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Movilidad y experiencias del territorio en dos localidades de Buenos Aires

Relaciones generacionales y procesos de identificación en contextos de migración

Gabriela Novaro y Verónica Hendel

Introducción

En este texto, nuestra atención se centra en las experiencias del territorio de familias bolivianas que habitan dos partidos de la provincia de Buenos Aires: Escobar y Tres de Febrero. Proponemos un recorrido que parte de la perspectiva adulta y avanza hacia la vivencia de las jóvenes generaciones. De este modo, es posible plantear ciertas dimensiones de las relaciones intergeneracionales que se despliegan en los modos de transitar y habitar el territorio.

Comenzamos realizando algunas especificaciones sobre las categorías utilizadas y las tendencias y problemas generales que atraviesan a la población en situación de movilidad. Luego hacemos aclaraciones sobre la forma de trabajo y las características de las localidades donde desarrollamos la investigación, habitadas ambas por una cantidad significativa de familias provenientes de Bolivia.

A continuación, nos centramos en cómo este tema se despliega en las familias bolivianas de Escobar. Atendemos al modo en que los adultos experimentan la relación con el territorio dejado y el territorio habitado en tanto estas referencias permean las expectativas y proyecciones que realizan hacia las jóvenes generaciones. Finalizamos la presentación de esta localidad con breves alusiones a las experiencias y sentidos del territorio en los jóvenes.

Las relaciones de los jóvenes con el territorio de origen familiar y con el espacio que habitan es objeto de atención central en la presentación de la situación del distrito de Tres de Febrero, específicamente en la zona de Ciudadela. En la caracterización de esta localidad incluimos también breves referencias a las formas en que los adultos construyen estas relaciones y transmiten sentidos del territorio a sus descendientes.

En las conclusiones, recuperamos aspectos destacados del trabajo en ambas localidades y los ponemos en relación, identificando elementos comunes y particulares del modo en que la temática se expresa en dos territorios que comparten muchos aspectos, pero donde la procedencia de la población, el nivel organizativo y la inserción laboral se manifiestan de modo muy diferente. Realizamos así múltiples cruces (Escobar-Tres de Febrero, adultos-jóvenes) procurando aportar a una perspectiva amplia del tema que incluya el distinto modo de experimentar las trayectorias con relación al territorio en diferentes contextos y etapas de la vida.

Relaciones generacionales y experiencias del territorio en distintas generaciones: precisiones iniciales

Las experiencias del territorio en contextos de migración han sido objeto de múltiples debates, en el marco de los cuales la movilidad ha surgido como un aspecto central. Así como los territorios de origen y destino tienen gran relevancia para comprender, entre otros aspectos, las marcas de identidad de los grupos, los proyectos y las experiencias de las movilidades recurrentes han motivado desarrollos teóricos que otorgan centralidad a aquello que se despliega “entre” los puntos de ese recorrido.

En investigaciones previas y en curso fuimos identificando que los procesos de transmisión de saberes y pertenencias y los proyectos de continuidad colectiva se expresan con particular relevancia en ciertos ámbitos de prácticas, entre otros en la movilidad, la migración y los vínculos con el territorio. Así, las experiencias del territorio dejado y habitado (junto con prácticas como el trabajo en emprendimientos familiares, la participación en las festividades) resultan centrales para la construcción de sucesores, la reivindicación y reinvención de prácticas y conocimientos definidos como propios (al menos por los adultos) y resultan también fundamentales para caracterizar los proyectos de inclusión en la sociedad de destino (Novaro, 2022; Hendel y Maggi, 2022).

La dimensión temporal resulta esencial para caracterizar estos procesos. Desde allí advertimos la importancia de atender la situación de las distintas generaciones y los vínculos entre ellas a partir de los variados modos de experimentar y representar los tránsitos y el territorio. La noción de generación permite entender las acciones y sentidos distintivos de sujetos con experiencias históricas comunes, identificar los acontecimientos que marcan la sucesión de una a otra generación y considerar las dimensiones subjetivas de la temporalidad (Mannheim, 1993).

En las localidades donde trabajamos registramos la preocupación de padres, madres y referentes comunitarios mayores porque las nuevas generaciones sostengan o se distancien de las referencias que, desde la perspectiva adulta, definen la identidad del colectivo. La atención a la continuidad/discontinuidad en la transmisión de prácticas y marcadores de identidad se expresa, entre muchas dimensiones, en la relación con Bolivia y con el modo de experimentar el espacio que ahora se habita. Resulta evidente que las experiencias de movilidad espacial se viven de modo diferencial en las distintas generaciones. Existe una extensa bibliografía donde anclar estos procesos, que va desde el planteo de la asimilación de los jóvenes a la nueva sociedad y ruptura con lazos de origen a la doble pertenencia y la transnacionalidad (Sayad, 1998/2010, Portes y Rumbaut, 2001; Levitt y Glick Schiller, 2004). Nuestra atención al modo en que estos procesos se despliegan en las dos localidades donde trabajamos nos permite dar encarnadura local al tema, advertir sobre las particularidades con que se despliega en distintos contextos y plantear nuevos interrogantes.

