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Función paterna e Inteligencia Artificial

Eleonora D’Alvia

1. Introducción

La propuesta del presente escrito es introducirnos en la problemática de la Inteligencia Artificial, cómo comenzó, cuál es su lógica y cuáles, por lo tanto, sus limitaciones respecto de lo que los seres humanos podemos hacer. Se nos hace imprescindible interrogar acerca de sus limitaciones, dado que la Inteligencia Artificial se nos presenta como lo ilimitado.

Me propongo pensar sobre las tecnologías de Inteligencia Artificial, el uso que se está haciendo de ellas en Occidente y algunas de las consecuencias que ya se empiezan a vislumbrar en la salud mental de la población expuesta. En definitiva, aportar algunos elementos acerca de las cuestiones éticas que nos plantean los desarrollos de la Inteligencia Artificial hoy, y que nos interpelan como sociedad.

¿Hasta qué punto la máquina y su lógica sintáctica nos son ajenas? ¿Qué hay de nosotros en la Inteligencia Artificial, de lo que somos como humanidad?

Jacques Lacan es quien, contando ya con los desarrollos de la lingüística, explicita, subraya y recorta de la obra de Sigmund Freud el concepto de “significante” como materialidad con la que opera el inconsciente, donde el sujeto es su efecto. En el año 1955, en el contexto de su seminario 2: “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica (1954/1955)”, da una conferencia que titula “Psicoanálisis y cibernética, o de la naturaleza del lenguaje”. En ella, establece como su interlocutor al libro de Norbert Wiener Cibernética, o el control y comunicación en animales y máquinas, del año 1948.

Siguiendo entonces en parte los planteos de Lacan y su lectura de Wiener, pero también acudiendo al texto del considerado fundador del nuevo campo de la cibernética, me propongo situar el lenguaje de la cibernética en el que se sostiene la Inteligencia Artificial.

El psicoanálisis y la cibernética giran en torno al lenguaje. Son dos disciplinas creadas y desarrolladas durante el siglo XX. Ambas han tenido enorme influencia en conformar la vida contemporánea tal como la vivimos hoy. Pero, desde la formulación misma de sus relaciones con el lenguaje, se ratifican las diferencias.

La cibernética estudia funciones de control (fenómeno interno) y comunicación (fenómeno externo) de un sistema (ya sea físico o social), siempre en relación con una posición de gobernanza. El término proviene del griego y se refiere al arte del timonel de un barco. Tiene muchas aplicaciones, pero aquí vamos a atenernos a lo que plantea Wiener respecto del lenguaje computacional, el código en torno al cual se construyen todos los desarrollos digitales que englobaremos con el término de “Inteligencia Artificial”, ya que hoy resulta improbable que no estemos tratando con una Inteligencia Artificial cuando nos hallamos en el entorno digital.

En cambio, el psicoanálisis está construido como una cura en torno al inconsciente, que está estructurado como un lenguaje, pero no lo es.

¿Lo simbólico con lo que opera la cibernética es el mismo simbólico del que hablamos cuando hablamos del sujeto del inconsciente? Con relación a esta pregunta, se juega el supuesto principal que guía el presente escrito y que, por tanto, quiero poner a prueba al articularla aquí. El punto de partida es que ambas lógicas son diferentes, y que es fundamental sostener esa diferencia, ya que nos va a permitir, al situar al ser del sujeto humano, tal como lo concibe el psicoanálisis, tomar una posición ética frente a esta nueva tecnología. Frente al atropello de la técnica que se impone, poder plantear un límite ético, que resguarde, como de la ética de la práctica analítica se trata, una ética que resguarde el lugar del sujeto del deseo del inconsciente.

Me propongo diferenciar lo simbólico humano del significante desnudo, materialidad de la palabra sin sujeto, significante inerte, mortificado.

El aspecto clínico del asunto está situado en construir una correlación entre la técnica moderna como imposición (de la cual la Inteligencia Artificial sería su último gran logro), según lo interpreta Heidegger en su conferencia “La pregunta por la técnica” de 1953 (Ge-Stell es traducido por imposición en la traducción del filósofo argentino Adolfo P. Carpio, que es mi referencia en este trabajo), y la mortificación que produce el lenguaje en el viviente. Dicha mortificación queda encarnada en el ser humano en la instancia psíquica del superyó.

En el ejercicio de tomar la palabra, el sujeto se dirige al Otro, al Otro de lo simbólico, además de dirigirse a su partenaire. Cuando estamos dirigiéndonos a una Inteligencia Artificial, ¿está en juego esa dimensión de la palabra? Uno de los fenómenos llamativos es que uno tiende, en tanto profiere significantes dirigidos a la Inteligencia Artificial, a hacerlo un otro. Se tiende a convertirlo en un otro, pero ¿aparece allí la palabra en su dimensión simbólica? 

2. Psicoanálisis y cibernética

Dijimos que el famoso libro de Norbert Wiener, Cibernética (1948), tiene por subtítulo O el control y comunicación en animales y máquinas. En efecto, el término cibernética está referido a una teoría de la transmisión de mensajes entre personas y máquinas vinculados al control.

Wiener nos introduce en la cibernética relatando que nace a partir de desarrollos realizados en relación con la armamentística durante la Segunda Guerra Mundial, a partir del uso de una máquina para desarrollar los complejos cálculos que permitan predecir el movimiento del avión de modo tal de poder lanzar el misil de manera eficaz.

Wiener propone reducir cualquier mensaje a una serie de ceros y unos. Cualquier mensaje. Esta reducción hace posible su manipulación a través de cálculos estadísticos predictivos.

La cibernética se propone también como solución al antiguo problema de la entropía de los sistemas energéticos, donde, en el uso de la energía del ser vivo, hay cierta pérdida de energía que no llega a utilizarse. La idea de la cibernética es eliminar esa dimensión de pérdida y de creciente desorganización, ya que la información solo puede aumentar, y dicho aumento de la información favorece la cada vez mayor organización del sistema. Se evitaría así que esa organización termine por desorganizarse y desaparecer (podría pensarse así la muerte de un ser vivo).

