Alejandro Boverio
1. Introducción
Si nos interesamos por los desarrollos actuales de la Inteligencia Artificial, es porque llevan al extremo ciertas tendencias en la tecnología que ponen en riesgo la democracia tal como la hemos conocido hasta hace poco en nuestras sociedades contemporáneas. Que la democracia se encuentra en peligro en Occidente no es una novedad, pero su agostamiento en la actualidad está llegando a niveles impensados hasta hace apenas unas décadas. La tesis que pretendemos sostener en el presente trabajo es que la Inteligencia Artificial como tal no implica un salto cualitativo en el desarrollo de la técnica contemporánea y de la técnica en general, sino una sofisticación de un proceso que viene de antiguo y que se remonta a lo que Lewis Mumford denominó “megamáquina”. Luego de desarrollar lo que significó dicha máquina de poder, que tuvo su apogeo con la antigua monarquía egipcia hace cinco mil años, y que fue una gigantesca organización técnica de una masa humana que llevó a la construcción de las enormes pirámides de Egipto, trazaremos una comparativa entre dicha megamáquina y la idea del Leviatán como máquina política en Hobbes. Retomaremos las críticas que Schmitt dirige a Hobbes en lo que él denomina una fisura de su sistema en relación con la distinción entre foro interno y foro externo, en función de resguardar la reserva de credo de la interioridad privada que, a la postre, significó la muerte del Leviatán.
Creemos que la Inteligencia Artificial, con sus desarrollos más avanzados, tiende a perfeccionar el esquema de la megamáquina mumfordiana y de la máquina política hobbesiana, en términos de los modos de organización futura de la sociedad, pero también con el peligro de un dominio total de las conciencias (la eliminación schmittiana de la diferencia entre foro interno y foro externo), con lo que ello implica para nuestras democracias contemporáneas.
2. La megamáquina
No hay que esperar al desarrollo técnico moderno de maquinarias que llevó adelante la llamada Revolución Industrial para encontrar el modelo arquetípico que está en su base y que funciona incluso desde mucho antes que la téchne griega. En El mito de la máquina, Lewis Mumford (2010) denomina a ese modelo maquínico primigenio “megamáquina” y sitúa su génesis hace cinco mil años en el contexto de las antiguas monarquías “divinas” como la del Antiguo Egipto. Con el concepto de “megamáquina”, Mumford pretende definir una estructura social y técnica que integra a los seres humanos como componentes funcionales de un sistema de organización jerárquico, centralizado y masivo que llevó adelante tareas de ingeniería que no tienen nada que envidiarles a las máximas hazañas de la técnica contemporánea. Esta megamáquina no se reduce a una infraestructura material –que de hecho no tiene y por ello es una “máquina invisible”–, sino que su fuerza radica en la combinación de aparato técnico y aparato humano, subordinados ambos a una lógica de control y planificación total. Y, en efecto, el uso de la palabra “máquina” para referirse a esta poderosa construcción no es un juego lingüístico en cuanto constituye el engranaje humano en donde las funciones de cada uno de los individuos están reguladas de manera minuciosa y permanente, como parte de un mecanismo cuya decisión está centralizada en la cúspide, en la figura absolutista del rey, y constituye un instrumento capaz de crear proezas: “En la construcción de las pirámides, encontramos no solo la prueba indiscutible de la existencia de tales máquinas, sino también la prueba imponente de su asombrosa eficacia” (Mumford, 2010, p. 316).
Esta capacidad de la megamáquina de reducir la complejidad humana a funciones específicas, instaurando la permanencia de las funciones establecidas por la cima del poder, implica la eliminación del juicio, la creatividad y la libertad individual en aras de la eficiencia del todo. La megamáquina no podría haber surgido en el marco de una democracia, solo puede entenderse su origen como efecto de un poder absolutista.
3. El Estado, un autómata
Es conocida la argumentación hobbesiana en favor de que la vida en comunidad no es natural, sino “por artificio”. Esa Inteligencia Artificial que es el Estado para Hobbes aparece trazada en las primeras líneas del Leviatán: “La Naturaleza (el arte con que Dios ha hecho y gobierna el mundo) está imitada de tal modo, como en otras muchas cosas, por el arte del hombre, que éste puede crear un animal artificial” (Hobbes, 2017, p. 29).
El mecanicismo hobbesiano relativiza de alguna manera la diferencia entre vida y artificio. En la vida puede ver un mecanismo y en el artificio ver un organismo:
Y siendo la vida un movimiento de miembros cuya iniciación se halla en alguna parte principal de los mismos ¿por qué no podríamos decir que todos los autómatas (artefactos que se mueven a sí mismos por medio de resortes y ruedas como lo hace un reloj) tienen una vida artificial? ¿Qué es en realidad el corazón sino un resorte; y los nervios qué son, sino diversas fibras; y las articulaciones sino varias ruedas que dan movimiento al cuerpo entero tal como el Artífice se lo propuso? (Hobbes, 2017, p. 29).