Múltiples estudios comienzan a privilegiar la reconstrucción de las experiencias infantiles y juveniles asociadas a la migración, con la intención de visibilizar a los niños y jóvenes como agentes sociales en la producción y reproducción social (Moscoso, 2015; Gavazzo, 2019), discutir las miradas estereotipadas sobre las generaciones y dar cuenta de las experiencias polivalentes de los jóvenes. Algunos autores en España registran procesos que nos resultan sumamente elocuentes para pensar la situación en la Argentina: entre otros, el uso estigmatizante de nociones como migración y segunda generación (García Borrego, 2003; Jociles, Franzé y Poveda, 2011). En textos previos hemos reflexionado sobre el uso de categorías como “boliviano de segunda generación” para aludir a aquellos nacidos en la Argentina pero que se supone que son parte del colectivo boliviano, en tanto esto expresa el proyecto colectivo de “seguir siendo” (Novaro, 2022). Nos preguntamos aquí de qué modo en las dos localidades donde trabajamos se despliega este proyecto de continuidad de los adultos con el territorio de origen y también de qué formas los jóvenes reproducen o discuten con él y generan nuevas experiencias y sentidos. Ubicamos estos procesos en relación con los dilemas asociados a la continuidad/discontinuidad en la transmisión de prácticas y marcadores de identidad en contextos de movilidad.

Cambio en los patrones de movilidad y sociabilidad: tendencias de largo plazo e impacto de la pandemia

Nos proponemos abordar estas cuestiones en el contexto previo y posterior a los cambios que supuso el ASPO. Sin duda la pandemia ha sido un hito fundamental en esto, que implicó nuevas regulaciones e hizo más evidente la desigualdad en el ejercicio del derecho a la movilidad y la persistencia de situaciones de irregularidad. La restricción del desplazamiento de las poblaciones, las limitaciones de las iniciativas productivas de las organizaciones y familias migrantes, la interrupción de la presencialidad en las escuelas, en definitiva, la alteración de las formas de movilidad, expresión y sociabilidad, impactaron en el modo de habitar los espacios dejados y habitados.

Sin embargo, es necesario no perder de vista que, al menos en el caso de la Argentina, los patrones de movilidad fueron y continuaron siendo alterados también por otros factores. Básicamente, una situación socioeconómica que ha modificado e incluso invertido los términos de intercambio con los países vecinos (territorios de procedencia de la amplia mayoría de la población migrante en la Argentina).

No obstante, en este panorama regional, nacional y local, como veremos, no registramos en los territorios donde trabajamos, al menos hasta ahora, una tendencia a sostener proyectos de retorno entre los jóvenes. Sin duda la continuidad de la inestabilidad política y económica en los países de origen familiar es un aspecto clave en esto. Pero tenemos el supuesto, y en torno a él focalizaremos la atención en las páginas que siguen, que para gran cantidad de los jóvenes que migraron siendo pequeños y para los descendientes de migrantes, el territorio de origen familiar opera como memoria y como una referencia significativa del pasado, pero no tiene la misma centralidad en sus proyectos futuros.

Volviendo al contexto de pandemia, la situación de inmovilidad forzada dejó instaladas nuevas alternativas de interrelación con otros territorios, que ha tenido y seguirá teniendo un fuerte impacto sobre las formas de habitar y de desplazarse entre el allá y el acá. Todo esto condiciona las proyecciones hacia las nuevas generaciones, las expectativas de arraigo y movilidad y los vínculos de adultos y jóvenes con los espacios dejados y los habitados.

Los recortes y el trabajo de campo en dos localidades

En Escobar, la investigación se desarrolla desde el año 2010 alternando el intercambio en espacios escolares, familiares y comunitarios. Se focaliza en el barrio Lambertuchi, ubicado a 3 km del centro de Escobar. En particular, para este texto resulta relevante el trabajo realizado en vinculación con la Colectividad Boliviana de Escobar (CBE). En esta organización sostuvimos entrevistas y charlas con los referentes y socios, asistimos a reuniones y festividades y apoyamos distintos proyectos educativos. El contacto y las actividades desarrolladas con esta organización permitieron aproximarnos a muchas familias con las que compartimos situaciones cotidianas que fueron sosteniéndose a lo largo de los años (charlas y entrevistas, reconstrucción de historias de vida, asistencia a cumpleaños y festejos familiares, etc.). Los intercambios con los y las jóvenes se realizaron tanto en estos espacios como en las escuelas de la localidad.

En Tres de Febrero, comenzamos el trabajo de campo en el año 2016, alternando entre espacios escolares y barriales de la zona de Ciudadela. En el primer caso, desarrollamos un trabajo de corte etnográfico, que buscó recuperar las prácticas y sentidos que docentes, directivos y jóvenes ponen en juego en la vida cotidiana escolar, e incluyó la realización de observaciones participantes y no participantes en contextos escolares y comunitarios, así como también la posibilidad de compartir recorridos por la ciudad y viajes en medios de transporte público. Realizamos entrevistas en profundidad a la mayoría de los jóvenes, lo cual nos permitió reconstruir sus historias de vida. Sostuvimos conversaciones informales a fin de aproximarnos a sus experiencias de múltiples territorios y desarrollamos estrategias tales como la producción de mapas y narrativas cartográficas, es decir, cartografías que incluyen textos y narran una historia (Caquard y Cartwright, 2014). El trabajo en espacios barriales se ha desarrollado en conjunto con cooperativas de trabajo, en el marco de las ferias barriales y a través de la creación de vínculos con comerciantes migrantes del barrio de Ciudadela Sur.

Dos localidades de la provincia de Buenos Aires: el conurbano y sus bordes

Las reflexiones que siguen se referencian en Escobar, ubicado en los bordes del tercer cordón del conurbano, y Tres de Febrero, que integra el primer cordón.

