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EL DIARIO

Martes 27 de Abril de 1909

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, Marzo 25.

    

Soler*. Nunca más oportuno recordar que la historia sin cronología carecería de autoridad, de testimonio y de orden, y que la cronología, reducida a fechas, sería una galería sin estatuas y sin cuadros; sí, nunca más oportuno que en presencia del abultado volumen, leído al fin, dentro del cual se perfila con relieve de gran realce la egregia figura de un paladín americano de los más hazañosos.

Dice su modesto autor ―modesto a no dudarlo y no es chico mérito― en carta que, a guisa de proemio, aquí voy a intercalar parcialmente, es decir, suprimiendo los elogios con que me favorece, al recordar la intimidad y recíproca estima, la gran afección que fueron hasta la tumba los sólidos eslabones que unieron a Soler y a Mansilla, mi progenitor.

“Me permito tomarme la libertad de enviarle un estudio histórico sobre el general Soler, trabajo cuyo mérito y móviles no son otros que la expresión de un sentimiento patriótico y justiciero en pro de su ilustre personalidad harto olvidada y no bien conocida su vastísima actuacion durante la época grande de nuestra libertad y acontecimientos políticos notables posteriores para constituir la nacionalidad argentina. Conozco, señor, el alto y justiciero concepto que tenía formado en pro de su ilustre padre el caballeresco general Mansilla (gracias) amigos, compañeros en la gloriosa cruzada contra el imperio, etc., etc.”.

Estos mismos sentimientos están en el prólogo en forma interrogativa:

“¿Llegamos en oportunidad de reparar olvidos o injusticias de la historia? ¿Hállase la fama póstuma del ilustre general Soler en tal caso?”

Y yo digo que este autor confirma el aforismo “quod sentimos loquamur[1]” siendo su frase admirativa siempre vivaz, clara, neta, lo que es rarísimo cuando por primera vez se entra en la liza literaria sin preparación, todo lo cual, una vez más le da razón a Boileau*: « Ce que l’on consoit bien, s’énonce clairement. Et le mots pour le dire arrivent aisement[2] ».

Viene este libro documentado como pocos de su índole a colmar un vacío; y viene en su hora, o en todo caso, en hora propicia, puesto que los estudios históricos están ya en nuestra tierra tentando y absorbiendo una buena parte de la atención investigadora de la juventud, anhelosa, sedienta de conocer la verdad, la verdad verdadera, escueta, no esa verdad que para algunos es lo que se consigue hacer creer y cuyos misterios parecen en no pocos casos impenetrables hasta cuando se trata de cosas de ayer.

Los ejemplos sobre este particular son numerosos.

Uno moderno y casi contemporáneo es, a saber: ¿Napoleón estaba enfermo el día de Waterloo? Los ingleses han sostenido que sí. Y el otro día ha tenido lugar, en esta Facultad de Medicina, una sesión de la Sociedad Médico-Histórica en la que el asunto era la apuntada interrogación.

Estaban presente Henry Houssaye[3], de la Academia Francesa, el profesor Landouzy, decano de la Facultad de Medicina de París, el doctor Cabanes ―que tomaron la palabra― y otros cuyas opiniones no coincidieron con las de lord Wolseley*, Rosebery* y los que pretenden que la pérdida de la batalla de Waterloo debe atribuirse a causas morbosas. La conclusión científica ha sido que Napoleón estaba sano y bueno. Pero como estos negocios no se demuestran por A más B, difícil será que se forme un criterio de verdad universal. Téngase presente, por otra parte, que en materia histórica, suele haber un “parti pris”, o sea, una opinión preconcebida, que en algunos casos llega a cristalizarse en el “non possumus”, de un espíritu antiguo hospedado en un cuerpo actual.

Ya antes y después de Poncio Pilatos no pocos pensaron, gesticulando como este, ¿qué es la verdad?

Claro está que respecto del libro que tengo a la vista, los documentos hablan alto.

Pero como las partes son varias, el debate contradictorio es inevitable, a lo que se agrega que en esos documentos está en gérmen el polen que fecundó, por desgracia, la guerra civil argentina y cuyos orígenes ya pueden descubrirse en las rivalidades del ejército con que San Martin trepó los Andes, rivalidades y envidias que se acentuaron y se agravaron en Chile y en el Perú por la combinación de elementos refractarios a una dirección central homogénea, antes ya de que entrara en escena la figura singularmente extraordinaria de Simón Bolivar.

Sea lo que sea la resultante del debate, Soler no ha de destacarse en el cuadro disminuido como soldado ni como perfecto caballero.

