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4 La perspectiva decolonial y el estudio de los movimientos sociales

Aportes a las teorías clásicas y latinoamericanas sobre movimientos sociales

Como mencionamos anteriormente, el pensamiento decolonial es una perspectiva que a partir de su crítica al neoliberalismo, a partir de los conceptos de colonialidad del saber, diferencia colonial y violencia epistémica nos proporciona claves analíticas para indagar en una dimensión menos explorada por las teorías clásicas sobre los movimientos sociales y por las teorías latinoamericanas sobre los nuevos movimientos sociales (en adelante NMS), a saber, los saberes que construyen las organizaciones para llevar a cabo sus objetivos. Sobre esto hablaremos en los siguientes apartados.

Teorías clásicas de los movimientos sociales

Con teorías clásicas de los movimientos sociales nos referimos a las perspectivas teóricas que se desarrollaron en la década de los ’70 en Estados Unidos y Europa, dado los cambios históricos que se dan en la acción colectiva y la protesta social[1], y los límites de las teorías ya existentes para abordar los NMS[2]. Diversos autores (Flórez Flórez, 2015; De Piero, 2020; Gradin, 2018; Escobar & Álvarez, 2018ª, 2018b; Seoane, Taddei & Algranati, 2009), siguiendo a Cohen (1985) y Cohen & Arato (1992), sistematizan estas teorías en dos paradigmas: el estratégico –nacido en Estados Unidos– y el paradigma identitario o de los NMS –nacido en Europa–.

El paradigma estratégico, comprende los NMS desde la perspectiva del conflicto, circunscribiendo sus acciones entre las relaciones de poder y la búsqueda racional de intereses de un determinado grupo social (Cohen, 1985), considerándolos “como actores dentro del sistema político, y, por lo tanto, en sus relaciones con el contexto” (Gradin, 2018: 44). Como líneas analíticas del paradigma estratégico, la Teoría de la Movilización de Recursos y la Teoría de los Procesos Políticos (McAdam, 1999; Tilly, 1978; 1993; Tarrow, 1999, 2011, 1992; Tilly & Tarrow, 2015; McAdam, Tarrow, & Tilly, 2001; McCarthy & Zald, 1977), responden al cómo y al cuándo de la acción colectiva (Mendiola 2002, citado en Flórez Flórez 2015), otorgándole un rol central a las instituciones en la configuración de la acción política, aunque reconoce la influencia de diversos factores políticos y sociales externos a las instituciones que influyen en los procesos de movilización colectiva (De Piero, 2020). A su vez, ve “las nuevas demandas y los nuevos actores siempre dentro de la lógica del régimen político, cuyo inevitable devenir era su incorporación dentro del mismo” (Gradin, 2018: 46).

El análisis de este paradigma se centra en la identificación de las variables objetivas que definen la acción colectiva en relación con el contexto político en el que se insertan, siendo la racionalidad instrumental y la organización racional, elementos centrales para comprenderla. Entre estas variables están: la estructura de oportunidades políticas, la elección racional, las asimetrías en la distribución y apropiación de recursos, la capacidad de organización entre los diferentes agentes en un sistema social determinado, el repertorio de las acciones colectivas, los ciclos de protestas y procesos que enmarcan la acción (Flórez Flórez, 2015; De Piero, 2020; Gradin, 2018).

La crítica que se le hará a esta perspectiva es que pierde de vista la dimensión simbólica de los movimientos sociales y sus dinámicas internas, cuestión que será abordada desde el paradigma identitario (Touraine, 1978, 1985, 1987, 1988; Melucci, 1989, 1994a, 1994b, 1988; Castel, 1995; Offe, 1988, 1992), el cual concibe los NMS como sujetos que portan una identidad, una cultura y una práctica, y, por lo tanto, se detiene a analizar sus relaciones internas (Cohen, 1985). Según Flórez Flórez (2015) el paradigma identitario responde al por qué de la acción colectiva y más que conceptos, ofrece “una serie de condiciones que explican la proliferación de los movimientos contemporáneos” (Mendiola, 2002, citado en Flórez Flórez, 2015: 48), como, por ejemplo, la

necesidad de abrir espacios simbólicos donde inscribir identidades distintas a las de clase: el género, la sexualidad, la generación, la etnia, la religión, el vínculo al territorio, etc. La visibilidad de todas esas identidades mostró el urgente deseo de ampliar los parámetros del orden social de modo que cubrieran demandas distintas a las del proletariado (Flórez Flórez, 2015: 48).