La noción de “conurbano” es compleja y remite a la convergencia de prácticas y narrativas administrativas, técnicas, políticas, sociales y económicas que contribuyeron a su construcción como una unidad específica. Estas han dado lugar a un imaginario que suele desplegarse en un binomio que lo ubica en oposición a la Ciudad de Buenos Aires. Se trata de una categoría disputada que ha sido incorporada a la vida cotidiana, y que hace uso de conceptos propios del urbanismo para expresar, en la mayoría de los casos, evocaciones negativas de una realidad urbana y social compleja, fuertemente alentada desde los medios de comunicación. Su extensión territorial se operacionaliza siguiendo la categoría “24 partidos del Gran Buenos Aires” (INDEC) que refiere al área que rodea a la Ciudad de Buenos Aires y que forma parte del conglomerado “Gran Buenos Aires” que incluye, conjuntamente, a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y los mismos 24 partidos o localidades. Mientras que Tres de Febrero integra estos partidos, Escobar formalmente no forma parte de dicho conglomerado, aunque sí del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). De todos modos, su cercanía y similitud hacen que, en la vida cotidiana y en las representaciones sociales, los límites entre un área y otra se tornen difusos.

Escobar se ubica a 50 km al norte de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. La localidad fue poblada por diversos flujos migratorios desde fines del siglo xix y a lo largo del siglo xx. A los contingentes italianos, españoles, japoneses y portugueses se sumó, sobre todo desde 1980, un importante flujo de población proveniente de Bolivia.

El trabajo en esta localidad se focaliza en el barrio Lambertuchi. Este barrio se caracteriza por la importante presencia de población proveniente de zonas rurales de Potosí y por sus descendientes. Es denominado en ocasiones como barrio boliviano, nominación que, cuando es usada por la población no boliviana de Escobar, suele vincularse a una alusión estigmatizante.

Se caracteriza también por la existencia de una de las organizaciones de migrantes más grandes de la Argentina: la Colectividad Boliviana de Escobar (a la que ya hicimos referencia). Esta cuenta con alrededor de 1800 socios, es propietaria de un mercado concentrador y distribuidor de frutas y verduras, una feria de ropa y un predio polideportivo.

En los años 1970 y 1980 las familias bolivianas, muchas de ellas procedentes de zonas rurales y vinculadas al trabajo agrícola, se insertan en la producción en quintas y viveros, y más adelante, en la comercialización en mercados de productos hortícolas y ferias de vestimenta que maneja la Colectividad.

Las familias de la CBE mantienen relaciones fluidas con Bolivia a través de viajes o períodos vividos allí, contacto con parientes, emprendimientos productivos y participación en espacios de representación socio-comunitaria en los pueblos de origen.

Además de mercados y ferias, la Colectividad sostiene diversas actividades vinculadas a la contención y sociabilidad de población adulta y joven: equipos de fútbol, una radio comunitaria, clases de danzas folklóricas y recientemente una escuela de adultos.

La tendencia al fortalecimiento comunitario coexiste con procesos de movilidad económica de algunas familias y legitimación de la jerarquía. Esta diferenciación también se advierte en la distinta capacidad de familias y referentes de las organizaciones de mantener vínculos económicos y políticos con Bolivia (Diez y Novaro, 2022).

En definitiva, se trata de un contexto donde, a pesar de las diferenciaciones internas, se registran múltiples y compartidas iniciativas por continuar vinculados al territorio de origen, al tiempo que se proyecta la permanencia en la Argentina. En esta situación, la Colectividad y las familias bolivianas sostienen reiterados proyectos de continuidad identitaria hacia los niños y jóvenes descendientes. El modo en que estos proyectos de continuidad intergeneracional se articulan con experiencias del territorio será objeto de atención particular en el siguiente punto.

El reforzamiento colectivo, la continuidad de la referencia a Bolivia y los procesos de diferenciación interna se dan en un contexto donde la articulación con la población no migrante y las autoridades locales argentinas se caracteriza por la alternancia de situaciones de exclusión e inclusión. Como en otros territorios, se mantiene en el imaginario de amplios sectores de Escobar una visión valorativa de las migraciones europeas (de importancia en la historia local) y cierta tendencia a omitir o desvalorizar la presencia de población de países de Latinoamérica (Diez, 2022). En los años 90 y los primeros años de 2000 se registraron recurrentes situaciones de violencia física y verbal hacia los migrantes bolivianos (secuestros, robos, frases racistas en lugares públicos). Estas situaciones se sumaron a periodos en que la CBE fue intervenida y los mercados, cerrados. En la última década se registra una creciente cercanía entre la CBE y las autoridades municipales de Escobar (incorporación de miembros de la Colectividad en cargos del municipio, organización colaborativa de eventos, proyectos compartidos de pavimentación del barrio). La pandemia no escapó a esta alternancia de cercanías y distancias con el gobierno local: cierre de mercados, acuerdos para respetar los protocolos, vacunación en terrenos de la CBE, etcétera.

