Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

La universidad y la serpiente

Fernando Lizárraga[1]

Poco después de su creación como universidad nacional en 1972 –sobre la base de la primigenia Universidad de Neuquén, fundada en 1964– la Universidad Nacional del Comahue asistió a uno de sus más intensos ciclos de activismo estudiantil. En 1973, en el marco de las disputas entre los bloques universitarios (y extra-universitarios) de izquierda y de derecha, el gobierno nacional nombró como interventor a José Antonio Güemes, miembro de la ultra-conservadora Junta de Estudios Históricos de Neuquén. El funcionario anunció que su objetivo era “cortarle la cabeza a la víbora marxista que se ha instalado en el Comahue”. En enero de 1975, la intervención encabezada por el militante de ultra-derecha Remus Tetu se jactó de haber culminado la “limpieza” de elementos subversivos y convertido a la UNCo, según sus palabras, en un “convento”. En este capítulo, analizaremos, desde la perspectiva de Slavoj Žižek sobre los totalitarismos, las siniestras implicancias de las imágenes de la serpiente decapitada y del orden conventual.


Los años 1960, se sabe, fueron escenario de masivos movimientos sociales y el surgimiento de la nueva izquierda a nivel mundial. La juventud y el estudiantado emergieron como sujetos sociales en busca de un lugar en el esquema binario de lucha de clases entre el capital y el trabajo.[2] En Argentina, el nacimiento del movimiento estudiantil había sido precoz; se hizo visible en las jornadas de la Reforma Universitaria de 1918, la cual disparó protestas similares en buena parte de América Latina. En la Norpatagonia, la creación de universidades fue un proceso posterior a las provincializaciones de los años 1950. En Neuquén y Río Negro, que es el caso que nos ocupa, las casas de altos estudios fueron, en principio, iniciativa de los gobiernos provinciales hasta que se decidió –no sin conflictos– su nacionalización. En las décadas de 1960 y 1970, se produjo un potente activismo sindical y estudiantil en la región del Comahue. En el fragor de estas luchas, exponentes de la derecha ultra- conservadora y totalitaria pronunciaron amenazas y produjeron acciones que anticiparon e iniciaron el terrorismo de Estado que se profundizaría a partir del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. En lo que sigue, 1) haremos un breve recorrido por la génesis de la Universidad Nacional del Comahue (UNCo) y su movimiento estudiantil; 2) examinaremos los dichos de uno de los más conspicuos exponentes de la derecha universitaria, ligado al proyecto nacionalista y provinciano de la neuquinidad impulsado por el Movimiento Popular Neuquino (MPN); y 3) analizaremos estas formulaciones a la luz de la interpretación de Slavoj Žižek sobre los juicios de Moscú de los años 1930 y su diferencia con las prácticas del nazismo. Así, veremos cómo, en un lejano rincón del planeta, se reproducían lógicas y prácticas que caracterizaron a los totalitarismos del siglo pasado.

La UNCo, el MPN y el estudiantado

El movimiento universitario en el Comahue, que comprendió desde agrupaciones estrictamente estudiantiles hasta colectivos vinculados a Organizaciones Político-Militares (OPM), aparece en el seno de una sociedad altamente conflictiva a finales de los años 1960, en respuesta a las políticas universitarias a nivel provincial y federal, y a los múltiples conflictos regionales y nacionales (Echenique, 2005). Así como los estudiantes participan en las protestas en el marco del Cordobazo, también lo hacen en puebladas locales como el Cipoletazo en 1969, el Rocazo en 1972 (Ibid.). Sucede que, particularmente en Neuquén, desde 1963, el campo de la disputa política se divide entre el neoperonista Movimiento Popular Neuquino (MPN) y un “heterogéneo arco opositor” (Ibid.) que ha sido denominado contra-cultura de la protesta (Petruccelli, 2017). Es aquel partido el que, con su proyecto hegemónico, impulsa la creación de la Universidad del Neuquén (UdN) en 1964. A su vez, el movimiento estudiantil es parte de la génesis misma de la contra-cultura y no tarda en chocar con el MPN. Según Echenique, el estudiantado del Comahue “tiene en general las mismas características sociales, culturales e ideológicas de sus pares nacionales. Sus integrantes forman parte de una generación nacida en el cenit del Estado populista y formada durante su lento declinar. Provienen de familias clasificadas como ‘pequeña burguesía’, ‘sectores medios’ y ‘sectores populares’ urbanos” (Echenique, 2005).

