1. El mal de la necesidad como idolatría
En el capítulo anterior se ha reflexionado sobre el modo en que la necesidad como mal puede comprenderse como la ausencia o imposibilidad de un bien absoluto inmanente al mundo. En el pensamiento de Weil, la necesidad es la imposibilidad de un bien mundano absoluto. De aquí se concluyó que la negación de la necesidad es la no aceptación de la imposibilidad de un mundo perfecto, regido únicamente por el Bien. Y también que, al no aceptar la necesidad del mundo, la misma se realiza de manera más completa, al dejar de ser un mal relativo –que puede redirigirse hacia el Bien– para tornarse un mal ciego que determina absolutamente la existencia humana.
De todo esto puede extraerse aún una consecuencia más: lo que Weil denomina idolatría no es otra cosa que la realización histórica de esa negación de la necesidad, que se traduce como un intento de imponer un bien absoluto inmanente al mundo. Idolatría es todo intento humano de querer sustituir el Bien, siempre trascendente y con mayúscula –como lo escribe nuestra autora–, por un producto humano, inmanente o mundano, que se pretende un bien sobrenatural absoluto. Es la acción de adjudicar los atributos de lo sobrenatural a aquello que es natural y por lo tanto limitado y relativo.
Si la idolatría deriva de la negación de la necesidad como mal –y se había afirmado que la negación a aceptar la necesidad no hace más que fortalecerla porque la vuelve implacable y ciega– puede concluirse que la idolatría, para nuestra autora, es una parte del mal. La idolatría forma parte de la determinación de la necesidad y su fuerza, que tiende hacia la cosificación y a la anulación del pensamiento sobre sí misma. Por eso Weil dice:
[…] el hombre no ha superado la condición servil en que se hallaba cuando, débil y desnudo, lo abandonaron a merced de las fuerzas ciegas que componen el universo; solo que el poder que lo tiene extenuado ha sido como transferido de la materia inerte a la sociedad que él mismo forma con sus semejantes. Así es esta sociedad, la que es impuesta a su adoración a través de todas las formas que va adoptando el sentimiento religioso. (2014, p. 54)
La fuerza de la necesidad, que sigue operando en la sociedad, se transforma en idolatría y adoración. La idolatría no es más que una rendición de rodillas ante la fuerza, para adorarla como único y supremo bien. La idolatría social y política es una parte consecuente de ese mal de la necesidad.
La idolatría es la victoria de la necesidad como mal cuando ha logrado anular todo pensamiento tendiente al encuentro, a partir de ella misma, con algo mejor. Como comenta Chavarria, en Weil la fuerza de la necesidad tiende a la supresión del pensamiento y consecuentemente también de la justicia y la verdad, ya que éstas solo se dan en los intervalos de pensamiento (2006, p. 156). Entonces, la idolatría puede entenderse como una recaída o una rendición a la necesidad y por lo tanto, a la servidumbre. Reconocer la necesidad es aceptar un desafío, es la posibilidad de pensarla y, ejerciendo la libertad, transformarla a partir de su encuentro con el Bien. Por el contrario, la idolatría es una rendición ante la necesidad, la renuncia a toda posibilidad y por lo tanto, la puesta del ser humano al servicio de su fuerza. La idolatría significa la abdicación de la posibilidad de buscar medios que permitan dirigirse desde la necesidad hacia el Bien y en consecuencia, la puesta de lo social y lo político al servicio de la fuerza.
