La paranoia de la estirpe estremece a los personajes de la literatura especulativa de entresiglos. Ya se ha visto en “La atrevida operación del Doctor Orts” que el problema del atavismo, genético y no neurológico, función básica de la descendencia, causa la muerte del respetable y futurista doctor. El dilema de la jerarquía racial, que, en el período de entresiglos, sufre la desbordante arrogancia vitalista estadounidense que se verá a continuación, encuentra su expresión más elaborada en Eugenia. Esbozo novelesco de costumbres futuras (1919). Fantasía del médico mexicano Eduardo Urzaiz, la novela es una distopía que transcurre en Villautopia, transposición de Mérida (Yucatán) del siglo xxiv. En la ciudad mexicana, el gobierno de los cuerpos y la eugenesia de Estado son una realidad afirmada y marcan el rumbo feliz del porvenir gracias a un sistema de selección e implantación de un óvulo fecundado en el cuerpo “aun de sexo masculino” (2020: 67) de un hombre (el narrador se apura a disipar cualquier hipótesis transgender).
Distopía solo aparentemente radical, en la que la mujer se encuentra liberada del “duro papel fisiológico que la naturaleza le asignara” (32), y la familia se convierte en grupo (en el caso de Ernesto, es homo y heterosexual): es solo cariño o sexualidad, sin el estorbo de la procreación. El protagonista Ernesto es un dandy que frecuenta una pandilla de dandys como él y se despierta muy tarde por la mañana. Celiana, que hace familia con Ernesto y otros, en cambio, es otra versión de Mercedes de “La radiografía”: mujer trabajadora, ocupa cargos en la universidad donde dicta conferencias. Al mismo tiempo, si bien joven, es la educadora de Ernesto (se llevan quince años), y, gracias a ella y a su sabiduría telepática, el protagonista ha logrado convertir su brutal naturaleza viril en un cuerpo dócil apto para formar parte del proyecto biopolítico del Estado.
Era entonces [Ernesto] un turbulento chicuelo de diez, lleno de salud y que, como Emilio, el de Rousseau, no sabía cuál era su mano izquierda y cuál su derecha. Celiana […] dulcificó, a fuerza de cariño, la exuberante turbulencia de su carácter y, cuando hubo logrado sobre él el necesario ascendente, le transmitió el don de la lectura y de la escritura, en unas cuantas sesiones de sugestión hipnótica, sabiamente espaciadas en el curso de un mes (32).
Volviendo a la escena inicial, al despertar en su kimono de seda, el protagonista se entera de que el Estado lo ha elegido para el encargo de “reproductor oficial de la especie” (30). Por supuesto, su vigor natural mezclado con su educación mesmérica hace de Ernesto el sujeto adecuado para la proliferación de la nación. Desde el momento en que el efebo se dirige hasta su nuevo trabajo, la narración utópica del bienestar científico se acompaña con su contrapunto, el despertar en Celiana de emociones tradicionales que exigen la construcción de una familia heterosexual. Por un lado, tenemos entonces el goce y los afectos, y, por otro, la producción de seres biológicamente perfectos, totalmente transgénero y sin contacto con la metafísica de la relación.
Como ya se ha escrito, en Eugenia no existe la familia convencional y los hombres con taras físicas o mentales han sido esterilizados para evitar la degeneración y el atavismo. Más interesante aún, la producción de cuerpos perfectos se destina a la máquina-hombre, alterada hormonalmente para generar un útero. El amor clásico que Celiana descubre sentir por Ernesto es el dispositivo narrativo que pone en tela de juicio no tanto la validez de la utopía biopolítica, sino la real disposición de la mujer latinoamericana para superar las contradicciones de las “cursilerías” emotivas. Una sociedad de máquinas humanas que trabajan como piezas armónicas en el funcionamiento del aparato, calculado desde la disponibilidad de recursos naturales, no necesita de sentimentalismos. Se erradica así “toda posibilidad de temibles consecuencias” (41) en el amor para convertirlo en un espacio de mera emotividad. El novum de Eugenia tiene que ver con la coherencia de un discurso eugenésico, llevado hacia sus últimas consecuencias, y con la inevitable distorsión del espacio cognitivo de las lectoras y de los lectores: ¿qué pasa si las emociones elementales de las personas se despiertan en este universo estrictamente reglamentado? A través de la articulación del relato sobre los patrones del melodrama, Eugenia dialoga con el elemento incluido en la diégesis que, al reproducir el choque entre instancias cognitivas diferentes, activa también la tensión narrativa que llega hasta la spannung. Dicho de otra forma, si no fuera por el melodrama, la novela no sería otra cosa que una enumeración de fantasías y de beneficios.
El tenue equilibrio entre entusiasmo distópico y forma clásica de la narración melodramática se perturba desde el comienzo de la novela, cuando Ernesto anuncia a su familia el papel que el gobierno de los cuerpos obligatoriamente (aunque la obligación se ve más como lógica que coerción) le asigna.
Celiana era la inteligencia directora, el centro del sistema; Ernesto, la cifra de todos sus cariños; Consuelo y Federico eran el rayo de sol, la poesía de la casa, y Miguel, el amigo seguro y leal, el consultor […]. El bienestar económico suavizaba los ejes de este sencillo mecanismo y facilitaba su armónico funcionar. ¿Qué simiente de odio o de discordia tendría poder suficiente para alterar o interrumpir su marcha? (44-45).
Frente a la perfección de la ingeniería genética, la promesa de un agravio acompaña la narración. La inevitabilidad de la forma del melodrama peligra alterar la radiosidad del futuro distópico. Para evitar los nubarrones que se ciernen sobre el funcionamiento de la máquina eugenésica, hay que reemplazar la naturaleza terrenal de Celiana con otra protagonista del melodrama, más coherente con el proyecto de Villautopia.
En el centro de reproducción, a Ernesto le asignan una tal Eugenia para cumplir con la práctica anatómica de producción de gametos. Pero Eugenia es un ser perfecto no tan solo destinado a la procreación: de ahí que la convicción de Ernesto hacia los alcances de la ciencia empiece a vacilar.
Al enterarse de que tendría un hijo adorable, por serlo también de la mujer adorada, adquirió la noción exacta de la utilidad de su existencia, vio claro el móvil de su vida en la prolongación de su ser a través de la vida y de la muerte (174).
Eugenia, la mujer perfecta, que añade a la condición de pieza la de ser querido, sustituye a la mujer inútilmente emancipada, Celiana. Ella, fuerza retadora del orden de la evolución, termina sus días conmovida por el spleen, contemplando el crepúsculo atmosférico y de la vida: “[C]onsumida estaba la ruina total de aquel cerebro poderoso […] uno de esos despojos que el amor y la vida van arrojando a los lados del camino” (185). Sin considerar la dimensión edípica de la historia –en la educación de Ernesto, no se le conoce otra figura femenina–, a pesar de su emancipación o justamente por eso, Celiana no puede acceder a la promesa del amor y de la procreación. En cambio, Eugenia es el ser perfecto, “fabricado” para generar hijos y que aviva en Ernesto una ambición científica. Eugenia no tiene voluntad, solo tiene un papel. En contraste, enjaulada en su modernidad, Celiana se entera cuando ya es demasiado tarde de las reales exigencias de un hombre, que pone el amor al lado de la procreación.
La primera sugestión que destacar de la novela inviste la relación entre melodrama y ciencia ficción o también la relación entre humano y poshumano. Siguiendo a Rosi Braidotti (2014), la novela pone en escena las múltiples problemáticas implícitas en una gestión rotundamente científica de la vida, en la que la experiencia humana queda apresada en el mero cálculo. ¿Puede el ser humano separarse de su humanidad, ambicionar a la perfección científica e ir siempre a tientas en la jungla de los deseos y de las emociones? En otras palabras, al lado de las ficciones que se han visto sobre el hombre-máquina o la inteligencia artificial, Eugenia ahonda en un dilema mucho más complejo y sutil que tiene que ver con la organización científica de la vida, la biopolítica perfecta, y con lo humano, el humanismo y el exceso de vida (el amor, en el caso de la novela), frente al imperio de lo pragmático. En una sociedad en la que también los sentimientos se gobiernan racionalmente, la dupla cópula-amor es una transgresión vital.
Otro elemento interesante en Eugenia, central en este apartado, es la imposibilidad de la evolución humana en ciertos “seres”. Celiana hace de su emancipación su mismo límite, pero hay también “razas” que no pueden entender las más avanzadas prácticas biopolíticas. Durante la primera visita al bureau de eugenesia de Villautopia, Ernesto encuentra en el despacho del director del centro “dos africanos galenos […] dignos representantes de la ciencia médica en Hotentocia” (65-66). Los dos, procedentes de regiones remotas y atrasadas, emprenden el viaje para exportar las tecnologías de Villautopia a los habitantes de su reino, que siguen atribuyéndoles a las mujeres la responsabilidad biológica del nacimiento, a pesar de que “las cultas y ricas sienten ya horror por [la misión biológica] y recurren a todos los fraudes posibles para evitarla” (91). El atraso de “tres siglos, por lo menos” (ibid.), en el que viven los africanos (serían nuestros contemporáneos) certifica su incapacidad de llevar adelante el conocimiento científico, y se esfuman en el relato sin dejar el menor rastro. La improductividad de su visita era previsible desde el primer momento, pues sus facciones no les adjudicaban la menor posibilidad de alcanzar sus propósitos.
Joven el uno y viejo el otro, los dos eran feos y bembones y tenían un aire muy cómico de asustada curiosidad; se expresaban correctamente en inglés y sus ademanes eran afectados. Llevaban largas levitas negras y unos sombreros muy largos en forma de cono truncado, que conservaban hundidos hasta las orejas en señal de respeto; el viejo, con su collar de barba blanca, parecía un chimpancé domesticado (66).
La amenaza implícita de la fealdad del otro se convierte en Eugenia en una burla paródica. Frente a tantos avances sociales y tecnológicos, los siglos de atraso en los que vive la otredad animalizada no es una amenaza, solo un escarnio. Los africanos se desvanecen de la diégesis sin ser otra cosa que un mero intermezzo entre patético y cómico.
El interés introductorio de la obra de Urzaiz surge de la constatación de que Eugenia admite dos lecturas críticas de la raza y de la biopolítica fundamentales en este capítulo. En primer lugar, la obsesión hacia la raza y la posibilidad de que algunas tengan o más vigor o un mejor gobierno de los cuerpos que las haya fortalecido. La gran paranoia a la invasión estadounidense en las repúblicas centroamericanas depende, en la ciencia ficción de entresiglos, de una presunta inferioridad biológica y biopolítica.
En este capítulo, la relación entre géneros masivos y obsesión de la genética se articula a través de tres elementos, donde el primero tiene que ver con la natural flaqueza del latinoamericano frente a otra nación poscolonial, los Estados Unidos. Después de los primeros recelos continentales frente a la Doctrina Monroe, manifiesto de la sed de hegemonía de Washington en América, después de la guerra contra México a mediados del siglo xix y la anexión de los territorios de Texas, Arizona, etc., después de la paulatina intromisión en la vida económica y pública de América Central, pero sobre todo de la intervención en la Independencia de Cuba, la sombra terrible de la invasión estadounidense empieza a hacerse cada día más abrumadora. En la circulación de idea arielistas sobre la imposibilidad (o la refutación) de reproducir los patrones de desarrollo del “norte revuelto y brutal que [los] desprecia” –como escribe José Martí en la “Carta a Manuel Mercado” (2007: 616)–, mucha ciencia ficción, en particular centroamericana, manifiesta la angustia por la asincronía biológica y tecnológica con la “raza sajona” de los yankees y, al mismo tiempo, busca oponerse a la fatalidad de un destino de subalternidad.