Tres de Febrero se ubica en el noroeste del Gran Buenos Aires, y linda con la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Allí, la investigación se focaliza en Ciudadela, una zona ubicada en la parte sur del partido; lugar de paso, de circulación, de comercio e intercambio. Ubicado a mitad de camino entre una de las estaciones de tren y terminal de ómnibus más importantes de la CABA (Liniers) y la estación del tren Sarmiento que lleva el nombre del barrio, el lugar que nos convoca se despliega como un espacio diverso, heterogéneo y desigual. Un territorio que alberga muchos otros: Ciudadela Norte, Ciudadela Sur, Villa de los Paraguayos, Fuerte Apache-Ejército de los Andes-Barrio Carlos Mugica, Villa Herminia, Villa de los Rusos y Villa Matienzo, entre otros lugares que llevan en el nombre marcas étnicas, de clase, raza y nacionalidad que nos remiten a formaciones históricas de alteridad.

En Ciudadela Sur, barrio donde desarrollamos con mayor intensidad el trabajo de campo, suele escucharse que el barrio constituye “un lugar olvidado del distrito”, del que “nadie se preocupa desde hace muchas décadas”. Los jóvenes no dudan en señalar que se trata de un territorio inseguro y peligroso.

La inmigración constituye una marca identitaria del barrio. Italiana y española, primero, paraguaya, boliviana y peruana, después. También china, coreana, senegalesa y venezolana. La proximidad de esta zona con el barrio porteño de Liniers ha hecho que, desde los años 80, aquello que predomine en el imaginario popular sea la presencia de las familias bolivianas, una “Bolivia en chiquito”, según algunos pobladores. Los historiadores locales, sin embargo, se han empeñado en focalizar la mirada en la migración europea, silenciando la notable presencia de personas de otras latitudes y reproduciendo los discursos hegemónicos acerca de la existencia de una “migración positiva” y otra “negativa”. Si el Gran Buenos Aires es sinónimo de desigualdades urbanas, Ciudadela es una de esas zonas en las cuales esas diferencias se agudizan hasta tornarse dramáticamente palpables en la vida cotidiana.

Las familias procedentes de Bolivia se han asentado prioritariamente en Ciudadela Sur, barrio en el cual desarrollamos el trabajo de campo, donde convive un sector de población migrante de más larga data (décadas de 1980 y 1990) y otro más numeroso que experimenta el barrio como una zona de habitación temporaria o de tránsito. La mayoría proviene de Potosí, Cochabamba, La Paz y Santa Cruz. La diversidad de orígenes se relaciona, entre otros factores, con la existencia en la zona de la terminal de ómnibus ya mencionada. Las principales actividades económicas de esta población son el comercio de frutas y verduras, y la confección y comercialización de vestimenta. Ciudadela Sur, y su continuo Liniers, se caracterizan por la presencia mayoritaria de la comunidad boliviana en los comercios, muchos de los cuales incluso venden productos provenientes de Bolivia, dándole el nombre a ciertas zonas de “feria andina” (Escobar Basavilbaso y Di Nucci, 2012). También hay consultorios médicos propios, centros culturales, casas de envío de dinero y agencias de viaje que apuntan a la relación de la población local con su lugar de origen o procedencia. La venta callejera tiene gran relevancia, aunque se ha visto afectada luego de la expulsión de la “feria boliviana” de Liniers en enero de 2018 y por el recrudecimiento de los controles estatales sobre el espacio de público durante el ASPO, que continúan hasta el presente. La organización de esta población en la zona gira en torno a cuestiones tales como los bailes, la comercialización de productos típicos, el mercado de frutas y verduras y la provisión de servicios específicos. Si bien es posible identificar una importante red comunitaria que cuenta con consultorios propios, centros culturales donde se brinda formación en oficios y se enseñan lenguas originarias, sociedades de fomento y clubes, no hemos registrado, hasta el momento, la presencia de una organización que en términos numéricos y organizativos pueda asimilarse a la CBE de Escobar.

Las claves temporales de la movilidad: Bolivia y la migración como parte de las experiencias de los adultos y de la memoria de los jóvenes

Vidas y testimonios entre Bolivia y la Argentina: experiencias y miradas de los adultos de Escobar

En Escobar, la relación con el territorio define lugares sociales y residenciales, estructura las memorias y los proyectos a futuro de las familias; está además presente en los vínculos con las autoridades locales y provinciales. También, y eso nos interesa particularmente, en las relaciones generacionales.

La memoria de las localidades de origen es recurrente en los adultos. La población, como decíamos, procede en una proporción significativa de pueblos rurales del departamento de Potosí profundamente afectados por las crisis económicas y políticas, la caída en el precio de los minerales, la contaminación de las aguas en las zonas de cultivo, etc. La evocación de esos territorios se asocia en muchos a sentimientos de pesar por los lugares que “quedaron vacíos”, la organización de viajes periódicos, los contactos virtuales con parientes que han quedado allá. La relación con los pueblos de procedencia también se hace evidente en los alineamientos políticos de la CBE, los grupos de música y danza, los equipos de fútbol constituidos en muchos casos a partir de una referencia territorial común. Múltiples discursos y acciones que refuerzan la comunidad de intereses suelen vincularse a formas organizativas de las localidades de origen en Bolivia. Comenta en este sentido un adulto joven que vino de pequeño desde Pancochi (pueblo cercano a Potosí): “Una de las cosas que nos ayudó para no sentirnos tan lejos de nuestro pueblo fue que estemos toda la comunidad, así como estábamos allá en Bolivia”.

Esta memoria local coexiste por supuesto con referencias fuertes a Bolivia como territorio nacional de pertenencia compartida en la CBE. En los predios, mercados y ferias, las referencias a Bolivia se multiplican: banderas, música, comidas, información sobre trámites consulares, noticias de coyuntura, etc. También el tránsito por el barrio muestra alusiones a Bolivia en los nombres de comercios y la estética de vidrieras y pasacalles.

