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¿Lugares fijos o lugares móviles?[1]

Procesos identitarios y exclusión en la ciudad

Teresa Ropert, Dariela Sharim y Andrés di Masso

Desde el área de los estudios urbanos, investigadores e investigadoras han tratado de comprender cómo se conforman y se desarrollan los procesos sociourbanos en ciudades altamente segregadas, como es el caso de Santiago de Chile, así como de describir y analizar las experiencias de sus habitantes con sus lugares y el tránsito entre ellos. Por su parte, la rama de la psicología ambiental ha desarrollado tradicionalmente una comprensión de los vínculos persona-lugar desde un punto de vista psicosocial, vínculos que se tensionan cuando se dan en contextos urbanos segregados o estigmatizados de la ciudad. Ahora bien, desde el giro de la movilidad, los estudios urbanos han vuelto a centrar sus esfuerzos en transformar la forma de comprender el concepto general de “lugar”, dando cuenta de cómo la movilidad impregna la experiencia de los espacios y los transforma (Sheller, 2017; Cresswell y Merriman, 2013; Jirón y Mansilla, 2013; Jirón e Iturra, 2011; Lange, 2011). Más recientemente, la psicología ambiental también ha comenzado a interrogar la relación entre las personas y los lugares integrando la movilidad en su comprensión del fenómeno psicosocial (e. g. Di Masso et al., 2019; Gustafson, 2009, 2001; Di Masso et al., 2008; Williams y Van Patten, 2006).

El presente artículo se basa en una investigación sobre la relación persona-lugar-movilidad de nueve jóvenes, cuatro mujeres y cinco hombres que viven o han vivido la mayor parte de sus vidas en barrios definidos como excluidos (Ropert, González, Sharim y De Tezanos-Pinto, en prensa). Utilizando la noción de movilidad como enfoque (Jirón e Imilan, 2018) y retomando la evidencia que muestra que vivir en un barrio excluido conlleva tensiones psicosociales particulares, los resultados aquí presentados muestran que integrar la movilidad a la comprensión del vínculo que desarrollan los y las habitantes con sus barrios excluidos permite profundizar en la vivencia del estigma territorial y la exclusión social, así como de las posibilidades de iniciar trayectorias de movilidad social a partir de la experiencia de moverse por la ciudad.

Articulaciones lugar-movilidad en la experiencia de la ciudad

Diversos giros ontoepistemológicos sucedidos durante el último siglo han problematizado transversalmente las distinciones tradicionales del conocimiento en ciencias sociales, intentando superar la positivista dicotomía sujeto-objeto (e. g. Piper Sharif, 2008; Iñiguez, 2007; Gergen, 1997). En el ámbito de los estudios urbanos, el giro de la movilidad que sucedió al giro espacial busca contrarrestar la comprensión estática y esencialista de lugar con la invitación a investigar el uso cotidiano del espacio, habitándolo, transitándolo, por parte de los ciudadanos (e. g. Sheller, 2017; Urry y Sheller, 2006). Lo anterior ha conllevado un cuestionamiento creciente de la noción tradicional de “lugar”, tanto en psicología como en estudios urbanos, desafiando definiciones estáticas que enfatizan la dimensión material del lugar para comprender que la experiencia de los lugares siempre es cambiante, cotidiana, fluida, que se entrelaza persistentemente con las prácticas de movilidad (e. g. Jirón e Imilan, 2018; Cresswell y Merriman, 2013; Jirón e Iturra, 2011; Gustafson, 2009, 2001; Di Masso et al., 2008): lugar y movilidad han dejado de ser vistos como dos polos opuestos.

En efecto, el espacio cotidiano no se experimenta (solo) en una mente abstracta que representa cartográficamente los distintos lugares que habita un sujeto, sino en una continuidad indisoluble entre percepciones, movimientos, usos e interacciones múltiples que transforman la relación sujeto-lugar permanentemente. En palabras de Iturra (2014): “La ciudad que observo desde lo alto es también la ciudad que habito y recorro, el lugar de los conflictos y las negociaciones que realizo en mi cotidianeidad. Es la ciudad que vivo, percibo, siento y trato de capturar” (p. 224). En este sentido, Sheller (2017) habla del nuevo paradigma de las movilidades y señala que, más allá de integrar la noción de “movilidad” a las concepciones tradicionales y estáticas de “lugar”, el desafío contemporáneo para las ciencias sociales es el de comprender cómo se construyen, reconstruyen y coconstruyen los lugares por el uso cotidiano que desarrollan en y con ellos sus habitantes y transeúntes. Dicho de otro modo, las prácticas cotidianas en el espacio conforman unidades lugar-cuerpo-movilidad indisolubles. Un paso más allá en el análisis crítico de estas unidades, dinámicas por excelencia, Doreen Massey (1994) propone entender el lugar como un producto híbrido de flujos complejos que refractan desigualdades de poder y exclusiones de uso. En efecto, no todos ni todas podemos usar, movernos, ni gozar con la misma libertad el habitar y transitar por la ciudad.

Con base en lo anterior, el presente texto presenta los resultados de una investigación que buscó profundizar en la relación persona-lugar-movilidad para jóvenes que han vivido la mayor parte de sus vidas en barrios excluidos. A partir de los datos obtenidos y sus respectivos análisis, esta investigación permite situar una discusión interdisciplinaria entre la psicología, en particular su rama de psicología ambiental, y los estudios urbanos que han instalado sobre la mesa los nuevos desafíos de pensar los espacios a partir de los usos y movimientos que los atraviesan. El presente capítulo aborda entonces aspectos relevantes en los estudios urbanos hoy y los entrelaza con discusiones contingentes de psicólogos y psicólogas ambientales que están intentando incorporar mayor diversidad en sus estudios de la relación persona-lugar, principalmente en tres ejes temáticos: (i) la ciudad como escenario de movilidades, (ii) vínculos psicológicos con el lugar, (iii) procesos identitarios que se desarrollan en función del punto (i) y (ii). Para estudiar estos elementos, se decidió trabajar con nueve jóvenes, cuatro mujeres y cinco hombres, puesto que la juventud ha sido definida como una etapa de transición que concluye con la construcción de un proyecto de vida personal y la estabilización de la propia trayectoria (Sepúlveda, 2013), además de ser un período de la vida especialmente rico en exploraciones identitarias que buscan responder a la pregunta de quién quiero ser (Arnett, 2014).

