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8 Cuando organizar el trabajo es organizar la comunidad

Cooperativismo rural en la estepa de Río Negro

Santiago Conti y Suzette Sánchez

Introducción

La historia productiva de la Patagonia desde el genocidio estatal con la Campaña del Desierto acompaña la lógica de concentración y la configuración del latifundio. Tanto en la Región Sur (o línea sur) de Río Negro como toda la estepa patagónica, el modelo estancia, sumado al ferrocarril, y la producción ovina, dieron forma al modelo hegemónico y de gran escala basado en la extracción de fibra/pelo y su posterior venta, sin agregado de valor, a empresas metropolitanas. Las condiciones de vida de la población rural, aglomerada y dispersa, se caracterizaron desde imaginarios regionales a partir de la falta e incapacidad propia para torcer su destino, incluso folclorizadamente, y junto a la precariedad en términos de infraestructura, servicios, comunicaciones; y también de derechos, considerando que en 1955 ocurrió la provincialización y, por ende, el fin de la etapa territorial.

La organización cooperativa en esta región no puede disociarse de la historicidad del modelo estancia, como forma alternativa para la pequeña escala agropecuaria y artesanal, que aún hoy se resignifica desde la salida de la dependencia del mercachifle.

El presente escrito busca aportar a la perspectiva del bienestar rural proponiendo que el devenir del cooperativismo agrario en la Región Sur de Río Negro se vincula a la potencia su experiencia tiene para el territorio y sus habitantes. Así, rastrearemos prácticas y formas de socialización ligadas al cooperativismo en un proceso histórico estructurante y en movimiento, de múltiples coyunturas o acontecimientos, tomando como referencia distintas oleadas de conformación de cooperativas en la región (los 70, los 80 y post 2000). Se busca comprender cómo el sostenimiento de las dinámicas cooperativas en la organización del trabajo ha incidido en las formas de socialización y vida comunitaria en la estepa de Río Negro desde la historicidad de dicho proceso.

Para abordar estos objetivos se realizaron entrevistas a referentes de cooperativas de la línea sur, a informantes clave, y análisis de documentos (publicaciones, noticias periodísticas, legislación provincial). Para corroborar la exactitud o ampliar aspectos surgidos en entrevistas, en tanto carácter subjetivo de la memoria oral, hemos consultado y generado cruces con fuentes bibliográficas secundarias.

Configuración histórico-espacial de la Región Sur de Río Negro

La historiografía patagónica interpela al proyecto político del Estado nación evidenciando la sobredeterminación de capitales privados/foráneos como estructurantes de los territorios y modelos de desarrollo desde la Conquista del Desierto (1879) (Favaro, 2007; Navarro Floria, 2011; Navarro Floria y Núñez, 2012). Este desierto, categoría política antes que geográfica, justificó el avance de poblamientos “modernos” y la matanza de pueblos indígenas, buscando desmantelar sus patrones de vida, junto a la Conquista espiritual a cargo de la congregación Salesiana (Delrío, 2005; Nicoletti, 2012). Dicha categoría –desierto– imprimió en el territorio y sus pobladores marcas aún vigentes desde las cuales el Estado resuelve la valorización de las actividades. En la estepa la dinámica territorial del desarrollo implicó el proceso de merinización (hegemonía de la oveja merino para obtener lana) en los latifundios, bajo un orden “natural” desde los valores del progreso gobernando el Estado. Esto configuró un modelo expolio-extractivista que impuso un esquema socio-organizativo-cultural en clave racista sobre el territorio (Barsky, Posadas y Barsky, 1992).

La Región Sur de Río Negro es una vasta región de la provincia con características geofísicas de estepa patagónica y clima semiárido, de muy baja densidad poblacional, donde residen unos 35.000 habitantes.

Mapa 1. Región Sur (Línea Sur) y regiones de Río Negro

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Elaboración: Ing. Carolina Michel (2019).

Esta “modernización” en clave ovina alcanzó a toda la estepa (Coronato, 2010), siendo la oveja el elemento central de articulación estratégica con el comercio internacional. Alrededor de las estancias se conformaron los asentamientos, que devinieron pueblos, adyacentes a las vías del tren que le da nombre a la “línea sur”. Alejados se ubicaron los parajes rurales, que nuclean la vida aldeana, con población dispersa. Con permisos de ocupación, los habitantes se estructuraron en base a un dinamismo campesino de subsistencia, en vinculación a la lógica productiva hegemónica. El aislamiento geográfico es el término que se toma para caracterizar los niveles de exclusión, construidos como la normalidad de la región.

Bienestar rural y socialización desde una perspectiva psicosocial

Entre los aspectos a destacar de esta propuesta se ubica la cuestión del bienestar rural como perspectiva para rescatar fenómenos y experiencias cuyo legado importa atender desde una mirada histórica hasta el presente; tanto para repensar los abordajes conceptuales que intentaron comprender la realidad rural en Argentina (y problematizar lo “no visto”), como para rediseñar y rediscutir las formas de intervención que ese objeto de indagación requiere hoy para el futuro.

