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Conclusión

A través de un experimento de carácter espiritista, el protagonista de Viaje maravilloso del señor Nic-Nac al planeta Marte logra un estadio próximo a la muerte que le permite a su espíritu desprenderse del cuerpo y transferirse a otro planeta (un recurso parecido se da en la novela de Francisco Miralles Desde Júpiter). Si bien la novela consiste básicamente en una exposición alegórica del debate científico argentino de la segunda mitad del siglo xix, volviendo sobre la disputa entre saberes científicos y teosóficos, interesa aquí la relación que, al lado del núcleo narrativo principal, la novela establece entre saberes, disciplinamiento y gubernamentalidad.

El narrador de la excursión espiritista al planeta rojo es el mismo protagonista que refiere, en unos artículos publicados en periódicos, los logros “científicos” de su experimento. En la estela de muchas obras de ciencia ficción o de terror, un elemento narrativo (una carta, un diario, una confesión) permite el arranque de la narración homodiegética. El marco que verbaliza la intromisión de una singularidad lingüística es, entonces, la vida cotidiana en los tiempos modernos: el relato del experimento, publicado en los periódicos, acompaña una serie de cuadros de costumbres públicas porteñas contadas por un narrador extradiegético: una plazoleta, la lectura del periódico y el comento de las noticias entre los lectores (sin lectoras). De ahí que un discurso rotundamente normado y ordinario, el del narrador omnisciente, adelanta la exposición de las andanzas del señor Nic-Nac y establece el ámbito social de circulación de su historia. En una escena de este preámbulo, dos jóvenes comentan el fervor espiritista que el señor Nic-Nac ostenta:

–Espero que tu entusiasmo por el señor Nic-Nac no te llevará a imitarle en su descabellada y fantástica excursión, pues, de lo contrario, ya sabes que la casa de orates es bastante extensa, que en ella hay algunas celdas desocupadas y que el doctor Uriarte maneja las duchas con una extraordinaria maestría (2006: 28).

En introducción a la edición de 2006, Pablo Crash Solomonoff explica que el doctor Uriarte es el primer director del manicomio de San Buenaventura (Buenos Aires) que se implanta en 1863 y que las duchas de agua fría sirven para “curar” a los locos agresivos. Unas pocas líneas más adelante, la escena se desplaza a una plaza pública donde dos ancianos comentan los sucesos de la Comuna de París, definiéndola como “una gran calamidad” (29)[1]. Finalmente, el señor Nic-Nac termina en el manicomio y la gente se olvida de los hechos de la Comuna, devolviendo así la sociedad a su cauce normalizado.

La novela de Holmberg sirve para establecer definitivamente el papel que existe entre disciplina y discurso científico y la paranoia que los géneros masivos exhiben en sus representaciones de las racionalidades gubernamentales modernas. El viaje espacial de la ciencia ficción no está exento de la corroboración de su licitud. La heterodoxia de Nic-Nac desafía la reglamentación normativa de la ciencia y activa el control biopolítico y las estrategias de gobierno de los excesos de vida. Analizado desde la medicina, el destino inevitable de la anomalía producida por el mero lenguaje es el centro de contención de la diferencia psíquica. Es además sumamente llamativa la relación entre orden del saber y orden político burgués. La escena de apacible vida cotidiana en la urbe implica dos desviaciones al acecho, una de carácter epistemológico y otra de matriz política. Para que haya cumplimiento, las élites urbanas pretenden definir una coherencia del lenguaje que encauce la visión política de la multitud, convirtiéndola en “pueblo”, pero consciente de que unas amenazas a las armonías de las escenas públicas pueden manifestarse en cualquier momento. Ernesto Bohoslavsky, al reflexionar sobre el monstruo y el complot, asume que “cualquier hecho que parezca contrariar” la voluntad “del pueblo” “es necesariamente percibido como el resultado del accionar perverso de una minoritaria pero poderosa secta del anti-pueblo” (en Barrancos et al., 2008: 35).