A continuación, se presentan algunos aportes que el área de los estudios urbanos realiza a la tensión, que proponemos artificiosa, entre lugar y movilidad, y un segundo momento consistirá en presentar los principales procesos psicológicos y sociales que enmarcan la relación de las personas con el movimiento y con los lugares, especialmente en contextos segregados, estigmatizados y excluidos de la ciudad. A partir de esto, la pregunta de investigación que guio el presente estudio, articulando los elementos aquí enunciados, es cómo se articula la identidad de los y las jóvenes que han vivido la mayor parte de sus vidas en barrios excluidos en relación con los lugares que habitan y transitan cotidianamente. El presente capítulo aborda la relación identidad-lugar-movilidad a la luz de las tensiones que supone vivir la mayor parte de la vida en un barrio excluido de la ciudad de Santiago y moverse dentro y fuera de este cotidianamente. Así, los dos subapartados a continuación contribuirán a asentar algunos diálogos interdisciplinares que marcan el aporte de la movilidad y el estudio de barrios marginales a las discusiones en psicología, así como la invitación a desafiar definiciones estáticas y dicotómicas de lugar-movilidad al retomar la experiencia subjetiva de quienes habitan cotidiana y simbólicamente la ciudad, usando sus lugares, moviéndose a través de ellos, vinculándose con ellos de manera integrada y fluida, en fin, proveyéndolos de significado.

Movilidades que desafían las nociones de “lugar”

Las transformaciones y desafíos en la concepción del lugar y la movilidad acompañan una configuración cada vez más difusa y borrosa de la ciudad. La otrora ciudad industrial de límites geopolíticos claros ha experimentado en la era actual verdaderos procesos de desfronterización y globalización que provocan un desafío a las escalas urbanas tradicionales, volviendo la experiencia cotidiana de la ciudad en una experiencia que se da en muchas escalas simultáneamente (e. g. Brenner, 2013; Sassen, 2003; De Mattos, 2010).

Sin embargo, esta nueva era que, al menos aparentemente, desafía fronteras y hace apología de la movilidad como ejercicio de libertad individual (Ropert, 2019) parece al mismo tiempo excluir a algunos individuos de la idea de movilidad libre, condenándolos a moverse para alcanzar condiciones de vida mínimas o, incluso, para sobrevivir (Massey, 1993). Bauman (2007) ejemplifica estas tensiones cuando señala que los imaginarios idealizados del ciudadano y ciudadana libre y móvil, que fluye entre fronteras internacionales, contrastan con aquel que se encuentra condenado a un lugar y no puede acceder a los circuitos de intercambio internacional que dominan los mercados contemporáneos: son las nuevas formas de exclusión que operan sobre quienes no pueden gozar de la libertad prometida por la tecnología y la globalización. Aún más, en una evidente crítica a la comprensión de la movilidad como mandato único e idealizado de la era globalizada, Bauman (2007) agrega: “Lo máximo que pueden lograr quienes pertenecen a la elite de trotamundos[2] […] es a un radio de acción mayor para su movilidad” (Bauman, 2007, p. 115). De esta manera, los modos de acceder a la globalización, a la movilidad, a la fluidez de la libertad transfronteriza de la que parece hacerse apología en el siglo xxi tienen siempre un límite y, aún más, parecen entrar en tensión con las posiciones sociales desiguales que siguen organizando el planeta a nivel local y global.

Recientes estudios han sido destinados a comprender cómo la movilidad cotidiana en la ciudad permite explorar las nuevas dinámicas metropolitanas en las diversas ciudades del mundo (e. g. Miralles-Guash, 2011), así como puede ser influida por procesos de exclusión social complejos y multideterminados y reflejarlos (Jirón, 2007). Una definición amplia de la movilidad urbana cotidiana señala que esta es tanto una práctica que relaciona las representaciones y subjetividades de un individuo o grupo, como la accesibilidad material que ofrece la ciudad para sus desplazamientos (Gutiérrez, 2012). En Santiago de Chile, una ciudad fuertemente segregada (PNUD, 2017; Sabatini et al., 2017; Agostini et al., 2016; CNDU, 2015), algunos y algunas investigadores e investigadoras se han inclinado progresivamente a estudiar cómo la movilidad urbana cotidiana revela que las prácticas de uso de la ciudad son desiguales entre sus habitantes (Rodríguez, 2016; Jirón y Mansilla, 2013; Jirón et al., 2010; Jirón, 2007). Por ejemplo, se ha visto que las personas de menores recursos podrían enfrentar barreras de accesibilidad en la ciudad, tales como aumento en los tiempos de traslado, dificultad para costear los transportes públicos y obstáculos para gestionar los tiempos laborales y la familia (Jirón y Mansilla, 2013). A su vez, algunos y algunas han notado que la movilidad urbana cotidiana revela procesos de estigma y categorización social, cuando las personas que viven en barrios desfavorecidos se mueven hacia otros barrios de la ciudad y enfrentan con ello experiencias de ser señaladas con el dedo, ser miradas inquisitivamente o sentirse excluidas (Frei, 2019; PNUD, 2017; Rodríguez, 2016).

En medio de experiencias cada vez más móviles en la ciudad, ¿empiezan acaso a difuminarse los límites del territorio de residencia, a confundirse los espacios urbanos entre sí, a aparecer una ciudad que es producida incluso por la movilidad? Y si es así, ¿la experiencia de las y los habitantes de la ciudad puede desanclarse de sus territorios de origen? ¿Hemos ya logrado abandonar las etiquetas asociadas al barrio de origen como componentes de una identidad social urbana (Valera y Pol, 1994)? No hay que olvidar que los seres humanos tenemos

una necesidad de identificar al otro e identificarnos con el otro para establecer puntos en común […]. Una de las primeras preguntas que formularemos ante una situación de este tipo será: “¿De dónde es usted?”, o bien “¿dónde vive usted?” (p. 6).

Veamos, pues, los aportes que la psicología ambiental ha hecho al estudio del vínculo entre las personas y los lugares.

