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EL DIARIO

Martes 20 de Julio de 1909

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, junio 25.

     

Poderoso caballero

Es Don Dinero.

Con la lista de las cosas que con él pueden hacerse se llenaría una cinta tan vasta como el anillo de Saturno; cosas buenas y malas, útiles y perjudiciales, naturalmente.

Hay una imposible, sin embargo, no morirse. Cuando mucho, viviendo bien y con cierto método y teniendo médico sapiente y experto, o no, para los casos de molestias pasajeras como ser malas digestiones y disgustos domésticos, léase matrimoniales, tan contrarios al funcionamiento normal del organismo; cuando mucho lo que se puede conseguir, y eso si hemos venido al mundo sólidamente constituidos por herencia y buena fabricación, es vivir un poco más que la generalidad.

Es el caso de M. Chauchard, el fundador de las tiendas del Louvre, que deja una bonita fortuna: nada menos que cuatro milloncitos de renta, anual.

Y una galería de cuadros en la que hay algunos como el Angelus de Millet[1] estimado en la friolera de 800.000 francos.

Sus funerales han costado un platal. Más que regios, en este sentido han sido.

Y como queriendo sobrevivirse, los decretó en su testamento. Es una satisfacción como cualquier otra. Lo que es yo, el día en que les diga a ustedes ¡hasta la vista en el otro mundo! lo confieso, seguro de que en alguna parte y de que alguien pariente o amigo, el gobierno quizá me ha de dar sepultura, la cosa no me preocupa mayormente.

Dicen, y no lo pongo en duda, que M. Chauchard era muy buen sujeto; con tantos millones difícilmente resuenan ecos contrarios alrededor de un sepulcro.

Dicen también que a uno de sus amigos le dejó quince millones. Me parece un acto como para ser imitado por tantos que cuando están agonizando, más que en los que amenizaron su existencia, dándoles, los mejores consejos, es en ellos mismos, en no espichar en lo que piensan.

El tal heredero es un personaje, el señor Leygues, ex ministro de instrucción pública, con lo que está dicho todo.

No faltan envidiosos.

Rochefort*, que era comensal del muerto y que no pierde oportunidad de decirle lindezas a este gobierno, escribe lo que resumo en las menos palabras posibles: con esos quince millones el señor Leygues puede hacerse nombrar presidente de la república, comprando a los electores “ad hoc”, siendo conocida, como lo es, la “venalidad” de nuestros legisladores. Es un lindo negocio porque una vez arriba, con el gran sueldo y otras prebendas, se rescata lo gastado y un poco más.

Ya he dicho en otra ocasión que este “orden de cosas” no me tiene encantado. Pero, francamente, no me parece sino descarriado patriotismo el que usando y abusando de la libertad de imprenta que a Rochefort se le concede así se le arroja barro a la cara, en globo, a todo ciudadano.

Y tanto pintarnos como “monos” a los sudamericanos, ¡y tanto acusarnos de negociantes!

Pues, nosotros no escribimos así. Es ya algo, por aquello de que cuando el río suena agua o piedras trae. ¿Luego no hay abusos? No, no es eso lo que quiero decir sino que no son en la escala en que Rochefort los admite y afirma para su propio país.


Como el argentino ya se está infiltrando por todas partes, aquí donde no los ve uno, les diré a ustedes que en Nueva York están preparando un hotelito “mignon” con toda clase de confort moderno y cuya altura solo será de 376 pies. Aquí solo se consienten 30 metros.


Una pequeña dosis de vanidad aparente puede no estar demás en ciertas circunstancias dándole así el vuelto al observador superficial que nos adula.

¡Qué paisano extraordinario!

Me ocupo de él siempre con gusto.

Es un evocador.

Se amaban con mi madre.

Ella admiraba en él una cualidad, la lealtad, y él en ella la consecuencia, y, a no dudarlo, la belleza y la gracia, pues como ustedes sabían la señora era un tipo imantado de seducción.

Lo repito, para hilvanar la frase, ¡qué paisano extraordinario! A pesar de la ausencia no se ha extranjerizado, vive con el espíritu en el terruño.

