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9 Trayectorias de salud y resistencia

En los capítulos anteriores se han trabajado los resultados de la investigación en núcleos temáticos, desde una lógica transversal. Este apartado, en el que se desarrollan los distintos aspectos de algunas de las entrevistadas desde una lógica singular (Kornblit, 2007; Lenta, 2013), tiene como objetivo sintetizar y trazar algunas relaciones posibles a partir de las categorías desarrolladas. Para esta síntesis, que no pretende presentarse como totalidad sino como un cartografiado posible a través de las trayectorias de atención y cuidado de la salud, se han seleccionado las trayectorias de Susana y de Gisel porque presentan un material rico para el despliegue del análisis, y también por los aspectos diferenciales entre las trayectorias.

Con el objetivo de retomar lo desarrollado en el capítulo referido a la ciudadanía y los proyectos de vida acerca de los modos de atención de las mujeres en situación de calle, se abordan las dimensiones de los itinerarios terapéuticos distinguiendo los momentos de desarrollo del padecimiento, los significados que otorgan las mujeres al padecimiento y a las prácticas realizadas, y los recursos individuales, simbólicos y culturales (Alves y Souza, 1999; Kleinman y Csordas, 1996). Al respecto, también se consideran las características del padecimiento, en tanto se trata de una experiencia eventual, crítica (Fateful Moment) o una dolencia crónica (Pecheny, 2009).

Estos itinerarios se inscriben de manera particular en las biografías de las mujeres en tanto índices, que marcan la experiencia, y puntos de viraje o, en palabras de Denzin (2001), epifanías. Son momentos de inflexión, es decir, situaciones que han se presentan en el relato “como una encrucijada a partir de la cual el itinerario biográfico de la persona tomó un rumbo distinto o inició una nueva etapa” (Kornblit, 2007).

Teniendo en consideración lo expresado, y siguiendo lo planteado por Berteaux (1989) se pueden distinguir tres dimensiones que se entrecruzan en los relatos: la realidad psíquica, que alude al contenido semántico, los sentidos y las relaciones intersubjetivas; la realidad discursiva del relato tal cómo se produce en la entrevista; y la realidad socio-histórica. El contexto sociohistórico es comprendido desde una perspectiva dialéctica, en tanto si bien crea condiciones de posibilidad para determinadas relaciones sociales, prácticas y significados, no se encuentran totalmente estructuradas por este (Kornblit, 2007; Berteaux, 2005; Lenta, 2013).

El conjunto de dimensiones –socioeconómicas, políticas, género, poder, deseantes, colectivas– que atraviesan las trayectorias de las mujeres en situación de calle devienen texto en sus relatos y se transforman en un acontecimiento singular (Fernández, 2007; Deleuze y Guattari, 2000). Algunas de estas trayectorias, actúan facilitando o obstaculizando la resolución de los padecimientos y el despliegue de prácticas de ciudadanía (Pecheny, 2009).

Trayectoria de Gisel

La historia de vida de Gisel (29 años) se desarrolló en un contexto socio-económico de clase media trabajadora, en la que pudo tener acceso a una casa donde vivir, educación, salud y empleo formal. Por cuestiones económicas y posibilidades laborales de su padre, en su adolescencia se mudó junto a su familia a Paraguay. Esta situación se enmarca durante el proceso de crisis neoliberal de los años noventa en Argentina, que tuvo su expresión extrema a fines del 2001. Durante ese período hubo una gran afluencia de argentinos que, frente al desempleo masivo, buscaron oportunidades laborales en el exterior. Luego de algunos años regresó al país pero su familia tuvo que vender su vivienda y debieron alquilar.

Gisel se desempeñó como cuidadora desde temprana edad, ya que cuando tenía seis años enfermó su madre, quien tuvo un continuo y progresivo deterioro hasta su muerte:

Empezó con un cáncer de cuello de útero, y pasó por todos lados. Y terminó con el esternón. Fue justo con el tema del brote de la Gripe A. Falleció justo en ese momento. Pero tiró hasta donde ella pudo. Las dos últimas quimio no se las quiso hacer. Me comentó que estaba muy cansada, que yo no sabía lo que era pasar por todo eso. Que ella había vivido hasta ahí, por el nene y por mí. Así que fue su decisión. Y ella tiró un poco la toalla. Había que… Ya está. Acompañarla a ella. Murió en mis manos. Pero bien. La recuerdo con toda la alegría siempre. Una mujer que se reía siempre.