Lugar, exclusión y vínculo psicosocial

La psicología, en particular con sus apellidos social y ambiental, ha tardado en reconocer el carácter eminentemente relacional de los lugares, así como su cruce con las luchas de poder que se refractan en el territorio y organizan sus usos cotidianamente. Distintos autores y autoras han dirigido críticas disciplinares, argumentando (i) la falta de contextualización de los procesos psicológicos, concebidos como entidades atomizadas y claramente diferenciables del entorno urbano, y (ii) el predominio de enfoques individualistas que se olvidan de considerar los procesos de conflicto social, las relaciones de poder y la significación política de la experiencia psicológica (Di Masso y Castrechini, 2012; Di Masso, Vidal y Pol, 2008; Manzo, 2005). Además, la movilidad como proceso intrínseco a la comprensión de la ciudad ha tardado también en renovar las definiciones tradicionales y estáticas de identidad de lugar y apego al lugar, dos conceptos claves en la comprensión de los procesos psicológicos asociados al territorio habitado. Progresivamente, algunos desarrollos dentro de la psicología ambiental han incorporado una comprensión más compleja de las diversas formas que toma la experiencia de un individuo en esta continua intersección entre lo fijo y lo móvil de la relación persona-lugar (Di Masso et al., 2019), entendiendo que muchas veces esta relación no resulta contradictoria en la experiencia individual (Gustafson, 2001, 2009). Aún más, se han dirigido claros llamados a integrar la dimensión política en la comprensión de las relaciones persona-lugar en la psicología (Pinto de Carvalho y Cornejo, 2018; Dixon, Durrheim y Di Masso, 2014; Di Masso, 2012; Manzo, 2005), incorporando incipientes comprensiones de lugar que integran la noción de “movilidad” (e. g. Dixon et al., 2020; Di Masso et al., 2019), por ejemplo, para comprender cómo se desarrollan los procesos identitarios asociados al lugar (Ropert y Di Masso, 2020).

Desde los estudios urbanos, algunos autores y autoras han planteado críticamente la obsolescencia de la noción de “barrio” para estudiar las dinámicas de uso, apropiación, experiencia de los territorios urbanos cotidianos en los y las ciudadanos y ciudadanas, considerando que el concepto más clásico de “barrio” ha ido desapareciendo y hoy es un entramado de permanencias y tránsitos que conforman la vida urbana en la escala local (Imilan et al., 2015). Sin embargo, el estudio de las dinámicas socioterritoriales, que se dan en ciudades fuertemente segregadas, pone en evidencia la relevancia de cartografiar los lugares de la ciudad y verlos “desde arriba”, retomando la expresión que utilizan Paola Jirón y Walter Imilan (2019) que refiere a una mirada estructural de la ciudad, para visibilizar su organización desigual. De acuerdo con lo anterior, proponemos ir a mirar el “barrio excluido” entendiéndolo no como unidad territorial fija y delimitada, sino como una puerta de entrada para el análisis de cómo se experimentan los procesos de exclusión social cotidianamente, tanto dentro como fuera del barrio excluido, entre raíces y rutas, para retomar la formulación de Gustafson (2001). Como mencionamos anteriormente, moverse por la ciudad también puede ser oportunidad para ser mirado y mirada o señalado y señalada con el dedo (Frei, 2019; Rodríguez, 2016), en procesos de categorización social que pueden derivar en discriminación y prejuicio cuando habitamos una ciudad que espacializa sus diferencias. Asimismo, estudiar prácticas cotidianas de movilidad en habitantes de barrios excluidos podría permitirnos comprender cómo se juega la desigualdad en la interacción cotidiana con el resto de la ciudad, atendiendo particularmente a procesos psicológicos que puedan aparecer.

En definitiva, cuando orientamos las discusiones en materia de cómo comprendemos y hacemos ciudad desde una perspectiva informada de las experiencias cotidianas de sus habitantes, inevitablemente debemos cuestionarnos las comprensiones fijas, unitarias y enraizadas del espacio. La psicología ambiental ha avanzado en comprender cómo se dan estos procesos psicológicos en contextos socioterritoriales desfavorecidos, precarios o estigmatizados (Morales et al., 2017; Kirkness, 2014; Manzo, 2014; Jorgensen, 2010; Manzo et al., 2008). Sin embargo, son menos los ejemplos en que el vínculo persona-lugar se estudie desde un punto de vista psicológico, haciendo la movilidad parte de esa relación (e. g. Di Masso et al., 2019; Bailey, Devine-Wright y Batel, 2016; Gustafson, 2009; Williams y Van Patten, 2006).

Identidades en tránsito: la presente investigación

Desde la psicología narrativa, la identidad se ha definido como la capacidad que tenemos los seres humanos de contarnos una historia coherente acerca de nosotros y nosotras mismos y mismas (e. g. McLean et al., 2007; Legrand, 1993; Sarbin, 1983). Esta capacidad de construir narrativas autobiográficas se consolida como función psicológica en la adolescencia y juventud (Hammack y Toolis, 2015; Köber et al., 2015; Habermas y Hatiboglu, 2014). Además, la juventud es un período de la vida particularmente relevante para la conformación identitaria, puesto que los individuos atraviesan esta etapa transitando entre la dependencia de las familias de origen y la progresiva independencia que alcanzarás en términos económicos, residenciales y relacionales-afectivos (Arnett, 2014; INJUV, 2012). Por ejemplo, la transición escuela-trabajo es un proceso particularmente desafiante que da lugar a trayectorias vitales muy heterogéneas (OIT, 2010; Jeria, 2009), con jóvenes que solo estudian, jóvenes que estudian y trabajan, jóvenes que ni estudian ni trabajan (los y las “nini”), jóvenes que solo trabajan, algunos estudian y luego vuelven a trabajar y luego vuelven a estudiar, etc.