La perspectiva identitaria pensará los NMS a partir del proceso donde el conflicto de clases ya no es el núcleo central que permite explicar el cambio estructural, ni el Estado es el locus central de la lucha de poder (Cohen, 1985) y buscará identificar la integración social en la acción colectiva, relacionada con la formación de las nuevas identidades y las normas sociales (De Piero, 2020).

Los paradigmas estratégico e identitario han sido objeto de críticas, cuestionando en el primero su focalización en la organización, en la política y los recursos, y en el segundo su omisión de las prácticas concretas de los movimientos que construyen identidades (Cohen, 1985, Flórez Flórez, 2015; Álvarez & Escobar, 2018). En este marco, Gradin (2018) y Flórez Flórez (2015) identifican una tercera corriente, que incorpora elementos de ambos paradigmas: la Teoría de los Marcos Interpretativos. Tomando elementos del interaccionismo simbólico de Goffman (2006), esta teoría analiza la acción colectiva a partir de marcos cognitivos o frame analysis, como marcos de interpretación o procesos cognitivos que dotan de sentido el contexto político y de acción de los movimientos sociales. Los marcos se constituyen como

un esquema interpretativo que simplifica y condensa la experiencia, al señalar y codificar los objetos, acontecimientos, situaciones producidas en el entorno presente o pasado de un individuo. Su función primordial es servir de base para atribuir y articular los significados que guían la acción colectiva (Hunt, Bedford y Snow, 1994, citados en Mendiola, 2002) (Flórez Flórez, 2015: 51).

Son tres los marcos interpretativos para el análisis, el diagnóstico, el pronóstico y la motivación.

Tanto la perspectiva estratégica como la identitaria y la de los marcos interpretativos han sido herramientas para analizar los NMS en Latinoamérica[3]. Sobre esto hablaremos en la siguiente sección.

El análisis de los NMS en América Latina

Latinoamérica también será testigo de la emergencia de los NMS, que serán estudiados por la literatura sobre todo a partir de la década de los ’80 (Flórez Flórez, 2015; Seoane, Taddei & Algranati, 2009; Seoane & Taddei, 2000). Los mismos emergieron principalmente para luchar contra los regímenes autoritarios, la violación a los derechos humanos y por el constante deterioro de los niveles de vida producto de la implementación del neoliberalismo en la región (Seoane, Taddei & Algranati, 2006; 2009; 2011; 2018; Svampa, 2006; Zibechi, 2003; Somma, 2020; De Piero, 2020). En consecuencia, hubo transformaciones en el movimiento sindical –cercenado por los regímenes autoritarios, pero también por los efectos de las políticas neoliberales de precarización del trabajo– y proliferaron movimientos ciudadanos con múltiples y diversas orientaciones y demandas, que pedían mayores niveles de democratización y nuevos tipos de modernidad que incorporaran las identidades y las diferencias como parte constitutiva de la integración social (Garretón, 2001 citado en De Piero, 2020). Así también, se constituyeron “en verdaderos espacios de reacción y resistencia a los impactos de las crisis y […] [en] portadores de nuevos horizontes colectivos” (Calderón, 1986a: 11).

De modo similar a como había ocurrido en Estados Unidos y Europa, estos NMS no tuvieron una orientación político estatal e indicaban la obsolescencia de los partidos políticos, cuestionando el monopolio de la representación y buscando “sus propias identidades culturales y espacios para la expresión social, política o de otro tipo”[4] (Calderón, Piscitelli & Reyna, 2018: 25), sobre todo en un contexto donde sus múltiples demandas no eran escuchadas o procesadas por el Estado.

Las teorías existentes para el análisis de las acciones colectivas características de las décadas anteriores, no permitían abarcar la realidad de estas nuevas acciones[5], razón por la cual, según algunos autores, los intelectuales latinoamericanos, más que construir enfoques teóricos nuevos o acabados, utilizaron herramientas de los paradigmas estratégico e identitario para el análisis de los NMS de la región, poniendo foco en su novedad y capacidad de injerencia en la transformación social (Flórez Flórez, 2015; De Piero, 2020; Escobar & Álvarez, 2018b; Hellman, 1992; Calderón, 1986b)[6].