En el último período de la enfermedad de su madre, Gisel tuvo que dejar sus estudios de la carrera de Enfermería, que luego no pudo retomar, y también abandonar su trabajo para cuidarla. En este punto se destaca la naturalización de las tareas de cuidado en relación al género, ya que Gisel es la única mujer en su familia y por eso cree que tuvo que abordar la tarea. A su vez, se observa la sobrecarga en términos emocionales y, también, económicos (Esteban, 2003).

La muerte de su madre constituyó un momento de clivaje en su historia a partir del cual a Gisel, su pareja y sus dos hijos, les “tocó vivir en un montón de lados”: en una casa “de prestado”, en un colectivo, en un tren, en una plaza, afuera de un negocio, en un parador, en un hotel, en una pensión, en un local. Nunca pensó que le podría pasar “algo así” como quedarse sin lugar para vivir. Gisel explica cómo llegó a esta situación:

En realidad fue que falleció mi mamá. Viene de larga data esto que mi mamá siempre vivió conmigo. Y mis hermanos estaban siempre al tire y afloje con mi mamá. Y mi mamá con sus hijos. Siempre hubo un choque. Y cuando falleció mi mamá fue un despiole. Porque yo vivía con mi expareja. Ellos tenían inconvenientes entre ellos. “Si ella se queda, él se va. Si él se va, me voy yo” y todo así. Muy rápido. Y ahí fue también tener que parar en la casa de la hermana de él. En la casa de mi hermana. Que llegó un momento que primero está todo bien. Pero familias numerosas, llega un momento que empieza a incomodar. Y aunque una no quiera… Y eso que nosotros íbamos de noche, como para dormir nada más. Como para no molestar todo el día. Y fue un momento en que explotamos los dos y dijimos “basta, vamos a ver cómo nos arreglamos solos”. Fue duro, pero bue, acá estamos.

La situación de calle, y los motivos que llevaron a ella estuvieron ligados a distintos sucesos, pero la muerte de su madre fue el principal desencadenantes, ya que Gisel dependía de ella económicamente. Sin embargo, en su relato ubicó reiteradamente a su pareja en el centro de la escena y a la experiencia en calle en el pasado, es decir que la observaba con cierta distancia. Sin embargo, la expresó en términos de padecimiento caracterizado por: “sufrimiento”, “sentimientos de culpa”, “pánico”, muchas cosas que dijo preferir olvidar.

Teníamos pánico de dormir en la calle. Yo tenía pánico de acostarme a dormir, y los chicos (Gisel).

En la etapa de pernocte en la vía pública, Gisel desplegó un conjunto de redes y lazos sociales que funcionaron en términos de recursos de supervivencia y posibilitaron su salida de la calle. Estos recursos fueron el contacto con otras personas en esa situación, y los vínculos con un farmacéutico que los dejaba dormir afuera de su negocio, el dueño de una mueblería que los ayudó económicamente, la iglesia, una ONG y con dispositivos del GCBA.

Un hito importante en esa trayectoria fue el contacto que entabló con una trabajadora social de un programa del GCBA, quien la ayudó a ingresar a un parador junto con su familia, y luego en las gestiones del subsidio habitacional. El encuentro con esta trabajadora, con quien dos años después sigue teniendo contacto, generó una marca muy significativa en su vida en tanto posibilitó que Gisel pueda empezar procesos de restitución de derechos vulnerados.

Al momento de la entrevista, se encontraba alquilando un local y a pesar que el lugar no reunía los requisitos básicos que ella esperaba en una vivienda (como tener cocina y gas), lo prefería a vivir en un hotel. Estaba trabajando en una institución educativa del GCBA, y junto a sus dos hijos (de 8 y dos años), dijo, se estaba “encaminando de a poco”. Concurría frecuentemente a centros de salud y hospitales pediátricos para realizarles controles y seguimientos a sus hijos, tanto de su salud física como mental. Sin embargo respecto a su salud se posicionó de otra manera:

En general, no estoy haciendo ni PAP ni colpo. No estoy haciendo nada. Y tengo que hacerlo porque me dijeron que puede llegar a ser hereditario. Mi mamá falleció de cáncer, mi abuela falleció de cáncer, mi tía tiene cáncer. Mi abuelo por parte de mi papá, mi tío por parte de mi papá. La mayoría tienen el mismo problema. Así que los controles tienen que empezar desde ahora.