No ha tenido más aulas universitarias que sus propios estímulos, su fiebre incesante de aprender. Sabe griego, latín, inglés, francés, italiano, portugués, alemán, matemáticas, música, derecho, que sé yo, la mar, y teología.

Le conocí en el Paraná; allí figuraban muchos hombres selectos cuando la Confederación de las trece, que reclaman un libro, Carril entre ellos, del cual yo apenas he hecho un esbozo.

Como Carril, este hombre ha hecho una evolución psicológica singular.

Si me muero antes que él, que él escriba “in extenso” sobre mí, y si sucede lo contrario yo le dedicaré a él una página menos breve que esta.

―¿Pero quién es él?

A ello voy.

Se llama José Francisco López[2], y es de Salta, tierra clásica. Sí. No hay dos opiniones al respecto. Sin Güemes y sus gauchos valerosos, Dios solo sabe cuál habría sido la suerte de las armas que les pusieron coto a nuestros intrépidos opresores coloniales.

Tengo ahí otra producción suya cuya remisión amable agradezco.

Leo en ella, siendo el título Filosofía de la historia de las razas latina y sajona[3], entre algunas cosas exactas y otras inexactas, mencionando, por ejemplo a Pedro Goyena[4], a Aristóbulo del Valle[5], a Lucio V. López[6] tan distintos, leo esto: “al poner los pies en nuestro país después de diez años de ausencia en servicio de él, ha surgido a nuestra vista su cuerpo transformado en colosales dimensiones (lo que es verdad), sin comparación con los estados europeos” (lo que es algo exagerado).

De otro modo, en Buenos Aires ha creído ver a Atenas algo más que cantada, realizada, animada por el soplo del espíritu de Pericles (metáfora).

Y ha creído verla más bella que toda otra ciudad latina y más poblada (ilusión de óptica patriótica).

Señor, es pasmoso lo que algunos sabios descubren allí donde uno nada ve ni con telescopio ni con microscopio.

José F. López, suspirando por otro Alberdi que marque nuevos rumbos al genio argentino, y haciendo la síntesis de sus observaciones filosóficas, no ha visto lo que no columbró Alberdi tampoco a pesar de su talento; si no, algún récipe hallaríamos en sus libros sobre el particular.

Hay más bien que evocar a Sarmiento, cuando se entra en este terreno. Sin ser un Mathew Arnold[7] algo había en él del precursor clarividente.

Se explica, Alberdi se completó en Francia, en un medio volteriano, Sarmiento se modeló en la tierra fanática en buena parte de Horacio Mann[8].

Porque lo que no ha visto José Francisco López*, cuando se refiere al “desequilibrio crónico de Sud América latente y latiente” (la frase es suya), es que, en vez de aclarar los horizontes, todo conspira, desde la escuela primaria hasta la normal y más allá a oscurecer el ideal espiritualista, ese ideal que con diversas civilizaciones se difundió por el Nuevo Mundo y otras tierras ignotas, realizando maravillas de audacia, tanta era la fe en sus creencias que lo movía.

De ahí que nuestros niños, que ya no gozan de la luz moral de nuestros abuelos, piensen antes de tiempo en lo que no deben, y hasta en el suicidio.

“Quand méme”, caminamos a la conquista del vellocino de oro. No digo lo contrario. Pero eso es reducir toda la cuestión a esta otra “síntesis” sanchezca, que no era la del virtuoso Don Quijote: “barriga llena, corazón contento”.

¿Qué más?

No estoy de humor para otras reflexiones, ni caben en mi programa.

Lo de siempre, pues, para dar fin, como diría el gran Calderón de la Barca:

“Hay cuestión sobre saber.

Si lo que se ve y se goza.

Es mentira o es verdad”[9].


Si hay, y creo que la hay, una convención bilateral tácita entre el que escribe y el que está llamado a leer, convención que consiste en esto: yo escribo para que ustedes me lean y ustedes me leen para distraerse o dormirse, invoco, pues en nombre de dicha convención que ustedes me hagan el siguiente favor.

De rondón les diré así que lean, meditando, el último libro de monsieur Alfred Fouillée[10] sobre este importantísimo tema: El socialismo y la sociología reformista[11].

