La piratería como cuestión naturalizada: un estudio de prácticas digitales
En este bloque, se exploran prácticas de acceso a cine y series de TV para el caso de jóvenes universitarios que participaron de focus groups en los que se pregunta por modalidades de consumo y experiencias con los medios digitales. En los focus, la pregunta por la piratería se hace de modo abierto y directo. La información relevada en los focus se pone en diálogo con información cuantitativa proveniente de fuentes secundarias que muestra modalidades de acceso y prácticas de jóvenes con los medios digitales.
IV.1. La piratería como práctica digital
Tal como se ha mencionado en los anteriores capítulos, la definición de piratería digital se vincula, sobre todo, con quien la enuncia. Lo que para algunos constituye un delito, para otros consiste en compartir a través de internet. En este sentido, se indagará en la piratería digital como parte de una serie de prácticas que suceden en internet y se situará este modo de acceso a películas y series de TV a la par de otros. Piratear no implica, o al menos no implica solamente, que no se pague por un contenido que en otro lado presumiblemente se vende. También puede implicar que se acceda a un contenido que de otro modo no se consigue, porque nuestro territorio no fue contemplado por las cadenas formales de distribución; o porque se programó el estreno en modo diferido y llegará más tarde a nuestras pantallas territorialmente situadas.
Que un país no sea relevante para ciertos estrenos de cine o series –y esto puede ser por razones comerciales o porque se delega la construcción del mercado a otros actores intermedios, como las plataformas– no implica que las audiencias conectadas, territorialmente situadas, no puedan informarse, querer ver, buscar, encontrar, acceder, compartir. Tampoco supone que no exista la posibilidad técnica para hacerlo en un sistema de distribución de medios globalmente conectado en el que, como señala De Kosnik, sucede una conversación donde puede haber participación global. Al argumento del ingreso como factor determinante para involucrarse o no en la pirartería de medios, como sostiene Karaganis, se le agrega otra dimensión, que se vincula con una cultura participativa, crecientemente global, donde el acceso a los contenidos audiovisuales puede darse por una vía u otra, pero no se determina por el trazado formal de la circulación de los bienes. La distribución pirata no habla menos de la distribución y el acceso a contenidos por ser pirata, sino que expande ese universo por el que el cine y las series viajan en el tiempo y en el espacio.
Es precisamente esa dimensión de la piratería como una práctica digital la que interesa explorar en este apartado. Para ello, se analizan, por un lado, información cuantitativa producida por tres organismos oficiales y, por el otro, la información relevada en tres focus groups realizados en la Ciudad de Buenos Aires en el año 2017 con jóvenes universitarios de entre 18 y 24 años[1].
La información cuantitativa que nos permite acercarnos a los modos de estar conectados de los y las jóvenes proviene de tres fuentes oficiales:
La Encuesta Nacional de Consumos Culturales realizada en el año 2017 por el Sistema de Información Cultura de la Argentina (SINCA), de la entonces Secretaría (hoy Ministerio) de Cultura. Esta encuesta fue realizada también en el año 2013 (algunos de los datos producidos ese año se incluyen con fines comparativos), pero en el 2017 se elaboraron informes específicos, y aquí se trabaja a partir del informe dedicado a los consumos culturales de jóvenes (SINCA, 2013; 2017).
Los resultados de Aprender, el dispositivo del relevamiento realizado por el Ministerio de Educación de la Nación en el año 2016, en el que participaron 900.000 estudiantes en casi 30.000 escuelas de todo el país. Se incluye el informe específico sobre acceso y uso de Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) –el primero en una serie de informes temáticos realizados a partir de los resultados del dispositivo Aprender–, que releva usos escolares y no escolares de docentes y estudiantes de los últimos años de la escuela primaria y de los últimos años (5.º y 6.º) de la escuela secundaria. En el presente trabajo, se toman estos últimos datos como relevantes dada la cercanía de edad entre estos estudiantes y quienes participan de los focus groups (Ministerio de Educación, 2016).
Los datos del informe sobre acceso y uso de Tecnologías de la Información y la Comunicación relevado en la Encuesta Permanente de Hogares durante el cuarto trimestre de 2019 (INDEC, 2019). Son los datos más actuales sobre conectividad y acceso a dispositivos, organizados por género y edad, lo que permite establecer un análisis específico para los y las jóvenes.
Estas tres fuentes secundarias proveen una buena aproximación cuantitativa a los universos de consumos y prácticas digitales de los y las jóvenes, y constituyen una plataforma pertinente sobre la cual aterrizar información cualitativa proveniente de los focus groups.
Dichos grupos están integrados por jóvenes universitarios que, por un lado, representan un grupo etario cuyo acceso a los medios es preeminentemente digital, aun cuando lo digital conviva con algunas prácticas analógicas[2]. A su vez, constituyen un grupo social de ingresos medios o medios altos. Se decidió este corte para estudiar específicamente la piratería como modo de acceso cuando existen condiciones favorables para el pago de servicios (el ingreso no es una barrera para el consumo de medios).