Este momento de transición entre la escuela y el mundo laboral abre el campo a novedosas prácticas de movilidad por la ciudad (pasar de estudiar en una escuela cerca del lugar de residencia con la familia de origen a estudiar o trabajar en otros barrios y comunas de la ciudad o, incluso, iniciar procesos de movilidad residencial cambiándose de casa para independizarse de los padres) (Arnett, 2000, 2007; Brazil y Clark, 2018). Recientes investigaciones han mostrado que, en esta etapa de la vida, la movilidad residencial –entendida en términos de trayectorias residenciales según las cuales cada individuo o grupo de individuos cambian sus lugares de residencia en la ciudad, atendiendo a las condiciones estructurales que esta ofrece y delimita, como la segregación urbana, la desigualdad, etc. (Di Virgilio, 2011)– puede tener una relación con la movilidad social (Marshall, Swift y Roberts, 1997, como se cita en Torche, 2005). Esto, pues los y las jóvenes pueden en esta etapa consolidar estudios superiores o contratos de trabajo que los y las sitúen en una situación socioeconómica y residencial diferente que la de sus padres (Brazil y Clark, 2018). En este sentido, la juventud parece un momento vital clave para estudiar procesos de consolidación identitaria y movilidad socioespacial (utilizamos este concepto cuando queremos enfatizar la relación entre la movilidad como práctica más o menos permanente, desde la movilidad urbana cotidiana hasta movilidad residencial y las estructuras sociales que le dan sentido al movimiento).

Pero, entonces, ¿por qué no prescindir del concepto de “barrio” para analizar la experiencia subjetiva de la ciudad desde una mirada que incorpore tanto lugares como tránsitos para comprender de manera dinámica la relación de los individuos con sus entornos? Por una parte, reconocemos que es necesario desafiar la definición estática de barrio y comprender que muchos de los territorios que tradicionalmente marcaban una identidad colectiva hoy en día se han visto desarticulados en sus lazos vecinales y comunitarios (Imilan et al., 2015). Sin embargo, creemos que dejar de nombrar estos nodos urbanos y observarlos como tales puede producir un efecto de invisibilización (ver Ropert et al., en prensa): desde la psicología social, sabemos que los seres humanos nos categorizamos unos a otros a partir de nuestras pertenencias a grupos sociales y son esas clasificaciones las bases de los procesos de discriminación, estigmatización y exclusión social.

En este sentido, nociones como “lugar excluido”, “barrio crítico”, “población estigmatizada”, “sector desfavorecido”, entre otros, son conceptualizaciones que buscan comprender las dinámicas sociales que se dan en espacios particulares de aquellas ciudades dramáticamente segregadas como las chilenas. Siguiendo con lo anterior, la política pública nacional ha definido los barrios críticos como nodos urbanos que concentran problemáticas sociourbanas, tales como la violencia en el espacio público, la pobreza, el hacinamiento residencial, el narcotráfico, entre otras, así como la intervención de políticas públicas que buscan retomar el sentido comunitario en estos barrios (e. g. Reyes et al., 2016; Imilan et al., 2015; Ortega, 2014; Manzano, 2009). Por su parte, y retomando la definición de Ruiz Flores (2012), los barrios excluidos en Santiago han sido comprendidos como “puntos extremos donde la exclusión social, la falta de reconocimiento a los derechos humanos y políticos fundamentales y la fragmentación urbana [se] cristalizan” (p. 6). Así, para evitar una definición descriptiva centrada en las problemáticas de un territorio y buscando más bien enfatizar el carácter dialéctico de los procesos de exclusión, optamos por el concepto de “barrio excluido” para definirlo como un espacio segregado y estigmatizado en donde se reproducen, a la vez que se contestan, los procesos de exclusión social de la ciudad (Ropert et al., en prensa). En definitiva, es posible interrogar la relación entre lugar y movilidad en estos contextos, consideramos que el lugar se constituye a través de las prácticas, experiencias e infraestructuras móviles, y de las relaciones que a través de ellas se generan, sostienen o bloquean. Ahora bien, aunque un barrio puede comprenderse como delimitación urbana que “se produce en la articulación entre raíces y rutas, entre prácticas de permanencia y movilidad” (Imilan et al., 2015, p. 89), vivir en determinado barrio de la ciudad puede constituirse como una categoría de identificación tanto para cada persona en su vínculo con el lugar donde reside, como en su encuentro con otros ciudadanos y ciudadanas en el momento de transitar la ciudad: es un efecto de procesos de categorización social, mencionado anteriormente, que llevan a abstraer el barrio como unidad territorial y a marcar sus significados desde la propia identidad de quienes lo habitan.

Considerando un foco en las narrativas que desarrollaban jóvenes que habían vivido la mayor parte de sus vidas en algún barrio excluido de Santiago, la presente investigación abordó distintas experiencias cotidianas en el espacio (dentro del barrio de residencia y fuera de él) con el fin de comprender cómo se articulaban las identidades en cada caso. El diseño metodológico de la investigación fue un estudio de carácter descriptivo-comprensivo y se situó en lo que se considera el paradigma cualitativo de la investigación social (e. g. Flick et al., 2004). Para analizar los datos que procedieron de diversas fuentes (entrevistas biográficas, entrevistas caminando, sombreos, cartografías participativas, entre otras), una de las estrategias analíticas de la presente investigación se tomó del análisis biográfico-narrativo (Cornejo et al., 2017; Capella, 2013; Cornejo et al., 2008; Sharim, 2001), primero en lógica singular que permitió comprender la narrativa identitaria en cada joven, para luego analizar transversalmente los casos, discutiendo procesos identitarios articulados con mandatos culturales comunes a sus procesos de transición.

Respecto de los participantes, se incluyó al menos un hombre y una mujer que hubiesen vivido la mayor parte de su vida[3] en algún barrio excluido de la ciudad de Santiago[4]. La investigación fue aprobada por el Comité de Ética de la Pontificia Universidad Católica de Chile y trabajó sistemáticamente con procesos de consentimiento informado y resguardo de la confidencialidad. La muestra final contó con un total de nueve participantes, de los cuales ocho participaron de los tres encuentros individuales y uno solo de los dos primeros, ofreciendo una muestra total de cuatro mujeres y cinco hombres, de edades entre los 20 y los 27 años.

Con el fin de comprender cómo se articula la relación entre identidad, lugar y movilidad socioespacial en la experiencia de los y las jóvenes, se presenta a continuación una síntesis por caso y algunas relaciones entre ellos.

