Viernes 26 de Febrero de 1909
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, enero 29.
Los socialistas han tenido, no lo negaremos, hombres que han hecho caminar algunos aforismos notables encarnándolos en entidades de gran peso y volumen.
Por ejemplo, Marx escribía más o menos que, si se reflexionaba bien sobre las condiciones materiales de la vida de un pueblo, no era difícil descubrir que esas condiciones determinaban casi automáticamente su destino, produciendo por sí mismas sus consecuencias históricas.
Esta tesis estaba en la doctrina “cobdenista” del librecambio; y durante medio siglo ella ha sido una especie de determinismo histórico y económico.
Es decir que se dejaba operar por sí mismas las causas manifiestas de la superioridad económica de Inglaterra.
Y como durante cincuenta años han tenido por efecto el asegurarle la preponderancia mundial –lo de siempre— se pensó que así sería eternamente.
Pero es que la potente máquina no camina sola, aunque sí parezca. Es que los hechos económicos por sí solos y sin la voluntad humana no gobiernan la historia.
Y siendo así la Inglaterra no quiere, o una gran parte de ella al menos, continuar amarrada al carro de la escuela de Manchester.
La doctrina “laissez faire, laissez paser” está haciendo su época, y hasta un nacional acreditado, Kipling, ha pronunciado la palabra de la situación: “las cosas no vienen de las cosas sino de los hombres”.
Es así en nombre de una especie de alzamiento de la libertad humana contra el materialismo histórico y el “anarquismo” económico que hablan los proteccionistas ingleses.
El gobierno “por el bienestar” y no “el gobierno por el poder” es su plataforma, más: su credo.
Si en Alemania, después de sus victorias del 70 hubieran dicho “dejad hacer, dejad pasar”, las cosas marcharían por sí mismas, no veríamos, no, seguramente no, lo que estamos viendo: una prosperidad inaudita que inquieta, para decirlo todo con una palabra, a la reina de los mares.
No hay qué hacer, los pueblos que se quejan de que las cosas no van bien, a nadie tienen que echarle la culpa, porque como ha cantado Tennyson: “For man is man and master of his fate”. Sí, el hombre es el hombre y el señor de su destino.
El inglés es previsor; se aferra pero hasta por ahí, de manera que no tardarán en transigir los manchesterianos, a los que entre otros argumentos como el de Alemania se les dice: ved si los Estados Unidos han seguido vuestras doctrinas.
El otro día ha llegado a la costa de Ostende una botella sellada y lacrada.
Meses y meses ha tardado en recorrer su camino largo, movida por las corrientes del océano.
Fue arrojada a la altura del Cabo de Hornos por un barco que naufragaba, del cual no se ha sabido más.
Así son las ideas, como la botella esa, tardan en llegar, pero al fin llegan y se sale de dudas, o mejor dicho, se imponen indiscutiblemente, como el hecho del barco perdido que nadie duda ahora de que se fue al fondo del misterioso abismo del mar.
Estas plumadas van dirigidas a los que se ocupan del arte. Ya abundan ahí. Conozco algunos muy competentes. Y aquí en Europa, viajando, unos cuantos.
El perjuicio principal que la fotografía le ha hecho a la pintura es este: que las gentes han llegado a considerar las fotografías como si fueran pinturas, de donde resulta una disposición a aceptar pinturas que son tan poco pintorescas como fotografías.
La gran dificultad en el arte de pintar retratos, dicen los que en esta discusión están, consiste en hacer al mismo tiempo un buen retrato y un cuadro lindo. Solo los grandes maestros del arte han vencido completamente esta dificultad.
En el siglo XVIII los que se hacían retratar, particularmente el bello sexo, que suele no serlo y que le exige milagros al pincel, prefería algunas veces un lindo cuadro a su retrato fiel, hoy día es frecuente entrar a un salón y descubrir ante todo un retrato (de la dueña de casa), que representa una idea general de belleza elegante a la moda más bien que una individualidad femenina.
De suerte que en esto también interviene la vanidad; a tal punto que hay originales, quienes acaban por verse parecidos a un retrato que no se les parece estando solamente pintado con maestría, y detallado con prolijidad en todo lo que es inerte.
Esto se llama dar. Me refiero a un inglés anónimo que acaba de favorecer al hospital de Londres con 20.000 libras esterlinas. ¿Quién será? Es la pregunta. Dicha suma está especialmente destinada a favorecer jóvenes capaces, pero que no tienen medios suficientes para pagar sus estudios, caso frecuente en todas partes, y cuyos jóvenes deben ser médicos del mencionado hospital.
¿Me creerán ustedes?
Me parece que sí, y lo afirmo porque siendo ustedes muchos y yo uno solo es natural que ustedes me conozcan más a mí que yo a ustedes.