En segundo lugar, Eugenia articula la animalización xenófoba de todo lo que no es Occidente. Más adelante en el capítulo, se traen a colación las ficciones sobre la peligrosa cercanía entre hombre y animal, sobre la necesidad de gobernar la animalidad y la ficcionalización de los dispositivos de contención de la otredad bestializada. De la definición de una mayor cercanía del indígena, el negro o hasta el mestizo con el mundo silvestre, se pasa a la tercera parte del capítulo sobre las causas de un destino funesto, fijándose en las representaciones monstruosas de la otredad, pero privilegiando las ficciones que piden una voz de mando para desbaratar al caníbal (deseo sarmientino), que claman por una primacía científica de la represión del otro, o, al revés, las que temen estas tecnologías de control.
6.1. Ineluctable imperialismo
Desde la difusión en América Latina de Caliban: suite de la tempête (1878), de Ernest Renan, los esclavos de Próspero se convierten en la pareja conceptual apta para pensar la identidad latinoamericana. Paul Groussac, Rubén Darío, José Enrique Rodó consignan los rasgos del linaje de América Latina al esclavo obediente de Próspero, Ariel, mientras que Caliban se convierte en el leviatán tecnológico del norte del continente. La concepción de una monstruosidad de acero y dólares probablemente circulaba anteriormente por Hispanoamérica ya que, en el mismo año en que Renan publica su reescritura del drama shakespeariano, Eduardo L. Holmberg nombra su autómata amenazador con el mismo nombre del hijo de Sycorax.
Entre la necesidad de definir una identidad nacional y continental fuerte para competir, o por lo menos defenderse, en la gran riña chovinista de los Estados burgueses y en busca de una originalidad americana, los intelectuales modernistas persiguen la grandeza en los vestigios de los Imperios precolombinos (la otredad se saca del clóset siempre con beneficio de inventario), en la herencia católica española y en el carácter etéreo de la cultura criolla. “Eres los Estados Unidos/ eres el futuro invasor/ de la América ingenua que tiene sangre indígena,/ que aún reza a Jesucristo y aún habla en español” (1994a: 202), escribía en 1904 Rubén Darío en su poesía “A Roosevelt”. El miedo martiano a la penetración anglosajona solicita una muletilla retórica en oposición a la violencia neocolonial e imperialista –“[E]n donde pones la bala/ el porvenir pones” (ibid.). Defenderse de la agresividad anglosajona es posible solo desde una firme conciencia cultural y política.
La poesía de Darío “A Roosevelt” es un exquisito listado de opciones identitarias para lo latinoamericano, un baluarte de lo propio definido por la cultura clásica y el mito (Atlántida), por la nobleza azteca, la hombría de la resistencia en oposición a la penetración imperialista. Anclada en la pureza natural de la tierra y del sentimiento, la lírica exalta el revanchismo hacia las intenciones de dominio del “gigante de las siete leguas” (este es José Martí, en “Nuestra América”).
No es difícil imaginar cómo el pánico tecnofóbico confluye en la fantasía científica de entresiglos, a partir de “Horacio Kalibang o los autómatas”. El cuento de Holmberg ofrece una lectura de la evolución del referente criollo con respecto al miedo a la incorporación metafóricamente antropófaga. La posición periférica del desarrollo tecnológico latinoamericano causa, desde el clarear de las independencias, cierta incomodidad, vinculada en un principio a las revoluciones industriales europeas y, solo en un segundo momento, a la voracidad energética y a la desfachatez acaparadora de Estados Unidos. Un cuarto de siglo después de la publicación del cuento de Holmberg, de la “confesión auténtica” de Juan Vicente Camacho, o todavía en los mismos años de las especulaciones gubernamentales de Raúl Waleis, un escritor centroamericano, morador de ese “patio trasero” que propicia el impulso de la instalación de Washington en el subcontinente, piensa en el problema de la subalternidad latina desde unas fantasías raciales. Máximo Soto Hall, autor en 1899 de la novela de ciencia ficción El problema, elucubra (y lamenta) el atraso centroamericano desde la desventaja de la raza.
Nacido y criado en Guatemala de padre hondureño, Soto Hall es un acaudalado representante de uno de los linajes liberales centroamericanos de la segunda mitad del siglo xix. El vástago se muda a Costa Rica con 25 años, en 1896, atendiendo a los intereses económicos de la familia. Iván Molina Jiménez reconstruye los ascensos y las caídas de la familia Soto, entre ellas, la biografía de su tío Marco Aurelio Soto Martínez, que, después de liderar la reforma liberal en Honduras y de asociarse con un norteamericano, Washington Valentine, termina en el exilio, donde muere. Al revés, el socio tiene “un porvenir brillante, ya que se convertiría en el concesionario del ferrocarril interoceánico en 1890 y será conocido como ‘El Rey de Honduras’ a comienzos del siglo xx” (2004: 206).
Por otro lado, la madre de Soto Hall es hija de una guatemalteca casada con un empresario y vicecónsul británico. El joven Máximo se cría en una de las más importantes familias centroamericanas, recibiendo hasta los elogios poéticos de Rubén Darío, como señala Molina Jiménez (207). Ambiguo hasta en las referencias literarias, Soto Hall aparece también en Ecce Pericles de Rafael Arévalo Martínez, donde pasa de ser el pensador divino dariano al autor, junto a otros, de los discursos patrióticos del tirano Manuel Estrada Cabrera. Después de una larga trayectoria política, del matrimonio con la estadounidense radicada en Guatemala Amy Miles, de la caída de Estrada Cabrera y de un largo peregrinaje por el continente americano, Soto Hall fallece en Buenos Aires en 1944.
Publicada al año de la paz en Versailles entre España y Estados Unidos y frente a la emergencia de un pensamiento antiimperialista, Iván Molina Jiménez, en el trabajo citado de 2004, se fija en todos los aspectos culturales y biográficos, además de textuales, para tratar de entender la posición política de su autor. Por cierto, el contexto familiar y político deja muchos interrogantes sobre los significados de esta: si es una novela en la que se constata una inferioridad, lamentando el problema de la raza y la imposibilidad de una independencia para América Latina, o si, al revés, es una novela antiimperialista que trabaja el deseo de autodeterminación de América Central contra la desfachatez del norte, aspecto que luego vuelve en la ciencia ficción de otro autor, Carlos Gagini.
Molina Jiménez vuelve sobre esta pregunta en el capítulo sobre ciencia ficción centroamericana del volumen al cuidado de Teresa López-Pellisa y Silvia Kurlat Ares (2020). Para el costarricense, el problema es entender la filiación intelectual de Máximo Soto Hall y definir o la propensión hacia la invasión estadounidense o, al revés, la inclinación hacia un arielismo poético latinoamericano. Si bien es cierto que El problema se centra en la presencia cada día más abrumadora de la potencia del norte, el argumento esencial de la novela no tiene que ver con la posición política de uno u otro personaje, sino con la ineluctabilidad de la sustitución o, dicho de otra forma, con la imposibilidad, por parte de los centroamericanos, de luchar contra la potencia norteamericana. El problema mide las chances biológicas que la raza latina tiene para dominar en futuro al gringo invasor, y el diagnóstico es despiadado.
En la novela un costarricense vuelve a su país después de una larga estadía en Europa. Distopía del desarrollo impulsado por los estadounidenses, El problema se centra básicamente en la descripción didascálica de los repentinos avances tecnológicos que se han producido en la veintena de años de ausencia de Julio, el protagonista. Los norteamericanos entienden y dominan las maravillas de la técnica, mientras que los locales no. El padre de Julio es dueño de una fábrica de chocolate –mercancía maravillosa, entre el mito de la cultura precolombina y la ingeniería moderna, un mundo digno de Roald Dahl– donde los capataces anglosajones son los responsables de la ineptitud de los trabajadores costarricenses. Pero estos últimos son, frente al progreso, como unos niños desamparados que necesitan de una vigilancia rigurosa y constante. Después de un accidente en la fábrica, la culpa es tanto de un local como de la falta de guía por parte del anglosajón: “—¡Quién otro podía ser! Claro. El del país. Que gente. Por eso no hemos podido hacer nunca nada. Somos una raza inferior, muy inferior” (101).
El incomparable paisaje del viaje del narrador se caracteriza por las soberbias mejoras que benefician el país. Frente a la fascinación por el progreso, el tema conceptual de la ocupación foránea, su conveniencia y sus problemáticas, parecen meros malabarismos, brotes esporádicos de orgullo. El relato requiere de una organización del material distópico en una sintaxis ficcional que, frente a toda evidencia, establezca la ineluctabilidad del destino. Desde esta necesidad se afirma la seducción del melodrama en el levantamiento de un imaginario patrio, hasta en las relaciones comerciales.
En la novela de Soto Hall, el tema central es el deseo de Julio, el protagonista, de tener una relación con Emma, una joven norteamericana. Al mismo tiempo, en su estadía francesa, Julio se había comprometido con Margarita, una chica costarricense. Radicalmente diferentes en el espíritu y en el vigor corpóreo, Margarita es una muchacha diáfana y enclenque que atrae por débil: Julio se satisface a “imprimir forma a aquella planta nueva” (1899: 63), buscando elevarla sobre el juicio misógino desde el que mira “al sexo femenino [al que] no le merecía el menor aprecio” (ibid.). Hombría criolla que moldea a la mujer y el paisaje desde su superioridad, aplicando una epistemología firme a “las naturalezas de enfermiza sensibilidad” a las que “es necesario enseñarles el dominio de la voluntad” (64), el gran esfuerzo de la élite económica es el de forjar y dominar un territorio débil. Margarita no garantiza el fortalecimiento eugenésico de la especie, su debilidad solo sugiere el dominio masculino, no la procreación productiva, que, en cambio, Emma asegura desde su barbarie civilizada (oxímoron muy de los latinoamericanos que ven levantar futuro desde la ferocidad de los gringos caníbales).
El problema de Julio no es solo la educación de Margarita, sino la fuerte atracción que siente (como aerolito en la órbita gringa) hacia Emma. El valor simbólico de la muchacha de origen anglosajón es “admirable”: “alta, robusta, fuerte”, de “caderas redondas y […] pecho erecto” (29), invita a la cópula. Pornotropicalismo al revés, la norteamericana es un resguardo a favor del feliz desenlace del darwinismo. Pero es también una máquina, un cyborg a la manera de Donna Haraway (2018), un “una mujer hecha para la maternidad, molde soberbio para la procreación” (1899: 29). Emma domina, desde su superioridad de cyborg reproductor, la naturaleza americana que, gracias a ella, muestra “sus gigantes energías hasta en las debilidades de un jardín. Las plantas más raquíticas tenían algo de grandioso; parecían satisfechas de la fecundidad y vigor del seno que las alimentaba” (68).
Así que el gran problema de la raza, la concluyente diferencia con Margarita es que “Emma, cuando amara, amaría por necesidad de amar, por el cumplimiento de una gran ley: la ley de la naturaleza” (91). El pobre Julio, espabilando la gran llama del deseo, no se da cuenta de que Emma domina la naturaleza al mismo tiempo que domina la técnica, de que, si es una máquina para engendrar la raza futura, necesita de un ser superior y calificado que la domine, no de un sujeto decaído, falto de práctica y soñador (187), según la caracterización de Julio por el narrador.
Al comienzo Emma le tiene a Julio cierto cariño maternal, pero luego necesita a otro norteamericano como ella, a otro “hombre superior [que] la atraía de manera irresistible, la dominaba” para cumplir con el determinismo darwinista. En este momento, entra en la escena Mr. Cassey, infalible empresario norteamericano. “Sus palabras llenas de fe, su energía infatigable, su voluntad de acero, cualidades eran que Emma no podía adivinar en un hombre, sin sentirse agradablemente impresionada por él” (ibid.). ¡Mr. Cassey!, héroe del capitalismo industrial que remata una huelga en la fábrica de chocolate (que, por supuesto, los parientes de Julio no logran reprimir) solo gritando lo suficiente, que despide obreros a mansalva sin la más mínima rebelión por una muchedumbre hasta hace poco amotinada; hombre de conciencia práctica que, “preocupado con sus grandes empresas, trabajando constantemente” (ibid.), parece “incapaz de rendirse á los dulces halagos del amor” (ibid.). Pero no, si es una fiel maquinaria a cada paso esparcidora de progreso, tiene la firme conciencia de que en algún momento se verá obligado a ejercitar el útil empeño de la seducción. Así, sin el menor reparo, Mr. Cassey busca asiento junto a Emma, luego le trae bombones de New Charleston (la ciudad puerto donde arriba Julio al comienzo de la novela y donde todo el mundo habla solo inglés) y otras nimiedades agobiantes. Desde su planificación económica, Mr. Cassey cumple con la faena necesaria para producir futuros invasores.
