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1 Delimitaciones teóricas y marco metodológico

1. Delimitaciones teóricas

Este capítulo pone en perspectiva los conceptos teóricos y metodológicos en los que se basó esta investigación. Por esta razón, este capítulo abarca la definición de conceptos como migración, transnacionalismo, redes migratorias, capital social y circuitos migrantes transnacionales; como los soportes teóricos que permitieron el desarrollo de este trabajo.

Luego, se desarrollaron los conceptos metodológicos que marcaron la pauta en la elaboración del trabajo: etnografía, métodos cualitativos y por supuesto, una descripción de las diferentes perspectivas y debates que ha suscitado el método de recolección de datos, que se trabajó en este proyecto: las historias de vida.

En tercer lugar se hizo un breve estado del arte sobre los estudios de migración africana en la Argentina, los aspectos y temáticas abordadas y los académicos involucrados; lo que permitirá dar luces sobre por qué se escogió ese tema, bajo el marco teórico anteriormente desarrollado.

1.1 Las migraciones

Micolta (2005) enmarcó las redes sociales dentro de las teorías sobre la perpetuación de los movimientos migratorios. Un grupo de teorías que explican la migración desde la perdurabilidad de las mismas “bajo su dimensión social y colectiva” y que se dividen en dos grupos:

El primer grupo asocia la perdurabilidad o el cese de la migración al proyecto migratorio y considera la misma como una experiencia fundamental en la vida de las personas, con un carácter definitivo. De hecho, “el retorno es considerado un residuo de experiencias individuales de fracaso”. Mientras que el segundo grupo consideró la migración como un elemento transitorio en la vida de las personas, relacionado con “la búsqueda de objetivos concretos que permiten mejorar la situación en su tierra de origen”; a diferencia del anterior grupo “el retorno es todo un éxito”, (Micolta, 2005).

A este último grupo pertenece la teoría de las redes sociales, resaltando que son precisamente esas redes las que influyen en la decisión de retornar o permanecer: “la existencia de esos lazos de parentesco pueden bajar los costos, elevar los beneficios y mitigar los riesgos de los desplazamientos”, (Micolta, 2005). Es así como del grado de inserción de los migrantes en estas redes va a depender el carácter duradero de las corrientes migratorias (Portes y Böröccz, 1998).

Es este cúmulo de redes de parentesco en los lugares de origen y destino, el que se denominó capital social, que es finalmente lo que le permite al migrante insertarse de una manera diferente en el país de llegada.

La teoría de las redes sociales y su marco, las teorías sobre la perpetuación de los movimientos migratorios, se alejaron de los grupos de teorías que analizan los migrantes como unidades económicas: los migrantes como una necesidad para ocupar puestos que los nativos no ocupan (teoría del mercado fragmentado), o como un flujo de mercancía clave desde los países dependientes hacia los países dominantes (teoría marxista de la acumulación capitalista) o la planteada por la teoría del sistema mundial, que expone la migración como un efecto de la globalización de la economía del mercado.

También se alejaron de las primeras teorías que intentaron reflexionar sobre las migraciones internacionales y que las relacionaron directamente con decisiones personales: la neoclásica, que surgió en la segunda mitad del Siglo XX, y que consideró que la migración respondía a decisiones individuales sobre costo-beneficio y una segunda, de los factores push-pull que atribuyó la migración a una serie de factores que empujan (push) a abandonar el lugar de origen por mejores condiciones en otro lugar; factores que terminan ejerciendo una fuerza de atracción (pull).

1.2.La diversificación de redes y cadenas

Como antecedentes al enfoque de las cadenas migratorias en el campo de las ciencias sociales, Pedone (2010) citó el trabajo de la antropología británica y la sociología estadounidense: la primera reconstruyó la dinámica del tejido de relaciones interpersonales y la segunda, de abordaje estructuralista, dio prioridad al estudio de contexto nominalista, obviando los procesos históricos y políticos. Trabajos que se concentraban en mayor grado en las migraciones internas.

A partir de la crisis del paradigma positivista y del inicio de los estudios de la microhistoria, surgió en los años 80 un enfoque microanalítico en el que se insertaron los estudios de las redes migratorias. De esta manera, se empezó a reflexionar sobre el migrante no como una masa inerte que se deja llevar por las fluctuaciones del capitalismo, sino como “sujetos activos capaces de formular estrategias de supervivencia y readaptación en contextos de cambios estructurales”, (Devoto, 1992:96).

Massey, Arango, Hugo, Kouaouchi, Pellerino y Taylor (1998) definieron las redes migratorias como el conjunto de vínculos interpersonales que conectan a los migrantes y no migrantes con su lugar de origen y destino a través de lazos de amistad, comunidad o parentesco. De acuerdo a este concepto, los lazos bajan los costos, elevan los beneficios y mitigan los riesgos del movimiento internacional.

Claudia Pedone (2010) hizo una diferenciación entre tres conceptos próximos: las cadenas, las redes migratorias y los campos transnacionales: La cadena migratoria la definió como la transferencia de información y apoyos materiales que familiares o allegados ofrecen a potenciales migrantes para decidir o concretar su viaje (Mc Donald, 1964; Malgesini, Giménez, 1997) Mientras que las redes migratorias las definieron como estructuras sociales mayores que trascienden los límites geográficos, con carácter transnacional.

Siguiendo estos conceptos, reconocer la existencia de relaciones familiares, políticas, económicas, sociales que mantienen los vínculos entre la sociedad de origen y de destino, construyen lo que Glick Schiller (1995) y Suárez Navas (2008) llamaron campos sociales transnacionales. En otras palabras, vínculos que mantienen las redes migratorias y la transmisión de información de la cadena migratoria.

“De este modo, el enfoque de cadenas y redes migratorias es útil para realizar estudios más dinámicos y para reconstruir procesos sociales dejados de lado por otras perspectivas acerca de las migraciones y así, superar las aproximaciones estáticas, abstractas y simplificadoras…”. Al final, “vinculan poblaciones de la sociedad de origen y de llegada y trascienden a los actos individuales” (Pedone, 2002).

Según García Abad (2001), la perspectiva de las redes migratorias estudió el papel de las mismas en la toma de decisiones individuales y familiares para migrar, la transmisión de información, las relaciones que se generan entre los lugares de destino y llegada antes y después de la migración, el patrón migratorio y su perdurabilidad. La autora reconoció la dificultad metodológica que plantea la teoría al medir y analizar las cadenas migratorias y en especial para calcular su grado de responsabilidad en el establecimiento del flujo migratorio.

En las ciencias sociales latinoamericanas, Claudia Pedone (2010) se ha destacado por su trabajo sobre la reconstrucción de las redes y cadenas migratorias de los ecuatorianos en España. En sus textos y citando a Piselli (1995), Ramella (1995) y Malgesini (1998) aseguró que “utilizar el enfoque de cadenas y redes de manera metafórica ha conducido a repetir estereotipos que se expresan en afirmaciones tales como que las redes reducen los costos de la inmigración, debido a que suministran información, vivienda y trabajo”, (Pedone, 2010).

Pedone (2010) señaló la importancia de darle una mirada un poco más amplia a la idea de que esa acumulación de recursos sociales que generan los migrantes a partir de las redes, incentiva el flujo migratorio e invitó a reflexionar sobre las relaciones de horizontalidad y verticalidad que se dan dentro de estas relaciones.

Entendiendo a las relaciones de horizontalidad como las que se basan en la lealtad, solidaridad y cooperación y que están conformadas por amigos y parientes. Por otro lado, las redes que se articulan verticalmente “están definidas por la desigualdad en las relaciones y jerarquía que ocupan los migrantes dentro de la cadena, por diversos actores que detentan el poder”, (Pedone, 2010). Por esto, la autora hace hincapié en cómo estas relaciones al verticalizarse, convierten a esta información y contactos, en un valor económico en manos de unos pocos.

Otro de los aportes de la teoría de las redes migratorias es que la articulación de estas redes permite superar la dicotomía entre el lugar de partida y de llegada y reflexionar sobre la red de lugares que pueden generar las personas al emigrar. De hecho Pedone (2002) señaló que el contexto político internacional actual genera una especificidad en el tipo de dinámica y diversificación de la red.

“Uno de los principales errores teóricos ha sido pensar los movimientos migratorios internacionales, en términos bipolares… el hecho de que los migrantes puedan orientar su vida en dos ámbitos geográficamente distantes ha dado origen a un espacio transnacional conectado por fuertes redes sociales; este circuito migratorio constituirá una comunidad transnacional” (Rouse, 1992).

