Martes 28 de Diciembre de 1909
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, diciembre 3.
Continúo con el señor James J. Hill* procurando reducir a un mínimum sus observaciones a fin de que así fijen su atención de ustedes a guisa de máximas o preceptos útiles.
Una agricultura próspera es a una nación lo que una buena digestión es al estómago.
La cabaña (the farm), el rancho, es la base de toda industria.
El suelo es el único recurso que se renueva a sí mismo continuamente después de haber producido valor.
No quiere apocar la importancia de la manufactura o su crecimiento relativo en el desarrollo general.
Pero durante muchos años este país (se refiere, naturalmente, a los Estados Unidos), ha incurrido en el gran error de proteger indebidamente la manufactura, el comercio y otras actividades que se centralizan en las ciudades, todo ello a expensas del agricultor.
Es más o menos lo que ha pasado en la Argentina.
La agricultura, entre nosotros, ha progresado, en efecto, por si sola, por la acción individual. Su gran desarrollo no es obra de los gobiernos.
Ponderativamente hablando para no cargarles tanto la romana a los administradores nacionales y provinciales, ponderativamente hablando, en vez de gobernar han desgobernado.
El resultado de ello, agrega el señor Hill, es que tantas negligencias han hecho declinar el rendimiento de la agricultura.
Mientras tanto, yo pregunto ¿en qué se fundan las otras actividades?, ¿acaso no se fundan en la agricultura?
Por consiguiente, la conclusión es esta: todo comerciante, todo hombre de negocios y todo buen ciudadano está profundamente interesado en el crecimiento y desarrollo de nuestros recursos en sentido “agricultural”. “Agricultural” es inglés; pero como no hiere malamente mi oreja hispanoamericana, ahí va.
Seguiremos con el señor Hill y sus aforismos en mi próxima conversación.
La Francia se despuebla, he ahí una frase en la que ya casi no se repara a fuerza de oírla repetir.
Las cifras son, sin embargo, espantosas.
¿Quieren ustedes leer?
Hablan en globo con elocuencia y el eminente doctor Variot es quien lanza el grito de alarma.
Sabemos por él que, si sigue como va en el país de Borgoña la raza francesa, dentro de cien años solo habrá rastro de ella allí.
Investigando las causas del flagelo, ¡qué otro nombre darle! el doctor Variot declara lo que ustedes leerán con algún provecho, me parece.
No estamos en el caso de discurrir, al contrario, con el proverbio “cuando veas afeitar al vecino, etc., etc.”.
Pero, como el tiempo vuela y todo cambia, no hay enseñanza perdida si de algo sirve la experiencia.
Dice, entre otras cosas, el doctor Variot esto que no puede ser más significativo.
Es positivamente a un cambio en las costumbres debido al estado político y religioso de nuestro país a lo que debe atribuirse el movimiento de despoblación que nos arrastra, movimiento monstruoso como lo ha dicho el señor Bertillon relativamente a las otras naciones que poco más o menos se despueblan.
Los hombres políticos, continúa el doctor Variot, que cambian nuestras costumbres, están matando a la Francia.
No diré tanto yo, aunque de buenas intenciones está empedrado el infierno.
Pero quiero insistir, e insistiré con otros hasta el fin, en nombre de mi experiencia de la vida y un cierto capital de observación sobre esto: la instrucción no basta para luchar contra la corrupción social; solo la educación puede influir en la dirección moral.
Los mismos degenerados suelen ser a la vez muy inteligentes y profundamente pervertidos.
La escuela laica, sin religión alguna, en vez de desviarlos, los descarría más.
Cuando no se teme a la justicia humana no puede perjudicar mayormente que algo se le tema al infierno.
Que la hora presente es de inquietud universal, ¡quién puede ponerlo en duda! La anarquía matadora tiende a entronizarse por doquier. Así, el problemas más grave relacionado con la existencia social puede ser –¡qué digo!, es– el que el abate A. Chauvin trata en su reciente estudio “Iniciación de la juventud a la libertad”.