Ahora bien, hacia fines de los ’90 y principios de los 2000, con la doble crisis económica y de legitimidad del neoliberalismo en Latinoamérica (Seoane, Taddei & Algranati, 2001), se da una segunda oleada de protestas y de movilizaciones sociales, cuyo análisis ahora, según algunos autores, se verá limitado por la utilización de los paradigmas identitario y estratégico, que habían desplazado la problemática del conflicto y de los movimientos sociales.

Este desplazamiento se vio potenciado con el triunfo del Neoliberalismo en los ’90 como relato único, que permeó las ciencias sociales, constituyéndose la “nueva racionalidad social de mercado” como pensamiento único o conservador para el análisis de los movimientos sociales (Seoane, Taddei & Algranati, 2006, 2009; Seoane & Taddei, 2000). Esto significó, por una parte, “la relativa desaparición del estudio científico de los conflictos sociales (que constituyó una temática central del pensamiento social crítico) confinándolo a los ámbitos más marginales de la vida académica” (Seoane & Taddei, 2000: 61), sufriendo un desplazamiento y retroceso el “pensamiento social crítico latinoamericano, entendido como pensamiento cuestionador de las estructuras sociales y los mecanismos de dominación vigentes” (Seoane & Taddei, 2000: 61). Pero también, significó que las protestas y la acción colectiva fueran tildadas como desestabilizadoras de la racionalidad de mercado o de la democracia formal, o bien fueran invisibilizadas tras la preponderancia analítica por describir los procesos de globalización, implementación neoliberal y crisis económica de la década de los ’90 en América Latina, desatendiendo el “amplio proceso de resistencia social a las políticas neoliberales; así como […] la conformación de una poderosa coalición social dominante capaz de vencer estas resistencias” (Seoane & Taddei, 2000: 62).

Ante esta advertencia, diversos autores propusieron retomar el análisis del conflicto social a través de una recuperación del marxismo y sus conceptos de clase, lucha de clases, y de la relación entre las clases subordinadas y el orden social dominante, como uno de los elementos determinantes de la acción colectiva (Izaguirre, 2003; Seoane, Taddei & Algranati, 2009). Así, se proponen trascender la concepción genérica y descriptiva de movimiento social en función de las diferencias con el movimiento obrero y sindical, para transitar hacia una problematización de la relación entre movimiento social y clases sociales, enfatizando “el papel del conflicto o la lucha como su principal elemento constitutivo” (Seoane, Taddei & Algranati, 2009: 14). El conflicto, como el espacio donde se constituyen y recrean los sujetos colectivos, “puede considerase como un operador epistémico que permite abordar y desenvolver la tensión entre asignarle la prioridad al sujeto o la estructura en el análisis sociohistórico” (Seoane, Taddei & Algranati, 2009: 14). Por último, retoman la importancia del análisis de la historicidad de los movimientos sociales y las acciones colectivas (Seoane, Taddei &Algranati, 2006; 2009; Seoane y Taddei, 2000; Zemelman, 2003; Izaguirre, 2003).

Un buen ejemplo de este análisis crítico de los movimientos sociales en este segundo período de conflictividad derivado de la doble crisis económica y de legitimidad que afectan al neoliberalismo a partir de la década de los ‘90 y los 2000, son las investigaciones desarrolladas por Algranati, Seoane y Taddei en el marco del Observatorio Social de América Latina (OSAL-CLACSO). En ellas, los/as autores proponen un análisis de los movimientos sociales desde una perspectiva crítica e histórica del conflicto, donde este último se constituye en

una “puerta de acceso” importante a la comprensión de las transformaciones estructurales que signan al capitalismo latinoamericano y a las dinámicas sociales en que dichas transformaciones se inscriben y despliegan. El conflicto, entendido como alteración del orden social en curso, permite dar “visibilidad” a las tensiones y contradicciones originadas por las profundas transformaciones sociales, así como, a la trama de relaciones de fuerzas y sujetos que estas transformaciones suponen (Seoane & Taddei, 2000: 61).