Ese estrecho vínculo de las redes y su diversificación con el contexto actual, aproxima el trabajo aquí realizado al concepto de transnacionalismo. Una perspectiva de las migraciones internacionales que permitió analizar, en el contexto de la globalización, el conglomerado de relaciones que generan los migrantes a través de las fronteras y las complejas redes que forman en distintos ámbitos: económicos, políticos, sociales, entre otros. Redes en lugares de origen y destino que terminan cuestionando las nociones de sociedad y territorio y construyéndose en espacios transnacionales.

1.3 Los desafíos del transnacionalismo

El transnacionalismo es una de las perspectivas más recientes de las ciencias sociales para analizar las migraciones internacionales. Una visión que consideró desde un principio Alejandro Portes como un fenómeno de bases, del que solo podría hablarse cuando se registrara cierta regularidad en las prácticas transnacionales de los migrantes (Solé, Parella y Cavalcanti, 2008 (Citado en Moraes, 2010)).

El transnacionalismo es una teoría que da respuesta a la situación del migrante que se mueve en el país de destino, pero que conserva lazos con su país de origen. Se mueve entre ambas realidades y en este caso cuestiona la tradicional teoría de asimilación con la que por años se analizó el fenómeno migratorio.

“Cuestiona el positivismo estructuralista y funcionalista materializado en los modelos asimilacionistas y aculturalistas de la migración dominantes en Estados Unidos a través de la militancia xenófoba” (Huntington S.P, 2005).

Rompe con el modelo asimilacionista (Melting pot) estadounidense que describía a la sociedad o el país de destino como una esponja que absorbía a migrantes y minorías, que terminaba asimilando la identidad y cultura del país de destino.

Hasta los años 70, las disciplinas sociales estuvieron restringidas por limitadas categorías de análisis social y estuvieron dominadas por modelos estáticos durante décadas: de esta manera, “los análisis de poblaciones inmigrantes, sus patrones de relaciones sociales y sistemas de significado, siguen estando intrincados en teorías que se aproximan a cada sociedad como entidades independientes y limitadas” (Glick-Schiller, Basch y Blanc-Szanton, 2005).

Otros análisis a nivel global vieron al sistema capitalista mundial como una unidad de análisis y basaron sus estudios en la teoría del sistema mundo de Immanuel Wallerstein:

“Gran parte del análisis del sistema mundo se ha enfocado en el aspecto económico del sistema… lo que ha llevado a considerar a los migrantes esencialmente como unidades de trabajo” (Glick-Schiller, Basch y Blanc-Szanton, 2005).

Sin embargo, en las últimas décadas esa mirada transnacional de las migraciones internacionales permitió analizar al migrante dentro de un contexto o dimensión social, cultural e incluso político. De esta manera, el transnacionalismo se consideró como una perspectiva teórica-analítica que se centró en los vínculos sociales, políticos y culturales que aún conservan los migrantes con el país de origen. Una mirada de los años 90 y que de acuerdo a Glick-Schiller, Basch y Blanc Szanton (2005) fue producto del capitalismo mundial:

Teniendo como premisa que el mundo está articulado por un sistema global capitalista, las autoras ubican el surgimiento del transnacionalismo con las transformaciones en la estructura del empleo que enfrentaba Estados Unidos en los años 80, por consecuencia de la creciente internacionalización del capital.

Durante los años 80 en los Estados Unidos los trabajos de las fábricas se reemplazaron por las empresas de servicio; y en el tercer mundo llegaron las grandes industrias, lo que generó una fuerza laboral desplazada y desempleada. “Estos trastornos aumentaron la migración, pero dificultaron a los migrantes la construcción de bases culturales, sociales o económicas seguras dentro de ese nuevo contexto”, (Glick-Schiller, Basch y Blanc Szanton, 2005).

Las autoras señalaron que esta vulnerabilidad del nuevo migrante aumentó la probabilidad de que estos construyeran una existencia transnacional y esto hizo que las migraciones internacionales se miraran desde otra óptica: el transnacionalismo.

Los teóricos que han venido trabajando el tema definieron al transnacionalismo como las relaciones personales de tipo material y simbólico que conectan a las sociedades a través de las fronteras nacionales. “Conexiones que afectan a más de un Estado-nación y suelen ser generadas desde abajo por la migración humana (Glick –Schiller, Basch y Blanc, 1992; Basch, Glick Schiller y Blanc, 1994; Portes, 1996; Smith y Guarnizo, 1998), los movimientos sociales (Smith, Chatfield y Pagnucco, 1997; Tarrow, 1998) y las organizaciones no gubernamentales” (Keck y Sikkunk, 1998, Bol y Thomas, 1999; citado en Portes y Landolt, 2004).

Smith, M. y Guarnizo, L.E. (1999) advirtieron que el concepto de transnacionalismo ha sido utilizado con ambigüedad y eso hace que corra el riesgo de convertirse en un concepto vacío. Moctezuma (2008) citó por ejemplo la relación entre transnacionalismo y globalización, que refuerza la idea de desaparición de las fronteras, “enalteciendo las perspectivas de inserción de los migrantes en la sociedad de destino y perdiendo la riqueza que implica la simultaneidad de las prácticas”.

Por eso, Moctezuma separó dos conceptos: transnacionalismo como referencia de las relaciones de identidad y pertenencia y la transnacionalidad aludiendo a las prácticas sociales. De ambos aseguró que son conceptos cuestionables, cuando el transnacionalismo se asocia con la desaparición del Estado-Nación y cuando la palabra transnacionalidad se relaciona con la desterritorialización de las prácticas sociales (Moctezuma, 2008).

Pero la existencia de estos transmigrantes no solo ha hecho que los teóricos reflexionen sobre la reconceptualización de conceptos como el Estado-Nación, sino autoras como Glick-Schiller, Basch, Blanc-Szanton (2005) hacen hincapié en la necesidad de hacer lo mismo con conceptos como cultura y sociedad y de esta manera repensar nociones de raza, etnicidad y nacionalismo.

“El desarrollo del transnacionalismo desafía nuestras formulaciones actuales sobre proyectos nacionalistas ¿los transmigrantes continuarán participando en construcciones nacionalistas que contribuyen con la hegemonía de las clases dominantes en cada Estado-Nación mientras vivan vidas que atraviesan las fronteras nacionales?” (Glick-Schiller, Basch, Blanc-Szanton, 2005).

Uno de los avances de esta teoría tuvo que ver con la afirmación de la existencia de campos sociales transnacionales en los que se mueven migrantes y no migrantes y que abarcan dimensiones políticas, económicas y culturales. También se empezaron a establecer categorías como las redes migratorias y los circuitos migrantes transnacionales.

“Campo social como un conjunto de múltiples redes entrelazadas de relaciones sociales, a través de las cuales se intercambian de manera desigual, se organizan y transforman las ideas, las prácticas y los recursos” (Basch, Glick-Schiller y Szanton, 1994).

Siguiendo estos planteamientos, las académicas resaltaron las formas de ser y de pertenecer de los migrantes dentro de estos campos sociales transnacionales (Levitt, Glick-Schiller, 2004). Las primeras relacionadas con las relaciones y prácticas sociales y la segunda, con las prácticas que apuntan a una identidad: quienes demuestran un contacto consciente a un grupo específico.

Nuevos desarrollos de esta mirada transnacional plantearon, a partir de estudios de caso, como el transnacionalimo y la asimiliación no son dos fenómenos contradictorios. De hecho, Portes, Escobar y Renelinda (2008; citado en Moraes Mena, 2010) quienes trabajaron en la experiencia de migrantes colombianos, dominicanos, mexicanos y salvadoreños en Estados Unidos, dijeron:

“No existe una contradicción entre el mantenimiento de vínculos fuertes con el país de origen y la incorporación e integración de los migrantes en Estados Unidos. Por el contrario, los estudios realizados muestran cómo no sólo transnacionalismo y asimilación no son dos fenómenos contrapuestos sino que más bien, son justamente aquellos migrantes que podrían concebirse como más integrados los que desarrollan prácticas transnacionales más variadas y regulares” (Moraes Mena, 2010: 293).

Sinatti (2008), en el aspecto metodológico, reflexionó sobre la importancia de que quienes desarrollen investigaciones que involucren una mirada transnacional, cuestionen las localizaciones de sus trabajos: “Las prácticas transnacionales influyen tanto en los que migran como en los que no lo hacen y destaca un aspecto pocas veces tenido en cuenta, el papel que tienen los autóctonos en el campo migratorio transnacional”.

