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EL DIARIO

Martes 5 de Octubre de 1909

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

Boulogne, septiembre 10, 1909.

    

Querer es poder, dice el proverbio. Pero en esto como en todo lo que siendo especulativo no está sujeto a reglas matemáticas, hay excepciones.

Por ejemplo, y en el caso presente, yo quiero ser breve para estar en consonancia con el título “Páginas breves” y con mi propósito al escribirlas y, no hay qué hacer, tengo que ser largo.

El culpable es mi sabio amigo José Francisco López* (felix culpa), que les permitirá a ustedes leer una instructiva y científica página suya, llena de amenidad al mismo tiempo.

Y no hago una antífrasis cuando digo amenidad, porque lo abstruso puede contener, como luego se verá, una buena dosis de espiritualidad.

¿Hago bien o hago mal en divulgar esta misiva?

Creo que no.

¡Vivimos en una época de publicidad! Si José Francisco López* no ha querido contestarme por la prensa, seguramente ha sido por dejarme a mí la responsabilidad y el gusto de hacerlo como lo hago.

Sería lástima relegar a las tinieblas de un archivo cosas tan bien pensadas, tan bien dichas, en un estilo tan personal, discutibles, algunas de ellas, si se quiere, pero, ¡qué no se discute!

Por mi parte no entraré, hoy día al menos, en ese terreno.

Me limitaré a observar que para pensar en el largo viaje sin billete de vuelta todos los centros son buenos. París lo mismo que la Quiaca. (Aquí pocos saben dónde queda sino es jujeño o salteño).

Sí, pues, o la meditación de la muerte no es un ejercicio varonil, debiendo estar preparados para ella en todos los momentos.

Me apercibo que me pongo algo lúgubre. Sofreno el “pingo” y aquí van las letras del viejo amigo, Matusalen en perspectiva, ¡loado sea Dios!

Un momento más para decirle antes que así podrá resistir, posiblemente al triunfo completo de la reacción que se inicia contra el empirismo y su cortejo consabido, el diletantismo, aunque es muy difícil dejar de lamentar cuando el sol de la vida se va hundiendo en el horizonte, los buenos viejos tiempos, y no entonar como en “Barbero”: la música en mi tiempo era otra cosa.

Porque no es exacto del todo, como alguien lo ha dicho de este lado del charco (si el lamento es más general de lo que se cree): que el sol de la vida artística resulta extinguido y su paleta no sabe pintar como antaño con la misteriosa alquimia de sus colores los hombres y las cosas; las pasiones se han convertido en instintos o en tonterías; las flores de la retórica se han marchitado y huelen solo a pintura rancia; la frase más original sabe a lugar común, y los adoradores de la antigua Grecia quieren restaurar el espíritu helénico con partenones de cartón de una perfección grotesca.

Porque no es exacto del todo, lo repito, que ya casi no hay hombres buenos ni malos, ni traidores por vocación, ni envenenadores por capricho. Hemos descompuesto al hombre en el conjunto de mentiras y verdades que antes era el hombre y no sabemos recomponerle. Nos falta el cemento de la fe divina o de la fe humana para hacer con estos cascotes una cosa que parezca una estatua. Hemos perdido la ilusión por este hombrecillo que se llama a sí mismo sapiente y, en vez de maravillarnos su actitud a pesar de su genio, a pesar de sus atrevimientos, nos inspira una profunda estima cuando no nos da risa. Nos hemos acostumbrado a tutear a los dioses, a los reyes y a los héroes. De donde deduzco que hay que morirse para saber a ciencia exacta qué concepto verdadero tenían de uno cuando andábamos juntos frotándonos o tratándonos de tú y vos. Por lo demás, en todo habrá eternamente conflicto. La ciencia, lo mismo que la teología, tiene sus ortodoxos y sus heterodoxos, los defensores de su fe y sus herejes, y en el dominio de la ciencia, como en el de la teología, la herejía de una edad se convierte en la creencia aceptada por la que le sigue. Debemos, pues, vivir tratando de conciliar y de reconciliar”.

Buenos Aires, julio 20, 1909.―Señor general don Lucio V. Mansilla.―Estimado amigo: Sus “Páginas Breves” de fruición, y largas de extensión, como lo observé en una nota de mi conferencia sobre la “Soberanía argentina en las aguas del Río de la Plata”, me sacan de nuevo a la publicidad del diario que las publica en esta fecha. La gentileza con que usted me trata en ellas me obliga a agradecerlas aunque no sin algunas salvedades, o reservas mentales.

Su introducción tiene para mí un toque mágico de las “nostalgias del pasado”, que lo hacen revivir en nosotros, y a nosotros en él:

Allí dice usted:

“¡Qué criollo extraordinario!

Me ocupo de él con gusto.

