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Introducción

De monstruos, prodigios y fantasmas

Samuel M. Cabanchik

En su notable Espacio e inteligencia, Arturo Ardao desarrolla una amplia y profunda diferenciación entre razón e inteligencia, en cuyo contexto afirma: “… la llamada ‘Inteligencia Artificial’ debió –debe– llamarse ‘razón artificial’: algorítmica mediante, es la razón, no la inteligencia, la que viene siendo ensayada por las computadoras” (1993, p. 157). A tres décadas de esta propuesta, nos preguntamos: ¿estamos tan solo ante una cuestión de nombres –con todo lo significativo que la nominación puede llegar a ser– o ante una indicación estratégica, orientadora para una meditación filosófica sobre el impacto civilizatorio que parece estar adquiriendo, con velocidad vertiginosa, el conjunto de emplazamientos y procedimientos tecnocientíficos abarcados por ese popularizado sintagma nominal?

En la distinción y aún oposición referida, Ardao sostiene que la inteligencia incluye, pero sobrepasa a la razón, en cuanto no se reduce a la conectividad lógico-matemática, sino que nace y crece, como en su elemento, en el espacio-tiempo, rodeada por un “halo semántico” –atravesada por el lenguaje en cuanto discurso, precisamos por nuestra parte–. En la perspectiva del filósofo uruguayo, su raíz –nuestra raíz, claro– es corporal, y su competencia implica imaginación, instinto, intuición, juicio crítico, sentimiento y subjetividad, todo lo cual puede resumirse en la idea de un ser capaz de tener experiencia.

Ahora bien, si la razón, integrada originariamente a la inteligencia en su modalidad humana, es desarraigada de esta para autonomizarse en algoritmos que sustituyen a la matriz de origen, se vuelve a la vez urgente y fundamental preguntarnos si asistimos a una transformación abierta al horizonte de una evolución de lo humano que lo potenciaría en términos de un nuevo estadio civilizatorio –poshumano o transhumano–, o bien, por el contrario, se trata de una paradójica regresión que destituye al mundo en beneficio de circuitos fragmentarios en los que la vida queda asediada por composiciones maquínicas que la confinan a nichos inhabitables.

Paradójica regresión en el sentido de que, por la vía del artificio tecnocientífico, el animal humano ya no reencontraría esa fragilidad y precariedad que lo expuso a tener que inventarse mundos, sino que quedaría sometido a un régimen en el que su propio engendro técnico oficiaría de naturaleza, pero no ya actuante desde el interior de su propia existencia, sino de un modo enteramente extrínseco, como si se tratara de una entidad radicalmente extraña.

Mas nuestro propio interrogante, ¿no configura un fantasma, es decir, una aparición que atemoriza y a la vez fascina en la noche? ¿Acaso no podríamos descifrar en esa aparición amenazante el signo profético de un prodigio? ¿O más bien sería reconocible en la Inteligencia Artificial la ambivalencia de un monstruo en cuya mirada nos aterroriza nuestra propia deformidad, pero en la que también se esconde una providencia benéfica?

En el presente libro, el lector encontrará, desplegadas en extensión y profundidad, estas y otras indagaciones valiosas, ejercidas con compromiso y sentido críticos, que se demoran en reiterar y precisar terminologías relevantes, definiciones conceptuales y criterios ponderados, con pertinente y rico manejo de fuentes bibliográficas tanto actuales como clásicas.

Mencionamos la ambivalencia de la figura de lo monstruoso. Con respecto a ello, Ana Laura Vallejos señala que puede considerarse, a propósito de la razón artificial –como se ve, asumimos la corrección de Ardao–, que su sueño produce monstruos en dos sentidos: el de adormecer a la razón humana, alienando nuestras formas de vincularnos interpersonalmente y deshumanizando los modos de producción económica, o bien generando expectativas sobre los beneficios que esta nueva herramienta representa como hito en la historia del desarrollo técnico humano.

Por su parte, Carlos Montemayor señala que tanto las narrativas pesimistas como las optimistas sobre la Inteligencia Artificial la conciben como monstruosa. En su propio análisis, la monstruosidad radica en atenazarnos con una paradoja: aquella según la cual, en su desarrollo acelerado alimentado por la promesa de aumentar indefinidamente nuestro conocimiento, la Inteligencia Artificial en verdad reduzca o anule el núcleo normativo que le es propio, condenándonos al fracaso intelectual, personal y colectivo.