El interés por rastrear aquellas formas de socialización que tienen relación con las experiencias cooperativas de la Región Sur aparecerá en este capítulo desde una óptica que reconoce cuáles fueron las acciones y movimientos que generaron nuevos posicionamientos, marcos de relación, cuyo impacto podemos identificar en el bienestar de las organizaciones y sus comunidades.

Pensar la sociabilidad nos posiciona en una perspectiva que la concibe como la constitución de formas y normas de “lo grupal” que estabilizan ciertos marcos relacionales de la vida e identidad común, al tiempo que las diferencian de otras. Atenderemos a la construcción de vínculos desplegada desde la organización cooperativa, en tanto estructura normativa y con arreglo a fines –utilidad–, que evidencia la coexistencia de diversas racionalidades presentes, así como motivaciones que hacen a su complejidad. Se trata de “utilidades” que escapan a la modelización neoclásica y que expresan funciones sociales de diversa índole. De este modo, nos apoyaremos en una perspectiva de la socialización que la concibe por dentro de las instituciones sociales, en tanto significaciones sociales históricas y actuales que se le otorgan a los vínculos con otros y al entorno (Castoriadis, 1993).

De este modo, la propuesta es comprender el bienestar a partir del supuesto que la introducción y despliegue del dispositivo “cooperativa” en el territorio alteró formas de socialización estabilizadas en la región. Esto implica rastrear y comprender de qué manera a partir de la organización cooperativa se fueron transformando los vínculos comunitarios, y que permitieron posicionar a la población rural que se cooperativizó de un modo diverso respecto a situaciones de opresión o sujeción.

Allí donde la socialización se relaciona con el vector poder como configurador de vínculos asimétricos, se concibe al bienestar desde una perspectiva no material, subjetiva, y que entiende al conflicto como catalizador de cambios, en direcciones y sentidos diversos. Trazaremos una idea de bienestar que no se asocia a la estabilidad, ni a la idea de “felicidad”, sino que se produce, mediada por una visión de logros, por la organización colectiva para transformar vínculos de opresión, a partir de la concepción de que la vida social es conflicto. De esta manera, no pondremos el foco en el impacto en las economías campesinas, sino en los signos de la alteración y cambio, en la productividad de los conflictos mediados por la organización cooperativa, en las relaciones de poder que configuran las formas de socialización en la Región Sur.

Actualidad de la organización cooperativa
en la Región Sur

Existen al día de hoy numerosas cooperativas agropecuarias y artesanales en la región, tanto precursoras como de carácter reciente. Las trayectorias e improntas se vinculan con su surgimiento así como por características adquiridas por el modo en que se articularon con la dinámica de sus territorios. Cabe destacar la amplitud geográfica de la Región Sur, y que en general las cooperativas tienen una localidad o paraje principal donde se asienta “el centro” o sede, al tiempo que articulan con otros parajes. Las cooperativas se encargan de la compra de los insumos y mercadería sus asociados, de facilitar el uso maquinaria, de capacitaciones y servicios, y principalmente de la coordinación de la comercialización.

Las economías campesinas de la región son de pequeña y mediana escala, combinando formas orientadas al autoconsumo, al trueque y a la venta. Dentro de la actividad ganadera, encontramos la tradicional cría de ovinos y caprinos, y cría de aves menores. También la producción hortícola (en invernadero y en huerta), de frutales, de forraje. Cabe incluir actividades secundarias como artesanías (cuero y tejido) así como dulces.

Entre las cooperativas que se han podido relevar de forma directa e indirecta se encuentran: la Cooperativa Ganadera Indígena, la Cooperativa Amulein Com, la Cooperativa Agrícola Ganadera Peumayén, la Cooperativa Pichi Cullín, la Cooperativa Peñi Mapuche, la Cooperativa Ganadera de Río Chico; y, del ámbito artesanal, la Cooperativa Artesanal Zuem Mapuche, la Cooperativa Gente de Somuncura y también la Asociación Civil Mercado de la Estepa.

Todas cuentan con un Consejo de Administración (CA) (o Junta Directiva en caso de Asociación Civil) que en su mayoría realiza reuniones periódicas, cuando el clima o los caminos lo permiten. En ellas se planifican las tareas, informes, toma de decisiones, detección de dificultades y posibles soluciones, etc. Una temática de dificultad común, al menos en algún momento de su trayectoria, lo representa estar al día con los balances. Esta dificultad puede implicar quedar fuera de algún programa de financiamiento, o la entrada en crisis de algún CA, o de acusaciones, por lo cual es un tema sensible. Otro asunto relevante en estas experiencias pasa por sostenimiento de la confianza entre sus asociados/as, y con el CA. Diversas situaciones instalan, por dudas o desconocimiento, por manejos económicos poco claros, o por criterios en las decisiones, la desconfianza entre socios/as en la dinámica de las organizaciones, con un marcado impacto en los procesos de participación.

