Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

Prólogo

La investigación de Joaquín Farina sobre la medición de la tasa de explotación en las últimas cuatro décadas, a escala internacional, abre un conjunto de interrogantes y polémicas estimulantes para quienes abordamos la comprensión de las actuales relaciones sociales desde la “crítica de la economía política”.  Aunque es más sencillo englobarnos en el mote de “economistas marxistas”,  el rechazo a esa denominación tiene de nuestra parte fundamentos claros.  La economía política, como ciencia, es un producto histórico del capitalismo, y en ese ámbito –y en la justificación de ese régimen social- se han movido los llamados “economistas”. Los marxistas, por el contrario,  nos ubicamos en la crítica a ese régimen social y a “su” ciencia. Ese es, en definitiva, el trabajo monumental que se despliega en los tres tomos de “El Capital”. 

Una primera cuestión que debe ser reivindicada en el estudio de Farina es la tentativa de compilar y exponer las evidencias estadísticas que dan cuenta de categorías fundamentales expuestas por Marx.   La importancia de indagar en esos registros aparece en el propio “Capital”, cuando su autor abunda en ellos para ilustrar, por caso, la cuestión de la jornada laboral, el rendimiento de la fuerza de trabajo y sus variaciones cuando ésta moviliza una dosis mayor de trabajo objetivado en medios de producción, la tasa de salarios y otros indicadores.

 La relación entre las leyes generales del movimiento del capital, expresadas bajo la forma del concepto o la abstracción, de un lado, y las expresiones de su materialidad, del otro,  es una cuestión que ha formado  parte de importantes polémicas en el marxismo. Recordemos, por caso, la crítica de Rosa Luxemburgo a Edward Bernstein, cuando éste caracterizó a la teoría de la plusvalía como una “mera abstracción”,  a igual título que la “utilidad” abstracta del marginalista  Carl Menger.  “Bernstein olvida –le responde Luxemburgo- que la abstracción de Marx no es un invento, es un descubrimiento. No existe en la cabeza de Marx, sino en la economía de mercado.  No lleva una existencia imaginaria sino una verdadera existencia social, tan real que se la puede cortar, moldear, pesar y convertir en dinero”[1].  Por el contrario,  Luxemburgo caracterizaba a la teoría de la utilidad marginal como un “engreimiento mental” (id).   Una observación del mismo tenor metodológico hace José Aricó en relación a Sweezy y su visión del trabajo humano abstracto como una “generalización mental” o “idea que permite expresar el elemento común y general al conjunto de los trabajos”, lo que conduciría, en la visión de su crítico, a “pensar como una ficción a la propia ley del valor”. El “proceso que conduce a esta igualación de los trabajos no es una abstracción mental del investigador –señala Aricó- sino una abstracción que tiene lugar en el mismo proceso del cambio”[2]. Estas polémicas sustentan, por lo tanto, el mérito de las investigaciones que se detienen en la materialidad de las categorías o abstracciones que se procuran exponer.

La segunda cuestión a considerar es que la relación entre esas evidencias estadísticas y las leyes generales desarrolladas en el Capital reviste una naturaleza contradictoria, que deriva de la siguiente cuestión.  La sociedad capitalista, tal como ella se presenta o manifiesta, se encuentra obligada a mistificar y enmascarar a sus verdaderas relaciones sociales.  Ello, porque debe ocultar ante los productores de la riqueza social  su  verdadera naturaleza, que se funda en la apropiación de trabajo no retribuido.  La superestructura política, ideológica y cultural del capitalismo disimula al fenómeno de la explotación detrás  del rasero general del intercambio de equivalentes,  que extiende al conjunto de los individuos sin importarle si los mismos son creadores de la riqueza social o meros apropiadores del trabajo ajeno.  Esta mistificación, qué duda cabe, se extiende al plano de las estadísticas sociales y de las llamadas cuentas nacionales,  que igualan al ´trabajo´ y al capital en tanto ´factores de producción´.  La plusvalía, en este caso, aparece enmascarada como la debida ´remuneración´ del factor capital,  la cual tendría lugar con autonomía de la relación social que liga a este ´factor´ con la fuerza de trabajo.

