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8 Ciudadanía y proyectos de vida

La situación de calle plantea una ciudadanía restringida con diversos procesos de vulneración de derechos. Sin embargo, las mujeres han encontrado formas de restituir algunos de sus derechos y en ese sentido cabe preguntarse: ¿cómo se inscriben sus deseos y proyectos de vida en este contexto?

Las vulneraciones en el contexto de calle son múltiples: educación, vivienda digna, trabajo, salud y acceso distintos servicios. La situación de calle se presenta como obstáculo para el ejercicio de los derechos, se trata entonces de una ciudadanía restringida. Se desarrollarán a continuación algunas de estas situaciones tomando en cuenta la frecuencia en la que aparecen en las entrevistas y el impacto que han tenido en la vida de las mujeres.

La vulneración más crítica

La separación de sus hijos/as apareció de forma insistente en los relatos de las mujeres entrevistadas. Algunas de ellas mencionaron circunstancias coyunturales que llevaron a la separación y otras intervenciones directas del Estado. Sin embargo, lo que se observó en todas ellas fue el sentimiento de dolor e impotencia.

El ejercicio de la maternidad “en la calle” necesariamente es diferente al habitual. La problemática de la situación de calle está presente como naturalización del paisaje cotidiano. Es un cotidiano particular, con un alto grado de exposición, en el que las acciones de crianza se realizan en el espacio público callejero y en instituciones de asistencia. Esta situación de exposición en un contexto de precariedad material genera algunos temores respecto a la intervención del Estado.

Es el caso de Romina (27 años), que enfrenta el fantasma de que sus hijos sean llevados a un hogar. “Me los sacó mi papá” comenzó diciendo, al explicar por qué sus hijos no se encontraban con ella. El relato de las circunstancias y los motivos en los cuales había ocurrido este hecho fueron confusos, aunque sí se percibió que estuvieron atravesados por reiteradas situaciones de violencia por parte de su padre hacia ella.

Sí, me está volviendo loca. De donde estoy parando, mi viejo está enfrente. Y los veo a mis hijos de un momento al otro. Y no los puedo ver, y me escondo atrás de un auto para que no me vean porque si no se cruza el bebé. Todo por la novia de mi papá. A mí, mi cabeza está todo el tiempo de cómo están mis hijos, no sé nada, si están llorando. Y mirarlos de una vereda a otra y decir: “¡Dame mis hijos!” Más a mi hija se va a la mi… La veo de una vereda a otra. La ves que está creciendo y decís “paaa ya tiene el guardapolvo”. Tiene que ir al jardín y yo acá parada (Romina).

Esta cercanía distante que mantiene con sus hijos es el principal padecimiento de Romina, quien prefiere que queden al cuidado de su padre antes de que vayan a un hogar.

Yo me callo, porque si yo lo digo en un juzgado mis hijos van a un Hogar. Y yo, ¿cómo los recupero estando en la calle? ¿A dónde los llevo si yo no tengo el subsidio habitacional, no tengo nada, no laburo? (Romina).

En esta situación, se observa la creencia de que, frente a situaciones adversas y por no contar con recursos económicos suficientes, el Estado dispondría de separar a los/as niños/as de sus familias y trasladarlos/as al cuidado de un Hogar. “Que te saquen a los hijos” parecería ser una de las consecuencias más dolorosas de la situación de calle, el momento más crítico de las trayectorias de estas mujeres.

Y eso que nos decían: “ojo con los chicos, ojo que les van a sacar los chicos”. Todo el mundo lo dice. Y yo decía: “¿cómo me van a sacar a mis hijos si son míos?” (Gisel).

En el relato de Gisel (29 años) estarían operando distintos miedos que son tomadas como escenas temidas. En otras ocasiones, como relata Susana (41 años) estos sucesos se tornan una realidad:

Le sacaron los hijos en la calle y está con cuarenta kilos. No tiene dedos de tanta pasta base. Y está volcada, matándose. Ya le sacaron a los tres chiquitos de tres años, 11 años y un recién nacido (Susana).