Las fiestas articulan muchas referencias cruzadas a festividades locales (sobre todo para el aniversario de Potosí, Tarija, etc.) y nacionales. En estas últimas, se define a Escobar como “un pedazo de Bolivia en la Argentina”, se reiteran frases como “acá somos todos bolivianos” y se escuchan canciones nacionales (Viva mi patria Bolivia).

También en las interlocuciones de la Colectividad con el municipio, particularmente en momentos conflictivos con las autoridades locales, la adscripción que se visibiliza no es a los pueblos rurales de origen, sino a Bolivia. De este modo, la lealtad regional coexiste con la definición como bolivianos, sobre todo asumida en los intercambios y en la formulación de demandas y reclamos con el gobierno municipal, provincial y nacional argentino.

La lógica territorial organiza así distinto tipo de relaciones, superpuestas, diferenciadas y complementarias.

Además de la referencia compartida a un territorio de origen, la memoria se construye también con alusiones a la migración, idas y residencias breves en distintos lugares de la Argentina para afincarse en Escobar, la llegada al barrio Lambertuchi, los hitos que fueron marcando un espacio construido en gran medida por migrantes. Se suman alusiones a la prosperidad de la Argentina (“este es un país rico, acá hay de todo”), agradecimientos por “la generosidad de esta tierra”, eventos de sociabilidad, principios de la organización: “acá – en una calle donde antes de la constitución de la CBE se instalaban vendedores de frutas y verduras– empezó todo, acá empezamos a jugar al fútbol, el fútbol nos unió”. Se suman también las alusiones al protagonismo de la CBE en el cambio de la fisonomía del territorio que se habita y a distintos momentos representados como una gesta de “los fundadores”, “los pioneros”. Procesos y narraciones que van marcando un territorio y haciéndolo propio.

Este proceso no fue continuo ni lineal: se recuerdan también las persecuciones y los secuestros de quinteros bolivianos en los inicios de 2000, una articulación con el gobierno local que pasó por diferentes momentos: abundan los recuerdos de la hostilidad de los primeros tiempos: ventas informales en la calle, persecuciones policiales, mensajes discriminatorios en los primeros años (pasacalles con la inscripción “Bolivianos a Bolivia”).

La alusión a las escuelas del barrio como espacios de relación necesaria con el nuevo Estado y con pobladores argentinos sigue estos derroteros: en general, los adultos que recuerdan sus años de escolaridad a fines de los 90 y principios de 2000 aluden a situaciones de soledad, desconcierto, y, en algunos casos, discriminación, situaciones que, según el testimonio de muchos, “hoy ya no se dan”, o “no se dan tanto”.

Como decíamos, en los últimos años se registra un mayor acercamiento con las autoridades locales: proyectos conjuntos, cargos de referentes de la Colectividad en el municipio, asistencia y organización colaborativa de actos cívicos. La vigencia de la nueva ley migratoria en la Argentina y los discursos de derechos sin duda tienen mucho que ver con esto (Diez y Novaro, 2022). También otros posicionamientos políticos del municipio con relación a los gobiernos nacionales tanto de la Argentina como de Bolivia.

En estas idas y vueltas, la pandemia parece ser un periodo donde se reavivaron viejos conflictos. Del lado del municipio, se señala la dificultad para el cumplimiento de los protocolos de cuidado en los mercados, del lado de muchos integrantes de la CBE, situaciones de discriminación y prejuicio que se profundizaron durante los primeros picos de contagio y el cierre de los mercados, seguidos de nuevos acuerdos para construir una sala de salud en el barrio y garantizar mayores controles.

Comprender todo el sentido dado a los viajes por las familias bolivianas, realizados en ocasión de las fiestas cívicas y religiosas, nacimientos, casamientos o muertes de parientes y trámites diversos, nos permite imaginar las implicancias de su suspensión durante la pandemia y el aislamiento. Suma a ello la dificultad de retomarlos en los años siguientes en una situación donde el tipo de cambio hace que viajar sea algo mucho más complejo. En este contexto, algunos han comenzado a preguntarse: “¿Cómo me he salido de mi tierra? ¿Cómo habría sido mi vida si me hubiera quedado (allá)?”.

El mandato adulto hacia las jóvenes generaciones parece ser más o menos compartido entre los migrantes de Escobar: que sus hijos “sigan siendo bolivianos, que no se olviden, que no pierdan sus raíces”. En textos previos hemos trabajado cómo la expectativa de seguir siendo bolivianos coexiste con el deseo de que sus hijos/as se incluyan en la Argentina y “sean alguien en la vida” (Novaro, 2022).

Identificarse con Bolivia y vivir en la Argentina en las prácticas y representaciones de los jóvenes de Escobar

La vinculación de los adultos bolivianos con el territorio que, con muchos matices, podemos describir como de gran continuidad entre Bolivia y la Argentina, evidentemente no se experimenta del mismo modo entre sus hijos y nietos, muchos de los cuales han nacido en la Argentina.

Los registros dan cuenta de jóvenes a los que les han contado sobre Bolivia y, en algunos casos, han transitado (en forma temporal) por este territorio. Los registros también muestran, como decíamos, la recurrencia de la expectativa o mandato familiar de “que sepan de dónde vienen” como una condición para que sigan siendo parte del colectivo.

