Transformaciones en la vida cotidiana
en Jumial Grande
Cecilia Canevari y Cristina Biaggi
Los cambios ocurridos en el sector campesino de Santiago del Estero durante el período considerado en este trabajo (1989-2015) reconfiguraron la vida cotidiana de numerosos hogares rurales de la provincia. Se transformaron no solo las formas de producción, sino también la organización social, la comunicación, la vida institucional, los significados y valoraciones surgidos de la acción colectiva. Además de los avances de la frontera agrícola y consecuentes conflictos de tierra, han surgido –y se han mantenido en el tiempo– organizaciones campesinas que afianzaron su protagonismo en el escenario rural.
En este capítulo nos proponemos analizar el proceso histórico y el entramado social en Jumial Grande, una pequeña comunidad campesina que se encuentra en un medio agroecológico degradado de la región chaqueña, situada en el departamento Figueroa de la provincia. Como rasgo distintivo de esta comunidad, se encuentra el protagonismo de un grupo de mujeres que desde fines de la década del 80 ha perdurado en su organización, poniendo en cuestión los roles domésticos asignados.
Para esto, se realizó una recuperación de la historia del Grupo de Mujeres de Jumial Grande, de las trayectorias familiares, considerando las dinámicas que se sucedieron en el territorio[1]. Los objetivos fueron identificar los cambios sociales, tecnológicos y productivos más significativos ocurridos entre 1989 y 2015, analizando el impacto en la vida cotidiana de las mujeres y la forma en que los mismos son valorados. En el proceso se puso el foco en el espacio local, el trabajo y las nuevas formas asociativas que emergieron. Las fuentes para este trabajo han sido diversas, aunque en primer término cabe destacar que hemos acompañado durante años al grupo de mujeres y sostenido los vínculos en el tiempo. De modo tal que de alguna manera hemos sido testigas de la historia, recorriendo los hogares, en reuniones con el grupo, conversando, transitando los caminos.
En el año 2012 se realizaron 95 encuestas (la totalidad de los hogares de la localidad), con observaciones etnográficas, entrevistas en hogares seleccionados a partir de cantidad de integrantes y edades de los mismos, entrevistas en profundidad (a las mujeres, vecinos/as, a testigos/as clave), además de las reuniones con el grupo. El propósito –construido con las integrantes del grupo–, ha significado para la comunidad de Jumial Grande el desafío de reflexionar sobre los procesos vividos desde fines de la década del ochenta y, fundamentalmente para las mujeres, ha sido un ejercicio de memoria y autoevaluación respecto de lo ocurrido, la situación actual y las perspectivas futuras. Es a partir de estas conversaciones que describimos el tránsito de este período histórico en esta comunidad contemplando el contexto económico y político. Se identificaron procesos significativos del grupo, de la esfera productiva, de la vida cotidiana de las mujeres y del ambiente en el que se encuentran.
Situando el estudio
Santiago del Estero es una provincia que históricamente ha tenido una alta proporción de su población habitando en las áreas rurales y en especial con características de dispersión territorial. Si bien hay un progresivo desplazamiento a las ciudades medias y grandes, perdura un número considerable de familias viviendo en el campo. Para el año 2001 tenía 804.457 habitantes (INDEC, 2001) y vivían en áreas rurales 272.852, lo que representa un 33,9% del total. Este no es solo uno de los porcentajes más altos del país, sino que a su vez dentro de este grupo, el 76% pertenece a la categoría de población rural dispersa (Biaggi, Canevari y Tasso, 2007). Según el censo del año 2010 el total de población de la provincia es de 874.006 y el porcentaje de población rural es del 31,3%, mientras el resto vive en ciudades de más de 2.000 habitantes y la población rural dispersa (201.988/23,1%) se mantiene elevada en relación con la agrupada (71.589). A su vez cabe destacar que Santiago del Estero tiene la segunda mayor proporción de niños/as de 0-14 años (31,6%), solo superada por Misiones.
Este estudio se localiza en el departamento Figueroa que está atravesado por el río Salado y ubicado en el centro de la provincia con una superficie total de 6.700 km2 y 17.820 habitantes, con una densidad media de 2,6 habitantes por km2 (INDEC, 2010) cuando la densidad media de Santiago del Estero es de 6,4 hab/km2. Entre el 2001 y 2010, la población total creció apenas en 325 personas. Su principal característica es que la totalidad de sus habitantes vive en zonas rurales, de los cuales el 76,1 % (13.575) es población rural dispersa, y solo el 23,8% (4.245) se encuentra en dos pequeñas poblaciones rurales agrupadas (Bandera Bajada y La Cañada). Es una zona con un clima cálido de gran amplitud térmica tanto estacional como diaria, con temperaturas medias anuales que varían entre los 20 y los 28 ºC, y con máximas que pueden alcanzar en verano los 45 ºC y en invierno –5 ºC. Las precipitaciones se concentran en el verano (500 a 700 mm) y la estación seca es de 7 a 8 meses entre abril y octubre-noviembre.