Asociaba estos descuidos a la sobrecarga en su empleo y del trabajo que implica el cuidado de sus hijos. Como se adelantó, Gisel observaba su experiencia en calle en forma retrospectiva y manifiestó que “hay una cuestión de culpa, que me queda” sobre todo respecto a sus hijos y las marcas que la calle puede haber dejado en ellos, especialmente en el más grande y se pregunta qué marcas le dejó la experiencia en calle. Como una forma compensatoria, intentaba conectarlos con actividades que disfrutaran, como karate y el festejo de los cumpleaños, es decir formas de cuidarlos y “mimarlos”.

Cuidado, género y opresión

La biografía de Gisel, tal como fue señalado, no se corresponde con una trama de exclusión social estructural como en otras mujeres en situación de calle. Sin embargo, hay virajes en su trayectoria que la acercan a procesos de opresión y vulnerabilidad, principalmente respecto al género.

Ocupa un lugar central su rol como cuidadora y de hecho había comenzado a estudiar la carrera de Enfermería. Ella se ubica en esta actividad desde la ternura y de alguna forma la subjetiva. Al mismo tiempo la restringe y limita, en tanto el cuidado de otros/as como trabajo no remunerado no le permite desplegar proyectos propios. Se observa también que este rol de cuidadora la hace relegar algunos cuidados propios. En ese punto, para ella el estudio sería una forma de cuidarse, que se vio postergada primero por la enfermedad de su madre y luego por las demandas que implica su rol de única cuidadora de sus hijos.

Un punto a considerar, que la distingue de otras mujeres en su situación, son sus recorridos realizados en forma estratégica en los dispositivos de asistencia del GCBA. Se observa el efecto positivo de las políticas públicas en el proceso de resolución de la situación de calle. La efectividad del circuito asistencial que proponen los programas estatales cobra una dimensión y apreciación diferente en el caso de Gisel, ya que posibilitaron su “salida” de la calle.

En este aspecto se destacan dos cuestiones a atender: la primera en relación al carácter implicado y reflexivo de la trabajadora social del GCBA, que facilitó muchas gestiones institucionales y vehiculizó mediante contactos personales la trayectoria de “salida”, incluida una posibilidad concreta de empleo para Gisel. La segunda, se refiere al abordaje institucional de los programas del GCBA. Estos dispositivos de asistencia como paradores y el subsidio habitacional se presentan como “ayuda” transitoria frente a la situación de calle, definida en términos de “emergencia habitacional”. En ese aspecto, se despliega el interrogante si la efectividad de este abordaje estuvo relacionada con que su situación se encuadraba dentro de esta definición de la problemática.

Sus itinerarios para intentar resolver sus padecimientos o los de su familia se caracterizan por el despliegue de estrategias biomédicas. También hay prácticas de autoatención ligadas a la automedicación, y otros saberes aprendidos.

Respecto a los recursos implementados se observa que cuenta con grandes capitales simbólicos y culturales, redes institucionales y lazos sociales. Esta riqueza de recursos funcionó como facilitador para resolver sus problemas de salud, y también a la hora de emprender el recorrido de “salida” de la calle. En este sentido, se destaca el papel positivo que tuvieron las relaciones sociales en su historia como propiciadoras de procesos de restitución de derechos. Simultáneamente, también se destaca cómo algunos lazos establecidos funcionaron como obstáculo en diferentes momentos de su trayectoria, particularmente la relación con su pareja de ese momento. Por un lado estar con él funcionaba como un mecanismo de protección frente a los temores de ser mujer en la calle:

Me ha tocado pelearme con él y estar sola. ¿Y si me pasa algo? ¿Y si le pasa algo a los chicos?

No obstante esta relación también funcionaba en términos de opresión en tanto no le permitía salir de la situación de calle. Al respecto, Butler señala que en el encuentro con otros “no sólo somos constituidos, sino desposeídos por nuestras relaciones” (citado en Zaldúa, 2011). Gisel expresaba que pudo comenzar a “salir” de la calle cuando terminó la relación con su pareja:

Me cansé porque era que si seguía con la persona que tenía al lado. Yo quería tirar para salir todo el tiempo, y la otra persona leía el diario. […] Empezamos a andar mal. Yo mantuve mi postura en una habitación segura con los chicos. Y él dijo “no”.