La computadora que propone Wiener debe ser una máquina lógica y a la vez aritmética que combine las contingencias con arreglo a un algoritmo sistemático. Para ello, le parece necesario basarse en una aritmética binaria, una dicotomía, la opción entre el sí y el no, la opción entre pertenecer a una clase o estar fuera de ella:

Por lo tanto, todos los datos, numéricos o lógicos, introducidos en la máquina, deben adoptar la forma de un conjunto de opciones entre dos alternativas, y todas las operaciones que se realicen con los datos adoptan la forma de elaboración de un conjunto de nuevas opciones dependientes de un conjunto de opciones anteriores (Wiener, 1948, p. 161).

La cibernética surgió de reducir lo simbólico a dos elementos esenciales.

… tales funciones constituyen un conjunto lineal extremadamente simple. Se observará que esta propiedad es intrínseca a la linealidad, es decir, que podemos reducir todas las oscilaciones de una determinada frecuencia a una combinación lineal de dos. Es esta propiedad concreta la que aporta la utilidad del análisis armónico en el tratamiento de las propiedades lineales de los circuitos eléctricos (Wiener, 1948, p. 163).

Si cualquier cosa puede escribirse en términos de 0 y 1, pregunta Lacan, ¿qué falta para que surja la cibernética? Tomar algo en lo real que pueda soportarlo. El hombre siempre buscó unir lo real al juego de símbolos. Pero los símbolos quedaban en el lugar donde estaban destinados a estar, sumergidos en ese real; podía creerse que no eran más que su marcación. La novedad está en que, con la existencia de la máquina, se les permite a los significantes volar con sus propias alas. Gracias a la máquina, el significante se autonomiza de su soporte vivo. Y esto gracias a un aparato simple, al alcance de la mano: una puerta. Una puerta no es algo totalmente real. Puede estar abierta o cerrada. Es del orden del significante. Cuando se cierra, se cierra el circuito y, cuando se abre, el circuito se interrumpe. Se genera así el circuito eléctrico.

La cadena de combinaciones posibles puede ser estudiada como un orden que subsiste en su rigor, independientemente de toda subjetividad. En la Inteligencia Artificial, el símbolo se encarna en un aparato que no se confunde con este. Se encarna de una manera transubjetiva. Puro significante. En ella, la noción de mensaje no tiene un sentido, es una serie de signos. Una pura sintaxis. Dicha sintaxis es un comando. Impone un circuito a la información. Y un resultado.

El inconsciente propiamente dicho también es cifra sin sentido, pero de un modo diferente. El sujeto se ve interpelado por una ley que no puede comprender. Esta ley es la forma de una palabra que está en el límite del sentido y el sinsentido, la cual no puede no ser problemática.

Heidegger, en una conferencia que dio en Atenas en 1967, “Sobre la proveniencia del arte y la determinación del pensar”, aborda la cuestión de la cibernética. Pone el acento en que la cibernética trata al mundo de lo animado y al mundo de lo inanimado con el mismo cálculo.

En el mundo representado en forma cibernética desaparece la diferencia entre la máquina automática y los seres vivos. Esta es neutralizada en el proceso indiferenciado de la información. El proyecto cibernético del mundo, “el triunfo del método sobre la ciencia”, hace posible una calculabilidad general y uniforme y, en ese sentido, universal, es decir: la dominación del mundo inanimado y animado. A esta uniformidad del mundo cibernético es remitido también el hombre. Incluso de un modo destacado (Heidegger, 1967, p. 6).

Esta diferencia que hace el autor entre el ser vivo y la máquina apunta a destacar algo de la condición humana que no está sujeto a cálculo alguno, que excede todo cálculo. Querer reducirnos a lo calculable es un modo de hacernos callar. Veamos cómo esta equiparación se formula en Cibernética:

Un hecho relevante es que los sistemas nerviosos humano y animal, que, como sabemos, son capaces de funcionar como un sistema de computación, contienen elementos idealmente adecuados para actuar como relés. Estos elementos son las denominadas neuronas o células nerviosas, que, aunque muestran unas propiedades bastante complejas bajo la influencia de corrientes eléctricas, en su funcionamiento fisiológico ordinario se ajustan mucho al principio «todo o nada», es decir, que están en reposo o que, cuando se “disparan”, pasan por una serie de cambios casi independientes de la naturaleza e intensidad del estímulo. Primero se produce una fase activa, transmitida de un extremo a otro de la neurona con una velocidad determinada, y a ésta sucede un período refractario durante el cual la neurona es incapaz de ser estimulada o, en cualquier caso, incapaz de ser estimulada por ningún proceso fisiológico normal. Al final de este período de resistencia, el nervio permanece inactivo, pero puede volver a activarse por efecto de estímulos. Por lo tanto, podemos considerar el nervio como un relé con dos estados principales de actividad: disparo y reposo (Wiener, 1948, pp. 162-163).

En su seminario 2 dedicado al yo, Lacan habla de la máquina y de la influencia del advenimiento de la máquina en el pensamiento acerca del cuerpo. El cuerpo que estudia la medicina está pensado al modo de una máquina, el modelo es una máquina y sus partes. La biología también está construida a partir de pensar lo biológico como maquínico. Por eso quizás no es extraño para muchos el paralelismo que construye Wiener entre el aparato del sistema nervioso y el aparato de la computadora.

Lacan plantea que el juego del significante puede reducirse a un juego de ceros y unos, un juego de presencia/ausencia fundamental para el registro del significante como tal, y que está vinculado a esta organización de a pares del significante, aunque no todos los significantes entran en esa regla.

Y ahí se hace necesario explicitar la diferencia entre la lógica del inconsciente y la lógica de la cibernética. La primera siempre está en relación con el acto del sujeto; la segunda justamente está hecha para desprender a lo simbólico de su relación con el sujeto, al hacerse transubjetiva.