Siguiendo a las autoras Glick Schiller, Basch y Blanc-Szanton (2005) una de las premisas para conceptualizar el transnacionalismo se relacionó con la situación de simultaneidad y con esto, debieron lidiar con diversos contextos hegemónicos, que “terminaron transformando mediante sus interacciones y resistencia”.

Esta última afirmación se relacionó directamente con una de las convergencias teóricas de quienes estudian esta nueva perspectiva:

“El transnacionalismo de los inmigrantes tiene consecuencias macrosociales… mientras que desde una perspectiva individual, el acto de enviar una remesa o viajar al país de origen tiene una consecuencia puramente personal, cuando estas acciones son agregadas pueden modificar la suerte y la cultura de estas ciudades e incluso de los países de los que forman parte” (Portes y Landolt, 2004).

Esta reciente migración internacional y la óptica bajo la cual se estudia ahora, también demuestra reformulaciones de los Estados Nación. Levitt y Glick-Schiller (2004) clasificaron en tres los estados, de acuerdo a sus funciones cambiantes: Estados nacionales transnacionales (tratan a sus emigrantes como miembros a largo plazo y distancia), Estados estratégicos y selectivos (administran de manera selectiva y estratégica lo que los inmigrantes pueden hacer o no) y los estados desinteresados y denunciantes (tratan a los migrantes como si ya no pertenecieran a su territorio).

En el texto anteriormente citado (Levitt y Glick-Schiller, 2004), las autoras destacaron la importancia de reformular el concepto de sociedad y otros conceptos, en los estudios de migración transnacional. Sin embargo, para esto aseguraron que se requieren nuevas herramientas metodológicas y conceptuales en el marco de que las ciencias sociales de los Siglos XIX y XX estuvieron ligadas a proyectos de crear estados nación modernos, que “impiden ampliar y enriquecer la capacidad de percibir los procesos transnacionales”.

“Necesitamos nuevas ópticas analíticas que iluminen los procesos sociales que atraviesan fronteras. Requerimos inéditas categorías analíticas que no bloqueen la vista ante estas formas sociales emergentes”, formas sociales y realidades que como indican las autoras “ya no pueden entenderse tan solo con mirar lo que sucede dentro de las fronteras nacionales” (Levitt y Glick-Schiller, 2004).

Precisamente, el concepto de circuito migrante transnacional que definió Rouse (1991 y 1996; citado en Imaz, 2006) coincide con la afirmación anterior de Levitt y Glick-Schiller. Un concepto que se constituyó a partir de la circulación de dinero, información, bienes y personas e incluso diversos lugares por los que pasan los migrantes (espacios geográficos y sociales) y que constituyeron al final una comunidad extendida.

“Este concepto además de servir como unidad de análisis, es también una estrategia de recolección de datos que incluye captación de información acerca de diversas actividades en diferentes lados de las fronteras nacionales” (Imaz, 2006).

De hecho, el circuito migrante transnacional fue una manera de reflexionar acerca de esa migración que se da entre lugares y comunidades con formas de vida distintas y las relaciones que se generan. Relaciones socioespaciales que se estudiaron a través de la formación de redes, cadenas y circuitos que implica a su vez la relación entre lugares, bienes simbólicos y todas las conexiones que se tejen entre estas (Rivera, 2012).

Rivera (2012) agregó además en su propuesta de circuito migratorio complejo para analizar las migraciones involucrar redes sociales, prácticas translocales y transnacionales, que al final contribuyen “a crear o a transformar lugares geográficos en lugares simbólicos de encuentro e intercambio y así dibujar persistentemente, a través de estos flujos, la figura del circuito” (Rivera, 2012: 34).

1.4 El capital social

De esa mirada transnacional de las migraciones internacionales o su interpretación a través de la teoría de las redes, también surgió el concepto de capital social. Entendiendo este último como “la habilidad para adquirir recursos gracias a la pertenencia a redes o a grandes estructuras sociales”, (Portes y Landolt, 2004).

Siguiendo a los anteriores autores este concepto albergó la promesa de una alternativa de base frente a las políticas jerárquicas promovidas en el pasado por instituciones financieras internacionales. Un “contrapeso al individualismo irrestricto del mercado”, (Putnam, 1993, 1995; Citado en Portes y Landolt, 2004: 150).

Un concepto que empezó a ser desarrollado por Pierre Bourdieu y James Coleman, quienes se concentraron en los beneficios que recibían los individuos gracias a sus lazos con otros. De estas nociones, Massey aseguró que las redes migratorias pueden ser vistas como una forma de capital social, “en la medida en que se trata de relaciones sociales que permiten el acceso a otro bienes de importancia económica tales como el empleo o mejores salarios” (Massey, Alarcón, Durand y González 1987).

Sin embargo, la definición actual de capital social da por sentado que las redes llevan a la consecución de recursos. Frente a esto Portes y Landolt (2004) explicaron que la fuerza poderosa del capital social en los proyectos grupales más que estar centrada en los recursos mismos, tiene que ver con la habilidad para ordenarlos a través de sus redes sociales.

En una segunda instancia, el capital social pudo vincularse con consecuencias positivas para esas redes sociales, obviando las consecuencias negativas que lleva implícitas. En este caso se trató de que esos mismos lazos de las redes sociales que permitieron que algunos accedieran a información, recursos o activos, impidieron que otros (que no hicieron parte de las redes) tuvieran acceso a estos beneficios.

Continuando con el trabajo de Portes y Landolt(2004), esta investigación también detectó las fuentes de ese capital social. El autor, en este caso, distinguió entre dos fuentes: las altruistas y las instrumentales. De las primeras (altruistas) resaltó la existencia de dos: La introspección de valores y la solidaridad vinculada; mientras que de la instrumental las clasificó en reciprocidad simple y confianza exigible.

La introspección de valores hizo referencia al otorgamiento de recursos a otros sin obligación moral: “Estos gestos están basados en valores interiorizados por los individuos durante el proceso de socialización”. Por otro lado, la solidaridad vinculada se relacionó con el otorgamiento de recursos a otros basado en lealtades particulares hacia el interior del grupo, sin que existiera solidaridad entre personas que hacen parte de una comunidad, etnia o religión (Portes y Landolt, 2004: 164).

Dentro de las instrumentales, apareció en primer lugar la reciprocidad simple, para clasificar “las transacciones recíprocas cara a cara que traen consigo la expectativa de un reembolso equivalente por parte del beneficiado” (Portes y Landolt, 2004). En segundo lugar se ubicó la confianza exigible e hizo referencia a la transacción de recursos que hicieron parte de estructuras sociales, garantes de un reembolso para los donantes por parte del beneficiado o de la comunidad.

2. Marco metodológico

Con el fin de comprender e interpretar la realidad social desde la perspectiva de los actores, este trabajo se desarrolló bajo un marco metodológico cualitativo. Un marco que permitió acercarse de manera más detallada a las redes investigadas y de esta manera considerar a los migrantes senegaleses como sujetos de estudio y no como objetos de estudio.

La metodología cualitativa y específicamente etnográfica permitió, siguiendo a Clifford Geertz, “desentrañar las estructuras de significación” que construyen los migrantes senegaleses en Buenos Aires, a través de sus redes y de su cotidianidad. Este autor aseguró que la etnografía es “descripción densa” y que lo que el etnógrafo encara “es una multiplicidad de estructuras conceptuales complejas que debe ingeniárselas para captarlas primero y para explicarlas después”, (1992:6).

Precisamente, el desentrañar esas estructuras de conceptos, permitió que el trabajo de campo con los senegaleses esté más allá de una descripción superficial y sea más bien un desarrollo con contexto e interpretación, que es finalmente el objeto de la etnografía (Geertz, 1992:3).

Esta metodología cualitativa se alejó de la metodología usada por la escuela positivista de finales del Siglo XIX y primeras décadas del Siglo XX que se inclinaba por el uso de cuestionarios e inventarios, analizados estadísticamente o cuantitativamente. Esta escuela “buscaba los hechos o las causas de los fenómenos sociales, con independencia de los estados subjetivos de los individuos” (Quesedo y Castaño, 2002:4).

Volviendo a este camino cualitativo, definiremos las técnicas de recolección de datos y sus discusiones teóricas. Se intentará reflexionar alrededor de conceptos como el trabajo de campo, la observación participante, la entrevista y la historia de vida, para vislumbrar de qué manera serán aplicadas estas técnicas durante el desarrollo de esta investigación.

