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El viaje de “los otros”

Inés Figueroa

En este capítulo reflexiono sobre mi experiencia de trabajo de campo etnográfico, en específico desde la técnica del sombreo (Jirón, 2012) y mi “viaje” como etnógrafa de las movilidades. Este no es un trayecto solitario, así como tampoco del todo lineal. 

Abordaré algunos aspectos que han sido centrales en mi devenir como etnógrafa de movilidades, entendiendo que la etnografía es y se aprende en un proceso en movimiento, idea que surge a partir de conversaciones colectivas entre miembros de los equipos de los que he sido parte, principalmente con Paola Jirón, Walter Imilan y Susana Cortés, quienes también participan de este libro.

Para “viajar” por este texto, se proponen varias paradas, un recorrido que integra aspectos biográficos personales y laborales, extractos de textos etnográficos, viajes personales y por trabajo. En estas, comparto mis experiencias en relación tanto con mi propio trabajo como etnógrafa, como con los otros a los cuales acompaño, y el cómo estas experiencias se imbrican y conforman capas de aprendizajes, saberes, prácticas, entre otros aspectos, los cuales permean sin duda mi vida laboral, pero también mis experiencias personales en lo cotidiano en relación con las ciudades y comunas en las que he trabajado, en los aprendizajes, saberes, estrategias y tácticas que, a partir de dichos viajes, se encarnan en mi cuerpo y en mi propio repertorio de formas de viajar, observar y comprender la ciudad y las experiencias de movilidad. La vida laboral y la personal son percibidas como un continuo.

Tomaré como hito inicial para este escrito la época en que me integré al equipo de investigación del FONDECYT N.º 1090198 “Movilidad cotidiana urbana y exclusión social urbana en Santiago de Chile” (2009-2011), clave en mi formación como etnógrafa. 

Los inicios en el sombreo etnográfico: hacer la maleta

Diciembre de 2010

Desde hace algunas semanas, soy parte de Santiago se Mueve, FONDECYT Regular que tiene como investigadora responsable a Paola Jirón. El equipo de etnografía es coordinado por Walter Imilan, con quien nos reunimos cada martes en una oficina del Instituto de la Vivienda de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile. La sala que nos acoge es una gran oficina de forma alargada y piso de parquet, cuya única ventana da a Diagonal Paraguay. En una de sus paredes, hay una gran cartulina impresa en plotter donde cada etnógrafa documenta el avance de sus casos. La cartulina otorga una panorámica de lo hecho y lo pendiente. Semana a semana nos reunimos a completar la lista de contactos, entrevistas y etnografías. La etnografía se inicia con el contacto de los casos, para luego coordinar una entrevista inicial y consensuar el día del acompañamiento. El ciclo concluye con una entrevista de cierre.

Leemos los relatos etnográficos construidos por las etnógrafas, hacemos preguntas y comentarios, discutimos los nodos emergentes del trabajo de campo y las rutas que seguir. Durante estas reuniones me empapo del proyecto, recibo materiales y tips para abordar el trabajo etnográfico. 

Luego de un breve período de inducción, contacto y entrevisto a mi primer caso, una mujer joven residente en Santiago Centro. Luego de la entrevista, coordinamos el día de realización de la etnografía: 22 de diciembre de 2010. La labor de observación se desarrollará en un solo día, jornada en la que la acompañaré en sus trayectos cotidianos. A medida que se acerca la fecha, se acrecienta en mí esa tensión del instante único etnográfico.

Amo viajar, pero odio hacer la maleta. La sensación de que esa maleta será mi “todo” por algunos días o semanas, con el consiguiente temor de olvidar algo. Lo mismo me pasa con los preparativos de las etnografías. El vértigo previo me hace revolver el estómago, pero, una vez que estoy en el campo, todo fluye. Los días previos a este primer sombreo, me dedico a mi “maleta”. Leo y subrayo una y otra vez un archivo, recibido por correo, que contiene pautas, instrumentos de registro y la Guía para el trabajo en terreno con la explicación de los productos del trabajo de campo e información sobre cómo rotularlos para su entrega, entre otros documentos. 

Es casi fin de mes cuando me enfrento a ese rito de paso que es el primer terreno en un nuevo proyecto. Primero realizo la entrevista inicial. Poco tiempo después, el sombreo. 

Guardo recuerdos bastante vívidos de ese día. En parte porque está descrito en mi cuaderno de campo y luego en un relato que estructuré, reestructuré, leí y releí muchas veces. Un registro en forma de inscripciones, transcripciones y descripciones (Clifford, 1990, pp. 51-52).

Cierro los ojos y evoco el nerviosismo, la revisión –sí, la revisión, una y otra vez– de la documentación recibida, del cuadro de dimensiones que observar y de los objetos que me acompañarían ese día. Mi cuaderno de campo, consistente en un cuaderno de croquis de forma cuadrada, portada en cartón negro y anillado en metal, era el mismo que compartía todo el equipo como parte del “kit” etnográfico. Además, me acompañaban los siguientes ítems:

  • Una cámara de fotos.
  • Una grabadora.
  • Un reloj de pulsera.
  • Un celular antiguo. Sin Internet, sin servicios de mensajería instantánea, sin capacidad para fotografías.
  • Algunos lápices.
  • Un banano. 
  • Dos tarjetas Bip! cargadas con $20.000. Una para mí y otra para obsequiar a la participante una vez finalizado el sombreo.

También mi cuerpo. “El cuerpo es el instrumento principal de investigación en etnografía”, dice una frase canon. Sin embargo, en el escenario en que me encontraba, no se trataba (solo) de moverme con “otros”, sino de intentar moverme como estos otros. La perspectiva del actor, clave en el trabajo etnográfico, conscientemente incorporada. 