Por consiguiente, ustedes tienen que saber, y lo saben, que si el mecanismo de la impostura no me es asunto desconocido, nunca jamás los engañé públicamente, ni en otros sitios o estrados.
Pues es el caso que hace un tiempito, como se dice implicando un largo lapso de lo que pasa y no vuelve, que me siento tentado de traducir, para ustedes, anotándolo con observaciones personales, un libro sobre el “Arte de hablar en público”. Varias veces me he dicho: “¡Si no lo necesitan! ¡Si son ladinos desde la cuna!”.
Y la verdad es que suelo quedarme pasmado y contento leyendo los discursos de algunos de los jóvenes oradores de ahora, lo cual no significa que acordemos o rimemos sobre la materia.
¡Eh! Quizás me voy quedando atrás como los soldados de plomo de la vieja canción.
Bueno, y en tanto me resuelvo a acometer la tarea de la indicada traducción, que será al francés, aquí tienen ustedes algunas indicaciones, pescadas de una revista inglesa del otro día.
Es el conocido escritor Mr. Stead[1] el que las hace.
Entra en ello diciendo que los paisanos de nuestros Mulhall, allá los irlandeses, son los más elocuentes de las naciones que hablan inglés.
Hasta en la América del Norte, Bryan es de descendencia iralndesa. Burge, Sheridan Grattan, Curran y Flood eran irlandeses.
En el siglo XIX Plunkett, Shiel, O´Conell, Magree, Sullivan y Sexton[2] están en primera fila.
Y en el presente parlamento Redmond, O´Conner y Haly son oradores de gran eficiencia.
Bright, según el consenso de los que son jueces, fue el más potente de sus contemporáneos, y al contrario de Joseph Cowen, cultivó un estilo de severa sencillez.
Una que otra vez en su juventud aventuró algunas metáforas que inflamaron la imaginación de sus oyentes.
Como por ejemplo cuando calmó a la Cámara de los Comunes declarando “EL ángel de la muerte ha estado fuera de todo el país. Cuando más puédense oir sus aleteos”.
Pero vengamos a unas pocas palabras de advertencia, dice Mr. Stead, invocando su considerable experiencia como “speaker” y todavía como oyente.
1°. Yo nunca hablé sin tener algo que decir.
2°. Siempre uno debe sentarse después de que ha dicho (en Inglaterra el orador siempre habla de pie desde su asiento).
3°. Téngase presente que un “speech” que no se oye es como hablar con sordomudos.
4°. Se debe pensar con precisión, pronunciar con claridad, mantenerse con naturalidad y no hablar demasiado ligero.
5°. No desagradarse por una interrupción, aunque sea muy hostil.
6°. Dos cosas deben siempre tenerse presentes: el temperamento personal y el hilo del discurso.
7°. Recordad que los ojos son tan elocuentes como la lengua.
8°. No hay que vacilar en entrar en materia estando pronto.
9°. No debe uno leer su “speech” pero las notas han de estar a la mano.
10°. Y nunca debe olvidarse el dicho del cardenal Manning: “penetraos de vuestro asunto y olvidaos de vuestra persona”.
Hasta aquí, Mr. Stead, y para concluir, una observación mía, que no carezco de alguna experiencia respecto de asambleas: el que le tenga miedo al público, que embolse su violín.
El literato y filósofo español Don Antonio Hernández Fajarnés[3] pertenece ya a la Real Academia Española.
Fue el tema de su discurso “El alfabetismo analfabeto”.
Dijo (nota bene): “Sin duda el analfabetismo es de varias especies, y entre todas completan la ignorancia teórica y práctica de nuestro rico idioma. Pero entre estas reformas de ignorancia, a mi ver, ni es la más grave ni es la más perniciosa la que señala el cero de la escala intelectual de los analfabetos, porque aun entre los que estudian y acaban “académicamente” carreras, los hay quienes ignoran el significado, régimen y construcción de las oraciones, el valor y propiedad de las palabras, el de las ideas que estas enuncian, el régimen interno de las mismas ideas, su relación con la realidad, la prueba y fundamento de esta relación, rompiéndose así la cadena de comuncaciones de nuestra inteligencia, con los medios naturales, con los verdaderos principios del conocimiento humano y de nuestros conocimientos con las causas reales, fenómenos y leyes del Universo.
De donde resulta un analfabetismo por ignorancia de la “Gramática” y un analfabetismo por ignorancia de la “Lógica”, y un analfabetismo por ignorancia del “uso” y “valor” de nuestro pensamiento, de las relaciones de la palabra con la idea del fundamento crítico de la idea y de la palabra, muerte del valor positivo de nuestra razón para el descubrimiento y posesión de la Verdad, fin de toda ciencia; muerte de los dones literarios mejor dispuestos para expresar la belleza y comuncar a los demás el sentimiento ennoblecedor de la misma”[4].