Agregaré que no me atrevo a decir si fue efecto lógico de su carácter o fatalidad, lo que lo tuvo realmente aislado en Buenos Aires, no aprobando en su fuero interno lo que pasaba.

Porque él en reposo, como otros en actividad, mi padre entre ellos, vivían murmurando, no precisamente porque fueran enemigos de Rozas sino porque hay épocas y gobiernos en los que los mismos que los soportan o los sirven con más o menos decisión no se atreven a callar o poner en duda la necesidad de ahogar los brujos o de quemar los herejes.

Aquí tengo pues, ¿cómo diré?, que corregir, que subsanar, que rectificar, algo que afirma otro historiador de alto coturno con el que no siempre nos encontramos coincidiendo respecto de hechos, que en lo que se refiere a fenómenos psicológicos o morbosos, poco disentimos.

Ya se habrá caído en cuenta de que estoy pensando en mi estimadísimo amigo Ramos Mejía.

En la síntesis con que Rodríguez[4] corona su labor, se lee un largo párrafo del meritísimo historiador, que termina diciendo:

“… desde entonces la vida del general Soler se extingue como una lámpara. No viste más el uniforme de soldado argentino, bordado con decoraciones honorables; no ciñe más la espada que había brillado en cien combates, etc., etc”. (pág. 472).

Si en lo dicho solo se contiene una verdad en forma parabólica, estamos de acuerdo con mi sabio amigo. Pero si hay que tomarlo al pie de la letra, he aquí lo que mis impresiones indelebles de la primera edad me recuerdan: lo vi muchas veces para el 25 de Mayo y 9 de Julio al general Soler de gran uniforme, y en cuanto a su familia, Misia Mariquita, madre y Micaela, hija, eran íntimas de Manuelita Rozas, o sea gente que frecuentaba Palermo con la flor y la nata federal.

Concluiré.

Reservas discretas me aconsejan decir solamente, en corroboración de mis impresiones de niño, que cuando la quiebra de cierto negociante protegido de Rozas, que ofrecía un diez por ciento de dividendo a sus acreedores, vestido de sencillo traje militar y apoyado en el pomo de la espada, el general dijo:

―Yo no he tenido negocios con este caballero y quiero que se me pague peso sobre peso lo que me debe, mis sueldos militares que en sus manos depositaba.

Está vivo en París el anciano, joven entonces, naturalmente, que en su calidad de dependiente presenció la escena. Voy a preguntarle si me autoriza a publicar su nombre. En caso afirmativo, lo sacaré de la obscuridad. “Cuando se quiere saber la historia hay que tener el valor de mirarla de frente”.

Burke[5] ha escrito que “el que no tiene conciencia de las tinieblas no busca jamás la luz”.

Pero suele acontecer que, bajo la influencia de preocupaciones inveteradas la luz molesta y se prefiere la obscuridad, lo que equivale a decir que es inútil pedirles a esos espíritus que investiguen.

Pues esta recopilación de documentos probatorios, comentados sobriamente, muchos de ellos novísimos, será en vano que el que los lea quiera no ver claro en ellos; quiera no salir de los limbos.

Luego este autor ha prestado un servicio a la filosofía de la historia, aclarando como aclara ciertas nebulosas.

No quiero nombrar a nadie. Pero debo decir que hay documentos cuyo autor no es el que firma.

El homenaje que el patriotismo debe a sus servicios eminentes no puede ni debe sufrir por eso; queda intacto ante la acción gloriosa.

Una palabra más.

No siendo Rodríguez un escritor profesional, lo que vale decir que algo debe faltarle a su retórica, posee sin embargo el arte espontáneo, notable, de llamar la atención del lector.

Es la característica más acentuada de los buenos escritores.

Luego las bellas letras argentinas y la probidad histórica tienen que hacer llegar a sus oídos una expresión cordial como esta: ¡gracias!, que allá van en alas del viento como en los viejos tiempos decían.

Con estos modestos reverberos se iluminan bien los cuadros de las edades históricas; de modo que a todos los que tengan papeles viejos en las gavetas de sus antepasados, yo les digo: hagan como Rodríguez, sacúdanles el polvo y que nos hagan un poco más de luz en las tinieblas de la guerra civil esos preciosos manuscritos.


Esto es para nosotros los argentinos capítulo muy interesante.

Unas cifras dadas en otro día por el profesor Weiss de la Universidad de Manchester, demuestran que la superficie de bosques de la Corona en la Gran Bretaña, es inferior a la de Alemania. ¡Cien mil acres contra 10.000.000!

