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EL DIARIO

Sábado 1° de Abril de 1911

DEL GENERAL MANSILLA


PÁGINAS BREVES

París, marzo 6.

   

Apuesto a que después de leer estas letras hasta mi firma y rúbrica son ustedes de mi parecer. Es decir, apuesto a que no falta esta observación: ¡que poco entretenido está Mansilla hoy! o ¡qué mal condimentado!, si ustedes quieren. Y en verdad que como el cocinero del inolvidable padre del amado Carlos Guido y Spano[1], el cocinero italiano de mi cuento de marras[2], que no sabía ni pasar huevos por agua, en verdad que yo mismo me encuentro algo insulso.

¿La causa? Si la expongo, entro en el terreno de las confidencias prematuras. Con que así, lector amigo, paciencia, una vez más. La imitación enseña: si quiere que te soporten soporta tú a los otros.


Con todo su envidiable talento de crítico sutil y su gran facilidad difícil de expresión adecuada, ágil no ha arribado Jules Lemaitre* a persuadir al auditorio de su conferencia que la publicación de los “amores” de Saint-Beuve[3], antipático personaje, no son una malhadada inspiración, un triste ejemplo, una mala acción, viviendo como viven los hijos y los nietos de las pobres mujeres infieles a la fe conyugal.

Es de esperarse, pues, que Monsieur Honoré Champion[4], cuya erudición no se discute, sea más discreto que los editores de los tales poco edificantes amores de Saint Beuve con la divulgación de la correspondencia de Chateaubriand.

El público la espera con curiosidad haciendo ya sesenta años que el admirable autor de las Memorias de ultratumba[5] descansa en paz. Expurgada esa correspondencia ha de ser muy útil bajo el doble punto de vista de la historia política y de la historia literaria.

De antemano me atrevo a recomendar esta publicación. No así la referencia al autor de los Lunes. Huele demasiado fuerte a mal lavadas sábanas.


Si me preguntaran cuál es la característica de la época que alcanzamos en el mundo civilizado, mi respuesta sería: la sed de noticias y el hambre de anécdotas ciertas o falsas.

Lo que acontece no alcanza a satisfacer la insaciable voracidad pública. Hay todavía que inventarle algo más o menos espiritual. A esta condición, sobretodo, la hoja de publicidad menos veraz esquiva el tilde de impostora, y el lector excusa, por no decir perdona. Lo que me pasa a mí cuando me cuelgan ciertas excentricidades: comidas, por ejemplo, que no he dado, con invitados cuya relación no cultivo, por más Cyranos que sean. A qué rectificarlas. No afectan el honor en lo mínimo.

Tengo en esto algún punto de contacto con Henry Rochefort[6], al que me parezco, físicamente dicen, lo repito. Lo que es yo no veo la similitud de los cuerpos, ni la de las almas; excepto en lo que al plumista se refiere, o sea, en cuanto él y yo tenemos siempre un cuento a mano.

¡Mire qué gracia! Quítennos medio siglo, algo más, y el saber ese baja más de un cincuenta por ciento.

Toda esta cháchara la motiva un artículo de mi “soit disant” homónimo sobre Murger[7].

¿Saben ustedes quién era Murger?

¿Seré temerario si afirmo que son pocos?

Me parece que no, y en razón me fundo.

Murger murió hace cincuenta años.

Rochefort lo conoció de cerca. Era cuando La vie de Boheme[8] comenzaba a hacer ruido consagrando la fama teatral de Murger.

Rochefort había compuesto un drama.

A Murger, pensó. Fue, llamó y un momento después estaba en su dormitorio, un cuarto cuyo desorden era indescriptible.

Murger no se había levantado todavía, aunque fuera muy tarde.

―Y bien joven, ¿de qué se trata?

―Maestro, una pieza. Querría que usted me diera su opinión…

―Y ¿qué edad tiene usted?

―Diez y ocho años cumplidos.

―¡Cómo así! ¡Y qué! ¡Todavía hay jóvenes de diez y ocho años!

Epílogo: mi pieza no valía nada, confía Rochefort. No fue ni siquiera ensayada.

¡Eh!, concluyo yo. A los diez y ocho hay que contentarse con ese capital y más tarde con haber vivido, aunque no hayamos alcanzado resonancia teatral.


No pase por alto el lector la siguiente paginita. Es cosa de origen inglés y en sustancia dice así:

El arte supremo en el mundo es el arte de vivir; pero de ello hay pocos maestros y no muchos discípulos.

Ni hay muchos libros, guías en el arte ese que convencen, cuyos autores entienden la cosa. Y, sin embargo, debiera haber una demanda enorme de tales libros, pues, todas las otras ciencias son inútiles si fallamos en este arte, lo repito, supremo, el arte de vivir.

Un colaborador del Daily Chronicle, en un artículo notable, reclama “una gramática de la vida”.

¿Cómo se hace, pregunta, si mientras tenemos gramáticas de cada idioma bajo el sol, libros de texto de cada ciencia, primarios de cada rama de conocimientos no se haya aun publicado nada que pudiera intitularse “gramática de la vida?”.

A ver si hay por ahí algún criollo que se tiente y emprenda la tarea, que el arte de vivir en nuestra América del Sur no es como el de vivir en la gran China “ed altri siti”.


Ya lo creo que vale la pena de vivirlos asistiendo uno por decirlo así a su propia apoteosis.

Anuncian de Estocolmo que la Academia Francesa y la Academia de Ciencias sueca han propuesto al señor Henri Fabre[9] para el premio Nobel de literatura.

