enamorado–. Si estoy dirigido hacia estar enamorado, digamos, puede que solamente esté intentando disfrutar mis sentimientos (que ahora se han vuelto objetos). Sin embargo, en este caso, no estoy amando a la persona como un valor absoluto –en y desde la cual el estado sentimental de estar enamorado podría surgir (como una posibilidad entre otras)– (Hart, 2009: 204–205). Más aún, la otra persona podría volverse, inversamente, un medio para que yo me aferre al estado sentimental de estar enamorado (ciertamente sin responder a la otra persona). Esto, a su vez, haría imposible que el otro aparezca como un valor, impidiendo que la otra persona cambie o crezca o llegue a ser ella misma. Amar no es una posesión interna, una realidad psíquica. Al perseguir el estado sentimental (el sentir o la pasión), ya no estoy amando a la persona. Sin embargo, no puedo amar un estado sentimental; amo a otra persona como portador de valor. Mi apego a un estado sentimental puede convertirse en odio hacia la otra persona en cuanto negación del otro como valor absoluto, pues mi principal preocupación sería tratar de sentir el estado sentimental de estar enamorado, etc. –y, al intentar aferrarme a esto, incluso podría ser violento con la persona en cuestión–.
¿Cómo, entonces, debemos entender las relaciones entre sentimientos y estados sentimentales? La enumeración que presento a continuación concierne a las relaciones estructurales entre sentimientos y estados sentimentales. Si bien la lista no es exhaustiva, los puntos enumerados más abajo son especialmente importantes para una discusión de los movimientos de amar y odiar[19].
1. Todos los sentimientos están acompañados de estados sentimentales. En el caso de los sentimientos, los estados sentimentales se generan a través de la autoafección, y sus estados sentimentales dependen estructuralmente del sentimiento –en la medida en que este se relaciona con otra persona como portador de valor, de modo tal que siempre hay estados sentimentales que se dan con ese sentimiento y a través de ese sentimiento–. Sin embargo, no está determinado de antemano cuáles han de ser dichos estados sentimentales. Incluso la impasibilidad es un estado sentimental, por lo cual podemos odiar con la banalidad del mal (como ha mostrado a su manera Hannah Arendt [1994]) o, como escribe Jean Améry, “con la buena conciencia de la depravación” (Améry, 1980). Puedo odiar a otro (sentimiento emocional como acto-movimiento) sin tener un estado sentimental de odio, e incluso no reconocer este estado sentimental de odio como un estado sentimental ni reflexionar sobre ello.
Decir que los sentimientos están íntimamente acompañados de estados sentimentales también significa que estos, pese a ser estados, no son objetos en el mundo; es decir, los estados sentimentales se generan del lado de los sentimientos y no son originalmente entidades noemáticas. Se dan opacamente –no transparentemente– junto con los sentimientos, a saber, a través de la autoafección y no a través de una reflexión. De otro modo, no sería capaz, por ejemplo, de odiar con furia. Esto es, mutatis mutandis, contrario a lo que sostiene Sartre, quien considera que o bien los sentimientos intencionales son transparentes o que la reflexión produce opacidad noemática (Sartre, 1966: secc. 2). Sin embargo, los estados sentimentales se pueden volver objetos de reflexión –a saber, como una condición (cf. el punto 10 más abajo)– sin sacrificar su carácter de estados sentimentales. En este caso, las condiciones son correlatos noemáticos de una reflexión.
Cuando digo que puedo odiar con furia, temporalmente, puede parecer que actúo desde la furia o a partir de ella (lo cual llevaría a la conclusión errónea de que la furia causa el odio). Pero, como indico en el siguiente punto, estructuralmente esto no significa que yo odie a partir de la furia. Más bien, la furia (o algún otro estado sentimental) se genera autoafectivamente desde el odiar y acompaña al sentimiento inmediatamente sin ser su objeto.
2. Los estados sentimentales en cuanto fundados en sentimientos. Los sentimientos y los estados sentimentales no son coetáneos en el sentido de ser cofundantes[20]. Más bien, los estados sentimentales dependen esencialmente de los sentimientos y están fundados en ellos, mientras que lo opuesto no es cierto. La ira es una pasión en la que la conexión entre mi ira y el “acerca de qué” de mi ira no es ni original ni intencional. En este caso, la ira o indignación intensas pueden surgir a través de la autoafección de un sentimiento en el cual, por ejemplo, una injusticia horrenda es dada como fundada en el valor positivo de la persona (ajena o propia) (Drummond, 2018: 15-30).