Esa mañana de diciembre, salí desde mi hogar en Ñuñoa hacia la comuna de Santiago al encuentro de Sandra. El siguiente relato, extracto de la descripción etnográfica, da cuenta de mi arribo a la casa de la participante:

Me bajo de la 501, troncal que termina su recorrido en Francisco Bilbao con Vicuña Mackenna. Bajo caminando por Diagonal Paraguay y llego con bastante tiempo al edificio de Sandra, cerca de 40 minutos que aprovecho para dar una vuelta por los alrededores y reconocer los espacios que ella había mencionado como significativos. Recorro Diagonal Paraguay, entre Vicuña Mackenna y Portugal, la estación Esso y el OK Market, donde realiza algunas de sus compras, aunque la mayoría de ellas las hace en el Santa Isabel de Portugal por Diagonal Paraguay. Hay poco tráfico todavía a esta hora, también poca gente caminando por las calles. A eso de las 7:20, toco el timbre en conserjería e ingreso al imponente edificio. Una vez dentro, percibo un fuerte aroma a desodorante ambiental, que me evoca recepciones de edificios de similares características. Me acerco al mesón y explico a un hombre y a una mujer que busco a una habitante del edificio, que ella sabe de mi visita y que esperaré abajo. Asienten, sin siquiera preguntar mi nombre. Me dirijo hacia un sillón de varios cuerpos, de un material que imita el cuero, color rojo, en una ambientación que recuerda ciertos catálogos de multitienda, emulando una estética minimalista, un estilo “adulto-joven” con elementos que evocan un diseño más exclusivo, reflejado en dos sillones estilo Bauhaus. Observo con detención, realizo planos, bosquejos y tomo fotografías, mientras la mirada cansada de los conserjes se pierde en una observación flotante sobre las pantallas de vigilancia. La conserjería parece cumplir un rol de última frontera antes de salir al espacio público, constituyéndose en un espacio de sociabilidad controlada. La gente que baja saluda al conserje con un “¡Buenos días!” que va variando en entonación, intensidad y entusiasmo. Más hacia la mañana, van saliendo los más “mayores”, en las cercanías de los 40, luego algunos hombres y mujeres más jóvenes. Una chica con el cabello recién lavado, aún mojado. Un chico vestido formal y con sus discretos audífonos conectados, una chica, joven, también con audífonos, pero esta vez grandes, llamativos (extracto de descripción etnográfica, 2010).

Realizaremos el viaje de ida y vuelta a su trabajo en la Línea 5 del Metro de Santiago y una caminata por la tarde, con el propósito de asistir a sus clases de baile.

El viaje, tanto hacia su trabajo como de regreso a su hogar, requirió un importante ejercicio de atención a fin de poder conjugar la atención prestada a Sandra, el movimiento de su cuerpo, sus gestos, sus interacciones con el entorno, sus palabras y sus silencios, con otros importantes elementos que observar: espacios, espacialidades y materialidades, las y los otras/os pasajeros. También implicó la necesidad de ingeniármelas para resolver problemas prácticos de forma rápida. Durante los trayectos realicé registros fotográficos con una cámara digital cuya tarjeta de memoria llegó al límite de su capacidad durante la primera parte del sombreo. El tiempo apremiaba; no alcanzaba a regresar a mi casa, descargarlas en el computador y regresar a casa de Sandra. El registro en imágenes era parte importante del acompañamiento, por lo que debía encontrar la forma de descargarlas.

Durante su trayecto por motivos laborales, observé la forma en que tomaba la cartera en la calle y el transporte público, tema que conversamos durante el sombreo: 

Sandra sostiene su cartera negra con el brazo flectado en una forma que emula la posición que adoptaría un brazo con cabestrillo. Se lo comento y me dice que, aunque nunca le han robado, es la manera en que acostumbra a tomar su cartera y que incluso ha tenido problemas, un tipo de tendinitis conocida como epicondilitis o codo de tenista, que fue por adoptar esta posición, pues es la única instancia en la que usa el brazo de esa manera: cuando anda con cartera. Lo curioso es que explica el porqué de este gesto: dice que nunca anda con plata y que tiene un “mal” celular (extracto de relato etnográfico, 22 de diciembre de 2010).

Dejé a Sandra en la entrada de su edificio y prometí regresar a la tarde, a fin de acompañarla a su clase de baile en el barrio Bellavista. Recordemos que ese día sería su sombra en todos los trayectos.

Ocupé este tiempo libre en llamar a una amiga que vivía cerca de la participante, despertarla de su siesta y pedirle vaciar en su computador las imágenes de la atochada tarjeta de memoria de mi cámara de fotos, caída en servicio luego de la segunda ronda de sombreos de ese día. 

Un poco más tarde, regresé al departamento de Sandra y la acompañé en el trayecto a pie desde su casa en la estación de Metro Bustamante hacia su clase de baile en el barrio Bellavista. La dejé en la entrada de un centro cultural y me senté a matar el tiempo en un banco ubicado allí cerca. El banco había sido construido utilizando una antigua tina como base y era parte de una intervención artística realizada en el barrio. Su autor era un amigo mío, por lo que tomé una foto con el propósito de mostrarle que había estado ahí. En ese lugar amplié las notas de campo que había garabateado en mi cuaderno. Las letras apuradas y deformes que furtivamente fueron llenando los renglones de mi cuaderno se fueron transformando en un relato más estructurado y legible, configurando el material en bruto a partir del cual construiría mi análisis. Recuerdo esa ansiedad de registrarlo todo: las frases oídas, los olores sentidos en el trayecto, la suave brisa, la experiencia estética de Sandra al transitar por este lugar. 

La tranquilidad es de las cosas que más le importan al desplazarse. Las voces y las vociferaciones, el sonido amurallado del carrete comienzan a apagarse al doblar por Dardignac; sin embargo, se dejan oír los ruidos de construcción al otro lado de la calle. Pasada esta, Sandra se empieza a relajar. Solo se escuchan voces aisladas y el sonido de nuestros pasos. A lo lejos, murmura el sonido de automóviles. Me muestra los mosaicos, las esculturas, las paredes cubiertas de murales, los colores, un silencio “que es bonito”. […]. A las 20:13 la veo emerger del interior de la casa donde asiste a clases. Se pone lentes de sol cuando empezamos a caminar. Avanzamos caminando por Ernesto Pinto Lagarrigue en dirección al sur. Antes de llegar a la esquina de Dardignac, se sorprende con un detalle que no había notado antes: en los mosaicos del suelo, que tanto disfruta, se lee el nombre del autor: “Es de Sammy Benmayor… nunca había cachado que estaba la plaquita”. Se la ve más relajada, sonriendo, con su cuerpo más expresivo luego de sus clases de danza. Se toca el pelo, ríe durante el trayecto, derecho por Ernesto Pinto Lagarrigue (extracto de relato etnográfico, 22 de diciembre de 2010).

