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5 Torsiones epistemológico-políticas

El surgimiento y la radicalización de la gubernamentalidad neoliberal

5.1. Introducción

Pero ¿de dónde emerge esta expansión frenética del mercado y su poder de clase? La respuesta a esta cuestión se halla en un principio decisivo que opera en la gubernamentalidad neoliberal: la comprensión del mercado desde el valor de la competencia y la afirmación de la desigualdad. Aquí resulta fundamental comprender que la competencia no es considerada como un dato natural (…), sino como un elemento formal que corresponde producir.

   

Castro-Orellana, 2023: 55-56

A partir de la reconstrucción propuesta en el capítulo precedente, a continuación me propongo indagar la crítica que Foucault despliega en el curso dictado en el Collège de France durante el ciclo lectivo de 1978-79 –Naissance de la biopolitique– en el que elabora una problematización en torno del neoliberalismo caracterizado como racionalidad de gobierno[1]. Es decir que, tras haber revisado la manera en que el filósofo aborda la imbricación entre la formación de la economía política y el surgimiento de la gubernamentalidad liberal, me ocuparé de las inflexiones contemporáneas de dicha racionalidad. Tarea para la que resulta central dar cuenta de la manera en que el pensador problematiza las torsiones que tuvieron lugar en el discurso de la economía política. En primer lugar, me detendré, entonces, en la forma en que rastrea la emergencia del neoliberalismo en la Europa de entreguerras; tras lo cual, en el siguiente punto, pondré el foco en su problematización de la teoría del capital humano desarrollada por la Escuela de Chicago, en tanto radicalización de la gubernamentalidad neoliberal. Por último, cerraré el capítulo por medio de un breve apartado de reflexión final. De modo tal de estar en condiciones, luego, de retomar la argumentación desarrollada y presentar las conclusiones del libro.

Por otro lado, antes de dar paso a los apartados en los que se abordan las cuestiones previamente explicitadas, resulta indispensable recordar que no es objetivo de este trabajo entablar una discusión con quienes sostienen que Foucault habría sucumbido a cierta “tentación neoliberal”. Es decir que, dado que el filósofo explicita al comienzo del curso que se propone llevar a cabo una crítica política del saber, contrapuesta a la crítica de la ideología, me propongo –tal como lo he venido desarrollando a lo largo de los capítulos precedentes– dar cuenta del tipo de crítica que despliega. Por ende, si bien realizaré una lectura diametralmente opuesta que la perfilada por quienes consideran que el pensador sucumbió ante el neoliberalismo, la puesta en discusión de dichas interpretaciones no constituye el objetivo del presente capítulo. Sin embargo, dada la relevancia que estas lecturas han cobrado dentro del campo de estudios foucaultianos, considero oportuno mencionarlas. En torno a ello podrían destacarse dos tipos de lectura, la desplegada por Geoffroy de Lagasnerie (2012), que “celebra” la presunta “conversión” de Foucault al neoliberalismo, y la de quienes objetan esta supuesta deriva foucaultiana desde un enfoque cercano al marxismo como, por ejemplo, Daniel Zamora (2016: 75-97, 2021: 298-325). En tercer lugar, cabría mencionar la interpretación de Edgardo Castro (2018: 1-32), que sin caer en afirmar que el filósofo haya sucumbido al neoliberalismo, destaca que en pos de distanciarse de la izquierda marxista Foucault se sintió atraído por algunos desarrollos del pensamiento neoliberal. En contraposición, la reconstrucción propuesta a continuación se enmarca en la línea de publicaciones que, con matices, han objetado dichas interpretaciones y han reivindicado el carácter crítico de la genealogía foucaultiana del neoliberalismo. A modo de ejemplo, cabe destacar los trabajos de José Luis Villacañas (2016: 109-118) y de Pablo Méndez (2020b: 17-41), que tienen por blanco la lectura de De Lagasnerie, el de Rodrigo Castro Orellana (2021: 110-146), centrado en las interpretaciones de Zamora, y el abordaje integral de dichos enfoques desarrollado por Marcelo Raffin (2021: 305-338).

5.2. La emergencia de la gubernamentalidad neoliberal en la Europa de entreguerras

Para el liberalismo clásico, el mercado es un lugar de intercambio pacífico entre los individuos, capaz de autorregularse espontáneamente. La sociedad civil posee la capacidad de maximizar el bienestar colectivo sin la necesidad de la intervención del soberano, que debe limitarse a garantizar las condiciones de ejercicio de la libertad económica. Según Foucault, ese ingenuo naturalismo será abandonado por los neoliberales, que privilegiarán a la competencia por sobre el intercambio como dinamizador del mercado y a la empresa como la principal institución normativa, reconociendo que es el Estado el que debe generar las condiciones para el funcionamiento del mercado. En ese marco, los dispositivos de la soberanía quedan subordinados, cada vez más, a una racionalidad gubernamental que adopta criterios económicos y empresariales para regular a la población, disciplinar a los sujetos y evaluar el propio accionar del Estado.

  

Saidel, 2018: 23

Habida cuenta del objetivo propuesto, para enlazar la reconstrucción desplegada en el capítulo precedente con la que resulta oportuno desarrollar a continuación, coloco como epígrafe la ilustrativa cita de Saidel en tanto presenta, de manera condensada, las torsiones que –según la perspectiva foucaultiana– el neoliberalismo introduce respecto del liberalismo clásico. Puesto que, en definitiva, en un ejercicio similar al desplegado para indicar la especificidad del liberalismo clásico frente a la razón de Estado, Foucault muestra las particularidades del neoliberalismo por medio de la elaboración de una crítica arqueo-genealógica de las formas de objetivación inmanentes a la formación discursiva de la economía política neoliberal. Tarea que, como se ilustrará a continuación, consiste en mostrar cómo se forja otra forma de objetivación de la tríada formada por el Estado, el mercado y la sociedad civil.

Por lo tanto, dirigiré la lectura hacia la revisión del modo en que las inflexiones producidas en el seno de la racionalidad política liberal se encuentran imbricadas con la mutación en las formas de objetivación inmanentes al discurso económico, en tanto que permiten inscribir en lo real otra forma de objetivación de la tríada formada por los supuestos universales –“Estado, mercado y sociedad”– y someten las prácticas de gobierno a otra forma de racionalidad. En ese sentido, resulta insoslayable mencionar que al indagar la manera en que se produjo la mencionada transformación en el modo de racionalizar el ejercicio del gobierno Foucault se ocupó de trazar la filial compleja de la procedencia del neoliberalismo, cuya superficie de emergencia se remonta a la Europa de entreguerras (2004b: 77-104). Sobre este punto, el filósofo se detuvo particularmente en la realización del Coloquio Walter Lippmann en París en agosto de 1938 (Dardot & Laval, 2009: 157-186; Salinas Araya 2021: 72-109), en tanto puede ser considerado como el acta de nacimiento del neoliberalismo[2]. En dicho coloquio participaron renombradas figuras del campo de la economía, el derecho, la epistemología de las ciencias sociales y la filosofía política, como los franceses Louis Rougier y Jacques Rueff, los alemanes Willhelm Röpke y Alexander Rüstow, y los austríacos Ludwig von Mises y Friedrich von Hayek (que luego emigrarían a los Estados Unidos, razón por la que habitualmente se los denomina “economistas austro-americanos”)[3].

