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Conclusión

A lo largo de este libro se ha elaborado una argumentación tendiente a robustecer una lectura de la necesidad weiliana que remarca su estatus relativo y mediador y, en íntima relación con esto, también y principalmente, el carácter no absoluto del mal en Simone Weil. Esta interpretación sobre la necesidad y el mal en la pensadora francesa, como se ha explicado, se opone a aquella que afirma el gnosticismo, catarismo o maniqueísmo esencial de su metafísica –fundamentalmente sus ideas sobre el bien y el mal– y, por lo tanto, también de su propuesta ética, social y política. Es decir, de las posibles soluciones que la autora ensaya en relación al problema del mal.

La argumentación en sí misma, se ha instrumentado a partir del análisis de otra noción weiliana indispensable: el concepto de Idolatría. Esto ha sido posible, en base al develamiento de la idolatría como un ámbito específicamente humano del mal, es decir, un mal centrado en la libertad humana de rehusar el desafío de la necesidad. En este sentido, el ser humano puede reproducir/extender/absolutizar el mal de la necesidad o puede transformar ese mal, en principio relativo, en un medio de entrada, siempre limitado, del Bien en el mundo. Esta concepción del mal, es diametralmente opuesta a aquella, que sí podría considerarse gnóstica, basada en una idea del mundo –y del cosmos– como un mal cerrado, absoluto y regido únicamente por la fuerza. Y que propone, por esto mismo, la única solución de una redención también absoluta, a partir del poder sobrenatural salvífico de invenciones humanas –ya sean teorías técnico-científicas y/o doctrinas socio-políticas– capaces de construir un mundo perfecto a partir de la reproducción y propagación de ese mismo mal –la necesidad y la fuerza– con el que se promete acabar. La concepción weiliana es opuesta, porque no considera que el mundo esté regido únicamente por la necesidad y que, en consecuencia, sea un mal absoluto. Hay otra fuerza distinta –la gracia– que tiene una entrada limitada en el mundo –el Bien no es totalmente extranjero– y que posibilita la existencia de un bien y un mal relativos en el mismo. Esta luz de un Bien sobrenatural, es capaz de extender sus reflejos en el ámbito humano a condición de que exista un discernimiento de la necesidad y la fuerza. Porque sólo esto permite comprender que, operando al lado de ese mal, también hay un bien de naturaleza distinta. Esto brinda la posibilidad de escapar del prometeísmo humano que, debido a su ceguera y su incomprensión de la necesidad, se vuelve también incapaz distinguir el bien y por lo tanto, lo confunde con la misma fuerza. En esto consiste precisamente la idolatría que nuestra autora recrimina a los regímenes totalitarios como el nazismo y el comunismo soviético: la confusión del bien con la fuerza, que provoca la destrucción de todos los puentes mundanos de contacto con el bien sobrenatural. Claro que, cuando se utiliza el término “confusión”, se está refiriendo a un error involuntario, esto quiero decir que no hay una identificación plenamente consciente, por parte de estas doctrinas, de la necesidad y la fuerza con el bien. Siempre hay una consideración de la necesidad como un mal en sí, un mal absoluto, del que el ser humano debe liberarse. Pero el problema y el error, es que esta redención consiste en un voluntarismo que pondera elementos de la misma naturaleza mundana que se cree poder superar. Y aquí es cuando reproduce la necesidad, en lugar de superarla.

Este particular camino argumentativo en relación a la necesidad y al mal en Simone Weil, ha querido ser el aporte distintivo del presente escrito. Por medio del mismo, se ha señalado que nuestra autora, utilizando la noción idolatría, rechaza las concepciones que afirman una determinación completa de la fuerza en el mundo. Y que plantean, contradictoriamente, la posibilidad de instrumentar esa misma fuerza para producir un bien mundano absoluto mediante invenciones humanas a las que se confiere una cualidad sobrenatural. Como se ha dicho, esas características de la idolatría, también suelen ser propias de las doctrinas gnósticas. Primero, la consideración del mundo como un mal en sí mismo. Y, segundo, la propuesta de salvación por producciones humanas a los que se confiere un carácter divino. Como se afirmaba un poco más arriba, en Weil el mal mundano no es absoluto y en consecuencia, el bien existente, tampoco absoluto, es posible gracias a los reflejos de un bien sobrenatural no humano. Por eso mismo, en el último capítulo, hemos podido observar que Weil rescata del genio griego una sabiduría mística y no una doctrina filosófica. Una orientación del alma hacia la gracia sobrenatural más que una apropiación humana de lo divino. Propone una alternativa específicamente mística, en la cual la preparación para el encuentro del Bien es fundamental pero no suficiente, ya que la salvación sólo viene desde lo divino. Esto requiere el rechazo del voluntarismo humano y la opción por una autoaniquilación creativa que permita la actuación de un bien impersonal. Aquí entra en relevancia la noción weiliana de atención como una forma de pasividad activa que, mediante la propia despersonalización, posibilita la entrada en acción de una justicia y un bien imparcial.