Se han podido identificar al menos dos tipos de pertenencia a las cooperativas: a) socios/as que las encuentran como instituciones/proyectos integrales, económicos y socioculturales, y de construcción de lazos; b) socios/as que se vinculan de forma instrumental, para canalizar sus ventas, que “ven a la cooperativa como una empresa”. Los/as socios/as de mayor vinculación reflejan una dinámica de participación donde la unidad doméstico-productiva se enlaza activamente con el espacio organizativo, siendo a veces facilitador de la cooperativa (por el compromiso de la familia) y en ocasión como obstáculo, cuando problemáticas familiares inciden en los vínculos organizativos.

La Cooperativa es una figura socioorganizativa que brinda soluciones individuales y colectivas, y es a partir de tales apoyaturas que se les da relevancia. Así, un aspecto destacado es que “se vende mejor”, o que se logran cosas que solos no se pueden hacer. En términos históricos esto implica que con las cooperativas se logró sortear al intermediario (mercachifle) obteniendo mejores ganancias vía licitación. En el caso artesanal, también se sortea al mercachifle, vendiéndose directamente al consumidor. Siendo parte de una cooperativa se accede a fondos (subsidios, créditos), a proyectos y a capacitaciones que de otra forma no sería posible. La importancia también pasa por el valor atribuido al trabajo colectivo, a compartir encuentros y vida cotidiana. En este sentido, la cooperativa es un ámbito de aprendizaje personal, de sentido de grupo, y de posibilidad de contención ante dificultades. Estos espacios son parte de la construcción de identidad común (generalmente como “socio” o “pequeño productor”), y generadores de posicionamientos políticos y de defensa de valores. Por tanto, es posible rastrear casos en que las cooperativas permitieron revalorizar formas de vida común atravesadas por historias violentas, de despojo, silenciamiento. Las cooperativas oficiaron como espacios para recuperar pautas culturales y lengua mapuzungun, conteniendo trayectos de impacto subjetivo en términos de socialización.

Recuperando el objetivo que nos proponemos responder en este escrito, indagar sobre bienestar rural desde una perspectiva histórica, resulta de interés comprender cómo fue que se ha construido esta práctica cooperativa en la Región Sur de Río Negro y qué formas de socialización surgieron. A tal fin, ofrecemos una historización del proceso de cooperativización del trabajo rural en la región que nos ocupa.

Cooperativismo en la Región Sur: oleadas y movimientos

Para comprender cómo se ha ido construyendo la práctica cooperativa en la región, adoptamos un enfoque que la concibe como un movimiento, que ubica momentos de mayor intensidad y creatividad, otros de crisis y repliegue. Estos momentos se relacionan con propios procesos de estos grupos, como por los contextos de vida de estos proyectos.

El trabajo de campo y archivo realizado nos permitió conceptualizar tres momentos que configuran oleadas del cooperativismo en la región, los cuales identifican particularidades que hacen a los hitos de estas formas de organización. Hay puntos en comunes, como el hecho de que cada oleada implicó procesos de recreación cooperativa, de avances y/u ocupación de espacios en las arenas sociales, así como procesos de creación social y colectiva que en cada oleada aportaron nuevos sentidos y en las prácticas cooperativas.

Primera oleada cooperativa en la Región Sur

Hacia fines de los años 60 y principios de los 70 se empezaron a conformar las primeras cooperativas ganaderas en la región. Como respuesta a diversas situaciones de opresión de las familias en la región, se dieron los primeros pasos, reuniones, que tenían como carácter inédito el mero hecho del encuentro para conversar sobre problemáticas comunes de la población rural. Los/as socios/as fundadores en muchos casos fueron inicialmente convocados por algún referente católico para materializar esos encuentros. La lógica del momento de estas iniciativas se debía a la necesidad de asegurar la permanencia en los territorios. Mejorar las condiciones de comercialización de la lana devino en una necesidad imperiosa.

Registros historiográficos ubican en la primera década del siglo xx la instalación de las grandes compañías laneras, la llegada del ferrocarril, y procesos de desalojo de muchas familias y comunidades. La problemática se acentuó en la década de 1930 con la caída en el precio de la lana, así como por presión por propietarios foráneos que se establecían en el territorio, y las deudas contraídas por las familias devinieron en causa de pérdidas de tierra y migraciones. Malvestitti (2002) denomina a este período el segundo despojo, ya que al desplazamiento forzado por la Conquista del Desierto, en esta época tiene lugar otra desterritorialización. Diversos actores tomaron parte en este segundo avance wingka. La policía fronteriza respondiendo a intereses de estancieros forzaba el desalojo de los indeseables mapuches; los turcos o “mercachifles” que intermediaban en lo productivo eran otra forma del abuso, porque “financiaban” productos básicos para pasar el invierno (harina, grasa, ropas) y luego alteraban las equivalencias reclamando mayores costas, incluso llegando a lograr que se pague con tierras. Según registros orales el cura Peti de Pichi Leufu les enseñó a los paisanos que la lana había que pesarla, para luego poder venderla. Así desde esa “intervención” tuvo lugar la idea de sumar la lana de otros paisanos y sortear al mercachifle: venta conjunta, mejoría de ganancias y sorteo de la deuda con el turco representaron una alternativa para la permanencia en el territorio.

