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EL DIARIO

Jueves 16 de Septiembre de 1909

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

Boulogne, agosto 20

    

Empiezo con algo extraño del Times*. Somos infinitamente más jóvenes que los londinenses y, por esa razón puede ser, vejez siendo experiencia, que algún provecho le haga su lectura a la edilidad de Buenos Aires.

Tenemos poderes mecánicos enormes, habilidad técnica considerable, malos modelos por todas partes, y condiciones muy difíciles con que lidiar.

El resultado es que nuestra arquitectura se halla en estado de anarquía.

No se pueden aplicar los principios antiguos y no se han establecido los nuevos, pero esta misma anarquía promete más que la uniformidad mecánica que, seguramente, existiría si no hubiese un anhelo popular por lo bello.

Ahora sería fácil hacer modelos uniformes (típicos), para tiendas y apartamentos y restaurantes que pronto podrían adaptarse a circunstancias especiales y mejorarse en el detalle de tiempo en tiempo, tal como los modelos típicos de máquinas.

Serían más baratos y más convenientes que los innumerables experimentos que se hacen actualmente, y si no se deseara otra cosa que lo barato y lo conveniente, seguramente que existirían.

No existen, porque hay una oposición poderosa contra la uniformidad de las construcciones y esto no puede ser sino resultado de un nuevo anhelo por lo bello, que si perseverara produciría seguramente alguna nueva clase de belleza.


Ante el espectáculo de lo que estamos viendo y de lo que sabemos que ha pasado, resulta casi absurda la teoría de los “humanitarios”, a saber: todos los hombres son hermanos.

Prescindo, al hacer la reflexión antecedente, del clero cristiano: “ama a tu prójimo como a ti mismo”.

El hecho brutal es que reflexionando no tardamos en apercibirnos por ejemplo –no quiero hablar de nuestra América del Sur– de que un inglés no piensa como un alemán, ni un español como un francés, ni un austríaco como un italiano, ni un ruso como un turco. ¡A qué hablar de las diferencias físicas tan acentuadas! Se queda uno estupefacto cuando reflexiona y observa la insuperable barrera que separa a un chino o un asiático cualquiera de un anglosajón; si no es solo la coloración lo que los separa y los distingue, es su alma, su temperamento, sus creencias y más, mucho más todavía que sus costumbres.

No faltan sonadores que comparen a los japonenses, identificándolos con los europeos, porque han vestido sus tropas como estos y adoptado su organización militar, sus armamentos terrestres y navales.

Hay que leer el libro que M. Ludovic Naudeau* acaba de publicar sobre el Japón Moderno* para ver cuán grosero es semejante error.

M. Naudeau es una autoridad, fue corresponsal del diario francés cuando la guerra ruso-japonesa, y después de haber seguido las operaciones algunos meses, cayó prisionero de los japoneses frente a Moukeden, siendo llevado por los vencedores al Japón.

Confiesa que sus primeras impresiones han sido falsas. En una palabra, se acusa a sí mismo de “observador superficial”, mientras juzgó a los hijos del Sol levante sobre el campo de batalla.

Después de haber vivido en el Japón mismo, reconoce que se había equivocado de medio a medio concediéndoles a los japoneses virtudes y cualidades de las que solo poseen la máscara.

Dice que cuando penetró su alma, se quedó espantado ante tanto poder de disimulo, de astucia, en una palabra, de hipocresía, lo que parece ser la señal característica de su personalidad.

Todo en él no es más que brillante y engañosa apariencia. Ningún europeo puede vanagloriarse de penetrar sus pensamientos íntimos, cierran celosamente sus hogares a la curiosidad de todo extranjero, y rehúsan de admitirlo en su intimidad.

M. Naudeau ha estado en contacto con toda clase de hombres. Todos ellos lo han chasqueado cuando ha querido penetrar sus pensamientos. Sobre ese particular, como se dice vulgarmente, cambiaban de conversación.

Así arriba el autor a formular una interrogación y una respuesta que no hablan mucho en favor de la especie humana: ¿Puede un pueblo conocer, entender a otro pueblo? Comienzo a creer que no. Yo concluyo pensando que las naciones de la tierra son enigmas las unas para las otras.