Tomemos un ejemplo reciente de la pandemia del coronavirus. Se ha reportado que, cuando las personas ven a un vecino o a otro comprador en un establecimiento comercial que no respeta el distanciamiento social, pueden pasar fácilmente de la irritación a la falta de paciencia, a la frustración y a la furia, así como otros pueden acercarse a los que llevan mascarillas y arrancarlas violentamente. Antes que un resultado de la “reacción de lucha o huida”, estos estados sentimentales están fundados en el sentimiento (Miller, 2020). Como Scheler señala, ciertos males deben estar contenidos previamente en el sentimiento si ha de surgir la ira (GW 2: 264 [361]). De no haber esta relación fundante-fundada entre los sentimientos y los estados sentimentales, uno ni siquiera podría recomendar tomar el control sobre esta respuesta “emocional” [sic] entregándose a la compasión. Esta relación fundante-fundado tiene lugar incluso si los estados sentimentales pueden haber surgido directamente de un sentimiento personal (amar, odiar, vergüenza, etc.) o de una sintonía (ansiedad, admiración) o a través de un sentimiento psicofísico (como la intencionalidad erótica, la empatía, etc.).
Así, el estar enamorado, la alegría o la tristeza pueden ser efectos secundarios o estados que emergen del amar, pese a que no haya una correspondencia o necesidad de uno a uno entre ellos. Sin embargo, el estar enamorado no puede motivar o causar el amar, como si este último fuese una reacción a un estado de cosas, o como si se compartiera por infección o identificación (el amar, en el que se revela la singularidad de la persona, descartaría esto último a priori). Amar y odiar son actos-movimientos espontáneos y no respuestas reactivas –como, por ejemplo, la venganza–. Puedo estar predispuesto con respecto a otro con ira o dicha; estas pueden ser invitaciones o rechazos, pero mi ira o mi dicha no causan la emoción como acto-movimiento. Mi ira o mi dicha no son, a diferencia de lo que cree Nussbaum, juicios, pero pueden, sin embargo, ser comprendidas como “emociones de fondo” (Nussbaum, 2008: 68-79, 110-127, 150). Las emociones como actos-movimientos, en cambio, sí surgen “a través” del centro creativo, improvisacional y “libre” de la persona en devenir. De esta manera, puedo amar pese a un odio previo, aunque el odio no es un resultado del amar.
En este sentido, es importante notar que hay una diferencia entre el acontecer temporal de un sentimiento frente a un estado sentimental y la relación estructural entre un sentimiento y un estado sentimental. Es evidente que puedo experimentar un estado sentimental y un sentimiento al mismo tiempo, por ejemplo, puedo estar triste y amar. Sin embargo, el sentimiento es estructuralmente previo al estado sentimental, es decir, es fundante para este, mientras que la tristeza no funda el amar. Así, puede haber una situación en la que un estado sentimental se da autoafectivamente a través de un sentimiento, pero se prolonga mientras yo experimento y llevo a cabo un nuevo sentimiento. Puedo haber experimentado ira a lo largo de un odiar y la ira puede persistir por un tiempo, incluso mientras muestro compasión por otro o me involucro en actos de amar a la persona que provocó mi ira.
En este caso, sin embargo, la ira y el amar no se encuentran en una relación cofundante. Incluso en el caso de la ira y el odiar, el odiar al otro como portador de valor se realiza en el movimiento de negar a este portador de valor[21]. El odiar ni emerge de mi ira, ni está dirigido hacia mi ira. Asimismo, no amo (acto-movimiento del amar) la euforia de estar enamorado. Incluso si uno fuese más susceptible de amar cuando está enamorado, o tendiese a odiar cuando experimenta ira, el estar enamorado y la ira se fundan en el amar y el odiar respectivamente. Por esta razón, el amar no es un disfrutar o gustar más intenso. Uno no ama el dolor, pese a que se puede amar al otro a través de quien se experimenta dolor, o incluso se puede disfrutar de un cierto tipo de dolor, etc.
