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Bricolaje, o aquello que también habla sobre la verdad y el deseo

Carlos Picco[1]

El presente texto se compone de dos partes. La primera, escrita por Carlos G. Picco, psicoanalista practicante en la capital cordobesa, y que es la que da título al conjunto de los párrafos que siguen.

La segunda, compuesta por Antonia Caparroz, psicoanalista miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis en la ciudad de Córdoba, quien aceptó la invitación a constituirse en comentadora y referato del texto inicial, o más bien en aquel primer lector que a Germán García tanto le gustaba señalar como esencial: no es una función que pueda ocupar cualquiera pues su intervención crea al autor, hace resonar ciertas pinceladas de la escritura e iniciando así la circulación del texto en su incompletud. Cada una de las dos partes, el texto y su comentario, estarán antecedidas con un número 1. y un número 2.

1. Bricolaje, o aquello que también habla sobre la verdad y el deseo

En lo que no es otra cosa que un ejercicio de lectura, nos orientaremos por esta pregunta: ¿qué signos se nos ofrecen para pensar algunos aspectos específicos de la pandemia de COVID-19 en la ciudad de Córdoba?

La verdad detrás del velo

A finales de la década del ´60, en la Revista Argentina de Psicología (1969) se publican dos artículos que nos interesa referir brevemente. El primero, de Oscar Masotta, se titulaba “Leer a Freud”. El segundo, de Emilio Rodrigué (1969), “Leer a Rodrigué”.

Este segundo responde al primero, en el que Masotta había descrito con cierta ironía el psicoanálisis imperante en esa época, ortodoxo posfreudiano, y que prescindía de los desarrollos contemporáneos de Jacques Lacan en el campo. Toda esta cuestión no viene ahora al caso.

Rodrigué, intentando contrargumentar a Masotta respecto de un sueño de Ana Freud analizado por su padre, Sigmund Freud, dice que en la observación sobre cierto fonema que se repite en el sueño ‒Anna F(r)eud, F(r)esa, F(r)ambuesa, etc‒, el autor de “Roberto Arlt, yo mismo” ‒tomado de Lacan para hacer hincapié en esas (r)‒ se equivoca. Dirá Rodrigué, “Ana era austríaca y los niños austríacos sueñan en alemán”, por ende, las (r) en alemán no figuran o tienen la misma función que en su traducción al español.

No es el objetivo exponer sobre Rodrigué o sobre la función de la metáfora y la metonimia en los procesos psíquicos, que incluyen el lenguaje del sueño. Lo que nos importa más bien en este punto, muy brevemente, es lo que el psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) rechazaba o desconocía respecto de lo elaborado por Jacques Lacan en su seminario de 1958. Allí indicaba el francés que, en esta serie en donde una palabra metaforiza a la anterior, el inicio de la cadena ubica al sujeto de la enunciación. Este sujeto ‒que aquí se trata de la hija de Freud‒, es quien soporta un deseo que debe vérselas con lo que está prohibido para lograr su satisfacción.

En palabras del propio Lacan: la verdad del deseo es por sí sola una ofensa a la autoridad de la ley. Luego, la salida que se presenta a ese nuevo drama es censurar la verdad del deseo. Sin embargo, la censura, cualquiera que sea la forma en que se la ejerza, no es algo que pueda sostenerse de un plumazo, porque aquí se apunta al proceso de la enunciación (1958, p. 88).

Este punto en el que recaemos sobre la verdad del deseo nos resulta, sin embargo, de importancia. Pues si sostenemos con Lacan ‒seminario de 1964‒ que la verdad de un sujeto es el objeto que se esconde tras el velo, o para decirlo de otro modo, aquello que lo causa en su deseo, y dado que aquí lo que queremos es pensar algunos signos de la pandemia que todavía hoy afecta el devenir social de la ciudad de Córdoba, entonces, ¿qué verdad es la que se coló para nosotros los cordobeses durante todo este padecimiento? O, para decirlo de otro modo, si logramos alejarnos un poco de las lecturas dramáticas, ¿cómo ha sido la cuarentena en cordobés?

Algunas imágenes

Al inicio de la pandemia, durante el primer periodo de aislamiento estricto, el centro de la ciudad se vacía; la circulación es rigurosamente controlada por la policía provincial ‒algunas aplicaciones móviles se utilizan para justificar ciertos traslados, permisos impresos de diversos tipos y alcances, etc.‒; negocios cerrados, puentes cortados, universidades y colegios mudos; la administración pública y todo el abanico empresarial no relacionado a alimentos, transporte y salud suspenden sus actividades.