En el caso neuquino, es crucial la incidencia de la diócesis católica encabezada por Jaime De Nevares. Desde la modestísima capilla de adobe del barrio Bouquet Roldán, el obispado promueve las reuniones donde se gestan acciones de protesta y organizativas (Echenique, 2005; Zambón, 2008: 85). A este componente de la iglesia tercermundista, se añade, en términos de ideologías políticas, un predominio de la corriente “nacional-popular de izquierda o, en menor cantidad, [de] otras de filiación marxista en sus variadas versiones y combinaciones (leninista, guevarista, stalinista, trotskista y maoísta)” (Echenique, 2005). Como señala José Echenique, hacia 1973 –año clave en esta narrativa– el movimiento estudiantil del Comahue está plenamente integrado al movimiento universitario nacional, con la presencia de organizaciones como la JUP, la Juventud de Avanzada Socialista, y la Franja Morada. En algunos casos, estudiantes se suman a las OPM como las FAR, Montoneros y el PRT-ERP (Ibid.). Para llegar a este punto de plenitud, el movimiento estudiantil recorre un ajetreado camino de luchas. En 1969, en las asambleas realizadas en la mentada capilla, resuelven acciones para apoyar la huelga que deriva en el Cordobazo; y de estas reuniones surge el primer Centro de Estudiantes de la Universidad del Neuquén. Según Echenique “las asambleas que redactan los Estatutos de los Centros de Estudiantes se realizan en la parroquia del barrio Bouquet Roldán, conducida por el sacerdote Héctor Galbiati.[3] En aquellos escritos, los alumnos incluyen entre sus objetivos “el integrarse en las luchas estudiantiles nacionales, el acercar a la clase obrera a la educación superior y el bregar por la participación del alumnado en las políticas de la Institución” (Ibid.). El MPN, creador de la UdN, había estatuido un esquema verticalista y nada participativo en el gobierno y administración de la universidad provincial.[4] Contra esto y posteriormente a favor de la nacionalización, el estudiantado se movilizó durante los años 1970 y 1971, lo cual derivó en las primeras tomas de la universidad, la represión y el arresto de estudiantes y, como punto culminante, el “espaldazo” al presidente de facto Roberto Levingston, en las escalinatas de la Catedral neuquina (Echenique, 2005; Zambón, 2008: 87).

En ese agitado 1971, con episodios como la toma de las oficinas de la Argentine Fruit Distribution y una huelga estudiantil de varias semanas, se perfila la discusión de fondo sobre el proyecto de universidad que se adoptará con la nacionalización: unos pretenden un enfoque regional, atado a los intereses económicos locales; otros, sobre todo los estudiantes “radicalizados”, impulsan “el proyecto de ‘universidad al servicio del pueblo’”, esto es, “al servicio de la transformación del individuo y de la sociedad toda, con el objetivo último de abolir las leyes del mercado” (Echenique, 2005). La disputa se sostiene más allá del acto formal de nacionalización. En efecto, el 15 de junio de 1971 se promulga la ley de creación de la UNCo y el primer ciclo lectivo se inicia en marzo de 1972. En este nuevo marco, el movimiento estudiantil impulsa mecanismos de gobierno con democracia directa y no se fía de la autonomía como un bien en sí mismo, ya que pretende evitar que la universidad sea una “isla democrática”. Por ello, concibe la creación de Comités de Movilización donde participan organizaciones extrauniversitarias, con clara hegemonía peronista y, en particular, de los denominados “municipios liberados”, aquéllos en los que el Frejuli vence al MPN en 1973.

En ese mismo año, se forma la Federación Universitaria para la Liberación Nacional del Comahue (FULNC) y se consigue el cogobierno en la UNCo. Se llega así a la completa integración del movimiento comahuense al esquema nacional y se acentúa la radicalización estudiantil, con una marcada supremacía de la JUP y la Tendencia Revolucionaria, por sobre las agrupaciones socialistas (Juventud de Avanzada Socialista), maoístas (PCR) y socialdemócratas (Franja Morada). Poco después de la asunción de Héctor Campora como presidente de la Nación, el movimiento universitario del Comahue desplaza al rector designado por el gobierno central e impone un Comité de Gestión integrado por un docente, un estudiante y un no-docente. De este modo, se derrumba –por un tiempo– el control del MPN sobre la universidad que había creado Felipe Sapag en 1964. Ante estos episodios, se va configurando la reacción conservadora: un bloque de derecha que “agrupa a profesores, administrativos y alumnos radicales, peronistas, emepenistas e independientes” (Echenique, 2005). Fiel al proyecto de universidad provinciana al servicio de los intereses de las burguesías regionales, este bloque se siente especialmente alarmado por la presencia de FAR-Montoneros y la cercanía de estas organizaciones al ministro de Educación nacional, Jorge Taiana. En este escenario de creciente tensión se produce una sucesión de intervenciones ordenadas por el gobierno central, entre las que figura la de Antonio Güemes, cuya presencia genera un período de cisma, ya que la comunidad no reconoce su mandato y, en cambio, sostiene el rectorado electo por medio de asamblea en la persona de Néstor Spángaro.

En 1974 se inicia de modo sistemático la represión ilegal que preludia el terrorismo de Estado de la última dictadura. A mediados de ese año, sostiene Echenique, “se denuncian amenazas de muerte realizadas por la Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) y se concretan atentados contra las viviendas de integrantes de la izquierda de la comunidad universitaria” (Echenique, 2005).[5] El proceso de desmantelamiento del proyecto de una universidad popular se profundiza con la designación del fascista rumano Remus Tetu, quien es nombrado interventor de las universidades nacionales del Sur y del Comahue en 1975. Es bajo su gestión cuando, efectivamente, escala la violencia abierta contra la izquierda marxista universitaria, contra la maligna serpiente que se había apoderado de los sacrosantos claustros de la UNCo.