En una escena de la novela, cuando todo el mundo se asombra por la infatigable devoción del gringo hacia la empresa de todo tipo, los diminutos súbditos de Mr. Cassey le preguntan si siempre cumple con todo propósito. Hablando de eso como si fuera cualquier cosa, el gringo heroico admite solemne:
—Me falta la mayor de todas.
Y cuando se le preguntó cuál era, dijo sonriendo sin apartar sus ojos de Emma.
—La del matrimonio (ibid.).
Y así, de paso entre un triunfo y otro, Mr. Cassey logra apoderarse de su máquina de generar arios, derrumbando los miles de cursilerías de Julio que, en un momento, habían interesado a Emma.
Entre paréntesis, los niños en la novela son literalmente “ya todos unos hombrecitos” y
dominan la naturaleza que tal vez los odia: el trabajo ordenado, el trabajo metódico, la gran labor del que sabe triunfar con su fuerza y su perseverancia se advertía por todas partes. Comprendió porqué la raza nueva se tragaba á [sic] la suya, como un remolino del Malström se sorbe el último resto de un naufragio (21).
El determinismo de la invasión imperialista, del furioso torbellino del cuento de Poe que terminará hundiendo la patria, es evidente desde los primeros gemidos de la superioridad yankee que nace para el dominio.
Desde la experiencia de la guerra hispanoamericana, que entrega el destino del continente a la voracidad gringa, y proyectada hacia la década de los veinte, cuando transcurre la jornada del pobre Julio, El problema pone en escena la tentativa de conquista del cuerpo de la mujer anglosajona en los mismos años en los que Rómulo Gallegos planea la ficción del imperio del criollo urbano sobre el territorio y el cuerpo de la nación (se recuerda que la novela se publica en 1899, pero transcurre veinte años después). Fuerte con la mujer indómita y terminante con el norteamericano Mr. Danger, Santos Luzardo puede sí dispersar las enérgicas fuerzas que reinan en el llano, eliminar el imperialismo de un solo sujeto y la barbarie de otra, pero solo se queda con el linaje de Marisela, una imitación silvestre de Margarita, una mestiza. La gran diferencia es que, en la novela de Soto Hall, los anglosajones y los latinos no se ven nunca desde una subjetividad, sino desde un concepto de “colectividad racializada”. No existe un Santos Luzardo en lucha contra una enemiga (simbólica) y contra un enemigo imperialista, aislado en el llano.
[la raza norteamericana] se encontró con una raza superior, muy superior en espíritu, pero inferior en materia y pasó lo que tenía que pasar. La sangre poderosa cogió, transformó, y se asimiló la sangre débil. El músculo de hierro venció á la idea de oro. De esa gran lucha, debía nacer naturalmente la admiración de los débiles por los fuertes; la fascinación del triunfo; acabando por dejarse devorar los primeros sin resistencia y sin dolor, como el ave hipnotizada por la serpiente hipnotizadora (Soto Hall, 1899: 21-22).
Otro paréntesis. En El problema, la presencia indígena en el territorio brilla por su ausencia. Central, desde este punto de vista, es la desaparición de la diferencia biológica entre indígenas y criollos –a pesar de que la novela transcurra en Costa Rica, Soto Hall se crio en Guatemala, país de enorme presencia indígena– a favor de una “genérica cultura latina, a la que sometió cuestionamiento a partir de una comparación con el estilo de vida estadounidense” (Molina Jiménez, 2020: 25). Solo en un momento de la narración, se hace referencia al indígena en términos rotundamente folclóricos, una cultura estancada en sí misma que ya no significa nada:
Sean estos países de quien sean, siempre estarán representadas las razas primitivas, por las ruinas del Palenque y de Copan, por la marimba, por el tun tun y las chirimías. Eso es la expresión de una raza. Nosotros hemos desdeñado todo eso. […]. Nos ha seducido la civilización en todas sus fases y en todas sus formas y hemos corrido tras ella con un afán insaciable. He ahí, porqué los indios fueron conquistados y nosotros somos absorbidos. Si hubiéramos girado en una órbita propia, nos hubiéramos salvado del peligro, aún haciéndonos acreedores á la censura; pero hemos querido girar tan cerca de la órbita americana que hemos sido víctimas de las leyes de atracción (84-85).
El indígena simple y llanamente no existe, detenido en un tiempo ancestral, abandonado en el basural de la historia. Pero el ejemplo de la estirpe subyugada sigue presente y vuelve como un fantasma a recordar la posible caída de una cultura otrora dominante. Terrible validación de la subalternidad racial, el latinoamericano tendría que abandonar la contienda por manifiesta inferioridad y renunciar a la civilización, librándose así de toda ambición de pertenencia a Occidente. No sé desde qué olvido de la historia de la colonización vieja y nueva de las poblaciones indígenas se habla de una posible autarquía económica y cultural, pero es cierto que la competición con las naciones modernas se convertiría de antemano en una derrota.
La manía racial del latinoamericano que Rómulo Gallegos o Alcides Arguedas ven solo en la corrupción de la cercanía geográfica con la decadencia racial indígena en El problema es el motivo del complejo terrible del criollo americano. La inquietud localista de la propiedad de la tierra sucumbe frente a la magnitud del reto de dominar la técnica de la industria. También en Desde Júpiter, novela de ciencia ficción que Francisco Miralles publica en Santiago de Chile en 1877 bajo el seudónimo de Saint Paul, la raza constituye la obsesión primaria de lo latinoamericano durante su visita espiritual al gigante gaseoso. En la novela los habitantes del planeta pueden medir el grado de evolución (y lo hacen desde un estándar latinoamericano) y de ahí prever los logros de la evolución a los que los terrícolas pueden aspirar. El eventual éxito evolutivo depende en la novela de Miralles esencialmente del gobierno médico de la raza, desde la prohibición del consumo de tabaco hasta la lógica de las relaciones sexuales. Los habitantes fantásticos de Júpiter funcionan de la misma manera que los norteamericanos en El problema. Ambos activan, desde el dispositivo más didascálico de la distopía, un dialogismo bajtiniano que organiza el viaje teórico hacia sí mismos, directamente al núcleo de la herramienta biológica. El novum es la raza, y el mundo cognitivo que la ciencia ficción de Soto Hall explora es el fracaso genético de toda posible resistencia frente a la inevitable conquista –mejor dicho, la absorción– del universo tecnológico del Caliban anglosajón. Frente al destino implacable del fracaso genético, el pobre Juan decide matarse arrojándose con su caballo contra el tren que lleva a los recién casados hacia su viaje de bodas.
En Doña Bárbara el recorrido es hacia la (aniquilación de la) otredad, donde la imposición del valor telúrico y de la sabiduría urbana tienen que acompañar la afirmación de la civilización. Las directrices de las fuerzas criollas resultan así muy claras, son centrípetas y no centrífugas, pueden amansar el territorio nacional, pero no competir con los más avanzados, sean estos alienígenas o yankees.
El irrefrenable deseo por constituirse raza superior y el contemporáneo miedo de percatarse de una insalvable inferioridad vuelven en la producción literaria del costarricense de ascendencia suiza Carlos Gagini. Nacido en San José en 1865 y allí fallecido en 1925, es un filólogo, cultiva el conocimiento de las lenguas indígenas y el esperanto. Autor de cuentos, entre ellos, los reunidos en Cuentos grises (1918) y las novelas El árbol enfermo (1918) y La caída del águila (1920), es también compilador de tratados e informes de carácter científico sobre la geografía de la patria. Gagini, como León Fernández Guardia, es un vástago de la élite moderna de América Latina enemiga de los versos. Corresponde al retrato que se hace de Marcial Hinojosa. El protagonista del relato homónimo de Cuentos grises es el arquetipo modélico de la literatura de Gagini, un joven criollo de inteligencia científica que prefiere las novelas a la poesía, “particularmente de aquellas que ofrecen vasto campo a la imaginación, al razonamiento deductivo o a la investigación” (1918: 63). Sostenedor de una literatura que ya es maqueta epistemológica de una forma del pensamiento, el interés por la poesía mengua por causa de la presunta inadecuación de esta a la representación del ser moderno. Esta tipología de personaje vuelve, triunfante o rendida según las circunstancias que se verán a continuación, en El árbol enfermo y La caída del águila.
La primera novela se puede considerar una especie de reescritura de El problema. La estructura del relato es casi la misma que la de Soto Hall y tiene que ver con la imposibilidad racial de detener la incursión norteamericana, simbolizada a través del recurso a una decepción melodramática parecida a la del guatemalteco. También en El árbol enfermo se ve el fracaso de todo sueño de reproducción feliz de la nación.
Un pueblo enfermo sin la más mínima cultura biopolítica que rechaza además la imposición de la cura. Mr. Ward, un norteamericano radicado en el país, hace un listado de los vicios que afectan la salud de la nación, entre ellos la bebida, las condiciones de trabajo en el campo, etc. En un momento, trae a colación el informe de un médico compatriota sobre la anquilostomiasis y el consecuente enérgico pedido ante el gobierno de “obligar el pueblo a curarse, porque centenares de enfermos se niegan a ello” (34). Frente a la réplica antiimperialista de don Rafael, burgués criollo que se opone a la medicalización social, el norteamericano le contesta: “Nos guía solo el deber de humanidad. No creo ni deseo que nuestro país intente absorber a los latinos; pero el día que se le antojara hacerlo, no hallaría grandes obstáculos, porque ellos mismos le han allanado el camino” (ibid.). Inevitabilidad biopolítica del imperialismo, ficción científica de una jerarquía biológica y cultural, El árbol enfermo fantasea, desde la misma locura eugenésica, sobre las razones íntimas de una inferioridad.
El cronotopo de La caída del águila repite los elementos antecedentes: una distopía situada en un futuro ya no lejano (es solo 1925), la presencia modernizadora pero problemática de los estadounidenses invasores, la aspiración a la autodeterminación a pesar de las objetivas mejoras aportadas por los americanos del norte, un patriotismo en constante vacilación entre el orgullo y la capitulación.
Todos caracteres propios de las ficciones de Soto Hall y de Gagini vistas aquí, si no fuera porque La caída del águila pone en escena el ingenio de una facción de rebeldes que decide terminar con el vuelo del águila imperialista. La asociación consta de personas procedentes de América Central, Colombia, Japón, Filipinas, o sea, todas las neocolonias estadounidenses en las dos orillas del Pacífico (más Alemania). Ellos secuestran a Mr. Adams junto a otras personas y las llevan a su cuartel general. Los elementos distópicos de la novela dependen directamente del diálogo entre prisioneros y rebeldes: de ahí que el lector se entere del gran arsenal de armas hipertecnológicas de las que disponen estos personajes, con las cuales, al finalizar la novela, destruirán el imperio del norte empezando por la conquista del canal de Panamá. El jefe de esta logia, “Los caballeros de la libertad”, es Roberto Mora, “ingeniero […] y descendiente del patriota caudillo costarricense que en 1856 rechazó la invasión de los filibusteros yankee” (47), que hace referencia a la lucha de Juan Mora contra la empresa de William Walker, el aventurero que invadió Nicaragua a mediados del siglo xix.
Los pueblos recién subordinados al poderío yankee abandonan aquí el complejo de su inferioridad para levantarse contra el imperio, respaldados por el más eficiente conocimiento tecnológico.