El departamento Figueroa fue creado en 1881 con territorios pertenecientes al entonces llamado Matará norte y se estableció como parte de la provincia en 1911. Es parte de la región agroecológica chaqueña y su historia está caracterizada por una apropiación intensa y desordenada de sus bosques con un agotamiento de sus recursos naturales. Hasta finales del siglo xix no hubo presencia de colonizadores o del Estado y el río Salado funcionaba como frontera entre la población blanca de origen europea y el territorio indígena (Arístides, 2010). A principios del siglo xx, comienza la explotación forestal para la provisión de postes, durmientes, leña y carbón a la pampa húmeda, para el alambrado, las vías férreas y para los ingenios azucareros de Tucumán. La especie elegida fue el quebracho colorado y su extracción produjo serios impactos en el ecosistema, porque por su gran cantidad de biomasa área y subterránea protegía al suelo de las lluvias torrenciales y evitaba las altas tasas de evaporación de la humedad del suelo. Este proceso de explotación de los recursos naturales de tipo puramente extractivo fue acompañado por la apropiación de tierras por parte de las compañías que operaban los obrajes.
Jumial Grande se encuentra a 150 km de la ciudad de Santiago del Estero y está compuesta por diez parajes que se distancian entre sí por 3 a 5 kilómetros y la zona central se denomina Tres Pozos donde se ubica la escuela, la iglesia y la posta sanitaria. Desde Santiago del Estero hay transporte público que llega diariamente. Desde el punto de vista geoambiental, se ubica en una llanura deprimida, en antiguas zonas de bañado por desborde del río Salado. Forma parte de las regiones tradicionales de habla bilingüe quichua-castellano y su población protagonizó primero el ciclo forestal (1880-1960) y luego el algodonero (1920-1980).
La historia de Jumial Grande es similar a la de numerosas localidades de Santiago del Estero, pobladas por familias que llegaron a la zona como peones de grandes estancias ganaderas o trabajadores provenientes de obrajes forestales en las primeras décadas del siglo xx. Instalados en forma definitiva, quedaron habitando en territorios marginales para la agricultura tradicional de la época. Mantuvieron sus estrategias de generación de ingresos por medio del asalariamiento temporal fuera de la provincia conjuntamente con la obtención de recursos del monte, la producción agrícola y de pequeña ganadería subvaluada, razón por la cual siempre dependieron de ayudas externas por remesas familiares o de subsidios tanto provinciales como nacionales.
Las mujeres para los enfoques de desarrollo
La preocupación por la incorporación de las mujeres para el desarrollo rural comienza aproximadamente hace cinco décadas, y en este período su conceptualización ha alternado entre diversos enfoques, que ponen en evidencia las distintas interpretaciones y debates que aún perduran. Este no ha sido un proceso histórico lineal y en la práctica estos enfoques se ven expresados en programas o proyectos con divergencias, contradicciones o superposiciones de visiones teóricas y estratégicas (Biaggi, Canevari y Tasso, 2007). Hasta fines de la década del sesenta las mujeres eran consideradas exclusivamente como madres, responsables de la reproducción de la fuerza de trabajo y biológica dentro del ámbito doméstico. Se planteaba la necesidad brindar capacitaciones para mejorar las condiciones de vida de sus familias en relación a la alimentación, el vestido o la salud, sin considerar su papel de productoras[2].
A comienzos de los años 70 surge en las agencias internacionales el enfoque de Mujeres en el Desarrollo (MED) con la idea de que las mujeres eran un recurso económico subutilizado y que su incorporación como fuerza de trabajo iba a resultar en un impacto en la economía familiar. Se partía del supuesto de que hasta ese momento no aportaban dinero a la familia y que al hacerlo esto resultaría en una mejora del ingreso de los hogares. Las estrategias MED se expresan bajo la forma de proyectos generadores de ingreso para lograr que ellas produzcan bienes y/o servicios insertando sus productos en el mercado. Es de esta manera que surge el componente mujer en los programas y proyectos de intervención. Lo que no se contempló es la gran cantidad de tiempo de trabajo productivo (para el autoabastecimiento) y reproductivo que llevan adelante las mujeres sin considerar el aporte económico que este significa.
El enfoque Género en el Desarrollo (GED), se plantea como una alternativa superadora al anterior, considerando que las relaciones entre las personas están basadas en dinámicas de poder, determinadas por el acceso y el control diferenciado a recursos materiales y simbólicos. Es GayleRubin [1975] quien propone la categoría sistema sexo-género a la que refiere como “el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y en el cual se satisfacen esas necesidades humanas transformadas” (1996: 37). Esta es una categoría relacional, que tiene un carácter histórico y apunta a la transformación de las desigualdades que ubican a las mujeres en posiciones subalternas. Por eso este enfoque propone revisar críticamente la posición de las mujeres en los hogares y en la comunidad.