Es un evocador.

Se amaban con mi madre”.

Es verdad. Como tal, me acogía en su hogar. Siendo yo estudiante, y yo la amaba como a una madre, modelo de gracia y belleza de la antigua aristocracia porteña de que solo quedan pocos ejemplares.

No puedo recordarla sin sentir la misteriosa e inefable nostalgia del pasado transfigurado en el presente con su cortejo de imágenes e ilusiones, que reviven y nos hacen revivir una nueva vida que creíamos para siempre perdida.

La nostalgia de otros tiempos que murieron en la tumba del tiempo, es el pasado resucitado en nosotros mismos, o una resurrección de lo que nosotros pensamos y sentimos en nuestra florescencia, que se apagó para no volver más. Es una sensación que se puede sentir, más no describir. Es algo parecido al “schensucht[1]”, sin equivalente en español.

Vd., que ha producido esta nueva sensación y esta nueva idea, me dirá quién es el evocador. Es Vd. mismo, y no yo simple plasma reflector de la imagen recibida, y también a su vez simple heredero de la simpatía y cariño de su señora madre, la porteña más espiritual y chispeante que he conocido. Algo también habrá pasado a usted “par droit de naissance”, y después “par droit de conquéte[2]”.

Vd. agrega, “como Carril, este hombre ha hecho una evolución psicológica singular”.

Sin merecer la comparación, es exacto el hecho de la evolución, y tantas evoluciones cuantas escuelas de clásicos antiguos y modernos depositaran su semilla en mi espíritu, hasta hoy mismo sediento de saber: de manera que en el curso del tiempo me encontré con una florescencia sincrética matizada de los diferentes tintes de su origen. La evolución no fue mía sino de las semillas, y yo simplemente la tierra que las abrigó y fecundó en su seno.

Creo también que hay un imán espiritual e irresistible de la vocación de los espíritus a la misión que les está señalada, aunque sean aplastados en ella, como el Misionero. Así se explica el estoicismo de nuestras eminencias intelectuales aplastadas desde Rivadavia hasta Alberdi porque no sabían congraciarse con las fábricas de “hacer” atmósfera, sin cuyo pasaporte el mérito mismo “era su propia ruina”, como lo afirma Tácito en la decadencia de Roma.

Luego, cortando repentinamente el hilo de su tesis, se desploma en tierra desde las alturas de su vuelo como el águila atravesada por la flecha, exclamando a manera de codicilo: “Si yo muero antes que el doctor López, que él escriba sobre mí, como yo escribiré sobre él en caso contrario”.

Viviendo Vd. en París, ¿qué apuro tiene en preparar desde ya su viaje a las fronteras de la Eternidad? Vd. no se ocupa de lo que nos espera en esa región ignota, sino solamente de la posteridad que habremos dejado para no ver más y sin que ella pueda mejorar en nada nuestra situación de Ultratumba, de donde “non e piu ritorno”. Nuestras obras buenas o malas serán nuestro bagaje para la travesía, que nos libertará del yugo de los malos, sin necesidad de los tenores de tumbas, ni de pompas fúnebres, que son las bodas de la muerte.

Por eso los grandes hombres no la temieron porque ella los libertaba de la Envidia achatadora implacable del Mérito, así constatado por Tácito y Voltaire, víctima de aquella, que fulminó con este apóstrofe: “El más grande y raro milagro de estos tiempos es perdonar el mérito”.

La plebe tinturada fue siempre su mayor enemigo, que amargó la vida a los envidiados, porque es el único tesoro que no se puede comprar ni heredar.

Esa peste oculta y mañosa como el microbio trabaja como este en la obscuridad, y es la causa de los episodios más luctuosos y vergonzosos.

La muerte libertaba a sus víctimas, y es por esto que no la sentían.

Así lo han constatado todos los grandes hombres de la antigüedad clásica y moderna.


Sócrates resistió la fuga convenida con el carcelero por su discípulo Platón y otros diciendo: “Nadie sabe lo que es la muerte, y si ella no es el mayor bien que puede suceder al hombre”.

Eurípides: “Debemos llorar al que nace, que es el principio de una cadena de males, y acompañar con júbilo al que muere, libertándose de ellos. La vida es un combate, feliz el mortal que lo hace pronto, dos veces feliz el que lo hizo ya”.

Sófocles. “El mejor destino es no haber nacido, y en segundo lugar, del nacido volver lo más pronto a la región de donde vino”.

Horacio. “No vivió mal el que murió al nacer”.

Cicerón. “Lo mejor para el hombre es no haber nacido, y para el nacido, morir lo más pronto. ¡Oh, preclaro día aquel en que libertándome de esta turba multa, ingresaré a la Comunidad divina de los Espíritus!”.