Identidades en el lugar excluido

El análisis biográfico-narrativo de los casos da cuenta de que algunos y algunas jóvenes de la muestra se identifican fuertemente con sus barrios de origen. Los casos de Bastián (27 años, Lo Hermida, vive con familia de origen y es profesional buscando trabajo) y Lautaro (23 años, José María Caro, vive con familia de origen y tiene trabajo jornada completa) son claros en este punto, ya que ambos jóvenes desarrollan relatos identitarios fuertemente identificados con su lugar biográfico: Lautaro mostrándose muy seguro de sí mismo, desarrollando una narrativa heroica que daba cuenta de cómo los distintos desafíos que había enfrentado en su vida lo habían llevado a querer dar el ejemplo a otros y otras jóvenes como él, especialmente en lo relativo a encontrar un trabajo y no cometer delitos; mientras que Bastián organizaba una narrativa donde su identidad parecía casi fusionada con el lugar, pues su identificación como poblador recordaba las identidades colectivas del movimiento de pobladores de mediados del siglo xx (Angelcos y Pérez, 2017; Garcés, 2013). Las citas a continuación reflejan la intensidad de esta identificación en ambos casos:

Esta es la realidad de un solo joven para una tesis y que la verdad que trata de ser un ejemplo de vida para el futuro que viene y que, que espera que el futuro siga haciendo cosas para los que sigan viniendo, po’ […]. Pucha, hay jóvenes que no se dan cuenta dónde están situados, dónde están viviendo, y que es peludo vivir ahí también, po’. […]. Entonces, eeh, saber la identidad de uno y en dónde está parado (Lautaro, sombreo: 185-188).

Tiene sentido vivir acá, po’, ¿cachai? O sea, no es cualquier pobla pa’ mí. No sé, po’, yo siempre […] le canto a la Cami [pareja]: “Cuando Dios hizo el Edén, pensó en Lo Hermida” […] [risas]. ¿Cachai? Tiene esas hueás’ mágicas pa’ mí que, a pesar de haber tenido una infancia difícil, igual fue bonita, po’, ¿cachai? (Bastián, entrevista caminando: 10).

En ambos casos los jóvenes tienen deseos o expectativas de movilidad residencial en el futuro, pero señalan sentirse apegados a sus territorios de una forma afectiva, como un lugar que les “cuesta soltar” (para retomar las palabras textuales de Bastián durante el sombreo, p. 10) o que constituye un “refugio” o una “base” (en los términos de Lautaro, entrevista biográfica: 52). En este sentido, las narrativas identitarias muestran hasta qué punto el barrio biográfico sigue siendo un referente identitario clave, a pesar de constituirse como un lugar con problemáticas psicosociales que ponen en tensión la historia de vida de los jóvenes aquí citados. Esta tensión es abordada por uno de ellos a partir de la narrativa heroica de haber tenido una vida diferente de otros y otras jóvenes de la población y, por ello, querer constituirse como un ejemplo frente a ellos y ellas. En el otro caso, Bastián cuestiona los estigmas asociados a su territorio refiriendo que el lugar es significativo y destacando aquellas dimensiones positivas que encontró viviendo allí, tales como la relación afectiva con vecinos y vecinas, la identidad colectiva asociada al lugar en cuanto territorio de solidaridades y conciencia comunitaria, etc.

En el mismo sentido, el caso de Andrea (20 años, Lo Hermida, vive con familia de origen y tiene trabajos esporádicos) da cuenta de que una narrativa identitaria donde una joven sale de su barrio de origen, pero se arrepiente de este movimiento, constituyendo con ello una narrativa identitaria de movilidad retornada. En su relación con el lugar físico abandonado, su barrio biográfico, parece dibujarse un relato fuertemente afectivo que no trata necesariamente de la relación más cotidiana que tiene con su entorno barrial. De hecho, al final de la entrevista caminando, Andrea dibuja su cartografía de barrio tachando algunos pasajes que considera peligrosos dentro del barrio, acompañando esta representación gráfica con un relato que define su barrio como el lugar que provee de seguridad y sentimientos de familiaridad, muy en la línea con la clásica definición de “apego al lugar” (e. g. Lewicka, 2011; Droseltis y Vignoles, 2010; Scannell y Gifford, 2010), y que deja fuera sus elementos negativos, incluso negándolos o tachándolos gráficamente en el mapa.

Aquí en Lo Hermida nunca he tenido, nunca me ha pasado nada malo. Una vez cuando chica salí a carretear[5], sí, me acuerdo, y escuché balazos, pero nada, así como que “Ohh la mansa[6] cagada, no” (Andrea, entrevista biográfica: 150).

Además de desarrollar fuertes sentimientos de apego y pertenencia en el lugar de origen, todos y todas estos y estas jóvenes construyen relatos de movilidad donde se cuestionan respecto de la fuerza estigmática que tiene haber vivido o estar viviendo en este lugar para ellos y ellas. Andrea, por ejemplo, señaló que se había dado cuenta de que tenía que hablar mejor para trabajar en contextos fuera de su barrio de origen:

Como tú hablas es como te ven. Aparte que esas promociones [en las que ella trabaja] son siempre como para gente de más plata, y tení’ que tener buen bla bla, po’, pa’ convencerlos (Andrea, encuentro 2: 7).

Ahora bien, la movilidad dentro del barrio da cuenta de una experiencia cotidiana de fluidez en el territorio, sensación de manejar sus códigos, de dominar sus pautas relacionales de, incluso, constituirse como personas idóneas para invitar al equipo de investigación a recorrer el barrio:

Al final del primer encuentro, al preguntarle por si hay algún peligro de caminar por su barrio, Bastián señala “No, conmigo no”, lo que reitera al preguntarle por cómo prevenir los peligros: “Andando conmigo” (cuaderno de campo 2: 9).

Es decir, el barrio que funciona como anclaje identitario en estos y estas jóvenes no es solo un barrio de la ciudad, sino su barrio. Así, se hace evidente que pensar el territorio en términos abstractos o “desde arriba”, retomando la expresión que utilizan Paola Jirón y Walter Imilan (2019), abstracción que acusa recibo de los estigmas y las problemáticas asociados con la noción de “barrio excluido”, contrasta en estos y estas jóvenes con la experiencia de vivir el barrio, transitarlo cotidianamente, encontrar allí un espacio lugarizado desde lo afectivo y lo identitario.