Más recientemente el enfoque socioterritorial (EST) se nutre de diversos modelos de intervención aplicados en las últimas décadas y es superadora porque al plantear una visión integradora de las comunidades y sus problemas, favorece la incorporación de la perspectiva de género impulsando la transformación de los mandatos culturales opresivos para mujeres y varones e incorporando otras miradas, otras demandas y nuevas estrategias para abordarlas. Otro aspecto del EST es el protagonismo de los/as actores/as del territorio en la definición y construcción de las soluciones a los problemas de manera integral e interdisciplinaria (Trama, 2009). Actualmente, hablamos de un enfoque que se nutra de los diversos modelos de intervención aplicados en las últimas décadas con una visión integradora de las comunidades y sus problemas, incorporando la perspectiva de género para transformar los mandatos culturales opresivos para mujeres y varones e incorporando otras miradas, otras demandas y nuevas estrategias para abordarlas (TRAMA, 2009).
Origen y trayectoria del grupo de mujeres
de Jumial Grande
Es desde un enfoque MED que se promueve la conformación del grupo en agosto de 1989, por medio de un proyecto financiado por UNIFEM (Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer) e implementado por la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación[3] (SAGPyA) y el Instituto Interamericano de Cooperación Agrícola (IICA). Las mujeres no tenían antecedentes previos de organización salvo su participación en la cooperadora de la escuela y en el catecismo, además de reuniones irregulares desde 1988 para la recepción de las cajas PAN (Plan Alimentario Nacional). Eran campesinas que tenían entre 30 y 80 años, siendo la mayoría entre 31 y 50 años, casi todas con una pareja estable y con un promedio de ocho hijos aquellas que ya habían finalizado su etapa reproductiva. Habían asistido a la escuela primaria sin concluirla, de manera tal que si bien leían o escribían, el desuso las enfrentaba a dificultades para las matemáticas o la lectoescritura. Las trayectorias personales eran similares: migraron a la ciudad en la adolescencia por lo general para trabajar como empleadas domésticas por un tiempo variable y al volver de visita a la familia o para algún carnaval, formaron una pareja y se quedaron. Unas pocas habían migrado con sus maridos siendo jóvenes para los trabajos de cosecha de caña de azúcar a Tucumán o de algodón en el Chaco, aunque en los 80 ya se quedaban en la casa más allá que sus maridos continuaran como trabajadores golondrinas.
Su principal actividad era el trabajo doméstico reproductivo y lo consideraban como lo que se debe hacer, siendo el amasado de la tortilla una actividad repetida varias veces al día, marcando una rutina diaria. Una jornada extensa con un promedio de dieciséis horas por día; al amanecer la primera actividad era encender el fuego para calentar el agua para el desayuno e ir al corral de las cabras para dejar la majada libre en el monte y dar agua a los caballos. Durante la mañana se ocupaban de lo relacionado a la casa e hijos/as, enviando a los/as niños/as a la escuela, barriendo la casa y el patio, sacudiendo las cobijas, lavando la ropa, preparando el almuerzo. Después de lavar los platos, hay un momento de descanso que se mantiene hasta el día de hoy y que se dedicaba a escuchar las novelas en la radio, actualmente en la televisión. Luego volver a ocuparse de la casa, el lavado de la ropa, encerrar las cabras y nuevamente amasar la tortilla que junto a un mate cocido conforman la cena. La jornada terminaba con la luz del día siendo las mujeres las últimas en acostarse. En los meses del cultivo de algodón se incrementaban las tareas, para ir al cerco, matar hormigas, carpir y cosechar. Las colaboraciones eran de las hijas mayores, sobre todo para el cuidado de los/as niños/as menores.
Las actividades productivas estaban centradas en aquellas destinadas al autoabastecimiento: gallinas, chanchos, alimentación de los animales de tiro y cuidado de la chacra (maíz y cucurbitáceas). Todas se dedicaban a la producción de cabras, un trabajo casi exclusivamente femenino y si los varones participaban, era solo para la venta de los animales. Algunas de ellas se asalariaban para la carpida y cosecha del algodón en los predios vecinos y otras trabajaban junto a sus maridos en el cultivo propio.
A pesar de lo anterior, no se percibían a sí mismas como productoras agropecuarias y se presentaban como amas de casa. La actividad cabritera la consideraban dentro del ámbito doméstico y la producción de algodón como la actividad del marido y que ellas ayudaban.
Mujeres muy activas que realizaban tareas pesadas aun siendo ancianas, no siempre bien alimentadas y con demasiados partos en sus vidas. Consideraban que sus principales problemas eran la falta de comida, el agua y la atención de la salud, sin poder priorizar cuál de los problemas era el más importante. Sus decisiones tenían relación con sus roles reproductivos: cuándo carnear un cabrito, lo vinculado a la alimentación, la educación y salud de los/as hijos/as. No decidían sobre el uso del dinero más que para la compra del almacén y su participación fuera del ámbito doméstico era exclusivamente en el entorno de la iglesia y la escuela, y no se relacionaban con funcionarios/as de gobierno o partidos políticos.