Finalmente, uno podría objetar lo siguiente: ¿qué sucede con aquellas instancias en las que los actos de violencia parecen ser causados por estímulos físicos?; ¿cómo puede afirmarse que los estados sentimentales se fundan en sentimientos cuando los sentimientos parecen ser producidos por estados sentimentales que van desde el disgusto afectivo hasta la ira psicológica? No solo existen correlaciones entre el calor veraniego y la ira o violencia vial, por ejemplo, sino que, además, existen estudios que muestran que, por cada medio grado de incremento en la temperatura debido al calentamiento global, tendrá lugar un incremento de entre 10 % y 20 % en la violencia social y los conflictos armados (Wallace-Wells, 2019: 124-125).
Sugiero que los estados afectivos y las pasiones pueden disponernos para actuar a partir de la ira, pero los estados no motivan ni causan actos (digamos, actos de odiar o de amar). Las relaciones temporales de sus acaeceres no son relaciones causales, ni mitigan las diferencias ontológicas entre sentimientos y estados sentimentales. Lo mismo se puede decir acerca de cómo los estados sentimentales pueden también transmitirse en relación con un pasado en el cual yo no estuve directamente presente: por ejemplo, en el caso de la ira o la dicha de mis ancestros con respecto a una situación pasada, y mi ira y dicha; o, nuevamente, el modo en el que puedo experimentar indignación acerca de dicho terror en el pasado de mi propia historia. En suma, si los estados sentimentales pueden ser considerados como condiciones para los sentimientos, no son condiciones suficientes. Más bien, como tantas otras significaciones adquiridas, son aquello a través de lo cual las personas trascienden en movimientos creativos (aquí sentimientos como actos-movimientos), y aquello a través de lo cual nos vinculamos con otros de toda clase.
3. Indeterminación positiva de los estados sentimentales asociados al sentimiento. Es imposible determinar de antemano qué estados sentimentales pueden surgir de los sentimientos. Los sentimientos en cuanto movimientos son esencialmente creativos y fluidos. Lo que puede emerger derivándose de los sentimientos, especialmente dada la naturaleza dinámica de la persona, está abierto. Este es el caso incluso si un estado sentimental particular se asocia comúnmente con un cierto sentimiento (por ejemplo, el odio con el odiar). Esta indeterminación positiva respecto a qué estados sentimentales podrían emerger se debe también al hecho de que siempre existen circunstancias cambiantes, no solo cuando amo, odio, espero, temo, etc., de modo tal que puedo sufrir, soportar, estar dichoso, y así sucesivamente. Tomar conciencia del estado sentimental en el sentimiento, sin embargo, no necesariamente mitiga al sentimiento mismo.
4. Multiplicidad de estados sentimentales asociados al sentimiento. No solo es imposible determinar de antemano qué estados sentimentales podrían emerger de los sentimientos, sino que tampoco es posible agotar el número de estados sentimentales que emergen de los sentimientos. Esto se debe a la naturaleza dinámica de los sentimientos. Además, puede surgir más de un estado sentimental en relación con su sentimiento, pese a que pueda haber uno que resulte particularmente notorio, aunque, claro está, también podríamos no notar ninguno explícitamente.
El punto es que los múltiples estados sentimentales (o un complejo de estados sentimentales) pueden darse contemporáneamente a un sentimiento. Por ejemplo, puedo experimentar estados sentimentales positivos y negativos simultáneamente: estar disgustado, estar avergonzado, alivio y dicha en un acto emocional de arrepentimiento; podría experimentar tristeza, confort y sufrimiento en la compasión; o dicha, sinceridad, afecto, esperanza y nerviosismo al amar, etc. El orgullo puede producir vanidad, y luego puedo avergonzarme de mi vanidad mientras continúo llevando a cabo actos de orgullo y después estar contento y orgulloso de mis logros al mismo tiempo. Algunos de estos estados sentimentales pueden ocurrir al mismo nivel de la experiencia (digamos, siendo todos espirituales o variedades al interior de lo espiritual) o simultáneamente en diferentes niveles (psicofísico, espiritual, etc.).