Aprenderán algo. Yo he aprendido mucho en él.

Dice Fouillée que no quiere hacer en su libro ni la historia del socialismo ni la crítica detallada de los principales sistemas que con él se relacionan.

Así es en efecto, al parecer, pero a pesar suyo y con solo desflorar la materia ha entrado ya en lo hondo.

Sí, lean esto.

No hay gobierno atinado posible en un país de libertad democrática si no se conoce bien en qué consiste el socialismo, del cual puede decirse que lo hay de dos clases.

Siendo sinónimo de confraternidad hay bueno y hay malo.

El primer ejemplo está en la Biblia con Abel y Caín.

Anudando lo del principio con lo que va a renglón seguido, diré que este libro contiene mucho excelente.

El filósofo, escribe, que se atreve a emprender el examen libre y sincero del socialismo tiene que luchar con muchas dificultades.

Si Vd. critica una idea de Luis Blanc[12] o de Proudhon[13], los socialistas gritan: “la historia ha caminado, ud. no toma en cuenta la historia”, si Proudhon es poco científico.

¡Pero Marx!..

Si pasa V. a Marx, vuelven a gritar. “El marxismo no es el socialismo”.

De idéntico modo, el sindicalismo revolucionario no es el socialismo la política socialista no es el socialismo, etc. etc.

¿Dónde está, pues, el socialismo?

¿Cómo hallarlo?

¿Cómo atraparlo?

Solo hay un medio: emplear el doble método de la inducción y de la deducción, remontar a los principios posibles y necesarios de todo socialismo, descender a las conclusiones igualmente posibles y necesarias, en segunda preguntarse uno si todo eso tiene consistencia científica.

Es lo que hace Fouillée sin disimularle al lector la dificultad de tal empresa y la insuficiencia inevitable de sus resultados.

La tarea, en extremo, es ardua. Pero en medio de lo imbricando del problema, siempre queda en evidencia que el socialismo que se dice “moral y jurídico”, con su ideal universal y abstracto, no es más que una gran utopía con mayores fuerzas destructoras que creadoras, en una palabra, el enemigo de todo lo existente, hasta de la idea de Patria y de Dios.


Una frase lapidaria, frase que dará la vuelta del mundo haciendo meditar, es la que acaba de recordar mi amigo Maurice Barrès* al discutirse el asunto “la moral en los liceos”. A no dudarlo, la depresión moral engendra el pesimismo y Barrès ha dicho sabiamente citando a Durckeim*: “La religión tiene incontestablemente sobre el suicidio una influencia profiláctica”.


Continúa y continuará en Inglaterra la campaña de la prensa, de la opinión, sin notas discordantes, pidiendo que mientras se tenga un chelín que gastar en armarse, no se le gaste en otras necesidades.

Aumentar la flota, reorganizar y fortalecer el ejército de tierra es, sin disputa, la gran preocupación imperial.

Las colonias “et pour cause”, hacen coro.

Nuestra flota, dicen, debe ser tan poderosa que nadie, solo o acompañado, pueda disputarnos con ventaja el dominio de los mares. Debemos estar constantemente en aptitud de surcarlos como los alemanes recorren el camino de Colonia a Berlín.

Francia aplaude, naturalmente, este lenguaje, que en su entusiasmo emplea figuras de retórica como esta, “la frontera del imperio británico está en la frontera de la Meuse”.

Le Temps* escribe por este tenor: “La Gran Bretaña necesita un ejército territorial y de invasión, siempre listo, que no les deje dudas a sus aliados ni a sus adversarios eventuales. No se les nombra, todo el mundo sabe quiénes pueden ser”.

Y la Fortnightly Review* responde, en largo y meditado artículo, que “la Gran Bretaña conoce su deber respecto de la Francia”.

No se puede exigir mayor franqueza que la del capitán Battime, autor de ese artículo.

Por otro lado, los italianos de ahora no piensan como en tiempo de Cristo. Al contrario. Celebrando los otros días las glorias de Magenta[14] y Solferino[15], no han ocultado, en lo mínimo, el odio cordial, ¿hay otra palabra?, que a los austríacos les tienen, y son sus aliados.