De esta primera oleada forman parte: la Cooperativa La Colmena (con centro en Villa Llanquín), la Cooperativa Agrícolo-Ganadera Peumayén (con centro en Pichi Leufu), la Cooperativa Ganadera Indígena (con centro en Jacobacci), y la Cooperativa Ganadera Maquinchao.

Segunda oleada cooperativa en la Región Sur

La nevada del 84 es una coordenada histórica presente en todos los recuerdos del cooperativismo de la línea sur. Una caudalosa nevada cayó en la zona cordillerana y en la estepa, alcanzando en algunas zonas los dos metros de altura, cuyo deshielo llevó varios meses. El impacto del evento climático fue dramático: muerte de 700.000 animales, miles de familias aisladas, y un estado de emergencia que derivó en múltiples acciones de respuesta.

Por parte del gobierno provincial se realizó asistencia a los/as afectados/as y se puso en marcha un “plan ganadero” para recuperar las majadas. Ahora bien, el actor de mayor relevancia fue el Obispado de Viedma, a través del accionar de Monseñor Hesayne, quien lanzó la famosa campaña “una oveja para mi hermano” (en algunas ocasiones “hermano” es reemplazado por “peñi”). Amplificando la exhortación con una campaña solidaria de alcance nacional se solicitaba la donación de fondos para el repoblamiento de majadas y la recuperación de las economías campesinas.

Al mismo tiempo el Obispado conformó un grupo de Promotores Sociales, integrantes de las comunidades afectadas, para que impulsen un proceso de cooperativización del territorio. Bajo la consigna de “superar la situación de las ovejas”, la labor de estos promotores se orientó a visitar parajes e incentivar a la población a ser parte de grupos cooperativos para potenciar el trabajo y la organización, así como construir demandas ante el Estado provincial.

En el contexto de retorno democrático de 1983, la discusión sobre los sujetos marginados (a la par de la CONADEP) ingresó en la agenda política nacional. Mombello (1991) indica que la categoría “indio” entró en escena, a partir de las “Primeras Jornadas de Indianidad” realizadas en Buenos Aires (1984) con apoyo de la APDH. En Río Negro tuvo sanción la Ley Integral Indígena, seguramente facilitado por las gobernaciones radicales a nivel nacional y provincial. Hesayne no se limitó a la promoción cooperativa, sino que respaldó al Consejo Asesor Indígena (CAI), órgano y brazo político de demandas de un pueblo mapuche en incipiente reorganización. Con los Promotores Sociales, los pequeños productores, mapuches y no mapuches, levantaron las demandas por la situación de las tierras que representaban un límite para la propia subsistencia. Esto entró en tensión con la provincia en tanto el aporte del Plan Ganadero implicó la entrega de animales según la superficie de tierra.

Esta segunda oleada puede ser concebida como la primavera del cooperativismo en la Región Sur, que además contó con el apoyo de la ONG católica alemana Misereor para salarios y movilidad de técnicos. Luego, a nivel provincial se realizó la reforma Constitucional en el año 1987. Los constituyentes, haciéndose eco de las demandas, sumaron a la Carta Magna la creación del Ente de Desarrollo de la Región Sur (Art. 110) con el objetivo de “revertir el proceso de postergación y marginación de la región”. El Ente fue una respuesta “productivista” para canalizar parte de las demandas que se empezaban a articular desde las cooperativas. Ahora bien, en el marco de esta oleada se comenzó a discutir la propuesta de integración cooperativa en una entidad de segundo grado. Iniciando el proyecto en 1990, y concretado años después, con la idea de un “cooperativismo de producción” se conformó la Federación de Cooperativas de la Región Sur (FECORSUR). Esta Federación se proponía posicionar al cooperativismo en el mercado de la lana, así como afianzar los procesos organizativos.

Como parte de esta segunda oleada en la región se conformaron nuevas cooperativas y se potenció la labor de las precedentes. Entre las nuevas se identificaron la Cooperativa Ganadera Amulein Com y la Cooperativa Artesanal Zuem Mapuche.

Tercera oleada cooperativa en la Región Sur

La tercera y última oleada cooperativa tuvo características particulares, aunque con huellas y persistencias de una historicidad que desde estas organizaciones se enfrenta como forma de vida. Sea por el impacto del neoliberalismo en las capacidades de los gobiernos locales y provinciales para cubrir necesidades y derechos básicos, como por las estrategias en el marco del neoestructuralismo en los 2000, el rol de las ONG, así como el de las agencias de desarrollo estatal, fue central para la creación y potenciación de cooperativas y grupos asociados.

