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4 La analítica de la gubernamentalidad

4.1. Introducción

Luego de la descripción de los dispositivos de seguridad y de los nuevos problemas planteados por la gestión de la población urbana, la exposición se desplaza hacia lo que finalmente, constituye el marco general en el que hay que situar todas sus investigaciones sobre el poder: la historia de la gubernamentalidad. Nos encontramos, así, con una nueva ampliación de los análisis genealógicos de Foucault: ya no solo de la disciplina al biopoder, sino también del biopoder a la gubernamentalidad…

   

Castro, 2011a: 59

Tomando como punto de partida la reconstrucción propuesta a lo largo de los capítulos precedentes, a continuación me dispongo a profundizar la estrategia argumental anticipada en la introducción, de forma tal de cumplir con el objetivo de dar cuenta del modo en que Foucault problematiza las formas de objetivación inmanentes al discurso de las ciencias humanas al desplegar una crítica política del saber en su curso dedicado al estudio del liberalismo y el neoliberalismo como racionalidades de gobierno. Previamente, destaqué que el abordaje recurrente de las ciencias humanas elaborado por el filósofo se enmarca en una concepción de la filosofía como actividad de diagnóstico, señalé la manera en que la perspectiva arqueológica introduce un desanclaje de la epistemología de las ciencias humanas del interior de la relación sujeto-objeto –con el paralelo desplazamiento desde el problema normativo de la objetividad cognoscitiva hacia la problematización diagnóstica de las formas de objetivación– y repuse los “ecos arqueológicos de la genealogía”, de modo tal de reconstruir la riqueza de la noción de crítica política del saber en los términos de una arqueo-genealogía de las formas de objetivación. Seguidamente, analizaré cómo, efectivamente, se despliega la crítica política del saber en la lectura foucaultiana de la imbricación entre la formación de las ciencias humanas, fundamentalmente de la economía política, y la constitución del liberalismo y el neoliberalismo como racionalidades gubernamentales[1].

En términos formales, dividiré el capítulo en dos puntos y un apartado correspondiente a las conclusiones. En el primero, me detendré en la noción de gubernamentalidad como grilla, enfatizando la manera en que ella se liga con la trama reconstruida en el capítulo precedente entre la indicación de método consistente en “pasar afuera del objeto, la institución y la función”, la apuesta teórico-metodológica de “suponer que los universales no existen” y la propuesta de llevar a cabo una crítica política del saber. Tras lo cual, en el siguiente apartado, me ocuparé de revisar la manera en que Foucault elabora una crítica política del discurso de la economía política, al problematizar –en perspectiva arqueo-genealógica– la manera en que las formas de objetivación inmanentes a la formación discursiva de la economía política, en tanto saber, se encuentran imbricadas con la emergencia del liberalismo como forma de racionalizar la práctica del gobierno dentro del marco del ejercicio de la soberanía política. Particularmente, me refiero a la mutación en las formas de objetivación de la población y el mercado que permiten balizar el pasaje de la racionalidad gubernamental perfilada desde la grilla urdida por el análisis de las riquezas en el marco de la razón de Estado al surgimiento del liberalismo, indisociable de la formación de la economía política como grilla de reflexión acerca de cómo gobernar. En torno a ello, considero oportuno realizar la siguiente aclaración: atento a la pregunta-problema que recorre el libro, no es objetivo de este capítulo realizar una reconstrucción exhaustiva de la lectura foucaultiana de la racionalidad política liberal. Por el contrario, me propongo mostrar cómo despliega el pensador su arqueo-genealogía de los saberes en el marco de la introducción de la gubernamentalidad como grilla. En dicho contexto, repondré algunas cuestiones que resultan pertinentes de cara a la lectura propuesta en el capítulo siguiente, centrado en la crítica política del saber elaborada por Foucault en el seno de su abordaje de la formación y las mutaciones de la racionalidad de gobierno neoliberal.

4.2. La gubernamentalidad como grilla para la realización de una arqueo-genealogía de las formas de objetivación

La sociedad civil no representa la contraparte del Estado; no se forma contra el Estado, o en contraste con él, de tal manera que esté constantemente amenazada por la intervención o invasión del Estado. En cambio, representa el correlato de la tecnología liberal de gobierno.

  

Lemke, 2019: 98

En el curso de 1977-78, tras reformular la distinción entre la operatoria de la norma de la disciplina (anátomo-política) y la norma de los dispositivos securitarios (biopolítica), al contraponer normación y normalización, y destacar que las distintas tecnologías de poder no se suceden en una suerte de “eras”, donde una tecnología determinaría monolíticamente la forma de ejercicio del saber-poder al reemplazar a las precedentes, sino que lo que cambia es la tecnología dominante y el sistema de correlación formado entre los mecanismos securitarios, disciplinarios y jurídico-legales (Foucault, 2004a: 10; Blengino, 2018: 40-48, 2024: 23-35), el filósofo francés se propone analizar aquella forma de ejercicio del poder, entendido como gobierno (en tanto conducción de conductas), que tiene por blanco privilegiado a la población, tecnología de poder dominante a los dispositivos de seguridad, y por saber destacado a la economía política (Foucault, 2004a: 91-118). De este modo, relanza la investigación sobre las formas de ejercicio del saber-poder en la modernidad desde el estudio de la biopolítica hacia el proyecto más amplio de una historia de la gubernamentalidad. Ya que, como lo sostuviera D’Alessandro:

En el pensamiento de Foucault, el objetivo es comprender la ligazón entre los regímenes de verdad y las prácticas de gobierno político y económico que gestionan la vida. La biopolítica, por medio de los “discursos de veridicción” (de la biología y de la economía), objetiva al hombre, como ser biológico-viviente y como actor productivo/consumidor (2011: 57).

Justamente, en el curso de 1978-79 (Naissance de la biopolitique), al trazar la historia efectiva de la filial compleja de la procedencia del liberalismo y el neoliberalismo en tanto racionalidades gubernamentales, se propondrá estudiar el liberalismo como el marco de racionalidad en el que se formó la biopolítica (Foucault, 2004b: 24). Ahora bien, antes de adentrarme en la crítica política del saber económico que vertebra la arqueo-genealogía foucaultiana del liberalismo y el neoliberalismo, considero pertinente detenerme en la manera en que la grilla gubernamental se hace eco de una serie de propuestas de método. No puede desconocerse que en la arqueo-genealogía de la biopolítica, elaborada en el curso dictado en 1976 y en el primer volumen de su Histoire de la sexualité, Foucault había elaborado una crítica de las formas de objetivación de determinados saberes, aquellos que dieron lugar –en su imbricación estratégica con modos de ejercicio del poder– a la constitución del “hombre-cuerpo” y el “hombre-especie” (población) en tanto objetos de saber y blancos de intervención política. La manera en que trazó la historia efectiva de los dispositivos le permitió no quedar entrampado en una historia teleológica del devenir de las instituciones y sus respectivas funciones. Sin embargo, la caracterización de los polos que constituyen el biopoder como la conjunción entre la órgano-disciplina de la institución y la bio-regulación por parte del Estado parece quedar presa de una perspectiva que no logra completar lo que, en el curso de 1977-78, propondrá bajo la fórmula de “pasar afuera de la institución”. Más aún, en el caso particular de la regulación de los procesos que tienen lugar a nivel global, es decir, en la masividad poblacional, la institución a la que se vincula la biopolítica es ni más ni menos que el Estado, o sea, no una institución más, sino uno de los universales que permean las grillas arqueológicamente sedimentadas del pensamiento historiográfico, sociológico y de la filosofía política.