La triple alianza puede existir todavía sobre el papel, pero el pueblo italiano acaba de significar que no le concede valor alguno.

Francia e Italia vuelven a ser las naciones hermanas.

En toda la península, Francia acaba de ser aclamada. Cuadra aquí el dicho popular ¡Qué amigos tiene Benito!, y por esto y por lo ya dicho, vayan ustedes calculando la que se estará armando para 1912.

Hay dos Cartagos, frente a frente, alemán el uno, inglés el otro.


Mientras a ustedes les da conferencias sobre Rabelais, aquí lanza un nuevo libro este protoplasmo de escritor que subyuga.

No nos conocemos ni de vista. Hay entre él y yo no pocas diferencias. Para solo enumerar una, esta: yo soy uno de los admiradores de su talento fecundo, desde hace años, según consta particularmente en La Tribuna[16], donde varias veces de él me ocupé. ¿Y él? Él ignora que yo soy alguien en mi tierra. A más tampoco aspiro.

Esto de ignorarse no es tan raro como parece, sobre todo si se trata de lo escrito en vez de los autores.

Herbert Spencer*, por ejemplo, solo había oído el nombre de Victor Hugo, ¿y este? No se dice si conocía a Herbert Spencer; pero me inclino a creer que no se despestañó mucho leyendo sus vastos estudios sociales.

Anatole France* debía haber dicho ya, aunque ustedes apenas leído lo del principio, han caído en cuenta de que el nuevo libro ese tiene que ser suyo.

No tardarán en agotarse las ediciones de Les Sept Femmes de la Barbe Bleu[17], siendo como es su autor, un “chenmeur”.

¿Y quién no conoce la magia de su estilo? Mezcla correcta de Balzac, de Theofile Gautier* y del mismo autor de Salambó[18].

Anatole France* es, quizá, el prestigio literario más estimado en Europa actualmente.

Recomendar su lectura sería algo más desagradable que incurrir en una banalidad.

Detengo aquí, o voy a detener ya, el correr de la pluma, diciendo a ustedes: este nombre se ha transformado de tal suerte en sus creencias, que comparado al que fue, resulta otro; ya no afirma que no hay genio sin locuras, y de ese extremo ha pasado al que sostiene que decir tolerancia y caridad es lo mismo que decir justicia, el más bello ideal humano por realizar.


El doctor Ramón J. Cárcano* no nos sorprende cuando su bien cortada pluma nos dice: aquí tienen ustedes algo asaz meditado que leer.

Ha nacido pensador y escritor, y, refugiado desde hace algunos años en la vida rural, con provecho para él y estímulo para los demás, pleiteando con la naturaleza en vez de pleitear con los hombres, allí en el reposo y en el silencio de los campos su espíritu se vigoriza y, de vez en cuando, nos ofrece, como ahora, páginas luminosas cual las que se ha servido remitirme.

Son un alcance al libro que tiene en preparación.

Cuando vea la luz pública, seremos más extensos. Hoy por hoy, en La Nación que acabo de leer, hace la luz sobre un punto histórico interesantísimo bajo el epígrafe “La diplomacia de la triple alianza”.

Es decir, destruye una preocupación nacional; la que le atribuía al eminente patricio Bartolomé Mitre[19] la célebre frase: “la victoria no da derechos”, frase de Mariano Varela[20], ministro de relaciones exteriores de Sarmiento, que fue la base de un triunfo diplomático brasilero.

Alguna vez lamentamos en uno de nuestros escritos de poco momento, de paso.

Es una emergencia, creo, sin precedentes que en ciertas guerras las naciones aliadas tiendan, después de la victoria, a dividirse en el momento de repartirse los despojos, y que esa tendencia se traduzca en rivalidad, a veces duradera.

Con nuestro aliado el Brasil eso aconteció, postrado el Paraguay. Llevaron la mejor parte.

Pero, ¿cabe acusación si nuestros estadistas no vieron más allá de sus narices, si se equivocaron al hacer política “sentimental”, creyendo que esa política sería más fructífera que la otra, la práctica, del Brasil?, ¿cabe acusación?, repito.