Los estados sentimentales no solo pueden ser múltiples y compartidos (por ejemplo, a través del contagio). Debido a que se fundan en sentimientos, los estados sentimentales están también sujetos a manipulación. Puedo intentar hacer que otra persona sienta de una cierta manera, es decir, tratar de motivar o manipular el estado sentimental de otro: estar alegre, estar triste, enfadarse, encolerizarse, sentirse dependiente, estar de buen ánimo, etc. Sin embargo, estrictamente hablando, no puedo manipular el sentimiento del otro en cuanto acto-movimiento. El sentimiento en cuanto reactivo se origina del centro “creativo” de la persona, por ejemplo, a través de la incitación y en un nexo interpersonal. Aquí no hay manipulación, al menos en esta dimensión del experimentar. La ejemplaridad, por ejemplo, es distinta de la relación que tiene lugar entre líderes y seguidores, la cual admite relaciones coercitivas. Es dentro del paradigma de líderes y seguidores donde los estados sentimentales pueden ser manipulados. En este contexto, podría hacer cosas que un líder emblemático quisiera que yo haga, por ejemplo, actuar a partir de la ira, atacar extranjeros y así sucesivamente. Pese a ello, mi odiar, en cuanto acto-movimiento, solo sería llevado a cabo en la medida en que identifique personalmente de manera positiva el valor de lo que se ejemplifica en dicho líder emblemático, a quien yo mismo afirmo. En este caso, me vería atraído positivamente por el valor (objetivamente) negativo[22]. Pero esto no es la manipulación del sentimiento como tal, pese a que, como ya se dijo, los estados sentimentales podrían verse afectados de esta manera[23].
5. Mientras más profundo es el sentimiento, mayor exposición a los estados sentimentales. Mientras más profundo es el sentimiento (y mientras más expansivo sea, más fundante, más capaz de perdurar a través del tiempo), mayor capacidad tiene para infiltrarse en diversos niveles de realidad. En lo que respecta a los estados sentimentales, mientras más profundo es el experimentar, más conexiones tienen lugar entre los estados sentimentales de este nivel de sentimiento. Los estados sentimentales no se relacionan entre sí por el hecho de que puedan ser vividos uno al lado del otro, ni por el intento de yuxtaponerlos, sino por su conexión con sentimientos fundantes. Por esta razón, a mayor profundidad del sentimiento fundante, mayores conexiones entre los estados sentimentales posibles que pueden emerger en relación con su sentimiento fundante. Por ejemplo, un sentimiento espiritual como amar llega al núcleo de la realidad de un modo en el que los sentimientos psicofísicos no lo hacen –pese a que ambos son relaciones con respecto al valor–. Sin embargo, en cuanto comprendidos por el espíritu o delimitados por el amar, los sentimientos psicofísicos no se reducen en sí mismos al nivel vital; sirven como apertura a sus nexos interpersonales más allá de sí mismos[24].
6. Algunos estados sentimentales son menos posibles. Como corolario de lo anterior, se puede sugerir que, mientras más expansivo o comprehensivo resulta el sentimiento, menos posible es que los estados sentimentales contrarios emerjan. Por ejemplo, mientras más profundo y englobante es el amar, menor es la posibilidad de que surjan estados sentimentales negativos como los celos, los deseos de venganza, el odio y otros semejantes en otras áreas de mi vida o en otras ocasiones[25]. En un registro más positivo, mientras más profundo y comprehensivo es el amar, más tiende dicho amar hacia otras emociones como la compasión o hacia estados sentimentales como la dicha, la consolación, el deleite, incluso si las circunstancias puedan ser experimentadas en términos de tristeza.
7. Algunos estados sentimentales están esencialmente excluidos. Dada la naturaleza creativa de los sentimientos, dada la imposibilidad de determinar de antemano los estados sentimentales y dada la variedad de estados sentimentales que pueden emerger en sentimientos más profundos y englobantes, se puede preguntar si hay estados sentimentales excluidos a priori. Si bien hay una amplia posibilidad con respecto a cuáles estados sentimentales puedan surgir de los sentimientos, hay algunos estados sentimentales que están esencialmente excluidos de cara al sentimiento; es decir, ciertos estados sentimentales “no pueden” emerger de ciertos sentimientos. Por ejemplo, es imposible que la impaciencia emerja como resultado de la esperanza. Una observación similar puede hacerse con respecto al odio y la posibilidad de que surja del o durante el amar (Steinbock, 2014: 5).
8. Niveles de estados sentimentales. Los estados sentimentales pueden emerger en todos los niveles de existencia: estados sentimentales sensibles como el cosquilleo y el susto; estados sentimentales vitales como la simpatía o el disfrute; estados sentimentales personales como el odio, el asco, la tristeza, la ira, la furia, el estar enamorado, etc. Pero también hay estados sentimentales personales “espirituales” o “religiosos” que emergen en relación con lo sagrado.