En los barrios de clase media, también en los más acomodados, no vuela una mosca. Durante varias semanas la cuarentena es total, pero su efectividad no es tan sólo la plasmación del nuevo orden definido por la autoridad. Pensamos aquí en lo que el psicoanalista español Miquel Bassols llamó el real sin ley del virus: el vacío de saber, el mutismo por parte del discurso científico que no logra rápidamente dar en la tecla se impone dejando las calles desnudas, atemorizando a estos sectores que eligen en el primer tiempo recluirse de manera generalizada.

No nos parece suficiente… En Córdoba, tanto en la capital como en el resto de los distritos, el gobierno nacional de turno no tiene ni tuvo apoyo ideológico o en las urnas. Cabe pensar que, pese a la escena inicial, propia de algún film, las directrices de la autoridad gubernamental no han dejado de ser aquí recibidas con la misma resistencia o crítica que ante cualquier otra medida de importancia. ¿Por qué entonces el cordobés de clase media, así como el más rico, guardaron tan estricta cuarentena esas primeras cinco o seis semanas? Volveremos sobre esto.

Si ampliamos la mirada veremos que, en muchos de los barrios llamados marginales, ubicados la mayoría en los bordes sur/suroeste de la ciudad, la circulación es mucho mayor. Algunas organizaciones ‒Cáritas, Cruz Roja, organizaciones eclesiásticas, de beneficencia, etc.‒ que continúan en este primer periodo trabajando en estos sectores hacen saber que esto es así. Algunas fuentes sanitarias comentan que por ejemplo en sectores empobrecidos del conurbano bonaerense esta situación se repite de manera similar.

Pero entonces ¿acaso estos sectores de la ciudad de Córdoba se muestran en desacato, o se trata de otra cosa?

Un intento por completar el bricolaje

Cuando las restricciones comenzaron a levantarse el centro se pobló, especialmente en lo que respecta a la circulación automotriz. Al principio, entre agosto y septiembre, los locales comerciales mantenían horarios acotados y protocolos sanitarios ‒tan incómodos como inoperantes‒ para sostener su funcionamiento. Esta escena urbana del centro de la ciudad se mezclaba con las persianas que ya no se levantaban, locales fundidos. En los barrios de clase media y acomodada la situación se activaba lentamente. En los barrios periféricos la situación casi no había cambiado respecto de la descrita anteriormente.

La tercera y última escena a considerar es de febrero/marzo de 2021, y refiere a una ciudad completamente activa pese al aumento desmedido de casos de contagio y muertes. Todavía con algunas restricciones de horario, circulación y reunión, sin embargo, la movilidad se asemeja a la de tiempos pre pandémicos, salvando el detalle de ciertos protocolos para colegios y templos, el uso todavía obligatorio del barbijo, etc. Especialmente la población en edad universitaria es noticia frecuente por la realización de fiestas clandestinas, colmar pubs y bares.

Según la publicación del diario de mayor tirada de la ciudad, el gigante Google con su herramienta de seguimiento instalada por cada usuario voluntariamente en su celular, muestra que el movimiento de los ciudadanos es, en algunos sectores y momentos del día, incluso mayor que a principios de 2020 (diario La Voz del Interior, 2021).

Un impasse: ¿pandemia/acontecimiento?

Para el sujeto que habla, inmerso en la cultura, una suerte de estabilidad se juega constantemente en cierto fluir apacible o tumultuoso de aquello que es su arreglo particular con el lenguaje. Es en este sentido que un acontecimiento será, en primer lugar, una irrupción en el código. Es decir, lo que ubicamos en esta categoría ‒la de lo que consideramos un acontecimiento‒ tiene la característica de ir más allá de la sorpresa para constituirse en enigma indescifrable, al menos temporalmente.

Frente a una singularidad tal el esfuerzo del sujeto será el de devolver todo a su habitual fluir. Esto es lo que Freud llamó el principio de conservación pulsional: implica básicamente que frente a lo disruptivo se operan defensas que intentan nivelar las energías.

En este sentido, leemos con cierta frecuencia y desde hace algunos meses una suerte de localización para la pandemia. Se le da casi con naturalidad el mote de acontecimiento, y por elevación, el de lo traumático. ¿Qué leemos en este tipo de expresiones?