Lo que llama la atención, más allá de las múltiples tesis en oposición a la arrogancia imperialista, entre ellas el propósito imperial alemán que ha salido derrotado de la Primera Guerra Mundial, es el potencial civilizatorio de los centro y latinoamericanos más allá de las tachas ambientales y genéticas en las que viven. El secretario Adams, al oponerse a la retórica baladí de la grandeza de la “raza centroamericana”, enumera las razones de la inferioridad latina (que repiten básicamente el atavismo original), introduciendo un detalle no irrelevante: la lástima con la que ve las repúblicas americanas “consumidas por la degeneración de la raza indígena, por la deficiencia de su alimentación y por el abuso del alcohol” (54). La caída del águila, por primera vez, introduce el gran miedo racial al degeneracionismo. La invasión norteamericana se vende a sí misma como instrumento de remplazo “con gente mejor y más robusta” que los indígenas, “indignos de vivir sobre la faz de la tierra” (ibid.). Ahí va el problema y también el gran rubor de los latinoamericanos que se apuran en contestar argumentando los logros de las élites criollas. Entre ellos, el salvadoreño habla desde el saqueo original del colonizador, alabando la abundancia sacada del suelo a pesar de la presencia de la otredad. De ahí en adelante, la riqueza es criolla y la ofensa de los estadounidenses es contra personas abundantemente limpias de sangre.
En la novela entra también el lado romántico del idilio imposible entre la “raza” norteamericana y la latina. Fanny, hija del señor Adams, al mirar la figura del ingeniero que “se engrandecía ante sus ojos y tomaba proporciones colosales” (112), recuerda la noche en Washington en la que se conocieron, el amorío y la decepción al reparar en su genealogía afectada: “… al enterarse de que pertenecía a uno de los pueblos que el Gobierno de Washington quería condenar a desaparecer, sintió la misma vergüenza de una aristócrata que repentinamente descubriese en su cortejante a un antiguo criado de la casa” (113, énfasis mío). Más allá de la evidencia, tal y como los personajes que la novela inventa, La caída del águila busca no ceder a la fascinación del fracaso degeneracionista. El orgullo de Roberto Mora le impide suicidarse por amor, y los pensamientos propios de los demás personajes, enfocados desde la “objetividad” de un narrador omnisciente y extradiegético, confirman la superioridad intelectual y moral de los latinos (de las latinas no; de hecho, el objeto del deseo es Fanny, y no una macilenta chica costarricense). De ahí que, a diferencia de El problema y El árbol enfermo, el desengaño amoroso ya no motiva la ruina, más bien se convierte en instrumento de venganza. La razón de amor es la causa profunda del gran complot tecnológico urdido contra Estados Unidos. El rechazo racista origina el propósito de desquitarse para demostrar, a toda costa, el derecho a acceder al corazón de la máquina reproductiva norteamericana.
La caída del águila cierra un círculo de obras que involucran a dos escritores centroamericanos y que plantean básicamente el gran dilema de la inferioridad racial, cuyo corolario inevitable es la invasión de un pueblo mejor armado y biológicamente más dotado. El problema expone los elementos de significado de una literatura de ciencia ficción frente al gran novum del imperialismo tecnológico, desprendiendo el desarrollo de las múltiples temáticas posibles. La obsesión eugenésica y el miedo a la degeneración vuelven repetidas veces en estas obras hasta explicitarse en La caída del águila. La novela de Gagini busca también un último arranque de orgullo frente a la ineluctabilidad científica de la destrucción de la raza latina. La paranoia biopolítica de la sustitución étnica se articula a partir de estas novelas en las que el rechazo del avance científico en el cuidado de los cuerpos (un precursor de Pedro Arnáez) significa la persistente cercanía con la raza indígena y la inevitable desaparición regresiva del blanco, hundido en el pantano del mestizaje.
6.2. Monos
Desde la idea de la posible afectación de la estirpe por causa del contacto con una otredad degenerada, la fantasía científica hispanoamericana concibió ficciones centradas en el miedo al primate bestial. Leopoldo Lugones y Horacio Quiroga, el primero en “Izur” (en Las fuerzas extrañas), y el segundo en “Historia de Estilicón” (El crimen del otro, 1904), “El mono ahorcado” (Caras y Caretas, 1907) y “El mono que asesinó” (Caras y Caretas, 1909), dedicaron parte de sus especulaciones a la relación entre salvajismo y humanidad.
Soledad Quereilhac describe, en abundantes páginas, la relación entre los artículos de curiosidad pseudocientífica que salieron en publicaciones masivas y sus ficcionalizaciones fantásticas. En ellos, las teorías darwinistas se pliegan a aterradoras hipótesis sobre la trampa especular de la diferencia –según una expresión de Carlos Jáuregui (2005: 172)–. La “postulación de un pasado evolutivo común con los animales y las conjeturas fantasiosas que esto despertó en la época” hacen que “el mono protagonizara diferentes ámbitos de la especulación social” (2015: 3190), desde un aprendizaje interespecie en el caso de “Izur” hasta la venganza a través de la metempsicosis de lo humano en lo animal. “El mono que asesinó” es un ejemplo más de la traducción de la imaginación orientalista a las especulaciones científicas y policiales de entresiglos, donde el crimen misterioso coincide en realidad con una especulación espiritista.
Quereilhac enfatiza dos vertientes de la cercanía con el mono. En primer lugar, “el temor de una regresión atávica […] la vuelta abrupta […] a un estadio salvaje”, y luego la fantasía de la “humanización de la figura del mono en relación directa con la animalización de lo humano” (2015: 3190). Estas observaciones cumplen perfectamente con la necesidad de inscribir dichas versiones del fantástico y del gótico en la producción no mimética latinoamericana. De las investigaciones de Quereilhac, es posible reflexionar solo sobre la cultura que impulsa las ficciones en la frontera entre lo humano y lo salvaje y de ahí fijarse en las propuestas de gobierno del ser humano que pierde su categoría o del animal (del monstruo) que pretende volverse persona.
Desde el enfoque en las racionalidades de las prácticas de gobierno de este trabajo, el cuento clave es “Los caynas”, del peruano César Vallejo. Publicado en la colección de cuentos Escalas (1923), “Los caynas” exhibe el temor a la degradación racial del sujeto andino, alejado de las consignas del progreso e inscrito directa o indirectamente en el atavismo, por indígena o por mestizo.
Sin ahondar en el largo debate sobre el indigenismo en Vallejo, que empieza con el aporte de José María Arguedas (“Entre el quechua y el castellano”) incluido en el volumen a cargo de Ángel Flores, Aproximaciones a César Vallejo (1971), y más aún en las reflexiones sobre vanguardias poéticas y otredad, interesa la definición de su papel en el debate cultural de la década de los veinte. La participación de Vallejo en el milieu cultural limeño de ese entonces lo incluye en el conjunto de intelectuales (Mariátegui, Valdelomar, Eguren, etc.)[1] que se preguntan por el posible rol social y político de la cultura indígena. El concepto de “heterogeneidad” –que luego elaborará Antonio Cornejo Polar– germina en estos años en el panorama cultural, instalándose en la diagramación de una cultura nacional. Al mismo tiempo, y en el mismo entorno, se dan también los primeros casos de difusión y de interés de los géneros modernos como el fantástico (Honores, 2010), que dejan de ser fenómenos aislados (en Clemente Palma, por ejemplo) para ingresar en el conjunto de las obras de los autores de ese entonces.
En el caso de César Vallejo, la recepción del fantástico se vierte en los cuentos de Escalas y en la nouvelle Fabla Salvaje (1923), que trabajan la aporía de un lenguaje pretendidamente homogeneizador frente a las prácticas políticas neocoloniales del Estado peruano. La heterogeneidad de la otredad indígena se articularía en las elaboraciones del género, con particular énfasis en “Los caynas”, a través de la representación de algunos elementos biopolíticos como la degeneración racial o el encierro.
Ahondando en la relación entre creación literaria y dispositivos disciplinarios, una primera huella crítica es el vínculo entre la expresión vallejiana de la infancia y la experiencia estudiantil. Alejandra Josiowicz (2019) busca las raíces del vanguardismo vallejiano en las referencias poéticas sobre la educación escolar. Su vanguardismo sería la forma apta para reproducir la incorporación del niño en un marco social y lingüístico diferente del originario. Josiowicz subraya la prosa poética de “Lánguidamente su licor” (de Poemas humanos[2]) para reflexionar sobre el lenguaje que permite recrear la herida producida en el pasaje del medio rural, íntimo y familiar a la urbe, donde prima la dimensión disciplinaria del Estado. En el poema, la invasión de la ley del Estado en la educación del niño se da literalmente con un llamado a la puerta de la casa. A través de un lenguaje no normado, Vallejo (y después de él, también José María Arguedas) trata de retrotraer el gesto poético a ese quiebre entre dos visiones del mundo, dos organizaciones y dos paradigmas gubernamentales.
¡Qué diestra de subprefecto, la diestra del padrE [sic], revelando, el hombre, las falanjas al niño! Podía así otorgarle la ventura que el hombre deseara más tarde. Sin embargo:
–Y mañana a la escuela –disertó magistralmente el padre ante el público semanal de sus hijos.
–Y tal, la ley, la causa de la ley. Y tal también la vida (2008: 51-52).
Es evidente que la visión poética de Vallejo reflexiona sobre la ley, el gobierno de los cuerpos y la construcción de una sociedad disciplinada, más aún cuando estas prácticas arrancan el sujeto de su mundo arcaico (en el sentido de originario, profundo). Según Josiowicz, “la salida de Miguel”, el hermano del poeta, muerto en 1915, “indica el desprendimiento del cuerpo hogareño y revela que la interpelación, proveniente del orden estatal, constituye a los individuos en sujetos a través de un acto de mutuo reconocimiento” (10). Josiowicz, por lo tanto, escudriña la búsqueda de un lenguaje que sitúe al sujeto frente a la disciplina: una poética de la angustia y de la negación de la misma gubernamentalidad. Frente al llamado del Estado, “el sujeto se sabe interpelado por la ideología. Como parte de la misma ideología, el padre también es interpelado por esa fuerza foránea, invisible, del orden escolar que toca a la puerta” (ibid.). En Vallejo reverbera la argumentación mariateguiana de los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, en donde la educación estatal es el momento decisivo de la enajenación de la cultura indígena del proyecto nacional.
Esta escisión entre mundos jerarquizados llega a concretarse cuando la sociedad que impone la escolarización es la misma que encarcela al poeta, con acusaciones injustas, desde el 6 de noviembre de 1920 hasta el 26 de febrero de 1921. Por esto, la infancia es el umbral de la cárcel, tan frecuente en Trilce. La detención del poeta dejaría de ser una nota biográfica para convertirse literalmente en el lugar de la cultura, en la escritura que surge desde un espacio de contención biopolítica: se escribe sobre la infancia y desde la cárcel en una búsqueda lingüística y sintáctica del texto que restituya la enajenación de un sujeto marginal, un ser sacrificable.
Antes de abordar el fantástico, entonces, hay que ahondar en la dimensión carcelaria de las ficciones vallejianas. Este aspecto es evidente en la primera parte –“Cuneiforme”– de Escalas. Los cuentos, de hecho, se titulan “Muro noroeste”, “Muro antártico”, “Muro este”, “Muro dobleancho”, “Alféizar” y “Muro occidental”. El narrador homodiegético, característico de todos los cuentos, relata verdades desconocidas por la ley (“Muro dobleancho”), los deseos íntimos e incestuosos del narrador (“Muro antártico”) y se interroga sobre el concepto de “justicia” (“Muro noroeste”). Son cuentos breves, hasta un microrrelato (“Muro occidental”), encerrados en las paredes que los delimitan. Continúan o reproducen, en la soledad y la desesperación de la celda, el lenguaje vanguardista y los temas de Trilce (la madre, el deseo, la sexualidad, la culpa).