Identidades en movimiento

En el extremo de aquellos relatos de fuerte identificación con narrativas de movilidad socioespacial, el caso de Tomás (27 años, La Legua, actualmente vive con la familia de su pareja en otra comuna y está cursando estudios universitarios y trabajos esporádicos durante los fines de semana) es particularmente relevante, puesto que el joven hace apología de la noción de “fluidez de lugares”. Su formulación de “hogares pueden ser cualquiera” (entrevista biográfica: 232) refiere que, para él, quedarse un par de meses en casa de un primo en otra comuna puede ser considerada una experiencia de hacer hogar tanto como vivir toda la vida en un barrio específico. Lo que constituye un hogar, en su experiencia, es la posibilidad de que en tal lugar se asocien experiencias positivas de vida. Tomás siente que puede y que debe moverse siempre, y esto lo convierte en un joven que siente que debe tomar el control de su vida, ser agente activo en su propio destino biográfico:

Sé que si algo que no me llena yo simplemente lo… [Gesto] doy vuelta. Siento que puedo manejar mi vida y a la vez también siento que no me puedo conformar con ciertas cosas que están siendo como predestinadas así (entrevista biográfica: 484-486).

El caso de Darinka (23 años, La Legua, actualmente vive con su familia de origen en otra comuna, está cursando estudios universitarios y trabaja tiempo parcial), en cambio, da cuenta de un conflicto interno respecto de la movilidad. Si bien es una joven muy clara en su deseo, concretado, de vivir en otro barrio y no en su barrio biográfico, principalmente por la motivación de ofrecer mejores condiciones de vida a su hijo/a en comparación con las que ella tuvo cuando niña, señala que su movilidad está en conflicto con el deseo continuo de regresar al lugar de origen:

A mí me gusta participar allá, me encantan las agrupaciones de allá de La Legua, todo, me encanta, porque lo siento como parte de mí. Pero también me gusta vivir acá [en nueva zona céntrica de Santiago], porque siento que vivo tranquila, sin balaceras, sin droga a la vuelta de la esquina, entonces ese es como un conflicto interno mío (entrevista biográfica: 406).

De hecho, en términos de prácticas de movilidad urbana cotidiana, es interesante notar que tanto Tomás como Darinka suelen regresar permanentemente a sus barrios de origen, ya sea a visitar familiares y amigos, a realizar actividades comunitarias, a participar de la feria, etc. Darinka refiere una experiencia de tensión frente a estas prácticas cotidianas de movilidad urbana cotidiana, que siente como contradictorias con el proceso de movilidad social que ha iniciado: salir del barrio por mejores condiciones de vida, pero siempre querer regresar a su lugar de origen. Esto la lleva a imaginarse un futuro en un lugar “no tan lejos” (Darinka, entrevista biográfica: 1396).

Tomás, en cambio, hace una operación de baipás de aquel conflicto expresado en Darinka, al no dar cuenta en su narrativa de las experiencias de nostalgia, pérdida o aflicción y desarrollar una comprensión de los lugares como escenarios fluidos, entrelazados, en continua sucesión y simultaneidad:

Como tengo experiencias aquí buenas, y no, no, no niego que en otras partes también pueda tener experiencias buenas, eeh, siento que hogares pueden ser cualquiera (Tomás, entrevista biográfica: 232).

En ambos casos, finalmente, la fuerte identificación con la movilidad contrasta con la expectativa de irse, pero siempre poder volver.

Identidades lugar-movilidad: una experiencia de tránsito

Independientemente de que algunas narrativas identitarias parecían formularse más cercanas a la identificación con el barrio de origen y otras más cercanas a la identificación con los proyectos y prácticas de movilidad socioespacial, cierto es que, en todos los casos, la expectativa de movilidad convive transversalmente con los afectos ligados a las experiencias biográficas en el lugar. Por un lado, es una verdad compartida por los y las participantes que en sus barrios de origen

no existen muchas oportunidades de trabajo […], o sea tienes que buscar afuera, en el centro de Santiago, como decimos nosotros, pa’ allá pal’ barrio alto (Lautaro, sombreo: 44-52).

Pero, al mismo tiempo, algunos y algunas jóvenes quieren rebelarse ante esta realidad de tener que salir del barrio y buscan reivindicar su valor y confrontar las expectativas de movilidad socioespacial, como es el caso de Bastián, mientras que otros y otras desarrollan cabalmente una trayectoria de movilidad social que parece persistentemente confrontada con la experiencia negativa de haber tenido que salir del barrio, como son los casos de Darinka y Andrea.

Asimismo, fue posible analizar que algunas narrativas biográficas se encontraban en tránsito entre el lugar biográfico y las prácticas de movilidad socioespacial. Algunos de ellos, como Farid (24 años, Los Robles, vive con familia de origen y tiene trabajo jornada completa) y Bernardo (24 años, José María Caro, vive con familia de origen y está cesante en busca de trabajo), dan cuenta de que este tránsito entre ambos supuestos polos se daba por un proceso de transición hacia la autonomía y la adultez. Por ejemplo, frente a la pregunta por su deseo de vivir en otra parte en el futuro, Farid señala:

Yo creo que donde uno no se siente preparado al mundo, a estar solo […]. Ese es el miedo que yo debo tener así, de lanzarme (entrevista biográfica: 484-486).

Por su parte, Daniela (27 años, José María Caro, vive con familia de origen y trabaja jornada completa) y Ester (23 años, Los Robles, vive independiente con su hijo/a, está cursando estudios universitarios y trabaja tiempo parcial) desarrollan relatos identitarios que pregonan el deseo de independencia residencial, de autonomía, de irse a vivir a otra parte, pero donde las constricciones del afuera aún operan mermando de alguna forma el proyecto: en el caso de Ester, su hijo/a desea seguir viviendo en el barrio cerca de su padre, mientras que, en el caso de Daniela, su rol como cuidadora en su familia, así como la espera de un subsidio habitacional, la mantienen arraigada a su barrio de origen.

Por último, y gracias a un análisis transversal de los relatos biográficos, fue posible notar la presencia de narrativas de responsabilidad individual en la mayoría de los y las participantes, expresadas como apologías del esfuerzo o por medio de la atribución de características de personalidad en los procesos de movilidad. A partir de estas narrativas, los y las jóvenes deslizaron atribuciones respecto de que la movilidad social, principalmente, en términos de estudios y trabajo, dependía de cada uno y una, de tener las habilidades y de esforzarse lo suficiente. Con todo, resulta interesante notar cómo estas narrativas aparecen en los discursos individuales, pero aluden implícitamente a mandatos culturales propios de sociedades neoliberales como la chilena (Castillo, 2016; Salinas y Riquelme, 2015; Espinoza, et al., 2013).