La calle como territorio masculino desafía las subjetividades femeninas, en especial cuando operan estereotipos del género en relación a la indefensión de las mujeres. En este aspecto, el encuentro con la trabajadora social, en tanto mujer profesional, tal vez generó en Gisel un apuntalamiento subjetivo que le permitió el despliegue de la autonomía en relación a la toma de decisiones de su devenir. Esto trajo la posibilidad de reconocimiento y de librarse de algunas opresiones de los mandatos patriarcales.

Trayectoria de Susana

La historia de Susana (41 años) se caracteriza por vulneraciones de derechos, múltiples padecimientos, pérdidas y puntos de inflexión.

Estoy en situación de calle porque perdí todo. Todo mi contacto familiar acá. Tenía a mi hija de seis años […]. Yo estuve muchos años en la cárcel. Estuve 14 años. Tenía a mi hija de seis años y me la mataron y me la violaron. Hice justicia por mano propia y es cómo quedé en la calle. Tenía una casa para vivir y todo. Y me dieron la excarcelación. Me sacó gente de los medios. Me entrevistaron y me ayudaron a salir con 14 años. Del año 98, y salí ahora hace cuatro años. Y hace cuatro años que estoy con mi pareja. Y estoy con él en la calle. Estoy en la calle hace un montón de tiempo. Tuve que vender todo porque me pasó todo lo que me pasó con mi hija. Y quedé en situación de calle. Estoy cuidando coches, rebuscándomela, pero siempre estuve en la calle (Susana).

“Siempre estuve en la calle”, a pesar que este enunciado no se condice con la realidad socio-histórica, parece tomar una dimensión de realidad psíquica que relaciona con perderlo todo. Esto remite a un evento ocurrido hace aproximadamente 17 años que constituyó un punto de viraje en su historia: la violación y asesinato de su hija de seis años. Este fue un evento devastador y traumático, en tanto pérdida real y del anclaje subjetivo que la ordenaba como mujer-madre. En ese momento, frente a la falta de respuesta del sistema judicial, mató a quien cometió el hecho. Fue acusada y se declaró culpable, por lo cual fue sentenciada a prisión.

La situación de violencia que vivió su hija transcurrió a mediados de la década de los noventa, en la que los crímenes relacionados con el género no contaban con la visibilidad que tienen actualmente, ni tampoco había los instrumentos legales para definirlos como tal. El tratamiento judicial, que no incluía la perspectiva de género, funcionaba favoreciendo a los varones, aun aunque hubieran sido hallados culpables. A su vez, este periodo caracterizado por políticas neoliberales y la consolidación definitiva de la caída del Estado de bienestar, implicó lógicas de vaciamiento del Estado y la crisis de muchas de sus instituciones. En Argentina, a su vez, se caracterizó por diversas situaciones de corrupción a distintos niveles institucionales. En este espacio de corrupción y vacío institucional para dar respuesta a las demandas de la población, se situó la decisión de Susana de hacer “justicia por mano propia”.

Durante 14 años padeció la situación de encierro, con soledad y tristeza, y mientras sufría otras pérdidas: sus bienes materiales y el contacto con sus hijos y familiares. Su madre murió y ella quedó muy dolida porque no pudo despedirse. La situación de encierro le dejó varias marcas que se corporizan en sus tatuajes y aspecto de “tumberita”, ocultando bajo su flequillo la cicatriz imborrable de muerte que lleva en su frente (un tatuaje que deja entrever con varios puntos).

Las situaciones de encierro como la que atravesó Susana se caracterizan en principio por un tratamiento diferencial que se otorga a las mujeres respecto de los varones en el Sistema Judicial Argentino. A su vez, la cárcel se presenta como un espacio de vulneración múltiple a los derechos, con pocas perspectivas de poder modificar el porvenir de las mujeres. La falta de políticas y programas efectivos de empleo y vivienda para personas que atravesaron situaciones de privación de la libertad, parecería dejar pocas alternativas a la hora del egreso de estas instituciones. La situación de aislamiento y desvinculación que propone la cárcel, sumado al estigma social que implica haber estado en una institución de estas características y las cicatrices corporales que deja, hacen que la calle parezca ser un destino difícil de eludir.

La salida de la cárcel de Susana, facilitada por figuras mediáticas, también ocurrió en un contexto de cambios legislativos y la incorporación de la perspectiva de género y vulnerabilidad en algunas sentencias judiciales. En la calle conoció a su pareja, varios años más joven que ella. Pernoctaban en vehículos abandonados, realizaban changas y consumían abusivamente “de todo”, según manifestó: paco, marihuana, cocaína, inyectables. Estas conductas son percibidas retrospectivamente por Susana como una forma de matarse.