Es evidente en Holmberg lo que en otras narraciones se vislumbra: las pautas de construcción de un paradigma de disciplinas regulan las normas de conducta –también en el ámbito del mismo conocimiento científico– y plantean una tipología de castigo. La disciplina del saber se introduce en la narración a través de una serie de elementos de construcción del relato que caracterizan cada uno de los géneros: el mensaje oculto en el caso del policial; lo ominoso, lo extraño y lo siniestro en el caso del horror; la relación entre cuerpo (también social) y tecnología en la ciencia ficción, como en el caso de Viaje maravilloso…

Después de un primer capítulo introductorio en el que se trata de establecer la difusión de los estudios enfocados en la representación de la gubernamentalidad en la modernidad literaria, el análisis se ha volcado integralmente a la individuación de estas dinámicas en los géneros masivos. Se ha visto cómo el policial, la ciencia ficción y el horror pueden leerse desde la perspectiva de una visión paranoica de las gramáticas ficcionales, debido a la construcción de un mensaje oculto y alternativo que impele su interpretación en la diégesis y en la experiencia lectora. Se ha establecido también la falta de una separación estricta entre géneros, por lo que el policial puede presentar rasgos de horror o de ciencia ficción. Particularmente, esta última no está exenta de una copiosa contaminación horrífica por la heterodoxia del discurso científico de entresiglos, en que los saberes materiales buscan explicar los extrasensoriales.

En los demás capítulos, el compás de la escritura y la elección de los ejemplos elegidos han hecho hincapié en la necesidad de evidenciar la paranoia como dispositivo narrativo hipertrófico. Por un lado, esto se debe a la incursión, en la escena de la ficción, de unas fuerzas oscuras que amenazan la estabilidad social; por otro, el científico es el sujeto que, a lo largo de la segunda mitad del siglo xix y las primeras décadas del xx, inscribe en su quehacer la urgencia de la edificación de una legitimación discursiva y de un halo de misterio alrededor de la conducta.

En los géneros especulativos y el policial, se resuelve el paulatino ensanchamiento de las funciones reguladoras de la vida y de la sociedad que inviste un sector social. A través de la construcción de una serie de hitos, se ha buscado demostrar la representación del régimen de acción social del médico o del intelectual y su exploración de los confines legales y morales del trabajo para establecer, finalmente, su dominio sobre la vida. Querens, “Confesión auténtica de un ahorcado resucitado” y las demás obras del capítulo construyen unos “cuadros de costumbres” de las lógicas de dominio de los cuerpos y de las coherencias que las élites van instituyendo en el gobierno de los cuerpos y de la vida. Son testimonios de unas atribuciones, diagnósticos de unos males que avizoran la sociedad y programas de intervención sanitaria y política. Si Póstumo el transmigrado imagina paródicamente el problema de la legislación sobre los espíritus de los/as difuntos/as, interviniendo también en el gobierno de las almas de los/as muertos/as, lo cierto es que establece, desde la medicina y la psiquiatría, la legitimidad de la transmigración de las almas de un mundo cognitivo a otro.

La enfermedad, la extravagancia, la disconformidad con una racionalidad del pensamiento se enmarcan en la necesidad de reglamentar la vida. El cuento “La Granja Blanca” es emblemático desde este punto de vista. Las inadmisibles herramientas filosóficas del narrador crean el revenant Cordelia, dan a luz a una hija imposible y, en añadidura, desprenden la estricta, contundente y monstruosa locura incestuosa de “hacer tu esposa á tu hija” (1904: 143). El mentor, que, al comienzo del cuento, rechaza rotundamente las ideas del protagonista, al final impone la ley cuando la misma armazón teórica del joven transgrede de facto el gobierno de los cuerpos. Los topoi literarios del horror –la mansión aislada, el no muerto, la hija de lo demoníaco– se inscriben en el gobierno de esos seres patológicos que al final las expele del cuerpo social. La madre desaparece, la hija muere de manera macabra, la residencia se derrumba míseramente. El derecho a la regulación de y sobre la vida le atañe al maestro y a una filosofía compartida de la investigación científica.