Pese a que se trata de trayectos realizados por la misma persona, los viajes presentaban diferentes ritmos, distintas atmósferas. El ir de ida o ir de regreso, ir en metro o ir a pie, junto con el motivo del viaje, hacían que se tratara de dos experiencias totalmente distintas. Mucho de lo observado en aquel primer viaje me quedó impreso en la piel, tal como luego lo harían muchos otros viajes, con muchas otras personas, en muchos distintos territorios.

Muchas cosas salieron bien durante esa jornada, mientras que otras adoptaron la forma de desafíos prácticos. 

En el tramo cercano a su casa, comienza a bajar aún más las revoluciones mentales. Ya no hay tanta gente. Viene cansada. Enciende un cigarrillo. Es como un momento que, noto, marca un relajo. No fuma antes de las 6 de la tarde […]. Evita hacerlo cuando hay demasiada gente o en los semáforos. El cigarro marca ciertamente un momento de calma en su día. A las 20:36 cruzamos Rancagua y, divertida, continúa contándome de la plaza, de la gente que lleva a sus perros a pasear. “Los perros se hacen amigos y los humanos los esperan”. Ríe mientras camina con su paso habitual, sin apurarse. A esta hora el ruido afuera de la casa de Sandra se siente fuerte. Los autos pasan rápido subiendo en dirección oriente por Diagonal Paraguay. Algunos perros ladran. Nuestros pasos nos dejan en Diagonal Paraguay 55. Llegamos, me anuncia. Son las 20:38. Nos despedimos y emprendo de regreso el camino que inicié temprano en la mañana (extracto de relato etnográfico, 22 de diciembre de 2010).

Al llegar a casa, volqué las furtivas notas de mi cuaderno de campo en el computador. Volví a leer y escuchar la entrevista inicial. Revisé las imágenes, incluidas aquellas que mi amiga me ayudó a recuperar, para complementar las notas de campo. Oí los audios grabados durante la jornada. Reviví las voces, los sonidos del metro y de las caminatas. Así, atravesando estas capas, montando una sobre otra, fui construyendo mi relato etnográfico. El texto final, de trece páginas de extensión, es comentado por el equipo etnográfico en una de las reuniones de los martes. Como broche final de mi primer sombreo, plumón en mano completo la tabla de avances con el pseudónimo, edad y lugar de residencia de la participante del estudio. 

He cumplido el rito de pasaje.

(Acompañar) el viaje de los “otros”

Las personas entran rápidamente en el juego propuesto por la etnografía. Incluso, antes de saber que la técnica es conocida también por el nombre de sombreo, señalan: “¡Ah, entonces vas a ser como mi sombra!”, frase que aparece espontáneamente en algún momento del recorrido. Cuando esto ocurre, sonrío y recuerdo el siguiente extracto de Paola Jirón (2012, p. 9):

Pronto comenzaron a llamarme la “Sombra” y en eso me transformé. Seguir sus movimientos se convirtió en la manera más cercana de entender su experiencia. Claramente, era incapaz de comprenderla en su totalidad, pero llegué lo más cerca que fui capaz. Sus explicaciones e interpretaciones fueron cruciales para este proceso.

Esta cita cristaliza elementos claves de la técnica del sombreo. Entender la experiencia de movilidad desde las palabras, las prácticas, las espacialidades, el cuerpo.

Podría decir también que gran parte de las personas que he acompañado han comprendido rápidamente la dinámica del sombreo y han participado de esta haciendo su vida (y esto con comillas) “lo más normal posible”. Los ritmos de la vida cotidiana y sus pequeños rituales. Quienes sí se muestran curiosas son las personas del entorno de los y las participantes, haciendo preguntas tanto a este/a como a la etnógrafa de turno, algunas veces desde la sospecha inicial, para luego, en algunas ocasiones, integrarse a las entrevistas de apertura o cierre de cada caso, contribuyendo con sus propias miradas, generando conversaciones y dando cuenta de que nunca nos movemos solos, tal como expresa Gerardo Mora en su capítulo contenido en este mismo volumen.

No es posible negar un aspecto performativo en la conducta de las personas, en al menos algún momento del viaje. Es así como etnógrafas observamos, escuchamos y preguntamos. Antes, durante y después. Aprendemos a leer al otro. Cuándo hablar, cuándo guardar silencio. Cuándo acercarse, cuándo dar espacio. Cuándo preguntar. “¿Qué harías en un día habitual, si estuvieras solo?” es una de nuestras preguntas comodines. Algunas veces oirían música, otras dormirían. En ocasiones lo hacen, y en otras, se devela que consideran descortés oír música mientras son acompañados y acompañadas. De todos modos, se registra el dato.

Las y los participantes de los estudios suelen sentirse acompañadas y acompañados. Aunque reconozcan el juego, aunque haya algo de performático en su representación de “un día normal”, que nunca lo es. Al terminar el día, muchas veces exclaman frases tales como “¡Deberías seguirme siempre! Me entretuve” o “Se me hizo más corto el día”. Al detenerse a revisar su experiencia diaria de una manera consciente, observada por una otra, el o la participante ven develar un mundo de pequeños rituales, de pequeños gestos que hasta entonces les pasaban desapercibidos. Se devela por cierto su propia reflexividad respecto de una experiencia cotidiana hasta entonces naturalizada. 