2.1. La reflexividad del trabajo de campo

Las primeras consideraciones del trabajo de campo definieron a este concepto como un medio para recolectar hechos como si fueran datos, desligados de la teoría y que además no debieron ser recogidos, en un primer momento, directamente por el investigador.

Esta visión surgió de dos escuelas: el evolucionismo y la histórico cultural que tenían un sentido de la historia que terminaban en modelo de sociedad europea occidental. Las otras poblaciones eran concebidas como “extrañas y salvajes, que debían incorporarse a la historia de la humanidad” (Guber, 2004:39).

Ambas escuelas antecedieron a la cuna positivista del trabajo de campo: “La Escuela de Cambridge”, que reconsideró al investigador como recolector de los datos en el trabajo de campo e incluso resaltó las “bondades de ganarse la simpatía de los nativos” (Guber, 2004:39).

La perspectiva interpretativa consideró al trabajo de campo como una experiencia en la que el investigador se involucra e interactúa para revivir la cultura desde adentro. En palabras de Guber, el trabajo de campo se planteó como una experiencia sobre la cual se organiza el conocimiento (2004:49).

De esta manera, desde la antropología se empezó a construir el concepto de trabajo de campo como “la presencia directa del investigador en el lugar donde se encuentran los actores de la unidad sociocultural a estudiar” y el campo como un recorte de lo real reducido por el horizonte de las interacciones cotidianas entre el investigador y los informantes y que no está dado, sino que es construido de manera constante por ambos (Guber, 2004:83-84).

En este replanteamiento del concepto de trabajo de campo, la teoría fue también incluida por el investigador quien intentó reconocer y resignificar los conceptos teóricos en la interacción con la realidad y el contacto con los sujetos de estudio.

En esta instancia entró también a jugar importancia el concepto de reflexividad que resalta Guber (2004), como un componente vital en el trabajo de campo. La reflexividad como una instancia para pensar la teoría y lo real, las acciones y las prácticas, las nociones y las representaciones e incluso el sentido común del propio investigador.

“En el trabajo de campo antropológico las técnicas ayudan a obtener información y sobre todo, a que esta información no sea etnocéntrica. Pero esto no se logra por decreto ni por declaración jurada, sino a través de un proceso de elaboración teórica personal, que encuentra en la reflexividad su mejor expresión” (Guber, 2004: 96).

En cuanto a los informantes, la reflexividad permitió detectar miembros de una unidad sociocultural que estén intentando forjar una imagen de sí mismos y que suele no coincidir con lo que son. También es útil para detectar momentos en que los informantes estén respondiendo de distinta manera debido a la presencia de un investigador o a la imagen que tienen ellos del mismo. Sin desconocer como aseguró Guber (2004:130) que el informante “es parte activa de un proceso social y que suministra información condicionada por su experiencia histórica”.

En esta perspectiva más constructivista, Cohen (1984; Citado en Guber, 2004: 132) afirmó que la idea no es contar con una versión única de la cultura, sino indagar en los sistemas de significados o relaciones sociales de grupos o sectores: “Aprender el modo en que esas personas dan sentido a su mundo y viven en él”.

2.2. La observación participante y la entrevista

Una de las herramientas primordiales dentro del trabajo de campo se relacionó con la técnica de la observación participante, como una manera que tiene el investigador de dar cuenta de los contextos de la población que se estudia, los escenarios en los que tienen lugar sus relaciones sociales y sus representaciones.

Rosana Guber resaltó dos características de la observación participante: la observación sistemática y controlada y como segunda, la participación, sumándose a actividades propias de la población estudiada. Sin embargo, ambas características han suscitado un permanente debate: algunos, desde la corriente positivista ven a estas dos como contrarias, mientras que otros las ven como complementarias. “Ni el investigador puede ser uno más entre sus informantes, ni su presencia puede ser tan exterior como para no afectar en modo alguno el escenario y a sus protagonistas”, (Guber, 2004: 172-173).

Sin embargo, la anterior autora (Guber, 2004: 177) señaló la importancia del trabajo de campo más que como herramienta de obtención de información, como herramienta también de análisis, dentro de un proceso reflexivo. En el enfoque interpretativo, el investigador al dar cuenta de una cultura no solo debe explicarla, sino en especial comprenderla.

La entrevista, en este caso antropológica, es un complemento al trabajo de campo y va de la mano con el mismo en este proceso de construcción. Y es la construcción de este conocimiento social la que debe iniciarse con el reconocimiento de esos prejuicios, que suelen confundirse con el “conocimiento de primera mano”.

“Al plantear sus preguntas, el investigador establece el marco interpretativo de las respuestas, es decir, el contexto donde lo verbalizado por los informantes tendrá sentido para la investigación y el universo cognitivo del investigador. Comprender los términos de una cultura o de un grupo social, la perspectiva del actor, consiste en reconocer que el de los informantes es un universo distinto del mundo del investigador” (Guber, 2004:207).

Para este procedimiento, la entrevista antropológica no dirigida se valió de tres procedimientos: la atención flotante del investigador, la asociación libre del informante y la categorización diferida del investigador.

La atención flotante en este caso hizo referencia a una forma de indagar lejos del cuestionario habitual, “un modo de escuchar que consiste en no privilegiar de antemano ningún punto del discurso”. De esta manera, “los informantes introducen sus prioridades en formas de tema de conversación y prácticas atestiguadas por el investigador, en modos de recibir preguntas y de preguntar” (Asociación libre del informante). El investigador debe permanecer atento para interpretar lo que le va diciendo el informante desde el universo cultural del mismo (Michelat y Maitre, en Thiollent, 1982; Citado en Guber, 2004: 213).

La categorización diferida del investigador, por su parte, se trata de la habilidad del investigador de crear preguntas abiertas que le permitan indagar sobre sus inquietudes, pero además encadenar las mismas dentro del discurso del informante, desde su marco interpretativo.

Guber explicó que contar con la perspectiva del autor, e incluso que el investigador reconozca su propia perspectiva y supere su sentido común, es una ayuda para superar el sociocentrismo. Para esto, el investigador requiere “la activa participación y acuerdo de los sujetos investigados… que se gana en arduas negociaciones”, (Guber, 2004: 311).

2.3. La historia de vida

La revalorización del uso de la historia de vida como técnica en el trabajo de campo, para la construcción del conocimiento, fue concebida por algunos autores como una manera de recuperar historias ocultas o “contestatarias al androcentrismo académico” y como una manera de reintegrar a los marginados y disponerlos como hacedores de su propio pasado” (Miles y Crush, 1993).

Junto a Miles y Crush (1993), Mc Dowell (1992) calificó la historia de vida como una técnica para conocer las luchas de la gente común y como una técnica que ofrece estrategias para incorporar “voces alternativas”. Sin embargo, Pedone cuestionó sobre la influencia del investigador en este proceso: “Esta alternativa está teñida por el investigador y habría que preguntarse a quiénes se deja hablar, cuáles son los criterios… para “permitir” que se escuchen unas voces y no otras” (Pedone, 2000).

Frente a esto es importante resaltar el proceso de reflexividad del investigador, que apoyado en la entrevista antropológica y el trabajo de campo es quien realiza lo que se denomina una muestra “no probabilística” y una “muestra evaluada”. Muestras cualitativas en las que el investigador debe detectar “casos desviantes”, refiriéndonos a informantes que intentan mostrar una visión de comunidad construida por ellos o propia de su posición social.

Es en este punto donde entra la “muestra evaluada”: “El investigador identifica ciertas características y trata de vincularse con los subgrupos que responden a ellas, sin esperar el ofrecimiento de los informantes”, (Honigmann, 1982: 80-81).

Esta muestra permite contar con una visión más completa: La información que se obtiene se presenta por propia voluntad y más que reconstruir una versión única, se pretende explorar las relaciones sociales y sistemas de significados dentro de dicha unidad (Cohen, 1984).

En la técnica de la historia de vida, “la muestra forma parte del proceso de investigación y son los resultados lo que van indicando la mayor o menor necesidad de ampliar el universo de la muestra… el número óptimo de entrevistados será aquel en el que se logra la “saturación” de la muestra”… Así, el individuo entrevistado será representativo de varias de esas “almas”, pero no será de toda la sociedad”, (Saltalamacchia, 1992: 160-163).