La cámara francesa ha vota con calidad de urgente una moción del diputado Lassies cuyo objeto es, prohibiendo el voto por procuración, evitar un abuso frecuente.
Como ustedes sabrán, el voto por procuración falsea, en casos muy serios y con repetición, el resultado de los debates parlamentarios.
El diputado Lassies lo ha explicado con “humor” y precisión: “Los ausentes, dijo, confían sus boletines a colegas que, en cierto sentido, se constituyen en ángeles guardianes del ministerio y, al día siguiente, el diputado que debe contar con sus electores, rectifica su voto”.
Esta rectificación no anula el resultado del debate. Los ausentes mascan a dos carrillos. O, como dicen aquí, “le tour est joué”.
Fue en efecto así que recientemente vimos, a propósito de una proposición de amnistía, convertirse hoy en minoría lo que ayer había sido proclamado mayoría por no pocos votos. Pero lo pasado, pisado.
Otra novedad científica –o sea que el hombre es luminoso– con más propiedad técnica, otro descubrimiento sobre la radio-actividad humana.
Es su autor el comandante Darget*, que acaba de comunicarlo en una extensa nota explicativa a la Academia de Ciencias.
Los que de esto entienden, si quieren enterarse, ya saben dónde deben recurrir.
Yo voy a concretarme, por vía de información, a consignar lo que sigue sobre el fenómeno.
Parece que nos encontramos en presencia de una radiación del todo especial, inherente a los cuerpos vivientes, su exteriorización inmediata.
Estos nuevos rayos (que el comandante Darget llama provisoriamente rayos V) varían con los individuos, es decir, sin duda con su temperamento, varían con sus estados morales, cólera, alegría, calma, etc., etc., con sus estados de salud. Nos encontramos pues como en el origen o la fuente de la vida.
Y no parece aventurado el esperar que el conocimiento perfecto de estos nuevos rayos ha de suministrar reglas precisas para la ciencia y la dirección futura de la vida, de la vida física, que respecto de la otra, el secreto para soportarla es el conocido: saber sobrellevar las injurias del tiempo y las injusticias de los hombres.
Por lo pronto, el comandante Darget ha demostrado su descubrimiento como se descubre que hay vida en un cuerpo mediante un espejo en el que el aliento se refleja.
Doy así una idea remota de la cosa.
Dice Fielding Hall[5] en su última novela, One inmortality[6], que hay tres amores que hacen y mantienen el mundo: el amor de hombre y mujer, el amor que convierte la familia en naciones y el amor que vincula a Dios.
Voltaire, en su tiempo, y Anatole France[7] en el que alcanzamos, se han burlado de Juana de Arco. Milagros y virginidad asunto de risas para ellos ha sido.
Juana de Arco acaba de ser canonizada y es precisamente donde menos debiera esperarse que hablaran de ella con respetuoso recogimiento que se alzan voces en honor de su memoria extraordinaria.
En ningún otro país, la tolerancia en materia de opiniones es tan amplia como en Inglaterra.
Herbert Spencer[8], tocando ya las fronteras del otro mundo, examinaba el “imperialismo y servidumbre”, como él decía de su tierra, en tales términos que en otra parte habría sido acusado de traición.
Sus mismos adversarios, al refutarlo con mesura, exclamaban:
“No piensa como nosotros, pero un hombre semejante tiene el derecho de pensar como quiere”.
Vemos así que Juana de Arco halla admiradores que al escepticismo francés le dicen: “The career of Joan of Arc is perhaps the most wonderful example in history of what may be acomplished by genius”.
Lo que traslado[9] literalmente:
“La carrera de Juana de Arco es quizás el más asombroso ejemplo en la historia de lo que puede ser realizado por el genio”.
Y la tesis inglesa me gusta mucho, a ver qué les parece a ustedes, pudiendo reducirse a esta fórmula:
Cada edad tiene sus enfermedades intelectuales peculiares. La nuestra padece del método científico y nada grande se puede hacer sin seguirlo.
¿Y el genio?
¿Y los hechos?
Pero, ¿acaso no es una contradicción científica rebelarse contra lo que no se puede entender bien por muy visible que sea?
Curioso que haya más incredulidad respecto del genio en acción, que respecto del genio del arte, sencillamente porque los efectos del genio en acción no son metódicos y no porque son más asombrosos.
Y a Juana de Arco hasta le ha perjudicado el sexo y su pureza de heroína de la Iglesia.
No sé, son tantos los misterios que se ocultan en las afractuosidades del cerebro, no sé, si hubiera sido hombre muchos de los que dudan descubrirían quizás los efectos de su genio en acción, lo maravilloso de su misión milagrosa por la patria y por la fe.
