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EL DIARIO

Martes 28 de Septiembre de 1909

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

Boulogne, septiembre 6, 1909.

     

Esto es sobre “el instinto del juego”. Tiene su interés. Léanlo. No es mío sino en cuanto lo extracto y lo traduzco del Times*. Me lo deben agradecer. ¡Es tan difícil traducir mediocremente, si quiera, la lengua del doctor Johnson!

Algunas cifras interesantes, de nuestro corresponsal romano, sobre la lotería del Estado, en Italia, demuestran que la lotería es allí una institución muy popular y muy provechosa para el gobierno.

En el año 1907-8 las entradas en bruto de las loterías alcanzaron a más de 3.300.000 libras esterlinas –un aumento de 120.000 libras– y de esta suma, 1.700.000 libras era puro provecho para el Estado.

Parece también que la lotería es lo más popular entre las clases más pobres y las más ignorantes. Así, por ejemplo, donde un 17 por ciento de los habitantes son analfabetos, cada habitante contribuye, término medio, con una lira a la lotería en Nápoles, donde los analfabetos son el 54 por ciento, cada habitante contribuye con 14 liras: y, generalmente, más de la mitad de los billetes que se venden son por sumas de menos de cincuenta centésimos.

Puede ser que aquellos que no saben leer ignoren por regla general el provecho que saca para sí el Estado.

Un juego en el que más de la mitad del dinero que se juega va al Banco no debiera tener atractivos para jugadores que tienen la oportunidad de jugar de cualquier otro modo.

En todo caso, sería temerario sacar por estas cifras la conclusión de que el juego es más popular entre los pobres e ignorantes que entre los ricos y los educados.

Hay cantidades enormes de gentes, en cada país, que juegan, conociendo perfectamente los riesgos que corren, solo porque gozan del juego por el juego mismo.

Muchas veces el juego, para ellos, no es un vicio, sino puramente una diversión. Gozan de ello como gozarían de un sainete fantástico o de un cuento de hadas, porque es para ellos una distracción que los saca de la realidad.

En los asuntos ordinarios de la vida, por nada se obtiene y uno de los fines de la civilización, muchas veces muy imperfectamente alcanzado, es tratar de obtener el justo valor, ni más ni menos, de lo que damos.

El juego es un desvío deliberado de este fin, hecho con conciencia de causa.

El jugador o nada obtiene por lo que da u obtiene mucho más de lo que da.

La suerte es un elemento que nos gustaría eliminar de la vida, puesto que es contrario a nuestro sentido de justicia. Pero jugar es un instinto.

Con que jugamos a los despropósitos creyendo no pocas veces que somos sensatos.


Es un hombre incompleto el que no sabe hacer que una flor se abra, que un fruto madure y que el buey apaciente y el caballo dócil de la chacra pague su tributo al trabajo sin fatiga.

Herbert Spencer* les decía a sus compatriotas: “Todo buen inglés debe comenzar por ser un buen animal”.

Y yo digo ¿por qué no ha de poder serlo un argentino?

Tenemos todo, todo lo que la providencia puede concederle a un pueblo: todos los climas y una tierra feraz en la que crecen con exuberancia cuantas plantas, recibieron la luz del cielo en el Paraíso.

Con que así traten Vds. de no dejarse hipnotizar por el ambiente a veces enervante de los grandes centros de población y un campo.

Al campo donde se descansa en el trabajo activo y donde la madre naturaleza, con sus armonías misteriosas, es como una universidad para los hombres de acción.


Un libro nuevo que enseña, que enseña mucho, acaba de salir a luz.

Me gustaría que Vds. lo leyeran.

Es su autor monsieur Alfred Foulliée, un prestigio, y se titula Le Socialisme et la Sociologie Reformiste[1].

Mas antes querría que meditaran un poco sobre otro menos moderno, Du diable a Dieu[2] recorriendo siquiera sus páginas. Figura en alguna de ellas Anatole France*.

Es la conversión de un socialista, ateo, “ca va sans dire”, que tiene momentos en que se cree un Juliano el apóstata, otros el megalómano Nietzsche y que acaba exclamando: “Que los charlatanes del determinismo simplista lancen, como bólidas afirmaciones tan categóricas como poco satisfactorias, yo, abrazo la cruz y me arrepiento”.

Pero vemos cómo definía el socialismo revolucionario cuando estaba afiliado a los anarquistas.

Tengo que acortar estas carillitas so pena de faltar a lo que con ellas me propongo, que es informar a usted, aunque algunas veces llegue quizá un poco tarde.