El viaje de la etnógrafa

Jirón e Imilan (2019) plantean, en alusión a la movilidad como objeto, que esta describe lo que sucede en el transcurso de los desplazamientos y cambia la noción del viaje como tiempo perdido en miras de entenderlo como práctica social y cultural. Por otro lado, citan a Urry (2007) para señalar que entender la movilidad como enfoque implica comprender la movilidad como forma de habitar y se sustenta en el principio de que “la vida cotidiana se experimenta en un continuo, superando la segregación y fragmentación de la vida social a partir de tiempo-espacios fijos” (Jirón e Imilan, 2019, p. 22); de este modo, las prácticas de movilidad son comprendidas como un continuo que difuminaría fijación y movimiento, lo público y lo privado, develando conexiones entre diversos espacios. 

Los relatos que construimos a partir de la experiencia del terreno no ignoran nuestra experiencia como etnógrafas en el campo. Los textos apuestan por una construcción que integra la figura de la etnógrafa dando cuenta, de forma breve, de aspectos tales como la experiencia de “llegar al campo”, las sensaciones, los cansancios, entre otros. También, en algunos casos, reseñan las llamadas “horas muertas” y aspectos tales como el situarse por breves minutos o largas horas en territorios a veces, y hasta ese entonces, desconocidos; horas aprovechadas en encontrar una plaza, buscar un lugar donde almorzar, deambular por almacenes, encontrar algún lugar, público o privado, donde sentarse a reposar el viaje, volcar la experiencia en la escritura del cuaderno de campo y pensar preguntas para realizar hacia el final de la jornada. Ubicar un enchufe donde recargar el celular. La mayor parte de esas experiencias quedan con nosotras y nosotros. Son parte de un aprendizaje personal, así como también del aprendizaje colectivo de los equipos, pero no solemos hablar de ello más allá del contexto de los proyectos. Es parte de esa “cocina” etnográfica a la que, casi siempre, entramos solo aquellas y aquellos que participamos de ella. 

En este apartado, daré cuenta de algunas experiencias de viaje y de cómo estas pasan a formar parte de mi práctica etnográfica, a partir de viajes personales y laborales dentro de la comuna de Quilicura, comuna ubicada al norte de la ciudad de Santiago.

En términos personales, mis primeros viajes a Quilicura fueron en épocas previas al Transantiago (sistema de transporte público de Santiago que se implementó el año 2007 y que en 2019 cambió su nombre a Red Metropolitana de Movilidad). Recuerdo (¡mi cuerpo recuerda!) esos viajes eternos a la comuna, sentada o de pie en una micro amarilla tomada en una calle de la comuna de Santiago, en el centro de la capital. Luego de mucho tiempo, traqueteos y calores, la aparición de la reproducción publicitaria de una gran lata de cerveza de reconocida marca me anunciaba la pronta entrada a la comuna y, luego de un tiempo más de recorrido, me dejaba en las cercanías de la casa de mi mejor amigo. Al bajarme tenía que hacer memoria, cada vez, para recordar cómo llegar a su pasaje en una villa donde las calles se identifican mediante nombres de piedras preciosas. Años después, comencé a ir a casa de mis suegros, ubicada en una de las primeras villas construidas en Quilicura. 

Estos viajes, realizados con motivos personales de amistad y familiares, presentan una disposición diferente a los realizados con fines profesionales. Del mismo modo, hay una disposición diferente en mi cuerpo como etnógrafa “haciendo etnografía” y mi cuerpo como etnógrafa “yendo hacia” y “volviendo desde” el lugar de inicio de la etnografía, que generalmente es el hogar del o la participante. 

Tras toda etnografía, hay un etnógrafo o etnógrafa que viaja. A otra región, ciudad, provincia, comuna, barrio. En el año 2016, formé parte del equipo de etnógrafas del FONDECYT N.° 11130227. En el marco de este proyecto, viajé de forma recurrente a Quilicura, esta vez por motivos laborales.

Durante la primera etapa, cuya actividad principal consistió en la aplicación de encuestas de forma presencial, obtuvimos las primeras aproximaciones al cómo era moverse para los y las quilicuranos y quilicuranas a partir de sus respuestas a este instrumento. Completar la encuesta tomaba aproximadamente una hora, pero solía ocurrir que nos quedábamos más tiempo en los hogares, pues las personas querían hablar sobre sus experiencias. Es así como sostuvimos conversaciones informales en las que las personas se explayaban narrándonos sus experiencias como peatones y peatonas, usuarios y usuarias del Transantiago, taxis y colectivos, automóviles y otros modos de transporte, así como de las dificultades con que se encontraban cotidianamente en sus viajes. Esta instancia fue construyendo, además, un rapport con los y las participantes, y muchos de ellos y ellas luego participaron en la fase etnográfica del proyecto. Habíamos estado en sus casas, incluso conocido a miembros de sus familias, durante las instancias de aplicación de la encuesta. No éramos unas completas desconocidas en el momento de acompañarlos durante una jornada completa.

A partir de la experiencia de aplicación de encuestas, elaboramos un documento interno de trabajo que sistematizaba los grandes temas surgidos a partir de estas conversaciones informales, así como también de las observaciones realizadas en el marco de nuestros viajes de ida y de regreso a la comuna. Este documento nos sirvió como guía en nuestras aproximaciones al trabajo de campo etnográfico.

Junto con mi dupla, la antropóloga Consuelo González, fui reconociendo poco a poco, a través de las palabras de las personas y del uso, los distintos recorridos de buses y colectivos, así como también las diferentes formas de movernos en el interior de la comuna. Estos aprendizajes fueron sumándose capa a capa. Es así que, para el comienzo de la segunda etapa, la fase etnográfica del proyecto, además de la aplicación de las encuestas, contábamos con cierta experiencia respecto a cómo movernos en la comuna en términos de modos, tiempos, frecuencias, entre otros aspectos reseñados por las y los encuestadas y encuestados. Cada vez que debíamos llegar a un lugar, recordábamos lo que nos decían durante las encuestas y las conversaciones informales previas, para luego llevar a la práctica las experiencias y las prácticas de “los otros”, convirtiéndolas también en las nuestras; estos viajes en Transantiago fueron de gran importancia para comenzar a reconocer y encarnar las prácticas de movilidad a las que se nos había hecho referencia. Permitieron afinar nuestros sentidos y mirada etnográfica en pos de adentrarnos en la comprensión de la perspectiva de los participantes del estudio, clave en todo trabajo etnográfico. Mientras hacíamos los sombreos, también aprendíamos a movernos hacia, desde o dentro de este territorio comunal y sus distintos sectores. Por un lado, ayudadas por Google Maps y amistades en Quilicura, por otro, con el conocimiento que se iba incorporando en nosotras a partir de los viajes constantes, de la observación durante estos y de los saberes transmitidos por los y las participantes del estudio.