Dada esta equivalencia entre organismo y mecanismo, Hobbes puede pensar al Estado como un hombre artificial, creado por el hombre a su imagen y semejanza, un autómata cuya alma artificial es la soberanía, que le da vida y movimiento. La idea del Estado como autómata pretende resaltar el carácter de constructo contra la tradición que pensaba al Estado en una continuidad con la naturaleza. Pero no solo para refrendar su origen, sino también para mostrar que el Estado debía ser creado para durar más allá de toda vida orgánica, una “artificial eternidad de vida” que evite recaer en un nuevo estado de guerra.
4. ¿La destrucción del autómata político?
Carl Schmitt, quien apuntó que Hobbes fue quien en el siglo XVII utilizó por primera vez la figura del autómata para pensar el Estado, sostiene en su interpretación del sistema hobbesiano que la construcción artificial del Estado tiene como objeto primordial garantizar la protección, y tal protección tiene como contrapartida obediencia absoluta al soberano por parte del súbdito. La megamáquina mumfordiana y el autómata hobbesiano coinciden en el hecho de que existen como tales a partir de la sumisión absoluta de los individuos. Cada individuo tiene que permanecer en la posición que el engranaje de la maquinaria estatal supone para cada quien.
Hay un paso metafísico decisivo para Schmitt en relación con la concepción del Estado hobbesiano en cuanto autómata, una tesis sorprendente según la cual todo desarrollo tecnológico posterior no sería más que un proceso lineal y progresivo dado de suyo:
Con la concepción del Estado como producto artificial del cálculo humano se da el paso decisivo. Lo demás, a saber, el desarrollo desde el mecanismo del reloj a la máquina a vapor, al motor eléctrico, al procedimiento químico o biológico, se origina por sí mismo en el ulterior desarrollo de la técnica y del pensamiento científico natural y no necesita nuevas decisiones metafísicas (Schmitt, 2004, p. 99).
La eternidad de Leviatán, para Schmitt, tuvo su límite en la diferenciación entre el foro interno y el foro externo del individuo, presente a su juicio solo secundariamente en Hobbes, diferenciación que fue creciendo en el pensamiento filosófico y cultural a partir de allí y que provocó en el siglo XVIII la muerte del Leviatán: “La distinción entre interno y externo fue para el Dios mortal la enfermedad que lo condujo a la muerte” (Schmitt, 2004, p. 141). Es el Leviatán como magnus homo, y no como máquina, el que muere. Para Schmitt, en el siglo XVIII, muere el alma de la máquina. Si habían coexistido perfectamente en el siglo XVII las ideas de máquina, alma y creación artística en la figura del Leviatán hobbesiano, en el siglo XVIII el alma del Leviatán muere dejando solo una cáscara vacía, la de un Estado administrativo y burocrático, técnicamente neutral con un sistema legal positivista, una machina legislatoria. Así, el Estado absoluto del príncipe es reemplazado en el siglo XIX por el Estado burgués de derecho. Es la muerte del, por así decirlo, autómata político.
5. La resurrección del autómata
Tanto la democracia liberal como el marxismo bolchevique, señala Schmitt, consideran al Estado como un instrumento técnico neutral, y ello es consecuencia del proceso de la autonomización de la máquina que se hizo independiente de todo fin y de toda verdad: “De este modo se ha cumplido un proceso de neutralización, iniciado en el siglo XVII, que culmina consecuentemente en la tecnificación general” (Schmitt, 2004, p. 105). El autómata propiamente político ha muerto y ha quedado un autómata despolitizado. El momento político de la máquina se ha neutralizado volcándose al ámbito económico. ¿Es la máquina económica la que gobierna el presente? Es posible. Pero ese economicismo automático, ¿no tiene en sí mismo una cierta politicidad? ¿En qué medida el proceso de debilitamiento de las máquinas de los Estados nación ha vuelto posible la repolitización de un autómata económico más allá de las diferentes naciones?
A diferencia de lo que suele pensarse en torno al proceso de tecnificación, que a primera vista podría ser el de una neutralidad política, hacia fines del siglo XX y a comienzos del siglo XXI se muestra, por el contrario, el crecimiento de una repolitización del autómata, pero ya a niveles trasnacionales. Aquel abismo que se había abierto entre interno y externo, y que había matado el alma política del Leviatán, empieza a cerrarse nuevamente, en la época actual, a fuerza de la tecnificación contemporánea. La Inteligencia Artificial aparece entonces como el modo en que el pensamiento de la máquina pretende ser uno y el mismo con el pensamiento de los individuos. La tendencia, ya existente en los desarrollos contemporáneos de la Inteligencia Artificial, es anular la brecha entre pensamiento público y pensamiento privado perfeccionando el sistema del autómata hobbesiano que había sido herido de muerte.