Lejos de la pasividad o el rechazo claro a este mandato, los jóvenes en Escobar asumen distintas posiciones. El gusto por “ir a conocer, saber de dónde venimos, ir para volver” (a la Argentina). Múltiples testimonios de la vida en la Argentina con Bolivia permanentemente presente, el deseo de “no olvidar, no perder las raíces”, relatos detallados y sentidos de las características de distintas localidades de Bolivia a las que han ido con su familia e incluso solos cuando fueron mayores de edad. También registramos recurrentes situaciones de desmarcación sobre todo en la escuela: hablar de la Colectividad como organización de otros, “sus terrenos, sus puestos”. Conciencia de la viabilidad de proyectar acá y la incertidumbre que implicaría volver: “Si voy a Bolivia allá no soy nadie, nuestra tumba está acá”.

Se trata, como decíamos en un texto previo, de referencias a Bolivia como espacio vivido (por los adultos) y espacio narrado y transitado (por los jóvenes) (Hendel y Novaro, 2019). Para estos últimos, el desafío es conocer o referenciarse o no en un territorio permanentemente evocado, pero que en muchas ocasiones no conocen. Se advierte así la importancia de la clave generacional en los distintos modos de vivir el espacio y la movilidad.

Experiencias de territorios dejados y habitados en jóvenes de Tres de Febrero

“Para mi futuro”: la movilidad territorial desde la perspectiva juvenil

En Tres de Febrero, la experiencia del territorio de las generaciones más jóvenes parece signada por la movilidad. Esto se expresa en sus biografías (que hablan de múltiples viajes tanto entre países como hacia el interior de la Argentina o Bolivia), estructura las memorias y sus proyectos a futuro; también atraviesa las relaciones intergeneracionales y ciertos mandatos.

Los jóvenes de la zona de Ciudadela del partido de Tres de Febrero suelen hacer alusión al proyecto migratorio familiar (experiencia de migración trasnacional) y al territorio de origen de sus padres o suyo como el producto de una decisión tomada por otros (Hendel y Maggi, 2022). Este desplazamiento en cuanto a la responsabilidad de la decisión migratoria, vinculada al haber migrado siendo niños, pone de manifiesto que la relación de los jóvenes con esos acontecimientos es diferente a la de los adultos. Diferencias que se expresan en las formas de habitar y experimentar el aquí y el allá. Un allá que, por momentos, se erige en el orden de lo olvidado/recordado/narrado, y un acá, muchas veces, considerado como propio y elegido.

Mi historia comienza así: era pequeño cuando me enteré de que iba a viajar a otro país. Mamá me decía que lo íbamos a hacer para tener un futuro mejor, específicamente, “para mi futuro” (5.° año, Juan, “Conociendo la verdad”, producción autobiográfica realizada en el marco del proyecto escolar Maratón de Lectura, 2019).

A diferencia de lo señalado por algunos adultos de Escobar y Tres de Febrero, estos jóvenes no tienden a narrar la migración hacia la Argentina remitiéndose a un pasado doloroso o asociado explícitamente a una situación de pobreza ni manifiestan sentimientos de culpa por haber dejado Bolivia. En este sentido, la experiencia del viaje no aparece ligada a la posterior tensión entre “volver o quedarse” que hemos registrado en algunos adultos. La posibilidad de volver tiende a emerger allí donde ese proyecto es motorizado por los mismos padres que “los hicieron viajar” o en los casos en que los jóvenes vivieron una parte importante de su infancia allá y tienen recuerdos vívidos de la experiencia de ese territorio. A diferencia de lo que sucede en otras localidades, donde la colectividad boliviana está organizada desde hace varias décadas y los adultos promueven más fuertemente la continuidad de su cultura y tradiciones, como el caso de Escobar, este tipo de mandatos parece no estar presente del mismo modo en las familias de Tres de Febrero. De todos modos, hemos registrado en algunos adultos de la zona una preocupación por evitar que los jóvenes “pierdan su identidad”, aludiendo explícitamente a sus propios orígenes étnico nacionales (entrevista realizada por joven de Ciudadela a sus padres, 2019). Volviendo a los lazos intergeneracionales, la migración fundamentada como una forma de buscar “un futuro mejor para ellos” trae consigo un mandato acerca de las obligaciones y expectativas de logro para esos jóvenes en un territorio que manifiestan experimentar como propio y donde se proyectan a futuro. A su vez, esto nos conduce a preguntarnos por las formas que adoptan en cada generación esos territorios dejados, narrados.

Entre el allá como territorio vivenciado, narrado, inventado, y el acá como territorio habitado

Marcela nació en Cochabamba (Bolivia) hace 17 años. Vivió allí durante su infancia junto a su mamá, sus hermanos, abuelos y tíos. Cuando se le pregunta por su vida en Bolivia, nos habla del campo, una zona con mucha tierra, donde criaban animales y cultivaban. Cuenta que para ir a ayudar a su abuelita tenía que caminar dos horas y media y levantarse muy temprano, cuando todavía no había salido el sol. […]. Una compañera que participó en la conversación, también de familia boliviana pero nacida en Argentina, agrega: “Ahí cuando te morís nadie se entera” [y ambas ríen] (registro de campo, 2019).