La bienaventuranza y la desesperación son ejemplos comunes, pero existe un vocabulario muy desarrollado para dichos estados sentimentales en las tradiciones religiosas abrahámicas. Por ejemplo, santa Teresa de Ávila describe los estados sentimentales como “oraciones” o experiencias de la presencia de Dios: consolación, deleite espiritual, oración de quietud, heridas de amor, etc. Rabbi Dov Baer, un místico jasídico, describe los estados sentimentales propios de estos tipos de “alma”: nefesh/נפש, ruach/רוח, neshamah/נשמה, chayyah/חיה yechidah/יחידה. Rūzbihān Baqlī, el místico islámico del siglo xii, enumera más de mil términos, como
“paciencia”, “aceptación”, “risa”, la búsqueda de gente que dé testimonio, elogio y gloria, luz de manifestación, etc. Pero, en todos los casos, estos estados sentimentales acompañan el experimentar religioso dinámico dado de lo sagrado (y, por ello, una clase distinta de intencionalidad). Así, son tan múltiples y únicos como las experiencias dinámicas mismas.
El que estos estados sentimentales sean distintos del sentimiento –aquí de tipo religioso–, el que estén fundados en el sentimiento y puedan ser objetivados es evidente incluso en el caso de las experiencias de los místicos mismos. Por ejemplo, Teresa escribe acerca de una conversación en la que Dios la interpela diciendo que el punto de la relación con Dios no consiste en el disfrute de los estados espirituales, sino en el amar y el servir (1997: 606). También es común entre los místicos de la tradición abrahámica, así como entre los “contemplativos” en otras tradiciones, no otorgar demasiada importancia a lo que los estados sentimentales nos puedan decir acerca de las profundidades de la experiencia o de la falta del así llamado “progreso en asuntos espirituales”. Por ejemplo, lo que experimentamos como períodos de “sequía” puede, de hecho, ser testimonio de crecimiento espiritual, etc.[26]. El punto aquí es que estas observaciones ilustran de un modo diferente la capacidad de los estados sentimentales de ser objetivados, así como el hecho de que se derivan del sentimiento y, en todo caso, el hecho de que son irreductibles al sentimiento.
9. Variabilidad de los estados sentimentales entre niveles. Es importante no determinar un estado sentimental de manera restrictiva. Por ejemplo, los mismos estados sentimentales desde un punto de vista nominal pueden emerger en diferentes niveles de la experiencia y transformarse correspondientemente, dependiendo de la dimensión desde la que emergen. El contentarse personalmente con otro puede ser “más profundo” que el estar físicamente cómodo en ese momento, pese a que ambas cosas no se excluyen. También podemos detectar, por ejemplo, el estar contento, la dicha, la satisfacción, la quietud y la paz como ocurriendo en diferentes niveles de nuestra existencia, pero serán estados sentimentales distintos de acuerdo con la dimensión desde la cual emergen (GW 2: 99-126 [145-179]; GW 7: 23 [44]).
10. Los estados sentimentales pueden ser objetivados. A diferencia de un sentimiento, un estado sentimental puede ser objetivado en la reflexión sin perder su estructura esencial como estado sentimental. Una pasión (por ejemplo, estar apenado o alegre) puede convertirse en lo que yo llamo “condición” –es decir, un objeto explícito de autoconciencia– sin que esta última (la condición) pierda su carácter de estado sentimental. Un acto-movimiento perdería su carácter de acto-movimiento en dicha reflexión; con respecto a su movimiento dinámico, la reflexión no lograría captar el movimiento a través de la objetivación. Un estado sentimental íntimo que ocurre en y a través de sentir algo como portador de valor (este es el modo en que es vivido un estado sentimental cuando experimento un sentimiento como un acto-movimiento) es modificado de tal modo que sigue siendo un estado sentimental, aunque como una condición. Por ejemplo, al odiar, puedo sentir el movimiento negativo como un estado sentimental en su valencia negativa. En este caso, se da un sentimiento valorativo inmediato y directo, sobre la base del cual puedo luego conocer el estado sentimental afectado de modo que coincida con la negatividad en el odiar (GW 2: 253 [348]). Esto constituiría la pasión o el sentimiento como condición –ambos son estados sentimentales, pero vividos diferentemente–.