Schopenhauer. “El mundo es un infierno peor que el del Dante, por cuanto los unos tienen que ser el demonio de los otros”.

Byron. “Cantad tus horas de ventura / Cantad tus días de amargura / Pensad lo más que habéis sido / Y es mejor no haber nacido”.

Ariosto. “Esta vida mortal más obscura que serena es toda de Envidia llena”.

Lamartine. “¿Qué crimen hemos cometido para merecer haber nacido?”.

Calderón de la Barca. “El delito mayor del hombre es haber nacido”.

En todo caso, el delito sería, no del nacido inocente sin voluntad ni conciencia, sino del que lo hizo nacer, que es el sentido del apóstrofe o protesta de Lamartine.

Yo tengo mi teoría distinta de ambos, pero me guardaré de hacerme árbitro en ese pleito nebuloso y filosófico, porque todo arbitraje entre sus vecinos es espinoso, pues estamos ligados por vecindad intelectual a los dos genios poéticos de España y Francia.

En todo caso, le dejo a Vd. amplia tela para sus comentarios. Pero como la tela no es mía, tampoco es la responsabilidad de su teoría. Mía es solo la labor de haber seleccionado el pensamiento de los clásicos en su texto de seis lenguas sobre el mismo tema.

Y si esta epístola no es tan breve como sus “Páginas breves”, es culpa de Vd. pues no siempre se tiene la fortuna de conversar con un intelectual entre dos hemisferios, hoy que nuestra aristocracia intelectual se va haciendo más rara y refractaria, aplastada por el metal y la ignorancia.

En nuestro tiempo, la generación en que yo me eduqué bebía y se nutría de los alientos del espíritu clásico que decía a la ignorancia: “La sombra ceda el paso a la luz” (cedat umbra soli). “Vosotros profanos alejaos de aquí” (Virgilio, Eneida, Canto VI, v. 238).

Ahora los pensadores son los profanos. Es mejor serlo con la luz de doctrina, regeneradora en sus libros, que laureado a crédito sin ella.

Deseándole salud de cuerpo y de espíritu, le saluda su amigo. ―José F. López*.


El que siembra, recoge.

Tanto y tanto se ha creído, o se ha fingido creer, que la propaganda antimilitarista era prédica anodina que ya se palpan las consecuencias en este país de Francia.

El número de refractarios a la ley militar era el año pasado aproximadamente de cinco mil.

Pues según los datos más frescos, este año será de once mil.

Con los desertores que se han mandado cambiar al extranjero, con o sin armas, estos antimilitaristas llegarán a constituir todo un ejército de franceses que habrán captado entregando armas y bandera.

He ahí las consecuencias de una tolerancia culpable y de una legislación inadecuada.

En otro tiempo, cuando los jóvenes conscriptos iban a ingresar en sus regimientos, era por siete años.

Para muchos significaba una carrera frustrada, a tal punto que solo les quedaba un recurso: el reenganche.

En esa época los refractarios representaban apenas un diez por ciento de lo que ahora se hace constar.

Y la disciplina era mucho más severa.

Un soldado que le ponía la mano en la cara a un cabo estaba expuesto a la pena de muerte; una desobediencia era negocio por el estilo.

Hoy día, el servicio ha sido reducido de siete años a dos y la severidad de los reglamentos ha sido atenuada en proporciones enormes.

La vida del soldado se ha hecho lo más soportable y, sin embargo, nunca jamás ha sido mayor la repugnancia a revestir el uniforme.

¿A qué estado moral debe atribuirse esta repugnancia?

Tanto horror a la mochila es para mí, entre otros, un enigma.

¿Miedo?

No puede ser, porque en cuanto estalla una guerra como la de Marruecos, digamos, sobran los voluntarios, es decir, las almas que aman las aventuras de la gloria.

Se estudia el enigma. Pero no se arriba todavía a ninguna conclusión. Permanece, por consiguiente, inexplicable este hecho:

¿A qué cálculo incomprensible debe atribuirse que un hombre prefiera expatriarse durante treinta años antes de servir dos? Porque el delito no se prescribe antes.

No habiendo visto, si las hay, estadísticas argentinas sobre esta peste de “insumisión” o deserción, no sé cómo andan las cosas en mi tierra, y me gustaría saberlo para comparar.

De todos modos, no miran ustedes con desdén propaganda alguna estimulando a no cumplir, buena o mala, la ley de enrolamiento.


Se me figura oír este diálogo entre dos porteñas selectas de cuerpo y alma.

― ¿Che, has leído a Mansilla hoy?

―Está un poco cansador su López y sus comentarios.

―No tanto.

―Francamente no he llegado hasta el fin.

―Pues has hecho mal, te lo leeré, pasa revista de unas cuantas mujeres exquisitas.