Recuerdo nuestros esfuerzos para calcular cuánto demoraríamos desde un punto hasta otro. Nos acostumbramos a llegar demasiado temprano, aunque nunca demasiado tarde, pues salíamos con horas de anticipación ante el terror de llegar atrasadas y, con ello, atrasar a la persona o perder la oportunidad de acompañarla. 

También a regresar a casa muy tarde, agotadas. El cansancio comenzó a ser parte de nuestra propia experiencia de viaje, y así lo conversábamos entre nosotras. La lentitud de la micro en los horarios punta nos surtió incluso de algunas anécdotas, como el día en que, volviendo por la caletera, una familia con guagua[1], desesperada ante la lentitud de la micro, se bajó a comprar algo para comer. Al rato volvieron a subir al bus, ¡al mismo bus! Los otros pasajeros reímos a coro, también la familia.

Hubo una noche que me fue especialmente difícil. Ese día caluroso de diciembre, me moví en buses del Transantiago, en colectivos, taxis y también a pie. Almorcé en plazas, pedí baños prestados, cargué mi celular en enchufes encontrados en pasillos. Esa noche era noche de Teletón y, debido a actividades vinculadas con esta instancia, durante el día y la noche, se produjeron desvíos de tránsito en el interior de la comuna. Luego de mucho tiempo de rebotar de un paradero a otro, de consultar a las personas que encontraba en la calle, de cruzarme con personas tan desorientadas como yo, al fin encontré un lugar en el que me detuve a esperar el paso de mi bus, que, después de un largo tiempo, al fin pasó. Lo tomé cerca de la medianoche y caí desvanecida, desparramada, en el primer asiento de la micro del recorrido 429, al lado de la puerta y en diagonal al chofer. La mirada perdida en el camino, apenas distinguiendo las luces al pasar, sin ser capaz siquiera de ampliar las notas de campo debido al cansancio y al traqueteo del bus (pero, principalmente, al cansancio). El olor a sudor propio y ajeno me impregnaban. En mi mente, canonizaba a Loïc Wacquant como santo patrono del trabajo de campo etnográfico, mientras soñaba con llegar a casa a tenderme y darme una ducha. Con la estampita de Wacquant en el horizonte, me preguntaba cómo este lograba escribir sus notas de campo, un diario etnográfico que, al cabo de los años, llegó a contener “casi 2.300 páginas de notas donde consignaba religiosamente durante horas cada noche los acontecimientos, las interacciones y las conversaciones del día” (Wacquant, 2006, p. 17), luego de haber pasado todo el día entrenando en el gimnasio de boxeo. Yo lo lograba a duras penas. En una de las páginas de su libro, Wacquant hace referencia a que su trabajo etnográfico lo llevó a enfrentarse a su cuerpo. Yo sentía lo mismo. Antes y después de las largas jornadas acompañando a las personas en sus trayectos, y durante ellas. 

De esa noche recuerdo a los pasajeros en silencio. El sonido del bus. Los ojos que se me cerraban. Los tirantes de la mochila enrollados en mi brazo derecho y mi cuerpo abrazado a esta para prevenir algún robo mientras dormitaba. Mi propio cuerpo y sus interacciones me hacían pensar en algunos de los conceptos trabajados por el equipo. Me ayudaba a volverlos carne. No solo observarlos en otros, sino que también sentirlos. Acampé y me encapullé (Jirón e Imilan, 2018) en micros y vagones de Metro. 

Esa noche grabé un pequeño video con mal pulso. En el registro se lograba ver el parabrisas y el validador del bus. Afuera, la oscuridad. Escribí la frase “el terreno es un apostolado” y lo subí a las historias de Instagram. 

Revisar esas pequeñas grabaciones, esas inscripciones a modo de diario de campo audiovisual –que quizás para otros ojos poco tendrían que ver con mis productos de trabajo de campo, pero que sin duda sí se relacionan, y mucho– suscita en mí la experiencia del viaje como etnógrafa, tal como las grabaciones en video de Soledad Martínez, contenidas en este mismo volumen, lo hacen con los participantes de sus etnografías del caminar. 

Las experiencias en estos trayectos, así como también en mis trayectos cotidianos, contribuyen a encontrar los sentidos que brindan los participantes a sus propias experiencias. 

El viaje de los otros + el viaje de la etnógrafa

Los viajes con quilicuranos y quilicuranas de distintos sectores de la comuna hablaban de problemáticas diversas según el sector de residencia. De estrategias y tácticas de viaje, de saberes y aprendizajes. Comencé a utilizar, a integrar otras tácticas y estrategias de algunos de los habitantes. A aprender de ellos y ellas. Quedarme en casas cercanas para evitar el viaje, casi siempre era en casa de mis suegros. En una ocasión, me quedé en casa de una participante del estudio, una mujer que residía en el barrio al norte de la comuna y que se ofreció a alojarme para que no tuviera que levantarme tan temprano. Su hija me prestó su habitación y me levanté por la mañana con la familia. Tomamos desayuno juntos antes de comenzar el sombreo con la madre. 