Güemes y el proyecto de la neuquinidad

La creación de la Universidad del Neuquén y su nacionalización –como ya se indicó– fueron parte integral del proyecto político del Movimiento Popular Neuquino, una organización neo-peronista que no ha conocido derrota en elecciones provinciales desde 1963 hasta abril de 2023. Como partido del orden, de clara orientación de derecha, prácticas verticalistas y mano siempre dispuesta a las soluciones represivas, el MPN concibió un proyecto cultural centrado en la noción localista de neuquinidad y, para ello, fue crucial la formación de la Junta de Estudios Históricos del Neuquén (García, 2008; Duimich y Lizárraga, 2016). Es aquí, en el corazón de este proyecto, donde emerge la figura de Antonio Güemes.

La Junta de Estudios Históricos (JEH) de Neuquén surgió, efectivamente, a mediados de los años 1960, precisamente como respuesta al “revisionismo […] de cuño izquierdista” (García, 2008, 136). En rigor, es una respuesta al discurso de la naciente contra-cultura de la protesta que ponía en entredicho, entre otras cosas, la antinomia civilización-barbarie que, por estas latitudes, equivalía a una fuerte reivindicación de la denominada Conquista del Desierto. Entre los integrantes de la JEH al momento de la formalización de sus estatutos en 1966 estaban personajes vinculados a la Universidad de Neuquén. Concretamente: Raúl Touceda, decano de la Facultad de Antropología[6]; José Antonio Güemes, decano de Humanidades; un representante de la Dirección Provincial de Museos, Monumentos y Archivos y, por supuesto, el infaltable militar de carrera en la persona del Teniente Coronel Enrique César Recchi, asesor histórico del ejército e integrante de la Comisión Provincial de Cultura (García, 2008: 136; Zambón, 2008: 92). Como señala Norma García, la presencia de este militar no era decorativa, era parte del “espíritu refundacional” de la JEH, “orientaba su acción según las demandas de seguridad interior” y “resultaba central para la obra de recreación de referencias comunes y de la construcción de vías posibles de acción […] ante la posibilidad de las transfiguraciones amenazadoras” (García, 2008: 137). Más aún, en el núcleo del ideario de la JEH estaba la defensa del relato civilizador del Ejército y la Iglesia Católica –supuestamente objetivo y libre de facciones–, al tiempo que se buscaba “contribuir a la formación del ser nacional”, de “la raza en su totalidad” y colaborar con la creación de “una doctrina nacional” que otorgara a la historia el “sentido auténtico de los valores argentinos con el fin de no atentar contra [el] ideal de predestinación” (Ibid.).

Es en la JEH donde también se plasma una política explícita para el mundo estudiantil. Según refiere García, entre los fundadores de la JEH

prevalecía una vigorosa confianza en las medidas que tendían a satisfacer las necesidades materiales y que elevaban el standard de vida hasta hacerlo aceptable para todos, pues ello permitiría que el ‘poder estudiantil’ se fuera convirtiendo en el sucesor del proletariado y lo sucediera paulatinamente con las banderas de ideales absolutos. El reemplazo del poder estudiantil por el proletario era advertido como condición capital para la cancelación del marxismo. Por lo tanto, se creía que a través de “la revolución del subjetivismo pleno” de la juventud, el materialismo histórico estaría condenado. La clara vocación conservadora de quienes admitían este proyecto, otorgaba a la universidad, el rol de ser “el lugar permanente de una asamblea para el desarrollo de una ética de fines absolutos que, con el ejercicio de ideales y de principios, contrapese lo que fuera de ella, […] es un mundo opaco y de múltiples concesiones” (García, 2008: 140).

Así, el espectro del comunismo asediaba sin cesar a los cruzados de la JEH y a los emepenistas que promovieron y fundaron la Universidad del Neuquén. La idea de reemplazar al proletariado con un estudiantado dócil y patriótico, imbuido de ideales y fines absolutos, no fue precisamente exitosa. Quizá en esta frustración resida parte de la beligerancia con la que asume Güemes, ungido como interventor en agosto de 1973.

La llegada de Güemes estuvo precedida de jornadas sumamente agitadas. Como ya señalamos, a poco de que Héctor Cámpora asumiera la presidencia de la Nación, la UNCo quedó bajo un gobierno tripartito denominado Comité de Gestión. En una declaración pública, la asamblea liderada por la JUP sostenía: “las agrupaciones universitarias peronistas resolvieron hacerse cargo de la gestión de la Universidad Nacional del Comahue para garantizar el normal desarrollo de las actividades de la totalidad de sus organismos” (cit. en Zambón, 2008: 91). Como enviado del ministro Taiana, Güemes visitó la UNCo y confirmó, en un primer momento, lo actuado por el Comité de Gestión. Sin embargo, poco después, las FAR difundieron un comunicado a favor de profundizar la lucha, el cual recibió la respuesta del Comando de Seguridad Evita Montonera, que decía: “Muerte a los infiltrados. Leña a los troskos enmascarados. Perón o muerte” (cit. en Zambón, 2008: 93). En un sentido similar, algunos legisladores del MPN acusaron a la conducción de la UNCo de estar formada por funcionarios trotskistas cobijados bajo la apariencia de peronistas” (cit. en Zambón, 2008: 95).