En sintonía con la cita que he colocado como epígrafe, y en consonancia con la reconstrucción propuesta en el capítulo precedente, sostengo que la introducción de la grilla gubernamental se enmarca en la apuesta de método de “pasar afuera del objeto, la institución y la función” y la propuesta introducida en el curso siguiente de “suponer que los universales no existen”. Al respecto, cabe introducir la siguiente cita del curso Sécurité, territoire, population:

¿Es posible resituar el Estado moderno en una tecnología general de poder que habría asegurado sus mutaciones, su desarrollo y su funcionamiento? ¿Podemos hablar de algo así como una “gubernamentalidad” que sería al Estado lo que las técnicas de segregación eran a la psiquiatría, lo que las técnicas disciplinarias eran al sistema penal, lo que la biopolítica era a las instituciones médicas? Esta es un poco la apuesta del curso (Foucault, 2004a: 124).

Por lo tanto, resulta plausible señalar que el redireccionamiento del enfoque desde la biopolítica hacia su marco de racionalidad, en el contexto de la realización de una historia de la gubernamentalidad, permite a Foucault desmarcar su problematización de la biopolítica de un enfoque “Estado-céntrico”[2]. Es decir que, tal como lo propone en el curso de 1978-79, la grilla gubernamental le permite trazar la filial compleja de la procedencia de las prácticas de racionalización del ejercicio del gobierno, al poner entre paréntesis los supuestos universales –el Estado, la sociedad civil, la economía, el mercado, el pueblo, el soberano– y ver qué historia puede hacerse. Razón por la cual cabe remarcar que la introducción de la grilla gubernamental permitirá al filósofo explicitar que el análisis microfísico del poder, condensado en su devenida clásica genealogía de la prisión en tanto dispositivo disciplinario (Foucault, 1975), no es una cuestión de escala, sino más bien de perspectiva (Foucault, 2004b: 191-220)[3]. Forma de problematización que habilita el trazado de la genealogía de la bipolaridad disimétrica de la economía y la política (Foucault, 2004b: 3-28; Lazzarato, 2005), y da lugar a una crítica de los modos de racionalización de la práctica del gobierno dentro del marco del ejercicio de la soberanía política que permite visibilizar el Estado, la sociedad civil y el mercado como correlatos, es decir, dispositivos, de las prácticas gubernamentales. En los términos del propio Foucault:

Intenté abordar la instancia de la reflexión dentro de la práctica de gobierno y acerca de la práctica de gobierno. (…) Intenté determinar la manera a través de la cual se ha establecido el dominio de la práctica del gobierno, sus diferentes objetos, sus reglas generales, sus objetivos de conjunto, con el fin de gobernar de la mejor manera posible. En suma, es (…) el estudio de la racionalización de la práctica gubernamental dentro del ejercicio de la soberanía política (2004b: 4).

De esta manera, el pensador perfila una herramienta para problematizar la política que, al tomar como apuesta de método la suposición de que “los universales no existen”, da lugar a una crítica que no se ciñe ni al registro jurídico-político, ni al sociológico ni al historiográfico. Como lo señalara el especialista Méndez, desde la perspectiva foucaultiana:

Cuando se analizan las prácticas mediante las cuales los hombres intentan dominarse entre sí, conviene no hacer como si las mismas estuviesen enmarcadas de antemano en algo llamado sociedad, soberanía o Estado. La cuestión consiste en evitar que estos términos se transformen en el a priori de las prácticas que analizamos (2020: 85).

El abordaje posnietzscheano de las relaciones de saber-poder, que atraviesa la propuesta de llevar a cabo una crítica política del saber, da lugar a un modo particular de interrogación que se distancia tanto de las mallas de la racionalidad jurídico-política articulada en torno al par sujeto (fundador)-soberano (fundado) como de las concepciones filosófico-históricas que se ocupan de trazar el devenir teleológico del derecho, la libertad y el Estado en su forma moderna. Pero también de las visiones sociológicas, económicas e historiográficas que anclan la crítica política en el devenir de la sociedad civil, en las leyes de la economía o en las transformaciones de las dinámicas y los procesos socioeconómicos. En consecuencia, resulta palpable la manera en que la indicación de método de “pasar afuera del objeto, la institución y la función”, la apuesta teórico-metodológica de “suponer que los universales no existen” y la propuesta de elaborar una crítica política del saber para problematizar el liberalismo y el neoliberalismo como racionalidades gubernamentales constituyen una cadena, una trama. Ahora bien, atendiendo al objetivo de este capítulo, a continuación, me ocuparé de analizar el modo en que Foucault problematiza las formas de objetivación inmanentes al discurso de los saberes acerca de “lo humano” al desplegar una crítica política del saber en Naissance de la biopolitique. En dicha investigación, dentro del amplio campo de estas ciencias, Foucault se detendrá particularmente en la economía política, cuya formación y mutaciones resultan indisociables de la constitución del liberalismo y de sus inflexiones contemporáneas en tanto racionalidades de gobierno[4].

4.3. La crítica política del saber económico como analítica de la gubernamentalidad liberal

Foucault sostiene que con el desarrollo de la economía política se estableció un nuevo principio para la limitación de la racionalidad gubernamental. Mientras que hasta ese momento la ley había funcionado como una limitación externa al gobierno excesivo, el nuevo principio –economía política– era interno a la misma racionalidad gubernamental. Esto significa que el gobierno no tenía que limitarse a sí mismo porque violara la libertad o los derechos básicos de los hombres, sino en vistas del aseguramiento de su propio éxito. (…) En su momento, esto hizo posible juzgarlas como buenas o malas [a las prácticas gubernamentales], no en los términos de algún principio legal o moral, sino en términos de verdad: proposiciones sujetas a la división entre lo verdadero y lo falso. De acuerdo con Foucault, la actividad gubernamental entró, entonces, en un nuevo régimen de verdad.

  

Oksala, 2013: 57

Si bien la problematización foucaultiana de la imbricación de la formación de la economía política y la constitución del liberalismo como racionalidad gubernamental es realmente minuciosa y rica en aristas, habida cuenta de la pregunta que anima la escritura de este libro en este apartado me detendré particularmente en algunos aspectos vinculados a la crítica política del saber económico, la que reconstruiré como una arqueo-genealogía de las formas de objetivación[5]. Puesto que, tal como me ocuparé de mostrarlo a continuación, en la lectura foucaultiana se destaca que de manera inmanente a la formación de dicho discurso se constituyeron como objetos de saber y blancos de intervención política, o de “no intervención”, la población y el mercado. Básicamente, lo que haré es revisar la manera en que la contraposición entre la “gubernamentalidad de los políticos” y la “gubernamentalidad de los economistas” se liga con la mutación que se produce en las formas de objetivación de la población y el mercado en el pasaje del análisis de las riquezas, como saber estratégico del ejercicio del gobierno racionalizado desde la perspectiva de la razón de Estado, a la economía política. Dicho de otro modo, analizaré la manera en que la realización de una crítica política del saber, en tanto crítica de las formas de objetivación, permite a Foucault dar cuenta de las rupturas en las formas de racionalizar la práctica del gobierno dentro del marco del ejercicio de la soberanía política, tal como la despliega en sus indagaciones sobre la configuración de las formas de la racionalidad política moderna y contemporánea, en el seno de su puesta en práctica de la filosofía como actividad de diagnóstico del presente.