El inconsciente es la operación del sujeto. El inconsciente es un saber del cual el sujeto puede descifrarse. Y es un saber en acto, en el acto de no saberlo, en el acto del habla. Solo después sabré, una vez que haya hablado. Es la puntuación la que hace posible ese efecto de significación retroactivo. La poesía sería la forma escrita que más se acerca al acto mismo del habla.

La operación de la ciencia exacta, en cambio, va en la misma dirección que el número, a reducir la apertura del significante para su manipulación. Podemos decir que la ciencia exacta haría un tratamiento del significante opuesto al tratamiento que le da la poesía, que va justamente en la dirección de intervenir sentidos coagulados, para abrir brechas en esa pared de sentidos, abre cancha para que el sujeto del inconsciente haga lo suyo.

El trabajo del inconsciente opera una transformación en la relación con ese saber que nos atormenta, introduciendo una novedad que reconfigura las relaciones de goce que dicho saber comporta.

Si definimos al saber en relación con el goce, está muy claro que la máquina calcula, pero no sabe.

Si retomamos lo que antes extrajimos del texto de Wiener, podemos observar que la operación que realiza la cibernética respecto del lenguaje es del orden de la reducción. Reduce el lenguaje a sus mínimos términos lógicos. He ahí todo el aporte que puede hacer la máquina, pero también toda su limitación. ¿Se trataría de que la máquina desarrolle la capacidad metafórica del sujeto, o su utilidad radica precisamente en lo que esa simplificación nos permite manipular?

Por intermedio del 0 y el 1, connotación presencia-ausencia, en la cibernética se puede representar todo lo que se presenta, todo lo que fue desarrollado en las matemáticas. Dice Lacan en el Seminario 2:

Nos hallamos, pues, ante la problemática situación de que, en definitiva, hay una realidad de los signos en el interior de los cuales existe un mundo de verdad completamente desprovisto de subjetividad, y de que, por otra parte, hay un progreso histórico de la subjetividad manifiestamente orientado hacia el redescubrimiento de la verdad, que está en el orden de los símbolos (Lacan, 1954-1955, p. 423).

Este fragmento parece situar para nosotros las dos nuevas ciencias del siglo XX, como si una fuera la contracara de la otra. El psicoanálisis sitúa al sujeto del inconsciente por fuera de la lógica positivista y genera, en ese movimiento, un nuevo modo de abordar la condición humana. Un abordaje a través de la palabra que extrae las consecuencias de que el ser humano es un parla-ser, un ser que habla, un ser anudado al destino de lo simbólico que lo atraviesa. Esta operación quizás hace posible separar los significantes de su soporte corporal, como algo radicalmente diferente de él. Si, por un lado, no podemos situar al ser del sujeto sin valernos de los significantes que profiere, de sus actos de habla, esta posibilidad de conceptualizar el significante como separado del cuerpo tiene una indudable relación con la lógica de la cibernética. La cibernética hace posible vincular a los significantes, ya no en su relación con la dimensión simbólica de la vida humana, sino como un desprendimiento real de aquella. En ese sentido, las IA serían un nuevo real.

Estos restos reales desprendidos del acto de habla que les dio origen son escritura que dejó de estar sobre el soporte de un libro para ser leída, para pasar a estar encarnada en un aparato que profiere significantes, los cuales –no casualmente– en su mayoría son órdenes. Lacan los llamó “letosas”, son el último grito de la tecnociencia capitalista: el superyó/ideal del yo, autonomizado, a cargo de encarnar al nuevo líder de las masas que quedan capturadas bajo su hipnosis. Su poder hipnótico es el poder hipnótico del significante mismo, sobre todo cuando se presenta en su faz absoluta, como significado completo.

En este seminario dedicado al yo, Lacan va señalando varias cuestiones interesantes en relación con las máquinas, de las cuales está plagada su exposición a lo largo de ese año.

Al ser exteriorización del aparato significante, la máquina logra un avance en la vía de la abstracción, ya que el juego del puro significante se independiza de su soporte vivo y, por lo tanto, consigue autonomizarse de los sujetos que la inventan. La tecnociencia avanza en la dirección de pretender eliminar al sujeto del deseo inconsciente. Pero el desprendimiento de la cadena significante de su soporte vivo hace de dicha cadena autonomizada una versión del significante mortificada, inerte.

Algo de lo vivo se sustrae a la cadena significante en sí. Algo de lo vivo no termina de ser significado por el significante. La naturaleza de lo vivo es diferente de la naturaleza del significante.

Esta brecha es uno de los nombres que podemos darle a la castración a la que se refiere el psicoanálisis. La castración decisiva en la clínica es la castración del Otro del lenguaje, el registro de que el significante no puede significarlo todo. Es en esa brecha donde habita el sujeto del deseo inconsciente.

El psicoanálisis nace para curar el padecimiento que el discurso de la ciencia moderna, en cuanto discurso montado sobre el rechazo del sujeto de la castración, produce sobre el ser humano.

El argumento de Wiener elide la diferencia entre el ser vivo y la Inteligencia Artificial. En ese esfuerzo creo que se extravían muchos de los nuevos desarrollos de la Inteligencia Artificial. Porque lo que se olvida es que detrás de la máquina hay seres humanos que programan, que defienden intereses. La pregunta que realizar, entonces, sería qué nuevos padecimientos genera la Inteligencia Artificial hoy.

3. Cibernética y psicoanálisis en relación con lo real

“Simbólico”, “imaginario” y “real” son las tres dimensiones que delimitó Lacan para poder hablar del sujeto hablante, sujeto del deseo del inconsciente. Lo real es para Lacan sobre todo lo imposible, lo imposible de significar. Lo simbólico está en relación con el campo del significante. Lo imaginario está en relación con el cuerpo y el yo, Lacan sitúa a los animales en este registro de lo imaginario como principio orientador. En el encuentro que Lacan (1954-1955) le dedica a la cibernética, sostiene lo siguiente: “La cibernética es una ciencia de la sintaxis, y su función es que nos demos cuenta de que las ciencias exactas no hacen otra cosa que enlazar lo real a una sintaxis” (Lacan 1954-1955: 450).

