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EL DIARIO

Lunes 13 de Diciembre de 1909

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, noviembre 12.

    

Continúo recibiendo papel impreso argentino. Todo, todo se desarrolla en esa tierra de privilegio: la riqueza material lo mismo que la riqueza intelectual, salta a la vista.

Se acerca, pues, el momento en que comience a ocuparme de tanto y tanto libro y folleto como los que les ha llegado su turno. Y, lo confieso, con sinceridad, me es grato, me lisonjea que mis paisanos así me digan: Mansilla, aunque su cuerpo esté lejos, su espíritu vive entre nosotros, pensemos o no de la misma idéntica manera.

Citaré, antes de proseguir, que las dos últimas obras que han llegado a mis manos (un millón de gracias, Tomás E. de Estrada) son: Psicología: nuevas orientaciones, por Frumento y Buteler, con un prólogo de Melo[1]; y Zoología, por Ángel Gallardo[2].

Acuso así recibo de lo principal, que la lista es larga, figurando en ella la excelente Revista del Centro de Estudiantes de Derecho, dirigida por el joven, naturalmente, José María Saenz Valiente*, no le conozco, personalmente, y solo sé por lo que veo que a una distinguida inteligencia reúne la cualidad esencial para ir lejos: es un trabajador.

Claro está que solo he “revisado” una parte del montón de la referencia, de manera que lo que voy diciendo allá va como una especie de avant gout, de lo que poco a poco iré sirviendo a ustedes, los estantes y habitantes de ambas orillas del Plata; de ambas sí, porque no es de ahora que quiero y admiro a la Oriental, suelo fecundo en hombres de acción y de letras y por añadidura de gente que sabe hacerse rica; tanto mejor por aquello de bueno es un pan con un pedazo.

Los dos libros sobre materias tan opuestas como psicología y zoología, que acabo de anotar, parecen impresos en talleres europeos de primer orden. Es un augurio esta exterioridad, como lo es para tantas otras cosas útiles, agradables o elegantes; y todo ello sumado, acumulado, escrutado en parte, me lleva a una observación conveniente antes de entrar al análisis, digamos, para salir del paso.

No es mía la observación sino en cuanto la aprovecho. Es de un escritor brasilero, autor de uno de los mejores libros didácticos que he tenido en mis manos, ¡y no son pocos! Se titula, como más adelante se verá, traduciendo al efecto la hermosa y sonora lengua portuguesa que tanto me gusta, pese a la memoria de mi sabio amigo Bermúdez de Castro, el cual decía: “El portugués es un español podrido”.

Cierto que era un original, como pocos, sabía el nombre de las cien puertas de Tebas, ya algo conté hace fecha al respecto; pero salía de su casa sin corbata y con algo desabotonado; tanta era su distracción que, siendo cónsul de España en el Paraná, tomó pasaje para el Rosario, por donde pasó distraído, yendo a dar a Montevideo.

Dice el título de esta verdadera Gramática General con sus puntas de curso de literatura, así:

Gramática teórica y práctica de la lengua francesa aprobada por el consejo directivo de instrucción pública y adoptado para el uso del instituto nacional de instrucción secundaria, escuela normal del distrito federal Monasterio de San Bento y otros establecimientos literarios, por José Francisco Halbout, profesor catedrático de francés de los internos del instituto nacional de instrucción secundaria, décima edición corregida y mejorada, tomo II, Práctica, París, librería de Garnier Hnos.*, 6rue des Saints Péres, 1897.

Mucho, muchísimo, me gustaría que alguien hiciera para mi tierra una gramática por el estilo de esta, que se completa con una larga lista de poesías selectas entre las que figuran preciosas producciones de una luminosa pléyade de ingenios exquisitos.