Así, la idolatría para nuestra autora, es parte de una ilusión o de una imaginación tendiente a colmar el vacío. Esa ilusión consiste, primero, en considerar que el mal es un mal absoluto, es decir, que la necesidad del mundo es puro mal. Segundo, en que esta creencia en la necesidad del mundo como mal absoluto exige, a su vez, una fe en la salvación de ese mal total solo a través de la intervención de un poder sobrenatural absoluto pero humano, y por lo tanto, inmanente. Estos elementos, como se afirmó en la introducción del presente trabajo, emparentan la idea weiliana de idolatría con la noción de gnosis trabajada por diferentes especialistas en el tema (Gilson 2007, Jonas 2003, Puech 1982, Voegelin 2014). Al absolutizarse el mal del mundo, solo puede esperarse la oposición –gnóstica maniquea– de un bien mundano absoluto. En otras palabras, la magnificación del mal del mundo acarrea la voluntad humana de construir un ídolo mundano en el cual depositar toda la esperanza de salvación. Podemos apreciar que esta lógica, denunciada por nuestra autora, no se aleja demasiado de un posible análisis de la realidad social y política contemporánea. Por ejemplo, cuando el discurso del poder político construye, con un espíritu de guerra santa, un oponente –ya sea un grupo terrorista, una nación, otra fuerza política o una crisis ambiental o sanitaria– exacerbando los caracteres negativos del mismo hasta lo sobrenatural-demoniaco. Al mismo tiempo, atribuyéndose exclusivamente a sí mismo el poder para exorcizar ese mal y exigiendo un seguimiento ciego que apoye la cruzada. Esto no es otra cosa que una teodicea política. En el próximo capítulo, nos adentraremos en los fenómenos sociales y políticos específicos que Weil observó a la luz de estas ideas.
Retomando lo desarrollado hasta aquí, puede afirmarse que la idolatría es el producto de la imaginación o de la ilusión y tiene como principal consecuencia la obstrucción del contacto del ser humano con la realidad y con el Bien. En nuestra pensadora, la imaginación, como facultad contraria a la atención, actúa para consolar o colmar el vacío provocado por la mecánica de la necesidad que rige el mundo. Como dice Bordin, “[…] es solo una construcción ilimitada de sueños y favorece proyecciones imaginarias del yo, que huye de la realidad y se abandona a idolatrías y delirios de poder. Pensamos y amamos los bienes relativos como si fueran absolutos” (2001, p. 146). De esta manera, crea artificios que en vez de ayudar a lidiar con la realidad, producen un alejamiento cada vez mayor de la misma. Solo a través de la experiencia de vacío y desamparo en la realidad y en la necesidad del mundo, puede encontrarse un camino de encuentro con ese bien que no es del mundo. Por eso la atención es un elemento fundamental para poder escuchar, en el silencio, ese Bien y su gracia trascendente. La imaginación humana se superpone a esa experiencia, obstaculizando la percepción del Bien. Por eso es lo opuesto a la atención.
2. Idolatría social y política: el gran animal
Debe tenerse en cuenta que la idolatría en Weil es un fenómeno principalmente social y político porque, como ella misma afirma, en todo lo social está presente la fuerza (1953, p. 84). Como ya se ha comentado anteriormente, nuestra autora utiliza el nombre de gran animal –al igual que Platón– o bestia social, para referirse a lo social o lo colectivo:
El gran animal es el único objeto de idolatría, el único ersatz de Dios, la única imitación de un objeto que está infinitamente alejado de mí y que es yo […] Sólo hay una cosa aquí abajo que puede ser tomada como fin, porque posee una especie de trascendencia respecto de la persona humana: lo colectivo. Lo colectivo es el objeto de toda idolatría, ello es lo que nos ata a la tierra. La avaricia: el oro pertenece al ámbito de lo social. La ambición: el poder pertenece al ámbito de lo social. La ciencia y el arte también. (1994, p. 112)
Weil equipara lo social o colectivo con la caverna descripta por Platón en su famosa alegoría de La República. Lo social monta una farsa, disfrazando lo que es relativo con los ropajes de lo absoluto. Lo social se presenta con una etiqueta de divinidad y pretende así sustituir al bien verdadero por un artificio. Como afirma María Eugenia Valentié al explicar la idea de idolatría en nuestra autora:
El gran peligro de lo social es que puede convertirse en un ídolo. Se toma entonces lo relativo como absoluto y se lo adora como a un bien. Para designar a esta sociedad así divinizada, Simone Weil utiliza una expresión tomada de Platón, la llama el “gran animal”. El gran animal es lo colectivo que ahoga a la persona rodeándola de muros que impiden llegar a lo real. (1953, p. 611)
Este falso Dios o ídolo social, en cualquiera de sus encarnaciones, ya sea como partido o movimiento político, como iglesia o como nación, esconde una completa licencia para obrar el mal purificando al mismo de sus aspectos horrorosos: al que le sirve, ninguna de las tareas requeridas le parece un mal, salvo, claro está, el incumplimiento de esos deberes exigidos (Weil, 1994, p. 113).
