Lunes 11 de Octubre de 1909
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
Boulogne, septiembre 17.
Cuando estas letras lleguen al Río de la Plata ya el telégrafo les habrá dicho a ustedes que está arreglada la cuestión de Creta, o sea la cuestión de Oriente.
Pues no lo tomen tan así al pie de la letra.
Lo que se llama “la cuestión de Oriente” no es una cuestión, son varias cuestiones. De ahí que la generalidad no entienda jota de ello, o entienda poco, y esto no quiere decir que yo me precie de saber más al respecto que el más modesto de mis lectores.
Tenía yo la edad en que se gatea y los que sabían leer y escribir ya hablaban de la cuestión de Oriente. ¡Cuántos no creían que la Puerta Otomana[1] era algo físico, visible y tangible como la pirámide de la plaza de la Victoria!
Entonces, como ahora, cuando la conversación giraba sobre el tema la paz europea, los optimistas se expresaban tal cual se les oye en el momento presente: todo marcha bien, pero esta maldita cuestión de Oriente… porque cuando se arregla por un lado, por otro surge un conflicto.
Ayer, me refiero a lo más reciente, era la Creta que quiere ser griega y a la que las grandes potencias le han dicho: abajo el pabellón heleno, que aquí el soberano, nominal es el gran turco. Mañana será la Macedonia, griega, como ustedes saben, desde los tiempos de Alejandro y por no turbar la paz del mundo, las potencias le dirán al sultán: no apure tanto su majestad a esos montañeses y a estos: tengan paciencia, ya les llegará su hora…
Y el nudo gordiano, ese que Alejandro cortó a su manera no habiendo en aquel entonces conferencias en La Haya, habrá que volver a cortarlo si de buena fe se quiere que no haya más cuestión de Oriente.
Y cortarlo significa que los turcos salgan de Constantinopla, donde están entronizados desde 1453.
Mientras eso no veamos, la eterna cuestión de Oriente será la sempiterna obsesión de la diplomacia europea y con razón, porque en el reparto del despojos está el quid.
Un congreso de sesenta mil almas cristianas y católicas tuvo lugar días pasados en Colonia.
Nunca se vio en Alemania una manifestación semejante de los que creen en el misterio de la Eucaristía.
Fue imponente el desfile.
Tres partes distintas comprendía este congreso: las sesiones de trabajo o estudios prácticos en las que se emiten votos y se toman resoluciones: las reuniones solemnes en las que la multitud oye y aplaude los discursos pronunciados por sacerdotes y oradores laicos en honor de la muy Santa Eucaristía, por último, la procesión en la que no toman parte sino hombres adultos. No se ve una mujer ni un niño. Y hay que notar que esos sesenta mil hombres eran todos, todos, delegados de los católicos de Alemania y otros países extranjeros.
Es el hecho, y el hecho que prueba que las multitudes bien dirigidas son capaces de moverse sin que los aguijonee el placer, sin que las estimule el interés, el empuje de las pasiones políticas.
Los anticatólicos, la mayor parte de los que pertenecen a la escuela positivista, los que alardean de no juzgar sino por los hechos, de solo tener en cuenta las realidades tangibles, pretendiendo así respetar el espíritu científico, ahí tienen un hecho positivo, un hecho luminoso digamos, una manifestación al lado de la cual las demostraciones de los librepensadores semejan un habitante del Liliput al lado de una gigante.
En presencia de tamaño espectáculo, ¿qué dicen los librepensadores? No dicen nada. Es la conspiración del silencio. Más todavía: fingen ignorar la realidad del hecho.
Contra esta conspiración del silencio no está demás que todo aquel que cree se haga el eco de un acontecimiento que es una victoria para el catolicismo; acontecimiento que al mismo tiempo habla muy alto en pro de la libertad de asociación en Alemania, país admirable de disciplina, donde por ninguna cabeza cruza la idea de perturbar al vecino en sus expansiones de creyente.
Al lado del católico se agrupa el socialista y uno y otro se precia de no incomodarse. Son ejemplos, buenos ejemplos para todos los pueblos de intolerancia política, gritones de la libertad.
Más fácil es adquirir un vicio que corregir un defecto.
Me levanto.
Tomo el diario… leo: otro asesinato.