Este enlace entre una sintaxis y lo real indica necesariamente una brecha entre ambos órdenes, el orden de lo real respecto de la sintaxis que la ciencia exacta desarrolla con el objetivo de manipular objetos a través de la tecnología extractivista que le es propia como lógica intrínseca.

Heidegger, como Lacan, da cuenta en su discurso del impacto ocasionado por el libro de Wiener. En la ya mencionada conferencia pronunciada en 1953, toma el ejemplo de la central hidroeléctrica, que nos puede servir para pensar la irrupción de la Inteligencia Artificial en nuestra vida cotidiana hoy en día.

La central hidroeléctrica está puesta en la corriente del Rin. La requiere [a la corriente] para que aporte su presión hidráulica […]. La central hidroeléctrica no está construida en la corriente del Rin como el viejo puente de madera, que desde hace siglos enlaza una orilla con la otra. Más bien, el río tiene el paso obstruido en la central de electricidad. Lo que ahora es como río, a saber, como abastecedor de presión hidráulica, lo es por la esencia de la central. […]. Pero el Rin sigue siendo, por cierto, se argüirá, el río del paisaje. Puede ser, pero ¿cómo? No de otro modo que como objeto de visita, que puede ser encargado mediante una agencia de viajes que ha establecido allí una industria de vacaciones (Heidegger, 1953, pp. 14-15).

Heidegger define a la técnica moderna del modo siguiente: “El desocultar que impera en la técnica moderna es un provocar que le exige a la naturaleza suministrar energía que como tal pueda ser extraída y almacenada” (Heidegger, 1953, p. 14).

Si reemplazamos la palabra “energía” por la palabra “información”, la frase heideggeriana sigue dando cuenta de nuestro presente. La Inteligencia Artificial se nos “impone” y, por lo tanto, nos interpela. Se ha vuelto algo que ha reconfigurado nuestra realidad. Ha transformado e invadido nuestro territorio y a nosotros mismos, dado que ahora nuestra existencia ha tomado un nuevo sentido: adiestrar a la Inteligencia Artificial, generar, a medida que desarrollamos nuestra vida, informaciones que alimentan a la Inteligencia Artificial. Somos doblemente explotados por la Inteligencia Artificial, así como el río es doblemente explotado. La Inteligencia Artificial, a través de nosotros, “aprende” a hacer nuestro trabajo, para que después las empresas que son sus propietarias puedan ofrecer a la Inteligencia Artificial como un producto del mercado.

Sin embargo, la interferencia de la técnica ya no se da en algo exterior a nosotros como un río, sino que esa corriente de información pasa a través de nosotros mismos, modificando nuestro modo de pensar, de procesar lo que está sucediendo. Algunos lo llaman colonización algorítmica, invitándonos a preguntar si el producto no seríamos nosotros mismos, nuestros propios pensamientos condicionados por la tecnología digital. La problemática mayor es que corremos el riesgo de terminar sometiendo nuestro pensamiento a la lógica digital, lo cual aumenta los grados de mortificación en la civilización contemporánea.

El filósofo chino Yuk Hui, en su libro La pregunta por la técnica en China, de 2024, hace una oportuna crítica al texto heideggeriano.

La técnica moderna se presenta en el texto heideggeriano como la culminación necesaria de la esencia de la técnica, como un universal. Esto tiene como consecuencia que la crítica que desarrolla su pensamiento sobre la tecnología termine desembocando en volverse contra la técnica misma. Hui pone en cuestión que el pensamiento acerca de lo que es la técnica pueda ser uno y universal. Propone pensar toda técnica como cosmotécnica, en el sentido de estar siempre articulada a una determinada cosmología: “Y la técnica entendida de este modo –como una categoría ontológica– debe ser interrogada, como argumentaré, en relación con una configuración más general, con una ‘cosmología’ propia de la cultura a partir de la cual surgió” (Hui, 2024, p. 24).

El pensamiento occidental se jacta justamente de prescindir de las cosmogonías, de los mitos, de desarrollar una objetividad” que le permite pensarse como universal. Sostiene Hui que “la concepción errada según la cual la técnica puede ser considerada una especie de universal sigue siendo un enorme obstáculo para entender la condición global-tecnológica” (Hui, 2024, p. 26).

Las técnicas son prácticas, un saber-hacer en relación con lo que nos rodea, pero que depende de la cosmología que sostiene dichas prácticas: “… la cosmotécnica es la unificación del orden cósmico y el orden moral por medio de actividades técnicas” (Hui, 2024, p. 34).

Occidente, para Hui, tiene una cosmotécnica naturalista que consiste en hacer una separación tajante entre naturaleza y cultura. Yuk Hui no propone regresar a las cosmotécnicas perdidas por la intervención de la colonización de Occidente, por la modernidad, sino reinventar una cosmotécnica que haga posible reconciliar la técnica con la naturaleza.

Propone superar la oposición habitual entre técnica y naturaleza, encontrando allí una unidad original: “El pensamiento técnico y científico surge bajo condiciones cosmológicas que se expresan en las relaciones entre los seres humanos y sus medios, que nunca son estáticos. Por esta razón, quisiera llamar cosmotécnica a esta concepción de la técnica” (Hui, 2024, p. 32).

Lo esencial de la cosmovisión occidental sería la creencia de que la idea está por encima de la vida y debe prevalecer sobre ella. La abstracción prevaleciendo sobre la vida. He aquí una cosmología cuyo origen sitúa en el pensamiento griego de Platón: la idea como soberano bien.