Para lograr una mayor comprensión de la idolatría, en su aspecto más propiamente político, puede retomarse la cercana noción de religión política perteneciente a Eric Voegelin. Este autor utiliza dicho concepto al analizar la emergencia de los regímenes socio-políticos totalitarios en Europa[1] como consecuencia de un quiebre de la relación con el orden de lo trascendente que, modificando los límites entre lo sagrado y lo profano, vierte toda la sacralidad dentro de las sociedades humanas (2014). Voegelin, al igual que Weil, centra su mirada en la adoración del poder político en función de una promesa de salvación y de bien absoluto que es inmanente, es decir, que espera una realización histórica en el mundo. Y que, principalmente, exige el sacrificio de toda exigencia ética a la realización de ese supuesto Bien. En este sentido, la mirada weiliana que problematiza la superposición entre el plano de un bien sobrenatural absoluto y el poder social y político a partir del concepto idolatría, puede contemplarse, en parte, como un cuestionamiento hacia la teologización de lo político.
Teniendo esto en cuenta, es interesante considerar a nuestra autora desde la perspectiva teórica de lo impolítico. Una parte importante de esta propuesta consiste, precisamente, en abordar una crítica al encubrimiento de elementos teológicos como si fuesen políticos. Como afirma Esposito: “La valoración de lo político –su constitución en Absoluto– es lo que lo impolítico critica como teología política: vale decir como confusión y superposición de nivel del plano del Bien (o de la Verdad) con el del poder” (2000, p. 53). Este autor, al hablar de la crítica a la idolatría social en Weil, remarca la observación, por parte de nuestra autora, de lo que en política se hace teología: los ídolos que se levantan sobre la identificación del bien con un Estado, un pueblo, una comunidad, una raza o un partido. Pero, desde esta perspectiva weiliana, el bien nunca puede estar absolutamente representado, nunca puede ser encarnado. La idolatría que Weil pone en evidencia, consiste en el encubrimiento de la fuerza como bien común, felicidad y progreso (Esposito, 2006). Y el mecanismo idolátrico, al encubrir las relaciones de fuerza y determinación, no hace más que realizar más plenamente la necesidad.
Según Atilio Danese, en Weil el mal social y político se caracteriza por el matrimonio entre la fuerza y la religión. Este vínculo impropio entre poder y creencia, al afirmar la fe en un bien terrenal absoluto, liquida la autonomía religiosa y cancela todo bien socialmente posible (2007, p.92); porque todo bien terrenal o inmanente que se pretende absoluto no puede ser más que poder total y absoluto.
3. La idolatría como sustitución del fin por los medios y el problema de la representación del Bien
Juan Carlos González Pont, refiriéndose a la noción de idolatría en Weil dice:
Para la autora, la idolatría radica en el error de ubicar el bien y el mal absolutos en este mundo, cuyas realidades son por definición limitadas, relativas y temporales […] el bien y el mal absolutos dejan por lo tanto de servir de meras referencias morales para pasar a confundirse con realidades, históricas, limitadas y relativas, a las cuales se concede un valor absoluto. (2006, p. 90)
La postulación de un bien y un mal absolutos en el mundo son las dos caras de la idolatría. La afirmación de un bien absoluto implica, a su vez, la no consideración de la necesidad del mundo como un mal relativo.
Por su parte, señalando el anudamiento del bien y el mal en nuestra autora, Bordin comenta:
En un mundo en el que los hombres se encuentran siempre en una relación de fuerza, cada acto es bueno solo en un sentido relativo. La experiencia de la fuerza y de lo trágico indujo a S. Weil a considerar la contradicción como una realidad central en la condición humana […] En cierto sentido, no queda más que consumirse en esta tensión, porque hasta el final no podemos dejar de desear el bien, aun sabiendo que todo bien terreno es relativo e implica una cierta dosis de mal. (2007, p. 145)
Como podemos observar, este autor también considera que el bien y el mal mundanos en Weil son siempre relativos. En el orden del mundo o de la naturaleza, nunca hay un bien o un mal puros o absolutos.