Y contesto redondamente, ¡no! Y esto dicho, agrego: la política del porvenir de los argentinos debe ser de confraternidad con los brasileros junto con los cuales derramamos sangre generosa durante años épicos.


  1. Jean-François Millet (Gruchy, Gréville-Hague; 1814-Barbizon, 1875) fue un pintor francés realista, discípulo del pintor local de Cherburgo y de Delaroche. Influido por Daumier, trabajó un estilo pastoral con toques socialistas que siguió desarrollando en el pueblo de Barbizon, en el bosque de Fontainebleau, donde se instaló en 1849 con Theodore Rousseau, Narcisse Díaz y otros. (VIAF: 59179782/).
  2. No hemos hallado datos biográficos sobre este nombre, pero creemos que se trata del autor de numerosas obras sobre política, historia y economía, nacido en 1832. Entre sus obras, cabe mencionar: Filología de la Historia y de las razas latina y sajona (Buenos Aires: Jacobo Peuser, 1900), Moral política y simbolismo social (París: Garnier, 1902), La soberanía de la República Argentina sobre las aguas del río de La Plata (Buenos Aires: Jacobo Peuser, 1909).
  3. Editado por Jacobo Peuser, en 1900 y 1901. Hay dos ejemplares en la BNMM.
  4. Pedro Goyena (Buenos Aires, 1843–Buenos Aires, 1892) fue un jurisconsulto, escritor y político argentino. Se lo reucerda por su firme oposición al laicismo que caracterizó a la llamada Generación del 80 que gobernó el país entre la segunda mitad del siglo xix y las primeras décadas del siglo xx. Fue, junto a José Manuel Estrada y Emilio Lamarca, uno de los principales representantes del pensamiento católico de ese período en su país. (VIAF: 3786179).
  5. Aristóbulo del Valle (Dolores, 1845-Buenos Aires, 1896) fue un abogado, coleccionista de arte y político argentino, fundador junto con Leandro N. Alem de la Unión Cívica Radical. (VIAF: 33564561).
  6. Lucio Vicente López (Montevideo, 1841​-Buenos Aires, 1894)​ fue un escritor, periodista, abogado y político argentino, hijo de Vicente Fidel López y nieto de Vicente López y Planes. (VIAF: 6441813).
  7. Matthew Arnold (Laleham, 1822–Liverpool, 1888) fue un poeta, crítico y teólogo inglés que también trabajó como inspector escolar. (VIAF: 73868557).
  8. Horace Mann (1796-1859) fue un escritor, político, filósofo, educador, reformador y promotor del arte estadounidense. Fue legislador del Estado de Massachusetts (1827-37), en el Massachusetts State Board of Education y en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos. (VIAF: 30332900).
  9. Estos versos se hallan en la Jornada III, Tercera parte, de la obra de Calderón de la Barca, La vida es sueño. El fragmento completo dice así: “Si soñé aquella grandeza / en que me vi, ¿cómo agora / esta mujer me refiere / unas señas tan notorias? / Luego fue verdad, no sueño; / y si fue verdad (que es otra / confusión y no menor), / ¿cómo mi vida le nombra / sueño? Pues, ¿tan parecidas / a los sueños son las glorias, / que las verdaderas son / tenidas por mentirosas, / y las fingidas por ciertas? / ¡Tan poco hay de unas a otras / que hay cuestión sobre saber / si lo que se ve y se goza / es mentira o es verdad! / ¿Tan semejante es la copia / al original, que hay duda / en saber si es ella propia? Pues si es así, y ha de verse / desvanecida entre sombras / la grandeza y el poder, / la majestad, y la pompa, / sepamos aprovechar / este rato que nos toca, / pues sólo se goza en ella”.
  10. Alfred Jules Émile Fouillée (La Pouëze, 1838-Lyon, 1912) fue un filósofo francés del Positivismo espiritualista. Escribió La philosophie de Platon y La philosophie de Socrates, que obtuvieron premios de la Academia de Ciencias. También fueron muy divulgados sus ensayos La liberté et le déterminisme (1872); Critique des systèmes de morale contemporaine (1883), El porvenir de la metafísica fundada en la experiencia (1889), Le mouvement idéaliste et la réaction contre la science positive (1895), La morale des idées-forces (1908) y Esquisse d’une interprétation du monde (1912). (VIAF: 32011638).