El psicoanalista argentino Germán García aclaraba que lo mejor que propuso Lacan acerca del trauma es que este puede ser cualquier cosa. Es decir, no hacen falta grandes hitos, cargados por ejemplo de una agresividad especial. Un acontecimiento es, para decirlo con simpleza, algo que adviene de imprevisto, en donde ese fuera de cálculo o mal encuentro no tiene que ver especialmente con su fuerza, sino más bien con un quedar-fuera-de-código. Entonces sí, una pandemia también puede ser traumática, pero no necesariamente. Lo traumático, recordemos, reviste una temporalidad especial.

Si bien lo traumático es pensado siempre como actual, esto es porque para un sujeto, en sus efectos, el trauma ordena el devenir de sus días. Con esto queremos decir que, en el origen de la cultura, pero también en el de cada sujeto, está el acontecimiento del trauma que no es otro que el del encuentro entre el cuerpo y el lenguaje. Sin embargo, es por un acontecimiento segundo que aquella marca inicial, insoslayable, será significantizada aprés coup como traumática. Sólo así recibe un sentido, ingreso efectivo en la cultura. Esto se traduce en decir que en esta significantización del trauma es que el sujeto ingresa al mundo del deseo en tanto algo queda como perdido o imposible, al mismo tiempo que se instaura una cierta noción de ideal.

No resultará extraño conectar ahora entonces aquello que al inicio del texto referíamos para la verdad, pues aquí podemos tender el puente: el objeto que queda velado para el sujeto deseante, ese que no dejará nunca de perseguir ‒pretendiéndolo existente‒ es justamente el que el trauma inicial del ingreso al lenguaje ha hecho existir ‒al decir de Lacan‒, cercenándolo simbólicamente del cuerpo. Experiencia inefable que decanta de la rítmica particular con la que cada sujeto seguirá la partitura de su vida, persiguiendo inconscientemente aquello que cree le falta y siguiendo para ello la mirada de un Otro que le indica el camino ideal.

Entonces, cuando decimos que una pandemia o cualquier otra cosa puede o no ser un acontecimiento, nos referimos justamente a que para que así se constituya debe vérselas con el entramado singular real, simbólico e imaginario que arman el nudo de cada sujeto, uno por uno.

Un detalle sobre la práctica ‒de lectura‒ psicoanalítica

El hacer analítico implica un esfuerzo, el de ubicamos por fuera del sentido siempre un poco fascinante, novelesco, para hacer lugar a la resonancia que hace vibrar ese fluir, revelación espasmódica de un cierto desfasaje de base entre significante y significación.

La particularidad con la que cada ser hablante se las arregla respecto de aquella primera efracción de goce sobre el cuerpo, al decir del analista francés Eric Laurent, nos permite ubicar una topología de la poética y del vacío, que ubicamos tanto en el sujeto como en el centro del hacer interpretativo analítico. Aludir a la resonancia es, nos parece, el modo que tenemos contra las aspiraciones de universalidad de otro tipo de discursos sostenidos en la imaginarización de ciertos ideales. Para operar por fuera del sentido, apostamos a la vociferación y al corte.

El esfuerzo de lo imaginado

Volvamos entonces: ¿cómo pensar que la pandemia es traumática? Esto reviste el riesgo de asumir que un hecho de la realidad que reúna ciertas características imaginarias ‒sorpresa, contundencia, provocación de temor o perplejidad, escala global, etc.‒ se constituirá por eso mismo en acontecimiento traumático. Habrá que ver caso por caso. Allí el modo de leer puede permitirnos alguna elucidación que rápidamente encontrará sus límites y alcances.

Nos servimos ‒al inicio de esta exposición‒ de una concatenación de imágenes descritas en el texto, para intentar pensar algunos detalles de lo urbano cordobés. Queda en evidencia la imposibilidad de designar a un sujeto-Córdoba, pese a lo cual un cierto empuje aparentemente comunitario puede señalarse aquí y allá.

En el mismo punto en el que los barrios marginales, excéntricos al poder, sostuvieron una conducta que desde el centro se catalogó de ‘no cuidado’, pensamos más bien un efecto de invisibilización invertido. Queremos decir con ello que cuando el amo moderno se recluyó, sale del campo de la imagen, lo que surge en su lugar es la ebullición de la vida cotidiana. ¿Se trata de alguna especie de irreverencia?