En relación con esto, Janet Patricia Little menciona que, en la noción de idolatría weiliana, tiene una importancia fundamental la transformación de los bienes relativos en bienes absolutos (1979, p. 161). Weil denuncia la transformación de lo que deberían ser medios al servicio del ser humano, en fines absolutos que se le imponen y lo dominan. Dice:
[…] el mal esencial de la humanidad es la sustitución de los fines por los medios […] el poder, por definición, solo constituye un medio; o mejor dicho, poseer un poder consiste solamente en poseer medios de acción que superan la restringida fuerza de la que un individuo dispone por sí mismo. Pero la búsqueda del poder, por el hecho mismo de que es esencialmente incapaz de conseguir su objeto, excluye toda consideración de fin y termina, en una inversión inevitable, supliendo a todos los fines. Esta inversión de la relación entre el medio y el fin, esta locura fundamental, explica todo lo que hay de insensato y sangriento a lo largo de la historia. La historia humana no es más que la historia del sometimiento que hace de los hombres, sean opresores u oprimidos, un mero juguete de los instrumentos de dominación que ellos mismos han fabricado, y rebaja así a la humanidad viva a ser la cosa de cosas inertes. (Weil, 2014, p. 40-41)
De esta manera, la negación de la necesidad del mundo implica una lectura errónea de la misma como mal absoluto, en vez de considerarla en su realidad de mal relativo. Porque si la necesidad mundana fuese absoluta, efectivamente no quedaría más remedio que rechazarla completamente, oponiéndole, a sí mismo, un correlativo bien inmanente absoluto. Teniendo esto en cuenta, la idolatría puede dividirse en dos movimientos principales: primero, el rechazo de la necesidad a partir de la consideración errónea de la misma como mal absoluto, es decir, como puro mal. Y, a partir de esta negación a pensar y considerar el mal como algo más que puro mal –como algo que puede ser, además, un medio hacia el Bien–, un segundo movimiento, que consiste en el deseo de un bien mundano absoluto que anule, casi sobrenatural o mágicamente, ese mal considerado también absoluto.
Puede contemplarse la noción de idolatría como refiriendo a una relación malograda entre medios y fines. El medio, lo propiamente natural o mundano, que puede ser tanto el conocimiento científico, como la técnica, la política o la identidad étnica, es sobrenaturalizado convirtiéndose en fin. De esta manera, el ser humano se dirige a su propia perdición al confundir lo mundano, algo netamente relativo, con el Bien propiamente dicho. A su vez, al señalar un bien absoluto en el mundo, el ser humano debe hacer lo mismo con el mal, buscando la propia encarnación del mismo en, por ejemplo, una etnia, una nación o una persona específica, a la que, consiguientemente, se demoniza.