Si bien Foucault no desconoce las tensiones y las líneas de crítica interna que atraviesan el coloquio, que oponen a los ordoliberales alemanes frente a los economistas austro-americanos, ciertamente se enfoca en el eje común: la apuesta por renovar el liberalismo que tiene como punto de partida el tomar al nazismo como campo de adversidad, al problematizarlo como “punto de coalescencia” en el que convergen las distintas formas de dirigismo y planificación económica, y las políticas sociales de corte “socialista”. Al respecto, destaca que esta forma de problematizar el nazismo dio lugar a una radical puesta en cuestión de las políticas de redistribución progresiva del ingreso, dado que desde el prisma de la racionalidad neoliberal emergente la desigualdad será reivindicada como base para la competencia, sin la cual no tiene lugar el libre juego de la actividad económica (Foucault, 2004b: 105-133). En dicho contexto, el filósofo critica la forma de problematización configurada por el neoliberalismo, en la que se produce un fuerte acoplamiento epistemológico-político entre “el Estado-centrismo” como grilla de inteligibilidad y la “Estado-fobia” como táctica que permite marcar en lo real un punto de repulsión a partir del cual, como contrapunto, perfila estratégicamente un programa de sociedad.

Al problematizar el neoliberalismo como racionalidad de gobierno, por medio de la elaboración de una crítica política de los saberes que configuran las matrices desde las que se racionaliza la práctica gubernamental, el pensador francés desarrolla una arqueo-genealogía de las formas de objetivación. Tal como lo he señalado previamente, desde el encuadre foucaultiano, “Estado”, “sociedad civil” y “mercado” no funcionan como grillas que de antemano permiten orientar el trabajo de archivo sobre los documentos, sino que, como contrapartida de la puesta en cuestión de los universales, la realización de una crítica política del saber (enmarcada en una historia de la gubernamentalidad) debe mostrar arqueo-genealógicamente la filial compleja de la procedencia y las condiciones de posibilidad para la emergencia de prácticas de saber-poder cuyo surgimiento se encuentra en la base de la formación del Estado, la sociedad civil y el mercado como objetos. Como así también, de manera correlativa, esta forma de crítica permitiría desentrañar el surgimiento de la perspectiva económica como modalidad enunciativa desde la que puede articularse un saber respecto de dichos objetos, es decir, un discurso atravesado por la división de lo verdadero y de lo falso.

En torno a ello, no puede pasarse por alto que en el curso de 1978-79 Foucault le dedica una lección entera a la puesta en cuestión de lo que denominaba como “críticas inflacionarias del Estado” (2004b: 191-220; Castro-Orellana, 2018: 411-412), formas de crítica “Estado-céntricas” que resultan peligrosamente tributarias de lo que caracterizó previamente como “fobia al Estado” (2004b: 77-103). Esa “Estado-fobia” fue perspicuamente alentada por el discurso fundacional del neoliberalismo europeo que, al tomar el nazismo como campo de adversidad, señala que el régimen nazi es el punto de coalescencia en el que convergen las distintas formas de intervencionismo estatal sobre la economía, desde las políticas “socialistas” de redistribución progresiva del ingreso hasta la planificación y el dirigismo de cuño keynesiano (Botticelli, 2016b: 16-32). A contramano del trabajo arqueo-genealógico, que se ocupa de dar cuenta de las prácticas en su dispersión al trazar –por ejemplo– la filial compleja de la procedencia, la matriz forjada por el discurso fundacional del neoliberalismo europeo se vale, teleológicamente, del Estado como un universal, lo pasa a la manera historicista por el tamiz de la historia y, en una lógica de “descalificación general por lo peor”, muestra al nazismo como el punto de llegada al que tiende un presunto proceso de estatización de la sociedad[4]. Puesto que la articulación en clave teleológica del par “Estado y sociedad civil” como grilla habilita una lectura en la que, en lugar de anclar el ejercicio de la crítica en la historia efectiva de las prácticas, se promueve una visión conspirativa en la que el Estado, cual monstruo frío, avanza sobre la sociedad y en la que, por lo tanto, la especificidad de los acontecimientos resulta aplanada. Lo que conduce, en los términos del propio Foucault, a una “elisión de la actualidad” (2004b: 192).

Frente a dicha forma de problematización del nazismo, el pensador francés reivindicará como un ejercicio de “moralidad crítica” la puesta en cuestión de esta grilla que se apoya en el fantasma del “Estado paranoico y devorador” (Foucault, 2004b: 194) y alienta una intercambiabilidad de los análisis, al pasar por alto la especificidad de las prácticas y promover una “descalificación general por lo peor” (2004b: 193). Por ejemplo, este aplanamiento de la especificidad de los acontecimientos, articulado teleológicamente por la citada lógica de “descalificación por lo peor”, habilita una lectura en la que la seguridad social de los llamados Estados de bienestar resulta susceptible de ser criticada en tanto “invasión del Estado sobre las distintas esferas de la sociedad civil”, que constituiría una suerte de “antesala” del totalitarismo nazi. Ante dicho modo de abordaje, Foucault opondrá su caracterización del nazismo como una forma de gubernamentalidad específica, la gubernamentalidad de partido, que no consiste en la expansión inusitada de la estatalidad –una suerte de “estatización de lo social”– sino más bien en un debilitamiento y subordinación del Estado al partido (Foucault, 2004b: 196). En ese sentido, retomamos lo señalado por Blengino:

Uno de los mayores aportes de Foucault a la perspectiva teórico-política ha sido el cambio del eje del análisis al desplazarse desde la oposición entre sociedad civil y Estado –que deriva casi ineluctablemente en el diagnóstico de una creciente estatización de la sociedad– hacia un trabajo histórico en torno de las artes de gobierno, que hace posible el diagnóstico de la modernidad como un proceso de creciente gubernamentalización del Estado. De acuerdo con esta perspectiva lejos de pensarse al Estado y la sociedad civil como universales, se los debe tomar como conceptos de tecnología gubernamental, cuyo lugar y función varía de acuerdo con las racionalidades de gobierno de las que son correlativos (2024: 20).

Por medio de dicha puesta en cuestión del diagnóstico configurado en el seno del discurso fundacional del neoliberalismo europeo, el pensador francés retoma lo señalado en el curso precedente, ya que en la clase del 1° de febrero de 1978 (curso en el que introdujo la propuesta de llevar a cabo una historia de la gubernamentalidad), había destacado entre sus objetivos la necesidad de dar cuenta del proceso de gubernamentalización del Estado, de desbrozar la constitución de este como una peripecia de las prácticas gubernamentales, en lugar de denunciar una supuesta estatización de la sociedad (Foucault, 2004a: 112). Puesto que la analítica de la gubernamentalidad apunta, entre otras cuestiones, a evitar la sobrevaloración del problema del Estado que, a pesar de sus diferencias, Foucault encuentra en Marx (el Estado como instrumento al servicio de la reproducción de las relaciones de producción) y Nietzsche (el Estado como monstruo frío).