Jurídicamente, las escenas que relatan las mujeres se enmarcan en “medidas de protección especial de derechos” que sustenta la Ley Nacional 26.061 de “Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes”, de 2005, y la Ley 114, sancionada por la Legislatura porteña en 1998. Estas medidas implican, en los casos mencionados, la separación de los/as niños/as y adolescentes de sus familias en tanto se considera que sus derechos se encuentran vulnerados, violados o amenazados. Según la legislación que la fundamenta, tiene como finalidad la conservación o recuperación por parte del sujeto del ejercicio y goce de sus derechos vulnerados y la reparación de sus consecuencias. Si bien estas acciones se presentan en situaciones complejas, involucrando diversos actores sociales, en la presente investigación, se analiza cómo fue la experiencia según la perspectiva de las mujeres que atravesaron este tipo de intervenciones.

Evangelina (35 años), por ejemplo, estuvo unos tres años pernoctando en la calle junto a sus hijos/as, período en el cual realizaba un consumo abusivo y problemático de sustancias psicoactivas:

Dejé [el paco] cuando me avisaron que me iban a mandar a un hotel. Me quise internar pero al final no me interné. Me sacaron los nenes, los mandaron a provincia. Hice el ambulatorio y entregué los papeles todo y me los volvieron a dar (Evangelina).

Durante un año y medio, Evangelina estuvo separada de sus hijos/as mientras realizaba un tratamiento por consumo de sustancias psicoactivas. En ese momento ella se fue a vivir con su madre, mientras que sus hijos/as se encontraban en otra localidad en casa de su cuñada. Luego de que fue “dada de alta” y realizó diversas gestiones, se reunió nuevamente con sus hijos/as y regresó a CABA, donde desde hace un año que se encuentra, nuevamente, en situación de calle.

En el entrecruzamiento entre maternidad y situación de calle se suspenden las garantías del Estado y, junto a ellas, los derechos de las mujeres. No obstante, se espera el cumplimiento de obligaciones por parte de las mujeres, aún en circunstancias adversas. Es en este escenario de vulneraciones múltiples en el que surgen discursos que sostienen procesos de culpabilización.

La reticencia que tienen muchas mujeres en situación de calle a solicitar asistencia al Estado se encuentra impregnada de muchos temores asociados a este tipo de intervenciones. En algunos casos, también, se encuentra relacionada con distintos imaginarios sociales respecto del rol de los/as trabajadores/as sociales, que tienen un anclaje en la historia de las intervenciones sociales en las familias pobres. En ese aspecto, la intervención funciona como castigo frente a factores anormales detectados mediante la vigilancia permanente por parte de las sociedades de control (Donzelot, 1998). Estas son formas en las que opera sobre las mujeres en situación de calle el control social del Estado, que en sus relatos aparece como “policía de las madres”.

Exigibilidad de derechos

Ana (51 años) describió la situación de una de sus hijas, de 20. En ese caso intervinieron organismos del GCBA, que tomaron una “medida de protección especial” de su nieta, debido a que la madre de la niña se encontraba en situación de calle y era “adicta al Paco”:

Ahora a una de mis hijas le quitaron la nena. La voy a retirar yo, estamos haciendo para que vaya a un centro de rehabilitación mi hija y para que me puedan dar la nena a mí (Ana).

Al momento de la entrevista la niña se encontraba en un hogar y Ana estaba realizando trámites para hacerse cargo de ella, como lo hacía con su hermano desde 4 años antes. Para ello, estaba realizando gestiones en diferentes instituciones: la Defensoría de Niños, Niñas y Adolescentes, y el hogar donde se encontraba su nieta. Esto, manifestó, le insumía mucho tiempo, dinero, y frustraciones. Estaba recibiendo ayuda de una ONG, así como de una amiga y de integrantes de la iglesia a la que concurría ya que esta situación era compleja y con una carga emocional muy grande para ella.

Ellas me acompañan a mí. Yo no sé ni leer ni escribir. Solamente firmar sé. Y bueno ellos me acompañan y como saben hablar mejor, me acompañan y me ayudan (Ana).

Expresó que también acompañaba a su hija a las distintas instituciones “donde debe presentarse”. Asimismo, que estaba intentando ayudar a su hija a “salir de la droga” utilizando como estrategia mantenerla en su casa la mayor cantidad de tiempo posible:

Cuando está en mi casa no se droga. Solamente en la calle… Ella cuando tiene ganas de drogarse se va (Ana).