Para resumir, he sugerido que el corazón es una estructura distintiva de la experiencia que tiene su propia evidencia, una dimensionalidad o apertura que he llamado “esquema del corazón”. He articulado este esquema en términos de la distinción amplia entre sentimientos y estados sentimentales (emociones, sintonías, sentimientos psicofísicos en los primeros; pasiones o sentimientos, afectos y condiciones en los segundos). Los sentimientos tienen una relación directa con los estados sentimentales a través del proceso de autoafección, que produce la experiencia vivida que puede ser un objeto implícito de experiencia sin necesariamente tener una conciencia explícita de ella. Los estados sentimentales, como los afectos, se pueden objetivar en la conciencia explícita sin perder su carácter de estados sentimentales. Finalmente, he presentado diez características que articulan la relación entre sentimientos y estados sentimentales.
Referencias
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- Feelings and feeling-states in the schema of the heart. Traducción de Alexandra V. Alván León y Rodrigo Ferradas Samanez. Salvo por la introducción, este texto corresponde al primer capítulo del libro Knowing by Heart: Loving as Participation and Critique (Steinbock, 2021: 11-37).↵
- Stony Brook University. (Estados Unidos de América). anthony.steinbock@stonybrook.edu.↵
- No utilizo el término “esquema” en un sentido kantiano. La noción misma de “esquema” en la obra de Kant es ambigua. Por un lado, es una tercera instancia, una representación de una regla universal que provee a un concepto de una imagen; por otro lado, no es una tercera instancia mediadora en absoluto, sino el nombre de una determinación recíproca o, nuevamente, el nombre de la intuición dada en términos de las categorías como modos de conciencia del tiempo. Cf. Kant (1998); Wolff (1973).
Para Edmund Husserl, un esquema es una extensión corpórea plenificada sensorialmente, o una unidad en la multiplicidad de escorzos para la cosa material. Cf. Hua IV, especialmente § 32. Referencias a la Husserliana se citan usando la abreviación “Hua”, seguida por el volumen y la página, con el número de la página de la traducción castellana (de existir) entre corchetes. La bibliografía final contiene información completa de todos los volúmenes y traducciones citados. Maurice Merleau-Ponty también emplea el término “esquema corporal” (schéma corporel), pero lo usa como el experimentar de la actitud dinámica corporal global de mi cuerpo-vivido en relación con el mundo (o el “yo puedo” dinámico, característico de la relación cuerpo-mundo o percepción). En el lenguaje técnico de Kant, se trataría más bien de una imagen más que de un esquema, lo cual apoya la temprana traducción del término schéma corporel propuesta por Colin Smith: body-image (cuerpo-imagen) –sin embargo, la traducción puede resultar engañosa en inglés–. Cf. Merleau-Ponty (1945: 114).↵ - Esta observación la hace por primera vez, hasta donde sé, Max Scheler (GW 2: 262-263 [360-361]; citamos los textos de la Gesammelte Werke de Scheler empleando las siglas “GW”, seguidas del número del volumen, de la página correspondiente y, entre corchetes, del número de página de la traducción al castellano). La distinción está implícita en la diferenciación que propone Von Hildebrand entre lo que él llama “afectividad” como una respuesta valorativa y “pasiones” no intencionales; cf. The Heart (2007: especialmente 35-40, 69). Aunque Sartre se ocupa de los estados psíquicos en relación con la conciencia no reflexiva, su discusión no alude al corazón propiamente dicho, especialmente como una relación de sentimientos como movimientos intencionales en conexión con estados sentimentales. Cf. Sartre, La transcendance de l’ego: Esquisse d’une description phénoménologique (1966).↵
- Este parece ser el caso en pensadores de toda clase. Para nombrar unos cuantos, uno podría tomar en cuenta a Descartes (2006) o a Smith (1967). En la filosofía contemporánea, uno podría referirse a Solomon (1990; 1993); o Nussbaum (2015). Nuevamente, Sartre también tiende a reducir todos los sentimientos (o emociones) a estados sentimentales. Cf. Sartre (1966: 47-49, 75-76).↵
- Aunque este estilo puede ser muy dinámico –codinámico–, un “dueto constitutivo”, como Husserl lo llama.↵