Desde el plano gubernamental se identifica el peso paradigmático del “desarrollo rural con enfoque territorial”, el que, junto a la “vía asociativa”, se conectó con la incorporación de la categoría de la agricultura familiar” y una macroeconomía que buscó en el mercado interno la estrategia de desarrollo nacional. La creación de la Secretaría de Agricultura Familiar, así como la redefinición de enfoques de extensión rural, dirigieron la atención hacia la pequeña escala de producción. En estas discusiones se entremezclaban categorías y tipologías bajo la propuesta asociativista: “pequeños productores”, “agricultor familiar”, “jóvenes indígenas”, “mujeres rurales”, etc., incorporados a una política productiva. De esta manera surgieron en la Región Sur diversas cooperativas y grupos asociativos porque para el desarrollo era necesario trabajar con “grupos” (Neiman y Berger, 2009).  

De surgimiento reciente se identificaron la Cooperativa Agroganadera Kiñe Ain Kazau Ltda (Chaiful), Cooperativa Agroganadera Nueva Esperanza Ltda. (Laguna Blanca), la Cooperativa Agrícola Ganadera Pichi Cullín (Corralito), la Cooperativa Ganadera de Río Chico y la Cooperativa Agroganadera Peñi Mapuche (Norquincó).

Ahora bien, en el ámbito cooperativo ganadero, si las experiencias previas tenían como característica el estar asentadas en localidades cabecera de departamento, englobando parajes, en esta oleada las cooperativas surgidas son de menor despliegue territorial, más vueltas hacia lo microlocal. Caso opuesto a lo que sucedió con las organizaciones artesanales (Cooperativa Gente de Somuncurá o el Mercado de la Estepa), que apostaron por un modelo de red, apoyados en localidades y parajes que, en tanto nodos, conforman centros de producción asociados. Otra característica destacada de esta oleada es la resignificación de la mujer rural en la actividad productiva, a partir de la artesanía, aunque fueron invitadas a nuevas actividades, de forma grupal, como la producción de huevos, o de pollos parrilleros; intervenciones que apuntaron a las economías de patios, a sitios históricamente no rentados y ligados al cuidado y autoconsumo (Conti, 2017; Conti y Núñez, 2015).

Ahora bien, esta tercera oleada encontró un evento que volvió a evidenciar las fragilidades del sistema productivo, así como de las respuestas asociadas. Tras siete años de sequía, en 2011 erupcionó el volcán Puyehue que regresó a la región a un estado de emergencia y crisis ambiental similar a la nevada de 1984. Estimaciones del INTA refieren a pérdidas del 90% de las majadas, sobre todo en los departamentos Pilcaniyeu y 25 de Mayo. La hegemonía del sistema productivo lanar mostró su precariedad por la dependencia y poca diversificación.

Con un objetivo paliativo, el Obispado de Bariloche y diversas organizaciones sociales e instituciones lanzaron la campaña “un fardo para mi hermano”, tratando de aminorar (sin mucho éxito) la mortandad de los animales a través de la provisión de forraje.

Pasados cuatro años del episodio volcánico, y con planes de repoblamiento y programas sociales de apoyo, y con la FECORSUR en crisis, las cooperativas iniciaban (otras retomaban) la venta asociada entre ellas, coordinando las licitaciones para mejorar los precios de venta.

Socialización: dinámica de actores y posicionamientos en perspectiva del bienestar

En el siguiente parágrafo atenderemos a formas de socialización relevantes que se vieron alteradas a partir del surgimiento del cooperativismo en la Región Sur, y que en términos de bienestar permitieron a dicho sujeto posicionarse de manera alternativa con otros actores. Esto implicó que determinadas formas de vinculación se trastocasen, modificando relaciones de poder, potenciando la autonomía de quienes integran las cooperativas.

Así, podemos destacar algunas innovaciones y transformaciones en las formas de socialización propiciadas desde el cooperativismo, en relación a: a) el mercachifle; b) la iglesia católica; c) el poder local; d) las agencias de desarrollo; e) el rol de la mujer.