El investigador marxista, en este punto, debe entrar a las estadísticas convencionales para realizar el debido trabajo de topo,  y deducir la relación entre trabajo necesario y trabajo excedente del fárrago de determinaciones estadísticas que buscan ocultar ese patrón.  Esto es lo que hace Farina, precisamente, cuando depura las estadísticas nacionales con el fin de encontrar el pago a la fuerza de trabajo, de un lado, y la ganancia o plusvalía, del otro.  Los problemas, aquí, son varios.  Por un lado, la necesidad de ´expurgar´ las rentas del trabajo propio (cuentapropismo), que las cuentas nacionales asimilan a las rentas del capital. Nótese hasta qué punto opera el ocultamiento de las verdaderas relaciones sociales vigentes:  las estadísticas igualan a los resultados del trabajo propio (que subsiste como una rémora del precapitalismo) ¡con los del trabajo ajeno!  Otro aspecto metodológico de mérito reside en la ´depuración´ estadística del llamado trabajo improductivo, o sea, aquel que no interviene directamente en la creación de plusvalor, y que se remunera consumiendo el plusvalor creado en otras actividades.  Es el caso conocido del empleo público, en sus diferentes facetas. 

Antes de comentar los resultados del estudio,  es importante señalar que Farina presenta, para el mismo período que él analiza, la evolución de la tasa de ganancia a escala global,  a través de las estimaciones de diferentes autores.  El interés en contraponer esa estimación con la que luego se presentará  sobre la tasa de plusvalía se relaciona con la centralidad  que  la “ley tendencial de la caída de la tasa de ganancia” ocupa en este estudio.  Como sabemos, esta ley emerge como resultado contradictorio de otros dos descubrimientos nodales de la obra de  Marx:  de un lado, la propia teoría de la plusvalía,  que ubica a la creación y apropiación de riqueza social en el trabajo” vivo” (fuerza de trabajo); del otro, la de la concurrencia entre los diversos capitales por la apropiación del plusvalor socialmente creado,  y que los  obliga a procurar  medios técnicos cada vez más poderosos- y con ello,  al reemplazo de trabajo “vivo” por trabajo “muerto”(no creador de valor).  Pero si el primero es la fuente del plusvalor o ganancia, entonces la propia ley de la acumulación capitalista conduce a menguar relativamente a la parte del capital que crea valor (capital variable), al tiempo que acrecienta aquella parte que sólo lo transfiere (capital constante).  Como consecuencia de lo anterior,  la propia tendencia del desarrollo capitalista  es al mismo tiempo la tendencia de este régimen social  a su disolución, al abatir su “razón de ser” (la relación entre los beneficios obtenidos y el conjunto del capital invertido). 

El carácter “tendencial” de esta ley, a su turno, está dictado por la existencia de “causas contrarrestantes”,  las cuales, en el propio desarrollo de Marx,  pueden mitigar la caída de la tasa de ganancia pero de ningún modo anular el alcance de la ley,  al punto que algunos de estos factores  terminan retroalimentando la propia tendencia a su declinación. 

La primera de las causas contrarrestantes desarrolladas por Marx en “El Capital” es precisamente, el aumento de la tasa de plusvalía.  En efecto:  un mayor grado de explotación de la fuerza de trabajo debe incrementar la masa de plusvalía, dado un cierto capital total.  Ese aumento, siguiendo a Marx, se produce por dos vías:  incrementando el desgaste físico y mental del trabajador (plusvalía absoluta) o abaratando sus medios de vida –y por ende la parte de la jornada dedicada a reponerlos- a través de la introducción de medios de producción más avanzados (plusvalía relativa).  Pero el propio Marx se encarga de señalar los límites del aumento de la tasa de plusvalía como causa contrarrestante, en sus dos variantes:  en el primer caso –mayor explotación absoluta- los límites son físicos y también sociales, por la acción colectiva de la clase obrera imponiendo una barrera a la extensión o intensificación de la jornada laboral.  En el caso de la plusvalía relativa,  los nuevos medios técnicos que elevan el rendimiento del trabajo terminan “cargando” al capital total de una mayor porción de trabajo “muerto”, o sea que las mismas fuerzas que contrarrestan inicialmente la caída de la tasa de ganancia conducen luego a afirmar su declinación.