Esta cuestión de los bosques, ahí donde no hacemos sino destruirlos (hasta que se acabe el quebracho), requiere estudio y medidas preventivas.

Esos diez millones le producen al Estado 11 chelines por acre, más o menos, y le dan ocupación a cerca de 100.000 personas.

Los bosques de particulares que se cultivan en la Gran Bretaña, alcanzaban en 1905 a 2.276.000 acres y el total en las islas Británicas era de 3.069.375 acres.

Estas cifras no hacen que la superficie del terreno montuoso se acerque a la proporción de otros países europeos.

La superficie proporcional es, a saber:

Austria 32 por ciento, Alemania 26, Francia 17, Holanda 8, Dinamarca 7, Inglaterra 5.3, Escocia 4.6, Gales 3.9, Irlanda 1.5.

Solamente 10 por ciento tal vez de nuestras importaciones de leña son de las especies que no se podrían cultivar en Inglaterra.

Feliz el gobierno que dictara leyes que nos acercaran del pequeño cuadro apuntado. Porque, termina diciendo el profesor (óiganlo ustedes los que son más las palmeras que derriban que los que plantan), porque tras de los árboles se ven hombres y tras de los hombres hogares campestres, el “home” inglés.


El abate Brettes, antiguo capellán de Santa Genoveva, que tantos argentinos han admirado, se hizo conocer hace veinte años como un orador de talento. Después de una carrera oratoria, que habría bastado a la actividad de muchos otros, el digno abate se consagró con ardor a trabajos científicos y a demostrar que no hay antinomia entre la ciencia y la fe.

Conversando hace algunos días con un amigo, he aquí en un extracto cortísimo, pero tan substancial como es posible, su sentir.

“¿Me preguntáis lo que pienso en el fondo del conflicto en que están actualmente empeñados la ciencia y la fe? Pienso que es el único terreno en el que debe ejercitarse nuestro esfuerzo (el de los creyentes). Porque es el de nuestros adversarios, y porque ahí es donde se halla el principio de todos nuestros errores y de nuestras decadencias”.

Es completamente inútil en mi opinión que se gasten sumas prodigiosas de dinero y de fuerza para prolongar durante algunos días, el equilibrio de una sociedad que se desploma. ¿De qué sirve recalentar un enfermo que está tiritando de fiebre si se deja el mal que amenaza llevárselo?

Y, en efecto, todo el mal contemporáneo viene de las falsas doctrinas.

Son ellas las que engendran las malas costumbres, y después las malas leyes.

Frecuentemente acusamos los intereses y las pasiones; pero esas causas no son sino secundarias; los intereses y las pasiones provienen siempre, al menos indirectamente, de las malas doctrinas. Son estas, resumo yo a mi manera de levadura disolvente.

La guerra de clases está ahí. ¿Por qué? Cuestión de doctrina: “la lucha por la vida”. Se ha convertido en fundamento de las relaciones sociales.

¿Qué es entonces la confraternidad, la caridad?

El divorcio, por ejemplo, destruye la familia. ¿Por qué? Porque, según la nueva moral, la vida no es hecha sino para gozar: todavía otro error doctrinario.

La ley viola los derechos esenciales del padre de familia y del ciudadano.

¿Por qué? Porque, según las teorías actuales, es el capricho de las mayorías el que hace el derecho: lo mismo, error de doctrina.

¡La mayoria! Bravo argumento. La minoría estaba, sin saberlo, científicamente, por instinto, con Galileo.

Una plumada más afirmando que el principio de todos los errores no está en la ciencia misma sino en las concepciones erróneas, como por ejemplo, en esta afirmación: el mundo se ha hecho solo.


Mr. Balfour*, el leader conservador, refutándolo a Mr. Asquith* ha señalado en un gran discurso la contradicción en que incurren los librecambistas actuales cuando invocan a Cobden.

Este era lógico en todo, porque a todo aplicaba su doctrina de “laissez faire, laissez passer”. Mientras que los neo-liberales de ahora, en su mayoría, unas veces hacen ver el fetiche del “dejad hacer, dejad pasar”, y otras reclaman la intervención del Estado. Por eso quiere Mr. Balfour que la cuestión de las tarifas deje de ser negocio de partido convirtiéndose en primordial asunto nacional. Y con tal motivo ha recordado que “Tarif Reforme League” no está enfeudada a ningún partido, como lo prueba el hecho de muchos conservadores todavía no están con dicha Liga.