La guía de pautas se diseñó con el objetivo de relevar las prácticas y las experiencias culturales de los y las jóvenes con los medios digitales, y se incluyó la piratería dentro del arco de prácticas que se enunciaron. No se pretendió abrir una discusión acerca de lo que entienden por piratería digital, sino que se incluyó a esta acción adrede como una más dentro de otras experiencias con los medios digitales (escuchar música, informarse, leer, tener o no cable, ir o no al cine, ir o no al teatro, usar o no redes sociales).
Tampoco se orientaron las preguntas a un análisis moral o legal de la piratería –está bien o está mal; te da temor o no que tenga efectos legales[3]– sino que se la incluyó sin señalar ninguna particularidad. La piratería, en este cuestionario, aparece al mismo nivel que preguntas acerca del pago de servicios como el cable, Netflix o Spotify. En este sentido, la guía de pautas para la conversación del focus group contempló las siguientes dimensiones[4]:
- Estar conectados/as: qué es, con qué dispositivos se conectan, para hacer qué cosas, durante cuánto tiempo, momentos de no conexión.
- Consumos y experiencias culturales y de medios: consumos por industria cultural contemplando experiencias presenciales y virtuales (cine, TV, series, teatro, música, libros, periódicos, medios locales y medios internacionales).
- Consumos específicamente digitales: consumos pagos y consumos no pagos. YouTube, Netflix, Spotify, plataformas para acceso a contenidos audiovisuales. Pregunta directa por la piratería (¿piratean?).
- Fandom: Si son fanáticos/as de algo alguien. Se pregunta de modo específico para detectar si el fandom se relaciona con producciones culturales o personas.
A continuación, se analizan algunos aspectos en relación con las prácticas culturales conectadas de estos jóvenes universitarios, en particular aquellas que son entendidas como pirata.
IV.2. Jóvenes conectados: más que acceso, un modo de estar en el mundo
Cierta idea que ganó popularidad desde el comienzo del siglo XXI describe a los jóvenes como nativos digitales. Nacidos con el mundo ya conectado, los jóvenes, se supone, conocen ese mundo mejor que otros grupos etarios. Les es propio per se. Esta idea de juventudes naturalmente conectadas viene de la elaboración de Mark Prensky, que en el año 2001 describió el ecosistema de medios de los adolescentes norteamericanos y señaló que las experiencias que tienen con la TV, los videojuegos y las computadoras volvía a la escuela obsoleta como lenguaje. Sencillamente, los sistemas educativos no fueron diseñados para estos jóvenes que son lo que Prensky (2001) llama nativos digitales, una población cronológicamente determinada, diferente a la de los migrantes digitales, gente que nació en un ecosistema de medios analógicos y que, por lo tanto, no entiende estos lenguajes.
La noción de los nativos digitales impregnó con velocidad en los medios y corrió a la par de la expansión de programas de integración de Tecnologías de la Información y la Comunicación en la región (Vacchieri, 2013). Nacieron a partir de allí creencias de que los jóvenes, naturalmente, sabían de tecnologías, aun sin nunca especificar qué implica ese saber. Dussel (2012; 2017) plantea, en cambio, que la idea de nativos digitales es un mito, y que no hay que dar nada por supuesto en relación con lo que los jóvenes pueden o saben hacer con las tecnologías digitales. Es desde esta perspectiva que se aborda el trabajo en focus groups con jóvenes universitarios desigualmente conectados (Rexach, 2019), sobre quienes no se asume que saben de tecnologías digitales o que las dominan con particular destreza, sino que son parte de esferas de acción y de participación digital y presencial que integran un mismo flujo.
Diversos autores como boyd (2014), Turkle (1997; 2011), Jenkins (2008), Van Dijck (2016) y Sadin (2017), entre otros, señalan la inutilidad analítica de la distinción real/virtual. En cambio, proponen mirar flujos de prácticas y experiencias interconectadas entre diferentes esferas. Asimismo, la conectividad permanente ha modificado el modo de estar en el mundo para toda la humanidad y requiere pensar nuevas ontologías del tiempo y la distancia (Aranzueque, 2010; Crary, 2015).
Es en este contexto en el que se han modificado los modos de estar en el mundo –para todas las edades–, donde resulta relevante y pertinente indagar acerca de experiencias culturales conectadas de los jóvenes como público específico.
Por un lado, se trata de un grupo etario al que parecen orientarse todos los productos del mercado digital. Si bien todos los grupos adoptan masivamente ofertas de consumo digital como YouTube, Netflix o Spotify, por citar casos exitosos, hay una asociación entre estos productos y cierta idea de juventud global y conectada.
Esta idea se refleja en la Encuesta Nacional de Consumos Culturales del año 2017 (SINCA, 2017), que por primera vez analiza a la juventud como público específico en su relación de consumo con los productos culturales y de medios[5]. Según este informe que se desprende de un mapeo nacional, los jóvenes son los que más consumen cultura, los que están más digitalizados, los que más dinero mueven en el sector y, también, quienes irán marcando la tendencia de los consumos culturales del futuro. Según el reporte, menos los casos de la radio, el teatro y los diarios, los jóvenes son los que lideran los consumos de los demás productos culturales (cine, TV, internet, videojuegos, recitales, bailes, y también libros y museos).