La representatividad de la muestra va ligada a la estructura teórica de conceptos que se planificaron desde el principio. Una muestra será o no suficiente de acuerdo al proceso de construcción que realice el investigador y sus entrevistados.

Parte de las características de la historia de vida como técnica se relacionó con un proceso de construcción- deconstrucción: “Mediante la entrevista se puede iniciar una tarea conjunta de desestructuración de las explicaciones que el entrevistado ha asumido como definitivas… es una tarea de búsqueda compartida”, (Saltalamacchia, 1992: 176-177).

En otras palabras, la técnica permitió que el investigador pudiera indagar en el entrevistado acerca del sentido que tenía para él las acciones en el momento en que ocurrieron. Saltalamacchia (1992:169) explicó que cuando una persona relata algún suceso, el tiempo que transcurre entre lo que cuenta y el momento en que ocurrió, puede actuar el olvido o que el entrevistado no pueda distinguir entre los valores y conocimientos actuales con los que poseía en el pasado.

“Todo dato es un compuesto indivisible de subjetividad y objetividad… Es por eso que, lejos de comprometernos en una tarea de desecho de los elementos subjetivos, de lo que se trata es de una tarea de reconocimiento de los criterios interpretativos que hicieron que dicho dato fuese posible” (Saltalamacchia, 1992: 176).

Esta investigación como indica Saltalamacchia (1992:194) pretendió enriquecerse de los relatos de vida, “en el fuego cruzado de aconteceres personales” para abrir la visión hacia un mundo hermético al que se accederá precisamente a través de esta técnica.

El uso de la metodología cualitativa como un campo de intercambio entre el investigador y los sujetos de investigación y además la comprensión de su perspectiva, espera contribuir a superar el sociocentrismo del que pueda estar impregnado este trabajo. Y por qué no cómo indica Guber, aportar a la idea de que investigaciones menos sociocéntricas sirvan para que “el medio académico sea menos omnipotente con respecto a los grupos y sectores que componen la sociedad”, (Guber, 2004: 311).

3. Migración africana en la Argentina

Gráfico 1. Mapa geográfico de Suramérica y África, con ubicación
de Argentina y Senegal

Gráfico 1. Mapa geográfico de Suramérica y África, con ubicación<br /> de Argentina y Senegal. Tomado de Google Maps.

Tomado de Google Maps.

Es indudable la importancia de las migraciones en Argentina desde la época de la colonia y hasta la actualidad. Autoras como Pacecca y Courtis, refiriéndose a la migración de población de países limítrofes hacia Argentina, afirmaron que la movilidad territorial en la región es de larga data y antecede incluso a la formación de los Estados nacionales.

“En los casi 150 años cubiertos por los censos nacionales de población, los extranjeros provenientes de países limítrofes (Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay) representaron de manera constante entre el 2% y el 2,9% del total de la población residente en el país” (Pacecca y Courtis, 2008).

Con la formación del Estado-Nación, se reafirmó también la importancia de las migraciones en el país. Fue durante esta época con el proyecto de Sarmiento y Alberti, sobre gobernar es poblar, que se privilegió la inmigración europea con el fin de “mejorar” la población. Es así como Fernado Devoto (2009) consideró a la migración como factor constitutivo de la historia argentina.

Pacecca y Courtis señalaron que durante la segunda mitad del Siglo XX las políticas estuvieron permeadas por “una suerte de lectura épica de la antigua inmigración europea (cristalizada como paradigma de civilización y desarrollo) y por una mirada estigmatizante de la inmigración latinoamericana, considerada invasora, “salvaje” y depredadora de los servicios públicos y sociales” (Mármora, 2002; citado en Pacecca y Courtis, 2008).

En el Siglo XX además de las inmigraciones anteriormente nombradas, también se registró la llegada de población asiática (Taiwán, China), de otros países latinoamericanos (Perú, Colombia) y de países africanos (Cabo Verde), durante los años 60. Y aunque a mediados de este mismo siglo, Argentina dejó de ser un destino para la inmigración europea, Pacecca y Courtis (2008) consideraron que son los 60 la década desde la cual Argentina puede considerarse un país de emigración.

En cuanto a la inmigración africana, Argentina registró en su historia la llegada de africanos en tres momentos: en el Siglo XVI, cuando fueron traídos como esclavos; en el Siglo XIX, inmigración caboverdiana en busca de mejores condiciones y desde la década de los 90 de varios países africanos como Senegal, Malí, Nigeria, Ghana, Sierra Leona, Liberia, Camerún y Guinea; por causas económicas y temores a persecución política (Gómes, 2001).

Siguiendo estos periodos y como cité en un trabajo anterior, durante ese primer momento se registraron entre 1740 y 1810, la llegada de 45.000 esclavos a Buenos Aires (Zubrzycki, Ottenheimer, Agnelli y Kleidermacher, 2008).

Del segundo momento, el arribo de caboverdianos no se cuenta con cifras oficiales debido a que los migrantes que entraron legalmente lo hicieron como portugueses y otros entraron de manera clandestina, lo que “contribuyó a la invisibilidad de este grupo migratorio, en este caso para el Estado”, (Maffia, 2011).

Con el objetivo de conocer el volumen de esta migración, Maffia y su equipo adelantaron un censo, donde se concentraba esta población. En 1997 se hizo un muestreo y los dos años siguientes se realizó una encuesta en 50 partidos de la Provincia de Buenos Aires, junto a la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica.

El censo se dividió en dos regiones: Zona I (Partidos de La Plata, Berisso y Ensenada): un universo de 255 unidades habitacionales, con una indagación de 914 individuos, de los cuales 719 resultaron caboverdianos (entre nativos y descendientes).

La Zona II (Capital Federal y los partidos del Gran Buenos Aires): 104 unidades habitacionales, fueron censadas 346 personas, de las cuales 268 eran de origen caboverdiano (entre nativos y descendientes).

Del tercer momento el último censo del 2010, que realizó el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), se registraron 2.783 africanos que viven en la Argentina, un crecimiento de casi el 50 por ciento frente a la cifra que revelaba el censo del 2001: 1.883 extranjeros nacidos en África (Chevalier-Beaumel y Morales, 2012). “Del total de 1.805.957 extranjeros registrados, los africanos representan solo el 0,15%” (Zubrzycki, 2014).

Por su parte, la Dirección Nacional de Migraciones (DNM), entre el 2004 y 2010, otorgó 730 radicaciones permanentes y temporarias a migrantes africanos. “Los países extracontinentales que encabezan la lista son Senegal (150), Nigeria (90), Sudáfrica (58), Ghana (57), Camerún (48), Sierra Leona (48) y Bangladesh [1] (46). Le siguen con volúmenes menores Angola, Guinea, Costa de Marfil, Egipto y República Democrática del Congo, entre otros”, (OIM, 2011).

Sin embargo, las cifras aún no soy muy precisas, pues asociaciones como ARSA (Asociación de Residentes Senegaleses en Argentina) aseguraron que en Argentina viven cerca de 2.500 senegaleses.

Gráfico 2. Mapa geográfico del África Subsahariana

Gráfico 2. Mapa geográfico del África Subsahariana.

Fuente: Blog Heródoto. Disponible online: http://bit.ly/2f72D1h (Última visita 12/04/2015).

Estas corrientes migratorias anteriormente nombradas provenían específicamente del área conocida como el África Subsahariana: una región que abarca a los 47 países del continente africano que están ubicados al sur del desierto del Sahara y es la zona de África donde se concentra el mayor número de población negra. La misma región en la que se centró esta investigación.

No obstante, esta categoría ha suscitado un debate con respecto a su uso: “Occidente utiliza el término “África Subsahariana” para crear el efecto de un supuesto encogimiento geográfico de una enorme tierra en el imaginario… para mostrar su “irrelevancia geoestratégica”. Es una señal geopolítica racista, que se usa para representar el imaginario de la desolación, la aridez y la desesperanza del entorno desértico”, (Ekwe-Ekwe, 2010:5; citado en Morales, 2014).

Esta perspectiva aseguró que este término favorece una representación negativa de las poblaciones e incurre en una “amputación histórica”.

Una mirada más conciliadora, a la que se adhiere esta investigación, planteó al desierto del Sahara -el divisor entre una África negra (sur) y una África árabe (norte), desde el enfoque colonialista- en un papel unificador en la historia del continente. Una perspectiva que se planteó en la Historia General del África, de la UNESCO, como ““una divisoria de aguas” entre el enfoque colonialista y una nueva perspectiva de observación en los estudios respecto de África” (Posnansky, 1983 [1980]; Citado en morales, 2014).

