Lunes 10 de Abril de 1911
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, marzo 17 de 1911.
Tengo una veleidad hoy día: hablar por boca ajena, traduciendo, veleidad frecuente en Vd. pensará algún lector. ¡Eh! No lo pongo en duda, confesando así mi esterilidad. Pero no me cansaré de repetirlo: lo ajeno casi siempre me parece mejor que lo mío, agréguese que si yerro es por cuenta de otros.
La despoblación de Francia está a la orden del día y ha dado ya lugar a una cantidad de consideraciones de orden diverso, generalmente pesimistas.
La campaña emprendida por espíritus excelentes, corazones generosos, para denunciar este mal y buscarle remedio, ha conseguido conmover superficialmente la opinión; empero ninguna solución clara ha sido propuesta ni en el mundo científico ni en el Parlamento…
¿Cuál es la extensión del mal?
¿En qué se distingue la situación de Francia de la del resto de la Europa, donde (exceptuando la Alemania) baja igualmente la población?
El mal no ha existido en Europa sino desde hace 25 años más o menos, mientras que en Francia ha principiado con el siglo XIX, con los adelantos del bienestar y el desarrollo de las ideas democráticas. Corresponde, pues, a Francia, la primera que de ello ha sufrido, encontrar remedio a este azote contemporáneo más terrible que una epidemia, que una guerra o que un cataclismo, puesto que ataca la raza en su origen mismo y la destruye en su germen…
No se puede dejar de elogiar el sentimiento que ha inspirado la última comisión senatorial y la propuesta del doctor Lannelongue. Pero nos parece muy discutible su efecto, pues en Francia se casan las gentes cada vez más y el número de los matrimonios franceses es más considerable que el de la mayoría de los otros países civilizados. No es entonces el “celibato” lo que hay que combatir: es la esterilidad voluntaria; es la voluntad bien decidida entre la mayor parte de nuestros compatriotas de “no tener hijos”.
Si Francia se hubiese mantenido profundamente cristiana, el gran precepto del Evangelio “Creced y multiplicaos” gozaría aun de todo honor; pero lo han olvidado hasta las familias que se creen lo más profundamente católicas y a veces es inferior el número de nacimientos en los barrios señoriales, donde la población es generalmente practicante, al de los suburbios.
Pero hay que buscar el remedio al mal que nos preocupa en el mundo moderno viéndolo tal cual es, y esperando que la idea Cristian renacerá y el remedio con ella.
Para Francia es una cuestión de vida o de muerte. Los nacimientos “disminuyen” desde el principio del siglo.
Es por la prensa, la escuela, el regimiento que hay que enseñarle a nuestra raza este deber permanente, olvidado por ella; deber, que se hace cada vez más imperioso, la Paternidad.
Herbert Spencer[1] ha observado que si después de uno de estos cataclismos frecuentes en la historia de la humanidad se encontraran todos los documentos que constituyen nuestra educación moderna, la primera cosa que harían constar los paleógrafos del porvenir sería la ausencia de esta noción del deber social.
¿Estamos?
La publicación que Le Matin[2] está haciendo de lo que se llama “les petits papiers” de Waldeck Rousseau[3] (y después dirán que los muertos no hablan), ha puesto una vez más en evidencia, es el tema del día en que escribo, la compleja figura, simpática según los momentos del intrépido soldado que se llamó Gallifet.
El general Zurlinden, que estuvo en sus intimidades, cuenta en un artículo de crítica biográfica una anécdota que aquí va, por si hubiera escapado a la información de ustedes generalmente tan completa.
Gallifet estaba gravemente enfermo. Le insinuaron que haría bien en encomendar su alma a Dios.
Cedió fácilmente y con esa sonrisa de los que ven que se van, se expresó así:
“Todo menos que irme al infierno, estoy seguro de que allí hallaría a madame X….”.
Siempre el eterno quién es ella.