En el inicio del proyecto de UNIFEM, los/as pobladores de Jumial Grande estaban viviendo una crisis alimentaria y económica grave debido a la sequía del verano de 1989 por la cual se había perdido la cosecha de algodón, además de la hiperinflación que vivió el país durante ese año. Quienes pudieron migraron, los varones en busca de trabajo estacional y las mujeres de más de catorce años se emplearon en el servicio doméstico en las ciudades. El monte, que suele ser abastecedor de alimentos, estaba seco y no había forraje para las cabras.
Al llegar durante la gran sequía nos encontramos un escenario desolador, con los pocos aljibes secos, la represa de la escuela con apenas un fondo de barro, de los pozos de agua solo se obtenía un líquido turbio y escaso. Las vacas, caballos y cabras cumplían con la rutina de hacer el trayecto hasta la represa; cuando llegan y la encuentran seca, gritan. Gritan en un aullido desgarrador. El único tema posible para conversar es el problema del agua. ¿Se puede vivir en un lugar donde falta el agua? El agua es central para la calidad de vida y el bienestar, perduran en la memoria los años buenos y sobre todo los años malos, porque de ella dependen los cultivos, los animales y fundamentalmente las condiciones de vida y de salud de las comunidades. (Cuaderno de campo, 1989).
El grupo disponía de unos fondos para la realización de un emprendimiento productivo y luego de un proceso de planificación participativa y capacitación, la incipiente organización decidió utilizar el dinero para desmontar una hectárea con el objetivo de que ellas junto a su familia pudieran sembrar algodón o alfalfa. La producción agrícola en esa época era escasa en Jumial Grande, aunque algunas familias sembraban en un predio distante a varios kilómetros de la localidad donde tenían riego por la cercanía al sistema del río Salado. A pesar de las condiciones de secano, existía el interés por la siembra de algodón porque eso les permitiría acceder al subsidio o salario para el minifundista algodonero –lo llamaban habitualmente el salario– que surgió con la aprobación de la Ley Nacional N.º 23.107/1984, que permitió a los productores de algodón acceder a los beneficios de asignaciones familiares, jubilación y obra social.
El principal desafío al comienzo fue que las mujeres pudieran salir del espacio doméstico y asumir un protagonismo en esta zona con dificultades de aislamiento y pobreza. A lo largo del tiempo han enfrentado diversas crisis internas, liderazgos alternados, conflictos y variaciones en el número de sus integrantes que habiendo llegado a sesenta mujeres tomaron la decisión de “cerrar la inscripción”. Las diferencias generacionales es uno de los principales retos en la actualidad, aunque no vislumbran la posibilidad de dividirse. Para ellas el grupo representa un espacio de socialización que valoran porque “es unión, comprensión, escuchar y ser escuchadas, participar, discutir, llegar a un acuerdo. Compartir. Mirar todas a un objetivo y luchar hasta lograrlo. Sentirse como en casa en una reunión. Querer para una y para todas. Es sentirse acompañada” (Cuaderno de campo, 2011).
De las veinte mujeres del grupo que en el año 1989 participaron del primer proyecto, continúan en la organización doce, de las restantes algunas fallecieron, están enfermas, son ancianas y una se fue a vivir a la ciudad de Buenos Aires. Las campesinas más antiguas de la organización siguen participando con entusiasmo y algunas caminan casi siete kilómetros para llegar a las reuniones.
Dentro del proceso de salida al espacio público, el grupo ha participado de organizaciones de segundo y tercer grado como por ejemplo la Comisiones Unidades de Pequeños Productores Agropecuarios de Figueroa (CUPPAF) y el Movimiento Campesino de Santiago del Estero (MOCASE). A mediados de la década del 2000 surgieron en Jumial Grande conflictos de tierra en la zona de Quebrachales por un supuesto dueño que intentó desalojar violentamente a las familias (Canevari, Biaggi y Tasso, 2012). La Mesa de Tierras del departamento Figueroa en ese momento respondió de manera organizada, instalándose en el lugar para la resistencia logrando expulsar a los intrusos. La tenencia precaria de las tierras es predominante en la zona y aunque quienes la habitan son poseedores con derechos, se constituye en una amenaza que renace ante la aparición de conflictos. Los territorios contienen dimensiones afectivas, que trascienden lo económico-productivo, las familias no consideran a la tierra reducida a mercancía (Vallejos, 2010).
Con regular frecuencia las mujeres han representado al grupo en reuniones o encuentros fuera de la zona, o fuera de la provincia y, en unos pocos casos, fuera del país. Este protagonismo en espacios públicos en ocasiones desencadenó conflictos con sus maridos y en una oportunidad Rosalba fue golpeada por su pareja al volver de un encuentro porque los amigos se burlaban ante la posibilidad de que ella le sea infiel. Las representaciones no siempre han sido fáciles, por un lado, por las dificultades para salir de la localidad, obtener el permiso de sus parejas, dejando sus responsabilidades en la producción y reproducción, y por otro, porque perdura una discriminación sexista por parte de dirigentes y técnicos que les complica su inserción.