La problemática del consumo en relación a la maternidad y la situación de calle, según el relato de las mujeres entrevistadas, se aborda desde el Estado en términos individuales presentando un antagonismo entre los derechos de las mujeres y los de los/as niños/as. Esta interpretación da cuenta de una visión reduccionista y fragmentada de los derechos, que se sustenta en paradigmas tutelares en relación a la niñez.

En efecto, el Estado operando bajo estas lógicas de tutela interviene en las formas de crianza de los niños/as frente a lo que evalúa cómo “negligencias” o “descuidos” de sus madres. Estos procesos de culpabilización de las mujeres que son madres en el contexto de la calle tienen como resultado la decisión de separar a los/as niños/as de ellas. Este accionar no sólo vulnera los derechos de las mujeres, sino también los de los niños/as. ¿Por qué la intervención es separar y no generar otras condiciones para que las mujeres puedan afrontar la crianza?

En este contexto, se observó cómo a pesar de contar con escasos recursos simbólicos y económicos, Ana ha podido tejer distintas redes y desplegar estrategias para iniciar procesos de restitución de los derechos vulnerados de su hija y su nieta. Su relato lleva a recordar el término “sororidad”, acuñado por la antropóloga mexicana Marcela Lagarde y de los Ríos para describir la situación de las mujeres en Ciudad Juárez. Frente al vacío y dificultades que le ofrecen las políticas estatales, son los lazos de sororidad los que han posibilitado que Ana pudiera “salir” de la situación de calle y también hacer frente a los avatares que la situación de exclusión social se presenta. En este escenario se visibiliza cómo la sororidad emerge “como alternativa a la política que impide a las mujeres la identificación positiva de género, el reconocimiento, la agregación en sintonía y la alianza” (Lagarde y de los Ríos, 2006).

¿Ampliación de ciudadanía?

El derecho a la vivienda propia se presenta en la CABA como una retórica discursiva, en tanto no existe la creación de viviendas sociales por parte del Instituto de la Vivienda de la Ciudad (IVC) que den abasto con la demanda existente; y para las mujeres en situación de calle obtener un crédito hipotecario parecería ser imposible (Oszlak, 1991; Raspall et al., 2017). A partir del 2003 se observa en la CABA un incremento de construcciones edilicias, aunque esto no tuvo un impacto positivo en gran parte de los hogares populares ya que encareció los costos de acceso a la vivienda y creó procesos de segregación y expulsión de la población más empobrecida (Rodríguez, 2015). Entonces, estas transformaciones de la ciudad trajeron aparejados procesos de gentrificación que implicó la reorganización del espacio social (Rodríguez, 2015) y a su vez, generó en los sectores con menos recursos económicos el desplazamiento de algunas zonas de las ciudad y la implementación de otras estrategias para habitar el espacio urbano por fuera del mercado inmobiliario formal (Raspall et al. 2017). Las políticas urbanas de la CABA operan mediante un discurso que propone “recuperar” o “revalorizar” determinadas áreas de la ciudad, la pregunta que surge a continuación es ¿para quienes? ¿A qué costos? En definitiva, ¿quiénes merecen la ciudad? (Oslak, 1991).

En este contexto la opción que se presenta para las mujeres en situación de calle desde las políticas sociales en la CABA, es la tramitación de un Subsidio Habitacional para afrontar el pago de una habitación. Se otorga por 10 meses, como máximo, y no es renovable. La única alternativa es la tramitación de un recurso de amparo, instancia a la que recurrió.

Con 1.800 que me va a dar el juez. Porque me lo va a dar. Con la enfermedad, con todo. Porque tengo una fe que me lo va a dar (Susana).

María (64 años) también expresa que “ahora la lucha es por el amparo” para poder afrontar el pago del alquiler de una habitación. También se encuentra tramitando su jubilación que se vio demorada por no tener documento:

Ahora estoy haciendo la jubilación. Que también me jodieron. Hace cuatro años que tendría que estar cobrando. Pasaron muchas cosas. Con el documento también. Con el documento por ejemplo, a mí me demoraron más de un año, como que yo no existía. Lo necesitaba justamente para hacer la jubilación (María).