La señora X no debía ser persona muy cómoda. Y el Eclesiastés decía, con razón, que más vale la sociedad de un león y un dragón que la de una mujer mala.
Tengo entre mis amigos íntimos uno, lo conozco como a mí mismo, que en la hora solemne de las postrimerías, movido por resortes espirituales y por los medios de Gallifet, diría: sí, sí, que venga cuanto antes el señor cura.
A los que teniendo ojos no ven o no quieren ver, se les recomienda la atenta lectura de lo que acaba de decir en el parlamento húngaro el ministro presidente conde Khuen Hedewary[4]; son dos palabras pero netas, categóricas, en extremo expresivas.
“El desarrollo de nuestras fuerzas militares es necesario sin tener en cuenta nuestras alianzas”.
El ministro presidente no se hace ilusiones, y agrega: la paz es un hecho visible, ¿pero quién puede garantizar su duración?
Es precisamente lo que vengo diciendo, soy pacifista, es decir, no quiero la guerra, pero examinando el damero internacional no alcanzo a descubrir sino ejércitos en jaque. El desarme, la misma reducción de los armamentos, es una utopía. Y en cuanto al tribunal de La Haya, no someterán a él sus querellas importantes sino los débiles o los que todavía no se consideran suficientemente preparados.
Completen ustedes el parágrafo antecedente agregándole los números que siguen, números suministrados al parlamento inglés por Mr. Haldane*, el ministro de la guerra. Interpelado, contesta:
Ejército reserva y territoriales de la Gran Bretaña sobre papel: 807.951.
El efectivo es de 731.739; en Alemania hay que contar 5.000.000, en Austria 2.500.000, en Italia 2.000.000, en Francia 4.000.000, en Rusia 4 millones y medio.
Los números apuntados requieren una observación final, a saber: las fuerzas de todos esos países, donde el servicio militar es obligatorio, comprenden el ejército en pie de guerra y las reservas.
Solo la Gran Bretaña forma su ejército con voluntarios. De ahí la desproporción entre su población y su efectivo comparados con los de otros países. El arduo problema, como ya lo tengo indicado, está a la orden del día.
No me pidan ustedes un juicio crítico analítico del volumen que tengo a la vista. Dejo esa tarea, ingrata a veces, para otros. Daré a ustedes así, sencillamente, en cuatro plumadas, la impresión que me ha dejado la lectura de Ahí van*.
Empezaré diciendo, como Francisco A. Riú[5]: “Necesitamos muchos jóvenes como usted (es decir, como Sullivan*) para la redención nacional que se hará sentir y pensar alto”.
Y agrego: pero hay que hacerlo teniendo presente el viejo proverbio italiano “chi va piano va sano e va lontano”.
El país camina, evoluciona, se transforma: hay que seguirlo en su palingenesia incesante. Pero sin rencor ni odio, que todos han cometido errores en el pasado y los cometerán en el futuro.
No hay cartabón para medir el patriotismo. Hay una ley histórica que puede llamarse destino, fatalidad. Si César y Pompeyo, por ejemplo, hubieran pensado como Catón (cito de memoria), otros habrían pensado como César y Pompeyo y la república destinada a perecer habría sido arrastrada al precipicio por cualquier otra mano.
Lo único que el esfuerzo humano puede hacer es retardar la hora de las grandes crisis. Lo que ha de ser, será. Y será con menos sacrificios en la lucha por las reivindicaciones del derecho si tenemos presente que lo que llamamos el enemigo son nuestros hermanos en la humanidad.
Dice bien por eso Sullivan que muchas de las dificultades que surgen en la vida civil y política de la República Argentina no son a causa de las leyes: son a causa de los hombres.
Pero viniendo ahora a las ciento cincuenta páginas de Ahí van… he aquí mi juicio crítico sobre las cualidades de su autor. Lo que desde luego transpiran es el entusiasmo juvenil del autor. Siga, siga, no se desaliente si el “aprobatum est” no le alienta ya. Hay que perseverar. En cuanto a su forma y modo de expresión, poco o casi nada tengo que observar. Yo en su caso, continuando, procuraría ser un poco menos frondoso. No excluye lo que acabo de decir descripciones muy bien hechas, como verbigracia la que cuando “caía la noche esfumando las barrancas, los matorrales, las islas…” nos hace ver a Artemio “sentado impasible…”.