Con relación al consumo de cine y series, los datos confirman que el consumo joven ha migrado hacia lo digital, aun cuando persisten prácticas propias de contextos pre digitales, como por ejemplo, ver televisión en un aparato de TV (95,9 %) o ir al cine en la sala (51 %). Es notable, sin embargo, cómo ha crecido el consumo de contenidos audiovisuales a través de internet, ya sea a través de la computadora o del más usado celular.
La siguiente Tabla compara los modos de mirar TV por internet o por el aparato televisor para los y las jóvenes, según sector social, de acuerdo con las encuestas realizadas por el SINCA en 2013 y 2017:
Tabla 2. Modos de ver TV de los y las jóvenes en 2013 y 2017 (en %)
| Práctica/ Sector social | MIRAN TV POR INTERNET | MIRAN TV EN EL TELEVISOR | ||
| 2017 | 2013 | 2017 | 2013 | |
| NSE ALTO | 31,6 % | 13,4 % | 72,3 % | 76,5 % |
| NSE MEDIO | 21,7 % | 7,4 % | 65,6 % | 77,8 % |
| NSE BAJO | 21,3 % | 4,6 % | 83,4 % | 86,6 % |
Fuente: Elaboración propia a partir de datos del SINCA (2013; 2017).
Si bien la práctica de ver TV en el televisor y no a través de internet es mayoritaria y en todos los casos más que duplica a la práctica de ver TV por internet, la expansión de esta última práctica es notable en relación con esta modalidad de consumo en el año 2013. En un lapso breve (4 años), la práctica de ver TV a través de internet se quintuplica para el caso de los sectores de ingresos bajos, se triplica para el caso de los sectores de ingresos medios y crece a más del doble para el caso de los sectores de ingresos altos. Al mismo tiempo, el consumo de TV de modo “clásico” (en el aparato TV con o sin servicio de cable) cae levemente en todos los sectores. Mirar TV por internet puede implicar ver en la computadora, en una tableta, en un celular o incluso ver en la pantalla de la TV, pero usando otro dispositivo como fuente.
Los consumos audiovisuales juveniles marcados por lo digital se reparten sobre todo entre Netflix y YouTube, por lejos la plataforma más popular de este tipo de consumo con un 79 % de jóvenes que miran contenidos allí a diario, 40,9 % de modo frecuente. Netflix, que es una plataforma paga, tiene una penetración de 29,7 % en esta franja etaria. El consumo de internet, en general, está casi universalizado: 96 % de los jóvenes se conectan a la red, más del 95 % tiene celular propio y lo usa para conectarse.
Otra fuente de información que completa el panorama de equipamiento y consumos digitales por parte de los jóvenes en la Argentina es el informe sobre Acceso y Uso de Tecnologías de la Información y la Comunicación elaborado a partir de las pruebas Aprender del año 2016, realizadas por el Ministerio de Educación de la Nación. Dicho relevamiento indagó en las prácticas educativas y no educativas de 500.000 estudiantes de los últimos años del nivel primario y del nivel secundario. Se citan a continuación algunos datos que se consideran relevantes sobre los usos no escolares de los y las jóvenes de los últimos años del nivel secundario (5.º y 6.º año), que tienen entre 16 y 19 años.
- De 338.423 estudiantes de los últimos años del nivel secundario relevados, 95,7 % tienen acceso a telefonía celular.
- El inicio del uso de tecnologías digitales como el celular o la computadora se da, sobre todo, a partir de los 10 años: 66,5 % comienza a usar uno u otro dispositivo (o los dos) a partir de esa edad; 27 % comienza entre los 6 y los 9 años; 5,6 % antes de los 6 años y 0,9 % nunca tuvo.
- 88,2 % de los estudiantes del sistema privado y 64,3 % de los estudiantes del sistema público tienen internet en el hogar.
- 48,7 % de los estudiantes tienen un dispositivo portátil y uno de escritorio; 30,9 % tiene solo dispositivo portátil y 20,4 % solo de escritorio.
- 89,3 % de los estudiantes usa internet para estar conectado y enviar mensajes con amigos; 82 % la usa para ver videos y 81,4 % para participar en redes sociales (siendo estos los tres usos más populares de internet que citan en el informe).
El informe sobre usos escolares y no escolares de las TIC elaborado por el Ministerio de Educación (2016) confirma este ecosistema digitalizado y de múltiples pantallas en el que suceden los consumos culturales de los y las jóvenes.
Otra fuente de datos cuantitativos relevante para introducir el universo de acceso y consumo digital de los y las jóvenes es la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) que realiza el INDEC. En el informe Acceso y Uso de Tecnologías de la Información y la Comunicación del cuarto trimestre de 2019 se indaga acerca de los usos de teléfono celular, computadora e internet en 26.940 viviendas distribuidas en 31 aglomerados urbanos que releva la encuesta (INDEC, 2019).