Además de estos periodos detectados por Gómes (2006), otros académicos registraron corrientes migratorias provenientes de África del Norte a finales del Siglo XIX y mediados del Siglo XX.

La primera de estas se trató de judeo marroquíes que llegaron a Argentina entre 1870 y 1930: una migración que anualmente registró la entrada de no más de 200 personas. “Su número comienza a crecer en la primera década del Siglo XX hasta alcanzar su punto más alto en 1906, con 182 entradas… En 1914 solo se registraron 37 entradas”, (Epstein, 1994).

Epstein lo calificó como una migración espontánea, atraída por parientes o amigos, “hecho que de que entre ellos operaba la “cadena migratoria””. En este mismo periodo se dio una migración promovida por la Alliance Israelite Universelle:

“Un conjunto de maestros marroquíes llegados al país para enseñar castellano a los pobladores judíos ashkenazies de las colonias del interior” (Epstein, 1994).

Según Vagni, los judeo marroquíes fueron el primer grupo de judíos sefardíes y establecieron la institución decana en toda América de ese colectivo: la congregación Israelita Latina de Buenos Aires (Vagni, 2008).

La segunda corriente migratoria de África del norte se trató de inmigración francoargelina: que se produjo a mediados de la década de 1960 y no fueron más de 150 familias. “Fue una inmigración organizada y planificada, en la que intervinieron funcionarios del gobierno francés y representantes del gobierno argentino (interesados en promover una inmigración calificada)” (Mases, Zanini, Frapiccini, Gingins; 1991).

De acuerdo a los autores es una migración de colonos “pieds noirs” [2], ex colonos franceses que vivieron en Argelia y que ante las guerras independentistas salieron de este país africano hacia Francia. Sin embargo, ante las dificultades económicas y sociales que enfrentaron en Francia buscaron un segundo lugar para emigrar.

Los autores describieron de esta manera la elección de Argentina como el nuevo destino:

“La elección de Argentina se remonta a las conexiones entre franceses residentes en Argelia, cuando aún estaban en Argelia, previendo el desenlace de la guerra, especialmente con el excombatiente Laurent Balthazar. Así, unos de los colonos autodefinidos como “Grupo de amigos” y con ayuda del gobierno francés visitan Argentina para estudiar las condiciones existentes para una futura emigración” (Mases, Zanini, Frapiccini, Gingins; 1991).

Los francoargelinos llegaron a lugares como Valle Azul, alto valle de Río Negro y Neuquén y a Formosa, para dedicarse a las explotaciones agropecuarias.

3.1. Los estudios y aspectos abordados

3.1.1 Estudios sobre migración africana

Como indicó Zubryzcki (2014), la mayoría de estudios relacionados con migración africana se han desarrollado desde una perspectiva histórica teniendo como referencia a los esclavos africanos de la época de la colonia.

Es de esta manera como han surgido estudios como los de Miriam Victoria Gómes profesora de literatura latinoamericana, quien ha trabajado sobre la presencia de negro-africanos en la historia argentina (Gómes, 2005) y sobre las organizaciones de los nuevos migrantes africanos (Gómes, 2001). Otros autores como Domínguez (2004) trataron sobre los procesos de construcción étnico raciales por parte de migrantes que vienen reivindicando su ascendencia africana.

Sobre la caracterización y descripción de las corrientes migratorias de africanos podemos destacar los trabajos de Marta Maffia, quien analizó la inmigración de los caboverdianos hacia Argentina a través del estudio de las dimensiones de parentesco y familia, su proceso de invisibilización y luego el proceso de “desinvisibilización” de las generaciones de descendientes[3].

Marcelino y Cerutti (2011) han desarrollado trabajos sobre tendencias recientes de la migración africana en Argentina, su marco y la han comparado con el caso brasileño. Otros trabajos comparativos con el mismo país también lo realizaron Sow y Goldberg (2012) y Wabgou (2011).

Por su parte, Ezequiel Texidó (2011) hizo una caracterización de las recientes corrientes migratorias de países africanos al Cono Sur y organismos como la CEPAL (Marcelino y Cerutti, 2011), el PNUD (Maffia, 2011), la OIM (2011) han empezado a registrar estas migraciones a través de sus informes. Incluso, funcionarios del gobierno argentino han dado cuenta de esta migración a través de artículos y estadísticas (Rizzolo, 2011).

Desde la academia -y en conjunto con la asociación civil África y su Diáspora-, también se adelantó una encuesta a 257 personas (53% africanos y 47% afrodescendientes) en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, indagando acerca de las razones de llegada al país, los medios de transporte, entre otros aspectos (UBA, 2010).

Sobre migración del norte de África, como indicamos anteriormente, están los trabajos de Epstein (1994) de judeo-marroquíes y de Mases, Zanini, Frapiccini y Gingins (1991) sobre migración “francoargelina”, a provincias de Argentina como Formosa y Neuquén.

3.1.2 Estudios sobre migración africana subsahariana

Específicamente sobre migración del África subsahariana en Argentina, podemos enumerar los trabajos de Maffia y Agnelli (2008) quienes realizaron las primeras caracterizaciones de esta migración, desde el punto de vista antropológico.

Le siguen trabajos de Zubrzycki, Ottenheimer, Agnelli y Kleidermacher (2008) quienes trabajaron los aspectos sociodemográficos de los migrantes de esta región y realizaron un mapeo de los núcleos asociativos de los mismos.

Sobre la presencia de esta población en provincias del interior, podemos enunciar el trabajo de Palacios (2013) quien desarrolló una investigación sobre inmigración africana occidental en Tucumán y sus formas de inserción.

De manera comparativa, Minvielle y Martino (2013) desarrollaron un trabajo sobre las migraciones de africanos caboverdianos, que llegaron en el Siglo XIX, y de africanos subsaharianos, que empezaron a llegar desde finales de la década de los 90.

En aspectos como la invisibilización, discriminación y racismo, relacionados con esta migración, están los trabajos de Kleidermacher (2011, 2009, 2012b) y Estupiñán (2013). Acerca de los procesos de comunicación y las representaciones desplegadas por esta migración, están los textos de Orlando Gabriel Morales (2009, 2010, 2011, 2014).

De hecho, en su tesis de doctorado Morales trabajó conceptos como exotismo, exotización y racismo. Además de las representaciones de los locales con respecto a estos migrantes, el papel de la prensa en la construcción de alteridades sobre los mismos y la representación de estos migrantes del África subsahariana a través de sus propias organizaciones (Morales, 2014).

Por su parte, María Luz Espiro (2012) abordó las representaciones de los africanos subsaharianos en los habitantes de la ciudad de La Plata. Mientras que en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Martina Inés García realizó una etnografía de la judicialización de la venta ambulante de inmigrantes africanos (García, 2014).

3.1.3 Estudios sobre migración senegalesa

Foto 1. Migración senegalesa en Buenos Aires

Migración senegalesa en Buenos Aires.

Autora: Lina Sánchez Alvarado.

Esta investigación se centró en la inmigración de población proveniente de Senegal, país que hace parte del África subsahariana, por ser la migración africana más numerosa en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, lugar en el que se desarrolló el trabajo de campo.

Nos adherimos también a las razones expuestas por otros académicos sobre porqué estudiar a estos migrantes: “la migración senegalesa parece cuantitativamente poco relevante, pero resulta interesante analizarla porque son visibles en las principales ciudades argentinas, tanto por su inserción en la venta callejera de bijouterie como por el hecho de ser negros en un país que se considera “blanco”, es decir “porque la invisibilización histórica de los negros en la Argentina es condición de posibilidad para que la percepción de estas nuevas presencias propenda al sobredimensionamiento la extrañeza”, (Morales, 2010:142).

Estas nuevas migraciones, de acuerdo a Sow y Goldberg (2012), suponen desafíos políticos, sociales, culturales y laborales.

Un panorama sobre los estudios e investigaciones que se han hecho sobre inmigrantes senegaleses en Argentina nos permitieron ver trabajos en principio relacionados con su condición de refugiados (Kobelinsky, 2003) y sus mecanismos de integración bajo esta misma condición (Cicogna, 2007 y Asa, Courtis, Pacceca y Talpone, 2007).

Las causas y características de este fenómeno fueron abordadas en el 2010 por Gabriel Santellán y desde una perspectiva transnacional fue analizado por Brauner y Brumat (2012).