El caso de Marcela es uno de los pocos que hemos registrado en el cual el recuerdo del territorio dejado, Bolivia, adopta características vívidas: logra delinear paisajes concretos y dar cuenta de ese territorio incluyendo referencias específicas a personas, prácticas y saberes. A los 13 años, dice Marcela, “tuve que viajar por asuntos familiares olvidando algunas tradiciones y hacer otro tipo de cosa a la Argentina” (narrativa cartográfica, 2018).

A diferencia de lo que señala Marcela, y su alusión explícita a los “asuntos familiares”, en la mayoría de los casos, el énfasis o protagonismo que los jóvenes asignan a ellos mismos en los relatos de esos primeros viajes entre Bolivia y la Argentina tiende a estar construido a partir del relato de otro adulto:

Cuando tenía apenas un año vivía mayormente con mis tíos y mis primos, ya que mis padres se encontraban la mayor parte del tiempo fuera de casa, trabajando. Mi tío trabajaba en la Argentina, por lo que ganaba mejor. Le comentó esto a mi padre, y cuando cumplí los dos años, ya mi padre se había ido a trabajar por un tiempo a Argentina mientras que mi madre trabajaba de cocinera. Como ella no podía cuidarme, siempre le encargaba a mi abuela hacerlo. Nunca conocí bien a mi abuela, ni cómo era. Cuando cumplí tres años, mi padre volvió. Nos contó la experiencia en Argentina, nos habló de su cultura y sus ciudades; a él le fue muy bien en Argentina y nuestra situación económica mejoró bastante (4.° año, Gerardo, “Inmigrantes”, producción autobiográfica realizada en el marco del proyecto escolar Maratón de Lectura, 2019).

Gerardo dejó Bolivia junto a sus padres a los tres años de edad, luego de que entraran a robar a su casa. El espacio dejado, encarnado en su abuela, aparece asociado a la idea de no haberlo/a conocido bien. Como él mismo narra, tomar la decisión no fue fácil, especialmente para su madre:

Mis padres comenzaron a hablar sobre ir a vivir a Argentina para mejorar la situación en la que nos encontrábamos. Mi madre aún no estaba convencida de viajar, mucho menos la convencía llevarme a estudiar o aprender en otro país y otra cultura […]. (4.° año, Gerardo, “Inmigrantes”, producción autobiográfica realizada en el marco del proyecto escolar Maratón de Lectura, 2019).

La presencia de los temores adultos en el relato de G. pone de manifiesto la existencia de conflictos entre mandatos familiares y deseos y experiencias propias. Si, como señala Candau (2008), la reconstrucción del pasado se realiza a partir de las necesidades del presente, en este caso G., también atravesado por mandatos escolares, reconstruye un recuerdo y pone en escena un conflicto intergeneracional que termina de desplegar del siguiente modo:

Nunca aprendí la cultura boliviana. Tampoco conocí a toda mi familia, ya que aún no tenía conciencia ni memoria al partir (4.° año, Gerardo, “Inmigrantes”, producción autobiográfica realizada en el marco del proyecto escolar Maratón de Lectura, 2019).

En este caso, la distancia entre el espacio dejado (Bolivia) y el espacio habitado (la Argentina) se ve reforzada por la idea de no haber conocido uno de ellos: “No tenía conciencia ni memoria”. La Argentina emerge en esta díada territorial como sinónimo de hogar ante un espacio y una cultura que se narran como desconocidas.

Por otra parte, allí donde los recuerdos de la infancia persisten, en ocasiones los mismos jóvenes ponen en duda su veracidad, dando cuenta de la fragilidad del recuerdo de las experiencias infantiles y del carácter de invención o recreación que los territorios de la infancia poseen en sus trayectorias biográficas:

E: ¿Y vos recordás algo del viaje o de los viajes?

D: La verdad que no, o sea porque me vine cuando era chiquita, a los cuatro años me vine. Tengo varios recuerdos que van y vienen, pero no tan firmes, capaz los inventé. Cuando es chiquito inventa, o sea yo creo que inventa recuerdos.

P: Los inventa en el momento, recuerda en el momento.

D: Luego, uno de grande piensa que sí son recuerdos, ¿ves?

(Entrevista a Diana y Pedro, 17 y 18 años, Ciudadela, 2018).

El carácter de invención del recuerdo que Diana y Pedro plantean y, especialmente, la idea de que este es “inventado desde el presente” nos conduce a pensar los recuerdos como claves de lectura que los jóvenes desarrollan sobre los espacios dejados, pero con los pies en el ahora, en su ser jóvenes, en el espacio habitado. De allí la trascendencia de estos recuerdos y narrativas, entendidas como relatos autobiográficos, en los cuales los jóvenes ponen en juego modos de experimentar territorios vividos como propios y ajenos, heredados, recreados e inventados. Relatos atravesados por mandatos familiares y escolares a partir de los cuales es posible aproximarse a sus experiencias territoriales y modos de identificación como jóvenes que forman parte de familias migrantes.

Por otra parte, entendemos que las apropiaciones jóvenes de Bolivia como territorios del orden del recuerdo inventado/narrado o del olvido también pueden ser interpretadas como modos de resistencia ante los mandatos adultos (en el marco de la preocupación de los adultos por la transmisión de referencias a las nuevas generaciones), como una decisión, una opción que habla de una experiencia generacional diferente. Resistencias que deben ser leídas en el marco de un contexto social barrial profundamente estigmatizante, discriminatorio y desigual.