Por otra parte, la descripción histórica de los conflictos que aquejarían a América Latina desde el inicio del siglo XXI y en el largo plazo, permite identificar la

aparición de ciertas tendencias y prácticas democráticas que nacen y se desarrollan al margen de la lógica institucional pero que pueden, en ciertos momentos, generalizarse y universalizarse contribuyendo así a la conquista de nuevos derechos políticos, sociales y económicos (Seoane & Taddei, 2000: 61).

Sobre la base de esta perspectiva, Seoane, Taddei y Algranati realizan una serie de informes sobre la conflictividad social en la región y su evolución en el tiempo, en un contexto caracterizado por la expansión y agravamiento de la crisis económica, el deterioro social y por respuestas gubernamentales neoliberales, particularmente de reducción del gasto fiscal. En ellos se describen periódica y cuantitativamente: los conflictos y las movilizaciones sociales del CONOSUR, la Región Andina, Mesoamérica y el Caribe; los/as sujetos que las protagonizan; los tipos de protesta; y los principales sucesos políticos y económicos que van ocurriendo en la región a favor o en contra de esta ola de protestas, teniendo como telón de fondo la doble crisis económica y de legitimidad del neoliberalismo (Seoane, Taddei & Algranati, 2001ª; 2006; Taddei, 2003; Taddei & Seoane, 2003; 2004a; Seoane, 2003; Algranati, 2003; Algranati, Seoane, & Taddei, 2004ª; 2004b; Algranati & Seoane, 2005; 2006ª; 2006b).

En lo que sigue, repasamos los aportes de la perspectiva decolonial al análisis de los movimientos sociales.

Aportes de la perspectiva decolonial al análisis de los movimientos sociales

Como señalamos en la Introducción, vemos en la perspectiva decolonial un aporte analítico y uno epistemológico dentro de las teorías de análisis de los movimientos sociales en América Latina.

Con el primer aporte, nos referimos a que la perspectiva decolonial propone un análisis de una dimensión de los movimientos sociales menos explorada por las teorías clásicas: los saberes y formas de construcción del saber que emergen de las resistencias de las comunidades a la implementación del neoliberalismo y su relación con las estructuras de dominación que operan por medio de la lógica modernidad/colonialidad. Esto deviene de la constatación, como señalamos en la Introducción, de que la reproducción del neoliberalismo es consecuencia en parte de una forma de construcción del saber que opera distinguiendo saberes, y ejerciendo violencia epistémica sobre aquellos que no sean funcionales a dicho proyecto civilizatorio o tensionen su hegemonía.

En este sentido, el análisis de la relación entre neoliberalismo y movimientos sociales mediante la lógica modernidad/colonialidad, a su vez, es un aporte a las perspectivas latinoamericanas que retoman la problemática de la conflictividad para el análisis de las resistencias a este modelo civilizatorio, poniendo sobre la mesa la discusión sobre las estructuras sociales y de dominación vigentes como elementos determinantes de las mismas.

Para este análisis de los saberes de resistencia, la perspectiva decolonial, como señala Flórez Flórez (2015), nos abre criterios, siempre modificables, para lecturas emergentes de los movimientos sociales desde la lógica Modernidad/Colonialidad, que dé cuenta de sus construcciones epistémicas, como “mundos y conocimientos de otro modo” para resistir y accionar frente a la imposición del proyecto civilizatorio neoliberal, y que han sido invisibilizadas o deslegitimadas por éste (Escobar, 2010a).

Pero, lejos de proponer el develamiento pintoresco de los conocimientos de los movimientos sociales o comunidades, a lo que nos invita la perspectiva decolonial es a dar la batalla por el reconocimiento de éstos como saberes legítimos y aportes significativos para problemáticas que la academia y los gobiernos, durante años, no han podido resolver. Como señalara Escobar (2014)

las propuestas de algunos movimientos sociales (indígenas, afrodescendientes, ambientalistas, campesinos y de mujeres) […] están a la vanguardia del pensamiento sobre estos temas (y de algunos otros, tales como la autonomía alimentaria, por ejemplo, y los modelos alternativos de desarrollo), y que no son rezagos del pasado, ni expresiones románticas que la realidad se encargará de desvirtuar. La mayoría de los conocimientos “expertos” desde el estado y la academia sobre estos temas, por el contrario, son anacrónicos y arcaicos, y solo pueden conducir a una mayor devastación ecológica y social. Han dejado de estar a tono con los tiempos” (2014: 14).