En todo caso, y según el libro del que apenas he dado una idea, jamás un europeo conocerá bien a un japonés. El europeo es en el fondo tan antipático para aquellas gentes, que hay actos bajos, y la prostitución no es poca, que no se consuman con un europeo sin repugnancia.


Es claro que no voy a refutar la tesis tan cerrada de José Francisco López* por dos motivos excelentes, parecidos a dos razones. Primero porque soy argentino, segundo porque poco o casi nada vulnerables me parecen sus argumentos.

Voy apenas a hacer algunas someras observaciones relativas a la materia, ¿cómo diré? Diré en abstracto. Lo que está hecho, hecho está. No podemos volver atrás, pero insisto en que Rosas tenía razón cuando decía: “Por aquí no pasa nadie sin mi permiso”. San Martín, desde el otro hemisferio, le decía “¡Bravo!”, y le mandaba su espada.

La contestación “unitaria” de los aliados al extranjero, y detrás de los franceses, el Brasil trascendental en sus miras, la contestación fue la batalla de Obligado. Quedo consagrado con nuestra gloriosa derrota una vez más: “que la razón del más fuerte es también la mejor”, máxime si se trata de negocios entre gente civilizada y gente casi bárbara, que era el concepto en que Europa nos tenía a la sazón a todos los americanos del Sur, con excepción un poco de Chile, asilo de emigrados y, sobre todo, del Brasil monárquico, gobernado prudentemente por hombres que no confundían las utopías con las realidades, dándoles a las palabras su significado real.

Efectos de la política de acción invasora: que el Brasil, el Paraguay y hasta Bolivia –prescindo de la República Oriental ribereña del Río de la Plata— dejaron de ser, por decirlo así, nuestros tributarios o, en otros términos, que por los caminos de las aguas del Paraná, Uruguay y sus afluentes se convirtieron en soberanos para subir y bajar hasta la mar abierta cruzando el Río de la Plata.

Esto es obvio, me parece, y puede entenderlo cualquiera sin saber griego ni latín, dos elementos de que tanto uso se hace en disputas jurídicas.

Dice muy bien José Francisco López en el párrafo de su conferencia: “una sola soberanía….”. Fue también otra confusión de límites de la cumbre más elevada de los Andes estipulada en el tratado con Chile por el presidente Urquiza, adicionada después por nuestra imprevisión diplomática con el divorcio de las aguas que nos divorció una gran porción del territorio”.

“Por nuestra imprevisión”, nótese bien que para solo citar uno de sus efectos nos costó 30.000 leguas cuadradas en el Chaco”, según el mismo conferenciante lo reconoce, apoyándose en la Revista de Derecho y Letras.

No falló aquí la declaración inconsulta de un ministro de Relaciones Exteriores de Sarmiento, la victoria no da derechos, no falló para nosotros, falló para el Brasil que, más práctico que telepático, pensó: “Más vale un toma que cien te daré”. Y habiéndolo pensado, le trazó al Paraguay con la punta de la espada sus límites por el sur del Matto Grosso. Es decir que no solo tomó lo que tanto había pleiteado con los dos López, sino que se vino hasta las sierras de Amambay y Mayacayú.

Nosotros fuimos al arbitraje, protestando desde el otro mundo los que murieron en Curupaity, y en este los que fueron más afortunados.

Gran talento el de Sarmiento, pero “poco o nada telepático” a la manera de Bismarck.

El formidable canciller alemán no habría escrito, ni dormido, lo que Sarmiento escribió, despierto, el 9 de diciembre de 1855 en El Nacional.

Decía Sarmiento que reinaba la confusión más deplorable en todo lo que se refería a la libre navegación de los ríos. Ni la idea ni la posibilidad de tal cosa se le había ocurrido a ningún gobierno.

“Hoy mismo”, agregaba, “es un principio que solo tiene aplicación en el Paraná y en el Uruguay, pues el Plata fue siempre considerado como mar”.