A mayor abundamiento, dirigiendo la lectura nuevamente hacia la clase del 19 de marzo de 1979 en la que me he detenido previamente, considero oportuno citar el siguiente fragmento:

Y bien, contra esa crítica inflacionaria del Estado, contra esta especie de laxismo, querría –si ustedes quieren– sugerirles algunas tesis (…). En primer lugar, la tesis de que el Estado providencia, el Estado de Bienestar no tiene ni la misma forma, seguramente, ni me parece la misma cepa, el mismo origen, que el Estado totalitario, el Estado nazi, fascista o stalinista. Además, querría sugerirles que este Estado que podemos llamar totalitario, lejos de estar caracterizado por una intensificación y extensión endógena de los mecanismos estatales, este Estado llamado totalitario no es para nada la exaltación del Estado; constituye, al contrario, una limitación, una disminución, una subordinación de la autonomía del Estado, de su especificidad y de su propio funcionamiento, ¿en relación con qué? En relación con otra cosa que es el partido (Foucault, 2004b: 196).

Ahora bien, dado que la racionalidad neoliberal funciona al mismo tiempo como grilla de inteligibilidad y método de programación, en tanto que –desde dicha perspectiva– toda política de distribución progresiva del ingreso implica una amenaza totalitaria, entonces, frente a los inusitados avances “estatizadores” sobre la “sociedad civil” (que se articulan con las medidas que arbitraria y autoritariamente “distorsionan el mecanismo de los precios de mercado”), resulta adecuado refundar la soberanía estatal y la legitimidad del poder político en el “respeto a la libertad económica”, tal como lo reivindicara el consejo científico convocado por Ludwig Erhard en la Alemania occidental de la segunda posguerra, del que Foucault se ocupara en la clase del 31 de enero de 1979 (2004b: 77-103). Así tendrá lugar el proyecto de un Estado radicalmente económico, un Estado que funda su soberanía y puede pretender ser reconocido legítimamente por la comunidad internacional a partir del respeto a la libertad económica[5]. Forma de articulación del Estado que buscará en el crecimiento económico la fuente de su legitimidad política, en un sendero temporal abierto exclusivamente hacia adelante. Cuestión que, destacará Foucault, permite captar la especificidad del neoliberalismo alemán frente al liberalismo clásico, ya que no se trata de limitar un Estado preexistente para respetar los mecanismos del mercado, sino de hacer del respeto a la libertad de mercado (y el crecimiento económico) la base para fundar la legitimidad de la soberanía política, tanto ante los gobernados como ante la comunidad internacional (Blengino, 2018: 154-170).

Frente a la lectura neoliberal que engloba en una misma secuencia a un variopinto conjunto de prácticas y formas de ejercicio del poder político, desde las tibias políticas de distribución progresiva del ingreso de la Alemania de fines del siglo XIX hasta las formas de planificación económica de cuño keynesiano y las políticas de seguridad social propias del llamado Estado de bienestar, cuyo presunto desenlace sería la consolidación del totalitarismo (de ahí la citada caracterización del nazismo como “punto de coalescencia”), Foucault se ocupa minuciosamente de revisar la historia efectiva de las prácticas de racionalización del ejercicio del gobierno. Por lo tanto, resulta ostensible que nada más lejos de la arqueo-genealogía foucaultiana, preocupada por el rastreo de la filial compleja de la procedencia de las prácticas en su historia efectiva –que impugna la visión teleológica que indaga la historia bajo la lógica de “la evolución de una especie o el destino de un pueblo”[6]–, que la lectura acuñada por el neoliberalismo europeo que lee en clave teleológica y “Estado-céntrica” al nazismo como aquello a lo que tiende el presunto proceso de expansión del Estado sobre la sociedad civil (que se habría ido urdiendo a lo largo de la constitución de una supuesta “invariante antiliberal”). Como el propio filósofo lo remarca, es mediante esta ligazón en clave teleológica entre un amplio conjunto de prácticas de gobierno que habilita una “descalificación por lo peor”, que la seguridad social configurada en el seno del llamado Estado de bienestar es criticada a partir de una comparación extemporánea con los campos de concentración[7]. Tal como lo señalara Blengino al reconstruir el abordaje foucaultiano del modo en que el neoliberalismo problematiza al nazismo:

Esta teleología negativa del Estado –qua mal absoluto orientado hacia el totalitarismo– posibilitará a los neoliberales alemanes alcanzar con una misma crítica unificadora tanto al Welfare State norteamericano y a los dispositivos de seguridad social de tipo inglés como a la planificación y a los campos de concentración soviéticos y nazis (2018: 159).

Mediante este modo de abordaje, el neoliberalismo objetiva al Estado como una amenaza que avanza sobre la sociedad civil y el mercado, para lo que articula –de forma tan artera como endeble– al nazismo y a las distintas vertientes del dirigismo y la planificación económica en una misma cadena. Así, en un juego de “descalificación por lo peor”, el nazismo será el espejo que presuntamente permite ver de manera anticipada la amenaza para la libertad y la civilización que traería aparejada la planificación económica de cuño keynesiano y los objetivos bienestaristas de pleno empleo y reducción de la desigualdad socioeconómica. Frente a esta lectura “Estado-céntrica” (de indudables efectos “Estado-fóbicos”), tal como lo he destacado previamente, Foucault problematiza el nazismo como una forma de gubernamentalidad específica, centrada en el debilitamiento del Estado y su subordinación al partido, en lugar de como una supuesta “expansión inusitada de la estatalidad”. Resulta palpable, entonces, la forma en que la grilla gubernamental (anclada en la puesta en cuestión de los universales), le permite sustraerse de las coordenadas arqueo-genealógicamente sedimentadas que configuran un estado del pensamiento que, como el filósofo lo señalara, conduce a una lectura maniquea que concibe al Estado peyorativamente e idealiza a la sociedad civil.

5.3. La formación del neoliberalismo europeo y la mutación en las formas de objetivación

La lucha contra la intervención y la planificación, así como contra la sindicalización de los trabajadores librada por la gubernamentalidad neoliberal, no parecieran ser sino maneras de continuar la guerra por otros medios, en cuanto el objetivo del neoliberalismo sería hacer valer los privilegios de los vencedores despolitizando la sociedad, desregulando la economía y desproletarizando la fuerza de trabajo. Visto desde esta perspectiva, el neoliberalismo sería una gubernamentalidad que tiende a convertirse en una forma de dominación política y de explotación económica a través de la producción y gestión de sujetos competidores, realistas, útiles y dóciles (desproletarizados). Se trata de un caso paradigmático del modo en que guerra y gobierno se encuentran articulados íntimamente.

   

Blengino, 2020: 80

Ahora bien, hasta el momento la reconstrucción de la lectura foucaultiana ha permitido dar cuenta de la superficie de emergencia del surgimiento del neoliberalismo. Sin embargo, no me he adentrado aún en aquella transformación que introdujo con respecto al liberalismo clásico, que implica una mutación en las formas de objetivación del mercado y el Estado, como así también de la sociedad civil. Si bien en el apartado precedente me detuve en la manera en que el Estado resulta objetivado a partir del par formado por el “Estado-centrismo” como grilla de inteligibilidad y la promoción de la “Estado-fobia” como táctica política, a continuación me ocuparé de indagar la manera en que dicha forma de objetivación del Estado se articula con el modo en que se problematiza el mercado y, correlativamente, con el programa de sociedad propuesto desde el prisma que vertebra la racionalidad neoliberal.