Se constata en el reporte que la población que más usa celular e internet es aquella comprendida entre los 18 y los 29 años, a la vez que afirma que los mayores usos de las tres tecnologías indagadas se observan en la población residente en hogares urbanos que alcanza el nivel superior y universitario (completo o incompleto). En relación con el análisis que se propone en este trabajo, resultan relevantes los datos de la siguiente tabla.
Tabla 3. Uso de las TIC en la población según grupo etario (en %)
Tipo de | Porcentaje de uso según edad | ||||
| 4 a 12 años | 13 a 17 años | 18 a 29 años | 30 a 64 años | 65 años y más | |
Celular | 50,1 % | 88,0 % | 95,9 % | 94,6 % | 67,7 % |
Internet | 72,1 % | 90,7 % | 91,9 % | 85,3 % | 47,7 % |
Computadora | 36,9 % | 56,0 % | 50,7 % | 43,1 % | 19,0 % |
Fuente: INDEC (2019) Encuesta Permanente de Hogares.
Los y las jóvenes de entre 18 y 29 años son la población que más usa el celular e internet, y esos usos también son mayores al 85 % para los casos del grupo etario anterior (13 a 17 años) y posterior (30 a 64 años) que se analizan en este trabajo. Los usos de la computadora son más frecuentes en el grupo de 13 a 17 años, aun cuando alcanzan a la mitad de la población para el grupo de 18 a 29 años.
Tanto la encuesta del SINCA como los datos de la prueba Aprender y los de la EPH permiten concluir que los y las jóvenes viven en un ecosistema de medios digitales altamente conectado. Es dentro de este ecosistema, donde predomina lo digital, el consumo móvil y constante (muchas horas por día), que se realiza el análisis de la información relevada en los focus groups que se presenta a continuación.
IV.3. Conexiones 24/7 y prevalencia del audiovisual
En los tres focus groups, la conexión a internet, más allá del dispositivo, aparece como una constante. Los jóvenes participantes van de una pantalla a la otra, combinando distintos tipos de consumos, entre los que tiene prevalencia lo audiovisual. Estar conectado significa estar online sin interrupciones y haciendo cosas diversas, con frecuencia en simultáneo y, sobre todo, desde el teléfono celular antes que desde la computadora. De hecho, estar conectados es estar conectados en el teléfono siempre, y a veces desde la computadora, desde donde se hacen cosas específicas y sin dejar de lado el teléfono (se detallan estos aspectos más adelante). Estar conectados es, en síntesis, estar en línea. Algunos testimonios lo identifican de esta manera:
Hoy en día internet está muy ligado a esa idea de estar conectados, pero hoy en día. Antes no, es algo muy nuevo. Fue muy rápido. Internet nos conquistó el cerebro a todos, estamos muy conectados entre todos todo el tiempo (Participante, grupo 1).
Si internet es estar conectado, el celular es el dispositivo con mayor presencia en este modo de estar en el mundo, en coincidencia con lo que señalaron los tres grupos de información cuantitativa provistos en el apartado anterior:
Estar conectado es todo lo que tiene que ver con celular, las computadoras se me vienen después (Participante, grupo 3).
El celular, eso es estar conectado, es lo que está siempre al lado tuyo. De lo que estás pendiente (Participante, grupo 3).
Muy pocos participantes señalan que estar conectados refiere a otra cosa que no tenga relación con internet, y que este tiempo nos obliga a pensar las conexiones como digitales. Son muy pocos quienes van más allá de lo digital en relación con lo que significa estar conectado y señalan lo siguiente, con una mirada más autocrítica:
La conexión hoy pasa por comprarte el nuevo celular que vas a estar más conectado o comprarte no sé cuántos gigas, para estar más conectado. Hoy estar conectado es internet, estar en línea, Instagram, Facebook o cualquier red social. Pero en realidad, para mí estar conectado es conectar con la otra persona, otra dimensión, otro nivel más allá de las redes. Puede pasar en las redes o no. Tiene que ver con estar presente en el lugar donde estás, con una persona. Pero hoy pensamos en conectados y en las redes sociales 100 %. Se corta un poco de humanismo, si se quiere. Es parte de una transición. El proceso sigue y a la vez te permite estar más conectado, pero por cómo funcionan algorítmicamente, te permite estar conectado a lo que te gusta. Es como una burbuja, vos tenés un perfil que coincide y te encierra en eso (Participante, grupo 2).
La percepción de que estar conectado puede significar alguna otra cosa que aquella relacionada con internet emerge como una reflexión extraordinaria. De modo coincidente, el tiempo de la conexión es permanente, una modalidad que Crary (2015) llama 24/7 (24 horas, los siete días de la semana): ningún participante puede identificar momentos de desconexión, salvo aquellos que se organizan como tales. Por ejemplo, no ver el celular mientras se estudia (muchas veces se estudia con la computadora), mientras se está con amigos o parejas, en el cine. En todos los casos, los tiempos de desconexión aparecen como algo planificado, esto es, se organizan para no ver el celular (sobre todo) o la computadora por un determinado lapso de tiempo.