Es un librito del que no puede decirse lo que cierto Papa dijo de otro: “pequeño por su volumen, grande por su perversidad”, sino al contrario.
Dice perfectamente el abate Chauvin, léanlo ustedes, yo no puedo hacer sino lo que hago, extractar; dice: si perfectamente, por muy bien constituido que esté un niño, no camina solo cuando viene al mundo; un joven, por muy bien dotado que esté, no piensa solo, una vez que llega a la edad de la razón.
Lo mismo que se enseña al niño a caminar ayudándolo primero y teniéndolo derecho después, así hay que enseñarles a pensar a los jóvenes, vigilando sus primeros pasos, las primeras direcciones a que se inclina su espíritu, sin soltarles demasiado la rienda (lo que en nuestra América no se cuida mucho), sin tirárselas demasiado tampoco y sin descuidar, sin fomentar con mayor razón sus ímpetus impulsivos.
Muy bien dicho todo esto ¿no es verdad?
Porque ¿quién no ve que los jóvenes tienen en todas partes, mucho más quizá en el nuevo mundo que en el viejo, una tendencia natural a echarse en los extremos, tendencia a la que la mayor parte de los hombres no le van en zaga?
Por eso, envejeciendo conservamos un fondo de puerilidad sin nunca alcanzar el máximum de experiencia de la vida, aunque en otro orden de ideas científicas lleguemos a ser sabios.
El principio de autoridad sin razonamiento y sin discusión tiene sus partidarios fanáticos, el principio de libertad sin freno y sin límite tiene los suyos; pero vivimos en tiempos sísmicos tempestuosos y hay que tratar de conciliar los extremos, la libertad con la autoridad.
De manera que si la escuela destierra la religión y la moral, hay que apelar a los padres de familia.
En la casa, en efecto, están los primeros gérmenes del bien y del mal; allí crece sin que muchas veces sea posible observar el fenómeno, lo tapan los oropeles en esta casa y en la del lado la miseria. Y el responsable se llama gobierno que, afanado en unas cosas, no prevé otras; lo mismo que ciertos padres de familia pudientes no reparan en los manuales escolares en que se “ilustran” sus hijos, ni la novelitas en francés con que se deleitan las amables niñas de su salón elegante.
¡Estas mujeres, señor! Y no digo, y lo peor es que no podemos vivir sin ellas sino que sin ellas las calles serían monótonas hasta quedarse uno dormido de pie al atravesar de una vereda a otra sin oír siquiera el cornetín de una bicicleta.
Cada vez nos invaden más, no se me ocurre otra palabra, ved sino: el otro día hubo elecciones en Dinamarca y resultó ganando una señorita, que diz habla como canta un mirlo, muy lindamente, y que se precia de ser socialista mansa.
Es el momento este de la afición apasionada a todos los estudios o sistemas acabados en “ista”, que cada cual entiende, complica o embrolla a su manera.
Pero sea de esto lo que fuera, el hecho es que con la tal invasión mujeril en lo que antes considerábamos nuestros dominios intangibles, el hecho es que ya tenemos por acá el “proletariado intelectual femenino”.
Día a día se hace más numerosa, observa el señor Paul Acker[1], la concurrencia del otro sexo y más áspera.
¡Pues no han apedreado el otro día los vidrios del gran palacio municipal de Londres sin pensar siquiera que el simpático monarca cumplía 68!
Hace unos diez años que monsieur Henry Berenger, que si no me engaño era entonces neocatólico, publicó un artículo de revista muy notable sobre el proletariado intelectual masculino.
Ni por incidencia se trataba del proletariado intelectual de la mujer.
Bueno, ya lo tenemos.
Y vayan poniendo ahí, en nuestra argentina tierra, la barba en remojo que estas como epidemias caminan lo mismo que las modas de París.