Sobre este punto, Foucault destaca lo inapropiado de la crítica que “denuncia” que los neoliberales pretenden volver al siglo XIX, habida cuenta de que, en lugar de considerar al mercado como un universal y al neoliberalismo como una reedición de la defensa decimonónica del “libre mercado”, el pensador francés indaga la manera en que el discurso económico de la Escuela de Friburgo constituye el mercado en tanto objeto (2004b: 135-164). De este modo, al elaborar una crítica de las formas de objetivación, destaca que en el discurso del neoliberalismo alemán se rompe la ligazón entre liberalismo y laissez faire, ya que se produce una mutación en la forma de objetivación del mercado, puesto que deja de ser problematizado como una suerte de “dato natural” y, como contracara de ello, se postula la necesidad de que este sea constituido activamente[8]. En torno a lo cual cabe recordar la objeción a las políticas de combate a la desigualdad que he señalado previamente, ya que desde el enfoque neoliberal, la desigualdad funciona como base para que pueda inscribirse en lo real el principio de la competencia y, por este motivo, la multiplicación de la desigualdad es buscada en tanto habilita que los distintos aspectos de la vida social sean transformados en “situaciones de mercado”, constituyéndose la sociedad civil como ámbito habitado por empresarios de sí que se encuentran en competencia. Tal como lo planteara Díaz:

El neoliberalismo lejos de representar una nueva versión del liberalismo clásico, una vuelta al laissez-faire o bien reducirse a una teoría económica y política, configura la generación de un novedoso “arte de gobernar” a partir del cual se procuran proyectar los principios formales de la economía de mercado a la totalidad de la vida social. De tal modo, el neoliberalismo lejos de reducirse a una ideología o a una mera política económica configura una racionalidad de gobierno anclada en la incentivación de la “forma empresa” como modo de subjetivación (2020: 42).

En función de la reconstrucción propuesta, sostengo que en la lectura foucaultiana del neoliberalismo, la mutación de la racionalidad gubernamental se encuentra profundamente imbricada con la ruptura en el modo en que en el discurso de la economía política se constituye el objeto “mercado”. Dicho de otra manera, la transformación en la racionalidad gubernamental se encuentra articulada con la mutación en las formas de objetivación inmanentes a la formación del discurso económico. En el marco de dicha mutación analizada por Foucault se inscribe la propuesta neoliberal de que en lugar de gobernar limitando la acción del gobierno en función del “respeto” a los mecanismos del mercado, hay que gobernar activamente para producir las condiciones del mercado; desarrollando, así, una gubernamentalidad activa. Desde el programa neoliberal, se alentará un activo gobierno del marco cuyo objetivo fundamental será inscribir en “la realidad” el mecanismo de la competencia, de modo tal de promover la empresarialización de las relaciones sociales. Si bien, desde dicho encuadre, cualquier intervención sobre los mecanismos del mercado será impugnada, se alentarán formas de intervención activas sobre las condiciones de posibilidad del mercado (Castro-Gómez, 2010: 183). Tal como lo reconstruyera Benente, en la lectura foucaultiana:

En la medida en que el neoliberalismo alemán concibe al mercado no solamente como un espacio de intercambio a proteger, sino como un principio de regulación, no hay un resurgimiento sino una gran mutación con respecto al liberalismo del siglo XVIII. Si para el liberalismo el elemento definitorio era el libre mercado, para los ordoliberales es la competencia, que puede asegurar la racionalidad económica. Además, si los liberales concebían la competencia como un fenómeno natural, para los ordoliberales los mecanismos de la competencia, sus juegos y efectos, no son mecanismos naturales, sino una meta a la que hay que llegar con políticas activas (2018: 360).

Puede decirse, entonces, a partir de la lectura desplegada por Foucault, que el neoliberalismo alemán no constituye la propuesta de un retorno al “naturalismo” del siglo XIX, sino que, en contraposición, se trata de un “liberalismo sociológico” que, en lugar de tomar al mercado como dato y límite lo problematiza bajo la forma de la competencia en tanto principio formal que debe ser inscripto en “lo real” (2004b: 135-164). Por lo tanto, cabe señalar que el gran aporte foucaultiano radica en la problematización del neoliberalismo como racionalidad gubernamental y, en ese sentido, su señalamiento de que es inherente a la racionalidad neoliberal la puesta en cuestión de las políticas de distribución progresiva del ingreso, en tanto que la multiplicación de la desigualdad opera como condición de posibilidad para la instauración de la competencia como principio informador de las relaciones sociales. En consecuencia, no resulta en absoluto apropiado sostener que Foucault no cuestiona la desigualdad que traen aparejadas las políticas neoliberales, ya que, si bien su lectura se realiza en un momento previo a la consolidación del neoliberalismo como mainstream de la política pública a nivel mundial, destaca el lugar estratégico que le corresponde a la desigualdad dentro del programa de sociedad neoliberal. Su señalamiento de que el neoliberalismo “no es una reedición del liberalismo del siglo XIX”, no implica el desconocimiento del modo en que el neoliberalismo procuraba barrer con las políticas de distribución progresiva del ingreso implementadas por el llamado Estado de bienestar, sino en cambio ir más allá del evidente efecto distributivo, y ponderar la relevancia que la promoción de la desigualdad posee para la agenda neoliberal desde la perspectiva del modo en que –desde dicho enfoque– se problematiza cómo gobernar dentro del marco del ejercicio de la soberanía política. Razón por la cual, si bien el “liberalismo sociológico” puede ser emparentado con el clásico por sus efectos regresivos en la distribución del ingreso, su especificidad como racionalidad de gobierno se capta cuando se problematiza la trama formada por la desigualdad, el principio de la competencia y el objetivo de empresarialización de las relaciones sociales. En este punto, resulta ilustrativa la reconstrucción propuesta por Sacchi respecto de la manera en que Foucault reconstruye la especificidad del neoliberalismo en su versión alemana:

La economía de mercado no supondrá el achicamiento del Estado, la limitación del gobierno, la no intervención, sino su extensión a los fundamentos del mercado: el problema ya no es si intervenir o no, sino cómo. En tal sentido, Foucault rescata la diferencia que Walter Eucken (referente de la Escuela de Friburgo) traza entre una intervención directa sobre el juego económico y una indirecta que cae sobre las reglas de ese juego. Según esta distinción, la intervención gubernamental sobre los procesos económicos mismos debe ser mínima, pero debe ser masiva sobre su “marco”, sobre los datos técnicos, científicos, jurídicos, demográficos, biológicos, ambientales, culturales, etc. En general, sobre todo el campo social que constituye las condiciones de posibilidad de la estructura del mercado (Sacchi, 2020: 15).

Sobre este punto, resulta insoslayable el señalamiento foucaultiano respecto de la manera en que el ordoliberalismo se apoya, epistemológicamente, en la fenomenología husserliana (Foucault, 2004b: 123-125). Puesto que, frente al liberalismo clásico, los ordoliberales sostendrán que la competencia no es algo dado naturalmente, sino que es un principio formal, cuya lógica interna radica en el juego entre desigualdades. Dado su carácter eidético, la competencia pura no solo no es un dato natural, sino que además nunca puede alcanzarse plenamente; por el contrario, es un objetivo al que se tiende por medio del ejercicio de una política activa. Si el liberalismo clásico consideraba la competencia como dato natural, lo que implicaba que el Estado “dejara hacer” al mercado y, en contraposición, las políticas de distribución progresiva del ingreso buscaban intervenir sobre los mecanismos del mercado, la especificidad del neoliberalismo radicará en la promoción de una gubernamentalidad activa, potencialmente ilimitada y omnímoda (Blengino, 2018: 221-223), por medio de la promoción de la desigualdad como base para la inscripción en lo real del principio formal de la competencia mediante una masiva “política del marco” (Méndez, 2022: 156-159). Tal como lo indicara Chaves al reconstruir la distinción indagada por Foucault entre el modo en que el mercado resulta objetivado desde el prisma de la racionalidad liberal y la manera en que ello acontece en el seno del encuadre neoliberal:

En tanto “dato de la naturaleza”, el mercado sería, nada más y nada menos, que un intercambio armonioso de mercancías. Para los ordoliberales, al contrario, si el principio de la competencia substituye el del intercambio, entonces es necesario repensar la cuestión de la intervención gubernamental. Si el intercambio es un dato natural, la competencia sería más bien un “principio formal” o, aun, una especie de “esencia”, lo que implica un dislocamiento de la función del Estado para una especie de “gubernamentalidad activa” (Chaves, 2021: 414).