  11. Le Socialisme et la sociologie réformiste. Félix Alcan Editeur, Paris, 1909. Disponible en Gallica, de la Biblioteca Nacional de Francia: https://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k49477#.
  12. Louis Jean Joseph Charles Blanc (1811, Madrid-1882, Cannes) fue un político e historiador socialista francés y masón. Se le considera uno de los precursores de la socialdemocracia. Entre sus obras, cabe mencionar: Organisation du travail (1839), Bureau de la Société de l’Industrie Fraternelle (1847), Histoire de la révolution française, (1878), Questions d’aujourd’hui et de demain (1873–1884). (VIAF: 68925694).
  13. Pierre-Joseph Proudhon (Besanzón, 1809-Passy, 1865), fue un filósofo político y revolucionario francés que, junto con Bakunin, Kropotkin y Malatesta, es considerado uno de los padres del movimiento anarquista histórico y de su primera tendencia económica, el mutualismo. (VIAF: 17228286).
  14. La batalla de Magenta tuvo lugar el 4 de junio de 1859, durante la segunda guerra de independencia italiana, acabando en una victoria sardo-francesa bajo el mando de Napoleón III y en la derrota de los austriacos, bajo el mando de Ferencz Gyulai. Ocurrió cerca de la ciudad italiana de Magenta.
  15. La batalla de Solferino (24 de junio de 1859) es el episodio decisivo de la lucha por la unidad italiana. Los franceses -aliados de los sardos, al mando del emperador Napoleón III, se enfrentaron a las tropas austríacas.
  16. La Tribuna fue un diario fundado por tres de los hijos del publicista Florencio Varela: Héctor, Mariano y Rufino. Se editó desde el 7 de agosto de 1853 hasta el 27 de septiembre de 1880. Sus redactores principales fueron Juan Ramón Muñoz, Héctor y Mariano Varela. (Extractado de Sujatovich, Luis. “La prensa periódica y el nuevo presidente: Los editoriales de La Nación Argentina, La Tribuna y El Nacional a fines de 1868”. Revista Internacional de Historia de la Comunicación 10 (2018): 222-242.
  17. France, Anatole. Les Sept Femmes de la Barbe-Bleue et autres contes merveilleux. París: Calmann-Lévy, 1909.
  18. Salambó es una novela histórica escrita por Gustave Flaubert.Fue publicada por primera vez en 1862.​ La acción de la obra tiene lugar en el siglo iii a. C. en el territorio de Cartago, durante la Guerra de los Mercenarios, ocurrida poco después de la derrota cartaginesa frente a los romanos en la primera guerra púnica. (VIAF: 176014945).
  19. Bartolomé Mitre (Buenos Aires, 1821-Buenos Aires, 1906) fue un político, militar, historiador, escritor, periodista y estadista argentino. Fue presidente de Argentina (entre 1862 y 1868) y gobernador de Buenos Aires (entre 1860 y 1862). Uno de los líderes del Partido Unitario, venció en la batalla de Pavón, fundó y lideró el Partido Nacionalista de la Unión Cívica -con la que organizó la Revolución del Parque- y de la Unión Cívica Nacional. En 1870 fundó el diario La Nación. Sus libros de historia conformaron la llamada “historia mitrista”, considerada como “la historia oficial” de la visión liberal-conservadora (Extractado de García Garro, Gonzalo «La historia oficial, liberal o ‘mitrista’». Noticias Entre Ríos, octubre de 2017). Su casa museo y su biblioteca son de acceso libre y gratuito: https://museomitre.cultura.gob.ar/.
  20. Mariano Adrián Varela Cané (Montevideo, 1834-Buenos Aires, 1902) fue un abogado, jurisconsulto, periodista y político, uno de los hijos de Florencio Varela. Ejerció como ministro de Relaciones Exteriores durante los dos primeros años de la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento.


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