La idolatría weiliana, entonces, tiene que ver con la confusión de la dimensión de la necesidad, de la fuerza, la determinación y la limitación con la dimensión de lo sobrenatural, indeterminado e ilimitado. Y esto puede traducirse en la suplantación del bien trascendente por el poder mundano. Por eso, nuestra autora dice: “Connaître la divinité seulement comme puissance et non comme bien, c’est l’idolâtrie […]”[2] (1962, p. 48). Mientras mayor es el poder en un fenómeno político dado, más necesita presentarse encubierto con caracteres sobrenaturales que lo legitimen en su capacidad de ejercer la fuerza. Como sostiene Danese:
En consecuencia, la política, cuanto más se basa en la fuerza (totalitarismos) tanto más necesita desposarse con la cultura y la religión, ya que no se sacrifica sin adorar. La esfera religiosa pierde autonomía y se confunden Dios y Mammón, religión y poder. (2007, p.84)
Weil plantea que siempre debe buscarse una aproximación al Bien trascendente pero, a su vez, éste nunca puede ser completamente representado, nunca puede haber plena identificación con el mismo. No hay ninguna manera en que pueda representarse, desde el mundo –con su consiguiente necesidad natural, caracterizada, como ya vimos, por la determinación, la limitación y la fuerza– lo indeterminado e ilimitado. Cualquier intento en este sentido, no es más que un ensanchamiento de la necesidad, porque al encubrir la fuerza y la determinación como bien absoluto, lo único que se obtiene es un poder absoluto. Es decir, se habilita una permisibilidad ciega para el libre despliegue del mal. De esta manera, la necesidad, ahora mediada a través de las instituciones del poder social y político, actúa de una manera más implacable, ya que, al hallarse disfrazada como bien absoluto, se la desconoce. El problema del totalitarismo político, precisamente, se relaciona con las tentativas, por parte de ciertas doctrinas sociales y políticas, de realizar un orden mundano o inmanente que represente completamente el Bien. Esto conlleva, necesariamente, la sobrenaturalización de la necesidad natural, la divinización de la fuerza y del poder. Es la característica más propia de los regímenes totalitarios, que Weil ve patentemente en el comunismo soviético y el nazismo.
Por eso, en nuestra autora, puede verse una clara intención de separar lo social y político de la experiencia propiamente religiosa de una búsqueda de contacto con el bien trascendente. Pero esto no quiere decir que no pueda haber una vinculación entre el ordenamiento social humano y lo trascendente. Más bien, como ya dijimos antes, Weil distingue, por un lado, lo social y político que se vuelve sobre sí mismo como legitimación de poder, a la manera de Gran Animal, de bestia adorada, y por el otro, las experiencias de comunidad y fraternidad que se dan de manera espontánea y que implican una búsqueda sincera y prácticamente inconsciente de la trascendencia. Por eso dice, en relación a esto último: “Pero aquí no se trata de lo social; se trata de un medio humano del que no se tiene una consciencia mayor que la que se tiene del aire que se respira” (1994, p. 114).
Obviamente, en la crítica weiliana hay un cuestionamiento a la creencia, propiamente ilustrada, de que una vanguardia iluminada, gracias a su conocimiento, se halla legitimada para representar el Bien a través de un orden social y político. A esta ingenuidad, también se vincula la intención de crear un sistema dogmático que encierre o que codifique la verdad. En la actitud iluminista, que cree posible representar el Bien, se advierte la divinización de la razón. La razón es razón divina y el ser humano, divinizado a través de ella, puede conocer la verdad y realizar el bien. La divinización de lo inmanente y de lo humano como razón y como poder, también se extiende hacia una filosofía de la historia que, como en el caso de Hegel, pretende justificar todo hecho social y político como parte de un desarrollo necesario. Aquí puede verse la superposición entre lo social-político y lo religioso, que termina sacralizando lo mundano. Pero, no solo se diviniza a la historia, sino también a la razón capaz de conocer su sentido. Por eso, el autor de Fenomenología del espíritu puede afirmar, desde un racionalismo puro, que todo lo real es racional y todo lo racional es real. Teniendo en cuenta el culto iluminista a la razón, esto es lo mismo que decir: todo lo real-mundano es divino y todo lo divino es real-mundano. Donde puede constatarse la superposición, denunciada por nuestra autora, entre lo natural y lo sobrenatural. Cuando nos ocupemos de la crítica weiliana al marxismo, veremos que, según Weil, Marx habría reproducido el mismo error que Hegel, al presuponer un desarrollo necesario hacia un supuesto bien absoluto.
4. Desarraigo, desgracia, progreso y burocracia en su vinculación con la idolatría
En el próximo capítulo, veremos que Weil señala un elemento constantemente vinculado a todo fenómeno idolátrico: el desarraigo. La idea de desarraigo, señala precisamente una experiencia de incertidumbre y extrañamiento con respecto al mundo como consecuencia de una pérdida de vinculación real con el propio medio social y natural.