Antes de volver a Neuquén como rector designado, en declaraciones periodísticas Güemes dice: “voy al Comahue a cortarle la cabeza a la víbora marxista que se ha instalado allí” (García, 2008: 144; Zambón, 2008: 97; mis cursivas). Seguramente no ignoraba Güemes que hablar de la víbora marxista podía convertirlo en el hazmerreír de la comarca, como le ocurriera en 1971 al interventor de la provincia de Córdoba, José Camilo Uriburu. En un fogoso discurso el funcionario dijo: “confundida entre la múltiple masa de valores morales que es Córdoba por definición, anida una venenosa serpiente cuya cabeza, pido a Dios, me depare el honor histórico de cortar de un solo tajo” (Diario La Voz, 2011). Los cordobeses respondieron con huelgas, marchas y barricadas, en una suerte de segundo Cordobazo; y se mofaron del interventor al bautizar las jornadas de lucha como “el viborazo”. Pero es probable que Güemes ignorara que la alusión a la serpiente había sido parte clave de la retórica totalitaria, en particular en el estalinismo.

La víbora, entonces, no era simplemente una alimaña marxista; era aún peor: era trotskista.[7] El rector que co-gobernaba con el Comité de Gestión, Raymundo Salvat, renunció a su cargo y finalmente Güemes fue designado interventor. No tuvo mucho éxito con su plan antiofídico. Jamás pudo pisar el rectorado; intentó gestionar desde el Hotel Huemul; trató de ingresar a la universidad por la fuerza –con apoyo de matones emepenistas–, pero se lo impidió una movilización de estudiantes, docentes y no-docentes. En asamblea, el movimiento universitario desconoció el nombramiento de Güemes y proclamó como rector a Néstor Spángaro, secundado por un consejo con representación de todos los claustros. Aislado, repudiado y ridiculizado, Güemes renunció al poco tiempo. Pero el proyecto de exorcizar al “demonio marxista” como quería el interventor de Filosofía y Letras de la UBA, el jesuita Sánchez Abelanda –que andaba echando inciensos por los pasillos y las aulas (Bayer, 2006)–, o de decapitar a la víbora marxista, como anhelaba Güemes, persistió y se hizo cruda realidad; primero, durante la intervención del fascista Remus Tetu y, luego, con la dictadura iniciada en 1976.

El totalitarismo contra la sierpe

Desde los primeros registros escritos, las serpientes tienen la mala costumbre de arruinarle la vida a los humanos. En el Cantar de Gilgamesh, una serpiente le arrebata al rey de Uruk la planta de la juventud eterna que éste había conseguido tras infinitas penurias y aventuras. En el Libro de Génesis, la sierpe consuma la tentación de Eva, logra que Dios expulse del Paraíso a la pareja primordial, pero se lleva una maldición. Yahvéh le dice: “Haré que haya enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Ella te pisará la cabeza mientras tú le herirás el talón” (Génesis 3, 15-16). Lo interesante aquí es que la pobre víbora es vista, desde los orígenes, como un enemigo universal de la humanidad también universal. Es esta universalidad la que persiste en los discursos de personajes como el cura Sánchez Abelanda, el interventor Uriburu y, en nuestro caso, el imposible rector Antonio Güemes. Como se recordará, desde su provincianía, la JEH se fijaba metas vinculadas a un “ideal de predestinación”, a una ética y fines absolutos, todo lo cual remite a la presencia de leyes históricas inflexibles y una suerte de destino manifiesto, occidental y cristiano, como reza la Carta Orgánica del MPN (Lizárraga, 2013: 76, 78). No hace falta mucha sagacidad para advertir aquí la presencia de una fuerte matriz totalitaria. Y es precisamente una de las expresiones más formidables del totalitarismo, el estalinismo, el que permite acercarnos al efecto político profundo de la imagen de la serpiente.

Parece extraño que aquí apelemos a las prácticas soviéticas cuando, de hecho, nos estamos ocupando de personajes quizá más afines al nacionalismo criollo, o al falangismo español, o al nazi-fascismo, o alguna invertebrada mezcolanza de todo esto con algún vitalismo romántico. Las razones de este procedimiento son por lo menos tres. Primero, la confianza de Güemes y sus laderos en el progreso de la civilización, en una suerte de predestinación inscripta en la historia, en ideales y fines absolutos, revelan un sustrato ilustrado por debajo de las demás creencias románticas o vitalistas. Segundo, la identificación del proletariado como el enemigo a vencer, algo que, trágicamente, coincide con lo que hizo el propio Estado soviético en tiempos de Stalin. Tercero, la idea de bestializar al enemigo en la figura de la serpiente, lo cual, como veremos, es parte de un recurso que usó el estalinismo en el juicio contra uno de los principales líderes bolcheviques: Nicolai Bukhanin.