Cuatro meses antes de la entrevista había sufrido una metrorragia y llevada al hospital de urgencia, ya que corría riesgo su vida:

Tuve un aborto espontáneo. Me hicieron un legrado completo. Un evacuador completo. Estaba de tres meses y medio y no estaba consciente. No sabía que estaba embarazada […]. Cuando llegó el médico me di cuenta lo que me estaba pasando. Que estaba con una metrorragia. Empecé a largar coágulos de sangre y me internaron con un coma diabético. Me hicieron un legrado evacuador. Un raspado completo con anestesia general. Y como que me asusté. Estaba muy adicta a la pasta base. Pasta base, marihuana. Porque en la calle consumís de todo. Y estaba inyectándome.

Este episodio constituye un segundo punto de inflexión en su relato, y expresa lo que la llevó a cambiar su modo de percibir la realidad:

Todo lo malo que me pasó estando en la calle. Y seguir en la calle enferma. Mi aborto espontáneo, porque después de perder un hijo, que me arrancaron la chica. Me la hicieron viajar de chica porque no era la hora, no vivió nada. Entonces es como que yo quería tener un hijo a esta edad. Y decir: “bueno, por lo menos tengo una compañía, alguien que me quiere de verdad! Porque yo tengo a mi pareja, y sé que me quiere. Pero me quiere mal. Porque no se levanta. O está conmigo ahora. O me está esperando ahí para desayunar juntos. Entonces lo acepto igual, hasta que me canse. Todo tiene un límite.

Esta situación constituía un episodio crítico que vivenciaba con mucho temor y dramatismo. En el marco del momento vital que atravesaba, se presentaba como un punto de viraje, en tanto la llevó a replantearse su condición de salud, la situación de consumo y decidió poner un corte:

Cuando ya sos grande y llegás a esa situación de enfermedad te querés cuidar. Y como que querés poner un parate. Yo puse un parate y puedo hablarlo con vos. Y esto hace un tiempo no lo podía hacer. No podía hablar.

Este “parate” comenzó, para Susana, interrumpiendo la situación de consumo. Debido a la dependencia que había desarrollado a las diferentes sustancias decidió iniciar el recorrido para intentar resolverla internándose en una institución de salud mental especializada en adicciones. Durante los cuatro meses que estuvo internada tuvo una experiencia de una valoración muy positiva, tanto desde lo institucional como por parte de los profesionales que la atendieron. En este espacio, se destaca como facilitador de su itinerario su forma de relacionarse afectuosamente con los/as trabajadores/as y otros usuarios/as del servicio, y la consecuente creación de lazos que funcionaron como sostén.

Hace pocos meses recibió el alta y continuó realizando tratamiento ambulatorio en la misma institución, aún en situación de calle. Refiere utilizar todos los recursos que ofrece la institución, los espacios de socialización y, también, que realiza emprendimientos productivos allí mismo para “ganarse el pucho de cada día”. En este aspecto se observa una utilización estratégica funcional y participativa de los servicios disponibles.

Este proceso la llevó a reconsiderar la relación que tiene con su pareja, en tanto siente que él no la acompañó en su “rehabilitación” y sigue consumiendo frente a ella. En este sentido, ella se muestra con sentimientos ambivalentes hacia él, por un lado dolida por lo que él se encuentra atravesando respecto a su situación de deterioro, y en otros expresa algunos descuidos en tanto él la quiere “mal”. Al respecto relata que se le ha detectado “el VDRL alto”, que indica la presencia de sífilis, de transmisión sexual, y ella asume que él la ha contagiado a raíz de haber mantenido relaciones sexuales con otras mujeres. Susana manifestó haber realizado el tratamiento “con inyecciones”, pero que no había podido recuperarse debido a que su pareja se negaba a recibir atención. Este es un tema que la afligía y preocupaba. Se visibiliza como esta relación social, funciona en términos de barrera en su itinerario terapéutico. Al momento de la entrevista expresó que sufría múltiples enfermedades y padecimientos: sífilis, quiste ovárico, diabetes, hipotiroidismo, dolores musculares y ansiedad. “Tengo un poquito de todo”, dijo, porque la calle “trae enfermedad”.