Respecto a la vulneración de su derecho a la identidad y contar con su documento, María relata que cansada de las “idas y vueltas” que le daban en las oficinas del Estado, decidió acercarse a una agrupación política durante época de elecciones y de ese modo consiguió que realizaran el trámite rápidamente.

Las situaciones de exigibilidad del derecho a la vivienda que se retrataron se encontraban relacionadas, en gran medida, con poder restituir su derecho a la salud. Tanto María como Susana presentaban padecimientos crónicos, en los que las condiciones de vida tenían un gran impacto.

En consecuencia, se visibiliza en los relatos una concepción integral de salud, que da cuenta de cómo el derecho a la salud se vincula con derecho a la vivienda, educación, trabajo, entre otros. Poder exigir estas restituciones al Estado implica el desarrollo de recorridos singulares y colectivos por parte de las mujeres en situación de calle, una utilización de los recursos disponibles y la generación de nuevas redes.

Estas mujeres emprenden acciones transformadoras en las que despliegan estrategias de resistencia a la opresión. De ahí que los procesos de exigibilidad de derechos constituyen prácticas de ciudadanía, entendida como una construcción de carácter relacional y dinámico (Pecheny, 2009; Litichever, 2009). Más aún, en algunos casos han podido crear las condiciones para comenzar a esbozar proyectos de vida que permitieran una ciudadanía más ampliada.

Proyectos, deseos, ciudadanía

El pasado había dejado múltiples cicatrices y el presente se manifestaba en un escenario complejo, atravesado por múltiples problemáticas entre las mujeres entrevistadas. Sin embargo, el futuro aparecía lleno de proyectos alejados de las violencias.

Maternidades en tensión

Se visibilizan numerosos obstáculos para el ejercicio de los derechos sexuales y (no) reproductivos de las mujeres en situación de calle. Los que más insisten son los materiales en tanto acceso concreto a la información, los recursos y servicios de salud. Cabe mencionar que de las nueve entrevistadas, dos habían nueve embarazos, una tenía seis hijos, otra cinco, otra tres; tres de ella tenían tres hijos y sólo una tenía una hija. Siete fueron madre antes de los 17 años y dos cursaron el primer embarazo a los 22 o 23 años. En algunos casos la maternidad apareció como único proyecto posible de vida y en otros como una realidad ineludible. Por ende, las mujeres bosquejan futuros en los que sus hijos tienen un lugar central y un mejor porvenir:

Con mis hijos, con mis hijos y mi pareja re tranquila, nada más (Romina).
Yo quiero tener mi casa. Quiero estar con todos mis hijos. Que no se droguen, nada. Yo quiero tener mi casa y tener mis hijos. No importa que ellos vivan en otro lado, pero tenerlos cerca. Que yo los pueda ver. Ellos me van a ver y así. Tener mi casa (Ana).

En los relatos, la maternidad aparece significativamente como proyecto de vida. En este aspecto se destaca cómo “las mujeres de sectores populares dan sentido a su vida a partir de la actualización del ser madres, esposas y dueñas de casa” (Zaldúa y Pawlowicz, 2005).

Para que los chicos el día de mañana, me gustaría que los chicos no tengan que pasar por lo que yo pasé. Creo que todos los padres pensamos lo mismo (Gisel).

El deseo de un futuro “más próspero” para los hijos/as apareció insistentemente en el relato de la mayoría de las entrevistas. Sin embargo, como se observa en los dichos de Jazmín (23 años), Carla (35 años) y Evangelina, las cuestiones concernientes a la maternidad no parecían ser el único destino que les interesaba.

Tener mi casa, ser periodista deportiva (Jazmín).
Trabajar. Terminar el secundario (Evangelina).
Estudiar abogacía (Carla).

Algunas investigaciones reflejan el lugar que la maternidad ha ocupado en relación a formas de subjetivarse y la posibilidad de proyectar en las futuras generaciones mejores condiciones de vida. A su vez, un dato que resulta pertinente introducir al análisis es que, en la mayoría de los casos, las mujeres en situación de calle atravesaron su primera experiencia de maternidad durante su adolescencia. En este sentido se destaca cómo los embarazos tempranos son expresiones de las inequidades sociales y se presentan como obstáculo para la superación de la situación de pobreza y la integración al mercado del trabajo (Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe, 2014).