Con que así, autor amigo, lo repito: siga y mil gracias por las buenas palabras con que me ha hecho usted llegar los primeros frutos de su bien cortada pluma. Ha hecho usted con ellas feliz, no lo dudo, a su señora madre dedicándoselas.
- Herbert Spencer (Derby, Inglaterra, 1820-Brighton, Inglaterra, de 1903) fue un naturalista, filósofo, sociólogo, psicólogo y antropólogo inglés. Desarrolló una concepción de la evolución como el desarrollo progresivo del mundo físico, los organismos biológicos, la mente humana, la cultura humana y las sociedades. Spencer es conocido por su expresión «supervivencia del más apto», desarrollada en su obra Principles of Biology (1864), influido por El origen de las especies de Charles Darwin. Spencer extendió la idea de la evolución del más apto a los ámbitos de la sociología y la ética, generando lo que se conoce como darwinismo social. Entre sus obras, cabe mencionar: The Study of Sociology, The Principles of Psychology, Education: Intellectual, Moral, and Physical. (Extractado y traducido de Harris,José. «Spencer, Herbert (1820–1903)», Oxford Dictionary of National Biography (2004). ↵
- Le Matin fue un diario francés que se publicó entre 1884 y 1944. Para principios del siglo XX, era uno de los cuatro diarios más importantes en Francia (sus tiradas se sextuplicaron entre 1900 y 1910), con una postura moderada que lo hizo rechazar tanto el socialismo como el boulangismo (o extrema derecha). Pero luego de la Primera Guerra Mundial adoptó una postura marcadamente nacionalista y luego filo-nazi. (VIAF: 134440052).↵
- Pierre Waldeck-Rousseau (Nantes, 1846–París, 1904), fue un político, abogado y estadista francés, primer ministro de Francia desde 1899 hasta 1902. Durante su mandato, denominado de défense républicaine al aglutinar personalidades republicanas progresistas, radicales y socialistas defendió la revisión del caso Dreyfus en contra de los sectores antisemitas del ejército y de los sectores ultraconservadores y monárquicos de la Iglesia católica. Su gobierno promulgó la adopción de leyes sociales como la reducción de la jornada de trabajo a 11 horas y la controvertida del contrato de asociaciones, votada el 1 de julio de 1901. La adopción de esta ley fue criticada por las congregaciones religiosas. Lideró la coalición de izquierdas que triunfó en las elecciones legislativas de 1902, pero enfermo de un cáncer de páncreas, tuvo que dimitir de su cargo y falleció dos años más tarde. Le sucedió en la presidencia del Consejo Émile Combes. (VIAF: 46894176). ↵
- El conde Carlos Khuen-Héderváry de Hédervár (en húngaro: Khuen-Héderváry Károly) (1849-1918) fue un político húngaro, gobernador de la región autónoma de Croacia del Reino de Hungría a finales del siglo XIX y varias veces primer ministro húngaro. Su gobierno de Croacia se caracterizó por el gran impulso que dio a la magiarización del país. (VIAF: 13086601). ↵
- Francisco Riú (1881-1929) Abogado, poeta y escritor que fue electo en representación de la Unión Cívica Radical como Diputado de la Nación por la provincia de Buenos Aires en dos oportunidades consecutivas (1914-1918 y 1918-1922). Reconocido cultor de la poesía costumbrista compuso innumerables decimas de género gauchesco y escribió varios libros así como también en diversas publicaciones de la época como las revistas Caras y Caretas y Nativa entre otras. Entre sus obras se encentran: Sílex (1905), La musa errante (1911), Leyendas Nativas (1913).↵