La diferenciación que propone Slavoj Žižek entre estalinismo y nazismo es crucial para sostener nuestro argumento. Para el filósofo esloveno, en términos lacanianos, mientras el nazismo expresa cabalmente el discurso del amo, el estalinismo encarna el discurso de la universidad o universitario. Bajo el régimen de Stalin, el lugar estructural de la agencia no es ocupado por un individuo u organización que asume la enunciación, sino por un “cuerpo de conocimiento objetivo”, esto es, el materialismo dialéctico, dogma que se erige en Ciencia de la Historia (elemento del que carecen el fascismo y el nazismo). Este conocimiento universal y compartido permite que los acusados en las purgas puedan hacer “autocrítica” racional. Así, el estalinismo se exhibe como heredero del Siglo de las Luces, y se revela como un “mundo sin sujetos”, donde las acciones se califican como correctas o incorrectas en función de su correspondencia con la Historia. En los juicios estalinistas, el acusado debía explicar cómo había llegado a cometer su crimen, mientras que los nazis jamás le exigirían a un judío que admitiera ser parte de una conspiración contra Alemania: eso se daba por hecho, estaba en sus genes. Dado que el estalinismo se concebía como parte de la tradición ilustrada, la verdad resultaba accesible y cada quien podía hacerse responsable de sus crímenes. En cambio, la culpa de los judíos estaba inscripta en sus ADN (Žižek, 2005). En el nazismo “la lucha política es naturalizada como conflicto racial”; y como “el antagonismo de clase, a diferencia del conflicto y la diferencia racial, es absolutamente inherente y constitutivo del campo social”, el fascismo clausura ese “antagonismo esencial”, mientras que el estalinismo no lo hace (Žižek, 2005). Como vimos, la derecha comahuense –más allá de sus invocaciones al “ser nacional” y “la raza en su totalidad”– abonaba un proyecto explícitamente anti-proletario, anti-marxista y anti-trotskista.

En tiempos de apogeo del estalinismo, las purgas eran la expresión de un plan perfectamente concebido para lograr la anulación o vaciamiento completo de los sujetos, esto es, su deshumanización hasta el punto de confesarse como algo menos que humano, como serpientes. Durante los Juicios de Moscú de los años 1930, la situación de las víctimas era, en términos de Žižek, post-trágica, o más allá de la tragedia. En la tragedia, como la de Antígona, dice Žižek, al menos existe la posibilidad de alcanzar una condición sublime al sacrificar todo aquello que importa en nombre de una cosa o de una causa (Ibid.). En el estalinismo más puro, lo que se niega es la posibilidad misma de una dignidad en la tragedia, la posibilidad de sacrificar la “propia Segunda Vida (‘Eterna’), la dignidad que nos eleva por encima de la mera vida biológica. Esto es lo que se le pide al revolucionario acusado en un juicio público: muestra tu fidelidad última a la revolución con una confesión pública, admitiendo que eres una escoria sin valor, un excremento de lo humano” (Ibid.). De este modo, el héroe es aquel que permite ser sacrificado y denunciado como traidor, como parte de su servicio al Partido.

Estamos frente a situaciones que rozan lo ridículo y hasta lo cómico, añade Žižek, porque todo su “horror es tan profundo que ya no puede ser ‘sublimado’ como dignidad trágica” y, por ese motivo, sólo pueden ser aprehendidas desde la parodia. Un ejemplo claro de esto son las risas del público durante el juicio a Bukharin quien se mantiene siempre adusto frente a sus acusadores. En efecto, Bukharin declara que descarta el suicidio en prisión para no afectar negativamente al partido, pero sí considera una huelga de hambre hasta morir. La multitud, como en los Dos Minutos de Odio orwellianos, estalla en insultos. Los altos burócratas se enfurecen. Dice Žižek: “desde el punto de vista estalinista, el suicidio estaba vaciado de cualquier autenticidad subjetiva; era simplemente instrumental, era reducido a una de las formas ‘más astutas’ de la conspiración contra-revolucionaria” (Žižek, 2002). Prohibir el suicidio era una forma de negar la subjetividad. El acusado debía ser reducido a la nada misma. En el universo totalitario “no hay lugar ni para el más formal y vacío derecho a la subjetividad” (Ibid.).

Como “imperio de los signos”, el régimen de Stalin no tiene interés en la verdad objetiva ni en la sinceridad de los dichos de los acusados. Sólo le interesa la “señal” que se envía hacia afuera: si el acusado no confiesa, la amenaza de una conspiración trotskista –que es una de las principales acusaciones– queda debilitada. De todos modos, Bukharin “todavía se aferra a la lógica de la confesión”, esto es, está dispuesto a decir lo que el partido le exija si, y sólo si, el mismo Stalin reconoce en privado que son mentiras y que, en realidad, el acusado es inocente. “El error fatal de Bukharin fue pensar que podía, de algún modo, hacer la torta y comérsela: hasta el final, mientras profesaba su profunda devoción hacia el Partido y a la persona de Stalin, no estuvo dispuesto a renunciar al mínimo de autonomía subjetiva” (Žižek, 2002). En una perversa inversión de roles, los miembros de la Nomenklatura dicen sentirse atormentados por aquellos que se resisten a confesar, elogian la paciencia de Stalin que “permitía que los acusados siguieran atormentando al partido por años, en vez de reconocer que eran escorias, serpientes que debían ser exterminadas” (Ibid.; mis cursivas). En un pasaje del juicio, el alto dirigente Valery Mezhlauk le espeta a Bukharin:

El único lugar para vos es en los órganos de investigación, donde no dudarás en hablar de otra manera, porque aquí ante el pleno [del Partido] no tuviste el coraje más básico que tuvo uno de tus propios discípulos, llamado Zaitsev –pervertido por vos– cuando dijo, hablando de sí mismo y de vos: ‘Soy una serpiente y le pido al poder soviético que me extermine como a una serpiente (Ibid.; mis cursivas).