En este sentido, para la perspectiva decolonial el punto de partida del análisis de los movimientos sociales es reconocer la relevancia de éstos en tanto tienen el potencial para mostrarse como alternativas a la modernidad eurocéntrica global y su máquina de destrucción de las comunidades y de la naturaleza. En efecto, señalan que los movimientos que emergen de luchas territoriales contra proyectos neoliberales no solo producen conocimientos para las problemáticas particulares que enfrentan, sino que en ellos hay marcos políticos y ontológicos que pueden, deben y tienen que estar en la discusión sobre las políticas públicas que los afectan (Escobar, 2010b, 2014; Botero Gómez, Mina Rojas, Machado Mosquera & Escobar, 2018). En este sentido, “las prácticas y luchas de las comunidades son escenarios de conocimiento político, de creación y recreación” (Botero Gómez et al, 2018: s/p) que pueden disputar y aportar no sólo a las políticas públicas, sino también a las búsquedas por transiciones para la supervivencia planetaria, tan en boga en la actualidad.

Por otra parte, esta mirada sobre los saberes permite dar cuenta de que, junto a las luchas materiales y simbólicas, los movimientos sociales también dan luchas epistemológicas en orden a disputar la hegemonía conceptual de los modelos civilizatorios que les son impuestos desde la lógica modernidad/colonialidad, saberes que tienen el potencial para mostrarse como alternativas epistemológicas al neoliberalismo (Escobar, 2010b, 2014; Botero et al., 2018, Flórez Flórez, 2005; 2007; 2008; 2015). Junto con ello, en cuanto la lectura de los saberes de los movimientos sociales se inscribe en la forma moderno/colonial de construcción del neoliberalismo, desde la perspectiva decolonial es posible dar cuenta de dichos conocimientos en relación con “los procesos, las formaciones y los órdenes hegemónicos asociados con el sistema mundo (moderno y colonial a la vez)” y de este modo hacer visible “desde la diferencia colonial, las historias, subjetividades, formas de conocimientos y lógicas de pensamiento y vida que desafían esta hegemonía” (Walsh, 2007: 104, citado en Escobar, 2010b: 194).

Respecto del aporte epistemológico de la perspectiva decolonial al análisis de los movimientos sociales, encontramos en Flórez Flórez (2007; 2015) una crítica interesante al uso eurocéntrico de las teorías del paradigma estratégico e identitario para la realidad latinoamericana. En efecto, señala que en estas teorías los NMS europeos son comprendidos como actores a la vanguardia de los procesos de globalización, capaces de mostrar los límites de la modernidad –por ejemplo, el agotamiento del Estado de Bienestar y la emergencia de las demandas post materiales– y también las alternativas a la misma dentro del contexto europeo.

El problema aparece cuando a partir de estas teorías, se concluye que para los movimientos sociales latinoamericanos la “doble condición de actores que cuestionan los límites de la modernidad y, a la vez, ofrecen alternativas a la misma” (Flórez Flórez, 2007: 244) no se puede cumplir, ya que la modernidad en la región aún no se afinca. Aquí radicaría una cierta excepcionalidad del análisis de los movimientos del sur, en cuanto sus luchas, al estar radicadas en demandas materiales, como el hambre o el trabajo, serían ajenas a las luchas modernas ancladas en los derechos post materiales o culturales. En otras palabras, en tanto los movimientos sociales de la periferia tienen como objetivo, “ante todo, cubrir las necesidades básicas, y dado que su principal interlocutor es el Estado, se trata de actores colectivos cuyo punto de partida es el de llegada de los movimientos del Norte” (Flórez Flórez, 2007: 245).

A partir de ello, incluso, se cuestiona “el potencial de las acciones colectivas latinoamericanas, ya no sólo para retar los límites de la modernidad, sino también para llegar a constituirse en movimientos sociales” (Mainwarning y Viola, 1984; Foweraker y Craig, 1990; Lehmann, citado en Flórez Flórez, 2015). Así, por ejemplo, Touraine (1969, 1988) señala que pueden ser movimientos sociohistóricos o culturales, pero no sociales pues sus “contextos de lucha no gozan de total independencia nacional ni de una suficiente modernización social” (Flórez Flórez, 2015: 60). Por el contrario, son dependientes, subdesarrollados y la relación central se da entre los actores sociales y el Estado, interviniendo este último en todos los aspectos de la vida y del desarrollo (Flórez Flórez, 2015). Cuestiona igualmente la capacidad de los movimientos latinoamericanos de generar cambios históricos y de desarrollo a través de una mayor participación en el sistema político, puesto que, por ejemplo, los movimientos contra las dictaduras habrían negociado con los gobiernos dictatoriales, más que buscado un cambio para desafiar verdaderamente las reglas básicas de su sociedad (Flórez Flórez, 2015).