En el inicio del curso Naissance de la biopolitique, el filósofo se ocupa de problematizar la forma en que se configuró la racionalidad política liberal, destacando su imbricación ineludible con la formación de la economía política. De este modo, inscribe su lectura del liberalismo como racionalidad de gobierno dentro de la senda abierta en el curso precedente en el que, tomando como blanco la concepción del “gobierno económico” acuñada en el seno de la perspectiva fisiocrática, se ocupó de reconstruir la distinción entre la “gubernamentalidad de los políticos”, anclada en el principio de la razón de Estado, y la “gubernamentalidad de los economistas”[6]. Desde la perspectiva de la razón de Estado, este resulta objetivado a partir de la asignación de un estatuto peculiar, en tanto se presenta al mismo tiempo como “existente” y como “algo a construir”. Justamente, esta forma de racionalidad gubernamental apuntará al fortalecimiento del Estado, de modo tal que –como contracara del ejercicio del gobierno– se diluya paulatinamente la brecha entre ambas aristas que se encuentran ínsitas en dicha forma de objetivación del Estado. Ello quiere decir que la inscripción del supuesto universal “Estado” en lo real lo marca al mismo tiempo como existente y deficiente, y configura una racionalidad de gobierno que apunta a subsanar sus deficiencias, acercando así el Estado “en tanto que ya existe” al Estado de acuerdo con “lo que debe ser” (Foucault, 2004a: 293- 318).

Esta forma de gubernamentalidad se configura fundamentalmente a partir de dos dispositivos que, articulando la política interior y la política exterior, constituyen las tecnologías de gobierno en las que se apoya dicha forma de racionalización gubernamental que se consolida en la Europa del siglo XVII. A nivel de la política exterior, se configura un dispositivo diplomático-militar que, Tratado de Westfalia mediante, buscará evitar que al interior del territorio europeo pueda acontecer un desbalance tal entre los Estados fuertes y los débiles que pueda dar lugar a la reedición del sueño imperial. Es decir que las relaciones internacionales intraeuropeas serán problematizadas bajo la lógica de la balanza, que busca mantener un juego equilibrado en la mecánica de las fuerzas entre los Estados, de modo tal que ninguno pueda consolidarse como un “nuevo Imperio romano”. Esa limitación de los objetivos de la política exterior, ligada a una racionalización de las relaciones internacionales desde una perspectiva que inscribe al Estado en una lógica del juego relativamente equilibrado entre Estados, que obtura la posibilidad de que el Estado pueda pensarse de manera singular y reeditar la pretensión de convertirse en “el Imperio de los últimos días”, será complementada con la expansión de una reglamentación exhaustiva a nivel de la política interior tendiente a incrementar la fuerzas del Estado, de forma tal de ahuyentar la posibilidad de un desbalance con respecto a la fuerza de los otros Estados que pueda desequilibrar la balanza y convertirlo en presa de un resurgimiento de la aspiración imperial intraeuropea. Esta reglamentación exhaustiva, articulada por medio del Estado de policía, trae aparejada una proliferación de intervenciones disciplinarias dirigidas, valga la redundancia, al incremento de las fuerzas del Estado (Foucault, 2004a: 319-370; Blengino, 2018: 92-108).

Cabe remarcar, entonces, que la política interna y la externa –con sus dispositivos específicos– se complementan dentro de una grilla de inteligibilidad que objetiva al Estado y lo inscribe en lo real como “algo a ser construido”. Ahora bien, en esa preocupación por el fortalecimiento del Estado, Foucault detecta que la población poseía un estatuto ambiguo, a lo que aludirá como su “presencia-ausencia”. En sentido estricto, lo que el filósofo muestra es que si bien la población resulta objetivada como una variable cuantitativa relevante a la hora de estimar la relación mecánica de fuerzas entre los Estados, dicha forma de objetivación no es equivalente a la que tendrá lugar a mediados del siglo XVIII con la emergencia de la Escuela fisiocrática. En otros términos, apela a la idea de una “presencia-ausencia” para dar cuenta de aquello que, a partir de la lectura que he venido desarrollando a lo largo del libro, constituyó una mutación en la forma de objetivación de la población (Foucault, 2004a: 261-291).

Enfatizo, entonces, que Foucault se detendrá en el hecho de que la población pasa de ser un mero dato cuantitativo, en el seno del análisis “mecánico” respecto de la “fuerza relativa” de los diferentes Estados dentro del marco de la denominada “balanza europea”, a cobrar un espesor y una densidad que la tornan un objeto de problematización privilegiado. De “mero dato” para el análisis de las riquezas, devendrá en “realidad espesa” atravesada por dinámicas que, paradójicamente, escapan a una matriz mecánica de problematización, y se convierte en blanco privilegiado del gobierno económico tal como fuera problematizado por la naciente economía política de la mano de François Quesnay y la Escuela fisiocrática francesa (Castro-Gómez, 2010: 163). Gobierno económico de la población que se erigirá en torno a la, devenida clásica, fórmula “laissez faire-laissez passer” y que se articulará estratégicamente a través de dispositivos de seguridad (Foucault, 2004a: 91-118). En este contexto, dado el carácter “intermedio” que cabría asignar al despotismo ilustrado propuesto por los fisiócratas, que promueven el respeto a las leyes que rigen el mercado pero, al mismo tiempo, sostienen la posibilidad de una mirada que pueda supervisar la totalidad del juego económico, viene al caso recordar la reconstrucción de la arqueo-genealogía foucaultiana elaborada por Díaz Marsá:

La economía política surgirá y se desarrollará en el seno de la razón de Estado, pero, en un principio, no tanto para limitarla (…) cuanto para incrementar las fuerzas y la riqueza del Estado. (…) Para que la economía política opere propiamente como un instrumento de limitación de la práctica gubernamental política habrá que esperar al surgimiento del liberalismo, con su elevación de un nuevo principio: ya no el Estado, sino el mercado (2016: 21).

Mientras que el análisis de las riquezas, configurado como un saber estratégico dentro del marco de la razón de Estado, objetiva la población como una variable más para dar cuenta de la fuerza relativa de los Estados, la mutación introducida por la economía política consistirá en que ella será objetivada como “realidad densa” frente al ejercicio del gobierno (Benente, 2018: 309-312). Como lo destacara Mauer:

Así, la misma naturalidad que torna refractaria a la población con respecto a los decretos del soberano, la vuelve, al mismo tiempo, accesible a técnicas de transformación, bajo la condición de que ellas sean esclarecidas, reflexionadas y calculadas: para actuar sobre ella deberán, en efecto, hacer jugar una serie de factores que se encuentran aparentemente alejados de la población (por ejemplo, los impuestos, la infraestructura, los flujos monetarios), pero a los cuales se encuentra ligada. (…) La población no es, entonces, ni una colección de sujetos jurídicos relacionados con una voluntad soberana, ni un conjunto de cuerpos individuales atrapados por instituciones disciplinarias. Ella reenvía, más bien, a una masa que se inserta dentro del régimen general de los seres vivientes y ofrece, por el mismo motivo, una superficie de agarre para las transformaciones reflexivas y calculadas (2015: 46).

De este modo, la arqueo-genealogía foucaultiana de las formas de objetivación inmanentes a los saberes permite captar la manera en que la objetivación de la población, perfilada en el seno de la naciente economía política de la mano de la fisiocracia, da lugar a una forma de problematización del ejercicio del gobierno en términos económicos que, valga la redundancia, hace de la población el blanco privilegiado del ejercicio del saber-poder por medio de dispositivos de seguridad. A mero título de ejemplo, vale la pena recordar la manera en que Foucault contrapone la forma de problematizar cómo gobernar el problema de la escasez según la racionalidad se apoye en dispositivos disciplinarios (mediante la reglamentación exhaustiva de la racionalidad propia del Estado de policía que se consolida a nivel interno con el advenimiento de la razón de Estado) o en dispositivos de seguridad, tal como se da, justamente, bajo la forma de gobierno económico de la población, articulado en torno al lema “laissez faire-laissez passer (Chignola, 2014: 48-49).