El arraigo, por el contrario, expresa una adaptación y un anudamiento del ser humana al mundo y a la realidad, que, mediante un acervo de conocimientos, tradiciones y prácticas socio-culturales, permite dar una respuesta adecuada a la necesidad natural. Al sufrir un proceso de desarraigo, esos medios que permitían enfrentar la necesidad se pierden y consiguientemente, se fortalece la experiencia del mundo como algo ajeno y hostil. Luego de que la necesidad ha obrado de manera constante sobre el ser humano, sin que este pueda hacerle frente al haber perdido sus instituciones y sus conocimientos tradicionales, se produce una renuncia a toda posibilidad. Esta renuncia significa una rendición ante la necesidad y la puesta al servicio de su fuerza. Al verse imposibilitado de responder al desafío de la necesidad, el ser humano también pierde la oportunidad de vencer sobre la misma transformándola a la luz del Bien.
Como ya hemos visto, el arraigo brinda también los medios espirituales que permiten un contacto con un bien trascedente. Cuando esos vehículos de comunicación se pierden, suelen ser reemplazados por una falsa vía de redención, que disfraza con atributos sobrenaturales lo que no es más que pura necesidad natural. Por eso Weil afirma: “El desarraigo engendra la idolatría” (2000b, p. 70).
Nuestra autora utiliza también la categoría de desgracia en estrecha relación con el desarraigo y la idolatría. La experiencia de la desgracia, que consiste en la autopercepción de ser un simple objeto, totalmente expuesto a los embates de la fuerza, al favorecer la sensación del mundo como algo extraño y hostil, facilita el surgimiento de una teología política de salvación. La desgracia, es una pérdida de la gracia, es decir, significa la ausencia de toda posibilidad de comunicación con el verdadero bien. Por eso mismo el desarraigo, que destruye las tradiciones de los pueblos y su orden espiritual y conlleva la desgracia que convierte a los seres humanos en meras cosas, es el germen que origina toda idolatría. El gran animal, solo toma posesión de una comunidad cuando el espíritu de ésta ya se halla completamente debilitado. Al haberse perdido los medios que permitían aproximarse al bien verdadero y encontrarse en un estado de abandono y desgracia, no queda más posibilidad que la servidumbre. La sola materia, excluida de todo bien espiritual real, sólo puede reproducir el orden de la necesidad y la fuerza.
La idolatría es la consecuencia de una negación de la necesidad natural, que se presenta como necesidad de arraigo y de conservación de un pasado. Al negarse la necesidad de arraigo, se actualiza un mal que en principio es solo implícito y relativo. El desarraigo es una primera negación de la necesidad y del mundo, luego completada por la idolatría. Es una negación que, como pudimos apreciar, implica principalmente una rendición. Al ignorar o rechazar cualquier enfrentamiento y respuesta real a la necesidad, el ser humano renuncia a todo posibilidad de vencer sobre la misma, quedando rendido al orden de la fuerza. La idolatría es la expresión o la realización de ese sometimiento absoluto al orden de la necesidad.
En el siguiente apartado, cuando comencemos a ocuparnos de las manifestaciones históricas que Weil analiza a la luz del concepto de idolatría, veremos que en los agentes del desarraigo suele operar subrepticiamente un sentimiento de humillación que, a través de la identificación con el mal padecido, busca una compensación o una negación. Los procesos de idolatría social y política siempre comienzan a partir del padecimiento de un mal inicial que, como desgracia o desdicha, termina por quebrar el espíritu de una comunidad, haciendo que ésta se rinda a la lógica de la necesidad y de la fuerza. La única vía posible para no ceder a la idolatría es aceptar la necesidad comprendiendo que existe un sentido trascendente en la misma. De otra manera, siempre se querrá descargar el sufrimiento padecido sobre otras personas y sociedades. Por supuesto, la posibilidad de encontrar ese sentido trascendente, como ya vimos, es proporcional a la existencia de los medios o vehículos socio-culturales que se ven directamente amenazados por el desarraigo. La idolatría es la manifestación histórica del reemplazo de los medios que permitían dirigirse desde la necesidad hacia el Bien, por sucedáneos a los que se concede un valor absoluto.