Hay escritores que escriben con pluma, y otros con tijera. Es una verdad de Perogrullo, pero que hoy se me antoja consignar.
- William Thomas Stead (Embleton, 1849-Océano Atlántico, barco Titanic, 1912) fue un destacado periodista, editor y espiritista británico. Se lo considera pionero del periodismo de investigación y del sensacionalismo. Fue una de las figuras más controvertidas dentro del periodismo británico de la era Victoriana. Autor de los libros: The life of Mr. W. T. Stead (London, 1886), Index to the periodical literature of the World (1891-1902), The Americanization of the world, or, The trend of the twentieth century (1902), Real Ghost Stories, The United States of Europe, The Pope and the New Era, entre otros. (VIAF: 68937830). ↵
- Se refiere a los miembros iralndeses de la Cámara de los Comunes. ↵
- Antonio Hernández Fajarnés (Zaragoza, 1851-Madrid, 1909) fue un catedrático y escritor español. Estudió las carreras de derecho civil y canónico y filosofía y letras en la Universidad. Regentó las cátedras de historia de la filosofía (1872) y lengua griega. Entre sus obras, cabe mencionar: El periodismo católico, El sentido católico en las ciencias médicas, La cuestión religiosa, Fundamentos históricos del cristianismo, El catolicismo y la ciencia, Reformas necesarias, acerca del plan de estudios vigente en España, El alfabetismo… analfabeto, discurso de entrada en la Real Academia Española, Los críticos sobre la obra de Pidal Santo Tomás, Las biografías del cardenal Benavides, Caminero, Vicente Alda y Sancho, entre otras. (Extractado y adaptado de VIAF: 88942383). ↵
- El discurso completo, del que Mansilla extrae esta cita, se encuentra en: https://acortar.link/umjnYP.↵
- Fielding, Hall. Novelista británico (1859-1917), autor de Inward light, Palace tales, Thibawss queen, Soul of a people, entre otras obras. (VIAF: 76480900). ↵
- Fielding, Hall. One Inmortality. London: Macmillan & Co., 1909.↵
- Anatole François Thibault (París, 1844-La Béchellerie, 1924), (seudónimo: Anatole France), fue poeta, novelista y ensayista francés. Agudo librepensador. […]. Su primera novela importante, El crimen de Silvestre Bonnard (1881), lo desmarcó de la corriente naturalista. Las ficciones autobiográficas Les Désirs de Jean Servien (1882) y El libro de mi amigo (1885) revelaron un anticonformismo que se plasmó un poco más tarde también en Tais (1890), novela histórica sobre el deseo y claramente en contra del cristianismo represivo. […]. En 1896 ingresó en la Académie Française pero, a pesar de su consagración literaria, quedó aislado al tomar partido por Alfred Dreyfus. El caso Dreyfus apareció en los últimos volúmenes de su tetralogía Historia contemporánea, compuesta por El olmo del paseo (1897), El maniquí de mimbre (1897), El anillo de amatista (1898) y El señor Bergeret en París (1901). […]. La vida de Juana de Arco (1908) y los relatos Clio (1899), Los cuentos de Jacobo Dalevuelta (1908) y Las siete mujeres de Barba Azul (1909) son testimonio de su pasión por la historia. Los dioses tienen sed (1912) y La rebelión de los ángeles (1914), en la que el autor vuelve a expresar sus opiniones sobre la religión, son sus dos obras más importantes del último período. […]. Fundamentalmente pacifista, al estallar la Primera Guerra Mundial publicó Sur la voie glorieuse (1915) y Ce que disent les morts (1916), textos de fuerte connotación patriótica. En 1921 recibió el premio Nobel de Literatura. (Extraído y adaptado de Ruiza, M., Fernández, T. y Tamaro, E. (2004). Biografía de Anatole France.
En línea: https://acortar.link/CaVETb). (También en VIAF: 4925052).↵ - Herbert Spencer (Derby, Inglaterra, 1820-Brighton, Inglaterra, de 1903) fue un naturalista, filósofo, sociólogo, psicólogo y antropólogo inglés. Desarrolló una concepción de la evolución como el desarrollo progresivo del mundo físico, los organismos biológicos, la mente humana, la cultura humana y las sociedades. Spencer es conocido por su expresión «supervivencia del más apto», desarrollada en su obra Principles of Biology (1864), influido por El origen de las especies de Charles Darwin. Spencer extendió la idea de la evolución del más apto a los ámbitos de la sociología y la ética, generando lo que se conoce como darwinismo social. Entre sus obras, cabe mencionar: The Study of Sociology, The Principles of Psychology, Education: Intellectual, Moral, and Physical. (Extractado y traducido de Harris, Jose. «Spencer, Herbert (1820–1903)», Oxford Dictionary of National Biography (2004). ↵
- Anglicismo por “translate”, traducir. ↵