Han sido muchas las actividades que el grupo de mujeres llevó adelante en estos años, la mayoría relacionadas a la búsqueda de soluciones a una pobreza estructural dada –en parte– por las condiciones agroecológicas de la zona. El acceso a la información sobre programas y proyectos del Estado y la capacidad de gestión dada por la organización, redundó en diversos beneficios para las familias y la comunidad, entre los que se destaca el acceso a infraestructura para la recolección de agua para consumo, con la obra de calicantos y aljibes familiares. También accedieron a capacitaciones específicas en lo sociorganizativo, en administración, como así también el proceso educativo para recuperar bases de lectoescritura y matemáticas. Los talleres sobre salud y derechos sexuales y reproductivos tuvieron un impacto en las posibilidades concretas de tomar decisiones sobre tener o no un hijo/a. “Nos comunicamos y aprendemos a valorarnos como mujeres, aprendemos muchas cosas que antes ignorábamos como la sexualidad y la salud de las mujeres y los niños” (Cuaderno de campo, 2008).
Hay un reconocimiento del capital social que el grupo originario consolidó en la larga etapa de capacitaciones que recibieron durante el acompañamiento profesional de la SAGPyA y luego de la organización no gubernamental PRODEMUR (Promoción de la Mujer Rural), que trabajó varios años en la zona. Este proceso tuvo un impacto y es por esta razón que una preocupación actual de las mujeres es la falta de capacitación de las mujeres más jóvenes.
Como parte esta experiencia cabe mencionar el efecto multiplicador para la conformación de otros grupos de mujeres en el departamento Figueroa (Invernada sur, San Vicente, Cardón Esquina, Machajuay Huanchina, Nueva Colonia, Bajo Sequeira, Río Muerto, Quimilioj, Nueva Esperanza), algunos de ellos con una trayectoria interesante por las actividades que emprendieron sobre temas específicos o por su perduración.
Los cambios observados en el período
Uno de los hallazgos de esta investigación es que en la localidad de Jumial Grande hubo un crecimiento demográfico en las últimas décadas con un aumento del número de viviendas y habitantes. En el año 1989 vivían 65 familias y en el año 2012 fueron 95, con un aumento en el número de hogares del 41,5%. En el cuadro siguiente se puede apreciar un ciclo de cincuenta años con variaciones poblacionales significativas, mostrando una tendencia al retorno y permanencia en el campo. Este hecho es relevante porque se contrapone al decrecimiento de la población rural, tanto en Argentina como en Santiago del Estero.
Cuadro 1. Distribución de la población de Jumial Grande
entre 1960 y 2012
| Año | % varones | % mujeres | Total |
| 1960 | 48,5 | 51,5 | 100 (431) |
| 1970 | 49,8 | 50,2 | 100 (247) |
| 1987 | 54,5 | 45,5 | 100 (285) |
| 2012 | 54,8 | 45,2 | 100 (456) |
Fuente: Censo Nacional de Población y Viviendas (1960 y 1970), relevamiento de alumnos de Sociología-UNSE (1987) y relevamiento propio (2012).
Un diez por ciento de los hogares tienen jefatura femenina y es notable el número de hogares unipersonales (16%) de los cuales la mayor parte son varones y relativamente jóvenes. La mayoría de las familias están integradas por entre 4 y 7 personas y es significativo el número de hogares compuestos por parejas jóvenes, que pone en evidencia que hay una tendencia a conformar su propio hogar en una casa separada de sus familias de origen en contraposición con la anterior figura de hogares ampliados o extendidos.
La producción
En 1995, en el auge de las políticas neoliberales, se eliminó el salario familiar percibido por los pequeños productores algodoneros, lo que generó una gran inestabilidad económica en las poblaciones campesinas de Santiago del Estero y tuvo como consecuencia que abandonen la siembra de algodón. Para el año 2015, las actividades agropecuarias se concentran fundamentalmente en el autoabastecimiento, con pequeñas parcelas cultivadas, con la cría de cabras y en menor medida de chanchos. Es notorio el descenso de las superficies de cultivo y las encuestas muestran que casi la mitad de los hogares no realiza ninguna actividad agrícola o pecuaria. Un 22% siembran alfalfa, maíz o cucurbitáceas y en siete casos siembran en superficies de 3 a 6 hectáreas en una zona con riego cercana a la comunidad, el resto de las familias ha abandonado su cerco[4] convirtiéndose en monte. La cría de cabras sigue siendo la principal actividad pecuaria, aunque es evidente la disminución del tamaño de las majadas, veinte familias crían entre 2 y 5 bovinos y en solo tres casos tienen alrededor de 15 animales. Los yeguarizos son para el transporte o el trabajo rural y sobre todo para el acarreo de agua o madera. En uno de cada cinco hogares se produce carbón, junto con la extracción de madera para postes, que es la única actividad que genera ingresos monetarios en estas familias de la localidad. Si bien se realiza desde hace décadas, se encuentra cada vez más amenazada por el descontrol en el extractivismo.