“Cuneiforme” nos ofrece un cronotopo literario panóptico en que el narrador recluso se sitúa en el centro de un sistema de vallas físicas (los muros), y la revelación de sus temores y deseos más íntimos, de sus excesos de vida se da bajo la mirada del Estado. Esta aseveración se propala hasta el cuento “Liberación” de la segunda parte de la colección –“Coro de vientos”–, donde se incluyen las narraciones de corte fantástico (“Más allá de la vida y la muerte”, “El unigénito” y “Mirtho”). “Liberación” empieza con el narrador corrigiendo unas pruebas de imprenta en los talleres tipográficos del Panóptico –ficcionalización del Taller Tipográfico de la Penitenciaría, donde Vallejo publicó la primera edición de Escalas mientras estaba preso–. Aquí empieza la historia, un cuento político en el que los detenidos son “quizás tan o más morales que los propios jueces que los condenaron” (2010: 43). “Liberación” es también un cuento paranoico, en el que el poder actúa en todos los intersticios de la vida de manera sigilosa y apunta a la eliminación del sujeto. La víctima se sitúa en el centro del arbitrio del poder estatal y vive controlado desde el panóptico, por lo que su conducta depende de la dramática aseveración del control.
Visión de un Estado disciplinario y aniquilador que vuelve rotundamente en “Los caynas”, junto al miedo a la degeneración racial. “Los caynas” es una larga analepsis que se fija en la irrupción de la enfermedad psiquiátrica en el mundo del narrador. La cercanía con el mono y en general con la vida animal se elabora en el cuento de Vallejo de manera diferente. El poeta peruano usa la pesadilla de la degeneración para representar la invasión del Unheimlich en la realidad, pero sobre todo la necesidad de gobierno de la anomalía y la localización de esta en un espacio y en una etnia.
En “Los caynas”, el narrador empieza relatando el trastorno de Luis Urquizo, un paisano suyo (de Cayna, por supuesto) que se vuelve loco. Dirigiéndose al narrador, Urquizo le recrimina su locura, y este acontecimiento hace cavilar al protagonista. Luego, respaldado por conjeturas científicas, el narrador despacha la inquisición de Urquizo definiéndola como una prueba más de su enfermedad:
Este último síntoma, en efecto, traspasaba ya los límites de la alucinación sensorial. […] Urquizo debía, pues, creerse a sí mismo en sus cabales […] y, desde este punto de vista, era yo, por haberle golpeado sin motivo, el verdadero loco (2010: 73).
Esa conjetura del narrador se confirma cuando, un tiempo después, se entera de que el morbus de la locura infecta a todos los miembros de la familia Urquizo en Cayna.
Un día se me notificó una cosa terrible. Todos los parientes de Urquizo, que vivían con él, también estaban locos. […]. Todos ellos eran víctimas de una obsesión común, de una misma idea, zoológica, grotesca, lastimosa, de un ridículo fenomenal; se creían monos y como tales vivían. […]. Dado el aislamiento y atraso de aquel pueblo, que no poseía instituciones de beneficencia, ni régimen de policía, esos pobres enfermos de la sien salían cuando querían a la calle; y así era de verlos a toda hora cruzar por doquiera la población, introducirse a las casas, despertando siempre la risa y la piedad de todos (2010: 74-75).
El protagonista invoca los elementos de progreso de la modernidad, las instituciones de control biopolítico que, por su aislamiento, todavía no han beneficiado el pueblo de Cayna: “[S]eparado de los grandes focos civilizados del país por inmensas y casi inaccesibles cordilleras, vivía a menudo largos períodos de olvido y de absoluta incomunicación con las demás ciudades del Perú” (2010: 76). Se unen en el cuento el topos literario del terror gótico –el pueblo aislado es un lugar remoto y ancestral– y la fe en el progreso y en las instituciones gubernamentales de la modernidad. Este exceso de confianza se da, sin embargo, desde una vacilación inicial que incluye al narrador en una posible locura. El gran reparo es, como en Gorriti, de pertenencia. Es como si el narrador se sintiera de antemano incluido en la locura solo por ser de Cayna.
Fatalmente, al regresar otra vez al pueblo, el narrador se entera de que todos/as, incluso su misma familia, se han infectado. Según Sonia Mattalía, “el desarrollo del monólogo del hombre que cuenta su encuentro con Urquizo, con su familia y, finalmente, el viaje al pueblo de alienados, tiene una estructura tradicional: una progresiva revelación del horror” (1988: 342).
Desconcertado, el narrador trata de sanar, valiéndose del cariño y de la familiaridad, a los miembros de su familia.
Pero cuando yo ya creía haber hecho la luz en él [el padre del narrador], al conjuro del milagroso clamor filial, se detuvo a pocos pasos de mí, como enmendándose allá en el misterio de su mente enferma […]. La angustia y el terror me hicieron sudar glacialmente. Exhalé un medroso sollozo, rodé la escalinata sin sentido y salí de la casa. […]. ¡Es que mi padre estaba loco! ¡Es que también él y todos los míos creíanse cuadrúmanos, del mismo modo que la familia de Urquizo! […]. ¡El contagio de los parientes! ¡Sí; la influencia fatal! (2010: 80).
Al convertirse en monos, los/as habitantes de ese pueblo remoto no hacen otra cosa que situarse en el lugar que, fatalmente, les pertenece: ceden a lo monstruoso el lugar de lo humano. Tal y como la narración, “la obsesión zoológica” es, como escribe el narrador, “regresiva” (81) porque retrotrae a los/as caynas a una condición primordial que se traduce en un destino ineluctable que, finalmente, afecta también al narrador[3]. De hecho, aquí no se trata de investigar una otredad humana (los/as freaks, por ejemplo), sino de testimoniar el retroceso de una estirpe, de volver a contar, según los patrones literarios de un género moderno, esa larga narración sobre la degeneración racial. La escena que presenta el estado de sus parientes termina con la constatación de la fatalidad de la animalización. Frente a la desesperación por la tragedia de la que se está percatando, el padre del narrador le increpa (o lo ridiculiza), comentando su ilusión de ser “hombre”.
–¡Padre mío! ¡Recuerda que soy tu hijo! ¡Tú no estás enfermo! ¡Deja ese gruñido de las selvas! ¡Tú no eres un mono! ¡Tú eres un hombre, oh, padre mío! ¡Todos nosotros somos hombres!
E hice lumbre de nuevo.
Una carcajada vino a apuñalarme de sesgo a sesgo el corazón. Y mi padre gimió con desgarradora lástima, lleno de piedad infinita.
–¡Pobre! Se cree hombre. Está loco…
La oscuridad se hizo otra vez.
Y arrebatado por el espanto, me alejé de aquel grupo tenebroso, la cabeza tambaleante –¡Pobre! –exclamaron todos– ¡Está completamente loco!… (1976: 69, énfasis mío).
Es un cuento circular en el que la premisa se vuelve a presentar al final. Creerse hombre, para los/as habitantes de Cayna que se han conformado con su condición, es una locura: el destino de esa gente es la bestialidad, la regresión.
El narrador termina la historia de su tragedia en otro nivel de la diégesis. Aquí descubrimos que le está relatando la historia a un médico de un manicomio que se convierte, en el desenlace, en narrador heterodiegético. Este último observa, desde los lugares de la contención biopolítica (el manicomio, en este caso), alejarse al protagonista con cierta pena: “Y el loco narrador de aquella historia, perdióse lomo a lomo con su enfermero que lo guiaba por entre los verdes chopos del asilo” (2010: 84).
Es de notar que el narrador y protagonista equipara la locura a una enfermedad infectiva ya que esta se propaga según las modalidades del contagio. Cuando se entera de la condición generalizada del pueblo, afirma que “[t]odos habían sido mordidos en la misma curva cerebral” (2010: 81), lo que apunta a un contagio animal, por ejemplo la rabia. De esta forma, se incluye la locura de los sectores sociales rurales y mestizos en la narración sobre el contagio para apelar, como había hecho el narrador frente a la familia Urquizo, a las medidas sanitarias y a la intervención del Estado para gobernar el contagio mismo. Este control, desde otro tipo de valoración axiológica, vuelve en algunas poesías de Vallejo, por ejemplo “Los nueve monstruos” (Poemas humanos): “Jamás, señor ministro de salud, fue la salud/ más mortal/ y la migraña extrajo tanta frente de la frente!/ Y el mueble tuvo en su cajón, dolor,/ el corazón, en su cajón, dolor,/ la lagartija, en su cajón, dolor” (2008: 218). El proceso de deshumanización de la familia Urquizo afecta, por lo tanto, a los/as que habitan su entorno y necesitan de una reglamentación biopolítica que se concretizará con el encierro del narrador en el manicomio.
En este desenlace, tenemos dos elementos por considerar. El primero, en línea con las teorías de la gubernamentalidad biopolítica y del racismo desde Foucault hasta Santiago Castro Gómez, es el papel del control estatal sobre la enfermedad y la dolencia mental. En este momento no sabemos si se produce una inversión total con el comienzo del cuento, es decir, si el narrador descubre, después de haberse considerado el único sano, que es el único enfermo, hundido en el miedo a la regresión de la estirpe, o si el encierro y la cura insisten sobre una entera comunidad monstruosa. No es posible inferir del cuento una interpretación evidente, pero sí es viable señalar aquí el segundo factor que considerar.
Al final del cuento, y en otro nivel de la diégesis, el narrador confiesa a un narratario su tragedia. El relato de la enfermedad de los/as vecinos/as se convierte en una historia individual que puede ser contada desde la locura. Este trastorno sería, por lo tanto, la reproducción del eslabón perdido entre el hombre civilizado, o que puede civilizarse, y la copia (el doble) de este condenada a la animalidad. Todos/as los/as caynas, y con ellos el narrador, son seres que pueden comunicarse y entender el mundo civilizado, pero que no pueden tener la ambición de pertenecer a él ya que, desde el punto de vista de la civilización, su lugar es el aislamiento (el pueblo de Cayna) o el encierro (el manicomio). Esa constante simetría del cuento entre locura y cordura representa en realidad una condición suspendida entre el pertenecer y el no pertenecer. Es una cualidad de lo monstruoso (o de lo racializado) ser y no ser al mismo tiempo. Afirma Mabel Moraña: “Lo monstruoso no es así tanto lo que se aparta de lo humano como lo que lo evoca” (2017: 37). Y el narrador, “ya mono” a la hora de referir su historia, tiene esta función: al evocar lo humano en sí, lo desmiente, al invocar las prácticas gubernamentales y sus dispositivos de control, las padece.
Contado desde el otro lado de la racionalidad biopolítica, “Los caynas” insiste en la rotunda heterogeneidad cultural del área andina hasta transfigurarla en una fractura tan profunda como la de la especie. Por otro lado, el poder del Estado organiza sus instituciones y sus discursos alrededor de la necesidad de la contención de la amenaza. En el último párrafo, de vuelta al mundo de las élites, se indaga la construcción ficcional de un imaginario desde y sobre una frontera biológicamente inestable al acecho de las élites criollas y de las cuales se necesita defenderse.
6.3. Desfiguraciones de lo humano
En su análisis crítica de La casa endiablada, novela policial de 1896 de Eduardo L. Holmberg, Graciela Nélida Salto destaca dos líneas isotópicas del relato: primero, la casa deshabitada en el norte de Buenos Aires, propiedad de Luis Fernández y Obes, el narrador y protagonista que hace de detective para terminar con unos ruidos aterradores y así instalarse en la mansión en pos de expandir sus posesiones; segundo, “el abismo del otro, lo siniestro que irrumpe en la seguridad de lo cotidiano, un conjunto de saberes considerados pseudo-científicos por el narrador” (Salto, 1998: 209-210).
A diferencia del criollo que acaba de regresar de un viaje a Europa, el negro y el italiano que trabajan por él y la mujer que lo visita vacilan frente a la naturaleza siniestra de los ruidos. La casa endiablada construye un contrapunto entre epistemologías, tipologías de sujetos sociales que las encarnan y sus facciones somáticas. Por un lado, el criollo productivo en busca de mayores ganancias, por otro, los subalternos de la sociedad de los que las fisonomías definen la pertenencia a un régimen de la ignorancia (Nouzeilles, 2000).
Pero esta es una novela de Holmberg y entonces, si es cierto que el detective aficionado logra desvelar el misterio y dar con el asesino –un “criollo nacido en las proximidades de la sierra de Tandil” (2013: 73), digno protagonista de las épicas degradadas de los cuchilleros–, paradójicamente, le faltan los instrumentos para detectar el origen de los sonidos siniestros.