“Sí, ciudadanos, decía, en una reunión Adolphe Retté (destrozado de dolor lo pinta Francois Coppée[3] en el bello prefacio que le dedica): “Sí, ciudadanos, se acerca el tiempo en que la humanidad, libre al fin de añejas supersticiones, rechazando la idea de Dios, aboliendo la propiedad individual y suprimiendo el militarismo, se desarrollará en plena felicidad, por la gracia de la ciencia, los consejos de la razón y la práctica que se habrá hecho instintiva de la fraternidad. Trabajadores de todos los países ¡abajo los opresores! Hay que reunirse en sindicatos a fin de destruir las instituciones burguesas que os pervierten; guerra al capital, guerra al soldado… entonemos la Internationale”.

Definido, explicado así, el socialismo por un ex-socialista que se hace cristiano vengamos ahora al libro de monsieur Alfred Fouillée*, escrito sin “parti pris”[4]. Lo declara. No hay según él un solo socialismo. Hay varios. Los unos pueden discutirse, los otros tienen que ser fulminados. Son explotaciones de la ignorancia por el charlatanismo de los “arrivistas”, bajo nombres más o menos ampulosos. Y eso sin hablar de estas novedades: sindicalismo, cooperativismo, estatización progresiva de los servicios públicos, todos ellos temas a cual más difícil.

El autor los trata con una imparcialidad digna de su saber y de su talento de escritor avezado a investigar los grandes problemas sociales de la hora presente.

Pregunta: ¿qué es socialismo? Contesta: si se entiende por socialismo la aspiración a la “justicia social” y a la “solidaridad social” (no como en Barcelona), aspiración que caracteriza nuestra época, que agita las clases obreras, todos, todos seremos socialistas. Si a esto se añade que esa aspiración debe ser favorecida por una distribución económica y un régimen de propiedad conformes a la “justicia”, todos, todos seremos socialistas (ya lo he dicho en otra forma yo). Pero entendámonos… y aquí es donde el autor entra a fondo en el negocio, exigiendo ante todo, único modo de entenderse, que “Ellos” y “Nosotros” fijemos el significado de las palabras.

Claro está. No basta gritar ¡Viva la libertad! Si hay gente que entiende que ser libre es tener el “derecho” de tomarme lo mío, ¡trabajado o heredado!


Todo el mundo habla de una conquista, aquí, y Vds., tan entusiastas siempre que de lo nuevo se trata, no siendo “misoneístas”, como ahora se dice, más o menos han de estar en ese estado de curiosidad febril, esperando todos los días la noticia de quién ha volado más alto y más tiempo.

La leyenda se ha vuelto historia para las gentes del siglo veinte.

Pero lo que hay de más curioso en la aventura es que el problema del hombre que vuela, problema que ha trabajado la imaginación desde los tiempos más remotos de que haya memoria, ha llegado hasta nosotros, después de haber parecido susceptible de ser resuelto por el descubrimiento de los hermanos Montgolfier[5], ha hallado su solución según los datos, diré, de la fábula mitológica.

¿Cómo así?

Como que si “más liviano que el aire” permanece la ley de la aerostación y continúa formando la primera base de los ensayos para el globo dirigible, el “más pesado que el aire” se ha vuelto el principio de la “aviación”, palabra nueva creada para esta invención griega, renovada al menos en cuanto a la teoría.

Por consiguiente, hemos llegado, estamos llegando, a un momento de lo más interesante porque si bien una excursión feliz como la de Bleriot*, ayudado por condiciones atmosféricas excepcionalmente favorables, no es una victoria definitiva, resulta que si así seguimos Napoleón tendrá razón habiendo dicho que la palabra “imposible” debía borrarse del diccionario.


No siempre quien dice estudiante, dice joven.

La prueba está en que yo, que ya no voy por esa senda –la de las ilusiones– no paso un solo día sin estudiar.

Lo que aprendo no es mucho. En todo caso algo me queda. Entre otras cosas me queda la admiración por los maestros, y por los que se afanan en imitarlos.

Digo esto porque horas antes de cerrar estas palotadas, me han puesto en las manos algo impreso en extremo interesante.

Lo he leído, y leyéndolo, he pensado: eso camina, sintiéndome más argentino, si es posible, de lo que soy, pues ¿quién no se siente legítimamente orgulloso al ver que en su tierra hay una juventud devorada por la noble ambición de ilustrarse?

Estoy hablando con la mano sobre el corazón y voy contestando así a la carta amabilísima que me ha hecho el favor de dirigirme el joven doctor don José M. Saenz Valiente, acompañándola de un elegante folleto nutrido de excelentes materiales.

Me refiero al número X de la Revista del Centro de estudiantes de derecho.

La carátula es verde, y como soy dado a buscar la explicación de ciertas coincidencias, me he dicho: siendo el verde símbolo de esperanza, el augurio es este: todos, todos los que figuran como colaboradores de la tal revista están llamados a realizar brillantes destinos…

Me pide Saenz Valiente “mi colaboración dentro de la índole, dice, de la revista”.