El territorio se fue poblando de significados e historias a partir del acompañamiento a cada una de las personas que me tocó conocer desde el trabajo de campo. En etnografía no solo está en juego lo que se dice, sino también lo que se hace, en este caso, las prácticas. En la observación, por otro lado, también hay algo que, podríamos decir, se observa y se palpa. Los gestos, las emociones, el cuerpo en el traslado de un lugar a otro, día a día, de forma cotidiana, mediado por la incertidumbre de no saber a qué hora se llegará al lugar de trabajo, a qué hora se regresará a casa. Incertidumbre que también compartí como etnógrafa, desde la experiencia de ese viaje de ida y vuelta que viví durante los meses que duró el trabajo en terreno.

Si bien las etnografías por mí realizadas correspondían al viaje de “otros”, de aquellos a quienes acompañé, mis propios traslados, los que me llevaron hacia el lugar donde se llevó a cabo el trabajo de terreno fueron también sedimentándose, tanto en mi experiencia personal como etnográfica, en algunos casos sin posibilidad de división entre una y otra. En cuanto a la experiencia etnográfica, me permitió detectar ciertos gestos propios, ciertos hastíos, ciertas emociones, que en ocasiones veía reflejados en esos cuerpos de otros y, desde esas sensibilidades corporales y emocionales, afinaba la observación y las preguntas. 

El sombreo guarda relación con un aprendizaje corporal. En cada viaje aprendemos a conocer y reconocer gestos y ritmos de quienes acompañamos. Acompasamos nuestros pasos a los de otros. Por ejemplo, una adulta mayor de lento caminar, que observa la vereda en busca de un trozo de cemento levantado, algún accidente en la superficie donde pueda tropezar. Y esto se traduce también en los objetos que lleva, entre estos, un pañuelo por si “sangra”.

Llevamos nuestra mirada desde y al mismo lugar que ese otro. Literal y metafóricamente. Observamos en busca de aquellos hitos, aquellos lugares donde se detiene la atención, la mirada, el oído, el olfato de los y las etnografiados y etnografiadas. También perseguimos las miradas perdidas, en las que pareciera que ya no se está al interior del bus, rodeado de gente. 

Ese ritmo, hasta entonces ajeno, desconocido, pasa a ser parte de la corporalidad del etnógrafo, al menos por un día. Y pocas veces es solo por un día. Pasa a integrar nuestros propios viajes cotidianos. 

El realizar un trabajo con etnografías móviles y convertirme en la sombra de otros no se inicia ni se nutre de forma exclusiva del mismo momento del viaje, pues yo misma, mi cuerpo como investigadora, mis experiencias previas se desplazan también: hacia el lugar del encuentro; mientras acompaño a las personas en sus trayectos; de regreso a mi hogar. Y en cada uno de esos trayectos “suceden cosas”. Así como la vida cotidiana se experimenta en un continuo, lo personal y lo laboral son experimentados como un continuo también.

Hace mucho tiempo, durante mi primer año universitario, el profesor de Sociología nos entregó algunos capítulos seleccionados del libro La imaginación sociológica. Años después, encontré un apéndice de este, en mis exploraciones por Internet. Su nombre, Sobre artesanía intelectual, me fue en extremo evocador, y me detuve a leerlo. Su autor, el sociólogo C. Wright Mills, señala que la vida intelectual no debe escindirse de la vida personal. Asimismo, en términos prácticos, propone llevar la escritura de un cuaderno donde se integren ambos aspectos. Si bien Wright Mills no es próximo al campo de la etnografía, ni tampoco la menciona, estas palabras resonaron en mí en cuanto persona, etnógrafa e investigadora, pero, sobre todo, en cuanto etnógrafa de movilidad. La vida personal no puede escindirse de la vida como etnógrafa. Esta idea acompaña también el capítulo de Susana Cortés, contenido en este libro.

Los aprendizajes de la etnógrafa

Retomo el punto de que mi trabajo como etnógrafa de movilidad ha venido acompañado de diversos aprendizajes, tanto personales como profesionales, si es que es posible separar ambas esferas. Estos aprendizajes no son nunca individuales, nunca solo laborales: el límite es difuso. 

Las etnografías han ampliado mi mapa de la ciudad, mis prácticas de viaje, saberes y prácticas corporales. También han significado y resignificado ciertos lugares, ya conocidos, desde las historias de los otros. La sensibilidad necesaria para una observación participante se despliega en la atención abierta desde todos los sentidos. Nuestro andar se modifica. El ritmo de la caminata de un otro marca el paso del nuestro. En ocasiones nos hace andar lento, muy lento, otras, nos lleva a replicar carreras a toda velocidad cruzando entre autos detenidos por el taco o corriendo en pasos de cebra con el semáforo peatonal en rojo. La performance como etnógrafos nos transforma. En mi vida cotidiana, procuro cruzar los semáforos con luz verde y evito por todos los medios cruzar alguna calle con una fila de vehículos viniendo hacia mí. Sin embargo, cuando hago etnografía, entro en el rol. Mi cuerpo se deviene performático, en un juego de espejos: observar y dejarme llevar, preguntar, observar, replicar, imitar. Escuchar las palabras, pero también los silencios.

El viaje de los otros también es mi viaje. Al regresar vuelvo a mi cuerpo, a mis ritmos, a mis hábitos. Es una especie de “volver a mí”. Esto hasta el momento de mirar las notas de campo, analizar fotografías, escuchar audios (sonidos de buses, caminatas, frases, murmullos) y escribir. Enviar para ser leído, discutido, ampliado. Leerse desde los ojos de otros miembros del equipo.