Mientras que desde la perspectiva disciplinaria (interna a la razón de Estado) se buscará intervenir de manera reglamentaria, articulando una policía de granos que propenda a evitar la ocurrencia de la escasez, las intervenciones securitarias, urdidas desde la perspectiva del “gobierno económico”, consideran que las citadas intervenciones reglamentarias (controles de precios, por ejemplo) no solo fracasarán con respecto al objetivo buscado, evitar la escasez que es precedida por el alza en los precios, sino que además agudizarán el problema. Por el contrario, propondrán entonces que hay que dar lugar al libre juego oscilatorio de los precios, de modo tal que se produzca una autorregulación. En otros términos, no se deberá buscar evitar la escasez, sino inscribir dicho problema en una suerte de “historia del grano” y, por ende, habrá que dejar que los precios se disparen con el fin de que, escasez mediante, se produzca su reacomodamiento correlativo a la superación de la situación de escasez. Básicamente, el esquema podría reponerse por medio de la siguiente secuencia: si los precios suben, por el desequilibrio entre la oferta y la demanda, lo único que generará la fijación reglamentaria de precios máximos es una agudización del problema, ya que desalentará el incremento de la producción e, incluso, fomentará toda una serie de maniobras –acopio o venta ilegal– que no harán más que empeorar la situación. Por el contrario, si se deja que los precios suban libremente, la propia situación de escasez se “autocorregirá”, debido a que los altos precios motivarán un aumento en la producción, lo que solucionará el problema y redundará en un reacomodamiento de los precios (Foucault, 2004a: 31-56). O bien, esta cuestión será solucionada mediante el comercio internacional, en el marco de una conceptualización del mundo como terreno a dominar económicamente. Forma de concebir el vínculo entre Europa y el resto del mundo que, como lo destacara Raffin (2022), Foucault señala que se forja en el pasaje del siglo XVI al siglo XVII y continúa vigente cuando dicta el curso Sécurité, territoire, population (2004a: 344).

De ahí la resonante distinción entre el modelo de la lepra (partición binaria propia de la soberanía), el de la peste (normación disciplinaria) y el de la viruela (normalización securitaria)[7]. El modelo de la lepra procede bajo una división binaria y una exclusión correlativa (el leproso recluido en el leprosario instalado en las afueras de la ciudad), los modelos de la peste y de la viruela conducen a dos formas de operación de las normas (Muhle, 2012: 194-195)[8]. En la normación disciplinaria, la definición de la norma es previa a la constitución de la normalidad, a la que se busca producir mediante intervenciones minuciosas que propendan a evitar la ocurrencia de aquello que –contrapuesto a la norma– se define como anormal. Así, en el caso de hacer frente al problema de la escasez, de lo que se trata desde una perspectiva normacionista es de intervenir reglamentaria y capilarmente para evitar que dicha situación se produzca. En cambio, los dispositivos securitarios proceden mediante una lógica normativa diferente –la normalización–, en la que la normalidad o mejor dicho, las curvas de normalidad, antecede(n) a la definición de la norma, que se establecerá como fruto del juego entre las normalidades diferenciales, a las que se dejará actuar de modo tal que, a través de intervenciones esclarecidas sobre el medio en que la población se encuentra emplazada, la oscilación de las curvas menos deseables se aproxime a las más deseables (Foucault, 2004a: 57-89). Este “libre juego”, análogo a la variolización, considerará la suba de precios y la escasez como fenómenos normales, que serán gobernados, justamente, en función de dicho carácter. Si la variolización permitía evitar el desarrollo de la viruela por medio de una inoculación administrada, de la misma manera los peores efectos de la escasez se evitarán dejando que la carestía y la escasez, en cuanto tales, se produzcan. Intentar evitarlo, por medio de políticas de controles de precios, sería no solo ineficiente, sino además y, sobre todo, contraproducente.

Si en Les mots et les choses la formación de las ciencias acerca de la vida, el trabajo y el lenguaje, en cuyo plexo se constituyeron las ciencias humanas, se enmarca dentro de la misma mutación epistémica, dicha imbricación entre la constitución de los distintos objetos de saber será retomada por Foucault en la clase del 25 de enero de 1978, al señalar que es la formación de la población como objeto de saber y blanco de intervención política lo que permite dar cuenta del pasaje de la historia natural a la biología, del análisis de las riquezas a la economía política y de la gramática general a la filología. Lección en la que, es oportuno recordarlo, el filósofo sostuvo que “el hombre” se formó –en el marco de dicha mutación epistemológica y ontológico-política– como una “figura de la población”. O sea que la constitución de la población funciona como operador estratégico que articula la mutación epistemológica y ontológico-política que aconteció en el marco del surgimiento de los dispositivos de seguridad que toman a la población –y las relaciones que esta establece con el medio en que se encuentra emplazada– como blanco de intervención.

En la clase mencionada, el filósofo destacó que la formación del discurso biológico darwiniano se inscribe, valga la redundancia, en el marco de la problematización de la población como objeto, que emerge como el elemento intermediario entre el organismo y el medio. En otros términos, la ruptura entre la historia natural y la biología se articula en torno a la mutación en la forma de objetivación de la especie, al pasarse de una concepción tipológica a una poblacional. De este modo, resulta patente en qué sentido, en línea con lo señalado 12 años antes en Les mots et les choses, el evolucionismo lamarckiano y el darwiniano no forman parte de la misma disposición epistémica. Ahora bien, dado que el discurso biológico darwiniano se articula con la problematización de la población condensada en la economía política malthusiana, esta solidaridad epistémica que tiene a la objetivación de la población como eje nos permite comprender que la emergencia de la biopolítica no es pensable al margen del surgimiento de la gubernamentalidad económica. Al respecto, hacemos propia la interpretación propuesta recientemente por López:

La alianza entre gobierno y economía política descansa sobre la conversión de las cuestiones que afectan a la población en asuntos de naturaleza económica. Ello le ha permitido al gobierno cuantificar y, por ende, medir e incluso intentar resolver los fenómenos propios de la población a través de cálculos estadísticos (2021: 19).

Ahora bien, en este contexto, resulta insoslayable que en la clase del 25 de enero de 1978, tras problematizar con mayor detenimiento la especificidad de la manera en que operan la normación disciplinaria y la normalización biopolítica (que tiene lugar en el seno de los dispositivos de seguridad), Foucault recuperará y reformulará explícitamente su arqueología de 1966. Si en su clásico libro de mediados de la década del sesenta la constitución de la vida, el trabajo y el lenguaje en tanto objetos de saber recortaron la figura del “hombre”, configurando una suerte de “cuasi-trascendentales” (Foucault, 1966), en la clase mencionada sostendrá que

De allí esta consecuencia: la temática del hombre, a través de las ciencias humanas que lo analizan como ser viviente, individuo trabajador y sujeto hablante, debe ser comprendida a partir de la emergencia de la población como correlato de poder y objeto de saber. Después de todo, el hombre (…) no es más que una figura de la población (2004a: 81).