A partir de la lectura que he propuesto a lo largo del presente libro, considero oportuno destacar la preocupación foucaultiana por dar cuenta de la imbricación entre lo epistemológico y lo político. Puesto que una cuestión “meramente epistemológica” resulta crucial a la hora de ponderar el tipo de estrategia política que se erige a partir de determinada disposición epistémica. Foucault no analiza, como lo haría una epistemología de las ciencias sociales y humanas enmarcada en la agenda de la teoría del conocimiento, si la competencia es o no un principio formal, sino que se ocupa de indagar la agenda gubernamental que dicha cuestión epistémica posibilita. Esto es, si la competencia fuese algo empírico y natural, va de suyo que las tácticas de gobierno liberal deberían inscribirse en la estrategia del laissez-faire. Por el contrario, si se trata de un principio formal, la batería de políticas que permitirían inscribir en lo real el programa de una sociedad de empresa, basada en el principio de la competencia, requeriría de una gubernamentalidad activa que promoviera aquel principio que, en tanto formal, nunca se encuentra plenamente inscripto en la realidad empírica. La transformación de la forma de objetivación del mercado es correlativa de una mutación en la forma en la que el Estado resulta objetivado, puesto que no se trata de que este gobierne limitando su accionar en función del respeto a los mecanismos del mercado (como sostenía el liberalismo clásico que problematizaba al mercado como ámbito de “no intervención”), ya que debe intervenir activamente sobre sus condiciones de posibilidad, de manera tal de promover la forma empresa y el correspondiente vínculo competitivo, como modo de subjetivación y matriz de las relaciones sociales. Parafraseando a Foucault, para el ordoliberalismo hay que gobernar para el mercado, más que a causa de este (2004b: 125), ya que no se trata –como en el liberalismo decimonónico– de una delimitación de esferas, sino de que el mecanismo de la competencia de mercado se constituya como el índice general que debe regular las prácticas gubernamentales.

Resulta ostensible, entonces, la trama que liga las transformaciones correlativas en las formas de objetivación del mercado, el Estado y la sociedad civil. En tanto y en cuanto se promoverá la forma empresa, basada en el principio formal de la competencia, como matriz de las relaciones sociales, destacará Foucault que será necesario un arbitraje judicial permanente de los conflictos que, en cada momento, podrán darse entre las empresas que componen el tejido social. De este modo, la sociedad civil será problematizada, en el seno del programa neoliberal, a partir de la articulación entre la sociedad de empresa y la sociedad judicial (Foucault, 2004b: 155).

Por otra parte, resulta más que sugerente la lectura foucaultiana del neoliberalismo francés del que era coetáneo, en cuya filial compleja de la procedencia ubicará al proyecto neoliberal alemán de construcción de una Economía Social de Mercado. En dicho contexto, se detendrá en la política de seguridad social bajo el gobierno de Valéry Giscard D′Estaing, mandatario en el momento en que dicta el curso y que previamente había sido ministro de Economía de Georges Pompidou. Política cuyas notas distintivas serán la disociación entre “lo económico” y “lo social”, el abandono del objetivo de pleno empleo y la elisión del problema de la desigualdad (al desaparecer como problema la “pobreza relativa” y emerger como único problema el de la “pobreza absoluta” de la “población flotante”), tal como el pensador francés lo reconstruyera al problematizar el proyecto de implementación de un “impuesto negativo” (2004b: 199-213; Salinas Araya, 2020: 47). En otros términos, en la misma lección en la que se ocupa de problematizar las denominadas críticas inflacionarias del Estado –contexto en el que destaca que las problematiza por una cuestión de moralidad crítica y señala que quienes articulan esa forma de crítica deberían saber que “van con el viento” (2004b: 197)– muestra los ecos de la racionalidad neoliberal alemana en la política francesa de los años setenta.

5.4. La Escuela de Chicago y el desarrollo de la teoría del capital humano: radicalización de la gubernamentalidad neoliberal

De acuerdo con Foucault, la gubernamentalidad neoliberal consiste principalmente en una acción “medioambiental”, es decir, en un conjunto de mecanismos y tecnologías que estructuran el entorno de los individuos para obtener efectos específicos de su comportamiento (…). Aunque el ordoliberalismo alemán anticipa muchos aspectos del neoliberalismo contemporáneo, tal como fue inaugurado por la Escuela de Chicago, el tipo de acción sobre el entorno teorizado por los economistas de Chicago se basa en diferentes supuestos.

  

Lorenzini, 2021: 225-226

Tal como se desprende de la cita colocada como epígrafe, siguiendo la reconstrucción foucaultiana, la mencionada transformación configurada en la Escuela de Friburgo con relación al liberalismo decimonónico sería profundizada y radicalizada en el marco del desarrollo de la “teoría del capital humano” por parte de la Escuela de Chicago, es decir, del neoliberalismo estadounidense[9], en cuya formación incidirá el discurso de los economistas austríacos emigrados a Estados Unidos[10]. La teoría del capital humano se configura a partir de la objetivación del capital como “aquello que produce un beneficio”, en el contexto de “asignación de recursos limitados hacia fines mutuamente excluyentes”. Esto permite la introducción de un desbloqueo epistemológico al posibilitar la inclusión del trabajo como actividad dentro del análisis económico (Foucault, 2004b: 221-244). En el seno de dicho discurso, el “capital humano”, en tanto objeto, se constituirá en torno a una serie de capacidades físicas e intelectuales, vinculadas a la “productividad” y al savoir-faire, atravesadas por la tensión entre “lo innato y lo adquirido”.

De este modo, la “grilla de análisis económico” es aplicada a la totalidad de las prácticas sociales, es decir, incluso a aquellos comportamientos considerados “habitualmente” como “no económicos”, puesto que, desde este encuadre, todas las acciones pueden ser leídas en términos económicos ya que implican la asignación de recursos limitados hacia fines mutuamente excluyentes. Por lo tanto, este discurso se ubica en la estela abierta por la redefinición de la ciencia económica introducida previamente por el economista británico Lionel Robbins. Así, desde la educación y las relaciones familiares, hasta la dieta y el acceso a la salud serán problematizados en términos de “inversiones en capital humano”. En sentido estricto, el trabajador en tanto capital humano no es más que un flujo de ingresos y el consumidor es, simplemente, un productor que invierte en la producción de su propia satisfacción. Tal como lo destacaran Vignale y Álvarez, el abordaje foucaultiano de la teoría del capital humano permite señalar, por ejemplo, que

La inscripción social de los individuos bajo la forma empresa promueve –en cada uno de ellos– la gestión de todos los riesgos de la vida que pueden implicar una disminución permanente o transitoria de salarios, y demanda mecanismos de seguridad para prever la productividad de la máquina viviente y la exitosa consecución de una vida concebida como un plan racional, un plan de vida[11] (2022: 12).