Ni los provincianos comprendían las ventajas de la libre navegación del Paraná, pues no habían visto entrar en el “tres buques de banderas extranjeras arriba de Martín García”.

Los tratados firmados en San José de Flores el 10 de julio de 1853, con los plenipotenciarios de Inglaterra, de Francia y de los Estados Unidos, aseguran la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay a los buques mercantes de todas las naciones, pero confirman sino fortalecen la tesis al Dr. López, pues que el artículo 1° de redacción idéntica, en los tres tratados establece:

“La Confederación argentina, en el ejercicio de sus derechos soberanos, permite la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay en la parte de su curso que le pertenezca a los buques mercantes de todas las naciones, con sujeción únicamente a las condiciones que establece este tratado y a los reglamentos sancionados o que en adelante sancionare la autoridad nacional de la Confederación”.

Como se ve, la libre navegación quedó sujeta a ciertas condiciones impuestas por el soberano y equivale al otorgamiento de un derecho de servidumbre limitado. En cuanto al mar de Sarmiento, felizmente, “possession vaut titre”.

Respecto a la convención fluvial celebrada con el Brasil en 1857, el tomo 1°, libro V, “Propieté et Domain Public” de su “Droit International Theorique et Practique”, dice Calvo, párrafo 327, página 452:

«La République Argentine n´hésita pas à faire disparaitre les distinctions qu´elle avait maintenues jusqu´alors. La convention fluviale qu´elle signa le 20 Novembre 1857, avec l´empire du Brésil généralisant les principes poses dans ses traites particulaires avec les puissances européennes proclama en conséquence, que l´Uruguay, le Paraná et le Paraguay d’épiés leur embouchure dans le Rio de la Plata jusqu’au ports ouverts ou à ouvrir par les Etats riverains, seraient désormais librement accessibles au commerce et aux marines des toutes les nations : que toutefois cette liberté de navigation, a moins de stipulations conventionnelles expresses en sens contraire, ne s´en entendrait ni aux affluents, ni à la navigation de cabotage d´un port à l´autre de la même nation : en fin que les bâtiments de guerre des Etats riverains jouiraient de la liberté de transit et d´entée sur tout le parcours des fleuves accessibles à la marine marchande».

Con esta última cláusula hemos casi muerto al cabotaje argentino, necesitando marineros para nuestra armada y nuestra futura marina de comercio.

Leído todo lo transcrito, que el conferenciante no ha querido citar, leído al pie del texto y entre renglones, puesto que hay letra y espíritu, por quien soy que no podemos estar ufanos de la visión “telepática” de nuestras cancillerías.

Pasan y pasan y todos ellos, con fugitivos momentos de clarividencia, ¿qué nos dejan? Semilleros de agrias e interminables disputas.


Comentando la gran obra The Oxford English Dictionary, dice uno de sus críticos que las palabras tienen vida, tradición y que evolucionan; y a propósito del tan conocido vocablo “home” se expresa así: se necesita no solo un filólogo sino un sociólogo y un poeta: pero el resultado no será nunca definitivo, porque la concepción varia de mil maneras según el país, la familia o el individuo.

Añade (traduzco lo mejor que puedo a este inglés):

“A word gets a certain quality or temper which stirs faint echoes and dim lights in the mind: but speech or reading is so rapid that the flash of color hardly reaches the consciousness before it is merged in what follows like a figure or a tint in a kaleidoscope”.

Una palabra adquiere cierto valor o carácter (temperamento) que remueve en el cerebro lejanos ecos y luces apagadas; pero el habla o la lectura son tan rápidos que apenas el fulgor colorido llega al entendimiento ya se confunde con lo que sigue, como una figura o un tinte en un caleidoscopio.

En este curioso orden de ideas, recuerdo ahora mismo, mismísimo, una palabra de la sonora, eufónica lengua de “Camoens”.

Es algo así como un vago recuerdo amable. Le hallo hasta perfume y un no sé qué de telepático. Se llama “Saudades”. Las tengo constantemente del suelo en que nací y de las gentes que en él viven, esperando…



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