De este modo, enfatiza la manera en que la emergencia de la población como objeto de saber y blanco de los dispositivos de seguridad se encuentra en la base de la mutación epistemológica que dio lugar al pasaje de la historia natural a la biología, de la gramática general a la filología y del análisis de las riquezas a la economía política (Castro-Gómez, 2010: 162; Sacchi, 2016: 32-33). Por ejemplo, retomando lo señalado previamente, respecto de la formación de la biología sostendrá que con Darwin la problematización de la población resulta fundamental, puesto que la mutación epistemológica que introdujo tuvo lugar por medio del pasaje de una concepción tipológica de especie a una concepción poblacional:

Darwin encontró que la población era el intermediario entre el medio y el organismo con sus efectos propios: mutaciones, eliminación, etcétera. Fue la problematización de la población al interior del análisis de los seres vivientes lo que permitió, entonces, el pasaje de la historia natural a la biología. La bisagra entre la historia natural y la biología debe buscarse por el lado de la población (Foucault, 2004a: 80).

Respecto de esta lectura propuesta por Foucault, cabe recordar que la noción de población resulta central en la articulación entre la economía política y la biología, ya que el propio Darwin reconoce que su concepción de la selección natural como mecanismo evolutivo se inspira en la manera en que Malthus problematizó la relación entre el crecimiento aritmético de los recursos y el geométrico de la población[9], es decir, el señalamiento de que la población aumenta más rápido que los recursos disponibles (Browne, 2007: 45-67). Según Darwin, la selección natural sería el producto de la conjunción entre dos factores, la descendencia con modificación y la desigualdad entre la tasa de reproducción y la tasa de supervivencia. En consecuencia, al producirse más organismos que los que llegarán a sobrevivir y reproducirse, las modificaciones que resulten contingentemente más aptas para determinado medio serán las que más proliferarán, dando lugar paulatinamente a la formación de variedades, subespecies y nuevas especies (Darwin, 1876)[10]. Dirá Darwin que, si en la cría de animales –sea para fines deportivos, estéticos o económicos– el criador selecciona artificialmente los reproductores en función de determinadas características que busca que prevalezcan en la descendencia, en la naturaleza la selección se produce sin ningún fin prefijado, fruto del carácter azarosamente más apto de una variedad que otra dentro de un medio, sujeto también a modificación. En ese sentido, respecto del modo en que se imbrica la constitución de la vida como objeto de saber y blanco de intervención, retomamos la esclarecedora lectura de Sacchi:

Puede decirse que la biopolítica es íntegramente dependiente, epistémica y ontológicamente, de los enunciados biológicos que afirman lo que la vida es, en qué consiste, cuáles son sus umbrales, y de los mecanismos que la biología pone a disposición para intervenir en los procesos biológicos a fin de alcanzar sus objetivos, la regulación, mejoramiento y optimización de la vida y la explotación de su potencia (2014: 75).

Cabe destacar que en el curso de 1978-79, el filósofo retoma la lectura desarrollada previamente sobre la emergencia de la propuesta fisiocrática de un “gobierno económico” para profundizar su rastreo de la filial compleja de la procedencia de aquellas formas de gobierno que, otorgándole a la economía política el carácter de saber estratégico respecto de cómo gobernar, consolidarán la bipolaridad disimétrica de la economía y la política característica de la modernidad capitalista. Por lo tanto, dedicará las primeras clases del curso a dar cuenta de la constitución del liberalismo como forma de racionalizar el ejercicio del gobierno, para lo que propondrá llevar a cabo una crítica política del saber económico (Foucault, 2004b: 3-75). Antes de proseguir con la reconstrucción de dicho curso, cabe recordar la lectura propuesta por el especialista Blengino respecto del modo en que, en la historia foucaultiana de la gubernamentalidad, se vinculan genealógicamente fisiocracia y liberalismo:

El punto de tránsito desde el arte de gobernar en la razón de Estado hacia la nueva gubernamentalidad biopolítica liberal se encuentra en la forma fisiocrática de racionalización del ejercicio del poder como práctica de gobierno. En efecto, la concepción fisiocrática de la economía política como ciencia –cuyo correlato había sido un tipo de intervención gubernamental orientado al campo poblacional– constituye el punto bisagra entre los tratados del gobierno político –dominantes desde el siglo XVII hasta mediados del siglo XVIII– y la emergencia de la forma liberal de reflexión sobre el gobierno económico (2018: 75).

Desde la perspectiva foucaultiana, el liberalismo es caracterizado como una forma de problematizar el ejercicio del gobierno que se articula en torno a la sospecha de que “siempre se corre el riesgo de gobernar demasiado”, ya que la problematización acerca de cómo gobernar se articula en torno a la búsqueda de evitar “gobernar en exceso”. Sobre este punto, destacará que el surgimiento de la economía política como saber crítico que busca limitar el “gobierno excesivo” se encuentra vinculado a la problematización del mercado como ámbito de veridicción. Nos encontramos, entonces, frente a una doble mutación: así como la población deja de ser un “mero dato”, y deviene en “realidad densa” frente al ejercicio del poder, el mercado pasa de ser un mero ámbito de jurisdicción (blanco de políticas de controles de precios, por ejemplo) a constituirse en ámbito de producción de la verdad. De esta manera, al aparecer “con espesor propio” frente al gobierno, el respeto a los “mecanismos del mercado” emergerá como una limitación interna al ejercicio del gobierno (Foucault, 2004b: 29-51). Ya no se trata de oponer una limitación externa al ejercicio del gobierno, apelando a argumentos jurídicos –la violación de un derecho, por ejemplo–, sino que las “verdades del mercado” operan como un filtro intrínseco a la práctica del gobierno, que de no “respetarlas” no comete una injusticia sino una torpeza cuyos efectos serán irremediablemente contrarios a lo buscado.

En consonancia con la reconstrucción propuesta en el párrafo precedente, resulta oportuno destacar que las prácticas gubernamentales serán susceptibles de ser analizadas no en términos de justicia e injusticia, sino de adecuación e inadecuación a las verdades inmanentes al mercado, cuyo respeto resulta fundamental para el “éxito” del gobierno, tal como fuera sintetizado en la interpretación de la lectura foucaultiana propuesta por la investigadora Johanna Oksala que he citado como epígrafe del presente apartado. Así, se consolida lo que el pensador denomina como un “gobierno frugal”, una suerte de “naturalismo” que hace del mercado una zona vedada para la práctica gubernamental, un blanco de “no intervención”. Tal como lo planteara Botticelli:

En la reconstrucción foucaultiana, el liberalismo busca producir una exterioridad configurada a partir del surgimiento de tres nuevos dominios: la población, la sociedad civil y el mercado. El carácter autónomo que se le adjudica a cada una estas instancias, combinado con la naturalización de la búsqueda del beneficio individual, justifica la necesidad de establecer barreras que defiendan las dinámicas de la vida social de la intervención estatal. En este sentido, el liberalismo aparece como una solución al problema del exceso de gobierno, como la respuesta a la necesidad de no gobernar demasiado (Botticelli, 2016a: 100).

En este punto, resulta fundamental la lectura que el filósofo propone de la noción de “mano invisible” del mercado en Adam Smith, condensada en su clásico libro de 1776 (Smith, 2016). Es conocida la sentencia del economista escocés según la cual la sociedad se beneficia del hecho de que cada individuo busque su propio interés particular en la medida en que es dicha búsqueda la que articula el funcionamiento del mercado. Esto es, lo que nos permite acceder a los bienes que necesitamos (por ejemplo, para alimentarnos), puesto que si en el mercado encontramos el pan que comeremos en la cena es gracias a que el panadero lo oferta atendiendo a su propio interés. En otros términos, si en el mercado encontramos lo que necesitamos, no es por “la bondad del panadero, carnicero o cervecero” ya que, como explícitamente sostenía Smith, es la búsqueda del interés individual la que redunda en el beneficio de la sociedad. De lo que se trata, entonces, es de orientar la práctica gubernamental en función del interés de los gobernados. Con respecto a esta cuestión, no debe perderse de vista que nociones como las de individuo, interés, homo œconomicus, etcétera, forman parte de los supuestos universales que la arqueo-genealogía del saber pone en cuestión y de cuyo surgimiento, en tanto correlato de las prácticas gubernamentales, se ocupa de trazar. Por lo tanto, antes de proseguir con la reposición de la lectura foucaultiana de Adam Smith, resulta fundamental recordar que la exterioridad constituye una característica fundamental de la perspectiva arqueo-genealógica y nos pone al abrigo de llevar a cabo una lectura apresurada que podría pasar por alto la distancia entre la crítica política del saber y el discurso que toma por objeto[11].

