Martes 7 de Marzo de 1911
DEL GENERAL MANSILLA
PÁGINAS BREVES
París, febrero 6 de 1911.
Hace ya un tiempito. Era allá poco después de la batalla de Pavón, en el Río IV[1]. Imagínense ustedes lo que habré visto, oído, pensado… y errado.
Iba en calidad de secretario del insigne don Emilio, como le llamábamos al general que hacía la inspección de fronteras.
Mi batallón, el 2 de línea, en el que mandaba, siendo capitán de la tercera compañía, había quedado en Rojas.
El malogrado general Donovan formaba como cadete en las filas de mi compañía. ¡Pobre amigo! Tenía calidades de soldado y un alma buena.
Entre los libros que llevaba el amado general iban las Cartas de Lord Chesterfield[2], cartas que más de una vez he recomendado a ustedes como lectura instructiva. Son un modelo literario del género epistolar.
En una de ellas leí un verso que no he olvidado. En cuanto al autor, no lo recuerdo. Es de poco momento; el verso dice así:
“Medita lo que en tí pasa,
observa tu corazón
y encontrarás la lección
dentro de tu propia casa”.
No es mala regla de conducta, aunque sin incurrir en juicios temerarios puede uno exponerse a serios chascos.
Será lo que sea. En el presente caso juzgo al lector por mí. Desde que los números sirven, según el ingenio de algunos investigadores, para demostrar el pro y el contra, he llegado, lo confieso, a tomarles cierta antipatía, sobre todo si recuerdo alguna de mis grandes equivocaciones en busca del vellocino de oro. ¡He buscado tantas cosas más o menos inútiles para Job!
Pero ¿a dónde va amigo?, dirá algún lector impaciente o curioso.
Allá voy, es decir, a consignar en unos cuantos renglones unas pocas cifras redondas pensando que el dicho lector no ha de ser muy amante que digamos de los cuadros estadísticos.
Son unas cifras estupendas, inverosímiles, fantásticas, van ustedes a ver y yo a concluir con el árido tema.
En Europa veinticinco años de paz armada han costado: “¡ciento ochenta y cinco millares!”.
“La suite su prochain numero”, como dicen los folletinistas, léase hasta mi próxima, que completará esta con más números, pese a la paciencia de mis lectores.
No faltan entre ellos espíritus filosóficos amantes de los temas que incitan a reflexionar, o lo que tanto vale que se exulten con deleite ante un cuadro estadístico.
Completaré mi parrafito sobre autógrafos con esta noticia inglesa esperando que no llegue muy recalentada. La entresaco de un largo artículo. Dice como sigue:
La adquisición de manuscritos auténticos de hombres eminentes hace furor.
En el reciente remate se ha pagado en Londres la copia por lord Byron de su oda dirigida a Bonaparte en 300 libras esterlinas.
Tiene la oda en cuestión diez y seis estrofas, lo que importa 25 libras por pieza. ¡Bonito precio! Lo que es más manuscritos (y el de otros), ya he contado cómo es que apenas servirán para envolver alcaravea[3]…
Un antiguo y respetable vecino de San Nicolás de los Arroyos, patriota lleno de servicios cívicos, con el que de vez en cuando me carteo, estoy hablando del dueño del diario El Norte de Buenos Aires, o sea, del señor don Ramón A. Carvajal[4], me pide en una de sus últimas misivas algunas palotadas, un recuerdo de cuando él y yo éramos muchachos. Ahí va, y consignándola en El Diario, de donde puede tomarla, mato dos pájaros de una sola pedrada.
¿Se acordará del caso?
Su memoria es, como todos sus actos, excelente.
Apuesto pues que sí. Y eso que es caso de como antes del diluvio.
Rosas gobernaba la patria argentina, o la desgobernaba, como quiera. En esto de gobernar bien o mal hay para todos los gustos.
Mi señor padre, que en paz descanse, era el procónsul de aquella región, procónsul poco temido y nada ambicioso. ¿Me cegará el cariño filial? Creo que no, pero vamos al cuento.
Si mal no recuerdo, fue muy poco después de la gloriosa batalla de Obligado[5] en la que el veterano cayó herido, lo mismo que no pocos arroyeros.
Se trataba de un gran baile. Uno de los vecinos más respetables de la histórica villa fue a verlo a mi viejo, como por ahí se dice, y más o menos habló así:
“Señor general: organizamos una fiesta y querríamos que usía nos hiciera el favor de prestarnos dos cañones, unas banderas, algunas balas y cajas, algunos sables y fusiles, en fin, todo lo necesario para formar un trofeo…”.