Una primera especulación sobre la alteración de las racionalidades del gobierno de los cuerpos se da en la relación con el acceso de las mujeres a los ambientes masculinos. Frente a los empujes sociales de entresiglos y a las concretas transformaciones, los autores de géneros masivos se interrogan sobre las posibles consecuencias de la inclusión de las mujeres en los ámbitos de aprendizaje de las ciencias. Las primeras doctoras coinciden con las primeras feministas y, a lo largo de la temporada de referencia, despiertan diferentes pesadillas en el imaginario de la élite que busca exorcizarlas a través de la ficción.

La repuesta básica que se ha traído a colación se caracteriza por el terror al uso impropio del saber por parte de la mujer. Un conocimiento abusivo que no tiene que ver tan solo con la pérfida locura de Flora Nist, con su libre educación y con la irresponsable elección de un maestro pernicioso, ni siquiera con la sensualidad desbordante de la misma protagonista de “El daño”, quien, desde la lascivia femenina, hace que el fin del saber sea la conquista o la eliminación de las rivales. Es un problema mucho más sutil que inviste el acceso al conocimiento de las mujeres y el papel social de los hombres. “La radiografía” es un cuento muy llamativo desde este punto de vista ya que, si es cierto que se les imputa a las nuevas médicas el menosprecio de las reglas sociales de las mujeres, es también verdad que el ganar terreno depende de la ridícula flaqueza de los sujetos masculinos inhábiles por los nuevos hábitos, por las lecturas estrafalarias, etc.

Si la paranoia tiene que ver con la amenaza o con la sustitución, la nouvelle La bolsa de huesos ofrece una primera solución. La imposición a la culpable Clara de pagar por sus faltas a través del suicidio abre a una reflexión acerca de la legislación sobre el cuerpo. Existe una fuerza social que pretende cuestionar el papel masculino, legitimando la venganza. La especificidad del conocimiento hace que solo un médico pueda interpretar las huellas del crimen y dar finalmente con la solución. Hay más, solo la enciclopedia del científico le permite entender la magnitud del reto de Clara al inocular esa sustancia desconocida en el cuerpo social. La bolsa de huesos establece un sistema de atribuciones que enaltece al médico por encima de la institución policial y de la justicia.

La bolsa de huesos nos interroga sobre la atribución del poder (soberano) en la medida en que abre a otra posible lectura de los despistes hermenéuticos de la obra. A la paranoia de la irrupción de un saber extraño y dañino en la sociedad, manejado por un sujeto disconforme, al recelo por la substitución subrepticia y violenta de la autoridad médica masculina con la femenina, se le añade la paranoia del castigo. El médico interpreta el mundo y lo gobierna según su único albedrío, devolviéndonos una versión alterada de él. El relato de La bolsa de huesos no cuenta la historia de la investigación, sino la organización literaria de la futura novela, la enunciación pública de los sucesos. Se repite aquí la importancia de la construcción de un discurso público que accede a una narración enmarcada en sus límites. En el horror y en este caso también en el policial (lo que es muy llamativo), las consecuencias públicas de una ficción constituyen el relato mismo. Es una literatura con una evidente tendencia a la creación de una reacción exterior a la diégesis, y esta es de sospecha, recelo, afán interpretativo, paranoia.

La orden dirigida a Clara de matarse puede verse desde el principio inmunitario de Esposito, pero la decisión de ocultar el estado de excepción del poder en una “novela que despista” (como la define Link en la hoja de trabajo) es de por sí llamativo de lo que se ha definido al comienzo como “el mensaje oculto de la biopolítica”. El poder que el discurso médico se atribuye tiene que vislumbrarse entre las líneas de una novela sobre una tipología de la soberanía, la del médico.