El crimen y la traición de Bukharin, entonces, consiste en aferrarse a su autonomía, porque eso permite “discutir la culpa al nivel de los hechos” (Žižek, 2002). Muy distinto sería que reconociera su condición no-humana, su condición de víbora, y así los hechos no tendrían que discutirse. Sus acciones habrían sido parte de un error en el proceso histórico, el cual fue descubierto y remediado a tiempos gracias a la infinitita sabiduría del Partido. Esto no es otra cosa que la apelación a la “necesidad histórica”, que permite también limpiar la conciencia de los verdugos. En definitiva, “en el apogeo del estalinismo, […] el enemigo es explícitamente designado como no-humano, como el excremento de la humanidad: la lucha del Partido Stalinista contra su enemigo se convierte en la lucha de la humanidad misma contra su excremento no-humano. (En un nivel diferente, lo mismo se aplica al anti-semitismo Nazi; es por eso que a los judíos se les niega su humanidad más básica)” (Ibid.). Pero hay una diferencia crucial en la irracionalidad del estalinismo y el nazismo. En el segundo es posible sobrevivir si se evita una oposición abierta (a menos que uno sea judío, claro); pero bajo el estalinismo “nadie está a salvo, cada uno puede ser repentinamente denunciado, arrestado y ejecutado como traidor” (Ibid.). Los agentes del nazismo todavía se molestaban en hallar pruebas de conspiraciones y crímenes contra el régimen; los agentes soviéticos directamente inventaban las acusaciones.

En tiempos de Stalin, en suma, la serpiente no era otra que todo aquel sospechado de simpatías trotskistas o, más en general, de no cumplir con caprichos de Stalin y la burocracia del partido. Dicho de otro modo, cualquier signo de disidencia era tachado de trotskismo y merecía, cuanto menos, el tratamiento siberiano. La cabeza de la serpiente era destrozada por un disparo o se helaba hasta la muerte en algún impreciso lugar de la tundra. Los fascistas argentinos como Güemes y no pocos estalinistas vernáculos también querían la cabeza de la serpiente marxista-trotskista. Las dos principales formas históricas del totalitarismo, el nazismo y el estalinismo, compartían la determinación de aplastar a la serpiente, esto es, hacer todo lo que fuese necesario para suprimir hasta el último gramo de humanidad en sus archienemigos marxistas. Y lo hicieron sistemáticamente. En la UNCo, a partir de la intervención de Remus Tetu.

El gesto utópico que libera

Tras la caída de Güemes se abre un breve período de transición hasta la asunción de Roberto Domecq, quien entre octubre de 1973 y finales de 1974 lleva adelante una gestión de claro perfil progresista y democrático. Pero en agosto de este último año, la gestión de Oscar Ivanissevich en el Ministerio nacional cambia completamente la orientación de las políticas universitarias y comienzan a contarse por miles las cesantías y expulsiones (Zambón, 2008: 111). El nuevo ministro, exponente del ala más reaccionaria del peronismo, a poco de asumir plantea “la necesidad del ‘cierre de las universidades subvertidas para asearlas, ordenarlas y normalizarlas’” (Besoky, 2017: 155-156). En este marco, el emigrado rumano Remus Tetu, de dudosísimas credenciales académicas, es nombrado interventor en la Universidad Nacional del Sur y en la UNCo en enero de 1975. Sus matones, vinculados o directamente miembros de la Triple A, toman el control de las universidades a punta de pistola. Y no sólo eso: en línea con los desvaríos de su jefe, el ministro José López Rega, Remus Tetu crea el Instituto de Futurología del Cono Sur. Su misión es la “persecución contra la izquierda de la comunidad universitaria y […] desarmar su proyecto de educación superior” y, por ello, sus primeras decisiones apuntan a “desconocer a todas las entidades gremiales y políticas de la [UNCo], entre ellas la FULNC y los Centros de Estudiantes” (Echenique, 2005). A poco de asumir en Comahue, Remus Tetu amenaza: “el que se alzara contra la intervención lo hará contra el presidente de la Nación, que firma el decreto mío, es decir, que se alzará contra la voluntad de siete millones de argentinos. Que lo sepan bien claro”. Y no conforme con esto, al terminar su conferencia, redobla la apuesta: “Vengo en son de paz, pero si alguien quiere guerra, va a tener guerra y le va a costar mucho, porque yo sé pegar fuerte” (cit. en Zambón, 2008: 126). Y así fue que inició la guerra. En enero de 1975 ya había expulsado a casi 80 docentes y 50 empleados administrativos. Para asegurar su plan de “limpieza”, contó con el concurso de Raúl Guglielminetti, alias Mayor Guastavino, un miembro de la Triple A que luego actuaría en centros de tortura como el Olimpo y Automotores Orletti (Zambón, 2008: 139). En unos pocos meses, Remus Tetu puede jactarse de haber hecho su trabajo. En conferencia de prensa dice: “A tal extremo llega la normalidad y el orden, que alguien, jocosamente, dijo que esto [la UNCo] parece un convento” (cit. en Echenique, 2005).