Por el contrario, estas mujeres son capaces de diagramar otros proyectos que no se anclan solamente en la maternidad, sino que actualizan dimensiones deseantes que amplían los procesos subjetivantes y desafían a los entramados de poder sexista que sostienen el constructo mujer-madre. Esto implica la posibilidad de proyectos basados en la autonomía y ciudadanía plena, y la construcción de trayectorias propias desde una subjetividad femenina no esencialista (Zaldúa y Pawlowicz, 2005).

Un techo, ¿lo demás viene solo?

El deseo de tener un lugar don vivir apareció en todas las entrevistas, en algunos casos casi como una utopía. Las mujeres plantearon cómo las afectaría poder tener una mayor estabilidad habitacional si se concretara este anhelo:

Yo siempre pongo la casa. Tener mi casita, y bueno la salud bien. Cocinarme lo que yo quiero comer, lo sano. Y también poder recuperar volver a ir a la iglesia. Porque me gusta mucho y es lo que me ayuda a mí a sostenerme. Y el estudio, que yo iba antes, que me hace muy feliz y me gusta mucho (María).

No tener un lugar seguro para el pernocte trae distintos malestares que podrían ser evitables:

Me gustaría estar en mi pieza. Me gustaría estar en mi habitación y descansar un poco. Estoy estresada, contracturada (Susana).

¿Será, como plantea María, que si se logra tener un techo, “lo demás ya viene solo”? Si bien se ha destacado que la situación de calle no se reduce a la problemática habitacional, esta es una dimensión fundamental para poder poner en tensión los procesos de ciudadanía restringida que configura la situación de exclusión social. Tener asegurada la situación habitacional crea condiciones de posibilidad para poder hacer desarrollar otras actividades y no depender del Estado o de la voluntad de otros. De hecho la propuesta en políticas sociales trabajadas en capítulos anteriores dan cuenta de las posibilidades que otorgan intervenciones basadas en otorgar viviendas estables y definitivas a las personas en situación de calle.

El deseo de estudiar

Uno de los temas que apareció insistentemente en los relatos de las mujeres fue la posibilidad de estudiar, asociado a una forma cuidado de la salud y también en relación a sus motivaciones y deseos:

Quiero vivir una vida normal. Estar bien. Vivir una vida normal. Laburar. Tengo esperanzas de trabajar. […] Hice catorce cursos. Tengo diploma de todo y no me aceptan por enfermedad y por tatuajes, y porque no tengo currículum todavía. Y porque no me dediqué a buscarlo completamente. Y porque estoy en esta situación. Pero sí, me gustaría. Me gustaría estudiar. Tengo estudios de enfermería, capacitación de cocina, panadería. De todo un poco. Un poco de inglés, guitarra, computación. Y ahora estoy haciendo costura y me anoté en otro curso de ayudante de cocina. […] Porque estando en la calle sigo estudiando (Susana).

La posibilidad de estudiar posiciona a las mujeres en situación de calle como sujetas activas. Se define como un fin en sí mismo, en tanto se lo asocia al placer y al desarrollo personal, y tiene un impacto positivo en su autopercepción. También, las ubica de diferente forma frente a una sociedad que las margina y oprime. Presenta posibilidades de agenciamiento de herramientas para la toma de las decisiones, amplía los universos de posibilidad y genera otros devenires posibles.

Decidir sobre el propio cuerpo

A María y Susana, ambas con enfermedades crónicas que requieren de una dieta especial, les gustaría cambiar sus prácticas alimenticias, pero se ven imposibilitadas ya que dependen de los comedores del circuito de calle para satisfacerse.

Quisiera hacer gimnasia pero no tengo casa. Nada más para dejar de caminar y hacer una gimnasia para la salud (María).