La técnica moderna como imposición es el desarrollo tecnológico acorde a esa cosmología. El psicoanálisis ubica la prevalencia de lo superyoico como lo propio de nuestro tiempo, encarnación de la faz mortificante del significante. El psicoanalista Fernando Ulloa desarrolló un concepto para hablar de este fenómeno: “Cultura de la mortificación”. Cuando nos preguntamos por los efectos de estas tecnologías en la salud mental de la población, tenemos que considerar, sobre todo, que apunta directamente a mortificar al sujeto.

Estaríamos, entonces, no ante una posmodernidad, sino ante una hipermodernidad: la utopía del ser humano moldeado psíquicamente al modo de una máquina, la cual se presenta como la que reúne el saber universal. La herencia occidental proviene de la idea platónica y de la cama de Procusto. La realidad debe estar a la altura de la idea. Hay en ese forzamiento una violencia que se ejerce sobre la otredad y al mismo tiempo un rechazo de la diferencia entre el uso del significante y lo que el significante quiere significar sin alcanzarlo del todo. Un rechazo a la existencia de lo real que escapa a la significación.

Las Inteligencias Artificiales se proponen igualar el mapa y el territorio, pero, si su objetivo es reducir todas las oscilaciones de determinada frecuencia a una combinación lineal de ceros y unos, entonces habrá indefectiblemente una brecha entre el registro significante cibernético y lo real. Algo del registro de lo real se sacrifica para poder formular una representación acabada y manipulable, capaz de convertirse en dato estadístico.

Nos encontramos entonces ante el significante radicalizado en su faz mortificante, reducido a ser un dato positivo sobre un soporte material que no se confunde con él. Este significante, desprendido de la materialidad del ser vivo que le presenta un límite, se presenta como lo ilimitado.

Al no tener la máquina la limitación que se plantea al ser vivo, la máquina es ilimitada en su error. Es por ello que pongo en serias dudas esta aspiración del fabricante de Inteligencia Artificial de que su producto pueda reemplazar al trabajador humano. Las empresas, incluso las reparticiones públicas, pueden hacerlo, de hecho, ya lo hacen en cuanto prescinden de atender a la realidad, es decir, prescinden de brindar el servicio que es su función brindar. Es un verdadero destrato, ya sea para el usuario o para el ciudadano.

La propuesta de reemplazar al ser humano por un robot es mortificante para la condición humana, cruel, si el ser humano no es quien manipula la máquina. Si la máquina es la que decide, entonces, ¿qué lugar hay para el ser humano? ¿Solo el lugar de estar sometido a las decisiones de la máquina? Se encubre, en primer lugar, que la sintaxis del algoritmo responde a determinada cosmología e incluso a determinados intereses. Y todavía se encubre algo más. Los resultados que las IA brindan se sostienen en trabajadores humanos, que son los que “limpian” los datos para alimentarlas. Milagros Miceli, socióloga e informática que investiga la vida laboral de los etiquetadores de datos de la Inteligencia Artificial (Instituto Alemán de Internet e investigadora principal del Dair Institute), denuncia que más de 400 millones de personas en el mundo alimentan, moderan y corrigen la Inteligencia Artificial, con sueldos miserables y trabajos precarios (ref. Información brindada por Faro Digital, ONG dedicada a la construcción de cuidados y ciudadanía digital desde la educación, la comunicación y la investigación).

4. Función paterna e invención

El psicoanálisis pertenece como ciencia a una estirpe diferente. Nace como cura para el padecimiento que genera la modernidad. Su técnica se basa en hacer lugar a lo que el pensamiento positivista occidental deja de lado, descarta. Es una práctica que hace lugar a aquello que no se puede manipular, que escapa al pensamiento racional. En definitiva, hace lugar a aquello que hace límite al mundo convertido en datos. Su práctica se dirige a lo real que ha quedado innominado.

Lo real es parte inherente del sujeto del deseo inconsciente. En efecto, en la última parte de la obra de Lacan, el sujeto del inconsciente se lee como un nudo, nudo que anuda a través del agujero de la operación de la castración. A través del agujero, pueden anudarse los tres registros: simbólico, imaginario y real. Lacan señala que las tres dimensiones son fundamentales para referirnos al parla-ser. Si ese anudamiento se deshace, entonces el sujeto pierde su soporte material. Queda desgajado de lo simbólico, como mártir del significante. Este saber hacer nudo a partir de la castración es lo que Lacan va a denominar “sinthome”. Este sinthome mantiene unidos los tres registros, el sujeto se sostiene desde el agujero. Este sinthome es del orden de la invención. Lacan también lo llamó “función paterna”.

La técnica analítica se basa justamente en invertir el dispositivo médico, propio del pensamiento occidental. El que sabe no es el psicoanalista, el saber queda del lado del analizante, es algo por producir. El analista está allí para causar la invención del analizante, que es la que produce los efectos curativos.

Tanto en el seminario 2, “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”, como en el 21, “Los no incautos yerran”, Lacan pone el acento en la importancia de lo imaginario respecto de pensar los efectos de lo simbólico en el humano. Sin lo imaginario, estaríamos expuestos a la cadena significante sin puntuación. Lo imaginario y lo real acotan los efectos mortificantes de la pura cadena significante, en cuanto hay nudo. Sin el nudo, el sujeto queda expuesto a los fenómenos reales del significante, y queda perturbada su relación con lo simbólico.

Es indudable que somos nosotros quienes aportamos el sentido. En todo caso esto es seguro para una gran parte de las cosas. ¿Pero se puede decir que todo lo que circula en la máquina no tiene ninguna clase de sentido? Seguramente no en todos los sentidos de la palabra sentido, porque para que el mensaje sea mensaje es preciso no solamente que sea una serie de signos, sino que sea una serie de signos orientados. Para que funcione según una sintaxis, es preciso que la máquina siga un determinado sentido. Y por lo tanto, no es absolutamente riguroso decir que es el deseo humano el que, por sí solo, introduce el sentido en el interior de este lenguaje primitivo. La prueba está en que de la máquina no sale nada que no sea lo que esperamos de ella. Es decir, no tanto lo que nos interesa como lo que hemos previsto. Ella se detiene en el punto donde determinamos que se detendría, y que ahí se leería cierto resultado (Lacan, 1954-1955, p. 451).