Himno al Señor, por D. J. Goncalves de Magalhaes; Partes de la Oración, por L. A. Burgain; Pareces de la Infancia, por D. J. Goncalves de Magalhaes; Las naranjeras (fábula), por Anastasio L. do Bomsuccesso Lyra; por Thomas Antonio Gonzaga, Marilia de Dirceu; ¡Mi madre!, por Casimiro J. M. de Abreu; La inmortalidad del alma, por el padre A. P. de Souza Caldas; Poesías sagradas, El río y el arroyuelo (fábula), por F. Villela Barbosa; Mis ocho años, por Casimiro de Abreu; La plegaria, por el barón de Paranapiacaba, Jocelyn; Miedos, por Anastasio L. do Bomsuccesso; La canción del Tamoyo, por A. Goncalves Díaz; Al gran orador fray Francisco de Monte Alverne, por D. J. Goncalves de Magalhaes; El gallo y el águila (fábula), por Anastacio L. do Bomsuccesso; El roble y la caña, por el barón de Paranapiacaba; Fábulas de la Fontaine; Despedida de un juez (soneto), por Thomas Antonio Gonzaga; El feliz pastor (soneto), por Claudio Manoel da Costa; El viento y el polvo (fábula), por Anastasio Luiz do Bomsuccesso; Melancolía, por José Basilio da Gama; El águila y el sol, por el barón de Paranapiacaba, Joselyn; La cruz mutilada, por A. Herculano; El arpa del creyente; Dios, por el barón de Paranapiacaba, Jocelyn; Las amazonas, por D. J. G. Magalhaes; Confederación de los Tamoyos; El monte de Paranapiacaba, por el barón de Paranapiacaba; El sol naciente, por Franklin Doria, Enlevos.

Vamos ahora a la observación a que más arriba me refiero.

Dice el autor: ¿Cuál es la naturaleza, la esencia y el carácter especial del espíritu francés?

¿Cuáles son las cualidades, los defectos y las costumbres que lo distinguen del espíritu portugués, español, italiano, inglés o alemán?

En respuesta a estas preguntas, algunos literatos han establecido una teoría especiosa (engañosa) diciendo: “El espíritu de una nación se manifiesta por los libros y talentos literarios; conviene por consiguiente estudiarlo en las principales épocas de producción y la literatura más perfecta es la que mejor representa el espíritu nacional”.

Así, pues, siendo el siglo XVII el punto de perfección literaria para la Francia ¿será en las obras del siglo de Luis XIV que deberemos buscar el verdadero carácter, las cualidades esenciales y distintivas del espíritu francés?

No lo podemos admitir.

No hay teoría más cómoda que esa que consiste en combinar la perfección de la lengua y de la literatura con el espíritu nacional, en una palabra, personificar un pueblo entero en sus escritores más puros y correctos.

Esta teoría no es sino un sofisma porque los progresos de una lengua o literatura cualquiera, son independientes del espíritu nacional.

Una lengua perfecta es la que fue pulida por el arte sin que elementos extraños la hayan alterado.

El arte literario depende tanto de la lengua que sus progresos y destinos se encuentran, por decirlo así, ligados a los del idioma.

Supongámoslo a Racine expresándose en la lengua de Ronsard o en la del siglo XIX y no tendremos a Racine.

¿Diremos entonces que el espíritu francés llegó al zenit de la perfección en el siglo XVII y que de ahí en adelante comenzó a declinar con la lengua clásica?

No sé, no calculo, no se me ocurre lo que pensaran ahí los capaces de pensar sobre la tesis brasileña, yo estoy con el autor de la Gramática, y estando con él ya se imaginan ustedes qué deficiencia pueden contener las producciones varias de que poco a poco voy a ocuparme; no como crítico sino como lector de buena voluntad más dispuesto a coincidir que a hacer constar su disconformidad.

Abro este capítulo, aunque mejor sería decir voy a cerrar este párrafo, con el libro del estimable escritor Alejandro Cancedo. Son dos volúmenes hermosamente impresos como cuadra, tratándose de una obra bien escrita, pero que adolece según mi criterio jurídico de un defecto capital[3].

Dice el autor textualmente en la página 241 del primer tomo:

“Como nuestra Constitución está “calcada” sobre la de los Estados Unidos, es conveniente hacer ver las causas que contribuyeron a depositar tanta autoridad en la presidencia de la Nación”.

De acuerdo respecto de lo último que el autor hace ver con elocuencia descriptiva en mucha parte. Pero, entendámonos, y aquí está el quid: si “calcar” es copiar y si hemos copiado, sostengo que no hemos copiado bien.

La verdad es que no hemos copiado en lo fundamental sino lo que se refiere al poder judicial, del cual hemos hecho un tercer poder del Estado, cosa que no se conocía en ningún régimen de gobierno hasta que no surgieron los Estados Unidos.

La constitución argentina no es unitaria ni es federal: es una amalgama, una transacción histórica. En algo requiere un “máximum” y algo un “mínimum”.

La gran reforma que necesitamos se refiere principalmente a la educación cívica que, si sobre ciertas nociones hay deficiencia, de vivos nos pasamos en la práctica de otras; en la electoral viciosa, por ejemplo.