Hay una coincidencia en la percepción de los/as pobladores/as sobre los cambios climáticos de los últimos quince años. Afirman que el clima cambió y ya no es predecible, y a su vez el ciclo de lluvias es cada vez más espaciado: “El calor es fuerte, no se puede andar por el monte luego de las 11 de la mañana. Ahora hay pocas lluvias, hay vientos raros y más fuertes, algo que no se veía años atrás”. Uno de los productores dijo: “… antes sabíamos cuando poner [sembrar]; ahora siembras, llueve, pasan veinte días y se queda ahí la plantita no más, no llega a desarrollarse”. La explicación que dan, es que al ser el calor y el frío más intensos los cultivos no soportan el clima y se pierden las cosechas. Relacionan estos cambios con la tala del monte que hubo en estos años por los propios pobladores, que ante la falta de otras alternativas económicas utilizan los recursos forestales para generar ingresos. Sin embargo, cabe señalar que por las características agroecológicas de la zona siempre ha sido un lugar difícil para obtener buenos rendimientos de la agricultura.
En estos años se sostuvo la presencia de huertas familiares impulsadas por el programa ProHuerta (Ministerio de Desarrollo Social, Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria/INTA), que además les aseguró la presencia de un profesional en la zona y la asistencia institucional.
Se han multiplicado las casas que tienen un pequeño negocio o quiosco para la venta y sin lugar a dudas hay una mayor circulación de dinero proveniente de las pensiones. La dueña del principal almacén dice que sus clientas/es compran mayores cantidades de los productos que antes llevaban al menudeo y en peso reducido.
Perdura la migración estacional de los varones aunque se han cambiado los destinos y ya no van a la papa a Balcarce, ni a la caña de azúcar a Tucumán. Las demandas son ahora para las cosechas del arándano en Buenos Aires o Entre Ríos, la aceituna en La Rioja o para la desflorada del maíz en Santa Fe.
Las políticas del Estado y la vida cotidiana
El 84% de las familias de Jumial Grande tienen algún ingreso proveniente del Estado nacional, el más importante es la Asignación Universal por Hijo/a y en segundo lugar las jubilaciones o pensiones. Además, hay jóvenes que perciben becas para los estudios secundarios, otros una pensión por discapacidad o enfermedad y un 16% de las mujeres reciben el subsidio para madres de más de siete hijos. Esto es percibido por las familias y en especial por las mujeres, como un proceso de mayor estabilidad económica, de más tranquilidad y es un flujo de dinero que es notorio dentro de la comunidad. Sin dudas, uno de los beneficios más importantes es que los/as jóvenes puedan continuar estudiando en escuelas secundarias y terciarias, tanto por las becas como por el acceso a las motos, que han transformado radicalmente las posibilidades de traslado hasta las instituciones educativas que están distantes en El Cruce y Bandera Bajada.
La extensión del tendido eléctrico para las zonas rurales más alejadas es un hecho que ha ocurrido en la primera década de este siglo y la llegada de la luz al centro de Jumial Grande en el año 2004 ha cambiado totalmente la vida de la comunidad más allá de que aún la mitad de las familias no tienen el servicio. Generalmente, el primer artefacto eléctrico que se adquiere es la heladera y la radio es infaltable en todos los hogares. Varias familias compraron un lavarropas, una televisión y una cuarta parte de los hogares paga televisión satelital.
Las transformaciones en la comunicación son notables. Hace veinte años, el único medio para comunicarse con una persona que vivía en Jumial Grande era la radio AM con sus servicios de mensajería. Si a la inversa se deseaba enviar un mensaje del campo a la ciudad, la tarea era más compleja, requiriendo el uso de la radio policial o un traslado a la ciudad para poder enviar la noticia. Actualmente los celulares se han generalizado aunque con poca señal, para solucionar este problema en cada casa hay un poste clavado en algún lugar estratégico donde se accede a ella y donde se cuelga el celular; a este poste se lo llama señalero.
En septiembre del 2010 volvemos luego de un tiempo a Jumial Grande y la primera sorpresa es el camino que era de tierra, con enormes bobadales en donde nos encajamos más de una vez y ahora está enripiado en perfecto estado. Llegamos a lo de doña Chela primero. Abrazo y emoción. Está Nina con su hija Vanesa y su nieto Gustavo. Al ratito llega Graciela con el marido y su hijita en una moto deslumbrante. Luego llega Analía y más tarde Cora y la Gringa con su hija de cinco años más un bebe de un año, que nació luego de que en la Fiesta de la Salud del 2008, los/as médicos/as no le pusieron –quien sabe por qué– el DIU a la Gringa, solo queda el recuerdo de la desilusión de ella en ese momento. Ese día la acompañamos hasta la casa luego que había hecho más de 10 kilómetros en bicicleta. Mientras conversamos, Vanesa amasa tortilla tal como lo hacía su abuela cuando comenzamos a ir. (Cuaderno de campo, 2010).