El modelo de la máquina no sería entonces el inconsciente, sino el yo. La máquina es un ideal del yo y está al servicio del superyó. La máquina fascina al yo, realiza el ideal de un yo sin sujeto y sin cuerpo vivo, en definitiva, un yo sin división. La captura del yo en la hipnosis de la masa se da hoy, sobre todo, en relación con las nuevas tecnologías que funcionan imponiendo una cantidad de ideales acerca de lo que vale la pena vivir, sentir, además de pensar y ser, etc. El efecto que producen es el de un tóxico adictivo que mantiene al sujeto mortificado, en repliegue.

Es el sujeto del inconsciente el que inventa, el que piensa. Pero no es el cerebro el que piensa, el pensamiento está vinculado directamente a su ser corporal. Lacan decía que él pensaba con los pies. El pensar está intrínsecamente vinculado a su vivir en comunidad, se produce entre los sujetos, entre las conversaciones.

¿Con qué tenemos que vérnosla en el sujeto humano que se dirige a nosotros? El psicoanálisis todo se basa, precisamente, en el hecho de que sacar algo válido del discurso humano no es una cuestión de lógica. Es detrás de este discurso, que tiene su sentido, donde buscamos, en otro sentido, el sentido y precisamente en la función simbólica que a través de él se manifiesta. Y lo que ahora surge es también otro sentido de la palabra símbolo. Aquí interviene un hecho inestimable que la cibernética pone en evidencia: hay algo que no se puede eliminar de la función simbólica del discurso humano, el papel que en ella desempeña lo imaginario (Lacan, 1954-1955, p. 451).

El sentido consiste en que el ser humano no es el amo del lenguaje. Fue arrojado a él, metido en él, está apresado en el engranaje significante, que lo hace padecer. El hombre no es aquí amo en su casa, hay todo un articulado significante que lo sobredetermina, que preexiste a su nacimiento, al cual él habrá de integrarse y que reina por medio de sus combinaciones.

La máquina falla, en cambio, el hombre se equivoca, y es en la equivocación donde acontece la invención:

Lo que en una máquina no llega a tiempo cae, simplemente, y no reivindica nada. Falla. En el hombre no sucede lo mismo, la escansión tiene vida, y lo que no llegó a tiempo permanece suspendido. De esto se trata en la represión (Lacan, 1954-1955, p. 454).

La relación fundamental del hombre con ese orden simbólico es precisamente aquella que funda el orden simbólico mismo: la relación del no ser con el ser.

El deseo causado por una pérdida inaugural interviene transformando lo pulsional. Entendemos por “pulsional” el eco del significante en el cuerpo que se hace circuito incesante, sin puntuación.

En definitiva, se trata justamente de encontrarse con el límite del significante para significar la vida, eso que es del orden de lo real y nos sobrepasa. Esa constatación por intermedio del análisis cura, alivia, reduce los efectos mortíferos del significante.

El riesgo es que, en las máquinas, dichos efectos mortíferos no tienen el contrapunto de lo imaginario y de lo real. En la lógica de los datos, no es posible registrar el no dato, la castración, la articulación que produce el agujero. Anteriormente hemos mencionado que esa dimensión de la entropía en el ser vivo, de lo que se pierde viviendo, es lo que la cibernética elimina.[1]

Contrariamente a lo que generalmente se cree, para Lacan, lo imaginario es una dimensión en el ser hablante tan importante como las otras dos, lo simbólico y lo real. Lo imaginario no solo son los fenómenos especulares, también es una intuición de lo que hay que simbolizar, algo para masticar, “para pensar”, como se dice. Está en el lugar de causar el decir, porque es lo aún no simbolizado. Y es también un vago goce: el vago goce de la libertad posible, siempre parcial, que me distancia del determinismo significante, un “No soy eso”, que alivia. Tanto el sujeto del inconsciente como el deseo no se subsumen en los significantes en los cuales encuentran apoyatura.

La cibernética computacional es una cifra precisa, sin ambigüedad; va en la dirección de completar su circuito. A través de sus aplicaciones en nuestra vida cotidiana, se evidencian los efectos del significante sobre el sujeto cuando no está descompletado del saber. Lo imaginario es lo que detiene el desciframiento, es el sentido. Es preciso detenerse en alguna parte, e incluso lo más pronto que se pueda, porque esa detención va a producir un silencio, el efecto de sentido, la puntuación.[2]

La invención se produce desde el agujero. Sin agujero, sin conexión entre lo simbólico, lo imaginario y lo real, no hay invención.

5. Algunas conclusiones

Nos encontramos entonces analizando dos formas de tratar al significante. La cibernética, base de la Inteligencia Artificial, trabaja con la lógica del significante en su doble reducción como número, en el sentido de su univocidad, y a la vez en su reducción a lo más básico del significante, que es cero y uno, presencia y ausencia. El dato solo puede ser cero o uno, blanco o negro, etc., etc. No hay allí lugar para la ambigüedad del no saber, para el decir una cosa y al mismo tiempo estar diciendo otra. La cibernética es transubjetiva, se autonomiza de cualquier sujeto. Al tener un soporte maquínico, se universaliza. Dicha pura abstracción tiene ventajas en cuanto a las posibilidades de cálculo y acumulación de información. Imbatible en el ámbito de la abstracción para cualquier ser humano.

La existencia humana, en cambio, requiere del hábitat que le brinda el significante en toda su ambigüedad, el saber-hacer con la lengua del parla-ser es un saber-hacer vinculado a la singularidad de esa existencia ahí, un instante. Solo hay sujeto en acto, solo hay acto de un sujeto. Pero el sujeto no es un individuo, sino que está tramado en la comunidad hablante de la que emerge como un efecto de la trama, como el hongo del micelio que lo sustenta.