Negro y napolitano creen en el diablo y en los hechizos, mientras que la mujer propende por las fuerzas psíquicas. Sus certezas epistemológicas tendrían que esfumarse para dictaminar el final triunfo del criollo adinerado que se quiere apoderar del territorio; desde el marco de la literatura policial, el burgués pide triunfar sobre las incoherencias de los demás personajes. En cambio, acorde con la lectura definitivamente ambigua de la producción literaria de Holmberg, la frontera entre visiones diferentes del mundo no logra afirmarse y la exaltación del progreso no es concluyente. La superstición crédula e improductiva de los sectores sociales ajenos al positivismo criollo (negro, migrante, mujer, indígena) no impide la conquista de la vieja mansión de Fernández y Obes. Se establece, metafóricamente, la expansión de la propiedad gracias a la racionalidad en la solución de problemas, pero no la sustitución de unas capas sociales holgazanas y crédulas con una sociedad rotundamente positivista.
La frontera entre saber moderno en el que se incluye el hombre productivo Fernández y Obes y las supersticiones de la otredad subalterna nunca logra fijarse. Los vacíos hermenéuticos siguen habitando el lado de la “civilización”. Así, la causa de los ruidos sigue siendo un misterio inexplicable digno de los relatos de terror. El género policial se impone frente a la ley, pero fracasa frente a la magia de los elementos oscuros de la experiencia; la ambición de una nación homogénea en la que la prosperidad depende de la funcionalidad de los elementos racionales de la sociedad se desmorona frente a la persistencia de la diferencia.
Vuelve aquí la figura del costarricense León Fernández Guardia con uno de los relatos incluidos en la colección Pacriquí. La inquietud ominosa por la presencia de una otredad siniestra en el territorio de la patria se halla en diferentes cuentos de la colección, entre ellos también las dos partes de “Pacriquí”. En otra pieza, “La serpiente de obsidiana”, un narrador intradiegético relata los espeluznantes sucesos acontecidos en un lugar aislado. En las clásicas narraciones góticas, el sitio retirado es un castillo o una mansión de campo (también en Rubén Darío o en Clemente Palma); aquí el topos de lo apartado sirve para situar la historia de miedo en poblados indígenas, más allá de los confines del mundo ordenado y conocido.
El viaje al lugar remoto se da por la necesidad de mapear los territorios de la nación, prevé la expresión del gusto moderno al viaje turístico (en este caso, al senderismo) y, por supuesto, ocasiona el aterrador descubrimiento de una comarca desconocida y aislada repleta de ídolos terroríficos y poblada de indígenas violentos que quieren matar al narrador y al amigo. “La serpiente de obsidiana” traduce la aventura neocolonial latinoamericana de organización del archivo de la nación al imaginario gótico más clásico (el acecho del mal, lo desconocido, la frontera, el acoso).
El narrador encara la lucha contra la barbarie indígena –impenetrable y conocedora de un saber oculto, mágico– gracias al dominio de las ciencias modernas: la lingüística porque conoce el idioma indígena, la etnología ya que maneja las costumbres de civilizaciones parecidas a esa, y las ciencias políticas por su retórica diplomática. El amansamiento del salvaje a través de la ciencia resulta ineficaz cuando, por voluntad mágica del cacique, una culebra de obsidiana, esculpida en la base de un ídolo monumental, se desprende de su pedestal y mata al amigo del narrador para luego arremeter contra él. Extraño en lo extraño, el narrador usa sus conocimientos mesméricos para hipnotizar a la alimaña y detenerla, con lo que se salva el pellejo.
Gracias al manejo de un amplio abanico de disciplinas heterodoxas, típico de la modernidad científica latinoamericana en perenne vacilación ante el minucioso cumplimiento de los dictámenes positivistas y los deseos mágicos, un representante de la élite moderna (y modernista) latinoamericana logra dominar la otredad. Indígenas que, como un fantasma de cuento gótico, son etéreos y huidizos: “[I]nútiles fueron nuestras pesquisas e investigaciones para encontrar los palenques, los ídolos y el cadáver de mi compañero” (2019: 1211). Así que, a pesar del triunfo contra lo ignoto, la desaparición de la amenaza antes de que se pudiera controlar y disciplinar activa la paranoia del regreso y asocia al nativo con el recurso gótico del fantasma por su capacidad de escabullirse del control panóptico. El indígena se esfuma sin ser dominado, evitando su definitiva aniquilación y abriendo a la posibilidad del regreso y de la revancha. Espectro recluido en un espacio ancestral libre del control del Estado, las élites liberales están conscientes de que algo vive y circula furtivo en el interior de los confines patrios, acechando desde su escondite la sociedad y el progreso.
En la introducción a su antología sobre el cuento fantástico en Hispanoamérica, Lola López Martín escribe:
El cuento hispanoamericano aclimató las leyendas populares de aparecidos con el espiritualismo oriental y las tesis del ocultismo. La teoría mística de la unión del alma humana con el cosmos se sumó al desarrollo de las paraciencias o ciencia ocultas […] y al influjo de las culturas africanas (amuletos, chamanismo, magia negra), dando lugar a una variedad de elementos simbólicos en los que se funde la herencia religiosa de los pueblos precolombinos con disciplinas del esoterismo decimonónico (2011: xx).
En busca de una expresión latinoamericana de los rasgos aptos para representar las pesadillas modernas de la pureza racial, muchas investigaciones se han fijado en las modalidades de proyección de una angustia eugenésica y racial en las literaturas masivas. Si bien la fascinación hacia lo exótico puebla la literatura fantástica desde sus orígenes, en una sociedad que se ve biológicamente frágil, el miedo a la contaminación y al acecho del atavismo constituye tal vez el factor clave en las reelaboraciones de los géneros no miméticos y masivos de entresiglos. La sombra impalpable de otro lenguaje asola la imaginación de las élites criollas, no solo en las naciones en las que la presencia indígena o africana constituye la mayoría de la población. La obsesión biopolítica que caracteriza las instituciones coloniales confluye en las nuevas retóricas que caracterizan la colonialidad del poder racional y científico sobre los cuerpos de una nación.
Más allá del darwinismo y de las teorías lombrosianas que recorren estas ficciones, como observan los pilares críticos de este ensayo (Quereilhac, Caso, Haywood Ferreyra), las ficciones especulativas y policiales latinoamericanas reseñan también los detalles del semblante y el tamaño de la entidad monstruosa al acecho de las sociedades criollas. En el primer capítulo, se ha visto en el detalle la obsesión biopolítica del novelón decimonónico, el vértigo de la raza y de la eugenesia, la afirmación de la hombría productiva en el vientre erótico y económico de la nación. Si el “efecto Nordau” es síntoma de una paranoia finisecular, en América Latina la manía del retroceso al salvajismo sale de su cauce moral para “justificar”, desde una “evidencia” científica, el subdesarrollo frente al progreso de las naciones occidentales, la asincronía con la marcha europea.
Colonialidad del poder que recorre la historia de las culturas latinoamericanas, la incumbencia de la degeneración y el rechazo del contacto se generan desde los primeros días del diario de Cristóbal Colón y siguen despertando fantasías hasta hoy. La función narrativa del monstruo, quedando en el concepto de “colonialidad” de Aníbal Quijano, sigue funcionando en la ubicación de la otredad en una inferioridad jerárquica y económica. Si la historia es una morfología que se repite, lo cierto es que cada etapa pide una diferente conceptualización de sus formas y de sus finalidades. Desde un enfoque centrado en el fantástico contemporáneo, Anna Boccuti considera que
[l]a teratología y la mitología convergen aquí [en los albores de la colonización] y se utilizan en clave política. En este sentido, en el continente americano se activa prematuramente el proceso de construcción social del monstruo, propio de la época moderna, con el fin de establecer una estrategia de dominación política y control social (2022: 131).
Siguiendo From Amazon to Zombies, de Persephone Braham, el monstruo como máquina de guerra (también Boccuti cita a Moraña) es una presencia constante que merodea, en la historia de América, en la frontera entre condiciones opuestas, particularmente la civilización y la barbarie, la prosperidad y el desierto, la salud y la enfermedad, lo normal y lo patológico. Si la opción biopolítica de inclusión/exclusión del espacio social empieza en el subcontinente desde el principio de la colonia, el monstruo es una opción siempre presente, sigilosa y tangible que produce miedos y que justifica contención y represalia.
Jesús Fernando Diamantino observa las tipologías de transgresiones que el recurso ficcional de la monstruosidad activa en las especulaciones literarias latinoamericanas. Estas son la “transgresión cronotópica”, la “transgresión de los paradigmas sociales” y la “transgresión del cuerpo” (2022: 18-19). Reflexionando desde la sugestión teórica de Diamantino, la patología latinoamericana articula las tres transgresiones a la vez e instituye dos tipologías de terror, la “sustancial o realista” y la “sobrenatural” (2022: 17-18). En nuestro caso, el sujeto real –indígena, africano– posee los rasgos de lo imposible y de lo inadmisible en el orden racional y natural de las cosas. Si las ciencias médicas y la psiquiatría establecen, desde finales del siglo xviii, las metodologías de determinación de una anormalidad, la diferencia biológica americana admite la existencia de un atavismo apriorístico en la sociedad.
Para articular la genealogía del monstruo desde su formación discursiva hasta los manejos textuales actuales, Boccuti dialoga con Karen Calvo-Díaz y Gabriele Bizzarri (entre otros/as) para buscar el lugar conceptual que las versiones más recientes del gótico hispanoamericano otorgan a las figuraciones locales del monstruo. En la literatura de los últimos veinte años, el gótico amerindio oscilaría entre “una coexistencia extrema de lo autóctono y lo ajeno, lo ancestral y lo ciborg, que termina por barajar las atribuciones fijas de la identidad y anular la alteridad” (Boccuti, 2022: 133).
El regreso de figuras locales en la literatura fantástica y de terror actual en América Latina metaforiza la reaparición del monstruo demoníaco desaparecido sigilosamente en “La serpiente de obsidiana”. Aparentemente vencida por la élite criolla de entresiglos, el proyecto de homogeneización del territorio y de la raza no disuelve la función retadora de la alteridad. Esta vuelve a aparecer hoy, desde otra lectura política, para sitiar las contradicciones de la gubernamentalidad. La proteica función literaria de la anomalía racial pasa del destierro (el pharmakos echado sin culpa de la sociedad) al regreso cualitativamente desafiante de la colonialidad del poder. La aberración indígena/negra/migrante (y le añadimos cuir) instala en la frontera un dispositivo literario procedente de una tradición foránea. El gótico anglosajón sirve en la literatura de entresiglos para otorgarle, dentro de los lenguajes literarios y culturales de Occidente, una inteligibilidad a la magnitud de la amenaza que acecha una frontera inestable. En la literatura contemporánea, lo ominoso desafía, en cambio, al poder constituido.
Parte del paradigma latinoamericano, la convivencia entre localismo y globalidad es al mismo tiempo factor y límite: factor porque permite la traducción irreverente de toda la tradición occidental a las problemáticas locales, límite porque no sale de los parámetros epistemológicos fijados por la cultura occidental. Este problema no está en lo más mínimo en contradicción con la finalidad de la literatura de terror de entresiglos. Desde la recepción de un género literario foráneo, la élite letrada decimonónica y de comienzos del veinte emplea la figura del monstruo o del fantasma para relatar los escollos que imposibilitan la realización de una sociedad moderna, copia de las potencias europeas. Desde este punto de vista, entonces, y en la estela de la curiosidad decimonónica, el gótico como género se vuelve una literatura casi “didáctica” y se incorpora al conjunto de producciones literarias llamadas a suportar las ciencias sociales en la inspección del territorio. Fantástico, ciencia ficción, cuadros de costumbres, etc., permiten “reconocer un antecedente en la literatura de viajes europea”, lo cual “implica […] recoger el espíritu de aquellos relatos y continuar, ahora desde la Nación, la empresa de colonización textual iniciada por los viajeros europeos que será percibida […] como una empresa inconclusa” (Fernández Bravo, 1999: 14).