Las circunstancias hicieron que el que esto va diciendo no concluyera un estudio que estuvo haciendo en El diario sobre reformas constitucionales.

Llegué hasta el artículo 35, y recuerdo lo que ahora repito: que la Nación tenía tres nombres, que bastaba con uno y que por consiguiente una reforma se imponía al respecto, lo mismo que no estaría demás suprimir algo, verbigracia, del artículo 18, que chorrea sangre. Más esto no es fundamental. El tiempo ha corrido, los hechos se han sucedido encadenándose, y he aquí mi convicción que no concuerda del todo con las opiniones del ilustrado publicista: buenas leyes reglamentarias bastan para poner remedio a ciertos males. Estas mismas serán sin embargo, deficientes si el espíritu gubernativo de los elegidos para hacer efectivas las promesas y garantías de la Constitución padece en esto de competencia y en aquello de probidad ante los preceptos de la ley.

Abrigo la esperanza de que en esto, como en tantos otros anhelos o ideales de progreso, no hemos de necesitar un siglo para ver realizado las aspiraciones del alma argentina.

Conviene aquí recordar lo que dice Joubert[4], hablando del autor del Espíritu de las leyes. Montesquieou* tiene ideas, carece de sentimientos políticos. Todas sus obras no son sino consideraciones. Es empero por los sentimientos políticos (de ahí los partidos lo hago notar yo) que los Estados tienen una alma y vida. Fuera de ahí los imperios solo tienen un movimiento cuyo resorte no está en ellos.


No es posible hacer caso omiso de los números. Es este el siglo de las cifras. Ergo, por si otro no lo ha mandado ya al Río de la Plata, he aquí una estadística fantástica al parecer real en verdad.

Deuda de Francia: la mayor del mundo, 32.942.747.995 francos; Rusia, 23.262 millones; Alemania, 20.468 id; Inglaterra, 19.226 id; Austria Hungría, 15.777 id; Italia, 13.090 id; Japón, 5.806 id; Estados Unidos del Norte, 4.650 id.

El estadígrafo observa: además de la enormidad de la deuda francesa, mayor que todas las proporcionalmente, que es la cabeza del francés la que carga mayor peso de contribuciones directas y indirectas y mientras por todas partes se amortiza en Francia al contrario la deuda aumenta.

¿Cómo andamos por la Argentina con sus deudas nacionales, provinciales y municipales?

¡Entiendo que no tan mal! ¡Mejor que mejor si así fuera!


El ejemplo más notable que conozco de afición admirativa es el de Boccacio por Dante, copió de su puño y letra toda la Divina Comedia y se la dedicó a Petrarca.

Da tristeza pensar que hay más de cuatro, que nadie pensará siquiera en recordar, yo entre ellos, y eso que hago todo lo posible para que ustedes me tengan en cuenta.


A propósito de Dante y sus apasionados, acaban de publicarse en Inglaterra, por el señor John Hornby, Tutte le Opere di Dante Alighieri Fiorentino[5] (es el título).

Representan tres años de labor y son un gran infolio de 400 páginas, impreso en dobles columnas negras y rojas, y cada página tiene 16 por 11 pulgadas. Lo completan bellísimas ilustraciones. Pero como no hay nada humano perfecto bajo las estrellas, resulta que el editor ha incurrido en algunas equivocaciones lamentables: “appone” por “oppone” página 138, “ricetone” por “ricevitone” página 222 y otras más.

Tales lapsus no deben sorprendernos mucho, Dante los conoció, son la herencia inevitable de lo que reza de este aforismo “ehi a l’abito dell’ arte a man che trema”, como yo que me estremezco a la sola idea de que el lector pueda exclamar en su interior: ¡qué hombre tan fastidioso este! Y qué hacerle al dolor. Soy versátil y persistente. No lo divulguen, es una confidencia.


  1. Frumento, Luis J., Martinez Buteler, Elias. Psicología. Con un prólogo de Carlos F. Melo. Buenos Aires: Estrada, 1909.
  2. Ambos libros fueron editados en 1909 por la editorial Estrada, de la cual el portador, Tomás E. de Estrada, seguramente era pariente.
  3. Creemos que se refiere a las “Reformas a la Constitución Nacional”, mencionado en la Página Breve del 11 de noviembre de 1909.
  4. Joseph Joubert (Montignac, Périgord, 1754-París, 1824) fue un moralista y ensayista francés recordado sobre todo por sus Pensamientos publicados póstumamente. (VIAF: 34458489).
  5. Chelsea: The Ashendene Press, 1909.


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