—Yo tengo un acuerdo con amigas que ponemos todos los celulares en una mesa y los dejamos ahí, sin usar, por dos horas. Lo hacemos conscientemente, cuando salimos a comer. Los dejamos todos en una pila, en una punta.
—¿Y lo cumplen?
—No, porque siempre una dice “estoy esperando que me busquen”, “no, porque yo tal cosa”. Yo siento que me falta algo, es como un “por las dudas”. Yo siento que no depende de mí, porque una amiga espera algo (un mensaje), o mi mamá que quiere que le avise… No depende solo de mí, también el otro espera algo. Necesita que esté pendiente (Participantes, grupo 3).
Los participantes de los focus groups dicen casi unánimemente que están conectados “todo el día”, sobre todo a través de este aparato que usan aun en clases y toda vez que, haciendo otra cosa, encuentran algunos minutos libres para mirar o postear en alguna red social. Casi todos tuvieron sus primeros celulares entre los 9 y los 12 años, y en muchos casos ya van por su tercer o cuarto celular propio. En algunos casos, fue primero heredado de algún hermano o hermana mayor, o por padres o madres. Quienes comenzaron de modo más precoz, señalan que fue por necesidades de logística familiar (padres separados, seguridad en transporte público), pero en todos los casos fue un trayecto de ida: nunca más se despegaron del celular, que fue ampliando roles y funciones, con el crecimiento de estos chicos y chicas en paralelo al desarrollo de nuevas funciones y posibilidades de estos aparatos.
En este flujo 24/7, en el que el celular está en todos lados (incluyendo el baño y la mesa de luz), las cosas que hacen con el aparato son, por lo general, participar en redes sociales (más mirando que posteando) y acceder a contenidos audiovisuales o musicales, sobre todo usando Spotify (en su versión gratuita, pues ningún participante de los grupos paga la versión premium) y YouTube, la aplicación que “resuelve la vida”, según señala un participante.
Los tutoriales y los videos musicales son los géneros más destacados. Ante la pregunta “¿para qué usan YouTube?”, aparecen respuestas de lo más diversas: música y estrenos de videos; tutoriales de maquillaje, en general, y para Halloween; para abrir un frasco de mermelada; para que mi abuela me haga masajes; para la facultad; para saber cómo instalar cosas, videos, juegos, etc. Un participante resume la centralidad de YouTube del siguiente modo:
Aprendí a cambiar el cuerito. Yo me mudé hace poco y no me morí por los tutoriales. Se me rompía todo, no sabía cómo limpiar cosas. Recetas de todo. Ahora es la nueva tele YouTube. Ves el canal en vivo (Participante, grupo 1).
El consumo audiovisual desde el celular parece estar circunscripto a contenidos breves en YouTube o en redes sociales, como los videos que se ven en Instagram o en Facebook. Cuando de ver películas o series se trata, o de usar Netflix (ver Netflix, como señala Diego Lerer), los participantes afirman que “se pasan” a la computadora, que muchas veces convive en tiempo, espacio y situación de uso con el teléfono.
Todos los participantes tienen computadora propia, en su mayoría laptop, que usan para el estudio y para ver cine y series (nos detendremos en este punto en el siguiente apartado). La mayoría vive con su familia y son pocos los que viven solos o con amigos. Quienes comparten la vivienda con la familia, tienen aparato de TV y cable que pagan padres o madres; y quienes viven solos o con amigos no tienen TV ni cable y sus consumos audiovisuales suceden desde la computadora conectada a internet. En términos de Strangelove (2015), son los no-cord, integran una población que no está interesada en instalar el servicio de cable.
Son muy pocos los participantes en los tres grupos que dicen ver TV de aire o de cable en vivo. Algunos señalan que prenden la TV a la mañana para ver el clima, o que en sus casas la TV está siempre de fondo (indicando la persistencia de esta práctica de background watching que en 1990 describe Lull en sus estudios etnográficos sobre los modos de ver TV de las familias norteamericanas). Solo dos casos afirman ver deportes, el sentido principal de tener un aparato de TV y una suscripción de cable que, de todos modos, paga la familia:
En mi casa no sacamos el cable por el deporte, no hay algo bueno de streaming en deportes, no hay Sportflix. Veo tenis o fútbol u olimpíadas, pero más allá de eso, nunca vi tele, ni veo (Participante, Grupo 2).
Por fuera del deporte, aparecen menciones esporádicas (no más de tres) a noticieros y a canales de cable, como Animal Planet o canales de salud (Home & Health). Se mencionan consumos que se abandonaron por no tener más cable o no ver más TV (Los Simpsons) y solo dos casos dicen ver TV de aire: un participante mira “de reojo” a Tinelli cuando lo miran en su casa, y una participante que dice:
A mí me gusta ver a Mirtha Legrand. Lo digo con orgullo, y siempre se me ríen. Uno crece con personajes de la televisión y siente cercanía. Soy hija única y me crié con mi abuela, siempre era ver la televisión. Me encantan los programas de manualidades o de cocina. Y ahora en la residencia, cuando me levanto, siempre hay un chico que está viendo tele y mira generalmente estos programas que hablan de crímenes y casos así (Participante, Grupo 2).