Para los jóvenes de Tres de Febrero, el territorio habitado más próximo, el barrio, tiene un peso significativo en sus vidas cotidianas. Ciudadela Sur, y su continuo Liniers, es asociado por los jóvenes al peligro, pero también a lugares que vinculan con ellos mismos. Mientras que la primera caracterización está relacionada con actitudes discriminatorias vivenciadas en la calle y ejercicios de control por parte de las fuerzas de seguridad, la segunda aparece como una trama de lugares donde sienten que pueden mostrarse “tal como son” (Hendel, 2021). Los puntos de ese tejido son identificados como “la casa de mi abuela”, “la Fomento”, “la cancha de fútbol”, “la escuela”, “el shopping” y “la terminal de Liniers porque es el lugar donde me encontré con mi mamá” (Hendel, 2021). Para muchos de estos jóvenes, la Argentina o Ciudadela son, además, lugares que asocian con territorios conocidos, donde han crecido y que eligen continuar habitando.

Por otra parte, si hay un territorio en el cual los jóvenes manifiestan haber experimentado transformaciones importantes durante la etapa de aislamiento producto de la pandemia, es en el barrio. Para comprender la especificidad de esta vivencia, debemos tener en cuenta, por un lado, el recrudecimiento de los controles sobre la vía pública y el comercio callejero que tuvo lugar en la zona y, por otro, el hecho de tratarse de una “zona de frontera” entre la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la provincia.

Conclusiones

A lo largo del texto abordamos la relación de familias migrantes con el territorio focalizando en el modo en que las distintas generaciones experimentan y dan sentido a los territorios que antes habitaron, al proceso migratorio y al espacio que ahora habitan. Caracterizamos la forma en que esto se despliega en dos localidades de la provincia de Buenos Aires que presentan algunos aspectos en común y otros que las diferencian. En ambos casos (aunque con particularidades), Bolivia y la migración constituyen experiencias que definen lugares diferenciales para las distintas generaciones, a la vez que proporcionan una forma específica a las identificaciones y trayectorias sociales.

Advertimos que, en situaciones donde la población procede de un territorio de origen relativamente compartido, y donde se ha generado un fuerte proceso organizativo comunitario (como en el caso de Escobar), la referencia al territorio de origen funciona como condición de la pertenencia al colectivo. Así, Bolivia o las localidades rurales donde los adultos experimentaron su niñez y juventud remiten a un tiempo y lugar de origen que están presentes, como marco general de significación, espacio de referencia y añoranza en los mayores.

La voluntad de sostener la herencia de los logros organizacionales compartidos y también procesos de ascenso familiar posiblemente opera en la fuerza de la alusión a Bolivia como un atributo que, para gran parte de las familias, debe seguir interpelando las identificaciones de sus descendientes. Bolivia aparece permanentemente en los relatos familiares y comunitarios, territorio de evocación donde se proyectan viajes que por lo general suponen periodos acotados de permanencia del grupo familiar. Frente a esto, los jóvenes parecen generar estrategias diferenciales: asumir el mandato adulto, sin que ello implique reproducirlo linealmente, distanciarse de este y desmarcarse de la referencia colectiva. En el primer caso, que, al menos en Escobar, parece lo más frecuente en los espacios comunitarios, Bolivia aparece en los jóvenes como un territorio cargado de significación, interpela sus prácticas, pero más que por experimentarse como un territorio propio, por ser el espacio de origen familiar donde arraigan su memoria.

En este sentido, es evidente que adultos y jóvenes conforman con respecto a Bolivia una memoria diferencial, también que este proceso está presente en sus modos de vivir el territorio que ahora habitan y de proyectar su futuro.

En los jóvenes que forman parte de familias migrantes de Tres de Febrero también encontramos una experiencia del territorio dejado, Bolivia, vinculada al recuerdo, el olvido y la invención. Así como la migración es vivida por muchos como una decisión tomada por los adultos, que sin embargo los tiene a ellos como protagonistas, Bolivia aparece como un territorio por momentos ajeno y extraño, o construido desde los relatos de otros, recordado e, incluso, inventado. Sin embargo, las experiencias de movilidad que los atraviesan (múltiples viajes) también habilitan la posibilidad de que, en algunos casos, esa experiencia que parece lejana forme parte de su futuro. Volver para conocer, para hacer el servicio militar o para estudiar no dejan de ser proyectos posibles.

Poniendo en relación a los jóvenes de Escobar y Tres de Febrero, los cruza a ambos la cercanía y distancia con el mandato adulto de sostener la referencia en Bolivia, siendo evidente la proximidad en Escobar (conocer el allá como un deseo) y cierta distancia en Tres de Febrero. De forma inversa, la sensación de vivir en un territorio propio que advertimos en los jóvenes de esta última localidad (el acá como algo elegido) no parece tener una expresión equivalente en Escobar.

En definitiva, resulta evidente que los colectivos migrantes con los que trabajamos se sostienen en referencias simultáneas al territorio de origen y de destino y que esta condición atraviesa posicionamientos y proyectos en clave generacional. En los proyectos de muchos jóvenes de permanecer aquí operan diversos aspectos, entre otros, la experiencia de formar una generación que, interpelada fuertemente por sus familiares, recupera la memoria del pasado, sigue ligada al territorio de origen, pero ha generado formas particulares de pertenecer a familias migrantes y de ser y continuar viviendo en la Argentina. Los y las jóvenes construyen así una forma propia de “seguir siendo” que se enraiza pero no necesariamente coincide con los proyectos adultos.

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