Expresó que había podido retomar distintos hábitos de cuidado de su salud respecto de la alimentación, la higiene y el consumo de medicamentos para la diabetes y el hipotiroidismo. Tal como fue abordado anteriormente, en base a su experiencia de padecimiento crónico, como es la diabetes, Susana ha atravesado un proceso de expertización y desarrollado prácticas de autoatención y autocuidado ligado a los saberes biomédicos. Esto corresponde un capital de la paciente importante, que funciona en términos de recurso (Pecheny, 2009). Este saber se inscribe en su historia de modo particular, ya que fue mayoritariamente adquirido a través del rol que desempeñó como cuidadora de su madre, de quien, según ella, heredó la diabetes. Su madre murió sin visión y sin piernas, y esto se presenta como fantasma aterrador que quiere evitar.

Seguir estudiando aparece como una forma para el cuidado de su salud, que pone en acto su deseo. Este “corte” creó condiciones para empezar a proyectar su salida de la calle. Al momento de la entrevista se encontraba a la espera de la resolución de un juez por la gestión del amparo, que le otorgaría dinero mensual para poder alquilar una habitación.

De la marca de la muerte al deseo de vivir

La biografía de Susana se encuentra enmarcada en un contexto de acumulación de desventajas sociales (Fitoussi y Rosanvallon, 1997), desafiliación social respecto del empleo y las relaciones sociales, y procesos de extrema vulnerabilidad social. Estos han tenido gran impacto en las condiciones de salud y el desarrollo de los distintos padecimientos.

Sin embargo, a pesar de que las dimensiones socio-históricas parecerían funcionar como barrera a la accesibilidad a los servicios, la trayectoria de Susana se caracteriza por organizarse a partir de los saberes y formas de atención biomédica. Se observa la utilización de diversas modalidades de atención relacionadas con el modelo biomédico, tanto de las ONG como del Estado, para buscar respuesta a su problemática. Resulta destacable que a pesar de no contar con redes de apoyo familiar, presenta gran adherencia a tratamientos y cuidados que implican una gran actividad en su vida cotidiana. En ese sentido se destaca cómo ajustar las actividades cotidianas al modelo biomédico implica esfuerzo, convicción y desgaste (Pecheny, 2009).

A pesar de no contar con recursos económicos, cuenta con un gran capital cultural respecto a que conoce la variedad de servicios y dónde es posible conseguir medicación en forma gratuita. Asimismo, la relación que entabla con los profesionales parecería tener un rol muy importante en la continuidad del tratamiento y los cuidados, como así también sus fantasmas asociados al desarrollo de la diabetes que se desprenden de su biografía. Se pudo agenciar de las enseñanzas de supervivencia que aprendió en la cárcel y en la calle, resistir a estas situaciones de sufrimiento y opresión, y sobrevivir a pesar de todo.

Y me cuesta mucho. Estoy dolida. Me siento sola. Me siento abandonada. Me siento como apartada de la sociedad.

Se presenta un gran trazado de nuevas redes y lazos sociales de sostén emocional, para poder afrontar e intentar solucionar sus padecimientos. A diferencia de lo que expresan otros estudios respecto de personas en situación de calle, en la trayectoria de Susana, se observan distintas estrategias de reafiliación social que tienen un gran impacto en sus condiciones de salud, la ampliación de la ciudadanía, y la implementación de procesos de exigibilidad y justiciabilidad de derechos, como es el caso del Recurso de Amparo. La cercanía con la muerte la contactó con sus deseos de vida y también de ser madre nuevamente:

Siempre decía “me quiero morir, me quiero morir”. O a veces digo “me quiero morir, no quiero vivir más”. Pero en ese momento me asusté. Me estaba yendo y digo “no, quiero vivir”.

Este punto de clivaje le permitió volver a conectarse con su cuerpo y los cuidados. En las prácticas de cuidado de la salud se destacan los encuentros con otros (profesionales y compañeros/as de tratamiento), que le devolvieron el reconocimiento, y a partir de los cuales pudo recuperar el valor y la dignidad. En ese sentido, sus prácticas en salud devienen prácticas de resistencia a las formas de exterminio que propone la calle. Estos encuentros y prácticas produjeron procesos subjetivantes que le permitieron otro devenir en el que pudo volver a poner en acto su deseo, en tanto motor, y comenzar a delinear un proyecto de vida, haciendo a un lado –por lo menos momentáneamente– la marca de la muerte (Deleuze y Guattari, 2000; Fernández, 2007).



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