Agradezco la simpática manifestación. No digo que sí, ni digo que no. Es posible, sin embargo, que el día menos pensado me levante con humor de agregar alguna de las flores de invernáculo, que me quedan, al frondoso ramillete de ese selecto grupo de estudiantes. Encarnan una virtualidad que me los hace doblemente estimables, son perseverantes.

Empezaron por un modesto “boletín”, y, como se ve, han llegado a la meta de una revista abundante, rica.

No diré que sea un “tour de force”. Empero, en un ambiente intelectual como ese ya hablaremos de ello– es una victoria.


A propósito de la conferencia de la paz que casi fue un “fiasco”, un diario que nunca habla al tun, tun, el Koelntsche Volszeitung, hace algunas reflexiones, entre ellas, esta:

Después del “jaque” de La Haya, los ingleses se pusieron a construir el Dreadnought*, quinto. Habiendo hecho el papel de optimistas durante la conferencia, luego no más se manifestaron sorprendidos, desilusionados, atribuyendo el desenlace negativo a la Alemania.

La proposición de erigir un tribunal permanente de arbitraje no tuvo más éxito. Los estados pequeños querían ser representados en él y se negaban a admitir una clasificación de las potencias, por orden de importancia. La proposición del Brasil para que cada estado nombrara un juez resultó así la ruina del proyecto del tribunal, porque las grandes potencias no querían estar como a la merced de las pequeñas.

Los alemanes afirmaron entonces que las grandes potencias eran muy poco numerosas para fiarse de las pequeñas.

Los Estados Unidos no se sentían, por otra parte, muy dispuestos a subordinarse a la voluntad de la multitud de pequeños estados del centro y del sud de América.

El mejor medio de mantener la paz es, pues, ser pacífico y no hablar de la guerra.

Resucitar proyectos muertos, concluye el importante diario alemán, proyectos que han sido objeto de una discusión profunda, es del todo inútil.


El éxito de las mediocridades depende de la gran confianza que tienen en sí mismas. El talento duda, la mediocridad afirma.


Admirables y fuertes hombres son los que produce la casa de Saboya, tan simpática.

El duque de los Abruzos[6] acaba de elevarse en las heladas soledades del Himalaya hasta 24.000 pies.

Jamás la energía humana trepó tan alto. Hay en la realización de la ardua empresa sobre las ásperas crestas del Godwen Austen, todos los elementos apetecibles para que el poeta que admira y canta el valor se eleve a su vez hasta la entonación épica grandilocuente.

El duque de los Abruzos, acabo de leer, ha tenido la suerte que siempre acompaña al coraje y a la tenacidad, de escapar a los incalculables peligros que ha desafiado… y como un segundo Tito ha huido de Europa para alejarse así lo más posible de una Berenice americana, cuya entrada en la corte de Italia no es permitida por la etiqueta oficial.

Práctica y dolorosa novela, ¿no es cierto? ¿Cuál será su conclusión?

¡Otra vez, admirable hazaña!

¡Otra vez bravo!


No hay mal que por bien no venga, dice el proverbio y lo está confirmando lo que pasa en España (me alegro). Parece una paradoja, pero el hecho es que la sangre derramada en el suelo africano ha provocado en el espíritu público una reacción que en dos palabras se traduce así: España regenerada, reorganización del ejército español.


  1. Editado en Paris, F. Alcan Ed, 1909.
  2. Libro mencionado en la Página Breve del 27 de julio de 1909.
  3. François Édouard Joachim Coppée, (París, 1842–París, 1908) fue un poeta, dramaturgo y novelista francés del Parnasianismo. Autor de una obra prolífica en poesía, narrativa y dramaturgia, entre sus títulos más destacados, cabe mencionar: Dans la prière et dans la lutte (1901), De pièces et de morceaux (1904), Des Vers français (1906). (VIAF: 46759181).
  4. Probablemente, Mansilla se refiere aquí al libro La morale des idées-forces (1908), o tal vez al anterior del mismo autor, Les éléments sociologiques de la morale (1905).
  5. Joseph-Michel Montgolfier (Annonay; 1740-Balaruc-les-Bains; 1810) y Jacques-Étienne Montgolfier (Annonay; 1745-Serrières; 1799) fueron dos hermanos franceses conocidos por ser considerados los inventores del globo aerostático. (Extractado de la Enciclopedia Británica: https://acortar.link/iWsU6J).
  6. Creemos que se refiere al príncipe Luis Amadeo de Saboya, duque de los Abruzos (1873-1933), príncipe de la Casa de Saboya, marino, montañero, explorador y geógrafo italiano. Es recordado por sus exploraciones en el Ártico y por sus expediciones de montaña, en particular, al monte San Elías (Alaska y el Yukón) y al K2 (Pakistán-China). (VIAF: 95297776).


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