a) Salida de la dependencia del Mercachifle

Una de las transformaciones en las formas de socialización de mayor transcendencia ligadas a la organización cooperativa refiere al vínculo entre pobladores/as y mercachifles. La figura del mercachifle refiere a un mercader ambulante e intermediario que dominaba el comercio de la pequeña y, a veces, de la mediana escala de producción desde inicios del siglo xx hasta entrada la década de 1980. Este actor de particular territorialidad, visitaba los campos (en carro y luego en camioneta) y comerciaba con la población rural. Con formas de intercambio monetarias, no monetarias y crédito, el mercachifle adquiría de la economía campesina productos como lana, pelo, animales en pie, cueros, artesanías, forraje, y facilitaba el acceso a productos alimenticios (harina, azúcar, aceite, yerba, fideos, bebidas, etc.), así como vestimenta e insumos para el campo (repuestos, alambres, postes, etc.). Otra forma frecuente de intercambio establecida entre mercachifle y poblador rural es el crédito o venta de fiado, mediante el cual el primero adelantaba productos de primera necesidad para la subsistencia, y el segundo contraía una deuda a saldar a futuro (luego de la zafra) con parte de su producción. Estos intercambios resultaban abusivos, y fue uno de los principales aspectos que el Cooperativismo pudo resolver, con énfasis en las primera y segunda oleadas mencionadas. Las condiciones establecidas por el mercachifle eran variables, sin equivalencias claras y poco anticipables (Conti, 2017), cuestión que derivaba en ocasiones en situaciones de estafa, debido al alto nivel de analfabetismo que impedía a pobladores comprender los registros escritos[1]. Este vínculo asimétrico y dependiente posicionaba a la población rural en un ciclo de reproducción mínima y de subsistencia; la innovación del cooperativismo transformó el territorio y a sus formas de socialización evidenciando la validez psicopolítica (Prilleltensky, 2008) del dispositivo “cooperativa”. La cooperativización implicó para los/as socios/as aprender otro proceso de comercialización, fijación de precios, contacto directo con acopiadores vía licitaciones de lana, mejorando los precios de venta. Algunas cooperativas fijaron en sus estatutos la imposibilidad de ser socio/a y mercachifle al mismo tiempo. Así fue significativa la pérdida relativa de poder del mercachifle en esta forma histórica de socialización, rompiendo su dominancia, aunque no significó que dicho rol se extinguiese, sino que pasó a ocupar un lugar secundario y complementario en las estrategias campesinas (Conti, en prensa).

b) El poder pastoral: Iglesia, cooperativismo y derechos

La presencia de la Iglesia en la Patagonia, a través del rol histórico desempeñado por la Congregación Salesiana, tuvo un punto de ruptura con el Obispado de Hesayne desde fines de 1970. Con el retorno democrático de 1983 como telón de fondo, la primavera democrática tuvo sus impactos en Río Negro, con gran espacio de discusión sobre la postergación, en la que la población rural tuvo eco de sus realidades en el planteamiento de un Obispado que reorientó el proyecto de la Iglesia y buscó ser aliado y promotor de derechos. La construcción de una iglesia popular fue la propuesta institucional de Hesayne para la combatir las injusticias en territorios rurales. El concepto de la “gente de campo” como sujeto popular, de derechos y de fe inspirado en la tradición liberacionista de la teología latinoamericana ingresó en la vida comunitaria y política rionegrina, en ocasión de la crisis provocada por la “gran nevada” de 1984. Así, la crisis ambiental fue un escenario que permitió visibilizar y denunciar las contradicciones de clase y racistas de una “joven” sociedad provincial y motorizar un proceso político que tuvo como centro a la “gente de campo”. En este proceso, el rol del cooperativismo fue clave para organizar la vida comunitaria, empezando por canalizar la ayuda proveniente de la campaña “una oveja para mi hermano/peñi. De esta manera, el posicionamiento novedoso de la “gente de campo” en la arena política se comprende desde esta alianza con el proyecto de Hesayne a partir de algunas características: a) la visibilización y generación de conciencia sobre la “postergación” en que vivía la población rural; b) la valorización del saber y el poder campesino-indígena. Esto se refleja en un conjunto de acciones y procesos: 1) el advenimiento de la “Virgen Misionera”, una devoción itinerante con características de mujer pobre y mapuche, en contraposición al modelo de virgen europea, blanca y de ojos azules (Barelli, 2019); 2) el rol novedoso de la población rural, experiencia de poder, elaborando en asamblea los criterios de distribución de los $7.010.005 recaudados en la campaña solidaria. Los criterios para recibir ayuda fueron: i) familia con niños de más/menos de 15 años; ii) ser conocido en la zona y residir en el lugar; iii) no ser comerciante (De Pie, 1984). La deliberación y la organización de las acciones fue parte del método, aspecto que sirvió para acordar sobre la vida común en emergencia, y que se reflejó en las cooperativas surgidas en esta etapa (segunda oleada). En esta coyuntura se destaca otra intervención obispal relacionada con la conformación del equipo de Promotores Sociales. Este equipo técnico fue integrado por jóvenes de comunidades mapuche de esta región, quienes, formándose en prácticas cooperativas, ocuparon un rol clave en la potenciación de ya existentes así como en la conformación de nuevas cooperativas.