Pa’ mí es cuática la situación, porque para todas las personas están los ricos y los pobres, pero hay categorías de pobres y de ricos. Y [carrera que estudiaba] te hace ver el esqueleto desde la realidad, ¿cachai? El por qué es así, po’. El consumismo, las clases sociales, el cómo andai’ vestido, po’, las marcas, lo que eres teniendo, lo que no eres no teniendo, ¿cachai? ¡Todo! El ver una persona y ver su ropa, todo (Ester, entrevista biográfica: 335).

Siguiendo con lo anterior, en algunos casos fue posible analizar que la calle y el barrio se dibujaban desde una contradicción: tanto el lugar de los recuerdos y los vínculos afectivos, como el lugar del que, según otros, se tiene que escapar, para no caer en sus peligros. En varios y varias de los y las participantes, fue interesante ver que sus historias biográficas estaban marcadas por la imagen de una madre que los y las resguardaba de los peligros del barrio en la misma medida que los instaba a estudiar y trabajar:

Yo me empecé a meter en el mundo folclórico y fue la única forma de que mi mamá me sacara de la calle (Bernardo, entrevista biográfica: 160-166).

Ella [mi mamá] siempre dijo que yo tenía que estudiar en la universidad (Darinka, entrevista biográfica: 364).

Retomando, pareciera ser que la movilidad socioespacial es experimentada por algunos y algunas jóvenes como algo que viene desde el afuera, o bien se constriñe por el afuera: es decir, la movilidad instala un conflicto entre el o la joven y los otros. Así, la movilidad aparece como un fuerte deseo en todos los relatos, ya sea puesta desde otros y otras o desde el deseo propio de cada joven, pero convive a la vez con la identidad de lugar que toma diversas formas narrativas.

Mandatos transversales que componen la relación lugar-movilidad

Para concluir la síntesis de los resultados biográfico-narrativos aquí presentados, exponemos la figura n.º 1, que busca integrar el análisis por caso a una lectura transversal de cómo se juegan los lugares y las movilidades conjuntamente en cada una de las identidades analizadas. Como hemos visto en la presentación de resultados, los y las jóvenes parecen atribuir al barrio excluido una fuerza identitaria clara, definiendo el lugar como algo propio, íntimo, que ha influido positivamente en sus trayectorias vitales. Muy lejos de la noción de espacio como mero contenedor, el lugar parece aquí cumplir funciones psicosociales que marcan, de distinta manera, identitariamente a los y las jóvenes. Por su parte, la movilidad socioespacial aparece transversalmente como una expectativa y práctica cotidiana, con narrativas que varían en su grado de identificación con el proyecto de movilidad sociourbana, pero que coinciden ampliamente en la pregunta por lo que implica transitar por, y/o diferenciarse de, el barrio de origen.

En este sentido, cabe señalar que la oposición que muestra la figura n.º 1 entre los polos “barrio excluido” y “movilidad” no es más que un ejercicio de abstracción que busca representar dos modos de narrar esta experiencia intrínsecamente ensamblada de lugares y movilidades. Es más, podríamos hipotetizar que la relación lugar-movilidad conlleva tensiones de tipo adentro-afuera y, particularmente, en la relación yo-otros, puesto que enfrenta a las y los jóvenes a la pregunta por quién soy frente a otros, dentro de mi barrio y fuera de él.

Figura 1. Integración de resultados de análisis biográfico-narrativo

Fuente: elaboración propia.

Discusión y conclusiones

La noción de “lugar” se halla intrínsecamente vinculada con el movimiento, en la medida en que experimentamos tal lugar en primera persona: en términos de Tuan (1984), la idea de estar en un lugar es una ilusión, fruto de una abstracción de nuestra mente representacional que delimita los contornos de una experiencia, por definición fluida y cambiante (ver también Iturra, 2014). Además, en contextos urbanos excluidos, la abstracción representacional de lugar conlleva la voz de otros que señalan significados más o menos estigmáticos asociados con el lugar. Tanto dentro de sus barrios como al salir de ellos, los y las jóvenes de la muestra se confrontan con aquellos otros que ofrecen perspectivas sobre sus barrios y les permiten a ellos y ellas mismos y mismas tenerlas e integrarlas a sus propias identidades (la voz de la madre es aquí particularmente clave). Dentro del barrio y más cercanos y cercanas a sus experiencias y prácticas cotidianas de uso y tránsito por el lugar, los y las jóvenes experimentan sus barrios afectivamente, es decir, en primera persona. Así, la distinción lugar-movilidad que muestran los resultados del presente artículo no es más que una distinción artificiosa que está cruzada por los procesos de exclusión social que delimitan lo deseable e indeseable de la vida ciudad: más que una polaridad definida por la tensión lugar-movilidad, se trata de un continuum identitario capaz de tensionarse y resolverse recursivamente en función de cómo los y las jóvenes resuelven sus identidades entre lo que conciben representacionalmente de sus barrios biográficos y cómo los experimentan cotidianamente[7]. Entendemos aquí que la definición de “lugar” necesita incorporar la fluidez y el movimiento con que se construye cotidianamente la experiencia emplazada, pero enfatizamos aquí la noción de “lugar psicológico”, internalizado como representación de un nodo identitario, como lo muestra la figura n.º 1 (ver Iturra, 2014, para profundización de la tensión entre experiencia y concepto de “lugar”).

Los resultados aquí discutidos van en línea con la investigación psicoambiental internacional, dando cuenta de la presencia de componentes comunes a los procesos de identidad y de apego al lugar, tanto en términos de procesos psicológicos, como en cuanto a la necesidad de continuidad biográfica y el sentimiento de familiaridad, incluso a pesar de la conciencia de sus características negativas (Lewicka, 2011; Droseltis y Vignoles, 2010). Asimismo, coherente con la investigación que se ha realizado en contextos excluidos o desfavorecidos (Manzo et al., 2008), los y las participantes dieron cuenta de la importancia de los lazos vecinales en sus relatos, a la vez que significaron el lugar tanto desde sus problemáticas como desde la negación de estas, lo que se constituye como un clásico ejemplo de procesos de apego ambivalente al lugar (Manzo, 2014).