Por lo registrado queda claro que cuando el centro enmudece, al menos también lo hacen sus efectos rizomáticos: la clase media y alta.

¿Qué ocurre con aquellos por fuera, los que no participan de la circulación del capital más que como cuerpos que sobran? Podríamos decir que hacen del silencio carnaval, aunque este sea un carnaval al que la crueldad lo antecede por mucho.

Se plantea aquí una paradoja pues se sabe perfectamente que en aquellos primeros momentos el gobierno no hizo otra cosa que figurar, ya sea en los medios de comunicación o con sus fuerzas de seguridad en las calles, definiendo de principio a fin el lucero moral-sanitario a seguir. Entonces, ¿de qué ocultamiento hablamos? O más bien entonces, ¿de qué amo?

Está muy claro que aquello que al principio fue aparentemente acontecimiento para las clases más acomodadas, no conmovió de la misma manera a los que desde el borde no participan del banquete. Podemos conjeturar entonces, y esto prosigue la hipótesis del párrafo anterior, que para estos últimos la verdad, es decir, aquello que se oculta tras del velo, no es la misma que para los de mayor capacidad adquisitiva. A partir de un transcurrir de carencia en relación con los objetos que el mercado señala como garantes de la dignidad de una persona, estos sectores sociales saben ya que detrás del velo no hay realmente nada, solo semblante.

Si algún saber se tiene respecto de que no hay nada detrás del velo, la tentación idiota sería la de preguntarnos qué conmovería entonces a esos sujetos que no están causados. Hay que tener cuidado de no caer en esta trampa.

Si volvemos sobre el movimiento de encierro primeramente efectuado en aquellas clases medias y altas de la ciudad de Córdoba, y partiendo de la intuición de que este movimiento no tuvo realmente que ver con las directrices gubernamentales sino con otra cosa, podemos avanzar un poco.

Ese real sin ley, el mal encuentro que se produce con la llegada feroz de la pandemia, no es la de la presencia del virus en sí, sino la del ordenamiento social en cuarentena, porque, ¿qué es el encierro sino la ausencia de los sujetos ante el Otro del capital, ese que los desea y bendice en sus buenas prácticas, que señala los caminos ideales del éxito, los galardones del mérito?

La cuarentena no es la pandemia, y la pandemia no es un acontecimiento: los contagios y las cuestiones más irruptivas relacionadas con la salud no conmovieron al ciudadano acomodado cordobés ‒lo demuestran los movimientos masivos irrestrictos del primer semestre de 2021 en el que la segunda ola ha sido mucho más feroz que la primera‒, sino justamente las calles vacías, el stop en la vida comercial. He aquí entonces el amo que se oculta.

La perplejidad ocurrió ‒y por ende también el encierro‒ no por el miedo a la muerte, sino por el mutismo y la fragilidad de un sistema que hace de los sujetos objetos de consumo. Se develó en cuestión de minutos que dicho sistema podía cerrar de repente sus fauces y entonces esos sujetos no podrían ya arrojarse gustosos a esa boca maldita para ser despedazados de por vida. ¿No es esta acaso la perplejidad del narcisismo?

Es por esto que podemos conjeturar, entonces, que aquellos que desde antes estaban por fuera de la lógica ganancial y solo participaban de la circulación del capital como desperdicio, al encontrarse con la perplejidad del sistema efectuaron el efecto resorte de sostener la vida, así fuera mediante el simple acto de circulación irrestricto dentro del propio territorio, sin control policial o sanitario.

Quizás por ello podamos pensar que no se trata de sujetos no causados, sino de sujetos-cuerpo ‒con sus efectos sobre la extraterritorialidad, lo familiar, el hacinamiento, etc.‒, para los cuales, como sector social marginado respecto del centro, lo que se tiene como verdad es la constante noción de lo perecedero.

Lo que quizás sea otro modo de decir que estos son los que están agarrados a la vida en tanto plenamente mortales.

2. Comentario

El texto de Carlos Picco se plantea, así lo dice, como un ejercicio de lectura a partir de una pregunta: ¿cómo ha sido la cuarentena en cordobés?, ¿qué signos propios ofrece?, ¿qué verdad se coló para los ciudadanos de esta provincia durante esta pandemia que aún se padece?