Siguiendo la reconstrucción foucaultiana, para Gary Becker –exponente de la Escuela de Chicago– el análisis económico deberá abordar el modo en que las conductas de los individuos responden de manera sistemática a las transformaciones de las variables del medio. Por lo tanto, resulta analizable en términos económicos cualquier conducta que se deje “afectar por la realidad”. En este contexto, Foucault enfatiza que frente a la concepción naturalista que objetivaba al homo œconomicus como “socio del intercambio”, con el neoliberalismo esta noción será problematizada como empresario de sí[12], inmerso en un vínculo competitivo con los otros (2004b: 245-270)[13]. Cabe subrayar, entonces, que mediante la aplicación de la grilla economicista de cálculo de costo beneficio a la totalidad de las prácticas sociales, el neoliberalismo estadounidense radicaliza al alemán, por medio de la superación de lo que Foucault señalaba como “equívoco económico-ético” de dicha forma de racionalizar la práctica de gobierno, en tanto que proponía gobernar “para el mercado y contra el mercado”, al sostener la necesidad de compensar ciertos efectos disolventes inherentes a la expansión de la empresarialización de las relaciones sociales (Blengino, 2020: 71-93). Por el contrario, la teoría del capital humano se aplica como grilla de inteligibilidad de todas las prácticas y las relaciones sociales, en tanto que problematiza cualquier acción como una inversión de capital ligada a la búsqueda de un beneficio que se realiza en una situación determinada.

De este modo, la formación de una pareja, el contrato matrimonial, el tiempo que los padres les dedican a sus hijas/os y el tamaño de la unidad familiar son analizados en tanto elecciones que se basan en un cálculo de costo-beneficio (Chaves, 2021). Por lo tanto, frente al discurso decimonónico que –imbuido por el encuadre eugenésico– denunciaba el “suicidio de las elites” que se produciría como fruto de la reducción en la tasa de natalidad de la “población deseable”, la teoría del capital humano permitiría captar la racionalidad que se encuentra por detrás de dicha cuestión. Puesto que cuanto más numerosa sea una familia, menos tiempo dispensarán los padres al cuidado de las/os hijas/os y, por lo tanto, menor será la inversión en capital humano que realicen respecto de cada hijo. Por lo tanto, una familia de altos ingresos, es decir, una familia con “capital humano elevado”[14], tenderá a tener pocas/os hijas/os para garantizar una elevada transmisión de capital humano (que involucra inversión financiera y de tiempo por parte de los padres). Asimismo, respecto del vínculo madre-hijo, la teoría del capital humano lo problematizará en términos de que los cuidados que la madre dispensa a su hija/o constituyen una inversión cuantificable (a partir de la variable tiempo) dirigida a la obtención de un beneficio (2004b: 249).

Resulta ostensible, entonces, la manera en que la teoría del capital humano radicaliza el programa neoliberal de empresarialización de las relaciones sociales y la consecuente promoción de la lógica del aseguramiento individual. Puesto que la salud, la educación y la capacidad de generación de ingresos en un futuro es fruto de las inversiones realizadas en el seno de la unidad familiar[15]. Por otro lado, Foucault destaca que en paralelo a su aplicación como grilla de inteligibilidad de la totalidad de las prácticas sociales, la teoría del capital humano da lugar a la constitución de una suerte de “tribunal económico permanente” ante las acciones gubernamentales. Es decir que dicho enfoque habilitará el ejercicio cínico[16] de una crítica mercantil opuesta a la acción del poder público. En torno a lo cual el filósofo introduce una analogía con la crítica del lenguaje que elabora el positivismo lógico. Lo que quiere decir que, así como el positivismo lógico[17] critica el discurso científico, filosófico, etcétera, a partir del señalamiento de su supuesta inconsistencia o su sinsentido, la teoría del capital humano permitirá hacer lo mismo con respecto a las acciones gubernamentales implementadas por el poder público. A lo que agregará que, frente al principio liberal clásico del laissez-faire, que mandaba a que el gobierno se limite y “deje hacer al mercado”, el neoliberalismo ejercerá una forma de crítica basada en el ne-pas-laissez-faire –“no dejar hacer”– al gobierno (Foucault, 2004a: 252-253).

Por ende, cabe destacar que los blancos y criterios para racionalizar el ejercicio del gobierno se modifican en estrecha ligazón con la transformación en las formas de objetivación inmanentes al discurso económico, debido a que, en la medida en que la constitución del capital humano en tanto objeto habilita la aplicación de la grilla económica como forma de inteligibilidad de todas las prácticas sociales, se perfila como criterio de intervención gubernamental. En consecuencia, la contracara de que la racionalidad económica sea problematizada como el modo adecuado y sistemático de responder a las transformaciones de las variables del medio es que el blanco del ejercicio del gobierno se tornará eminentemente gobernable, justamente, a través de las intervenciones “esclarecidas” sobre el juego entre dichas variables. Así, frente a lectoras/es como De Lagasnerie (2012), quien sostiene que Foucault vería en el homo œconomicus neoliberal una figura ingobernable (de ahí su presunto “entusiasmo” frente a dicha racionalidad política), resulta indispensable citar el siguiente fragmento de la lección del 28 de marzo de 1979:

En esta definición de Becker que acabo de darles, el homo œconomicus, es decir, aquel que acepta la realidad o que responde sistemáticamente a las modificaciones de las variables del medio, este homo œconomicus aparece justamente como lo que es manejable, que va a responder sistemáticamente a las modificaciones sistemáticas que se introduzcan artificialmente en el medio. El homo œconomicus es eminentemente gobernable (2004b: 274).

A modo de ejemplo, por medio de su lectura de los trabajos de Gary Becker, Foucault destacará que, frente al discurso criminológico decimonónico, que buscaba descubrir por detrás del crimen al criminal y planteaba la necesidad de calibrar la pena en función de la peligrosidad del delincuente, la grilla forjada por la teoría del capital humano acarrea una borradura antropológica del criminal, al problematizar el crimen como una situación de mercado (Foucault, 2004b: 245-270). Mercado en cuyas condiciones de posibilidad debe intervenir el gobierno esclarecido, en tanto debe valerse de tácticas que propendan a reducir el interés en invertir en él, o sea que el gobierno del delito debe desplegarse por medio de una intervención activa sobre el ambiente, que se ocupe de reducir el interés en la comisión de delitos, al introducir una “demanda negativa”, bajo la forma del denominado enforcement of law (Benente, 2018: 365-366). En otros términos, la gubernamentalidad activa sobre el “mercado del delito” debe ocuparse de que las inversiones en dicho mercado no resulten atractivas para los potenciales inversores, en la medida en que “se dejen afectar por la realidad” e incluyan la información disponible dentro del cálculo economicista de costo-beneficio. Puesto que, tal como lo planteara Salinas Araya al reconstruir la lectura que Foucault realiza de la Escuela de Chicago:

El crimen, tal como ha graficado Becker, es una actividad eminentemente económica. El problema de su actividad no radica propiamente en el contenido de la misma, es decir no hay un juicio moral del crimen; el acto mismo se define en este caso por sus efectos, y por un tipo particular de efectos, un efecto posible, un riesgo. Es decir, no un efecto causado sobre otros individuos, una consecuencia negativa sobre un afectado; sino el riesgo que implica para el propio sujeto. En la óptica del homo œconomicus como hombre-empresa, el criminal genera una inversión riesgosa sobre sí mismo. El riesgo está dado justamente porque al ser considerada no legítima se expone a una condena. Ahora bien, el riesgo no implica una consecuencia necesaria. En una apuesta riesgosa se puede rentabilizar o perder. El nivel de riesgo no implica necesariamente que una inversión sea una mala inversión, al menos para el sujeto (2014: 83).