Y no hay que echarle la culpa de estas evoluciones o sorpresas sociales a ellas sino a nosotros, que tanto difundimos la instrucción de las hijas del pueblo; tanto que al paso que la cosa va más fácil será antes de poco hallar una mujer que sepa latín o cualquier lindeza por el estilo que hacer un pucherete, o limpiar una cacerola.
No conozco la estadística argentina sobre esto. La francesa dice que en 1854 se presentaron 99 señoritas para ser examinadas, aspirando al “bachillerato” y en 1908 nada menos que 6886, de las cuales 3599 fueron diplomadas, fue esto en París.
En toda Francia los candidatos fueron 31.631 y los admitidos 15.412.
Es de advertir que en estas empresas más pronto se acobarda el hombre que la mujer.
No me detendré a examinar con mayor prolijidad el problema y sus consecuencias. Pienso como antes: si el hombre quiere “llegar”, será inútil que camine si de un modo directo o indirecto no cuenta con el apoyo, misterioso a veces, de la mujer.
No es discutible que sería abominable condenar a un inocente. Es lo que se dice desde los tiempos de Moisés. Pero absolver a un culpable es también muy grave.
La condenación de un inocente tiene consecuencias exclusivamente personales.
La absolución de un gran culpable tiene consecuencias sociales.
Convenido, el temor de los errores judiciales es el comienzo de la prudencia para los jueces; pero puede haber error en los dos casos y, viendo lo que acaba de pasar con el proceso Steinheil[2], me pregunto si la justicia se preocupa bastante de la impunidad que cada vez más se les asegura a los criminales. Lo que es aquí en Francia, que es donde más ocasión tengo de observar el movimiento social, no vacilo en afirmar que la audacia de los malandrines aumenta todos los días y que una de las causas principales de ello hay que atribuirla a la extraordinaria “sensiblería” del público, y perdone la gramática no queriendo, como no quiero, decir sensibilidad.
Dice la constitución, artículo 24, que el congreso “promoverá… el establecimiento del juicio por jurados”.
La constitución dice muchas cosas. Unas se hacen; otras no, ya se harán.
Respecto del juicio por jurados, que sigue esperando que le promuevan ¿es un bien o es un mal esa espera?
¿Será un ideal realizado que la justicia humana nada dejara que desear, en tierra argentina, el día en que, en vez de lo que ahora tenemos, tengamos lo que el congreso ha hallado prudente no promover?
Abrigo mis dudas, lo confieso, reconociendo además que he andado quizá algo impaciente cuando alguna vez, quejándome –el argentino vive quejándose, es uno de sus rasgos político-sociales– he exclamado: Pero, ¡¿cuándo nos dan el jurado?!
Impresionado por lo que acabo de presenciar, me digo: si lo hemos de tener como en Francia, mejor será que no lo tengamos; seguir así, como en lo demás, arreglando las cosas con una fría y otra caliente.
El jurado aquí es un sistema inquisitorial, capcioso, con lo que está dicho todo.
Entre los ingleses es otra cosa. No se le tienden redes traicioneras al acusado.
El juez comienza por decir:
―Pleitea Vd., culpable o no culpable, “guilty or not guilty”.
Después de esto, en vez de ponerlo, digamos entre la espada y la pared, le dice: “Tenga Vd. cuidado de medir sus palabras, trate de no pronunciar ninguna que sea susceptible de comprometerlo”.
Es decir, que la justicia inglesa hace al revés completamente de la justicia francesa, con esta otra circunstancia: que para ella no hay clases.
Ningún acusado es míster, o lady, o monsieur, o madame, como aquí. Lo hemos visto en el affaire Steinheil*, en el que la viuda acusada, tanto en la cárcel como en el pretorio, era objeto de toda clase de atenciones. No le apeaban el “señora”.
En resumidas cuentas, he aquí la diferencia entre el jurado francés y el jurado inglés: en este cuanto más elevado es el personaje que comparece ante sus estrados, tanto más severa se muestra la justicia con él en las formas.