Al respecto, destacará Foucault que, ante la problematización liberal de que es gracias a “la mano invisible del mercado” que la búsqueda del interés individual redunda en un beneficio para la sociedad, la crítica ha apuntado unilateralmente hacia el “elemento mano” desatendiendo el adjetivo “invisible”. Por el contrario, la crítica política del saber económico que articula dicha indagación foucaultiana se detendrá en la noción de invisibilidad (Foucault, 2004b: 271-294).

Aunque excede las posibilidades de este trabajo, para ilustrar la posición de Foucault, me permito proponer la siguiente hipótesis: si las principales figuras que nutren la historia del pensamiento económico se han centrado en el elemento “mano”, se debe a que la crítica al pensamiento de Smith se inscribía en un registro epistemológico normativo que buscaba encontrar una forma más adecuada de abordar el mecanismo del mercado, superando así las limitaciones de la interpretación propuesta por el economista escocés. En cambio, en tanto que Foucault no pretende dar cuenta de dicha problemática, es decir que no se propone rectificar el análisis de Smith y “superarlo en su propio terreno”, desplaza la mirada hacia el adjetivo “invisible”, debido a que (como mostraré a continuación) le resulta fundamental para señalar de qué manera se imbrican las formas de objetivación inmanentes al discurso de la economía política con los modos de racionalización de la práctica gubernamental dentro del marco del ejercicio de la soberanía política. Sin ánimos de perder el eje del capítulo, considero que este señalamiento resulta fundamental, puesto que el registro en que se ubica la crítica foucaultiana, y correlativamente de lo que no se ocupa, ha dado lugar a interpretaciones unilaterales, como si por no cuestionar –en un registro económico– cómo piensa Smith el mercado, lo estuviera avalando[12].

La pregunta arqueo-genealógica sería, entonces, ¿qué forma de objetivación vertebra la caracterización de la “mano invisible del mercado” en lo que tiene de invisible? Dicho de otra manera, ¿de qué invisibilidad se trata? Al respecto, enfatizará Foucault que dicha forma de problematización obtura la posibilidad de la soberanía económica (Blengino, 2018: 213-215), puesto que la invisibilidad aludiría a la imposibilidad de tener una visión completa del mecanismo del mercado. O sea que la complejidad del mercado es tal que resulta imposible que pueda configurarse una mirada capaz de totalizar el juego económico. El complejo mecanismo del mercado opera en tanto se lo deje actuar libremente y resulta entorpecido ni bien se pretende tener una (“imposible”) visión completa que buscaría dar lugar a una forma de intervención dirigida (“torpemente”) hacia el beneficio de la sociedad. Valga la redundancia, “no es la bondad del panadero” la que me permite acceder a los bienes necesarios para mi sustento, sino que es la búsqueda de su propio interés la que, ciegamente y sin proponérselo, me ofrece lo que necesito para cenar. En ese sentido, si el mercado resulta objetivado de forma tal que se encuentra articulado por la búsqueda del interés individual y resulta imposible tener una visión total de su dinámica, lo que tornaría imposible una intervención esclarecida que se colocara por encima del interés individual, el Estado resulta objetivado como aquel que, en tanto “no puede ver”, no puede ni debe intervenir sobre el mercado. La invisibilidad del mecanismo del mercado, que liga el interés particular con el beneficio de toda la sociedad, impide que en el marco del ejercicio de la soberanía política el gobierno pueda proponerse actuar deliberadamente sobre el mercado en vistas al beneficio de la sociedad en su conjunto. En consecuencia, la “invisibilidad” –como nota distintiva de los mecanismos del mercado que ligan la búsqueda del interés individual con el beneficio de la sociedad–, trae aparejada la objetivación del mercado como ámbito de “no-intervención” por parte del Estado.

Sobre este punto, no resulta ocioso recordar que, en la clase del 5 de enero de 1983 a la que he aludido en el primer capítulo del presente libro, Foucault reivindicará el ejercicio de la crítica como actividad de diagnóstico de la actualidad frente a la crítica comprendida como analítica de la verdad, preocupada por las posibilidades del conocimiento y sus límites infranqueables (Foucault, 2008: 22). Justamente, el pensador francés se ubica en la posteridad de la crítica erigida en torno al Kant que se interroga por su propio presente en el opúsculo dedicado a la pregunta por la Ilustración, frente a la posteridad erigida a partir del Kant de la Crítica de la razón pura. Al respecto, en la onceava clase de Naissance de la biopolitique, al desbrozar el citado problema de la mano invisible del mercado en Adam Smith, Foucault situó la imposibilidad de una mirada que pueda totalizar el juego económico, que descalifica la posibilidad de una soberanía económica, como el antecedente inmediato del Kant que en el clásico de 1781 se ocupó de dar cuenta de las posibilidades del conocimiento y sus límites infranqueables. Así, cinco años antes de que el filósofo de Königsberg señalara que Dios, el alma y el mundo como totalidad, o sea, los pretendidos objetos de las metafísicas especiales, no son cognoscibles, el economista escocés remarcó la imposibilidad de una mirada que pueda totalizar el juego económico. Cuestión que tiene como contrapartida la descalificación de la posibilidad del ejercicio de la soberanía económica. Por lo tanto, la grilla forjada por los saberes acerca de “lo humano” y la disposición epistemológica a partir de la que se erigen pueden funcionar como condición de posibilidad de determinadas prácticas de saber-poder y, paralelamente, como condición de imposibilidad de otras.

Resulta palpable, entonces, la manera en que se engarzan la grilla gubernamental, la puesta en cuestión de los universales, el pasaje afuera del “objeto, la institución y la función” y la propuesta de llevar a cabo una crítica política del saber. Dado que el pasaje afuera de la institución Estado, paralelo de la suposición de que los universales (Estado, sociedad y mercado) no existen, se articula con la crítica política del saber económico, entendida como arqueo-genealogía de las formas de objetivación. Modo de ejercicio de la crítica que le permite a Foucault dar cuenta de la manera en que, de forma inmanente a la constitución de la economía política (imbricada con el surgimiento del liberalismo como racionalidad gubernamental), acontece una mutación en las formas de objetivación. Dicha mutación es ostensible, por ejemplo, en la formación del Estado y el mercado como objetos, que da lugar a una transformación radical respecto de cómo racionalizar el ejercicio del gobierno dentro del marco de la soberanía política. Si el mercado resulta objetivado e inscripto en lo real como ámbito de producción de la verdad, cuyos mecanismos de articulación interna entre lo individual y lo social operan de modo invisible, bloqueando la posibilidad de que una mirada soberana pueda reconocer sus intersticios, el Estado resulta objetivado paralelamente como aquello que debe “autolimitarse” para evitar “gobernar demasiado” y caer “torpemente” en intervenir sobre un ámbito de la realidad cuyo funcionamiento resulta incompatible con la intervención de la “visible mano del soberano”. Si la dinámica del mercado requiere de la búsqueda libre del interés individual, y la conjunción de la búsqueda de intereses individuales resulta articulada por una “mano invisible”, cualquier intervención que implique “meter la mano” en dicha dinámica será contraproducente. Por ende, si el gobierno desconoce dicha necesidad de “autolimitación” y propone intervenciones tendientes a procurar el beneficio del conjunto, no hará más que “entorpecer el natural desenvolvimiento del mercado”, imposibilitando que tenga lugar dicho beneficio.