Una vez establecidas las legislaciones y las autoridades, las amenazas generales que proceden de anormalidades, monstruosidades o simples rarezas que atentan contra la estabilidad del cuerpo social, la literatura define también la primera categoría de la diferencia –la mujer– y experimenta sobre su figura tanto el diagnóstico de las posibles consecuencias de la invasión, como las medidas adecuadas para preservar la élite científica masculina de todo peligro.

Unas instancias de género interesan también al capítulo siguiente. Desde el uso del concepto de pharmakos para verbalizar al mismo tiempo el castigo y la hipótesis paranoica de un posible regreso de la víctima, la mujer es también la única que puede escribir desde esa condición, situada constantemente en la grieta entre la pertenencia a la sociedad masculina y la subalternidad. El lugar intersticial, próximo a la exclusión, hace que las escritoras representen la primera categoría de letradas capaces de escribir desde esa condición trágica y privilegiada. El recelo de ser la víctima casual de un sistema de poder se expresa perfectamente en “Una visita al manicomio” de Juana Manuela Gorriti, donde el terror incumbe en un relato de por sí misericordioso.

Por otro lado, la mujer de Bombal desafía la posibilidad de acceder al conocimiento y desestabiliza el afán clasificatorio del sujeto masculino. La desmesura de la geografía de las islas nuevas, la vacuidad del tiempo que representan, la identidad de Yolanda y su protuberancia monstruosa en la espalda desbaratan las herramientas conceptuales –la arqueología del saber– de la ciencia moderna. Todo en Las islas nuevas es alusivo y ominoso; todo se esfuma o se derrite para dejar el conocimiento sin una materialidad que lo sustente. Las islas son inaccesibles y no se dejan conquistar, el pasado es equívoco, y la culpa asoma en la identidad de todos los personajes masculinos. La mujer representa el otro lado de las prácticas de gobierno de los cuerpos e incluso pone en escena las contradicciones del poder soberano, la sospecha de ser un sujeto sacrificable excluido de la categoría del derecho.

Finalmente, en el último capítulo, se reflexiona sobre la otredad radical y racializada desde el reconocimiento de unas ficciones eugenésicas que representan la obsesión al miedo a la degeneración racial de los latinoamericanos. En primer lugar, la visión de esta manía biológica depende del paulatino triunfo, en el panorama poscolonial, de diferentes imperios, hasta el último y, de momento, definitivo: los Estados Unidos. Se ha visto la abundancia de distopías relacionadas, en la prístina ciencia ficción centroamericana, con la invasión norteamericana. La superioridad racial del cazador (como le dice Rubén Darío) gringo se aprecia tanto en el dominio de la técnica como en la imposibilidad de conquistar el cuerpo de la mujer yankee, un cyborg reproductor de la raza superior.

Otra hipótesis que acompaña la argumentación de unas ficciones paranoicas desde un punto de vista biopolítico y gubernamental tiene que ver con la continua reproducción de una figuración frustrada del melodrama. Desde Querens y “La Radiografía” hasta El problema, la literatura masiva es el lugar donde el melodrama no se cumple o es improcedente. En las distopías centroamericanas sobre la supremacía yankee, la raza latina es inferior a la anglosajona por una falta implícita o por causa de la cercanía con el indígena (o el negro). Este segundo caso abre a una serie de ficciones en las que el acecho de la frontera entre mundo conforme y mundo patológico depende de unos monstruos que buscan dañar o alterar la pureza de sangre de los criollos.

De ahí que, a través de unos ejemplos, se ha demostrado que, a la amenaza implícita en la otredad, hay que responder con un mapeo de la geografía de la patria y de la aldea global, situando los lugares de la diferencia y experimentando una serie de acciones de gobierno que impidan la proliferación del mestizaje. Desde este punto de vista, dejando a un lado la identificación de la otredad con el monstruo antropomorfo del germen de “Febri morbo”, se busca en los ejemplos literarios de este capítulo no tan solo el planteamiento de un problema, sino también la propuesta de una alternativa gubernamental.