Más allá de las particularidades, en las opiniones de los tres grupos emerge, sobre todo, que la TV es una tecnología vieja, en desuso:
Yo tengo cable e internet, pero no uso el cable ni tengo la tele enchufada (Participante, Grupo 2).
La televisión quedó desactualizada. Hoy, lo que sea podés verlo en streaming con muchas ventanas al mismo tiempo (Participante, grupo 1).
YouTube como plataforma gratuita ocupa un lugar central en los consumos audiovisuales de los participantes de los grupos, y algo análogo sucede con Netflix como plataforma paga. Netflix es un consumo uniforme: todos los participantes tienen una suscripción, ya sea paga por la familia o paga de modo personal para quienes viven solos. Netflix se ve más desde la computadora personal que desde el aparato de TV, y es un consumo audiovisual central en la vida cotidiana de estos chicos y chicas. En sintonía con lo que señala Lerer, los participantes dicen “ver Netflix”, sin especificar contenidos. Incluso ante la pregunta por si ven televisión, la respuesta mayoritaria es “veo Netflix”. En el próximo capítulo, se describen las prácticas de consumo de cine y series en internet, donde Netflix convive con otros actores.
IV.4. Consumo de películas y series de TV: preeminencia global y saltos entre plataformas
Los participantes de los tres grupos son consumidores intensivos de series de TV y películas. El consumo de películas en el cine es mencionado como una práctica habitual, en sintonía con lo que señala la encuesta nacional de consumos culturales, en la que los jóvenes son el grupo etario que más concurrió al cine en 2017 (51 %), con lo que exhibe una diferencia de más de cinco veces respecto de los adultos mayores de 65 años (10 % es el porcentaje de adultos mayores que fue al cine en 2017), y supera por 15 puntos a los adultos (35,7 %). Sin embargo, son varios los participantes que señalan que buscan ver cine en espacios como festivales –sobre todo, el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente BAFICI– y, en menor medida, en el cine Gaumont, que tiene estrenos nacionales y tarifas económicas.
Todos indican que el ir al cine es algo que les gusta, pero que les resulta caro:
Me gusta ir al cine, pero es carísimo, así que es algo para hacer de vez en cuando, una vez al año, o para algo específico (Participante, grupo 1).
El cine es un ritual, es la salida. Está la comida y los pochoclos, todo eso es “vamos al cine”, pero es caro y hoy podés ver las películas en tu casa (Participante, grupo 3).
Voy al BAFICI o a festivales, y de vez en cuando al Gaumont, que es más barato (Participante, grupo 2).
Los participantes del grupo 3 dicen que van con mayor frecuencia al cine que los otros dos grupos. En algunos casos, tiene que ver con la experiencia del espacio, la oscuridad, el ver en una sala. En otros, es porque se trata de un plan de entretenimiento.
Yo sí voy, no por la pelicula o la calidad del sonido, sino como salida a la noche. Sí o sí voy a comer después. Si no voy a comer, no voy al cine. Para mí es como el plan. Si veo que hay una película buena, o que medianamente me llama la atención, voy con amigos. Si no hay, no voy (Participante, grupo 3).
Como programa de salida o por cierta cinefilia, en todos los casos hay absoluto conocimiento y conciencia de que las películas, si no se ven en el cine, se ven en internet casi en simultáneo que en la cartelera de estrenos.
Yo voy al cine. En general, trato de ir a ver cine nacional o a ver películas que fueron hechas para el cine. Pero si no, las veo en mi casa, las encuentro de buena calidad en internet y las veo (Participante, grupo 3).
La alternativa a lo caro del cine, para quien quiere ver películas, es internet. Ya sea por esperar que se estrene en Netflix o porque se busca en otros sitios pirata. Y aparece aquí un aspecto interesante: ver películas no es lo mismo que ir al cine, y no hace falta, en absoluto, ir al cine para ver películas. Si para las generaciones anteriores una película se asociaba directamente con el paso por el cine, para este público las películas no son necesariamente aquello que pasa por el cine. Todos los participantes afirman que ven muchas películas, pero pocos van al cine, y lo hacen con muy poca frecuencia.
Las películas, junto con las series, integran un mismo universo digital audiovisual, al que se accede desde la computadora o desde la pantalla de TV, que es distribuido por internet y que se navega alternativamente por opciones pagas (Netflix) o de acceso gratuito y de zonas legales grises o directamente ilegales.