El señor Henri Fabre, cuyos ochenta y seis años han sido festejados últimamente, es el sabio francés que ha consagrado su vida al estudio de la vida y de los hábitos de insectos observados en libertad.

Los ha descrito con tanta chispa y sentido pintoresco como ciencia.

Se sabe que Henri Fabre, sabio modesto, vive en su aldea natal de Sérignan, donde sigue bajo el cielo luminoso de la Provence la obra de observación paciente y perspicaz a la cual ha dedicado su vida.

La institución del premio Nobel, un poco discutida de algún tiempo a acá, no lo será esta vez por la designación de un naturalista y de un escritor tal como Henri Fabre, con propiedad llamado “el Homero de los insectos”


Los ingleses no se entienden y no porque no vean lejos la posibilidad de hecho: una guerra continental.

No se entienden porque si lord Roberts*, con la autoridad y la exterioridad de su experiencia y de su saber, aconseja el servicio militar obligatorio, otros como Mr. Haldane[10], el ministro de la guerra, dicen ¡no!. Convengo en que para hacer guerras políticas son menester soldados de carrera, pero si tenemos que hacerlas, allá veremos. El patriotismo inglés, como tantas otras veces, proveerá. Y, entretanto, sigamos como hemos vivido, que el que quiera ser soldado se enrole voluntariamente, la libertad ha sido nuestra fuerza, pues a ella atengámonos.

Me inclino a creer que el viejo veterano no verá en su tierra lo que se llama el sistema prusiano. Para barcos, el inglés está siempre pronto a desatar la bolsa. En cuanto a su libertad, es otra cosa, como que a ella le debe su grandeza.


Terminaré este “pot-pourri”, en francés me suena menos mal la expresión que en castellano, con algo relativo a mi persistente opinión sobre la paz de este lado de los mares.

Es otro grito de alarma sobre “el peligro alemán”. Así reza la frase consagrada.

Lo da ese grito, esta vez, un escritor autorizado, en un voluminoso folleto; lo de nada menos que sir Tollemach Sinclair, antiguo miembro del parlamento.

La próxima guerra, dice, no es un hecho futuro, remoto. Francia será atacada de improviso por los alemanes, sin declaración de guerra, atacada por tierra y por mar.

Téngase presente, concluye diciendo el autor, que de 1800 a 1870, en 107 casos de guerra las hostilidades han comenzado sin que hubiera tal declaración. Solo en diez casos la guerra fue oficialmente declarada. Con que así, que Inglaterra y Francia tengan la pólvora seca y la espada afilada. Es pueril hacerse ilusiones.


  1. Carlos Guido Spano (Buenos Aires, 1827-Buenos Aires, 1918), fue un poeta porteño cultor del romanticismo, autor de los poemarios Hojas al viento (1871) y Ecos lejanos (1895) y del libro en prosa Ráfagas (1879). (VIAF: 28390605).
  2. Referencia al texto “Los siete platos de arroz con leche”, de las Causeries de los jueves.
  3. Charles Augustin Sainte-Beuve (Boulogne-sur-Mer, 1804-París, 1869) fue un crítico literario y escritor francés de prolífica obra. Escribió numerosos poemarios, ensayos, epistolarios, novelas y cuentos. Creemos que Mansilla se refiere aquí a sus Pensamientos de agosto (1837). (VIAF: 56616058).
  4. Honoré Champion (París, 1846 – París, 1913) fue un librero y editor francés. (VIAF: 76619469).
  5. Chateaubriand, François-René (de) (1910). Mémoires d’outre-tombe. París: Garnier.
    Las Memorias de ultratumba
    son una autobiografía de François-René de Chateaubriand, cuya redacción empezó en 1809 y terminó en 1841. La edición completa original fue publicada en doce volúmenes entre 1849 y 1850 en la imprenta de los hermanos Penaud, en París, tras su difusión en serie en el periódico La Presse. Chateaubriand quería que estas memorias no fuesen publicadas hasta después de su muerte, de ahí el título.
  6. Victor Henri Rochefort, Marqués de Rochefort-Luçay (París, 1830–París, 1913) fue un periodista, político y autor teatral francés. Entre sus obras, cabe mencionar: Les Petits Mystères de l’Hôtel des Ventes (1862), volumen que reúne sus críticas de arte, Les Dépravés (Geneva, 1882), Les Naufrageurs (1876), L’Évadé (1883), Napoléon dernier (1884), Les Aventures de ma vie (1896). (VIAF: 68935107).
  7. Henry Murger (París, 1822 – París, 1861) fue un escritor francés. Entre sus obras, se cuentan: Le sabot rouge(1860), Madame Olympe (1860) ; Le roman du capucin: souvenirs d’Italie (1869). (VIAF: 66471524).
  8. Pieza teatral de Henry Murger con Théodore Barrière, La vie de bohème, pièce en cinq actes, mêlée de chants, etc. Paris: Lévy, 1853.
  9. Jean-Henri Casimir Fabre (Saint-Léons, 1823- 1915) fue un naturalista, humanista, micólogo, entomólogo, escritor apasionado por la naturaleza, y poeta francés, autor de numerosas obras. (VIAF: 51689251).
  10. James Aylmer Lowthorpe Haldane (1862-1950) fue un militar escocés del ejército británico. Antes de ser ministro de guerra, participó de la guerra de los Boeres, junto a Winston Churchill. En 1930 escribió su obra My Early Life, en la que narra extensamente sus experiencias de guerra en Sudáfrica.


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