El elemento normativo es la piedra de toque de esta perspectiva crítica epistémica, como también lo es en la propuesta del ensayo de Eduardo Bianchini, quien no solo retoma clásicos de la filosofía de la ciencia para mostrarlo, sino que también destaca el vínculo esencial que la cuestión del conocimiento tiene, bajo esta luz, con las dimensiones jurídica y política. Y lo hace refiriéndose a los peligros que encierra el abandono de la noción de causalidad por parte de la producción de los saberes algorítmicos computacionales y su reemplazo por meras correlaciones probabilísticas, lo que implica un abandono de la pretensión de fundamentación que caracteriza al saber científico, y converge con los límites que se requieren en la toma de decisiones políticas y el ordenamiento jurídico.

En cuanto a la evaluación política de ciertos efectos de la Inteligencia Artificial para establecer el estado de las cosas de la sociedad en su dimensión comunitaria, Alejandro Boverio ve una amenaza cierta para la democracia, entendiendo que los dispositivos tecnocientíficos funcionan como un Leviatán algorítmico, una megamáquina que “se caracteriza por predefinir nuestras opciones, por vigilar y controlar hasta el límite nuestros gustos, por guiar nuestras acciones”. En este sentido, agrega que, a diferencia de la megamáquina antigua, “la servidumbre ahora está completamente interiorizada en las consciencias, se desanda cualquier brecha entre interioridad y exterioridad, y la dominación pasa a ser total. Es la sociedad de control llevada a sus últimas consecuencias”.

Observamos que los alcances de la Inteligencia Artificial se presentan en todos los planos en los que discurre la reflexión filosófica: el antropológico, el ontológico, el cognoscitivo y el político, pero también el lingüístico, como desde su comienzo nos propone el trabajo de Adrián Cangi a partir de estos cuestionamientos:

… las preguntas políticas que nos interrogan en el “presente”–definido como un tiempo de mutación antropológica tecnoestética– para poder comprender la noción de Inteligencia Artificial generativa, poseen dos caras: ¿cómo funciona la lógica lingüística operativa, sobre una concepción universal de lenguaje, para fabricar las conductas concretas que produce la Inteligencia Artificial? y ¿cómo opera la capacidad de aprendizaje, de patrones y estructuras de datos, que luego generan nuevos datos por matrices de analogía cognitiva?

Sobre la base de estos planteos, el autor avanza en un diagnóstico del que realiza un amplio despliegue en vena deleuziana y que consigna en estos términos:

Vemos cómo estas dos preguntas se vinculan con la idea política de que el capitalismo no es un “modo de producción” como lo conocimos en las lógicas modernas, en tanto […] “red de redes” algorítmicas, entendida por sus “efectos” axiomáticos, desadherentes, modularizados y dividuales, que afectan a un conjunto de dispositivos estructurales y simbólicos.

También Eleonora D’Alvia pone en el centro de su análisis al lenguaje, pero desde el muy pertinente ángulo psicoanalítico, tomando como fuentes principales los aportes de Lacan y de Ulloa. Remontándose al clásico de Norbert Wiener sobre la concepción cibernética, la autora nos invita a preguntarnos qué hay de nosotros, los hablantes, en la Inteligencia Artificial, para señalar que el código binario de 0 y 1, de cierre y apertura de circuitos, expulsa o deja fuera al sujeto del inconsciente, pues

la operación que realiza la cibernética respecto del lenguaje es del orden de la reducción. Reduce el lenguaje a sus mínimos términos lógicos. He allí todo el aporte que puede hacer la máquina, pero también toda su limitación. ¿Se trataría de que la máquina desarrolle la capacidad metafórica del sujeto, o su utilidad radica precisamente en lo que esa simplificación nos permite manipular?

En el horizonte de las ruinas de un mundo que supimos habitar, se densifica un ambiente en el que los puntos de apoyo que acompañan la historia humana desde tiempos muy remotos flaquean o desaparecen. Así, las tres dimensiones en las que se articulaba el ser mismo, Mundo, Hombre y Dios, se hunden en el olvido. Ya escuchamos el pregón de las muertes de lo divino y de lo humano, y con la absorción de lo mundano en la matrix global y masiva de la Inteligencia Artificial, aquellos puntos de apoyo ya no nos sostienen.