Se podría pensar que las experiencias vivenciadas en el trabajo etnográfico llegan a término junto con el punto final del relato. Sin embargo, una de las particularidades de este trabajo es que, en parte, algunas de estas prácticas permean y pasan a formar parte de las propias. Hay destellos de ello. Aparecen en ocasiones al abordar el metro en una estación particular, al hacer fila en un paradero, al subir al bus, al recorrer algún punto de la ciudad. Esos destellos dan cuenta de algo que permanece en mi cuerpo y mis evocaciones, más allá de la etnografía particular. Un cierto sector de Bellavista, donde los murales se convierten en museo al aire libre, permanece desde aquel primer sombreo en diciembre de 2010. El olor a cigarro que se cuela en mis narices en una caminata trae a mi mente a tantas personas que han mencionado que fumar camino a casa los relaja, marca una pausa, el fin del día. Ir atrás o adelante en el metro según dónde me dirija, usar el cuerpo de ciertas formas para lograr subir o bajar a micros y vagones atestados de gente. Observar puntos de la ciudad y rememorar a personas que han compartido sus viajes, poblarlos con historias, anécdotas, temores y alegrías. Sentir en la piel la sensación de ese día de acompañamiento. Las esperas en plazas heladas, en plazas calurosas, muy temprano en la mañana o muy tarde en la noche, las idas y los regresos propios al lugar de inicio y término de los acompañamientos. Los chats de WhatsApp con compañeros y compañeras de equipo para avisar que estamos bien y que hemos llegado sin problemas a casa.

Tan lejos, tan cerca

El 18 de marzo del año 2020, se decretó estado de excepción constitucional de catástrofe en todo Chile, debido a la irrupción de la pandemia del covid-19 en el país. En ese momento, muchos de los viajes cotidianos cesaron de forma abrupta, y solo unos pocos quedaron en movimiento. Muchas y muchos de las y los etnógrafas y etnógrafos nos quedamos en casa y debimos vivir un proceso de adaptación de nuestra forma de trabajo (ver Jirón et al., 2020; Miller, 2020). 

A partir de Malinowski, se produce un cambio de paradigma antropológico: el trabajo de campo etnográfico y el traslado en el espacio se convierten en canon, dejando atrás la figura del antropólogo de “sillón”. Años después, en pleno siglo XXI, nos vimos obligados a regresar al gabinete. Aislados físicamente en nuestras casas, nuestro trabajo se desarrolló desde la silla del escritorio, mesa del comedor, sofás, para desde este lugar figurarnos cómo reconfigurar las formas de conectarnos con la perspectiva de los y las participantes de los estudios de los cuales formamos parte. En este contexto, comenzamos a realizar etnografías remotas de movilidad con el fin de comprender las formas, las prácticas y los significados que las personas daban al moverse o al quedarse en casa en el contexto del confinamiento sanitario.

Al finalizar las cuarentenas, volvimos poco a poco al trabajo etnográfico más tradicional. Sin embargo, algo había cambiado, algo que era visible desde las palabras de los y las entrevistados y entrevistadas y que se hizo patente al regresar de forma masiva al uso de las calles y del transporte público. Ciertas huellas pandémicas permanecían en muchas y muchos de las y los viajeros, algunas de ellas en cuanto disposición sanitaria, entre estas, el uso de la mascarilla. Si bien no todas las personas cumplían con dicha disposición, la diferencia con los trayectos previos a la pandemia era notorio. Desde las primeras clases, primer año, las y los que nos formamos en antropología iniciamos un camino de acercamiento al concepto de “cultura” y sus características, en las que nos encontramos con una cultura dinámica, cuyos cambios muchas veces son imperceptibles hasta el paso de las generaciones, mientras que, en otras ocasiones, estos se nos aparecen de forma explícita. Mucho de ello hay también en la etnografía pospandemia. Ni las personas con las que viajamos ni las/os etnógrafas/os somos las/os mismas/os. En términos proxémicos, cambian las prácticas de movilidad, las interacciones, las distancias entre los cuerpos, los objetos con los que se desplazan las personas (entre los que destacan, por cierto, las mascarillas y el alcohol gel). La relación cuerpo-espacio se modifica. El saber viajar previo se ve interrogado. Este saber viajar, tal como indican Jirón, Imilan e Iturra (2013), es construido a partir de un conjunto de estrategias y prácticas que se aprenden a partir de las rutinas encarnadas en los viajeros, orientando las elecciones de estos.

Ante la imposibilidad de la copresencia, uno de los elementos claves del trabajo cualitativo y etnográfico, debimos aguzar nuestra capacidad de escucha, pues fueron los discursos, los silencios, el tono de la voz los que comenzaron a dibujar la espacialidad, gestos, miradas que antes eran observados de forma directa por nuestros cuerpos en cuanto principal instrumento de registro etnográfico. 

Un asunto de capas (en varias capas): tecnologías y escrituras

En el caso del sombreo, trabajamos los casos de estudio a través de una combinación de técnicas (entrevistas, observación, conversaciones informales, mapeos, entre otros) e instrumentos de registro. Con posterioridad al trabajo de terreno, sobre la mesa de trabajo, se despliega un corpus de datos: anotaciones y dibujos en el cuaderno de campo; fotografías, dibujos, esquemas, mapas, grabaciones de audio, videos de corta duración, entre otros. Sin embargo, estos no hablan por sí solos, sino que, como etnógrafas y etnógrafos, nos abocamos a la labor de construir un texto etnográfico (Guber, 2001) que permita una comprensión de la experiencia, en este caso de viaje, de las y los participantes.

Al escribir un relato, suelo trabajar por capas. Primero, escribo un relato que toma las primeras notas (las inscripciones) y trabajo en torno a estas, ampliándolas. Esto puede ocurrir en algún tiempo muerto durante el trabajo de campo, o de regreso a casa. Puede que las anote en el cuaderno de campo, en el computador o en mi celular. Trabajo con el mayor detalle posible, a veces escribiendo primero el esqueleto, lo más importante, otras veces yendo por párrafos y perdiéndome en el detalle. Es un trabajo a veces frenético, hasta agotar la descripción, a lo Perec. Estas notas ampliadas constituyen el primer material sobre el cual construyo el relato. La decisión base acerca de cómo estructurar el texto se configura casi siempre en este momento, aun cuando sufre modificaciones durante el proceso de escritura. Comienzo entonces a profundizar en el texto, a darle densidad a partir del diálogo entre lo observado y lo escuchado. Releo entrevistas, subrayo frases, las inserto en el texto y trabajo en su integración. Me apoyo de notas, post-its, documentos de Word alternativos y un sinfín de pequeños artefactos que apoyan la memoria. 