Como así también debe calibrar en términos de costo-beneficio cómo equilibrar los costos del enforcement of law y los costos de que cierta proporción de delitos y delincuentes queden impunes, habida cuenta de que no todos responden a las alteraciones del mercado con el mismo grado de elasticidad, tal como acontece en el caso del mercado ilegal de drogas. Cabe remarcar que por medio de su crítica política del saber, como arqueo-genealogía de las formas de objetivación que apunta a contribuir al diagnóstico del presente, Foucault reconstruye de qué modo la teoría del capital humano problematiza el crimen, objetivándolo como una situación de mercado, en lugar de buscar por detrás de él al criminal, objetivado en un registro antropológico, cuestión que no implica que celebre la teoría del capital humano, en tanto acarrea una borradura antropológica del criminal (cuya formación fuera blanco de la arqueo-genealogía trazada en Surveiller et punir). Por el contrario, de lo que se trata es de criticar en su especificidad las formas de objetivación inmanentes a la formación discursiva de la teoría del capital humano, de modo tal de contribuir al diagnóstico del presente, desbrozando en su especificidad las formas de gobierno ambiental (Blengino, 2018: 192-207), en tanto formas de control social constitutivas del nuevo orden interior que comienza a configurarse tras el agotamiento del denominado Estado de bienestar, en un escenario agudizado por la crisis del petróleo de 1973[18].

5.5. Conclusión

La concepción del capital humano está directamente relacionada con el cambio de la comprensión del homo œconomicus, que deja de ser simplemente el hombre racional del intercambio entre socios, para ser el hombre empresa, empresario de sí mismo que está siempre compitiendo con los demás hombres empresa, razón por la cual siempre debe buscar invertir más y más en su capital humano para intentar vencer a sus competidores.

   

Chaves & Neves Lima Filho, 2021: 54

En este último capítulo, me dispuse a revisar la manera en que Foucault despliega una crítica política del saber económico como modo de desbrozar la formación de las mutaciones contemporáneas de la racionalidad liberal, esto es, la formación del neoliberalismo en la Europa de entreguerras y su radicalización vinculada al desarrollo de la teoría del capital humano. Modo de abordaje que, tal como lo he destacado previamente, se apoya en la apuesta teórico-metodológica de “suponer que los universales no existen” y se despliega mediante una arqueo-genealogía de las formas de objetivación. Esta forma de crítica, articulada por el objetivo de diagnosticar el presente, apunta a problematizar las formas de objetivación inmanentes al discurso de la economía política, mostrando el carácter de correlato de los modos de racionalizar el ejercicio del gobierno de aquello que se presenta como universal. Es decir, el homo œconomicus, la libertad, el Estado, la sociedad, el mercado, etcétera. En consecuencia, frente a la crítica comprendida como analítica de la verdad, preocupada por las posibilidades del conocimiento y sus límites infranqueables, que daría lugar a la crítica de la objetividad cognoscitiva de la economía política, Foucault critica las formas de objetivación inmanentes al saber económico. Discurso que, en tanto estructura la manera en que se problematiza cómo gobernar dentro del marco del ejercicio de la soberanía política, funciona al mismo tiempo como grilla de desciframiento y método de programación.

Retomando la cita que he colocado como epígrafe, considero oportuno enfatizar que la teoría del capital humano perfila una forma de racionalizar el ejercicio del gobierno que concibe la totalidad de las prácticas sociales bajo la grilla economicista del cálculo de costo-beneficio, radicalizando la apuesta neoliberal de destruir la agenda bienestarista, basada en la articulación entre el dirigismo económico, la reducción de la desigualdad y el pleno empleo. Ya que, siguiendo la reconstrucción foucaultiana, cabe sostener que desde el prisma de la racionalidad articulada por el neoliberalismo estadounidense, todas/os somos –desde siempre y en todo momento– empresas en constante competencia y, por lo tanto, debemos “invertir” nuestro capital humano y hacernos plenamente responsables (a título individual) del resultado de nuestras inversiones. Por ende, en tanto inversores que “nos dejamos afectar por la realidad”, devenimos gobernables. Sobre este punto, cabe recordar que, a la luz del encuadre arqueo-genealógico en que se basa la crítica política del saber elaborada por Foucault, el homo œconomicus neoliberal –el titular del capital humano– no constituye en absoluto un universal (como lo presupone la grilla de inteligibilidad forjada por la teoría del capital humano), ni mucho menos una figura resistente e ingobernable.