También en el periodo de entresiglos, el regreso de la barbarie al que hace referencia David Punter sustrae a la representación de la alteridad su carácter localista para trabajarla desde la perspectiva del impedimento del acceso de las economías latinoamericanas al mercado mundial. La “variedad de elementos simbólicos en los que se funde la herencia religiosa de los pueblos precolombinos” de la cita de Lola López Martín es una marca de la originalidad de los géneros no miméticos que es también muestra de la amenaza y el pedido de gobierno según facultades que no pueden coincidir con las prácticas corrientes de la biopolítica.
Esta diferencia se traduce en una literatura que reproduce un “estado de excepción” constante; unas ficciones marcadas por la necropolítica neocolonial teorizada por Mbembe, donde se valida el “ejercicio del poder al margen de la ley” (37).
La reserva indígena se convierte en difuso campo de concentración en el que la anomalía es encerrada para definir de ahí el control soberano sobre sus vidas, justificado desde la paranoia biopolítica del contacto y de la aniquilación. El fantasma legitima la violencia colonial y la penetración capitalista.
La monstruosidad no acecha tan solo el territorio y la economía, sino la mera salud pública. En el cuento del escritor peruano Enrique López Albújar, “Febri Morbo”, publicado por primera vez en 1898, la invasión del enemigo tropical se visualiza a través de la epidemia como metáfora. La ciudad de Lima, arrasada por un morbo desconocido, es un cementerio al aire libre. El narrador decide huir al campo, donde en seguida lo alcanza un amigo médico que, vencido por la virulencia del germen, abandona la contienda. Al elemento de CF del cuento, se le añade el horror cuando el morbo, bajo las facciones de un monstruo antropomorfo, se presenta frente a la pareja de letrados para retar al médico.
Ambos nos volvimos nerviosos, azorados, el eco de esa voz que nos hizo temblar hasta los huesos. Nuestra sorpresa fue indescriptible. Teníamos a la vista un ser espantoso, antihumano, con una bola en la cabeza, y un filamento encorvado, como una coma, por cuerpo, y dos aberturas por ojos, de una fijeza aguda y siniestra, apoyada en una sonrisa mordaz (2018: 632).
Las facciones archimboldianas del monstruo biológico, una superposición de elementos heterogéneos, se acompaña con su abierta oposición a la vida. El narrador no sitúa el ser en un lugar del desvío a la norma, sino en el mero deseo de destrucción: existe para aborrecer lo humano. El relato activa el miedo a lo exótico ya que el organismo que amenaza la civilización es un ser mestizo de madre latinoamericana (asola tanto México como las Antillas y Brasil) y padre indiano. Los dos leviatanes se conocen en las entrañas de un cadáver en una playa de Brasil: “Y cuál no sería su asombro al encontrar ahí, oculto en los pliegues de una víscera, a un ser desconocido, de mirada más fiera y terrible que la suya” (2018: 634).
El primer encuentro entre los futuros padres del flagelo implica unas consideraciones añadidas. La primera reacción de la madre es de miedo frente al semblante del otro y quiere huir, pero el futuro padre la detiene:
¡Ah, por fin he encontrado una hembra digna de mí! Tú eres la que he soñado allá en el Ganges, en mis días solitarios, donde, sin un ser que compartiera conmigo la fría soledad de mi reino, me consumía de hastío. ¡Cuánto envidiaba entonces la dichosa unión de esos reyezuelos a quienes los hombres llaman pomposamente Tifus y Malaria! Ahora ya soy feliz (634).
Si las imágenes alegóricas de una nobleza bacteria son risibles desde un punto de vista literario, en realidad nos dicen mucho sobre la construcción de una ficción en la que la única salvación posible tiene que darse a través del dominio absoluto de la naturaleza. Central en “Febri morbo” es la paranoia del vínculo que la otredad difusa sostiene con el Maligno en una idealización orientalista de lo ajeno: todo elemento exterior a la sociedad blanca de la ciudad es parte de una única gran agrupación de monstruos perniciosos. El germen habla, es cierto, pero lo hace solo para confirmar, y posiblemente aumentar, el daño intrínseco en su reino biológico, en sus rasgos identitarios. Hay más, desde su mera maldad y frente a la gran derrota de la civilización, el morbo destituye el paradigma positivista de la ciencia. Representación involuntaria (y al revés) del chthuluceno de Donna Haraway (2019) –esa instancia de la vida que cuestiona el humanismo y el progreso desde una óptica deconstruccionista–, el microbio hace hincapié en la convencionalidad del paradigma del saber para refutarlo desde su incoherencia. Según el germen, la imperfección de la ciencia y del conocimiento “les hace ver [a los humanos] como malo lo que no es sino una consecuencia de la evolución de los seres, porque […] tienen una lógica que fracasa en cuanto invade las fronteras de lo desconocido” (2018: 632). Leído desde la cultura calibanesca de Roberto Fernández Retamar, o (de nuevo) desde el chthuluceno de Donna Haraway, el relato podría insertarse en las narraciones que buscan una nueva identidad de lo americano, forjadas en las fuerzas antagonistas al proyecto colonial del humanismo. Pero López Albújar será, en 1926, autor de su novela más conocida, Matalaché, en la que el “bondadoso” dueño de una hacienda en Piura se convierte en un asesino terrible cuando descubre que el negro que protagoniza la obra ha dejado embarazada a la hija del terrateniente. Matalaché ficcionaliza el cuidado de los cuerpos y el castigo hacia los dos culpables, el primero por salvaje e inadapto a la vida social, la segunda por la lascivia que la lleva a desear el cuerpo fornido del otro. Como el Arguedas de Wata Wara, López Albújar es más bien el intelectual liberal de entresiglos que emplea las gramáticas de los géneros modernos para establecer las prácticas de gobierno: en “Febri morbo” la ciencia ficción y el horror enfatizan primero el miedo a la degeneración y al contacto con la otredad y luego alientan la lucha por la gestión soberana de la vida biológica.
El proyecto mestizo de los padres del monstruo sirve básicamente para fortalecer el miedo a través de la variación de sus rasgos genéticos (en palabras contemporáneas). Al encontrarse con su amada en una playa americana, el bacterio indiano le enseña las indudables ventajas de una unión mestiza:
¿Qué me importa que después el hombre llegue a aniquilarnos con su ciencia? Moriré yo, morirás tú, pero nuestros hijos nos vengarán, nuestros hijos serán indestructibles, porque ellos, siguiendo nuestro ejemplo, procrearán también híbridamente como procreamos nosotros… No, el hombre no podrá jamás desaparecernos del todo, porque renacemos de nuestro propio ser, porque representamos un principio inmortal: la evolución de la materia (634).
Lejos de ratificar la utopía, también eugenésica, de raza cósmica vasconceliana, la afirmación del monstruo es la clave para entender el paroxismo de la degeneración. En el mestizaje la materia evoluciona hacia la perversidad, reproduciendo, multiplicando aritmética o algébricamente los inmundos rasgos de la barbarie.
Desde el punto de vista del gobierno de los cuerpos, el morbo propone una opción de gestión, por cierto bien darwinista, del cuerpo social. Su papel actancial en la ficción lo convierte en un momento en un mensajero de una concepción radicada –en sentido “malthusiano”– de la función reguladora de las epidemias[4].
–… ¡Insensato! –dice el morbo– ¿No sabes que yo soy el brazo purificador con que la muerte hace su cosecha de tiempo en tiempo? Todo hombre que cae es porque está inservible, porque es un organismo impropio para la selección de la generación futura. Una peste no es sino un fuego purificador, que solo da en pie al ser sano y vigoroso… ¡Y eres tú que se ha atrevido a cruzarse en mi camino para destruirme! (635).
El morbo pretende, desde su imperio del mal, sustituirse a la ciencia y al poder soberano en la reglamentación social, discernir sobre los cuerpos y disponer sobre sus vidas, fundar su biopolítica. Encara, desde los rincones más remotos de la geografía monstruosa de la otredad, la soberanía de las élites criollas. El microbio desafía el poder de la ciencia sobre la naturaleza, propone una alternativa –esta sí desde el chthuluceno– a la reglamentación clásica. En la concepción moderna del mundo, este desafío es cotidiano y coincide con la misión civilizadora de la ciencia en contra de sus enemigos: las monstruosidades de la naturaleza y los agentes oscuros de la barbarie, los/as otros/as difusos/as (el morbo, Pedro Arnáez, la negra de Fernández Guardia o Flora Nist) que atentan contra el discurso reglamentado.
Desde el punto de vista de la amenaza indígena o negra, la paranoia pone en tela de juicio no solo la posibilidad de una civilización, sino el mero concepto de “humanidad”. La función central de este elemento formal es la de instar el relato a buscar en los límites de la especie para definir un mapa del salvajismo y establecer así la potestad de la civilización. No en vano Andrés Bello aboga por el desarrollo de la medicina y la erradicación de la enfermedad. El papel regulador del darwinismo depende de un dominio técnico de la selección natural y no literalmente de la naturaleza. El derecho evolucionista se adquiere desde el positivismo, no fuera de su paradigma.
Las novelas del argentino Octavio Bunge, Viaje a través de la estirpe (1908) y del cubano Francisco Calcagno (o Calcaño), En busca del eslabón (1888), funcionan prácticamente de la misma manera. En la estela de la literatura de Jules Verne, ambas imaginan un viaje venturoso o fantástico que les permite a los protagonistas (en la novela de Bunge, el protagonista coincide con el narrador) clasificar, cuales discípulos de Linneo, las cosas del mundo. Ambas, ça va sans dire, terminan validando un orden jerárquico de la naturaleza. En particular, en la novela de Calcagno, el eslabón al que alude el título es la potencial conjunción entre los seres humanos y los monos en una clase de lo subhumano todavía por descubrir. Ligazón posible solo en los lugares remotos de una otredad global: América Latina, en sus comarcas más apartadas, África y Borneo.
El efecto terrífico de “Febri morbo” tiene que ver con la promesa de una degeneración que solo un ser siniestro como el morbo mestizo puede ver de manera positiva. El monstruo que habla garantiza la vuelta a un estadio bárbaro por la consiguiente derrota de la ciencia, sostén fundamental del positivismo. Para evitar entonces la mezcla de lo humano con lo que no lo es, hay que apuntalar las fronteras, otra vez inestables, de este mundo. La novela del cubano nos ayuda en este caso porque, más allá de la temática evidente de la investigación en las orillas del progreso, expone un problema que Octavio Bunge, en cambio, desde su formación totalmente conservadora (Salessi, 1995: 189 y ss.), ignora. Calcagno se preocupa, en una Cuba recién abolicionista, de definir también los elementos de inclusión de los “salvajes” en un sistema de protección de la vida: “… esa barbarie que excusaría la esclavitud si toda esclavitud no fuera un crimen” (Calcagno, 1983: 111). La esclavitud se convierte en educación, y el atavismo –que tiene “mucho de aquel Calibán en que Shakespeare parece adivinar el extinto preludio humano” (31)– pasa a ser materia de discusión sobre una errónea interpretación del gobierno, la subyugación esclavista.
Don Sinónimo, amigo del capitán de la expedición, “admirador de la ciencia antropológica”, compra al exesclavo Procopio “justamente por su prognatismo”, porque quiere “estudiarlo” desde la antropometría (ibid.). De ahí que le concede una libertad inesperada, destinando a él un puesto en la tripulación. La magnanimidad del sujeto civilizado opera desde el principio de la democratización de las jerarquías, “convirtiendo al esclavo en amigo. La condición de sabio debía rechazar con horror la condición de amo” (ibid.). Filantropía que no excluye la soberanía, En busca del eslabón ficcionaliza la mera problemática de la gubernamentalidad de las etnias que, hasta hace pocas décadas, quedaban determinadas solo desde su exclusión.