Luego, reviso las imágenes. Las fotos, intencionadas para el registro de algún gesto, alguna materialidad, algún espacio particular, permiten ir complementando el relato. Con el paso de los años, nuestros instrumentos de registro (que suelo pensar como prótesis etnográficas) han sufrido cambios, por ejemplo, las funciones de cámaras y grabadoras digitales han sido centralizadas en el teléfono inteligente. Esto, además de permitir que nos desplacemos más livianos durante los sombreos, nos ofrece la posibilidad de geolocalización y, con ello, de volver sobre nuestros trayectos en terreno mediante la asociación de cada imagen en un espacio-tiempo particular, lo que resulta de gran ayuda en algunos momentos del análisis, la escritura y la interpretación. En ocasiones me valgo de otras aplicaciones (algunas de ellas pensadas para correr o hacer deporte) como ayudamemoria. 

Finalmente, escucho los audios de la jornada. Audios por lo general mal grabados, con estática o múltiples voces entremezcladas. Esto último casi siempre queda inaudible bajo el sonido de las micros, metro, el viento. Los sonidos, sin embargo, elicitan momentos específicos y permiten reconstruir atmósferas de forma más profunda. 

Todo lo anterior se va integrando, mediante un trabajo quirúrgico, en el texto. Cada una de estas capas enriquece a la anterior, fundiéndose unas con otras en un relato etnográfico.

Lo mismo ocurre con las experiencias, las tácticas, las estrategias y los saberes aprendidos en terreno.

Las capas del aprendizaje etnográfico

Las capas o los estratos de nuestros aprendizajes etnográficos no constituyen un “reemplazo” de lo aprendido en instancias previas, pues se trata de capas flexibles y plásticas que filtran una a la otra. Pasan a ser parte de un kit de herramientas donde aprendemos de nuestras propias experiencias e interacciones con otros, ya sean participantes de estudios, compañeros/as de trabajo, equipos de investigación, así como también de la confluencia de nuestros distintos recorridos biográficos, contextos personales y profesionales. Son capas que se mezclan y remezclan sumando nuevos aprendizajes en torno a distintas dimensiones. Por ejemplo, la escucha, tan fundamental en una entrevista etnográfica, se agudiza e intenciona aún más hacia una escucha “que observa” durante el confinamiento pandémico, ante la imposibilidad de realizar etnografías presenciales. Las distintas estrategias etnográficas utilizadas para ello y su puesta en práctica sin duda sumarán a la observación participante que realizamos cuando hacemos etnografía de forma presencial.

La práctica del y la etnógrafo y etnógrafa está siempre en situación de apertura: es un devenir. El aprendizaje etnográfico no se puede dar por finalizado, pues las realidades a las que nos enfrentamos requieren un compromiso completo con los aprendizajes, los nuevos saberes y posibilidades, la creatividad. También, un compromiso con nuestro cuerpo que aprende, incorpora y comparte e intercambia sus aprendizajes con otros y otras. 

En etnografía, el intentar escindir la vida laboral de la personal es un ejercicio estéril. La reflexividad etnográfica, la posicionalidad del etnógrafo o la etnógrafa, la constante introspección a nuestras prácticas son necesarias para no dejarse llevar por presupuestos ni preconcepciones. 

Pinochet (2018) da cuenta de que desaprendemos nuestra cultura en el proceso de realizar observación participante. En términos de mi proceso de formación como etnógrafa, he desaprendido para luego aprender, integrar y sumar capas de experiencia a mis propias prácticas de movilidad, no solo en el trabajo etnográfico, sino también más allá de este. Aquellas y aquellos a los que acompañamos en su día a día, aquellas y aquellos con los que trabajamos nos enseñan sus formas de moverse, de observar la ciudad y de comprenderla desde sus experiencias siempre diversas. El viaje de los otros es, también, el de nosotros como etnógrafas y etnógrafos: sus tácticas y estrategias se inscriben en nosotras y nosotros, en nuestros cuerpos, en nuestros propios viajes.

Bibliografía

Clifford, J. (1990). Notes on Field (notes). En R. Sanjek (Ed.) Fieldnotes, the makings of anthropology. Cornell University Press.

Guber, R. (2001). La etnografía. Método, campo y reflexividad. Editorial Norma.

Jirón, P. (2012). Transformándome en la sombra. Bifurcaciones: revista de estudios culturales urbanos, (10). 1-14.

Jirón, P. e Imilan, W. (2018). Moviendo los estudios urbanos. La movilidad como objeto de estudio o como enfoque para comprender la ciudad contemporánea. Quid, 16, 17-36.

Jirón, P., Imilan, W., Figueroa, I., Basaure, F., Brinck, A., Peña, G., Rivera, C., Cuyanao, J. y Osterling, E. (2020). Aceptación, adaptación, transformación. Acomodos afectivos de la vida cotidiana en tiempos de COVID-19 en Santiago de Chile. Revista Ensambles, 7(13), 72-95.

Jirón, P., Imilan, W., e Iturra, L. (2013). En el Metro de Santiago. La apropiación de lo público. Ciudad y Arquitectura, (151), 112-115.

Jirón, P. e Iturra, L. (2011). Momentos móviles. Los lugares móviles y la nueva construcción del espacio público. Arquitecturas del Sur, 29(39), 44-47.

Miller, D. (3 de mayo de 2020). Cómo hacer una etnografía durante el aislamiento social. [Archivo de Video]. En youtu.be/NSiTrYB-0so?si=ncggJTriblLw7rJz.

Pinochet, C. (2018). La observación participante. En L. Piña, C. Pinochet y C. Ríos (Coords.). De aula y campo. Reflexiones en torno a la enseñanza y aprendizaje de la etnografía. Departamento de Antropología Universidad Alberto Hurtado.

Wacquant, L. (2006). Entre las cuerdas. Cuadernos de un aprendiz de boxeador. Siglo XXI Editores.

Wright Mills, C. (2009). Sobre artesanía intelectual. Trabajo y Sociedad, XII (13).


  1. Bebé.


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