Boubacar Traoré (2006), inmigrante senegalés radicado en Argentina, también focalizó su investigación en los mecanismos de integración de los migrantes senegaleses en este país del Cono Sur. Mientras que Reiter (2010) realizó un abordaje desde las dimensiones socioculturales de este fenómeno.

Desde el punto de vista religioso, la migración fue analizada por Zubrzycki y Agnelli (2009) como una diáspora perteneciente a la cofradía islámica mouride. Arduino (2011) la analizó, por su parte, como un caso de adaptación selectiva de religiosidad.

Otros estudios dan cuenta de una migración senegalesa como parte del engranaje de un proyecto familiar que está organizado mediante empresariados étnicos; entendiendo este último concepto como “un tipo de instalación económica donde prima la tendencia a generar actividades de microemprendimientos independientes”, (Mera y Kleidermacher, 2012: 185).

A través de una mirada etnográfica, en la que resultó clave la observación participante, se publicaron estudios que consideraron la migración de senegaleses como una migración estacional en ciudades como Mar del Plata (Agnelli y Kleidermacher, 2009) y Pinamar (Reiter, 2010). En ciudades como Neuquén, también se registró presencia de migración senegalesa, a través del trabajo de Trincheri y Roldán (2013).

Las anteriores publicaciones e investigaciones fueron el punto de partida de esta investigación que buscó plantear un análisis de esta migración a través de la teoría de las redes migratorias. Otro paso para entender las razones, procesos de inserción y el funcionamiento, en detalle, de sus lazos parentales, de amistad y étnicos, que aún no han sido desarrollados por la academia.

3.2. La migración senegalesa: caracterización

Aunque existe un subregistro del número de senegaleses que viven en Argentina ante la ausencia de cifras oficiales actualizadas[4], varias publicaciones se han dedicado a caracterizar esta migración que llegó a finales de los 90, dentro de la tercera oleada de migración africana al país. Inicialmente, algunas publicaciones indicaron que se trataba de una migración eminentemente masculina:

“Se trata mayoritariamente de hombres jóvenes, de entre 18 y 35 años de edad” (Kleidermacher, 2012c).
“Entre los senegaleses que se encontraban en Mar del Plata, podemos señalar como característica general que en su amplia mayoría eran hombres, sólo nos encontramos con cuatro mujeres” (Agnelli y Kleidermacher, 2009).

Sin embargo, es evidente que aunque esta migración sigue siendo masculina, es notoria con los días la llegada de un mayor número de mujeres, como lo evidenció esta investigación y como también lo registró la historia oficial de la Asociación de Residentes Senegaleses en Argentina (ARSA), en su página web:

“(La migración) está compuesta por jóvenes activos entre 20 y 45 años, mayoritariamente hombres. Las mujeres todavía representan un porcentaje bajo, aunque se puede observar un leve crecimiento de su número en los últimos años, debido a las reunificaciones familiares” (ARSA, 2015).

Y aunque los medios de comunicación han reforzado discursos sobre estos migrantes senegaleses, como migrantes que huyen de la miseria y la pobreza y llegan como polizones en barcos, aproximaciones etnográficas han demostrado las diversas razones de su llegada y las condiciones económicas que requiere un viaje como este.

Zubrzycki explicó que quienes migran no son los más pobres y aseguró que emprender un viaje como este implicó ahorrar dinero no solo para quien migra, sino para toda la familia. “Muchos de los senegaleses que hoy están en Argentina tenían trabajo en Senegal… Aparece siempre la idea de “aventura” y de salir para “conocer el mundo”” (Zubrzycki, 2014).

De hecho, Orlando Gabriel Morales, retomando el concepto savoir migrer de Arab, aseguró que estos migrantes desarrollaron o cuentan “con una capacidad para movilizar sus redes migratorias, sus conocimientos y el desarrollo de estrategias de contención para su desplazamiento, migración y circulación”, respondiendo a una lógica de saber-migrar y saber-circular. (Arab, 2008:21; citado en Morales, 2013).

3.2.1 ¿Por qué Argentina?

Aunque autores como Alvear Trenor expresaron que “los flujos migratorios subsaharianos son más intrarregionales e intracontinentales que extrancontinentales”, las migraciones internas son cada vez más limitadas. Desde África han empezado a configurarse nuevos destinos, con trayectorias más largas y es dentro de estas que podemos enmarcar la población inmigrante de Senegal que viaja a Argentina (Alvear Trenor, 2008).

Maffia (2011) explicó que las sucesivas crisis políticas y económicas de los países del África subsahariana incrementaron la migración hacia países con los que no existían lazos previos y esto ha llevado que en cifras estimadas, unos 4 millones de africanos subsaharianos vivan en países como Estados Unidos, Reino Unido, Portugal, Canadá, Australia, Países Bajos, Bélgica, España, Suecia y Grecia, en lo que se refiere a migración regular y no indocumentados.

Países europeos como Italia y España a los que emigraban frecuentemente los pobladores de Senegal, dejaron de ser el destino para los mismos a finales de los 90, cuando estos países, junto a los que hacen parte del espacio Schengen, aumentaron las restricciones y los controles fronterizos en Europa (Maffia, 2011).

Para Wabgou, la llegada actual de africanos a América Latina se debe al endurecimiento de políticas migratorias en Europa y América del Norte y también se relaciona con “el legado histórico de la esclavización desde África hacia las Américas, evidenciado por la presencia de poblaciones de ascendencia africana (o afrodescendiente) en América Latina… y con las dinámicas de consolidación del sistema-mundo capitalista” (Wabgou, 2012:1).

Entre los factores enumerados por otros autores se señalaron como causas de la inmigración senegalesa a Argentina a familias amplias con pocos miembros en edad de trabajar, pocas posibilidades de inserción laboral y un subempleo que afecta al 75 por ciento de la población activa, junto a los discursos de los medios que promueven modos de vida occidentales (Kleidermacher, 2012c).

La misma autora, sin embargo, señaló que las razones no solo se deben a temas económicos, sino que también están determinadas por factores históricos, comunitarios, culturales y religiosos. De hecho, como hemos señalado esta migración ha sido caracterizada como un proyecto migratorio familiar “donde se envía a uno de los miembros al exterior realizando una inversión de dinero que luego redituará en remesas. Estas últimas no sólo representan en muchos casos la base de la economía familiar, sino que involucran un imaginario de éxito, de triunfo del integrante y también de la familia…” (Kleidermacher, 2012c:111).

3.2.2. Su trayectoria e inserción

Ante la inexistencia de un consulado argentino en Senegal, algunos migrantes se dirigen al consulado de Brasil (En Senegal o en países vecinos) para tramitar su visa de viaje. Por eso, algunos pasan por ciudades de Brasil antes de llegar a la Argentina. “El trayecto más realizado es el siguiente: desde Dakar (Senegal) abordan un avión a Fortaleza (Brasil); a veces el recorrido es Dakar-Cabo Verde-Fortaleza. Una vez llegados a Brasil, se trasladan en colectivo hacia São Paulo, de allí hacia Buenos Aires cruzando la frontera por Uruguayana” (Zubrzycki y Agnelli, 2009: 144).

Al llegar al país, los senegaleses enfrentan dificultades para regularizar su situación como migrantes. Un informe del Centro de Estudios Legales y Sociales de Argentina, CELS, explicó:

“La autoridad migratoria no ha establecido criterios definidos para la obtención de residencia (como, por ejemplo, razones humanitarias, cuestiones de trabajo u otros establecidos en la ley, el reglamento o la convención). Por el contrario, ha considerado que los antecedentes migratorios de estos nacionales, en particular la falta de documentación que acredite su ingreso al país, constituyen elementos para declarar la irregularidad migratoria y ha ordenado la expulsión del territorio argentino, sin habilitar la instancia judicial obligatoria en todo trámite de este tipo”, (CELS, 2012).

Sin embargo, en un esfuerzo la Asociación de Residentes Senegaleses en Argentina (ARSA) y otras organizaciones civiles lograron que la Dirección Nacional de Migraciones (DNM) adelantara un proceso de regularización (Régimen Especial de Regularización Migratoria de Extranjeros de Nacionalidad Senegalesa y Dominicana) en enero del 2013 (Zubrzycki, 2014). El proceso se extendió hasta julio del 2013 y permitió bajo ciertos requisitos (por ejemplo constancia de inscripción a la AFIP) que los senegaleses accedieran a regularizarse obteniendo su residencia temporal. Al 21 de febrero del 2013, un comunicado oficial de la DNM reportaba más de 500 casos atendidos (DNM, 2013).