La alimentación se encuentra estrechamente relacionada con el p/s/e/a/c, en el que intervienen procesos de hegemonía/subalternidad. Constituye un dispositivo de poder sobre el cuerpo. Las prácticas de alimentación saludable y consciente –con el objetivo de tener una mejor calidad de vida–, parecerían enmarcarse en discursos hegemónicos provenientes de otros contextos sociales. Sin embargo, resulta interesante visibilizar cómo, a través de la apropiación del discurso biomédico en los procesos de expertización, las mujeres en situación de calle han podido acceder simbólicamente a otras prácticas y concepciones del cuidado de la salud:

Me gustaría volverme vegetariana por el tema de la diabetes y no perder la vista (Susana).

No se trata sólo de una apropiación del saber médico, sino también una conciencia corporal y los efectos que los alimentos tienen. Aún en situación de calle, contando con escasos recursos económicos, comiendo en comedores del circuito, las mujeres se las ingenian para sostener una alimentación de acuerdo a sus deseos y necesidades. En estas prácticas se observa la tensión entre las dimensiones de autonomía-heteronomía, en la que operan procesos de subjetivación, que relacionan algunos proyectos emancipatorios en materia de alimentación.

En la posibilidad de decidir sobre el propio cuerpo también apareció, de alguna manera como contrapartida a los proyectos de vida en relación a la maternidad ya mencionados, el deseo de no ser madre:

No quiero tener más chicos. Este es ya el sexto embarazo que tengo (Carla).

El cuerpo de las mujeres, en particular el de las mujeres pobres, ha sido históricamente objeto de controversia y debate. Poder decidir sobre él implica una ruptura con los discursos opresores y paternalistas. En este aspecto, la noción de la autonomía corporal se encuentra ligada a una ciudadanía del cuerpo y una ciudadanía sexual (Pecheny; 2009). Sin embargo, el contexto actual de la Argentina se presenta muy distante de esta noción, se caracteriza por la vulneración de derechos sexuales y (no) reproductivos (Brown, 2014), en los que se encuentra incluida la ilegalidad de la interrupción voluntaria del embarazo.

En conclusión, los derechos y p/s/a/c se articulan en distintos dispositivos de poder que se observan en prácticas de autonomía de los cuerpos sanos, padecientes, sexuados y deseantes. Al respecto, la autonomía del cuerpo es “concebida como relacional, en cuanto condición diferencial del ejercicio de derechos (específicos a la salud o a la sexualidad, y el conjunto de derechos ciudadanos)” (Pecheny, 2009). En e ese aspecto el p/s/e/a/c pone en despliegue relaciones sociales de subordinación, formas de autonomía y una construcción particular del cuerpo.

Tensión entre la autonomía y las políticas sociales

Gisel tiene distintos anhelos para el futuro que incluyen un mejor porvenir para sus hijos, la posibilidad de retomar el estudio, pero considera que para eso es central poder ser independiente económicamente:

En una casa. En una casa, o un depto. Sin pagar un alquiler o pagando algo que va a ser mío el día de mañana. Tener un negocio. Porque es lo único que te da independencia real, económica. Y no un trabajo que siempre va a ser para alguien más. Y para eso hay que capacitarse. Si no, no va para atrás ni para adelante (Gisel).

Tener una casa, estudiar, trabajar, salud, tener independencia económica y real. ¿Cómo a pesar de las problemáticas que han padecido tienen la posibilidad de imaginarse un futuro mejor? ¿Es acaso necesario situarse en un mañana más prometedor cuando el presente se encuentra arrasado? A pesar de haber atravesado situaciones de mucho sufrimiento, han podido desarrollar distintas fortalezas que les permiten diagramar proyectos que contemplen la restitución de sus derechos.

Cabe preguntarse, frente a este posicionamiento de estas mujeres, ¿qué respuestas se otorgan desde el Estado para acompañar estos procesos? Se ha observado que las prestaciones sociales destinadas a la situación de calle parecerían desconocer estas prácticas de autonomía. Por el contrario, posicionan a las mujeres en situación de calle pasivamente, como receptoras de dinero, comida, y otros servicios. Es decir, se trata de promover “beneficios” en vez de “derechos”. A su vez, se destaca que las políticas sociales no están orientadas a actuar respecto a las dimensiones que crean condiciones para el acercamiento a la situación de calle, sino en sus efectos (Llobet, 2011; Litichever, 2009).



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