Este repaso teórico es una condición necesaria para juzgar, entonces, los resultados alcanzados por el ensayo de Farina. Según lo indican las series aportadas, un período caracterizado por la declinación de la tasa de ganancia  habría convivido, sin embargo, con un intenso crecimiento de la tasa de plusvalía.  En ese aumento,  no podemos diferenciar qué parte corresponde a una mayor explotación absoluta y cuál a un aumento de la plusvalía relativa.  Pero no se trata acá de una mera dificultad estadística: ocurre que  las dos formas de incrementar  la tasa de plusvalía se determinan recíprocamente. Basta recordar, por caso, que una de las ´consecuencias del maquinismo´ desarrollada por Marx será el alargamiento de la jornada laboral, por el afán de los capitalistas en acelerar el consumo productivo de las nuevas y costosas máquinas. O sea que un mecanismo creador de plusvalía relativa- el maquinismo- terminó aportando también al aumento de la plusvalía absoluta.  

Pero teniendo en cuenta el carácter contradictorio del aumento de la plusvalía relativa como causa contrarrestante,  se explican entonces los esfuerzos del capital por “estrujar” a la fuerza de trabajo existente en términos absolutos y del modo más intenso y severo,  procurando vencer las resistencias físicas y sindicales de la clase obrera.  Así, la era de la digitalización y la robotización convive con las reformas laborales, el trabajo precario y flexibilizado. 

 En su análisis sobre la jornada de trabajo,  Marx caracterizaba a la relación entre trabajo necesario y trabajo excedente como el resultado de una pugna permanente entre la clase capitalista y la clase obrera. Siguiendo la ruta de los esfuerzos capitalistas por aumentar la tasa de explotación absoluta, Farina bucea en los acontecimientos políticos que intentaron alterar la relación entre la clase obrera y la burguesía desde 1973 a 2012:  entre ellas, las experiencias de Reagan en Estados Unidos, de Tatcher en el Reino Unido y, con mayor significado aún, la tentativa de integración plena de los ex estados obreros –y principalmente de China- al mercado mundial capitalista.  En el trabajo de Farina, los datos sobre la tasa de plusvalía en  China se incorporan a partir de 1997,  y es posible que esos registros influyan fuertemente en el salto que se produce en la tasa de explotación global en las últimas dos décadas.

 Es claro que el régimen social capitalista ha buscado contrapesar el mayor peso del trabajo “muerto” (no creador de valor) aumentando el grado de explotación absoluta de los trabajadores de los países industriales y, a la vez, desplegando el escenario de la producción de plusvalía hacia las naciones donde había sido expropiado el capital.  Como veremos enseguida, este proceso de restauración capitalista en los ex estados obreros,  que abrió expectativas ilimitadas en una renovada universalización bajo la éjida del capital, ha terminado potenciando todas las contradicciones del capitalismo en declinación.

Mientras tanto, asistimos a un nivel de proletarización inédito de los explotados del planeta,  desmintiendo las recurrentes tesis sobre la “desaparición de la clase obrera”.  Es que para contrarrestar las consecuencias de la mayor tecnificación, en  términos de reemplazo relativo de trabajo “vivo”, el capitalismo  no cesa de  incorporar a nuevos contingentes  a la producción de plusvalía.  Los agoreros de la robotización no perciben, por caso, el rol de las ´nuevas tecnologías´ como articuladoras  de las formas más intensas de explotación absoluta de la fuerza de trabajo.  Tomemos el caso de las aplicaciones (app) para celulares que permiten la contratación de autos con chofer, envío de alimentos a domicilio o limpieza doméstica por horas,  y donde la sobreexplotación  de la mano de obra juvenil o migrante se combina con la tecnología más sofisticada.