La alusión al orden conventual acentúa lo siniestro del plan totalitario. Tetus seguramente tiene en mente el orden, la disciplina, el silencio. Pero hay algo más. Quien entra a un monasterio suele cambiar su nombre; el sistema hace que aquel que ingresa se transforme en otro. Esto que en la vida religiosa ocurre, digamos, voluntariamente, no sucede así en el orden totalitario. En una estremecedora escena de Mil Novecientos Ochenta y Cuatro, el torturador O’Brien le explica a su víctima, Winston Smith, el propósito del tormento sistemático:

No te traemos sólo para hacerte confesar y para castigarte. ¿Quieres que te diga para qué te hemos traído? ¡Para curarte! ¡Para volverte cuerdo! Debes saber, Winston, que ninguno de los que traemos aquí sale de nuestras manos sin haberse curado. No nos interesan esos estúpidos delitos que has cometido. Al Partido no le interesan los actos realizados; nos importa sólo el pensamiento. No sólo destruimos a nuestros enemigos, sino que los cambiamos […] No te figures que vas a salvarte, Winston, aunque te rindas a nosotros por completo. Jamás se salva nadie que se haya desviado alguna vez. Y aunque decidiéramos dejarte vivir el resto de tu vida natural, nunca te escaparás de nosotros. […] Te aplastaremos hasta tal punto que no podrás recobrar tu antigua forma […] Nunca podrás experimentar de nuevo un sentimiento humano. Todo habrá muerto en tu interior […] Estarás hueco. Te vaciaremos y te rellenaremos de … nosotros (Orwell, 2005: 266-267, 269; mis cursivas).

En presencia de una forma del mal absoluto como lo fue el estalinismo, son precisos los gestos utópicos que señalan alguna salida. Frente a la reducción de las personas a la condición de no-humanos, debe aparecer un pequeño hálito de humanidad. Žižek evoca, al respecto, una observación de György Lukács sobre el protagonista de One Day in the Life of Ivan Denisovich de Alexander Solzhenitsyn. El prisionero en un campo del GULAG, hambriento y exhausto tras un día de trabajo forzado en un frío siberiano, añade un par de ladrillos a la pared que estaba levantando, aun después de que los guardias hubiesen ordenado detener el trabajo. Para Lukács, este “ímpetu para finalizar el trabajo [es] un indicador de cómo la noción específicamente socialista de la producción material como el sitio de la realización creativa sobrevivía incluso en las brutales condiciones del GULAG” (Žižek, 2002). Esa mínima desobediencia era una afirmación de libertad, una declaración de subjetividad plena frente al naciente terrorismo de Estado. Remus Tetu y su patota, bahiense y neuquina, fue indudablemente temible. Pero no lo suficiente como para amedrentar al estudiante David “Watu” Cilleruelo, quien salió por los pasillos de la UNS a panfletear contra el interventor. Remus Tetu ordenó que lo liquidaran de un tiro en la nuca. En Neuquén, la estudiante María del Pilar Sánchez Cuesta tampoco se dejó ganar por el miedo. Salió a repartir panfletos contra el rector y a favor de un reclamo docente en el comedor de la UNCo. Fue apresada y pagó su crimen con el destierro. Estos pequeños gestos de libertad desmentían a Güemes y Remus Tetu. La serpiente no estaba muerta; y las universidades no eran un convento.

Referencias

Bayer, Osvaldo (2006) “Hoy, hace treinta años”, Página 12, 18 de febrero. https://bit.ly/48nUP3s

Besoky, Juan L. (2017) “La gestión del ministro Ivanissevich y la derecha peronista: los 100 días de Ottalagano”, Folia Histórica del Nordeste, n. 29, mayo-agosto, pp. 145-174.

Echenique, José (2005) “El movimiento estudiantil universitario del Comahue (1969-1976)”, en O. Favaro Sujetos sociales y política. Historia reciente de la Norpatagonia Argentina, Buenos Aires: La Colmena. Recuperado de la Biblioteca Digital de Clacso: https://bit.ly/3GUpmu0

Diario La Voz del Interior (2011) “La ‘serpiente’ que obsesionaba a Uriburu”, 13 de marzo. https://bit.ly/3NCSYjq

Duimich, Laura y Lizárraga, Fernando (2016) “Política y poesía en la disputa por la(s) identidad(es) neuquina(s)”, Revista de Historia, Neuquén: Departamento de Historia. Universidad Nacional del Comahue, n. 17, pp. 4-27.

Fraser, Nancy (2022) Cannibal Capitalism. How Our System Is Devouring Democracy, Care, the Planet -and What We Can Do about It, London: Verso

García, Norma (2008) “El lugar del pasado en la construcción de una identidad. Neuquén, 1966-1976”, Revista de Historia, Neuquén: Universidad Nacional del Comahue, No. 11, pp. 131-146.

Lizárraga, Fernando (2023) “El capitalismo hoy (y antes también), según Nancy Fraser”, en Semanario Kalewche, 12 de febrero. En https://bit.ly/3veHzQE

Lizárraga, Fernando (2013) “La justicia social en el discurso fundacional del Movimiento Popular Neuquino”, Revista Identidades, Dossier Primer Encuentro Patagónico de Teoría Política, IESyPPAT: Comodoro Rivadavia, pp. 82-89.