Hay un proyecto colonial de los sectores de poder que sostienen todo el desarrollo digital como arma de guerra. Múltiples ejemplos aparecidos en los medios dan cuenta de que las IA están formadas en ciertos ideales que se corresponden con intereses corporativos, donde son instrumentos particularmente aptos para propiciar dictaduras y autoritarismos, lejos de propiciar una sociedad más democrática. Basta constatar cuáles son los discursos predominantes en las redes sociales, los que se propagan a mayor velocidad. El avance del discurso de una solución fascista a la conflictividad contemporánea es pan de todos los días. Pareciera que la lógica binaria no es lo más adecuado para poder conversar. Por el contrario, es el vehículo perfecto para la imposición fascista, ya que la lógica del fascismo es una lógica binaria: sometedor/sometido.

Pero me pregunto si pueden ser unas pocas personas las dueñas de las corporaciones que deciden sobre estas cuestiones, vinculadas con la externalización de funciones significantes: tales como qué aplicaciones para el celular y en función de qué, o cómo instruir a una IA y para qué.
¿Cómo algo tan decisivo en la conformación de la vida contemporánea y que tiene efectos directos en la salud mental de la población puede ser secreto y casi no legislado?

La Inteligencia Artificial es un hecho, una realidad insoslayable. Y puede ser un instrumento invaluable para resolver problemas. Pero no puede sustituir el acto de un ser humano. Son dos dimensiones que no deberían enfrentarse en competencia. Porque son dos dimensiones del significante, el del ser vivo y el de la pura abstracción, que pertenecen a dos órdenes diferentes. Legislar sobre los usos que se proponen para la Inteligencia Artificial se hace imprescindible; en principio, debería estar penado que se quiera sustituir un trabajador por una Inteligencia Artificial. Ya que todo trabajador ha de poder ser responsable de sus actos, pero ¿quién toma la responsabilidad sobre las decisiones de la Inteligencia Artificial?

Si las multinacionales que promueven la Inteligencia Artificial la proponen para sustituir puestos de trabajo, entonces la Inteligencia Artificial se ha convertido en una amenaza. De repente, te das cuenta de que te pusieron a alimentar al monstruo hasta que sea lo suficientemente grande como para comerte. Secretismo y explotación. Lo ilimitado.

Como dicen Miguel Benasayag y Ariel Pennisi en La inteligencia artificial no piensa (el cerebro tampoco), frente a las Inteligencias Artificiales que se presentan como una potencia ilimitada, la reacción general no ha sido que ahora somos más poderosos, sino que más bien ha surgido la pregunta: “Y entonces, yo, ¿qué puedo?”.

Este mundo digital presentado como un simbólico universal y plano que se presenta sin falta, sin tachar, le cierra el camino al sujeto.

Estamos siendo disminuidos en nuestro ser cuando se nos compara con una Inteligencia Artificial.

Eric Sadin, en su libro La era del individuo tirano, se dedica a presentar cómo se promueve la infantilización del individuo en las diferentes aplicaciones del celular. Se dedica a estudiar cómo insidiosamente estos robots, las distintas aplicaciones de los teléfonos inteligentes, cada uno con una Inteligencia Artificial que las asiste, se van instalando en nuestras vidas con nuestra anuencia. Se presentan como asistentes solícitos y dadores fáciles de placer narcisista. Poco a poco, las distintas formas de Inteligencia Artificial nos proponen librarnos de nuestras pequeñas decisiones diarias, dado que la Inteligencia Artificial conocería qué es conveniente para nosotros más que nosotros mismos.

¿Adicción o colonización? Resignados. Anestesiados, congelados en un presente continuo. Neurosis actual. En ese estado no es posible darse cuenta del propio padecimiento, en medio de la desorientación. Somos un producto de la mortificación digital que está vinculada a esta relación que nos propone el aparato robot inteligente con el Uno de la totalidad, eximiéndonos en su universo del Uno de la diferencia. La hipnótica propuesta de un significado sin fisuras emitido desde la convicción cultural de que la idea debe prevalecer sobre la vida. Así, el significante IA/Google, etc., se impone desde el lugar del ideal del yo, y produce dos fenómenos correlativos: por un lado, la conformación de masas hipnotizadas, inertes frente a un significante que ejerce una fascinación paralizante y las reduce a verdaderos autómatas, meras terminales emisoras de lo Uniforme; por otro, el rechazo del Otro de la diferencia, aquel que presentifica la castración e interroga la cadena de certezas sobre la que se sostiene una vida mortificada, resignada a recibir verdades consideradas más perfectas que las propias. Quizás las condiciones reales de vida entre autómatas mortificados en una encerrona sin salida es lo que propaga el fascismo. ¿Cómo vamos a combatir políticamente en defensa de nuestros puestos de trabajo si sometemos nuestra vida diaria al veredicto de las Inteligencias Artificiales, si no alimentamos lo que nos diferencia de ella, el saber-hacer con la práctica del decir en el encuentro con los otros, diferentes, cuyas palabras no están escritas aún en ninguna parte?

El fascismo pareciera ser el modo de gobierno más afín al sistema capitalista en su lógica binaria de explotadores y explotados, quizás matriz de la técnica como imposición.

Pareciera que cada vez más se prescinde de la apertura de lo simbólico, puesta en cuestión de los significados. En ese encierro con las pantallas, el Uno de la totalidad, superyó, ideal, es un puro significante que se impone, que nos arrasa, y a la vez nos remite a la lógica de un mundo inexistente, retocado a gusto del consumidor. El ideal que propicia lo digital se vuelve una exigencia sin puntuación, allí es donde se producen los fenómenos de especularización, actos de violencia contra sí o contra otros, que prevalecen hoy en muchos ámbitos institucionales y sociales vinculados con el autoritarismo de querer imponer una realidad inexistente. Si la dimensión significante no se vuelve algo totalmente mortificante y arrasador del sujeto viviente, es en cuanto está en juego, en su transmisión, el deseo del Otro, un Otro tachado por ser justamente deseante.