Como ya dijimos el acceso al agua es un problema crítico, tanto para consumo humano como animal. Esta situación ha mejorado notablemente en las últimas décadas, aunque la fuente principal de agua siguen siendo las precipitaciones y los/as pobladores/as se quejan de que hay menos lluvias. Se capta el agua llovida con techos de chapa que se almacena en reservorios construidos de material, generalmente con una capacidad de entre 2.000 y 10.000 litros (calicanto o aljibe). Cuando no hay un calicanto familiar se utiliza el aljibe de la escuela. Dado el régimen de precipitaciones, es difícil que el agua almacenada en la temporada de lluvias alcance para satisfacer las necesidades durante toda la temporada seca, así como es difícil que se mantenga en condiciones potables por el largo período sin lluvia. En ese momento, los pobladores recurren a otras fuentes de agua, que dependiendo de la ubicación de las casas pueden ser el río, el canal y en el caso de que no se hayan secado, pueden recurrir a las represas, aguadas o pozos, que son utilizadas principalmente por el ganado. En las encuestas surge que un 40% de las familias juntan agua de lluvia en tachos, un 34% en aljibes y un 22% en calicantos. En once de estos hogares hay un pozo para sacar agua y la mayoría de las familias tienen también acceso al agua por medio de una represa familiar o comunitaria, que se encuentra a una distancia que oscila entre diez metros y un kilómetro. En los momentos de escasez al final del invierno y sobre todo al comienzo de la primavera, las familias traen agua desde fuera de la localidad pagando el acarreo. Una solución importante al problema ha sido la instalación de una planta potabilizadora en la represa del centro de Jumial, que está conectada al sistema de riego con recursos del gobierno provincial y la iglesia católica. El sistema de riego funciona de manera irregular a pesar de la reparación del dique Figueroa por parte del gobierno nacional, porque aún resta la reparación de los canales de derivación.
Consideraciones finales
La información producida en esta investigación permite identificar los principales cambios observados y percibidos por la comunidad, en el grupo, en la economía de los hogares, en los servicios públicos y en la vida cotidiana. Nuestro análisis se propone incorporar la perspectiva de la economía feminista valorando la importancia de la reproducción para la perpetuación de las sociedades, no solamente en sus aspectos objetivos, sino también en lo que respecta a la satisfacción de necesidades emocionales y de cuidado (Pessolano, 2018). En los hogares rurales la división sexual del trabajo tiene algunas características dadas por el hecho de que el espacio de la producción y de la reproducción no tiene claras fronteras establecidas. Lo productivo se entremezcla con lo reproductivo y las visiones dicotómicas utilizadas para explicar la modernidad capitalista no son aplicables, salvo cuando el/la trabajador/a está asalariado. El espacio doméstico-privado-reproductivo-femenino tiene una menor distancia con el público-productivo-masculino. Lo que está claro es que todos los trabajos reproductivos y de cuidado que realizan las mujeres con la colaboración de sus hijas están desvalorizados e inferiorizados. Aun cuando las fronteras de lo público y lo privado no se distinguen con claridad, lo que se evidencia es que el patriarcado impregna un orden valorativo para la economía y el trabajo. Alejandra Ciriza (2011) hace una crítica a una lectura binaria, basada en la teoría del doble sistema que ubica al capitalismo asociado a los aspectos productivos, a la explotación y como un sistema material. El patriarcado, en cambio, queda en esta lógica asociado a los aspectos reproductivos y del cuidado, a la dominación de las mujeres y es un sistema cultural. Esta mirada los presenta separados y relacionados entre sí de manera ocasional evitando analizar los múltiples vínculos que hacen que se retroalimenten mutuamente. Se sostiene de esta manera una escisión entre lo productivo y lo reproductivo, entre la economía y la política, entre la mente y el cuerpo.
En la mayoría de los casos y a pesar de una división sexual del trabajo claramente definida, el trabajo de hombres y mujeres se integra en el tiempo y en el espacio. La separación entre actividades productivas y reproductivas es con frecuencia artificial, tal como lo simboliza la mujer que carga a su hijo en la espalda mientras trabaja en el campo. (Benería y Sen, 1982: 33).
El trabajo productivo de las mujeres varía de un hogar a otro, de un lugar a otro y varía la dimensión de su aporte en bienes para el consumo familiar o para la venta del excedente. Pero el trabajo reproductivo es prácticamente de exclusiva responsabilidad de las mujeres y si bien en los ámbitos urbanos ha habido algunas transformaciones en los arreglos domésticos, en el ámbito rural esto permanece más estático. La desvalorización e invisibilización de este trabajo es constante.
Las políticas sociales redistributivas impulsadas por el Estado nacional a través de diferentes tipos de pensiones brindan una mayor estabilidad económica y permanencia de los habitantes en su lugar de pertenencia, desalentando las movilidades espaciales sostenidas en etapas anteriores. Simultáneamente el seguimiento de la historia de Jumial Grande muestra un retroceso en el uso de la tierra para la producción agrícola, que comienza con la canalización del río Salado en la década del treinta y continúa con la falta de apoyos estatales a la pequeña producción existente en la zona. Los hogares se multiplicaron, sin un crecimiento proporcional de la superficie agrícola cultivada ni del número de animales para cría. Esta disminución ya fue observada en otros estudios sobre la estructura agraria santiagueña (De Dios, 2009; Tasso, Ledesma y Paz, 2011). Este fenómeno parece responder a distintas causas; una de ellas es el deterioro de los precios relativos de la producción campesina, que conduce a la disminución del autoabastecimiento y es reemplazado por la compra de productos industrializados en el almacén. El mayor flujo de dinero acrecentó la capacidad adquisitiva de los hogares reemplazando las estrategias de subsistencia, aunque se mantienen los trabajos asalariados por lo general con migraciones estacionales.