Montanaro, Pablo (2007) “Tras las huellas del cristianismo revolucionario de los 70”, Diario Río Negro, 20 de mayo. En https://bit.ly/3TvBrNS

Orwell, George (2005 [1949]) 1984, Buenos Aires: Debolsillo.

Petruccelli, Ariel (2017) “Contra-cultura de la protesta: más allá de un concepto”, en L. Dumich, S. García Gualda y J. Sartino. (eds.) Neuquén 60 20 10. Un libro de Teoría Política, General Roca, Publifadecs, pp. 15-38.

Scatizza, Pablo (2016). “Represión ‘antisubversiva’ en la Norpatagonia. Estrategias estatales y paraestatales de persecución política en Neuquén y Río Negro (1973-1976)”, Papeles de Trabajo, 10 (17), pp. 52-72.

Zambón, Humberto (2008) La misión Remus Tetu en el Comahue, Neuquén: Educo.

Žižek, Slavoj (2002) Did Somebody Say Totalitarianism? Fiver Interventions in the (Mis)use of a Notion, London: Verso.

Žižek, Slavoj (2005) “The Two Totalitarianisms”, London Review of Books, 27: 6, 17 March. https://www.lrb.co.uk/the-paper/v27/n06/slavoj-Žižek/the-two-totalitarianisms


  1. Investigador del CONICET en el Instituto Patagónico de Estudios en Humanidades y Ciencias Sociales. Profesor de Teoría Política en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Nacional del Comahue.
  2. En su obra más reciente, Nancy Fraser cuestiona la fijación marxista con el conflicto de clases en el punto de la producción, la cual deja de lado las más generales luchas de frontera entre los dominios económicos y no económicos del capitalismo. Ver, Fraser, 2022; Lizárraga, 2023.
  3. Ettore Galbiati había llegado a Neuquén por invitación del obispo Jaime de Nevares en 1965. Como cura obrero, se instaló en el Barrio Bouquet Roldán, uno de los más pobres en aquellos años. Uno de sus desvelos fue promover la organización popular desde las bases. Por eso mismo se opuso duramente al asistencialismo emepenista. “En una de las reuniones con [Felipe] Sapag, el sacerdote expresó: ‘El paternalismo, las cosas hechas «desde arriba», pueden resultar un eficaz paliativo para alguna necesidad concreta, pero condenan a los pobres a esperar que venga alguien a solucionarles los problemas, en lugar de hacerlo por su cuenta. De esa manera, en definitiva, se los está condenando a permanecer eternamente en su condición, aun cuando de vez en cuando se les tire alguna migaja’” (Montanaro, 2008).
  4. El estatuto de la UdN, sancionado en 1965, no contemplaba mecanismos de autogobierno. Todo el personal, incluido el rector, era designado por el poder ejecutivo provincial. Luego se adaptó a la ley universitaria del gobierno de facto de Juan Carlos Onganía la cual “prohibía ‘toda actividad que asuma formas de militancia, proselitismo o adoctrinamiento de carácter político’” (Zambón, 2008: 82). En repudio a la ausencia de autonomía, la respuesta estudiantil se formalizó en centros de estudiantes y las primeras agrupaciones orgánicas como la Línea Estudiantil Nacional, originalmente guevarista pero luego absorbida por la Juventud Universitaria Peronista (Echenique, 2005).
  5. Pablo Scatizza sostiene que al analizar “algunos posibles puntos de partida del proceso represivo que cristalizó con la última dictadura militar […] propusimos como uno de ellos la aparición pública de la Triple A en noviembre de 1973 […] Aun teniendo en cuenta las especificidades propias que caracterizaron a las violencias de Estado antes y después del 24 de marzo de 1976, consideramos que son claros los elementos que habilitan a pensar al período en términos de continuidad en materia de persecución política y represión. Sin dudas, el accionar de las Fuerzas Armadas no fue el mismo antes del golpe militar y después de este [ya que] la propia práctica implementada por el Gobierno militar consistente en el secuestro y la desaparición de personas como método de eliminar a la oposición y de infundir el terror en la población fue institucionalizada y sistematizada a partir del 24 de marzo, y no antes de esa fecha. Sin embargo, ello no impide verificar la presencia, a lo largo de toda esta década, de determinados aspectos que caracterizaron una forma específica de violencia política que la atravesó, y con los cuales se identifica al terrorismo de Estado. En especial, sus fundamentos ideológicos, políticos y económicos, así como el tipo de enemigo que ha de combatirse (Scatizza, 2016: 54-55; nuestras cursivas).
  6. La Facultad de Antropología tuvo corta vida. Se cerró en 1966 y fue reemplazada por la Escuela Superior de Servicio Social (Zambón, 2008: 81).
  7. Zambón subraya que, tras la renuncia de Cámpora, el presidente interino Raúl Lastiri “firmó el decreto 1774/73 que prohibía alrededor de 500 títulos de literatura por ser presumiblemente subversivos: incluía –como era de esperar– a Mao, Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo, pero también a León Tolstoi, Eduardo Galeano, Aníbal Ponce y Jorge Amado” (Zambón, 2008: 50).


Deja un comentario