Otras teorías (Giddens, 2002; Melucci, 2001) cuestionan el real aporte de los movimientos del sur a la crisis de la modernidad y los procesos de globalización, en tanto su experiencia está vinculada a lugares concretos o porque muchas de sus luchas son por mantener la tradición o son antiglobalización, y, por el contrario, para constituirse como un movimiento social con demandas globales y cosmopolitas, hay que situarse más allá de la modernidad, para así poder retarla (Giddens, 2002, citado en Flórez Flórez, 2015: 69-70).

Pero esta descripción de la acción colectiva latinoamericana contrasta con las propuestas que emergen de la misma, muchas de las cuales tienen el potencial para mostrar los límites de la modernidad sin tener que doblegarse a ésta, y desbordan el proyecto ilustrado y proponen alternativas a éste. De este modo, el carácter eurocéntrico de estas descripciones ha pasado por alto “el pensamiento crítico producido por indígenas, afro y mestizos cuyo pensamiento tiene sus raíces en otras lógicas, preocupaciones y realidades que parten no solo de la modernidad sino también del largo horizonte de la colonialidad”[7] (Walsh, 2010).

Para evitar la invisibilización de estas cuestiones, y tomando la idea de Mignolo (2000) de que para superar el eurocentrismo en las ciencias sociales se requiere cambiar los términos del debate, Flórez Flórez propone

cambiar los términos de la discusión sobre los movimientos latinoamericanos, no tanto para buscar nuevas formas de ser nombrados, sino para repensar la manera como estamos entendiendo la modernidad, su crisis y, por ende, el potencial de los movimientos de la región para afrontarla (2015: 79).

Impulsando el giro decolonial en las teorías de los movimientos sociales, la autora se propone cambiar los términos de discusión para preguntarse, más que si los actores son o no críticos de la modernidad, son o no movimientos sociales, son capaces de transformar la realidad o no en comparación a los NMS del norte, cómo han resistido y subvertido a la modernidad, la globalización y el neoliberalismo, tal y como éstos se han instalado en el continente y en los territorios y espacios públicos donde los movimientos sociales emergen (Flórez Flórez, 2005; 2007; 2008; 2015). Y, junto con ello, nos invita a “construir con los propios movimientos los criterios para comprender los alcances y límites de sus iniciativas de transformación y […] participar en ellas” (2015: 11).

Ello implica

crear, adoptar y ensayar abordajes de los movimientos que colapsen las categorías binarias de la modernidad, así como sus perspectivas eurocéntricas; hacer lecturas decoloniales de los movimientos sociales ¡Abandonemos las lecturas aburridas y esquemáticas de los movimientos del sur! Arriesguémonos a captar la complejidad de sus propuestas y contextos de luchas sin pedir a cambio garantías absolutas de éxito, cuando ni siquiera las tenemos en la Academia (Flórez Flórez, 2015: 27).

En definitiva, el aporte epistemológico de la perspectiva decolonial al proponer un abordaje de los movimientos sociales desde los saberes que construyen para resistir a la implementación de modelos neoliberales impulsados desde la lógica modernidad/colonialidad, es precisamente evitar marcos interpretativos que reproduzcan la negación de sus saberes o el encorsetamiento en categorías que corresponden a otras realidades y a otros contextos. En este sentido, la propuesta es “acompañar a los pueblos en sus luchas, haciendo esfuerzos de no imponer formas academicistas de interpretación de la realidad”, para analizarla “basándose en los saberes populares y que propone posibilidades complementarias de comprensión” (Botero Gómez et al, 2018: s/p; Escobar, 2010b).