Decididamente es la era del crimen por cualquier cosa: por una discusión, por un pisotón sin querer, o porque el nene Anthony de diez y siete años le da de puñaladas a su patrona porque la señora no quiere aplacar sus ardores juveniles.
¿A qué causas debe atribuirse esta peste?
He aquí el problema que cada día es más difícil de resolver.
¿Proviene del alcoholismo, que el gobierno protege por el beneficio que de ello reporta?
¿Proviene de la pasión igualitaria que hace que cualquier pelafustán se considere con el derecho de aspirar a todo?
¿Proviene de que las penas no son tan duras como en Marruecos, por ejemplo?… ¡y qué ejemplo que estremece!
¿Proviene de la depravación de las grandes ciudades, depravación que ataca el cerebro hasta de los adolescentes?
Será lo que sea, el hecho es que todo, “todo se vuelve pretexto para extravagancias” en el crimen que acabo de leer, basta que un loco trace el camino del crimen para que otros se apresuren a seguirlo, concluye.
Sucede como cuando Goethe dio a luz su libro malhadado, tan bello de estilo, Werther.
Se puso a la moda el suicidio de todos aquellos a quienes no se les decía sí.
Ahora se mata porque se ama. Es lo que a todo respondía el otro día el joven Nicolás: “je l’emais” y le parecía suficiente para explicar su crimen.
Y las mujeres no le van en zaga a este querubín frenético. De modo que amar resulta así, en este momento, un doble peligro.
La publicidad lo fomenta sin querer, sirviendo a la inclinación romántica, la escuela laica sin Dios, sin amor al cielo ni temor del infierno, le presta su concurso fatal, y la clemencia mal entendida hace el resto en esta obra de perversión moral.
Lo que es en Inglaterra, no se andan con vueltas. El que a hierro mata, a hierro muere, o ahorcado, y la estadística comparada dice que en Londres, mucho más poblado que París, no se comete la vigésima parte de los asesinatos que tiñen en sangre diariamente las calles y casas de París.
El catolicismo es la religión que recluta más adeptos y la que más eficazmente combate las ideas disolventes de las sectas que, como el socialismo anárquico, niegan la existencia de Dios.
Monseñor Farley, arzobispo de Nueva York, que acaba de visitar la Irlanda, su país natal, siendo huésped de monseñor Loque, arzobispo de Dublin, ha declarado en una de sus conversaciones con gente de la prensa lo siguiente:
“Hay en los Estados Unidos como diez y siete millones de católicos, en las Filipinas ocho, y apenas concluimos una iglesia ya está llena. Yo tengo en mi diócesis cerca de 300 iglesias. En Nueva York mismo, donde hace un siglo solo había una iglesia, hay ahora ciento cuarenta y cinco, y una tercera parte de la población es católica”.
Y allí, ni el Estado federal ni los estados confederados costean en forma y modo alguno el culto, ninguno; pero el soplo de la libertad todo lo vivifica, lo desarrolla y lo ampara, y la libertad así entendida y practicada no escucha a los que escriben: Hemos jubilado todo lo maravilloso. ¡Oh, magníficos dioses de mármol circunspectos y graves, adustos santos de piedra, imágenes en talla de beatos y de venerables con peana dorada y ojos de cristal! Ya no servís más que para decorar los rincones de las tiendas de antigüedades. Sentimos hoy el mismo fetichismo que ayer, pero lo consideramos como una vergüenza. Somos demasiado sabios y demasiado viejos para sentirnos cándidos, orgullosos y altivos: así nuestra existencia es humilde y cómica. Somos pequeños bufones envenenados por la sociedad, por esta sociedad a la que descompondremos riendo, mientras no podamos darle el golpe de gracia hundiéndole la más afilada aguja impregnada en la toxina más venenosa en medio del corazón. Hoy el porvenir y aun el presente es de los profesores socialistas de los que saben, cuentan, miden, hacen estadísticas y discurren al parecer, con la cabeza.
¿Y qué me cuentan ustedes?
Lo que es yo, si tuviera hijos, no los mandaría a esas escuelas de soledad moral en la vejez.
Las medias verdades, siendo discutibles, son más perjudiciales que la mentira, porque estas, tarde o temprano se transparentan en tanto que las otras perpetúan la discusión sofística.