Sin embargo, con su ensayo Shirly Catz nos invita a pensar si el modo en que nos vinculamos con la Inteligencia Artificial, el peso con el que esta gravita en nuestras vidas no constituye una nueva religión, para responder positivamente. En efecto, nos dice:

… se trata de una religión en sí misma, con el mismo tipo de estructura y el mismo grado de entidad que las religiones tradicionales. A ella solicitamos nuestras curas, nuestras predicciones, nuestros perdones. Incluso la promesa de la inmortalidad. Ella elige nuestros destinos.

Y profundiza al precisar que esta religión

no implica, necesariamente, la creencia en la IA como Dios, pero sí la atribución de un cierto poder sagrado. […] es la creencia en un poder superior de algún tipo, que vinculamos a prácticas y ritos, y al que le atribuimos, en consecuencia, el poder de guiar nuestras vidas.

En este sentido, se trata de un culto de una religión monstruosa.

Y volvimos al monstruo. Sin embargo, como bien nos exige la práctica filosófica, los juicios valorativos deben llegar, si acaso, al final del arduo camino de la comprensión. Huelga decir que ese camino recién comienza. El pensamiento crítico, como bien lo ejemplifican los trabajos reseñados, conquista potencialidades renovadoras en los dos trabajos que completan el presente volumen, como veremos a continuación para ya finalizar nuestra introducción.

Comenzamos con la oposición entre razón e inteligencia según la elabora Arturo Ardao. En dicha perspectiva, en el concepto de “inteligencia” se integran todas aquellas características propias de la condición humana, a punto de autorizarnos a interpretarla como humanista. En cambio, en el ensayo de Esteban Ierardo, hallamos su expansión hacia una noción relacional y plural. Retomando fuentes clásicas como las de Howard Gardner con su concepción de inteligencias múltiples y puntos de vista que abordan la inteligencia mucho más allá del sapiens, como se presenta en los escritos de Gregory Bateson y Maurice Maeterlinck, Ierardo nos invita a reinterpretar la Inteligencia Artificial desde su naturaleza relacional. Si bien asume que “la Inteligencia Artificial no es específicamente ‘inteligencia’ si a ésta se le agrega la necesidad de la conciencia que entiende lo que se hace”, puesto que “la Inteligencia Artificial no entiende sus estados, carece de conciencia y emociones”, explora otro camino: “situar la Inteligencia Artificial entre diversos tipos de inteligencias posibles”, destacando la incompletitud, la apertura del concepto de “inteligencia”, “para luego apelar a uno de sus aspectos, su capacidad para procesar una dinámica relacional de la información”. Por otra parte, al arribar a esta mayor flexibilidad en su comprensión, superamos cierto complejo de inferioridad, al verificar que,

en su carácter de high tech, la Inteligencia Artificial irradia un aura experimental, lo que explica su no total fiabilidad en sus resultados, sus sesgos, errores, “alucinaciones” o confusiones. Se habilita así una atalaya más allá de dicotomías que quizá esterilizan, para admitir una Mente Mayor dentro de la cual la mente humana corporal e individuada está interconectada a una especie de superinteligencia inmanente, pero de ningún modo reducida al modelo computacional, digital. Por el contrario, se nos abre un nuevo panorama: pensar la Inteligencia Artificial como peldaño de una escalera que comienza en la inteligencia humana pero que la desborda hacia una relacionalidad poderosa e ilimitada.

Como se ha dicho reiteradamente, la filosofía es más bien la práctica de un arte de los problemas en perspectiva crítica, antes que la producción de dogmas teóricos ofertados como recetas o respuestas que clausuren el pensamiento. Resulta estratégica, entonces, la advertencia que formula Sebastián Botticelli en su apuesta por superar tanto la fascinación tecnofetichista como el rechazo tecnofóbico. La cuestión estratégica se presenta con toda su relevancia y su urgencia: ¿la Inteligencia Artificial vendría a ofrecer nuevas respuestas a problemas antiguos, o a reconfigurar o aun estipular de modo inédito la problematización misma de las grandes cuestiones civilizatorias? Y en este reformateo, ¿se procuraría rediseñar las cuestiones a la medida de las respuestas anticipables por parte del algoritmo, o cabría la esperanza de que esta reformulación alumbre respuestas auténticamente renovadoras, más allá de fantasías o fantasmas, hacia algún prodigio, siempre crítico, en el horizonte de una nueva episteme?

Bibliografía citada

Ardao, A. (1993). Espacio e inteligencia. Montevideo: Fundación de Cultura Universitaria.



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