Mirar películas y series es una de las principales actividades que se menciona cuando se les consulta a los participantes qué hacen con la computadora. No miran ni una cosa ni la otra en el celular, pero sí es uno de los principales consumos que se hacen desde la computadora. Aquí Netflix parece marcar una agenda en la que se elige qué ver, pero también son estos otros sitios de zona gris, incluso Cuevana, los que aparecen en el mismo ecosistema.
El circuito que describen indica que, si algo no está en Netflix, se busca en otro lado de inmediato. Y si se sabe que no está en esa plataforma, se ingresa directo por estas otras. En este sentido, ante la pregunta acerca de si piratean, todos responden que sí, sin ningún tipo de constricción o evaluación sobre el acto de piratear. Emerge la idea de que en internet está todo, y, por lo tanto, disponible para el acceso, visionado y posible linkeado o descarga.
Es que internet era eso: un lugar en donde accedías a cosas, y si usas Linux más; pero, de repente, están surgiendo cosas que, en lugar de que la gente pueda acceder a cosas que no tienen, las limitan, como Netflix. En realidad, en internet podés encontrar todas las películas, hasta de gente de la UNA (Universidad Nacional de Artes) que sube su película y jamás va a estar en Netflix, pero está disponible. En internet hay un montón de cosas. Yo veo muchas cosas, y no trash, sino cosas que me interesan (Participante, grupo 1).
A la par o como alternativa a Netflix aparecerán nombres como Cuevana, Seriesyonquis, Popcorn Time, búsqueda de torrents en sitios específicos o con una simple búsqueda en Google. Si bien los participantes pagan por consumos audiovisuales digitales, la opción de piratear no es menor. Saben que lo que quieren ver está en internet, y desde allí lo consiguen para verlo.
—Miro muchas series. Las bajo, no las guardo.
—¿Pirateando?
—Sí, bastante, con torrent o descargas directas. Si está para streaming en Netflix, no lo bajo; pero si no está, sí (Participante, Grupo 2).
Uso mucho Cuevana o torrent, para series o películas. Si no la encuentro en Netflix o en HBO, si no está ahí, por algún lado la encuentro. Si no es en Cuevana, está en Pelispedia, en algún lado está, siempre. Si no la encontrás por ningún lado, sabés que siempre está para ver en mala calidad en YouTube, en partes o subtitulada en ruso (Participante, Grupo 3).
Casi ningún participante muestra un interés de tipo fanático o dice participar en redes cerradas que comparten archivos P2P. Salvo un caso que se cita a continuación, ninguno de estos chicos ni chicas archiva, guarda o colecciona contenidos audiovisuales, sino que tienen una relación más casual con la piratería. En relación con las definiciones de Lobato, se trata claramente de una opción de acceso, sin que medien ideales políticos o juicios morales para con el mercado. Piratean para encontrar lo que quieren ver, satisfacen esa necesidad o deseo y siguen con otra cosa.
Con relación a aquello que piratean, se detecta una tendencia hacia consumos internacionales de distribución crecientemente global, no solo estrenados por Netflix, pero siempre lo que podríamos llamar estrenos mainstream. Esta práctica coincide con lo que señala Ernesto Van der Sar y lo que reportan sus informes semanales en el sitio Torrent Freak: las producciones más descargadas de cine y de series coinciden con los estrenos de alcance global en los circuitos comerciales.
En consonancia con estos estudios, solo un participante de los focus groups citó un consumo de cine de autor o experimental que fue específicamente buscado, demoró más tiempo y suspuso el ensamble de subtítulos. Salvo este caso excepcional, las descargas o el streaming por fuera de Netflix en el que se involucran los/as participantes acompañan a los estrenos del mercado. Las series se mencionan como un tipo de contenido notablemente más pirateado que las películas, ya sea a través de descargas o a través de sitios de streaming que permiten ver directamente y con subtítulos, sin necesidad de bajar el contenido.
Pirateo series que son estrenos o que no conseguimos en otros lados. Por lo general, las películas estreno se ven remal y termina siendo mejor ir al cine (Participante, Grupo 1).
Las series son el contenido fuerte de las prácticas de piratería de los y las jóvenes que participan de los grupos: las series son más descargadas o vistas en streaming en plataformas no legales que las películas, y muestran una práctica de visionado con rutinas de seguimiento específicas. Por ejemplo, varios señalan que ven series “retro” o viejas tanto en Netflix como descargadas o en streaming en otras plataformas ilegales, y que las miran como consumo de fan o como TV de fondo.
Una sola participante del grupo 3 tiene una práctica de fandom con la serie Friends: la ha descargado, la archiva y sabe los diálogos de memoria. La ve cotidianamente, “como compañía”.
También aparecen mencionadas con frecuencia series como Grey’s Anatomy y Stranger Things, a las que se accede indistintamente desde Netflix o desde sitios pirata. Y un lugar destacado en todos los grupos lo tiene la serie Game of Thrones, que la mayoría dice ver, aunque muy pocos participantes dicen que su familia paga HBO.