c) Poder cooperativo y poder partidario local

La escala local de la política es una arena casi inmediata a los vínculos comunales. Las personas que integran el poder local, intendencias, comisiones de fomento, son vecinos/as de la población rural. Por esas relaciones de proximidad, que son amistosas y conflictivas, muchas de las dinámicas de inclusión/exclusión se dan por las formas en que se construyen las relaciones de representación política. Así, al tiempo que existen políticas locales para el bien común, también se hallan prácticas clientelares que sujetan la capacidad política de los representados (favores o intercambios no explícitos, “mirar para otro lado”, etc.). También el accionar de los representantes del poder local está mediado por vínculos partidarios, en ocasiones respondiendo a lógicas de nivel provincial. Por otro lado, el surgimiento de las cooperativas se ha relacionado con condiciones de postergación, y caracterizado por impulsar procesos de organización y de construcción de demandas y alternativas. El modelo de construcción de poder de las cooperativas, si bien no se trata de romantizar la horizontalidad, requiere de mecanismos de deliberación y legitimación del cual suele participar parte importante de la población de una localidad o paraje. Por lo tanto, es frecuente hallar que la relación entre las cooperativas y los representantes políticos se expresen en una disputa por la representación del bien común. Esto se manifiesta en una actorización política propiciada por la organización cooperativa que se puede comprender como un corrimiento de posiciones de pasividad hacia el establecimiento de relaciones de confrontación. En tanto praxis política, es factible ubicar también el tránsito de liderazgos de organizaciones cooperativas hacia instancias de representación en el marco de políticas partidarias, así como procesos de cooptación política como estrategias de regulación de los conflictos. Este fenómeno no es novedoso, por lo que la confrontación política con la estructura partidaria es un destino frecuente.[2]

d) Agencias de desarrollo: escala productiva y saber técnico

Las agencias de desarrollo, particularmente el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) en Patagonia, encuentran en su devenir la marca del paradigma latifundista que conformó la región y que orientó el modelo de desarrollo agrario (López, 2016). El correlato de esta matriz implicó la negación del saber campesino y las prácticas de intervención miraban solo la gran escala. Con el cooperativismo, vía denuncia y visibilización de estas dinámicas, surge la interpelación al rol técnico, históricamente al servicio de los “grandes” y con enfoque “productivista”, desde un modelo cooperativo que parte de la integralidad para concebir el desarrollo y la sustentabilidad de los territorios. Así, conformar y sostener las cooperativas implicó también enfrentar ese modelo difusionista de la intervención (Rogers, 1962) y, a la vez, criticar compromisos del quehacer técnico con estancias o acopiadores. El saber campesino se comenzó a valorizar desde la práctica y organización cooperativa convocando a un saber técnico que se posicione desde el acompañamiento, de tecnologías apropiadas y de trabajo colaborativo. Con la consolidación de las dinámicas cooperativas, hay un mayor conocimiento y control en los procesos tanto productivos y de comercialización por lo que hoy resulta impensable, por ejemplo, que un técnico intervenga a favor de compradores de lana en un proceso licitatorio como denunciaban los/as socios/as en los albores del cooperativismo en la región.

e) Vínculos cooperativos y el rol de la mujer

La cooperativización de los lazos en la región, tanto organizativos como comunales, en tanto promotores de la igualdad, no implicaron una revisión de los roles en la división genérica del trabajo. Esta discusión fue posterior y la ubicamos como característica de la tercera oleada del cooperativismo. Sea como estrategia de subsistencia, sea mediante la interpelación de políticas públicas orientadas a la mujer rural, los espacios de organización del trabajo artesanal valorizaron los saberes y prácticas entendidas en términos de feminización. Rompiendo con dinámicas históricas de organización sexual del espacio público/privado, la organización de la mujer cobró relevancia social, económica y también como espacios de autovaloración femenina. La práctica artesanal y la dinámica cooperativa promovieron espacios de encuentro entre mujeres, y mujeres que creaban y encontraban “espacios” para reunirse, una reapropiación de tiempos y espacios. La agencia económica mediada por el saber ancestral artesanal deriva en un empoderamiento femenino, a la vez que ofrece vínculos de contención, de estima y acceso al desempeño de roles públicos. Al mismo tiempo, la posibilidad de administrar ingresos a través de las ventas de sus productos que escapan al control de la parte masculina de la unidad doméstica. Este empoderamiento, sintonizado con la revisión genérica que atraviesa la sociedad argentina, permite dar cuenta de espacios de formación de liderazgos femeninos, donde antes existían solo deberes de hogar.

Reflexiones finales

Adentrarnos en el devenir del cooperativismo en la Región Sur de Río Negro permitió complejizar la trama de relaciones y sentidos que fueron tejiendo historias de resistencias, construcción de alternativas, que desde sus bases comunitarias buscaron transformar las condiciones asimétricas de la población. En ocasiones podemos preguntarnos cómo una experiencia organizativa perdura luego de 30, 40 años… o también, ¿cómo es que siguen surgiendo formas cooperativas en este territorio?

Este recorrido se propuso brindar inteligibilidad sobre la densidad histórica de ciertas formas de socialización que entraron en tensión y resignificaron la vida común y la dignidad de pobladores/as rurales, cuestión central para comprender la historicidad de este fenómeno. El mismo fue abordado desde una concepción del bienestar rural que se explica en su dimensión relacional, desde la productividad de los conflictos sociales en escenarios situados y desde marcos patagónicos heredados.

Revisitar la dinámica de las cooperativas desde una perspectiva histórica permitió hallar huecos en la producción historiográfica y de estudios agrarios patagónicos sobre la relevancia de estas experiencias cooperativas; cuestión que merece mayor atención.