Al llegar, estos migrantes, en su mayoría, se insertan laboralmente a través de la venta callejera de bijouterie. Trabajan en barrios de la Capital Federal como Balvanera (sector comercial de Once), Caballito, Liniers y Flores. Reciben ayuda de familiares ya establecidos o conocidos que facilitan los primeros días, le enseñan dónde vivir, dónde comprar y dónde vender.

“Los conocidos llegados con anterioridad, gestionan inmediatamente el préstamo de mercadería, la cual se va devolviendo durante los primeros meses de ventas en Argentina. La venta ambulante les permite, mediante una pequeña inversión de capital, comenzar a trabajar al día siguiente de su llegada, al principio al lado de un joven con mayor experiencia y estadía en el país, para luego buscar su propio espacio” (Agnelli y Kleidermacher, 2009).

Es de esta manera como Mera y Kleidermacher (2012) enmarcaron esta inmigración como un “empresariado étnico”, entendiendo este último como un conjunto de actividades empresariales que practican quienes hacen parte de un mismo grupo étnico y con una dependencia del capital social proporcionado por los recursos étnicos, como el valor, la lealtad y la confianza.

En cuanto a su caracterización étnica y religiosa, la mayoría de senegaleses que llegaron a Argentina son musulmanes y practican un islam eminentemente senegalés. Zubrzycki detalló que hacen parte de la cofradía mouride: “Una cofradía islámica propia de Senegal fundada a fines del Siglo XIX por Cheikh Amadou Bamba y estructurada alrededor de la ciudad santa de Touba” (Bava, 2003).

A esta cofradía pertenecen los senegaleses del grupo étnico wolof, sin embargo, los primeros que llegaron, siguiendo a Zubrzycki (2009), son diola (que es un grupo étnico que habita el sur de Senegal). También se cuentan miembros de otros grupos como los bambara y otras cofradías como la tidjane.

Otras investigaciones han permitido evidenciar algunas de sus prácticas económicas que se refieren a la venta de bijouterie a ciudades de la costa durante el verano. Agnelli y Kleidermacher analizaron el caso de los migrantes senegaleses en Mar del Plata y concluyeron lo siguiente:

“(Esta práctica) forma parte de un circuito laboral en el cual la movilidad espacial hacia la costa constituye una estrategia en la búsqueda de mejores oportunidades comerciales, no sólo entre quienes se dedican, durante el resto del año, a la venta ambulante, sino también entre algunos senegaleses que poseen locales comerciales en la ciudad de Buenos Aires” (Agnelli y Zubrzycki, 2009).

Contrario a lo que aseguró Arduino (2011:20; citado en Zubrzycki, 2014: 14), Zubrzycki indicó que no todos estos migrantes “vinieron provistos de un imaginario que contiene la voluntad de insertarse en la cultura de destino” ni tampoco “vinieron para quedarse”, como indican notas de los medios de comunicación. Zubrzycki afirmó que en este caso la colectividad senegalesa migrante en Buenos Aires se ajusta al concepto de nomadismo expuesto por Tarrius.

“La colectividad migratoria internacional nómada indica una fidelidad a un lugar de origen, una postura de distanciamiento respecto a las perspectivas de integración… su referencia es el territorio que construye, recorre… sin preocuparse demasiado por los valores o costumbres del lugar y su aprendizaje de las relaciones del natural del país se limita a saber que no hay que molestar, incluso a saber desaparecer”, (Tarrius, 2000; 2007).

Frente a este concepto, Zubrzycki dijo que esta categoría permite dar cuenta de algunos migrantes senegaleses en Argentina… donde “la sedentarización permanente no es ya sinónimo de éxito en el proyecto migratorio, sino el hecho de saber ser “de aquí” y “de allí” al mismo tiempo, a la vez que saber cómo migrar”, (Zubrzycki, 2014:15).

Brauner y Brumat (2012) en una reciente publicación definieron la dinámica migratoria senegalesa en Argentina como una comunidad transnacional, debido a su dimensión temporal-histórica y al grado de solidez de las redes transnacionales.

3.2.3. Las representaciones de los locales

Morales (2009) explicó que las representaciones que los locales se forman de los migrantes negros en la Argentina del Siglo XXI se mueven entre el exotismo que puede implicar una resignificación a favor del exotizado o puede condenarlos a la desigualdad. En medio de estas representaciones el autor señaló que se mueven también el racismo, la xenofobia, el paternalismo y la criminalización.

Referente a este tema, Kleidermacher reflexionó en uno de sus trabajos sobre los prejuicios alrededor de estos migrantes. “Según Kleidermacher, su inserción laboral marginal sumada al distanciamiento, que se genera entre ambos, son la causa de los prejuicios que se crean alrededor del africano en Buenos Aires: sujetos inferiores, trasgresores e ilegales” (2012: 17).

De esta manera, para otros autores como Sow y Goldberg (2012), la discriminación continúa ligada a esa negación histórica del Estado con lo afro y por eso no dudan en afirmar que estas nuevas migraciones africanas suponen desafíos políticos, sociales, culturales y laborales.

4. El aporte de esta investigación

Esta investigación, por su parte, pretende indagar en la migración senegalesa en Buenos Aires a través del concepto de red migratoria, no solo como un recurso teórico, sino metodológico. Entendiendo el concepto de red como la describe Massey (2000): la red como “el compuesto de lazos interpersonales que conectan a los migrantes, los migrantes anteriores, y los no migrantes en áreas de origen y destino a través de lazos de parentesco, amistad o pertenencia a la misma comunidad de origen”.

De esta manera, se tiene como objetivo identificar las redes migratorias, describirlas y reconstruirlas como una forma de entender la migración senegalesa en Buenos Aires, durante el Siglo XXI. Además, como una manera de confirmar la fuerza de estas redes como determinante de los motivos de migración o permanencia.

Como citamos en este mismo capítulo, es una perspectiva que permitirá estudiar el papel de las redes en la toma de decisiones individuales y colectivas para migrar, la transmisión de información, las relaciones que se generan en destino y en origen, el padrón migratorio y su perdurabilidad (García Abad, 2001).

De hecho, como se planteó desde el anteproyecto de este trabajo, se considera la red como una determinante a la hora de migrar para cada uno de estos senegaleses y como la razón también por la que deciden permanecer o retornar.

Sin embargo, la idea es que el estudio a través de la red migratoria permita también indagar en sus formas asociativas, en su trabajo, en sus prácticas religiosas, culturales y en su cotidianidad. Es a través de la identificación de redes migratorias puntuales que se podrá investigar en estos conceptos y, por supuesto, comprender sus lazos de parentesco, amistad y pertenencia.

Un estudio con una mirada cualitativa y usando como recurso metodológico y de recolección de datos la historia de vida (enmarcada en el trabajo etnográfico anteriormente descrito). Además del uso de la reflexividad, como una herramienta para superar el etnocentrismo, que permita un proceso de elaboración teórica personal (Guber, 2004: 96).

En este punto es importante destacar que la investigación se hace desde mi experiencia como migrante, que a medida que se avanzaba en el trabajo me permitía reconocerme como parte de una red y una cadena migratoria, enmarcada en los conceptos teóricos estudiados. Además, de brindarme la posibilidad de entender las situaciones de los sujetos de estudio por ocupar una posición similar, pero a su vez comprender las diferencias y similitudes de la existencia transnacional, de la composición de sus redes y su funcionamiento en cada caso.


  1. Aunque Bangladesh sea un país del sur de Asia, fue incluido al parecer erróneamente en este informe preliminar de la OIM, justo en la sección en la que se hace referencia a la inmigración africana que arribó a Argentina. Lo citamos igual que el documento original con ánimo de señalar el error y con esto lograr que no se reproduzca en futuros trabajos.
  2. Siguiendo las notas de los autores los colonos pieds-noirs es un calificativo que imponían los franceses “metropolitanos” a los franceses que residían en Argelia.
  3. Para más información sobre inmigración caboverdiana en Argentina puede consultar: Maffia, Ballina, Monkevicius (2005) y Maffia (2007), (2010), (2011), entre otros.
  4. En el último Censo Nacional, que se realizó en el 2010, figuran 2.783 africanos viviendo en el país. En este caso, la Dirección Nacional de Migraciones solo reporta los senegaleses con su condición migratoria resuelta, dejando a un lado los que aún continúan irregulares y sin tener en cuenta la alta movilidad de los migrantes (Zubrzycki, 2014).