6. La Inteligencia Artificial, la nueva megamáquina
El retorno de la megamáquina procede de la mano de la Inteligencia Artificial. Las democracias contemporáneas, frágiles como las conocemos, en donde con todas sus deficiencias hemos sabido vivir la libertad como individuos, están en una sombría transición hacia un nuevo tipo de megamáquina en donde el sometimiento y la sumisión pretenden ser totales. Dicha megamáquina ha tomado la forma de la Inteligencia Artificial, que procede a dominar no solo el pensamiento de las grandes mayorías, sino directamente la vida en su totalidad. En efecto, es la vida cotidiana la que comienza a estar dominada por la máquina, que nos dice qué nos conviene hacer, por dónde nos conviene ir, qué debemos consumir. Pero no es algo que, como se intentaba mentar con la idea de la sociedad de consumo, signifique solamente la unidimensionalidad mercantilista de la vida. La megamáquina de la Inteligencia Artificial se caracteriza por predefinir nuestras opciones, por vigilar y controlar hasta el límite nuestros gustos, por guiar nuestras acciones. La diferencia con la megamáquina antigua es que la servidumbre ahora está completamente interiorizada en las conciencias, se anula cualquier brecha entre interioridad y exterioridad, y la dominación pasa a ser total. Es la sociedad de control llevada a sus últimas consecuencias.
En la fase superior de la megamáquina, a través de la Inteligencia Artificial y su racionalidad algorítmica, la servidumbre al poder tiene la apariencia de absoluta libertad, justamente porque cada acto individual coordinado por el engranaje inteligente de la megamáquina brota espontáneamente de los individuos. La retroalimentación entre conciencia individual e Inteligencia Artificial constituye una sofisticación de la megamáquina en cuanto permite la interiorización de la dominación que en la Antigüedad se ejercía fundamentalmente de manera exterior, aunque aquel autómata político antiguo tenía en la cima de la pirámide a la divinidad, que era la que interiorizaba exteriormente la obediencia. La obediencia funcionaba como sacrificio en virtud de la salvación. En Hobbes procedía exactamente de la misma forma. La megamáquina contemporánea de alguna manera invierte el sometimiento que va, por así decirlo, desde adentro hacia afuera, en la medida en que la retroalimentación de la Inteligencia Artificial opera no en bloque frente a la vida, sino infinitesimalmente con cada acción humana y su despliegue.
7. ¿Cuáles serán las futuras pirámides?
La máquina neutralizada que invoca Schmitt, desplegada fundamentalmente en los siglos XIX y XX, en un proceso de secularización que coincide con los períodos democráticos de Occidente, parece cargarse nuevamente de política, esto es, de divinidad, hacia fin del siglo XX y comienzos del XXI. Pareciera que los últimos dos siglos han sido una especie de impasse del autómata político que retorna con fuerza a través de la Inteligencia Artificial.
Si bien el capitalismo ha sido considerado como un tipo de religión, la “religión” utilitarista es mundana y, en verdad, la divinidad bien entendida es trascendente. Que el autómata se vuelva a cargar de política significa que se vuelve a cargar de divinidad, esto es, de una verdad trascendente. ¿Cuál es la divinidad que retorna con la Inteligencia Artificial?
La pirámide social en esta megamáquina contemporánea se ha vuelto cada vez más empinada, y en la cima se ubican, como los nuevos grandes faraones, los líderes emprendedores de la Inteligencia Artificial. No son ellos los nuevos dioses, ni tampoco sus plataformas computacionales, sino aquello a lo que apuntan que está fuera del mundo, que lo trasciende.
Aquello que en el pasado era liderado por los Estados, la conquista del espacio, parece tomar el relevo por parte de los magnates de la Inteligencia Artificial. La divinidad entonces no será una verdad específica que trascienda, pero acaso sea, ahora, la búsqueda por fuera del mundo, y a través de la técnica en el espacio, de vida, o al menos algún lugar supraterrenal en el que alguna vez pueda habitar el hombre. Los cohetes espaciales que habiliten la conquista del espacio exterior se avizoran como las nuevas pirámides en la búsqueda de una respuesta al misterio que significa el cosmos. Miramos por las plataformas algorítmicas los despegues de cohetes espaciales con el mismo asombro con el que aún nos impactan las pirámides de Egipto. Es su señalamiento hacia arriba, al misterio, lo que vuelve a cargar de divinidad al autómata político más allá de cualquier Estado a través de la megamáquina contemporánea.
Bibliografía citada
Hobbes, T. (2017) [1651]. Leviatán. O la materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil. México: Fondo de Cultura Económica.
Mumford, L. (2010). El mito de la máquina. Técnica y evolución humana. Logroño: Pepitas de Calabaza.
Schmitt, C. (2004). El Leviatán en la doctrina del Estado de Thomas Hobbes. México: Distribuciones Fontamara.