En Ficciones etnográficas, Daylet Domínguez pondera la conexión, en la institución de una nación moderna, entre los cuadros de costumbres y los enunciados de las ciencias sociales. La preponderancia de una tipología de narrador omnisciente y extradiegético ofrecería esa mirada con pretensiones de objetivación que caracteriza la escritura de las ciencias sociales. Sustituyendo los cuadros de costumbres con la ciencia ficción, en la adaptación de los viajes de Jules Verne a las epistemologías latinoamericanas, se encuentra, “por una parte, la configuración del aparato de lectura y clasificación de las poblaciones y, por otra, el modelo de autoridad afincado en la figura del explorador” (Domínguez, 2021: 23). En busca del eslabón inventa el viaje del steamer “Antropoide” (liderado por científicos norte y latinoamericanos) para trabajar el mismo pedido de articulación entre instituciones diferentes, particularmente “la necesidad de encontrar nuevos mecanismos de disciplina en el momento en que la esclavitud entraba en su etapa final” (35).
Calcagno propone identificar las culturas que no le pertenecen propiamente a lo humano para reconocer y mapear el peligro en una visión de asedio global, tipificar las respuestas según la amenaza y medir la cercanía del salvaje a una concepción antropológica colonial. El largo viaje alrededor del mundo subalterno posibilita la acumulación de datos sobre las diferentes anomalías, pretendiendo aportar nuevas evidencias al inventario de las asincronías coloniales. Si bien postuladas desde las nuevas discursividades que marcan el pasaje a la modernidad, los argumentos de los científicos que participan en la expedición son una reescritura de las observaciones de un pasmado Cristóbal Colón en las “nuevas tierras”. La fisonomía, el uso de la ciencia, la cultura imitativa, los “brutales apetitos” (Calcagno, 1983: 64) se suman a las faltas paradigmáticas: “[N]o reconocen derecho de propiedad; no tienen religión ni gobierno, ni aun la autoridad del jefe de la familia, porque, en realidad, no hay familia” (111). En fin, viven la condición de sujetos hegelianamente exteriores a la historia: “[E]l verdadero homo se mueve a través de las edades, mientras el salvaje como los demás irracionales, permanece estacionario, no puede prescindir de su barbarie” (109).
Desafortunadamente, el cálculo certero de la diferencia no libera de la trampa especular definida por Jáuregui. Aun la más exhaustiva catalogación de los ángulos faciales que separa el primate del hombre no impide caer en una “shoking [sic]” (171) confusión al ver refutadas todas las certezas coloniales. Al regalarle un bombón a un mono, Lucy, una tripulante, se da cuenta de que este habla inglés y que lo hace, como Caliban, para maldecirlos: “… más civilizados que ustedes, ingleses ladrones, que no vienen aquí más que a robarse todo lo que encuentran” (172).
Acorde al tema de este trabajo, y como se ha adelantado, el problema que destacar es la representación de la racionalidad de las prácticas de gobierno de la otredad. En primer lugar, si usamos las teorizaciones de Agamben y Esposito, la inserción del salvaje, a pesar de su condición “infrahumana”, en el marco biopolítico de protección de la vida no impide valerse de la violencia frente a una presunta amenaza. El mono insolente que denuncia el saqueo colonial británico es un habitante de las islas Fiyi (“Fidjí” en la novela), “que todos los chicos saben marcar, pero que los navegantes no visitan porque no vale la pena” (173). Último remoto rincón de la expansión de la modernización, el archipiélago no se beneficia de la civilización que “[a]lgún día caerá sobre ellas”, para “eliminar a los aborígenes como elemento inútil” y caníbal que jamás se domestica (173). La contradicción de la guerra justa que sustituye la esclavitud con la masacre recorre la novela y puede interpretarse tanto desde la parodia como desde la ineluctabilidad de la necropolítica que caracteriza el mundo colonial. En busca del eslabón reitera la convicción difusa que el mero avance del dominio científico terminará naturalmente con el salvajismo:
[H]otentotes, gorilas, bosquimanes y demás cuasihombres, irán retrocediendo a medida que avance el progreso, y se perderán tan pronto como crucen sus selváticos retiros: “esa marmita que corre sobre dos parrillas” o sea la locomotora, según la humorística definición de Litz (194, énfasis mío).
En otras circunstancias, la novela de Calcagno ofrece cierto tono divertido: “Pero el capitán, creyendo por cierta similitud de sonidos, que el salvaje decía, bellaco hideputa, se adelantó furioso gritando […]. Y descerrajó un revolverazo que derribó por tierra al salvaje de las campanillas, esto es, el rey” (146). El viaje científico define entonces los confines de la especie y, apoyándose en los primeros conceptos degenerativos, atribuye a la evolución per se la capacidad de aniquilar, alegremente o a balazos, al salvaje. Pero es fundamental saber en qué lugar de la geografía del planeta ubicar el salvajismo y cuáles son sus características. El viaje de la prístina ciencia ficción se convierte en taller antropológico y laboratorio de otras ciencias sociales y contribuye a la demostración de la inevitabilidad de la penetración imperial. El problema paranoico del acecho que sufre la civilización por una horda de salvajes feroces implica la búsqueda de diferentes prácticas de dominio de la otredad, libres, moral e ideológicamente, de toda referencia a la esclavitud, pero insertadas en un paradigma de defensa de la vida “humana”. Frente a la brutalidad del salvajismo, la inoculación de una dosis de muerte para preservar la vida es el compromiso mínimo con el avance de la civilización.
El poder soberano sobre la otredad desciende, en esta literatura, de la posibilidad de clasificar, en una pretendida objetividad, todo lo que se sitúa en los límites de la civilización. Mirar, medir, seccionar; antropometría, frenología, fisiología humana son los instrumentos que permiten acotar los confines de lo humano y los rasgos típicos de la degeneración. La mentada novela de Holmberg, Dos partidos en lucha. Fantasía científica (1875), revela la cuestión del dominio que el Occidente se atribuye a sí mismo a raíz de su desarrollo científico.
Aclarada, en el capítulo III de este volumen, la necesidad de una mística política del discurso científico que la novela pone en escena, se pasa ahora a un apartado en el que repentinamente el cuadro cambia. El capítulo IX de la novela transcurre en la capital del imperio, en Londres, donde dos médicos y antropólogos están a punto de diseccionar un mono. El narrador, ahora omnisciente, introduce una fantasía científica en la ficción, estableciendo él mismo la pertenencia literaria. Si los demás capítulos se localizan en el cruce entre ensayo y ficción, aquí los personajes son explícitamente actantes de una diégesis y el lector se topa con un cuento de ciencia ficción intercalado en el marco de la historia principal. “Los dos personajes –porque efectivamente lo son– se miran, se hacen un doblez en la manga derecha de la casaca, se vuelven á mirar, y á semejanza de los adalides del torneo antiguo, arremeten con furor” (1875: 92). Una vez establecidos los patrones de géneros, se cuenta la historia de un “banquete darwinista” (Rodríguez Pérsico, 2001) alrededor de un primate. El furor con el que arremeten contra el ser no excluye la disciplina científica. La primera incisión, que “en Buenos Aires, llaman de barbero” (92), se hace para abrir completamente el tórax y el abdomen.
Uno de ellos, Dick, se conoce que es mas [sic] experimentado en el arte de dar tajos, sobre todo en cuerpo de monos; –el otro, Charly, menos acuchillador, contempla, ayuda y medita.
“Este mono es un tesoro: es el último regalo que nos hizo nuestro ilustre amigo el Dr. Livingstone” […].
“¡Qué lástima!” exclama Charly Bob, mezándose [sic] la blanca barba y atuzándose [sic]el bigote, “si el Dr. Livingstone no hubiese muerto, me habría hecho un gran servicio.”
[…]
“Me hubiera enviado un Akka” (92-93).
En esta ficcionalización de un diálogo científico, Charly fantasea con tener un ejemplar de Akka, o sea, una “raza de hombres descubiertos no ha mucho tiempo en África”: “Sus caracteres particulares los acercan de tal manera a los monos antropomorfos que no titubeamos en considerarlos como uno de los eslabones que deben unir el hombre con el mono” (93). Así, en una nota de la misma página, el narrador explica la clasificación de los Akka según la empresa colonial europea, pero con un desenlace inesperado.
En un momento descubrimos que el Charly, que está trabajando con saña sobre el mono (que, como sospechan los dos amigos, está vivo), es Darwin. Pero, antes del fatal descubrimiento alrededor de la mesa de disección, el padre de la teoría evolucionista recibe una carta desde Argentina en la que se le informa que los darwinistas están ganando la contienda. Por esta razón, decide dejar el laboratorio, perderse en el “laberinto de las calles de Londres” (95), para llegar lo más pronto posible al Palacio Real (así en la novela) a pedirle autorización a la reina Victoria para partir de inmediato al país austral. El pedido urgente interrumpe “asuntos que afectaban vivamente los intereses de [los] vastos dominios” (96) del imperio británico. La reina no vacila en escuchar las explicaciones del científico y le concede el buque más rápido posible (98). La urgencia política del control del saber científico es central en el capítulo porque autoriza a la potestad sobre las provincias de Occidente. Una prístina globalización en la que la velocidad de la circulación de las informaciones acompaña la urgencia del control y de la política del saber.
Mientras tanto, Dick descubre que el mono sobre el que están trabajando es, mutatis mutandis, un ser humano. Despavorido por considerarse culpable de asesinato, corre en busca de Darwin y lo alcanza cuando este está a punto de partir de Inglaterra. Al constatar la “humanidad del mono”, la respuesta del científico inglés es lacónica: “Entonces será un dato estadístico que se incluirá en los registros de mortalidad de Inglaterra” (99).
La diferencia entre la política sobre el cuerpo no humano (animal, en este caso) y el cuerpo colonial es meramente formal: el primero es totalmente desprotegido, el segundo, una mera estadística. La generalización del estado de excepción a toda otredad colonizada impele una vez más el empleo del concepto de “necropolítica” de Achille Mbembe (2011). La construcción de una epistemología científica implica su difusión –por medio de un proyecto político– a otras culturas. Lejos de identificar en esto una posición propia de Holmberg, importa establecer en estos cuentos especulativos la exhibición (¿involuntaria?) de un aparato de prácticas políticas de gobierno de los cuerpos que incluye necesariamente una legitimación moral, social y filosófica. El estatuto de dominio colonial sobre la vida que antes (un tiempo anterior ya arcaico, como atestigua el calembour del apellido Paleolitez) se basaba en una concepción teratológica, religiosa, de pecados contra la naturaleza, ahora se reproduce según otras categorías, las del conocimiento científico y la estadística, que sustentan y justifican unas prácticas de gobierno de los cuerpos (Cuarterolo, 2009).
Espectro fugaz de la otredad, la genética y el concepto de “raza” acechan las fronteras de las nacientes naciones hispanoamericanas produciendo una amenaza de orden biológico y otra de orden epistemológico. La monstruosidad del otro asedia la limpieza de sangre de la identidad criolla condenando el progreso a un rotundo fracaso, y las epistemologías en cierto sentido premodernas no logran disiparse frente a las certezas del positivismo. Paranoia de la mezcla perpetua, el saber científico tiene que afirmarse en el marco de un debate al mismo tiempo que necesita adquirir las funciones arcaicas del lenguaje mítico. De ahí, la posibilidad de activar el estado de excepción en lugar del soberano y de su cuerpo sagrado, la autorización a esbozar la respuesta contra la propalación del salvajismo desde una suspensión del derecho y de la protección del cuerpo que caracteriza la biopolítica en la modernidad.
- Sin contar los que no vivían en Lima, como Gamaliel Churata y el Grupo Orkopata, de Arequipa.↵
- Josiowicz titula este poema “Tendríamos ya una edad misericordiosa” de acuerdo con la edición Archivo de 1988. En la nota A de la página 318 de esta edición, se lee que el poeta había tachado el título en el manuscrito. En la edición bilingüe español e italiano, al cuidado de Roberto Paoli y con un trabajo de Antonio Melis, el poema lleva el título que se pone en el texto.↵
- En la versión enmendada de Escalas que Ricardo González Vigil inserta en su edición de la narrativa completa de Vallejo, el cuento se titula “Los caynas o el paso regresivo” (2012: 365).↵
- Para una lectura de las metáforas literarias de la peste, cf. Gamerro (2022).↵