El regreso del ser humano a la animalidad del mono que se da en “Los caynas” invoca literalmente la experimentación ficcional de unas prácticas de contención de la enfermedad mental. “Los caynas” es tanto un cuento de terror en el que un pueblo entero, al hundirse en la locura, termina en un aparato de vigilancia y cura, como el relato del temor de un sujeto racializado a la inclusión repentina, generalizada y arbitraria en el estado de excepción. “Los caynas” se convierte en un relato sobre el miedo al control en un sujeto mestizo peruano que sufre la represión de la diferencia de la colonialidad del Estado peruano.

Finalmente, el mapeo de la otredad de En busca del eslabón, al inventariar las tipologías de la diferencia racial y cultural, acota los límites de la civilización y establece los lugares en los que ejercer la necropolítica neocolonial. Excluyendo la esclavitud de la jurisprudencia sobre la otredad, Calcagno se interroga sobre la pertenencia de los/as humanos/as a los sistemas de garantías de la protección de la vida.

El vasto catálogo de obras que se traen a colación en este volumen sirve también para expresar la generalización de las ficciones paranoicas en la literatura de entresiglos. Desde un punto de vista formal, los géneros modernos organizan discursivamente una hermenéutica tan difusa e hipertrófica entre planes distintos de la experiencia, que hacen de la interpretación una problemática constante tanto a nivel de la diégesis como a nivel de la figuración de una realidad social y política: la sintaxis narrativa de los géneros masivos construye una organización epistemológica de la experiencia moderna. El miedo a la irrupción de un ser monstruoso, el recelo por los confines del saber y de los alcances de la jurisdicción sobre la vida, el temor al uso impropio de los avances científicos construyen un entramado de sospechas y miedos sociales, pero sobre todo una manera de leer el mensaje. Si, según Ricardo Piglia, “en la novela como género, el complot ha sustituido la noción trágica de destino […], ciertas fuerzas ocultas definen el mundo social y el sujeto es un instrumento de esas fuerzas que no comprende” (2005b: 33), la sustancia metafísica de la existencia se trasfiere al entorno social.

Se ha visto que uno de los mensajes ocultos de la modernidad es la posible manifestación del poder soberano; una ruptura en la continuidad de la retórica de protección de la vida hace del Estado y de las élites que manejan los enunciados de la modernidad el núcleo de esta visión paranoica del mensaje. En la encrucijada entre Piglia y Hofstadter, entre el planteamiento discursivo de una institución amenazada por fuerzas ajenas y una nomenklatura que dispone de saberes ocultos, las mismas organizaciones literarias de los géneros masivos se convierten en formas esenciales de una modalidad de la hermenéutica. Apadrinan la exhibición de la autoridad sobre la vida, la peripecia en los límites de lo humano; legitiman la experimentación, la exploración de los confines, el atrevimiento, el coraje; transforman la ciencia en magia y la magia en mito; convierten el mito en ley, y esta, en poder y excepción. Hacen del médico, del filósofo, del legislador el sujeto que explora los confines de la legitimidad científica y mapea la anomalía. De ahí la función reguladora de la vida que responde a una clasificación de la élite: ¿quién establece los patrones de normalidad y anormalidad? Son fijados por las ciencias sociales y los confirman las ficciones. Leídos desde la complejidad biopolítica, los géneros no miméticos y el policial no solo imponen la disciplina, sino que permiten vislumbrar las modalidades de atribución de los castigos y el tamaño simbólico del establishment autorizado a dictaminarlo.


  1. La relación entre la Comuna y la creación de un monstruo social aparece también indirectamente en el cuento “Horacio Kalibang o los autómatas” (1879). Si Graciela Nélida Salto (1997) reconoce el barbarismo de la ciencia en la polémica que Holmberg entabla con los estudios sobre inteligencia artificial de Ramos Mejía, se recuerda la relación entre la Comuna y la reactivación del miedo a la rebelión del colonizado Caliban, evidente en el ensayo de Ernest Renán Caliban (1878), que influencia el debate cultural modernista hispanoamericano (Jáuregui, 2005: 479 y ss.).


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