El criterio jurídico es este: la mejor educación obliga doblemente a cumplir y respetar las leyes del orden social.
Con que así hagamos votos para que, cuando el artículo 34 entre en nuestras costumbres, que no sea a la francesa; de ese modo, quizá no pasará lo que aquí, donde no hay más que leer sus diarios, ecos del pueblo. En teniendo cuñas buenas nadie es ahorcado en este país de Francia, aunque mate a toda su familia. Es lo que poco más o menos dicen.
Aunque la prensa del Río de la Plata los informe a ustedes diariamente del movimiento social y político de este viejo mundo, no acabaré esta, nuestra última charla de fin de año, sin consignar en ella dos cosas.
Empiezo por una sumamente agradable para el amor propio argentino legítimo. Está en un artículo del Times* de Londres, el primer diario del mundo, de fecha 29. Búsquenlo y léanlo con atención, meditando. Si yo fuera dueño de diario, ahí lo traduciría desde la cruz a la fecha y lo divulgaría.
Dicen así bajo el rubro de “The Trans-Andine Tunnel”, túnel que en marzo próximo permitirá hacer en horas lo que se hacía cuando no nevaba en quince días:
“Argentina is the richest and most progressive of South American States”. O, en nuestra lengua: “La Argentina es el más rico y el más progresista de los estados sudamericanos”.
Y así sigue, augurándonos prosperidad y gloria, ¡que sea profeta!, y haciendo algunas prudentes y atinadas reflexiones.
La segunda cosa hela aquí:
¿Qué es el presupuesto de Mr. Lloyd George[3], origen de la gran crisis política que agota la Inglaterra?
Contesto, a saber (no hay que equivocarse): es una revolución financiera y social, reposa toda entera en el principio que los impuestos y las contribuciones deben ser tanto más elevadas cuanto más ricos son los llamados a pagarlos, y es así cómo, mediante una progresión que no es ni siquiera proporcional sino arbitraria, se hace caer todo el peso del aumento del presupuesto sobre las más grandes fortunas.
Hay en este singular proyecto de presupuesto (la Cámara de los Lores acaba de rechazarlo) cláusulas curiosas.
En Inglaterra, como en todas partes, los terrenos situados en las ciudades han aumentado considerablemente de valor; algunos han centuplicado. Pues Mr. Lloyd George propone un impuesto de “veinte” por ciento sobre el aumento que se haga constar a una venta.
No somos socialistas, exclama Mr. Lloyd George, protestando contra las cifras más demostrativas, y ¡qué coincidencia! El primer diario socialista de Europa, el Vorwartz[4] de Berlín, le grita: ¡bravo!, ¡adelante!
El tal Worwartz es muy influyente en Alemania, lo escriben plumas muy bien cortadas y, entre paréntesis, tiene ahí en Buenos Aires un corresponsal que no pierde ocasión de ponernos de oro y azul.
¿Quién será él?
- Paul-Théodore Acker (Saverne, 1874- Thann, 1915), es un escritor alsaciano de habla francesa, autor de novelas populares. Entre sus numerosas obras, en 1908 publicó Trabajo social para mujeres. (VIAF: 71420451). ↵
- Marguerite Jeanne “Meg” Japy Steinheil (1869–1954) fue una mujer conocida por su enlace amoroso con Félix Faure, presidente de Francia entre 1895 y 1899. Su “caso” consistió en que se la acusó falsamente por la muerte de su esposo y su madre, asesinados por estrangulación. (Extractado de Enciclopedia Americana.↵
- David Lloyd George (Manchester, 1863-Gales, 1945) fue un político británico, primer ministro entre 1916 y 1922, durante la última etapa de la Primera Guerra Mundial y los primeros años de la posguerra. (VIAF: 59148536).↵
- Vorwärts fue un periódico publicado por el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD). Fundado en 1876, en su larga historia ha sido siempre el órgano central del SPD. ↵