Por otro lado, en los apartados siguientes también podremos apreciar que nuestra autora realiza una fuerte crítica a la idea de progreso, vinculando a la misma con la acción del desarraigo y la idolatría. Según Weil, la noción moderna de progreso no es más que una legitimación de la fuerza y del poder mundano. Idolatría y progreso son fenómenos concomitantes, ya que la primera siempre supondría la idea que un bien absoluto puede realizarse progresivamente en el mundo. Como podremos apreciar más adelante, la rotunda negación de cualquier perfeccionamiento necesario en la historia, es una de las características que más alejan el pensamiento weiliano de la teoría marxista.
Por otra parte, el desarraigo y la superstición sobre el progreso y la idolatría, serán analizados por nuestra autora de la mano del fenómeno de la burocracia moderna. En el pensamiento weiliano, la burocracia, al expropiar a los individuos el control racional de su trabajo –y con esto, también los objetivos y finalidades del mismo–, es un agente productor de desarraigo. Como ya hemos visto, la pérdida de los medios –como conjunto de costumbres, tradiciones y conocimientos– que permiten responder a la necesidad natural transformando sus ciegas determinaciones, es el preludio de toda idolatría. El proceso de creciente burocratización que Weil denuncia, es precisamente lo que viene a reemplazar y a ocupar el lugar del acervo de bienes morales y culturales de la humanidad. El aparato burocrático, al separar el trabajo manual y mecánico del propiamente intelectual, escinde al ser humano, haciéndole perder toda libertad espiritual y por lo tanto, toda responsabilidad. Correspondientemente a la destrucción de la capacidad humana de análisis moral e intelectual, el aparato burocrático otorga una serie de reglas externas y procedimientos mecánicos que requieren una total ausencia de reflexión personal. Esto implica la incomprensión sobre el sentido y la finalidad de la propia acción, la ausencia de una visión de conjunto y el comportamiento como un simple engranaje del sistema.
Como consecuencia directa del desarraigo, el progresivo extrañamiento en relación al mundo conduce a un intento de reemplazar el Bien trascendente por un bien absoluto inmanente. Pero esto implica, más profundamente, una negación a participar de la realidad o mejor dicho, a aceptar el desafío que la misma conlleva. La crítica de la idolatría se ve acompañada precisamente del imperativo de recuperar la conexión con la realidad y con el mundo. Veremos que los fenómenos históricos y políticos que Weil observa como manifestaciones de la idolatría, se relacionan con el desarraigo padecido por la civilización occidental. En el fondo de las idolatrías fascista y comunista, hay una desconexión y un rechazo del mundo y su realidad.
A los ojos de Weil, las doctrinas socio-políticas modernas, en lugar de pensar la necesidad buscando los mejores medios para poder afrontarla, eligen el opio del progreso, que las lleva a creer que es posible un desarrollo necesario y continuo capaz de lograr una completa liberación del mal. El desarraigo ha provocado una forma de desconexión y desconocimiento con respecto a la realidad del mundo y su necesidad, posibilitando así el surgimiento de las idolatrías. En lugar de decidirse a pensar y conocer los medios que permiten enfrentar genuinamente la necesidad para, desde allí –y por medio del enraizamiento en el mundo–, dirigirse hacia el Bien, se ha elegido convertir cualquier medio mundano en fin para adorarlo como bien absoluto. Este es el camino idolátrico, que es el camino de la fuerza, porque el adorar un simple medio mundano no es más que volverse un instrumento de la necesidad y de su fuerza. Así, toda mediación posible con la realidad y el mundo, para desde allí lograr una aproximación –siempre imperfecta– al Bien, queda descartada. Este es precisamente el dualismo que Weil combate en su crítica a la idolatría: la negación del mundo y su necesidad natural y la consiguiente contraposición de una creencia religiosa en la posibilidad de un bien mundano absoluto. Por esto mismo, una argumentación firme tendiente a rechazar las denuncias de un dualismo gnóstico/maniqueo en nuestra autora, debe considerar prioritariamente la conceptualización weiliana sobre la idolatría.