Dicha retención de la población rural en esta localidad posiblemente sea una de las razones del uso poco sustentable de la flora local, porque las familias de Jumial Grande extraen del monte los recursos económicos que no obtienen de otra manera. Tal situación crea uno de los mayores problemas que visualizan y es la desaparición de la vegetación característica de la zona. A la tala indiscriminada se suma el avance de la frontera agrícola, que podría ser mayor cuando se solucionen los problemas actuales de riego del sistema del dique Figueroa que posibilitarían una agricultura más estable y no dependiente de las precipitaciones.
La vida cotidiana de las mujeres se ha transformado con el alivio de la carga de trabajo reproductivo y de cuidados que insumía una importante cantidad de tiempo y esfuerzo en su larga jornada. Esto sucede, por un lado, por la mejor provisión de agua, por la incorporación de cocinas a gas de garrafa y la llegada de la electricidad que permite tener un lavarropas y una heladera para organizar mejor la alimentación familiar y administrar un animal que se ha carneado. También se destaca una escuela nueva con escolaridad hasta noveno año y dos salas de Jardín más un camino enripiado que operan en la retención poblacional. Donde predominaba el aislamiento, se advierte hoy una creciente vinculación con áreas urbanas, a través de la infraestructura vial y energética, el transporte y los medios de comunicación (TV, radio, internet, celulares) incorporándose patrones de consumo urbanos y un mayor acceso a bienes y servicios necesitados de movilidad. Los viajes a la ciudad son más frecuentes para atender necesidades de salud, para ir a un cajero electrónico, o simplemente para visitar familiares. Se aceleran los contactos y disminuye la distancia relativa a la capital y los mercados de abastecimiento y trabajo, ahora los/as migrantes, que tienen más facilidad para salir y volver al hogar incorporando bienes de consumo de las ciudades.
El estudio de este proceso de veinticinco años nos permite comprender cómo las mujeres enfrentan las múltiples desigualdades que persisten intersectadas en nuestra sociedad y, en especial, el acceso diferencial a los recursos y al uso de los espacios, del tiempo y del trabajo. Principalmente muestra la importancia de la promoción de la equidad de género y sus resonancias en la vida de las familias y de las comunidades. Las mujeres expresan que hoy día se sienten más libres para participar en actividades asociativas y para decidir en la vida familiar, a pesar de las estructuras patriarcales que persisten. Su mayor protagonismo se expresa en actitudes antes reservadas a los varones, tal como la crítica a la insuficiencia de los servicios de salud o el cambio climático. No es posible soslayar que en este grupo las mujeres encontraron en la organización una manera de socialización que no tenían previamente por su situación de aislamiento.
El Estado provincial muestra aún debilidades en las políticas para las comunidades rurales dispersas destinadas al incentivo de la producción agrícola y ganadera, al acceso a los mercados, la regulación de los títulos de propiedad, la mejora en el acceso al agua, los servicios para el acceso a la justicia, la salud o la educación. Las políticas nacionales de redistribución tienen que ser complementadas con políticas de reconocimiento, como así también con las oportunidades de representación en las instancias de participación social (Fraser, 2014).
Podemos afirmar que, durante estos años, aun cuando el deterioro del entorno ambiental se presenta como una amenaza al buen vivir, las mujeres han mejorado sus condiciones de bienestar, por el acceso a una calidad de vida que ha resultado en una menor carga en el tiempo y la intensidad de trabajo.
Bibliografía
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Fraser, Nancy (2014). La justicia como redistribución, reconocimiento y representación. Entrevista Martha Palacio Avendaño. Disponible en: https://bit.ly/2LSI756. Consultado en julio de 2014.
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Rubin, Gayle (1996) [1975]. “El tráfico de mujeres: notas sobre la “economía política” del sexo”. En Lamas, Marta (comp.), El género: la construcción cultural de la diferencia sexual. CDMX: PUEG de la Universidad Autónoma de México y Miguel Ángel Porrúa.
Tasso, Alberto, Ledesma, Reinaldo y Paz, Jorge (2011). Trabajo rural estacional en Santiago del Estero. CABA: OIT. Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social.
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- Proyecto Mujeres, vida cotidiana y políticas públicas en una comunidad rural. CICyT- UNSE 23/D138 (2012).↵
- Un ejemplo es el proyecto Hogar Rural del INTA, aunque sus acciones no llegaron al departamento Figueroa. ↵
- Actualmente, Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca.↵
- Cada familia realiza el desmonte de una parcela de tierra a la cual denominan el cerco donde están sus cultivos. El mismo está rodeado por una valla de ramas con espinas para evitar que ingresen animales.↵