― ¿A ver?

―Óyeme…

Las adorables mujeres de Florencia, que en otros tiempos daban gracia y vivacidad a esa ciudad encantada, que dieron nacimiento a grandes florentinos e inspiraban a sus artes, vuelven a vivir en el libro, ¡bienvenido! de Mr. Edgcumbe Stanley sobre mujeres famosas de Florencia[3].

Sería interesante saber si existe materia para un libro parecido sobre las mujeres argentinas.

Mr. Staley se ha contentado con siete mujeres famosas de Florencia y da este epítome detallado para explicar su selección.

“Beatriz de Ponlinari”, el tipo de la Mujer Nueva en la aurora del Renacimiento, el símbolo del amor humano más puro y más noble, y el modelo de lo que debiera ser una esposa joven.

“Lucrezia de Tornabuoni”, el más exaltado exponente del poder dominante de la mujer para el bien, la virtual “Reina de Florencia” y la mujer más perfecta del Renacimiento.

“Simonetta de Cattanei”, el modelo acabado de los encantos físicos de la mujer, que fascinaba los genios del Renacimiento, inspirando a los más románticos de los poetas y pintores, y demostrando el dominio sobre ellos del afecto platónico.

“Giovanna degli Albizzi, el ejemplo de una hija cumplida, la mujer simpática de un hombre de mundo, y con él el tipo más elevado de la civilización y elegancia el Renacimiento.

“Alessandra de Machingi”, la figura patética de una vida anublada, la personalidad conmovedora de una paciencia eximia, y el carácter valiente de una verdadera heroína del Renacimiento.

“Lisa de Gherardini”, la valerosa hija de Florencia, que ejercía la influencia de una naturaleza feliz y una cara amable su “sonrisa” es el rayo de sol del tiempo más brillante del Renacimiento.

“Bianca de Capelli”, la hija de la romanza, el juguete de un monarca, pero su verdadera esposa y guía, su amor fuerte como la muerte y capaz de cualquier sacrificio. Fue la figura más brillante en la puesta del sol del Renacimiento.

Da ganas de haber vivido en aquellos tiempos, aunque estos no sean tan malos a pesar de ciertas pestes “sociales”.


Son insaciables.

Ya se anuncia que el gobierno de los Estados Unidos –¿será un globo de exploración?– pretende reivindicar la propiedad del Polo Norte por ser un súbdito de la Unión, quien lo ha descubierto: “Constitution follows the flag” afirman sus juristas “La Constitución sigue la bandera” hasta el fin del mundo…

Las opiniones están divididas, no habiendo contribuido a la empresa con nada dicho desde el gobierno.

Sostienen algunas autoridades competentes, por el momento, que es la propiedad privada del doctor Cook*, y como los grandes ejemplos hallan siempre imitadores, ¡por fortuna! dicen que el hermano del intrépido explorador se prepara para descubrir el Polo Sud. ¿Invocará, hecha la hazaña, la doctrina Monroe*?

    

Lucio V. Mansilla.

    

Post Data: Como los patos que vuelven a la laguna, todos los que salieron en junio y julio de París para ir a respirar en las montañas y en las playas un aire más oxigenado, ya están volviendo a sus nidos más o menos confortables.

Yo también no tardaré en seguir el movimiento de la cabeza como dicen los “milicos”.

Pero sepan Vds. que, a pesar de las apariencias, según lo observa un cofrade, no hay mejor aire que el de París.

Paris es, en todo caso –papelito canta, véase la estadística– la ciudad donde se alcanza mayor vejez.

Si es un bien o es un mal, no lo discuto. “La Imitación” dice: tanto que anhelamos vivir y tan poco que nos corregimos.

La estadística, decía, consigna estas cifras. Hay en París actualmente cuatro centenarios, diez y siete hombres y setenta y ocho mujeres que frisan en los noventa y nueve, y quinientas cuarenta y dos nonagenarias que han pasado de noventa y cinco…

En cuanto a los parisienses de noventa años, por lo menos, son diez mil y los octogenarios son legión.

¡Con que así a París! Donde, según ya se lo dije a Vds. en mi anterior, los alquileres son tan baratos y todo en proporción, excepto las tentaciones de gastar en sombreros.


  1. Creemos que se refiere a “sehnsucht”, término alemán traducido como “anhelo de alguna cosa intangible, ansia o notalgia por algo impreciso del futuro, deseo del deseo”. (Extractado del índice bibliogrpáfico oficial de Alemania, el Gemeinsame Normdatei: https://d-nb.info/gnd/4224273-3).
  2. “Por derecho de nacimiento” y “por derecho de conquista”, respectivamente.
  3. Stanley, Edcumbe. Famous Women of Florence. 1909, s/e.


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