Si queremos atender a la realidad, no podemos delegar las decisiones en ninguna máquina, por más información que pueda acumular y procesar.

Se vuelve de vital importancia para el futuro de nuestras comunidades que la Inteligencia Artificial se sostenga desde el colectivo humano del que es un efecto, en vez de que su desarrollo esté en manos de unos pocos en detrimento de muchos. De ahí la importancia de democratizar el acceso a los algoritmos que sostienen las diversas aplicaciones, y de las IA en particular. Pero se hace necesario formar personal humano capaz de ejercer esas funciones de control, hay que hacer una inversión en la formación de los jóvenes para que puedan ser partícipes activos y calificados acerca de la dirección en que estos nuevos instrumentos de la cultura vayan a desarrollarse, en vez de padecer de sus efectos en posición de consumidores.

Miguel Benasayag y Ariel Pennisi, en el libro antes citado, nos hacen un aviso que despierta: que el humano abandone una función cediéndosela a la máquina tiene como consecuencia que se atrofien las regiones del cerebro que se ocupaban de dicha función. Decía Lacan, cuando se lo preguntaban, que no creía en el progreso, porque lo que el humano gana por un lado, lo pierde por el otro.

El problema es que nos dibujen la jaula y después nos quieran convencer de que somos esos barrotes. Y lo que queda por fuera de ellos no existe. Es imprescindible y urgente dar la batalla acerca del acceso a todos los códigos de la Inteligencia Artificial que se usan con nosotros, para poder comenzar a intervenir en ellas, deberían ser de código abierto y control público. Así como está funcionando hoy, si no le hubieran puesto “Inteligencia Artificial”, le podrían decir “colonialismo del interior” o “del intelecto”.

Un dispositivo que, si no funciona adecuadamente, no importa. No importa que el chatbot (que uno encuentra cada vez que accede a páginas que corresponden a servicios públicos de diversa índole, entre otros) sea mucho peor atendiendo al público que cualquier ser humano (habiendo un enorme problema de desempleo en la población). Importa que prevalezca lo abstracto del robot por sobre la vida del sujeto que emerge de la comunidad. Si el ser humano no se somete a la lógica del robot, no podrá hacer el trámite. Se presenta como un modo más del ejercicio de la colonización.

¿Sería posible, a partir de poner en cuestión esta cosmología occidental implícita, pensar la técnica de otro modo, como cosmotécnica, como unión de teoría y práctica, una forma de vida que mantenga la coherencia de una comunidad? Sostener nuestras prácticas vitales, nuestra vocación, el lazo social que nos hace sujetos del deseo, del decir, que va más allá de los significantes que le dan soporte, se hace una estrategia de supervivencia imprescindible en los tiempos que corren. Prácticas de la palabra que hagan que el significante diga otra cosa que lo que dice, a la vez más y menos de lo indicado por el sentido común digitalizado. Un saber-hacer que nos abra a la belleza de vivir en comunidad con la vida de la que somos parte sin saberlo.

Bibliografía citada

Benasayag, M. (2019). La singularidad de lo vivo. Buenos Aires: Prometeo.

Benasayag, M. & Pennisi, A. (2023). La inteligencia artificial no piensa (el cerebro tampoco). Buenos Aires: Prometeo.

Carbone, R. (2024). Lanzallamas, Milei y el fascismo psicotizante. Buenos Aires: Debate / Penguin Random House.

Heidegger, M. (1953). La pregunta por la técnica. Revista Época de Filosofía, año 1, número 1, pp. 7-29, traducción de Adolfo P. Carpio.

Heidegger, M. (1967). La proveniencia del arte y el destino del pensamiento. Conferencia traducida por Breno Onetto Muñoz, Santiago, Chile.

Hui, Y. (2024). La pregunta por la técnica en China. Un ensayo sobre cosmotécnica. Buenos Aires: Caja Negra Editora.

Lacan, J. (1954-1955). Seminario 2. “El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica”. Buenos Aires: Paidós.

Lacan, J. (1973/1974). Seminario 21. “Los no incautos yerran”. Buenos Aires: Paidós.

Malabou, C. (2024). Metamorfosis de la inteligencia. Del coeficiente intelectual a la inteligencia artificial. Santiago de Chile: Palinodia Editorial.

Sadin, E. (2022). La era del individuo tirano. El fin de un mundo común. Buenos Aires: Caja Negra.

Ulloa, F. O. (2012). Novela clínica psicoanalítica. Historial de una práctica. Buenos Aires: Libros del Zorzal.

Wiener, N. (1985) [1948]. Cibernética o el control y comunicación en animales y máquinas. Barcelona: Tusquets Editores.


  1. Un ejemplo interesante de la función de la entropía en el ser vivo es el que me dio el psicoanalista Juan Eugenio Rodríguez cuando conversábamos de un caso clínico. Es la entropía la que hace que las células tengan incluida en su información su propia muerte. En el cáncer, lo que sucede es que es la muerte de la célula lo que está cancelado. Esta no muerte que se replica es lo que genera el tumor: “El rechazo de la muerte de la célula es lo que entroniza la pulsión de muerte” (J. E. Rodríguez).
  2. Recuerdo una anécdota que contaba Fernando Ulloa acerca de su experiencia en el ámbito universitario. Estaba dando un teórico, un aula llena de 300 personas. Pasa por allí el decano de la facultad y no escucha absolutamente nada. Impactado, decide entrar al aula y pregunta: “¿Qué están haciendo en silencio?”. Y Ulloa le responde: “Estamos pensando”. A lo que el decano replica: “¿Aquí, en la universidad?”.


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