Recapitulación

En este apartado de Introducción, hemos presentado los movimientos sociales que son objeto de investigación de esta tesis, a saber, la Coordinadora NO+AFP de Chile y el Frente de Personas Mayores de Argentina, y su relación con las reformas previsionales neoliberales implementadas por los gobiernos de Sebastián Piñera y Mauricio Macri. Hemos expuesto los objetivos de investigación, la estrategia metodológica y los aportes de este estudio y de la perspectiva decolonial al análisis de estos movimientos en particular y de los movimientos sociales en general. A continuación, desarrollamos el Abordaje Teórico Conceptual de nuestra investigación.


  1. En este período, junto a los movimientos obrero/sindicalistas articulados a un sujeto de derecho, con demandas vinculadas al ámbito económico-material y cuya esfera principal de acción es la producción, emergen “NMS” articulados a un sujeto político identitario, con demandas postmateriales vinculadas al ámbito cultural-simbólico y cuya esfera de acción es la distribución y el consumo (De Piero, 2020; Flórez Flórez, 2015; Seoane, Taddei & Algranati, 2009). El objetivo de estos nuevos movimientos es el reconocimiento de la identidad y el respeto a la diferencia (Touraine, 2000, citado en De Piero, 2020), más allá de las cuestiones de clase (Flórez Flórez, 2015), no buscan controlar el Estado, ni están subordinados a los partidos políticos, sino que manteniendo su autonomía, promueven una democracia igualitaria y participativa, que se replica en sus dinámicas internas, y buscan aliados en otros movimientos sociales (Flórez Flórez, 2015; De Piero, 2020).
  2. De hecho, las teorías del enfoque social de fines de siglo XIX (Le Bon, Freud, Reich), las corrientes funcionalista (Parsons, Smelser, Olson, entre otros) y del interaccionismo simbólico (Park, Kernhauser, Gurr, entre otros) de mediados de siglo XX, que consideraban las movilizaciones sociales como masas irracionales y la acción colectiva como comportamientos desviados incapaces de adaptarse a los procesos de modernización técnica y económica, no podían dar cuenta de la emergencia de NMS cuyas demandas quedaban fuera de dichos procesos y sus objetivos estaban lejos de la irracionalidad. Las perspectivas marxistas, que comprendían los movimientos sociales como una prolongación de la lucha de clases, y veían en la clase obrera el sujeto revolucionario, tampoco podían describir movimientos cuyas demandas excedían las relaciones de clase y el trabajo (Flórez Flórez, 2015; Seoane, Taddei & Algranati, 2009).
  3. Para una síntesis de las investigaciones sobre movimientos sociales latinoamericanos que han usado estos enfoques analíticos ir a Somma (2020).
  4. Traducción propia.
  5. En efecto, desde el enfoque estructural-funcionalista y de las teorías desarrollistas, las acciones colectivas se analizaban en el contexto de los procesos de modernización y en función del orden económico, estatal o político partidario característicos de los años 50 y 60, mientras que las teorías marxistas, versaban sus análisis sobre la base de la lucha de clases y el rol del proletariado en la revolución, en un contexto de dominación internacional por las potencias imperialistas (Somma, 2020). Estos enfoques dejaban fuera la comprensión de otras formas de acción colectiva, y, por ende, impedían visualizar las características particulares de los NMS, asociadas a cuestiones políticas y culturales (Calderón, 1986ª; Escobar & Alvarez, 2018b). En consecuencia, los enfoques existentes eran “buenos para capturar las tensiones perdurables entre grupos y clases en una región muy desigual como América Latina. Pero son menos útiles para comprender movimientos no orientados por agravios materiales […] y tienden a ignorar los procesos por medio de los cuales los activistas transforman las condiciones estructurales en acción colectiva, dificultando la explicación sobre cambios repentinos en la intensidad de la actividad de los movimientos sociales” (Somma, 2020: 4).
  6. Entre los primeros y destacados aportes están: Calderón (1986), Escobar & Álvarez (2018), Camacho (2005) y Jelin (1985). Posteriormente, según Somma, han habido avances hacia una teoría de los movimientos sociales latinoamericanos, adaptada a la realidad de la región, tales como: Svampa (2010), quien conceptualiza cuatro matrices políticas para los movimientos sociales; Garretón (2001, 2002) y su tesis sobre la transición del movimiento “Nacional Popular” al “Movimiento Democrático”; Zibechi (2007) y su concepto de “sociedades en movimiento”; y Davis (1999) y su modelo de distancia de poder entre los ciudadanos y el Estado (2020).
  7. Traducción propia.


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