- Para una descripción más detallada del significado del amor, cf. Knowing by Heart: Participation as Loving and Critique (Steinbock, 2021).↵
- “Una emoción es una perturbación aguda del individuo, de origen psicológico, y que implica conducta, experiencia consciente y funcionamiento visceral” (Solomon, 1990: 46-47). Los sentimientos, especialmente las emociones, a diferencia de lo que sostiene Nussbaum, no son juicios de valor (Nussbaum, 2008: parte 1, sección 1).↵
- Aunque en algunas ocasiones los términos “orientación” y “direccionalidad” son adecuados, este no siempre es el caso. ↵
- Cf. Steinbock (2021: ap. 1).↵
- Cf. mi texto “The Workings of Retention and the Dynamics of Affectivity”, Festschrift for John Drummond (en prensa); Zahavi (1999). ↵
- Para este sentido de “pasividad”, cf. la introducción del traductor al inglés de Hua IX (Steinbock 2001, xxxviii–l, passim).↵
- Se trataría del proceso de la vida absoluta afectándose a sí misma inmediatamente sin distancia en el modo de la revelación (Steinbock, 2018: cap. 3).↵
- Se puede entender como una autoafectividad íntima (integral al sentimiento) antes que como inmediata y radicalmente inmanente.↵
- “Sin embargo, puede ella misma [la simpatía o el co-sentimiento] ser portadora de valor, independientemente del complejo de valor de que se sigue la alegría ajena o el sufrimiento ajeno; pero el valor mismo no puede derivarse de ella” (Scheler GW 7: 18, nota [36, nota]). Para más detalles sobre dicha trasmisión por el entorno, cf. el capítulo titulado “Emotional Elasticity, Transmissibility, and the Affective Environment” de Casey (2021: cap. 9). ↵
- Para el carácter fundacional del sentimiento erótico, cf. el capítulo 4 de mi libro Knowing by Heart: Participation as Loving and Critique, en el que discuto el sentimiento erótico como la instauración de la intercorporalidad (Steinbock, 2021: cap. 4).↵
- De acuerdo con Scheler, una conciencia de la semejanza no tiene que darse con esta semejanza objetiva de las vivencias; no tiene que darse con el acto intencionalmente dirigido de “comprender”, “relacionarse con”, “captar”. El que yo tenga una vivencia “semejante” a otra vivencia mía o una vivencia “semejante” a la de otra persona no es un asunto de “comprensión” (GW 7: 22 [43]).↵
- Solo secundariamente, escribe Scheler, supone producir afectos, anhelos e intenciones de acción semejantes en el comportamiento psicofísico imitativo respectivo. Inicialmente, se trata de un proceso de unirse en los movimientos expresivos (como en el caso del miedo infeccioso de un rebaño sintiendo el miedo en el líder) (Scheler, GW 7: 23 [43-44]). Para más detalles sobre la afectividad del rebaño, cf. el capítulo titulado “Emotion in the Crowd and Under the Subject: Stern/Le Bon/Freud”, en Casey (2021: cap. 8).↵
- Cf. Steinbock (2021).↵
- Ofrezco una explicación más detallada de la relación de fundación en mi libro Knowing by Heart: Participation as Loving and Critique al discutir la relación entre el odiar y el amar (2021: cap. 8).↵
- Cf. Steinbock (2021: cap. 8). ↵
- Me ocupo de la relación de ejemplaridad y lo que la distingue del liderazgo en la obra Vocations and Exemplars (en prensa). ↵
- Agradezco a Donna-Dale Marcano por llamar mi atención sobre el problema de la manipulación en el contexto de la conexión entre sentimientos y estados sentimentales.↵
- Así, la confianza en cuanto emoción interpersonal es “más profunda” que la confiabilidad (la cual es un modo de funcionalidad práctica), pese a que no hay nada problemático con la confiabilidad (Steinbock, 2014: cap. 6).↵
- Afianzada en su amar a Dios, santa Teresa de Ávila escribe que hasta llegaríamos a apiadarnos del demonio. Cf. Su Libro de la vida. Pese a que he identificado diversos aspectos vinculados a la temporalidad del sentimiento, también hay una espacialidad del sentimiento. Esto está sugerido por las expresiones “profundidad”, “altura”, “apertura”, “expansividad”, “ampliación”, “estrechez”, “cerrazón”. De hecho, los sentimientos en cuanto verticales y delimitadores evocan dicha espacialidad.↵
- Me ocupo de esto en el capítulo sobre el discernimiento del corazón en Knowing by Heart: Participation as Loving and Critique (2021: cap. 6).↵