Por otra parte, para completar la revisión del abordaje foucaultiano de la formación del liberalismo clásico como racionalidad de gobierno, resulta clave recordar que de manera correlativa a la mutación en las formas de objetivación, se produce una torsión de la agenda de política interior y de política exterior. Si la objetivación del mercado como ámbito de veridicción, por un lado, trae aparejada una puesta en cuestión de la reglamentación exhaustiva desplegada desde el prisma del Estado de policía –como forma de problematizar cómo obtener a nivel de la política interna el fortalecimiento del Estado buscado por la gubernamentalidad articulada en torno al principio de la razón de Estado–, por el otro, conlleva una ilimitación de los objetivos de política exterior con el advenimiento del imperialismo, estrechamente vinculado a la problematización del comercio internacional ligada a la visión “naturalista” del mercado. Tal como lo planteara en las notas sobre las que se basó al dictar la clase del 10 de enero de 1979:

La autolimitación de la práctica gubernamental por parte de la razón liberal fue acompañada de la explosión de los objetivos internacionales y de la aparición de los objetivos ilimitados con el imperialismo. (…) Con la emergencia de la economía política, con la introducción del principio limitativo dentro de la práctica gubernamental misma, se produjo una sustitución importante, o más bien una duplicación, puesto que los sujetos de derecho sobre los que se ejerce la soberanía política aparecen como una población que un gobierno debe gestionar[13] (Foucault, 2004b: 24).

Sobre este punto, resulta crucial la reconstrucción propuesta por Blengino (2018), en tanto que destaca el modo en que la crítica foucaultiana advierte que Europa se piensa a sí misma como el espacio en el que tiene lugar un juego entre naciones cuya apuesta es el mundo, forma de problematización imperialista del vínculo entre Europa y el resto del mundo que emerge como contracara de la mutación en el cálculo económico respecto de la lógica de “suma cero” que impregnaba la concepción mercantilista. Esto es que el mundo como terreno de conquista habilita la posibilidad de que el comercio internacional no sea un mero juego de equivalencias entre las potencias[14].

Por lo tanto, sostengo que en el marco de la arqueo-genealogía foucaultiana del liberalismo, en tanto prisma reflexivo gubernamental, el filósofo elabora una crítica epistemológica y ontológico-política respecto de las formas de objetivación inmanentes a la formación del discurso de la economía política. Debido a que no se trata de desplegar una crítica normativa que denuncie la “falta de objetividad cognoscitiva” de la ciencia económica, sino de abordar el discurso de la economía política con vistas a problematizar qué objetos se constituyeron de modo inmanente a la formación de dicho saber, inscribiéndose estratégicamente en “lo real”. En ese sentido, el liberalismo se consolida, en estrecha vinculación con la formación del discurso de la economía política, como una forma de “gobierno esclarecido”, cuyo ejercicio no puede desconocer la “realidad espesa” del mercado, a cuyas verdades debe adecuarse; puesto que, en términos del propio Foucault, el mercado es ni más ni menos que la epidermis ante la que deben ajustarse las prácticas gubernamentales según la perspectiva liberal.

De lo que se trata, entonces, es de la conformación de una forma esclarecida de gobernar, cuya matriz estratégica de reflexión se perfila a través de la grilla de inteligibilidad inmanente al discurso de la economía política (Lemke, 2019: 93-99). Cabe enfatizar, así, que se encuentra allí una crítica de la economía política en tanto saber que, por ende, se coloca por fuera de la relación sujeto-objeto y prescinde de una preocupación epistemológica normativa. El trabajo epistemológico de archivo sobre la formación del discurso económico es jalonado por objetivos ontológico-políticos en la medida en que apunta a dar cuenta de la manera en que las formas de objetivación inmanentes a dicho saber configuran la grilla a partir de la que se definen los blancos de la práctica gubernamental y los criterios para evaluarla; formándose, por ejemplo, “la población” y “el mercado” como objetos de un discurso cuya modalidad enunciativa configura al economista como sujeto legítimo de la enunciación de la verdad acerca de cómo gobernar.

4.4. Conclusión

Al realizar la arqueo-genealogía del liberalismo, Foucault señala que hacia mediados del siglo XVIII, en las sociedades occidentales, se constata una transformación radical de la racionalidad del gobierno que va a caracterizar lo que se puede denominar la “razón gubernamental moderna” (…). ¿Qué es lo que permitió esta transformación radical, esta emergencia de una limitación interna de la razón gubernamental? La aparición de la economía política. De esta manera, todo un plan de acción gubernamental pasará a un nuevo régimen de verdad.

   

Raffin, 2021a: 312

A lo largo del presente capítulo he analizado un fragmento de la crítica política del saber económico, como parte constitutiva de los saberes respecto de “lo humano”, que Foucault desarrolla en Sécurité, territoire, population y Naissance de la biopolitique. Tomando como punto de partida la lectura presentada en los capítulos precedentes, me detuve en la manera en que elabora una crítica arqueo-genealógica de las formas de objetivación inmanentes a la constitución de la economía política, cuya formación indaga al trazar el surgimiento del liberalismo como racionalidad gubernamental. Dicho modo de racionalizar el ejercicio del gobierno dentro del marco de la soberanía política se encuentra imbricado con la configuración de la economía política, que constituye un saber estratégico dentro de las formas de reflexionar acerca de cómo gobernar.

En ese sentido, para captar la especificidad de la arqueo-genealogía foucaultiana desarrollada en los cursos, en tanto modo de ejercicio de la crítica (concebida como actividad de diagnóstico del presente), en el primer apartado me aboqué a la reconstrucción de la trama formada por la grilla de la gubernamentalidad con las apuestas de método que he abordado en el capítulo anterior, es decir, la propuesta de “pasar afuera del objeto, la institución y la función”, “suponer que los universales no existen” y elaborar, en perspectiva antihistoricista, una crítica política del saber. En esa línea, enfatizo que la grilla gubernamental permite realizar una crítica de las formas de objetivación, señalando la manera en que, inmanentemente a las prácticas, se forman los supuestos universales, como es el caso de aquellos que constituyen el “lugar común” del pensamiento sociológico, historiográfico y de la filosofía política, como son “el Estado”, “la sociedad civil”, “el mercado”, “la economía”, “el pueblo”, “el soberano”, etc.

En el siguiente punto, me ocupé de desbrozar el modo en que la arqueo-genealogía foucaultiana de las formas de objetivación se despliega en su lectura de la filial compleja de la procedencia de la racionalidad política liberal. En torno a lo cual me detuve en señalar que la imbricación epistemológico-política que permea la formación del discurso de los saberes acerca de “lo humano” opera como condición de posibilidad de ciertas prácticas de saber-poder, así también como condición de imposibilidad de otras. Al respecto, cabe destacar la manera en que la imposibilidad epistémica de constitución de una mirada que pueda totalizar el juego económico socaba la posibilidad del ejercicio de la soberanía económica.

Ahora bien, habida cuenta de que la perspectiva foucaultiana apunta a desbrozar la especificidad de las prácticas, cabría preguntarse qué torsiones se produjeron a lo largo del siglo XX, que configuraron el surgimiento y la radicalización de la racionalidad neoliberal. ¿Implica ello que solo haya rupturas entre el liberalismo clásico y el neoliberalismo? A estas cuestiones me abocaré, entonces, en lo que sigue en el último capítulo del libro.