El deber de un pueblo civilizado, dice una revista inglesa Public Opinion (lean ustedes con atención), es que sus ciudades sean hermosas.

Un gran pueblo, agrega, debiera expresar su grandeza mediante la magnificencia de sus ciudades, avergonzándose desde luego de sus deficiencias. Lo que en otra forma significa que esa grandeza puede compararse al artista que se revela en una obra de arte. Pero hay que tener en cuenta que el esplendor no consiste en unos cuantos edificios sino en el plan ordenado del todo. Los ingleses no son de los que ocultan lo que les falta. Terminan, pues, las reflexiones de la indicada revista así:

“Londres no expresa nuestra grandeza sino más bien nuestro descontento de las cosas como están, y que no se trate de corregirlas al ensanchar y ensanchar la metrópoli, para que lo nuevo sea más expresivo que lo viejo, de mejor gusto, más elegante, más confortable”.

Y el Times se asocia a lo dicho, y llama sobre ello la atención del parlamento, en nombre de la opinión pública, como distinguiendo entre la grandeza y lo grande de una ciudad.


Un buen ejemplo de lo que en Inglaterra llaman Police Court.

En la de la calle Malboroug (hay varios como se comprende de estos juzgados de policía), dos hombres, dice la crónica, fueron sentenciados a un mes de “trabajos forzados”.

¿Por qué delito?

Adivina.

Por vender una hoja suelta por las calles anunciando noticias falsas: “Asesinato del czar de Rusia”.


“El patriotismo europeo”. La palabra es nueva y no me pertenece. Es de Le Temps*, diario formal, bien hecho, bien escrito, bien informado, prudente y siempre, “senza offendere la morale”, del lado discretamente del partido que tiene la sarten por el mango.

Esa nueva virtud ha germinado en el corazón de las grandes potencias por amor a la paz y gracias a la impotencia de la Serbia, abandonada por los mismos que le decían “no haya miedo”, resulta probado una vez más lo que el fabulista escribió: “La raison du plus fort este toujours la meilleure[6]”.

Y según ya lo dije a ustedes textualmente: la Serbia pasa por las horcas caudinas.

¿Y la conferencia o tratado de Berlín?

¿Y la paz?

¿Y el miedo?

“Aplacemos”, han dicho los fuertes, no listos.

Los hechos consumados prevalecen.

Monsieur Gabriel Hanotaux* ha militado entre los “pacifistas” dando esta fórmula:

« L´annexion de la Bosnie et de L´Herzégovine, decideé sans l´Europe n´á pas besoin d´autre saction. Laisson ce fait historique, en somme secondaire par luis méme, se regler comme il est né, loin du debát public, lors des ententes internationales, hors du droit ».

Es decir, “la anexión de la Bosnia y de la Herzegovina, decidida si la Europa no tiene necesidad de otra sanción. Dejemos este hecho histórico, en suma secundario por sí mismo, arreglarse como ha nacido, lejos del debate público, fuera de las ententes internacionales, fuera del derecho”.

Es el triunfo completo de Austria Hungría apoyada decididamente por Alemania; y un mal ejemplo que me hace recordar que hay malos ejemplos que son peores que crímenes políticos.

Al cerrar este párrafo la situación general parece agravada. Estoy entre los pesimistas: lo que no sea este año será el que viene.

Inglaterra y Alemania tienen que pelear, “tienen que pelear” sí, la frase no es mía, es inglesa, y pelearán si no convienen en suspender sus armamentos navales, a lo que, al parecer, es Alemania la que se manifiesta más reacia. En Inglaterra rara vez se sintió tan conmovida e inquieta la opinión sin exclusión de partidos. Es mucho más nervioso de lo que parece el pueblo inglés.


Gaston Gollivet[7], en su campaña sobre el teatro “escabroso”, al que sin embargo no dejan de concurrir las jóvenes solteras con sus mamás, naturalmente, ha escrito esta frase, asaz bien puesta: “Los pueblos no solamente tienen el gobierno, sino también el teatro que merecen”.

¿Y qué más?

Serán ustedes los que hagan las deducciones del caso.


Generalmente se cree que el sordo es desgraciado en la sociedad”, dice Chamfort[8]. Y agrega: “¿No es un juicio pronunciado por el amor propio de la sociedad que piensa: si este hombre no oye lo que nosotros decimos, es de tenerle lástima?”

En el volumen donde está el pensamiento acabo de hallar una nota mía, esta:

“El señor don Vicente Fidel López, sordo como una tapia, se me ha quejado en las antesalas de la cámara (éramos diputados) de que no oía nada.