El lector en general tiene mala memoria. El lector de diarios, sobre todo. Sus impresiones son fugitivas. Las comparo a las sensaciones que experimentamos viendo pasar y pasar las imágenes proyectadas por la linterna mágica. No me preocupa mayormente mnemónico, digamos. ¿Acaso no es quizá un bien que se olviden de uno?
Olvido suele ser tranquilidad. No aspiro por consiguiente a que mis noticias y lucubraciones se graben indeleblemente en el cerebro de los que me escuchan o me leen.
Son más modestas mis pretensiones. Deseo sencillamente no ser “cargante”, como dicen en España. Nosotros empleamos más el consabido “pesado”. Y así me es grato saber, de cuando en cuando, que hay eminencias que piensan como yo, bien entendido, expresándolo mejor, con una galanura que les envidio.
Por ejemplo (¿se acordarán ustedes?), dije días pasados poco más o menos, que el grado de civilización y de cultura de un pueblo, de una ciudad, se media por los árboles que plantaba y los jardines que cultivaba. Bien, pues, en la inauguración de la Exposición Gramond de Horticultura, lord Rosebery* hizo un discurso encantador sobre el tema de la jardinería, y en elogio de los jardineros.
“La jardinería es una de las diversiones que se aprecian más y más con el adelanto de los años”, dice lord Rosebery.
“Cuando otras diversiones se alejan de nosotros por falta de fuerzas o aptitudes, nos queda la jardinería con creciente gozo y placer”.
No hay literatura más atrayente que la literatura de la jardinería. No me refiero a los numerosos catálogos, que son tal vez la forma más árida que puede tomar lo impreso; me refiero a literatura de la jardinería, desde Bacon a la fecha, literatura que le da a uno el deseo de ser jardinero y de probar los placeres sencillos de ese arte.
Hay libros como el Angler[2] (pescador con caña), de Walton[3], que encantan hasta a las gentes que no tienen afición a ese sport.
Con que así, lector amigo, he aquí mis votos: ¡cultiven ustedes rosas y pesquen con caña! Yo sé, por haberlo observado, que pescar es instructivo, que ejercita la paciencia. ¡Cuántos no deben su fortuna a lo bien que han pescado!
“Casarse es un mal. No casarse es un mal”.
¿Dónde he leído eso?
No me acuerdo.
Rellena uno su cabeza con “citas y textos eruditos”, como dice Espronceda.
Y también he leído y recuerdo muy bien unas coplas proverbiales que así dicen:
“Contra veneno triaca
Agua fresca cuando hay sed,
Para las sardinas vino,
Para el hombre la mujer”[4].
- Los términos Sublime Puerta (en turco: Bâb-ı âli, Babıali), Puerta Otomana y Puerta Elevada son los equivalentes, en español, para el turco otomano Bab-ı Ali, y se empleaban para referirse al gobierno del Imperio otomano, en particular en el contexto diplomático. (VIAF: 245862941). ↵
- Walton, Izaak. The Compleat Angler. Or the Contemplative Man’s Recreation. Being a Discourse of Rivers, Fishponds, Fish and Fishing, Not Unworthy the Perusal of Most Anglers. London: George G. Harrap, 1909. (Reedición de la obra publicada originalmemte en 1653). Sobre ella, se lee en la biografía de Walton: “The Compleat Angler se trata en apariencia de un manual de pesca, pero los lectores apreciaron sus vívidas descripciones de la naturaleza, y del placer del ocio en el campo. Existen pocos libros que tengan una prosa análoga a la de Walton. Aunque el título resulta formulario, en realidad, el propósito del texto supera al de servir como guía de los amantes de la pesca. Es una de las obras más curiosas y singulares de la literatura inglesa”. En 1955 fue traducida al español por, bajo el título El perfecto pescador de caña, precedido del ensayo “Después de leer a Walton”, de Miguel de Unamuno. ↵
- Izaak Walton (1593-1683) es un escritor inglés del siglo xvii cuya obra es representativa de la literatura de la Restauración inglesa. Su obra más conocida es The Compleat Angler, aunque también escribió un conjunto de biografías breves, conocidas como las Walton’s Lives. (VIAF: 73863052). ↵
- Cita extraida de El libro de los cantares, de Antonio de Trueba. (F.A. Brockhaus, 1860). ↵