  1. En sentido estricto, el abordaje foucaultiano del neoliberalismo será objeto del siguiente, y último, capítulo. A continuación profundizo y reelaboro ideas trabajas parcialmente de manera previa (Dalmau, 2022).
  2. Cabe aclarar que no sostengo que el abordaje foucaultiano de la biopolítica tenga un carácter Estado-céntrico, sino que la introducción de la grilla gubernamental le permite asir mejor determinadas formas de ejercicio del saber-poder en las que la estatalidad interviene como correlato de prácticas que toman por blanco la masividad poblacional.
  3. Retomando la aclaración introducida en la nota precedente, querría enfatizar que si el previo abordaje microfísico de los dispositivos disciplinarios permitía que la caracterización de uno de los polos del biopoder como “órgano disciplina de la institución” no fuera tomada al pie de la letra (esto es, que resultaba ostensible que la noción de institución no funcionaba como grilla), ante el tratamiento de prácticas ligadas a la masividad poblacional, caracterizadas como “bio-regulación por parte del Estado”, era necesario que Foucault especificara en qué sentido dicha apelación a la estatalidad no implicaba valerse del Estado como grilla. Justamente, esa aclaración que echa por tierra la posibilidad de caracterizar la biopolítica foucaultiana como una perspectiva Estado-céntrica vendrá dada por el citado desplazamiento operado por el filósofo mediante la introducción de la gubernamentalidad como grilla de inteligibilidad.
  4. Tal como fuera señalado previamente, el tratamiento de las inflexiones contemporáneas del liberalismo será abordado en el capítulo siguiente.
  5. Una reconstrucción exhaustiva de las distintas aristas que componen la analítica foucaultiana de las formas de gubernamentalidad moderna y contemporánea puede consultarse, entre otros, en los trabajos de Lemke (2019), Salinas Araya (2014) y Blengino (2018, 2022).
  6. En este punto, retomo, reformulo, reelaboro y profundizo algunas ideas presentadas previamente a manera de esbozo preliminar (Dalmau, 2019, 2022).
  7. De todos modos, resulta oportuno destacar nuevamente que en el contexto de dichas clases Foucault sostuvo que no puede pensarse la emergencia de tecnologías de poder como si su constitución acarreara el monopolio de una “era”, en la que se reemplazarían por completo las técnicas preexistentes. Por el contrario, destacará que lo que se modifica es la correlación y articulación entre las diferentes tecnologías de poder.
  8. Si bien me he remitido a la lectura de Maria Muhle en más de una oportunidad, quisiera destacar que no comparto la manera en que tiende a aproximar la perspectiva de Foucault con la de Canguilhem respecto del problema de las normas. Discutir este tópico excede las posibilidades del presente de libro; sin embargo, considero oportuno remarcar dos cuestiones. Por un lado, dicha forma de lectura aproxima la arqueo-genealogía foucaultiana al vitalismo, pasando por alto tanto la exterioridad del enfoque arqueo-genealógico como así también la manera en que Foucault caracteriza como una “ingenuidad” la estrategia filosófica consistente en intentar escapar al idealismo apelando a Spinoza (Foucault, 2011: 28). Sobre este punto, resulta atinada la lectura propuesta por Mauer, quien dedica la segunda parte de su libro (2015: 75-120) a discutir las interpretaciones “naturalistas”, que acercan a Foucault con Kojève, y las “vitalistas”, que lo aproximan a Deleuze. Por otro lado, considero que el mayor peligro que acarrean dichas lecturas se vincula con la manera en que habilitan ciertos desplazamientos interpretativos que pueden decantar en una aproximación de Foucault hacia el neoliberalismo. Básicamente, si Foucault adoptara, al igual que Canguilhem, una lectura meramente “antipositivista” ante el problema de las normas, podría considerarse que –desde su perspectiva– resulta deseable la normalización securitaria (inmanentista) frente a la normación disciplinaria, lo que tendría como corolario que Foucault podría “entusiasmarse” con la borradura antropológica del criminal que frente al positivismo decimonónico trae aparejada la teoría del capital humano desarrollada por la Escuela de Chicago, a la que aludiré en el siguiente capítulo. Dicha forma de lectura del pensamiento de Foucault se aproxima a la articulada, entre otras/os, por De Lagasnerie, quien sostiene que Foucault reivindica el neoliberalismo, interpretación que apoya –en parte– en la reducción de la crítica foucaultiana de las formas de ejercicio del saber-poder en la modernidad en términos de “crítica del poder disciplinario” (De Lagasnerie, 2012). Por lo tanto, allí donde Foucault “afina el lápiz” y “calibra” mejor el diagnóstico, según ciertas lecturas “encontraría” –paradójicamente– una forma de pensamiento con la que alinearse (Jacomino & Jacomino, 2016). Como lo reconstruyera Candiotto, quienes ven en Foucault un autor que promueve el neoliberalismo tienen como punto en común el considerar que el supuesto entusiasmo del francés se ligaría al carácter ambiental, ligado a la intervención sobre las reglas de juego de las técnicas de gobierno que articularía el neoliberalismo frente al modo disciplinario de sujeción interna de los individuos (2022: 53).
  9. Hipótesis central del ensayo que el economista inglés escribiera a fines del siglo XVIII, en el que se ocuparía de objetar la pertinencia de las leyes de pobres (Malthus, 1798).
  10. Al caso particular de la formación de la especie humana le dedicará la primera parte del libro The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex (1882: 5-206). Si bien no es objetivo de este trabajo evaluar la lectura foucaultiana desde las preguntas propias del campo de la historia de las ciencias, querría destacar que en dicho texto darwiniano resulta palpable, acorde con la reconstrucción propuesta por Foucault, la ligazón entre la formación de la vida como objeto de saber y la constitución de las ciencias con radical psi, en tanto problematizan al hombre como “ser viviente” (Foucault, 1966).
  11. Como ocurre, por ejemplo, en las interpretaciones endebles que ven a Foucault adscribiendo a la tradición de pensamiento (neo)liberal.
  12. Esta unilateral manera de leer los trabajos de Foucault resulta frecuente entre quienes pretenden relativizar el carácter crítico de su arqueo-genealogía del liberalismo y el neoliberalismo.
  13. Hacia el final del curso, Foucault retomará esta tensión entre el espacio de soberanía y la población a gestionar, duplicidad que reaparece en los términos de la irreductibilidad del sujeto de derecho y el sujeto económico (de interés) como la base a partir de la que se erigirá la problematización de la sociedad civil en el discurso de Adam Ferguson (2004b). Sociedad civil, noción que se presenta como un universal y que, por lo tanto, la arqueo-genealogía se ocupa de problematizar en tanto correlato de la tecnología liberal de gobierno.
  14. Paralelamente, Blengino vincula dichas críticas elaboradas por Foucault con la cobertura que el filósofo realiza en ese momento, en un tono abiertamente antiimperialista, respecto de la revolución iraní. Insisto, una vez más, que si bien entablar dicha discusión excede las posibilidades del presente libro, encuentro realmente insostenibles las lecturas que pretenden relativizar el carácter crítico de la arqueo-genealogía foucaultiana del liberalismo y el neoliberalismo. Por otro lado, quisiera señalar que una reconstrucción minuciosa de la cobertura foucaultiana de la revolución iraní, enmarcada en una preocupación por la noción de política en el pensamiento de Michel Foucault, se encuentra en un artículo recientemente publicado por Raffin (2021b: 169-197).


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