Descargar series completas aparece como una práctica más habitual que verlas desde plataformas de streaming. La dinámica es que se descargan y se miran en uno o dos días, en la modalidad de binge watching que describen Bury y Li (2013). También es mayoritario el consumo de series estadounidenses en primer lugar, y algunas series argentinas –nuevas o viejas– o españolas en segundo lugar:
Yo me bajé Mad Men. También una que ganó todos los premios, pero no está en Netflix. Intento salir de Netflix. Me bajé Popcorn Time, que es como un servidor. Ahí veo también algunas nacionales, Un gallo para Esculapio, que estuvo buena, la última de El marginal, empecé Okupas, que no la había visto nunca (Participante grupo 1).
Si bien Netflix centraliza los consumos, es el modo pirata el que habilita el acceso a otras producciones audiovisuales. Por ejemplo, series argentinas que ya no se programan, como Okupas, una producción del año 2000 emitida por la TV pública; o la más reciente El marginal, que sí está disponible en Netflix, pero se ve descargada. Estas son las dos series de producción nacional que más se mencionan, y nadie refiere a la plataforma Contar (cont.ar), que ofrece estrenos y archivo de producciones de cine y TV nacionales.
Un último aspecto interesante es que ninguno de los participantes de los grupos dice no ver series y son justamente las series las que forman parte de una conversación evidente. No identifican esta práctica como ver TV, sino que la señalan como actividad particular, que se realiza saltando entre plataformas. Si bien pareciera que Netflix es la plataforma de entrada y aunque nadie mencione otras plataformas pagas como Amazon Prime o Apple+, el universo de acceso a los consumos audiovisuales no es exclusivo de Netflix. Las plataformas pirata para descarga o, en menor medida, para streaming aparecen como un actor relevante más dentro de estas prácticas de consumo de cine y series en internet.
Se puede pensar en la emergencia de un patrón a partir de lo relevado en los focus groups: se navega y se mira lo que hay en Netflix o, si hay un interés en ver algo –ya sea por consumo de fan o porque interesa una serie en particular– se lo busca en otro lado. El acceso vía pirata, en el caso de los participantes de nuestros focus groups, es un modo de acceso más, que no se problematiza, no se le teme, no se lo oculta, no avergüenza. Es parte de una estrategia utilitaria centrada en conseguir aquello que se quiere ver, y en el momento y del modo en que se pretende hacerlo. Y tampoco se lo disfraza de otra cosa: todos los participantes entienden por piratear mirar en lugares que no son pagos o descargar contenidos sin pagar, donde sea que los encuentren. No se problematiza ni se reivindica como un acto de resistencia. Es, ni más ni menos, que un modo de ver cine o series en internet.
- El proyecto de investigación bajo el cual se realizaron los focus groups se denomina “Jóvenes conectados: Experiencias y prácticas culturales atravesadas por las tecnologías digitales”. Es coordinado por Patricia Ferrante y Belén Igarzábal, desde el Área de Comunicación y Cultura de la FLACSO. Además de los tres focus groups cuyo análisis aquí se presenta, se realizaron dos más que quedan por fuera: uno con estudiantes extranjeros que cursan una maestría internacional en la sede de FLACSO Argentina; y otro con jóvenes líderes sindicales de la Unión Obrera de la Construcción de la República Argentina (UOCRA), este último realizado en 2019. ↵
- En la página 53, apartado de notas metodológicas, se describe la composición de cada focus group, fecha y lugar de realización. ↵
- Un estudio de esta naturaleza se llevó a cabo en Suecia en el año 2011 y tuvo alcance global. Liderado por la Universidad de Lund y en alianza con el sitio The Pirate Bay, activaron durante tres días una encuesta online en inglés (el sitio cambió su nombre temporalmente por The Research Bay) que obtuvo más de 75 mil respuestas de jóvenes de todo el mundo. El instrumento intentaba medir cuestiones vinculadas al anonimato, a la frecuencia de uso de la plataforma pirata, al rol que asumían los usuarios (consumidores o proveedores de contenidos, comentaristas, curadores) y la evaluación de esa práctica (la cuentan a amigos, a madres o padres, les da temor o no). Los datos relevados están disponibles en una base abierta de Info justice (De Kaminski, 2013) y a partir de ellos se han realizado diferentes estudios e investigaciones. Véanse, por ejemplo, Svensson y otros (2013); y Larsson et al. (2012).↵
- Se detallan las dimensiones relevantes para el análisis que se presenta en este trabajo. La guía de pautas incluyó otras, como uso de redes sociales, compras online, cocina y turismo, que no se tienen en cuenta porque no son pertinentes para el caso. ↵
- La Encuesta Nacional de Consumos Culturales es realizada por el Ministerio de Cultura de la Nación desde el año 2013, en el que estableció el Sistema de Información Cultural de la Argentina. En el 2017, por primera vez, se realizaron informes específicos a partir de los hallazgos del Informe Nacional: el que aquí se analiza es el que se elaboró en relación con los consumos culturales de los jóvenes como grupo etario. Los otros informes especiales fueron sobre los consumos de adultos mayores, sobre los consumos según variable género y sobre cultura comunitaria.↵