Describe tres imágenes que recortan el paisaje social en distintos momentos del período pandémico. Una primera, al inicio de éste, de aislamiento estricto. El centro de la ciudad, vacío, también los barrios de clase media y alta; pero el silencio imperante en estos, no condice con la actividad, la circulación que presentan los barrios marginales, la de los sectores empobrecidos. Un segundo tiempo, cuando las restricciones se levantan de modo parcial y el comercio se activa lentamente, con muchos negocios fundidos y persianas cerradas en el centro. Los barrios de clase alta y media comienzan a despertarse; los barrios periféricos no modifican casi su ritmo anterior, su ritmo habitual. Una última imagen, primeros meses del 2021, la ciudad completamente activa y los casos de contagio y muertes en su mayor nivel.

En este contexto entonces, ¿ha devenido esta pandemia en acontecimiento traumático? Responder la pregunta requiere antes algunas consideraciones que el autor plantea de modo claro, preciso. Trauma y acontecimiento no van juntos de suyo, y el modo cómo éstos se presentan en el ser hablante no es universal.

Un acontecimiento es eso inesperado que sucede en un momento y tiempo determinado, y tiene para el sujeto y/o la sociedad una importancia determinante. Que devenga traumático será el resultado de un mal encuentro al inscribirse una marca singular en el sujeto. Esta marca no está dada por la magnitud del acontecimiento, sino por la especificidad que tiene para el sujeto concernido.

Sabemos con Freud que el trauma es sexual y constitutivo del sujeto; y con Lacan, que el trauma no es otro que el del encuentro entre el cuerpo y el lenguaje. Entonces, que la pandemia o cualquier cosa se constituya en un acontecimiento traumático, como nos dice Picco, estará en relación al entramado singular, real, simbólico e imaginario que arman el nudo de cada sujeto, uno por uno.

Con ello, queda en evidencia, nos dice, la imposibilidad de designar a un sujeto-Córdoba, pero sí un cierto empuje aparentemente comunitario.

Su trabajo continúa con otros interrogantes y conjeturas. Este modo de responder de los ciudadanos de Córdoba ante la irrupción de la pandemia y las medidas gubernamentales instrumentadas; de los sectores de clase media y alta, diferente, al de los sectores marginales, dice también y no puede no leerse, de su ubicación en el sistema socioeconómico capitalista existente de cada cual, su convite o exclusión del banquete que propone el sistema.

La verdad, aquello que se oculta tras el velo, como Picco señala en el comienzo de su trabajo y retoma luego, no es la misma para unos que para otros.

Su conjetura: para aquéllos que están fuera de la lógica ganancial, saben ya que detrás del velo no hay realmente nada, sólo semblante, y al encontrarse con la perplejidad del sistema efectuarán el efecto resorte de sostener la vida, mediante el simple acto de circulación irrestricto dentro del propio territorio. Acaso, agrego, con pandemia o sin ella, ¿tendrán otra opción?

Acuerdo con el autor, en pensar que no se trata de sujetos no causados, que carezcan de una conducta de no cuidado, tienen más bien como sector marginado, la constante noción de lo perecedero, agarrados a la vida, en tanto plenamente mortales.

Recuerdo entonces, que bricolaje, primer significante, primera palabra del título de este trabajo de Picco, refiere a una actividad creativa que reutiliza lo preexistente por medio de los más variados recursos, acaso sólo sea éste, el modo que haga posible vivir cada día.

Bibliografía

Bassols, M. (2020) La ley de la naturaleza y lo real sin ley. https://bit.ly/3HlI2Rx

García, G. (2004) Actualidad del trauma. Grama Ediciones: Buenos Aires.

La circulación de personas en Córdoba ya es igual a la prepandemia (2021, 4 de septiembre) La Voz del Interior. https://bit.ly/3qCGlZ8

Lacan, J. (1958) El deseo y su interpretación. El Seminario de Jacques Lacan. Paidós: Buenos Aires.

Lacan, J. (1964) Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. El Seminario de Jacques Lacan. Paidós: Buenos Aires.

Laurent, E. (2016) El reverso de la biopolítica. Grama Ediciones: Buenos Aires.

Masotta, O. (1969) Leer a Freud. Revista Argentina de Psicología 1(1).

Rodrigué, E. (1969) Leer a Rodrigué. Revista Argentina de Psicología 1(2).


  1. Centro de Investigación y Estudios Clínicos, Instituto asociado al Campo Freudiano. Córdoba, Argentina.


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