En una primera parte, se ha realizado un exhaustivo desarrollo teórico, estructurado en base a los conceptos principales antes mencionados necesidad e idolatría– y en torno a los cuales se han explicado las vinculaciones con las demás categorías fundamentales del pensamiento weiliano, como son las ideas de mal, bien, desgracia/desdicha, descreación, mediación/metaxú, atención y arraigo/enraizamiento. Esto se ha complementado con un análisis de las aplicaciones de dichas ideas que Weil realiza en su particular lectura de distintas realidades históricas, sociales y políticas. En una segunda parte, se ha buscado clarificar, y también contrastar con las consideraciones críticas analizadas primeramente, cuál es la propuesta específica de la pensadora en relación a un bien posible en el mundo. Y aquí también, se ha sumado complementariamente un trabajo de rastreo de dichas propuestas en diferentes experiencias humanas valoradas especialmente por la autora.

Puede concluirse que en el pensamiento weiliano se da una aceptación completamente consciente de la necesidad y no su rechazo como un mal en sí mismo. Este consentimiento de la necesidad, no implica un conformismo en relación a la misma, sino una aceptación del mundo, es decir, una visión del mundo como algo que no es un mal absoluto sino que puede ser un medio de aproximación al verdadero bien. Consecuentemente, esta visión implica ponderar el ámbito natural o mundano como un medio. Y es aquí cuando la noción de arraigo/enraizamiento comienza a jugar un papel fundamental. Como hemos podido vislumbrar en las experiencias humanas ponderadas por Weil, el arraigo se vincula a los medios que se han elaboran como una respuesta adecuada a la necesidad natural. En esa misma respuesta al desafío de la necesidad, existe la posibilidad de encontrar una disposición especial, la atención, capaz de allanar el paso a la actuación de un bien impersonal. En su apego y amor al mundo, los seres humanos son capaces de correrse a un lado, dando paso a un bien sobrenatural. Es una alternativa completamente distinta a aquella que considera al mundo como un mal, que solo puede derrotarse por un esfuerzo prometeico tendiente a apropiarse de los poderes divinos. Este sería el caso, como pudimos ver, de los regímenes totalitarios modernos y de las experiencias históricas que nuestra autora categoriza como idolátricas. Caracterizadas, precisamente, por una negación del mundo llevada a la acción concreta por el desarraigo. Éste, al destruir todos los medios culturales de enraizamiento y mediación, extingue también las condiciones favorables de la atención capaz de recibir los reflejos del Bien en el mundo. Por eso, puede decirse que, partiendo de la necesidad natural hay dos opciones posibles. Un consentimiento de la misma, que se traduce en una respuesta a su desafío, llevada a cabo mediante el arraigo en el mundo y la consiguiente posibilidad de la atención capaz de recibir el bien sobrenatural. O, por el contrario, su rechazo, que se traduce concretamente en el desarraigo del mundo y en la destrucción de todos los medios capaces de favorecer la recepción del Bien. Esta última alternativa, la propiamente idolátrica, en principio considera a la realidad mundana y a su necesidad un mal absoluto y, en un segundo momento, intenta superar ese mal negando el carácter mediador de lo natural/mundano y otorgándole un estatus de fin sobrenatural. Esta idolatría, como se afirmaba anteriormente, puede compararse a la concepción, característica de las doctrinas gnósticas, que contempla al mundo como un mal e intenta contraponerle la salvación prometeica de una doctrina humana y por lo tanto, mundana, a la que se le atribuye la eficacia divina. Por lo tanto, ya que nuestra autora se opone críticamente a esta alternativa, difícilmente merezca atribuirse a su pensamiento un carácter gnóstico.



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