Sin embargo, desde la perspectiva de las movilidades sugerida al inicio del capítulo, las ciudades contemporáneas exigen formas de vivir y comprender la ciudad como escenario de movilidades y desigualdades. Una ciudad con altos índices de segregación y estratificación social como es Santiago de Chile (De Mattos et al., 2014) plantea nuevos desafíos a la investigación en términos de cómo impactan los procesos de movilidad urbana cotidiana en las subjetividades (Rodríguez, 2016; Jirón y Mansilla, 2013; Jirón et al., 2010; Jirón, 2007). Si bien resultó casi transversal entre los y las participantes del presente estudio la queja respecto de que trasladarse por la ciudad era una actividad particularmente tediosa y problemática, lo novedoso que aportan los resultados tiene relación con la persistencia del lugar de origen como referente identitario que resulta de la abstracción de un espacio físico como escenario de identificaciones psicosociales en cada uno y una de los y las participantes. Es más, las narrativas de movilidad en los y las jóvenes participantes daban cuenta de un proceso de toma de perspectiva crítica hacia el propio barrio, con el que a su vez mantenían un sentido fuertemente identitario, por lo que la demanda de integrar estas distintas miradas, externa e interna al barrio, por ejemplo, resulta clave desde el punto de vista subjetivo.

Sin duda, estos resultados refuerzan la importancia de considerar perspectivas innovadoras respecto de cómo se vive y se performa la ciudad contemporánea en manos de sus habitantes (Di Masso et al., 2014; Di Masso y Castrechini, 2012), llevándonos a pensar la movilidad al menos en una doble dimensión: como práctica que dificulta la movilidad social, al instalar barreras de accesibilidad en los y las habitantes de sectores populares en la ciudad, en la línea de lo planteado por Jirón y Mansilla (2013), y como práctica que favorece la movilidad social, al permitir que, al menos en algunos y algunas jóvenes, las experiencias de tránsito por la ciudad provoquen la apertura hacia nuevas perspectivas de vida y proyecciones a futuro. Así, es posible comprender que en estas dialécticas lugar-movilidad, y cuando se insertan específicamente en contextos de exclusión social, se abren nuevas formas de pensar y articular identitariamente la transformación social. En efecto, al enfrentar los desafíos epistemológicos y metodológicos de pensar la movilidad como enfoque (Jirón e Imilan, 2018), es posible comprender que no existe necesaria ni prioritariamente una oposición entre haber vivido muchos años en un lugar excluido y la movilidad social o residencial que puede darse en la trayectoria vital posteriormente, sino que las identidades de sus habitantes pueden situarse en un tránsito entre ambas instancias, así queda en evidencia en los resultados presentados. Este tránsito, además, no resulta inocuo desde el punto de vista psicosocial, puesto que involucra nuevas vías para pensar el cambio social más allá de la clásica mirada diagnóstica de la política pública que busca intervenir los barrios críticos de la ciudad “desde arriba” (Jirón e Imilan, 2018, p. 18).

En definitiva, comprender los lugares como unidades fluidas donde se entrelaza la experiencia de lugar con la de movilidad no puede impedirnos nombrar la carga estigmática que conlleva vivir en un lugar u otro, sobre todo cuando se trata de lugares que, bajo la lógica segregatoria y desigual, no resultan inocuos frente a las dinámicas de exclusión social en la ciudad. Con todo, el lugar ha sido reconceptualizado en aras de integrar la complejidad de las prácticas cotidianas en el lugar, que involucran por cierto la movilidad en su definición misma. Investigar la exclusión de lugares urbanos con un enfoque de movilidad (Jirón e Imilan, 2018) invita a pensar sujetos cada vez más móviles que se cambian de residencia, viajan, se trasladan largas horas, pero que pueden a la vez estar cruzados por sentir que pertenecen a lugares deseables o indeseables de la ciudad. Los resultados aquí presentados dan cuenta, por un lado, de la necesidad de incorporar conceptualizaciones de “lugar” que integren la movilidad como parte fundamental en su definición, pues las experiencias cotidianas de lugar se dan por y para los tránsitos en y desde el lugar definido como significativo para la identidad. Pero, al mismo tiempo, los resultados aquí presentados sugieren que conceptualizar el lugar biográfico entrelazado con las prácticas y disposiciones a la movilidad socioespacial no puede hacernos perder de vista que el lugar, cuando es un lugar excluido en la ciudad, provoca un impacto en la tarea de construir una narrativa identitaria singular que conteste y transforme los procesos de exclusión en la ciudad.

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  1. Una versión previa de este trabajo fue presentada en el V Seminario Internacional de Desigualdad y Movilidad Social en Santiago de Chile, el 7 de mayo de 2019. Agradecimientos: Beca Doctorado Nacional Conicyt 2115017. Patrocinio de FONDAP/15130009 Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social de Chile (COES).
  2. Cursivas propias.
  3. Para aludir al barrio donde se ha vivido la mayor parte de la vida, aunque no coincida con el barrio de residencia actual, el presente capítulo utiliza el concepto de “barrio biográfico” o “barrio de origen”.
  4. Se tomó la definición de “barrio excluido” definida en el marco teórico del presente artículo, es decir, un espacio segregado y estigmatizado en donde se reproducen, a la vez que se contestan, los procesos de exclusión social de la ciudad. En términos operacionales, se definieron criterios de comparabilidad entre barrios (como ser zona urbana prioritaria para el MINVU 2014-2018, tener un índice de pobreza comunal elevado y ser una población emblemática en la historia sociopolítica reciente) y criterios de variabilidad entre barrios (localización en el SUMS, orientación geográfica, presencia o no en Programa Barrio Seguro y experiencia previa del equipo de investigación) (ver Ropert, González, Sharim y De Tezanos-Pinto, en prensa).
  5. Chilenismo que es sinónimo de “irse de fiesta”, principalmente usado entre los y las jóvenes.
  6. Chilenismo referente a algo grande, una exageración.
  7. Sirve como ejemplo de lo propuesto pensar en la distinción interior/exterior que establece la banda de moebius donde, si seguimos el circuito, notaremos más temprano que tarde que tal distinción no existe: pensemos entonces la polaridad “lugar biográfico” y “movilidad” como formas contrarias que tarde o temprano se difuminan en la experiencia.


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