Pero a la vez,  y según surge de la investigación de Farina,  este aumento del grado de explotación de la clase obrera mundial no ha logrado revertir la tendencia a la declinación de la tasa de ganancia.  El capital,  por lo tanto, ha recogido frutos precarios e insuficientes de sus diferentes agresiones a la clase obrera.  Los datos aportados por el ensayo de Farina nos llevan al señalamiento de Marx que coloca al límite del capital “en el capital mismo”.  Sólo para considerar a la crisis mundial que estalló en 2007/2008, y volviendo a las consecuencias de la restauración capitalista:   los capitales sobrantes acumulados por China, y prestados a los Estados Unidos para el desarrollo de una gigantesca burbuja de endeudamiento de consumo y crédito hipotecario,  terminaron desatando una crisis que continúa desplegando hoy episodios económicos y políticos cada vez más agudos.  Sobreacumulación y sobreproducción, en definitiva, delatan un exceso de capital en relación a las posibilidades de asegurar la tasa de ganancia reclamada por los capitalistas  en las condiciones sociales e históricas vigentes.  Hoy, ese escenario –el de la sobreinversión- se ha instalado ya en China, que asiste a una evidente desaceleración económica.  La recolonización capitalista de los ex Estados Obreros, en definitiva, ha potenciado todos los desequilibrios preexistentes en la economía capitalista, por la sencilla razón de que tuvo lugar en un período histórico de declinación del capitalismo como régimen social.  

Para concluir este prólogo, vale detenernos en las implicancias políticas del indicio estadístico que aporta este trabajo –el incremento de la tasa de explotación “global”, en un marco de  declinación general de la tasa de ganancia.    

La pugna por aumentar la tasa de plusvalía,  en medio del agravamiento de todas las tendencias disolutorias del capital,  ha llevado a que la crisis económica mundial de la última década le haya abierto las puertas al escenario franco de las crisis políticas recurrentes,  las rebeliones populares y la ruptura de todos los precarios equilibrios existentes.  En ese rico escenario internacional, tenemos planteada la tarea de desarrollar la asimilación consciente de este proceso histórico, en términos de programa y de organización política.

 

Marcelo Ramal

Prólogo a cargo de los directores de la tesis en la que se basa este texto

El estado de la Economía como disciplina académica dista mucho de un nivel moderadamente satisfactorio. Esto se debe, como mínimo, a dos factores. El primero, la Economía Neoclásica −el enfoque que domina nuestro campo de interés− no proporciona las respuestas adecuadas, ni facilita el planteamiento de preguntas básicas a quien no comparte su visión preanalítica, en el sentido Schumpeteriano del término. El segundo, relacionado con el primero, es que parece que como economistas no somos capaces de erradicar determinados problemas materiales, que vienen repitiéndose de manera periódica desde hace mucho tiempo.

El trabajo que prologamos es un paso en la dirección de solucionar esta situación. Por un lado, la Economía Marxista es un referente alternativo al mundo ortodoxo. La tesis doctoral de Joaquín Farina ha contribuido a mejorar la situación de esta corriente de pensamiento en el plano cuantitativo, proporcionando una medida de la distribución −por medio de la tasa de explotación− a nivel mundial para un período de tiempo relativamente amplio. Por otro lado, la cuantificación de una variable distributiva supone una llamada de atención sobre uno de los problemas más relevantes para las economías avanzadas de mercado desde hace tres décadas por lo menos: la desigual distribución de la renta.

Con la publicación de esta tesis, el doctor Farina ha realizado una interesante contribución para subsanar estas deficiencias. Confiamos en que éste sea el primer paso de una larga carrera no exenta de obstáculos.

 

Eladio Febrero y Matías Gámez


  1. Luxemburgo, Rosa, “Reforma o Revolución”, pág. 85, en “Obras Escogidas”, tomo I; Ed. Pluma.
  2. Aricó, José, “Nueve lecciones sobre economía y política en el marxismo”; FCE México 2011, lección tercera, pag. 95 y 96.


Deja un comentario