Entre los desafíos que nos ofrece el recorrido realizado se despuntan miradas teórico-metodológicas para seguir problematizando la cuestión rural. Aquí presentamos tres desafíos o interrogantes provocados desde este escrito: a) la idea de “normalidad” y “crisis”, como crisis ambiental; b) la idea de “logro” o de “desarrollo”; c) el “surgimiento” de otros actores en el estudio de la vida rural, particularmente a partir de territorialidades diversas.

Por un lado, el recorrido realizado permitió dar cuenta el rol de la crisis ambiental provocada por la gran nevada de 1984 en la catálisis social y en la visibilización de contradicciones de una región históricamente articulada alrededor del modelo “estancia”. La crisis ambiental como acontecimiento en contexto rural nos enfrenta con ciertos sesgos urbanocéntricos: i) a diferencia de las condiciones urbanas de existencia, donde las crisis suelen desatarse desde procesos político-económicos, los límites de la subsistencia en zonas rurales aparecen atravesados por fenómenos ambientales (nieve, volcanes, inundaciones, etc.); ii) atender a las respuestas y estrategias adoptadas en situaciones de crisis ambiental podría permitir una mayor comprensión sobre las capacidades locales de creación y organización, así como de resiliencia y robustez de los sistemas. A esto se suma la atención hacia el advenimiento de “nuevos” actores que se posicionan a partir de la gestión de las respuestas ante una crisis (por ejemplo: Iglesia); iii) esta perspectiva podría derivar en abordajes que tomen la crisis dentro de las planificaciones de políticas públicas. Aquí aparece el problema de la idea de “normalidad” subsumida en la planificación: estudiar los ciclos de crisis ambientales y sus respuestas sociales y ecológicas podría aportar a una modelización de las intervenciones que apunten a dimensiones que brinden mayor sustentabilidad a los territorios. Esto es, planificar desde y con la crisis ambiental (Núñez y Conti, 2015); iv) luego, otra problematización, la crisis como normatividad, que permita la comprensión sobre anclajes temporales diversos que ordenan y configuran las estrategias y la vida social de la población rural.

Respecto de la idea de “logro” o de “desarrollo”, el enfoque de bienestar adoptado brindó una alternativa respecto al cambio, que nos despegó de una racionalidad económica “productivista” como estrategia para mejorar las condiciones de vida, por otra que incorporó la dimensión “no material” e histórica del bienestar y que ponderó el “logro” desde la incidencia en situaciones/relaciones de opresión en las formas de socialización. Esto se podría traducir en intervenciones que trabajen sobre estructuras de relación que limiten la potencia política de las experiencias sociocomunitarias, como perspectiva de “desarrollo y construcción de autonomía, revisando postulados freireanos.

Por último, la figura del mercachifle como actor clave en la historia rural patagónica, ha sido escasamente atendida. Su incidencia, sea como ventajero o como garante de los canales de intercambio campesino, ha pasado casi inadvertido por la historiografía así como por la política pública. La discusión por la intermediación en los sistemas productivos agrarios viene siendo discutida a partir de propuestas de organización local y regional que entienden que “otra economía es posible”, promoviendo vínculos urbano-rurales alternativos. Para el territorio patagónico el desafío trata también por la comprensión de prácticas sociales ligadas a territorialidades móviles, sean la de los actuales mercachifles, sean las de otro actor que son las “comparsas de esquila”. El rol de las comparsas de esquila es determinante en los ciclos productivos campesinos, ya que dichos grupos recorren las vastas distancias patagónicas visitando campos y sin estos no hay la zafra lanera. La coordinación del trabajo y las dinámicas socioterritoriales de estos grupos con sus “clientes” forman parte de un entramado histórico de relaciones sociales del cual se tiene escaso conocimiento. Algunos estudios (Vázquez, 2017; Andrade, 2014; Bendini y Steimbreger, 2011, 2013) vienen abonando reflexiones sobre los lazos sociales y referencias culturales en actores con territorialidades móviles que representan un notable aporte y un desafío para su profundización.

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  1. El Censo Nacional de Población y Vivienda de 1980 refleja un analfabetismo en Río Negro superior a la media nacional. Los “analfabetos puros de 15 años y más” representaban el 10,2% de la población (rural y urbana), y la “Población de 15 años y más con Primario Incompleto” representaban el 32,7% de habitantes de Río Negro (rural y urbano) (cf. De Pie, 1984: 12).
  2. Cabe destacar, por lo extremo de la comparación, casi a modo de arrebato ideológico, el impulso del mutualismo y cooperativismo (al tiempo que violentaba las Cajas de Crédito Cooperativas) realizado durante la dictadura de Onganía, a través de la Secretaría de Promoción y Asistencia de la Comunidad (SEPAC) del Ministerio de Bienestar Social (MBS) como estrategia de quiebre de las estructuras políticas de representación partidaria de tradición democrática (Osuna, 2016).


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