  1. Desarrollo, reelaboro y despliego a continuación algunos aspectos que he abordado de manera germinal en trabajos previos (Dalmau, 2023b, 2023c).
  2. Dicho evento funcionaría como antecedente de la fundación de la Sociedad Mont-Pèlerin en abril de 1947.
  3. Con respecto a la Escuela Austríaca de Economía, problematizada en perspectiva gubernamental, resultan fundamentales los trabajos desarrollados por el grupo de investigación dirigido por la reconocida especialista argentina Susana Murillo (2018: 392-426; De Büren, 2020).
  4. En lo que respecta al ordoliberalismo alemán, esta reconstrucción fue cuestionada por el investigador marxista Werner Bonefeld, quien sostuvo que no sería el nazismo sino la República de Weimar el campo de adversidad configurado por dicho discurso (2022: 137).
  5. Una crítica de dicha interpretación propuesta por Foucault se encuentra en un trabajo del especialista José Luis Villacañas (2021: 46-71). Si bien en dicho artículo objeta la lectura foucaultiana del ordoliberalismo, por otra parte –en un libro publicado previamente (2020)– reconoció la agudeza de Foucault por haber advertido los peligros que traía aparejado el advenimiento de la gubernamentalidad neoliberal.
  6. Cabe recordar que dicha expresión fue citada en el tercer capítulo de este libro, dado que es una fórmula por medio de la que Foucault busca clarificar, mediante un juego de espejos, en qué consiste el rastreo de la filial compleja de la procedencia en su artículo de 1971 dedicado a la genealogía nietzscheana. Justamente, el abordaje de la historia en clave teleológica es aquello que sirve de contrapunto para la especificación de en qué consiste el rastreo de la historia efectiva de las prácticas en su dispersión mediante el que Foucault caracteriza el trabajo genealógico, en tanto este se aboca al rastreo de la procedencia en lugar de a la búsqueda del origen.
  7. En cierto modo, esta objeción de Foucault al laxismo de la perspectiva neoliberal, que aplana la especificidad de los acontecimientos y habilita una lógica de descalificación general por lo peor, puede ser leída como una crítica avant la lettre de la puesta en cuestión de las políticas sanitarias desplegadas en el contexto de la pandemia de covid-19 realizada por Giorgio Agamben (2020).
  8. La manera en que debía llevarse a cabo la “renovación” del liberalismo frente al manchesterianismo decimonónico será objeto de las aludidas disputas entre los ordoliberales alemanes y los economistas austro-americanos. Siguiendo la reconstrucción propuesta por Dardot & Laval (2009), podría decirse que los ordoliberales veían a los miembros de la Escuela Austríaca casi como “piezas de museo”, esto es, demasiado apegados al liberalismo clásico que se proponían renovar; mientras que los austro-americanos consideraban que los miembros de la Escuela de Friburgo no lograban romper plenamente con la tendencia al intervencionismo económico que el neoliberalismo naciente se proponía combatir.
  9. Corriente en la que, entre otros, se destacan Milton Friedman, Gary Becker y Theodore Schultz.
  10. Esto es, los exponentes de la Escuela Austríaca de Economía que, dada su posterior radicación en Estados Unidos, suelen ser considerados como economistas austro-americanos: Ludwig von Mises y Friedrich von Haeyk.
  11. Dado que dicho capital se encuentra, por cuestiones biomédicas, sometido al deterioro y la eventual obsolescencia, la lógica del aseguramiento individual opera a nivel del modo en que el trabajador –en tanto capital– debería invertir para aumentar su productividad presente, demorar su deterioro y, asimismo, procurarse los medios de subsistencia para cuando no pueda seguir valorizándose en el mercado. A partir de los debates suscitados en la teoría política contemporánea respecto del dispositivo de la deuda (Lazzarato, 2011), cabría preguntarse si no resulta plausible releer estos señalamientos como contractara del dispositivo de la deuda. En la medida en que todas/os envejeceremos o enfermaremos y no podremos trabajar (a menos que tengamos una muerte repentina, pero en ese caso la interrupción del flujo de ingresos incidirá sobre la unidad familiar a la pertenezcamos), nuestra propia biología nos coloca en la siguiente situación: frente al hecho ineludible de la interrupción del flujo de ingresos que –en tanto capital humano– podemos producir, nos encontramos endeudados de antemano con nuestra propia vejez para poder atender a los riesgos que en ese momento nos aquejen.
  12. Por si quedaran dudas respecto de la distancia que separa la perspectiva foucaultiana y la configurada por el discurso que toma por objeto, cabe preguntarse si hay algo más universalista que la aplicación de la grilla de cálculo de costo-beneficio a la totalidad de las prácticas sociales. Asimismo, no puede desconocerse que la noción de homo œconomicus funciona, tanto en el liberalismo clásico como en el neoliberalismo, como un universal (lo mismo podría decirse, por ejemplo, de las nociones de interés y libertad).
  13. La crítica de las formas de objetivación del homo œconomicus como correlato de las prácticas gubernamentales condujo al filósofo a trazar la genealogía del ámbito en el que este se encuentra inmerso, es decir, la sociedad civil. Si el rastreo de la filial compleja de la procedencia del homo œconomicus lo llevó a dedicarle parte de la lección del 28 de marzo de 1979 al discurso económico de Adam Smith (2004b: 271-294), en la clase siguiente se dispuso a analizar la imbricación entre el homo œconomicus, la sociedad civil y el liberalismo como racionalidad de gobierno. Allí, se detuvo particularmente en la problematización de la sociedad civil que vertebra el ensayo de Adam Ferguson (Foucault, 2004b: 295-320; Blengino, 2018: 200-207). Frente al modo en que el pensador escocés problematiza la sociedad civil, en cuyo seno se destaca la caracterización de esta como una constante “histórico-natural”, Foucault explicita que la sociedad civil emerge como correlato de la tecnología liberal de gobierno. Puede decirse, entonces, que resulta clave la manera en que el filósofo contrapone su caracterización de la sociedad civil, enmarcada en la “puesta en cuestión de los universales”, frente al modo en que es problematizada por la tradición liberal que, en un mismo movimiento, se vale de ella como grilla de inteligibilidad y blanco de intervención (en tanto concepto de tecnología gubernamental). Si para Ferguson la sociedad civil es una “constante histórico-natural”, en contraposición para Foucault no es una “realidad primera e inmediata” sino que es parte de la tecnología gubernamental moderna (2004b: 300). Sociedad civil y homo œconomicus son dos elementos indisociables, en tanto que la primera emerge ante la pregunta acerca de cómo gobernar, según reglas jurídicas, un espacio de soberanía poblado por sujetos económicos (2004b: 299).
  14. Previamente, Foucault había vinculado el interés suscitado por la genética con el rol asignado a la dotación genética por parte de la teoría del capital humano. Ya que la virtual capacidad del conocimiento médico-genético de establecer el riesgo de padecer enfermedades traería aparejado que dicho riesgo ingresara dentro del modo de racionalización economicista del vínculo entre potenciales progenitores. Justamente, desde la perspectiva foucaultiana, es el vínculo entre la genética y la aplicación de la grilla economicista a todas las prácticas sociales que promueve la teoría del capital humano lo que constituye el problema de la utilización política de la genética, más que un supuesto retorno del racismo decimonónico (2004a: 234-235).
  15. Este análisis arqueo-genealógico de los documentos le permite a Foucault advertir lo que, tras décadas de hegemonía neoliberal, se ha consolidado como el dispositivo de moralización y responsabilización individual que promueve dicha racionalidad de gobierno. Dispositivo que habilita y permite naturalizar planteos tales como “qué culpa tiene el exitoso de las malas elecciones del fracasado”, tal como lo analizaran Dardot y Laval al señalar que el competencialismo neoliberal convierte en lema la frase “no time for losers…” (Dardot & Laval, 2009).
  16. Resulta ostensible que, en este contexto, Foucault se vale del término cínico en un sentido coloquial. Por lo tanto, esta caracterización de la crítica neoliberal nada tiene que ver con el interés que, años más tarde, el pensador muestra con respecto a la filosofía cínica y, particularmente, a la figura de Diógenes (Foucault, 2009).
  17. Al respecto, cabe recordar dos cuestiones que he abordado en los primeros capítulos del presente libro. Por un lado, al caracterizar el análisis arqueológico del enunciado Foucault lo distingue del análisis lógico de la proposición; por el otro, al distinguir entre la crítica como analítica de la verdad y la crítica como ontología de la actualidad, se ubica en esta segunda modulación de la crítica y menciona al positivismo lógico como un ejemplo de la primera. Traigo a colación ambos planteos, puesto que resultan fundamentales para marcar la diferencia epistemológica entre la perspectiva foucaultiana y la que se encuentra presente en el discurso que toma por objeto. Distancia epistemológica ostensible, como la que he señalado en el apartado precedente entre el abordaje arqueo-genealógico de las prácticas en su dispersión, sobre el que Foucault erige su analítica de la gubernamentalidad, y la lectura teleológica y Estado-céntrica en que se basan las críticas inflacionarias del Estado erigidas por el discurso fundacional del neoliberalismo europeo.
  18. Al destacar la dimensión ambiental de la gubernamentalidad neoliberal, bajo ningún punto de vista se busca caracterizarla “alegremente” como una suerte de soft power (interpretación sostenida por quienes niegan o relativizan el carácter crítico del abordaje foucaultiano del neoliberalismo). Sobre este punto, resulta fundamental recordar que en la primera lección del curso precedente –Sécurité, territoire, population– Foucault advertía que la reconstrucción de las distintas formas de ejercicio del saber-poder en la modernidad no debía ser interpretada de modo “etapista”, al remarcar que “no hay era de lo legal, era de lo disciplinario, era de la seguridad”, sino que lo que cambia es la tecnología dominante (2004a: 3-29).


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