―Mejor, señor ―le he contestado― así no oye usted lo que nosotros decimos.

Lo que no recuerdo es si la nota la escribí antes o después de haber leído a Chamfort.


Con ser esta mi tierra de origen español y ya colmena abundantísima de españoles, no significa que en ella se ocupen mayormente de esta España tan poco conocida o deficientemente apreciada, juzgada de este lado de los Pirineos.

Ruego pues encarecidamente a todos ustedes, desde la Tierra del Fuego hasta la Quiaca, que lean reflexionando, estimulándose lo siguiente. Es un ejemplo envidiable, que grita en alta voz; querer es poder (querer fuertemente, como decía Ariosto, me parece).

La Academia Española recibió el otro día en su seno al señor Alemany. Dijo de él el censor señor don Francisco Commeleran[9] presentando al recién llegado:

“… Alemany nació en Cullera, de humildes labradores. Al mismo tiempo era estudiante y agricultor. De día ganaba un jornal cavando. De noche se desvelaba sobre los libros. Para ayudar a sus padres, daba lecciones de leer y escribir, recibiendo como pago de sus servicios dos reales o una peseta al mes de cada discípulo. La virtud más acrisolada, la más alegre de las resignaciones ante las dificultades de la existencia, el más firme empeño por adquirir conocimientos, formaron la juventud de Alemany, dechado excelso de perfección moral. Trabajosamente, con milagros de trabajo y economía, logró ser bachiller en artes. Fue soldado y obtuvo del capitán general de Cataluña, general Blanco, que le destinara a ordenanza de aquellas oficinas, dejándole libres las horas necesarias para ir a la Universidad. Así alcanzó la licenciatura de Filosofia y Letras con premios en todos los exámenes. Y ahora es un gran sabio cuyas obras son vastísimas, siendo un dominador de las lenguas sánscrita, griega, latina y persa”.


La Mi-Careme ofrece este año una novedad.

La reina de las reinas, si no es argentina raspando le pasa.

Vive en este barrio, cerca de mi casa, es decir, en la llamada (seguro ya lo dije a ustedes hace meses): “Mayol, Cité l’Argentina”.

Es bastante donosa Mlle. Agustina Orlhac, hija de padre verdulero, siendo ella florista y frutera en el núm. 111 de la Avenida Víctor Hugo[10].


  1. “Hablamos lo que sentimos”.
  2. “Lo que sabemos bien, está claramente establecido. Y las palabras para decirlo vienen fácilmente”.
  3. Henry Houssaye (1848–1911), fue un historiador helenista y académico francés, hijo del novelista Arséne Houssaye. Miembro de la Academia Francesa desde 1895, fue autor de una prolífica obra. Entre sus estudios, se cuentan: Histoire d’Apelles (1867; L’Armée dans la Grèce antique (1867); Athènes, Rome, Paris, l’histoire et les mœurs (1879). (VIAF: 51690990).
  4. Se refiere al libro de Rodríguez Gregorio F. El General Soler, campeón ilustre de la Independencia argentina; estudio histórico sobre su vida política y militar (Buenos Aires: 1909, s/e.), citado en la Página Breve del 17 de marzo de 1909.
  5. Edmund Burke (Dublín, 1729-Beaconsfield, 1797), fue u político británico que ejerció como diputado en la Cámara de los Comunes representando al partido de los Old Whigs, que a diferencia de los New Whigs (nuevos liberales, de ideas más progresistas) criticaron duramente la Revolución francesa. En este sentido, su obra Reflections sur la Revolution Francaise (1790) despliega una rotunda oposición a la revolución. (VIAF: 100173535).
  6. “La razón del más fuerte es siempre la mejor”.
  7. No hemos hallado datos asociados a este nombre.
  8. Sébastien-Roch Nicolas, (Chamfort), (Clermont-Ferrand Francia, 1741-París, 1794) fue un moralista francés, lúcido y escéptico, firmó sus escritos con el pseudónimo de Nicolas de Chamfort. Fue elegido miembro de la Academia Francesa en 1782. (Extraído del VIAF: 31994287).
  9. Francisco Andrés Commelerán y Gómez (Zaragoza, 1848-Madrid, 1919) fue un latinista, gramático, lexicógrafo y escritor español. (VIAF: 279898617).
  10. Recordemos que Mansilla, como ha aclarado en otras Páginas breves, vivía en un departamento en la calle Victor Hugo 184.


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