“Con mucho gusto”, fue la respuesta y las órdenes no se hicieron esperar, recibiéndolas el benemérito comandante don Álvaro Alsogaray[6], que era el primer ayudante de mi padre.
Estoy viendo el hermoso trofeo, con su base de balas de ochenta y cohetes a la “congreve” anglo-francesa recogidas en las barrancas de Obligado.
No se hablaba en San Nicolás sino del baile, del “ambigú”, así se decía; todas las familias se preparaban empeñosamente, entre ellas la mía. Mi madre, mi hermana con varias primas y amiguitas que andaban por allí de paseo como todos los años, según ya lo tengo dicho en otra parte, recordando días felices, días que no volverán. ¡Ay de mí! Si son los de esa edad en la que todo lo vemos color de rosa.
Llegó el gran día, aunque mejor sería decir llegó la gran noche, la hora psicológica.
Mi padre, que era hombre de buen humor, había previsto lo que acontecería.
Vestido de gran uniforme, esperaba en la sala, rodeado de todo el séquito femenil de mi madre.
La casa de la fiesta estaba de bote a bote. El baile no empezaba, no era posible que empezara: la etiqueta o el protocolo lo prohibían. Las nueve, nada; las nueve y media, nada; el general, que debía romper el baile, no llegaba y eran ya las diez. Qué será, qué no será… que vayan tres de los de la comisión a ver…
Salen, llegan; el ayudante Berdier, un rubio buen mozo, de origen oriental, entra a la sala, donde mi padre con toda la rueda elegante esperaba.
―Señor general, tres caballeros desean hablar con usía…
―Que pasen adelante.
Entran, saludan, toman asiento y hablan así:
―Señor general, venimos a ver si podría empezar el baile.
―¿El baile…?
―Sí, señor.
―Pero ¿qué baile?
―El de esta noche en honor de usía.
―Mil gracias, he oído hablar mucho de los preparativos; yo mismo he contribuido con algunos adornos… Pero nadie me ha invitado…
La noche estaba espléndida, pocos momentos después, el general rompía el baile con el “minué federal” de la época y las caras largas de la espera impaciente eran todas animaciones. Yo me divertí en la “mosquetería” de antaño, y, seguramente, el amigo, Carvajal también. Todavía no preferíamos la formal contradanza a la infantil gata parida.
Es tiempo de dar un grito de alarma.
Cada año aumenta el número de desertores y de insumisos.
Hemos llegado a una cifra alarmante.
Según una estadística, publicada por la France Militaire, ha habido en 1910, 13.500 desertores y 53.000 insumisos. Eso hace un aumento de tres mil insumisos y quinientos desertores en las cifras del año precedente.
Así habla un francés.
Lo siento. Pero cuestión de patriotismo aparte, como ahora se le entiende, que no era el modo de entenderlo de los romanos, no me desagradaría saber qué dicen los números en mi tierra.
Otro sonido de campana y baste. En Alemania, los desertores e insumisos no le van en zaga a los franceses. El cómputo es de quince mil y pico de desertores y de cerca de sesenta mil refractarios.
- La batalla de Pavón, librada en el sur de la provincia de Santa Fe el 17 de septiembre de 1861, fue un combate clave de las guerras civiles que dividieron a la Argentina durante el siglo xix. En ella se enfrentaron las fuerzas de la Confederación Argentina (las provincias, al mando de Urquiza) con el Estado de Buenos Aires, al mando de Mitre. Significó el fin de la Confederación Argentina, y la incorporación de la provincia de Buenos Aires en calidad de miembro dominante del país, con una mayor influencia de Mitre sobre todo el territorio. (Extractado de: shorturl.at/dqEF5).↵
- Philip Dormer Stanhope, IV Conde de Chesterfield (1694–1773) fue un estadista británico y hombre de letras, famoso por las Cartas a su hijo, recopilación de la correspondencia que mantuvo con su hijo natural.↵
- Planta aromática similar al comino. ↵
- Ramón Antonio Carvajal (1826-1917) fue el fundador del diario El norte de Buenos Aires (actualmente, El Norte), de la localidad de San Nicolás de los Arroyos. Nace en 1873, como el vespertino “El Centinela del Norte”. En 1875, Carvajal lo rebautiza “El Norte de Buenos Aires”, transformándolo en matutino. El mismo cesa su actividad en 1924, y en el año 1926, lo compra el Dr. Miguel Olivera Córdoba. ↵
- La Batalla de la Vuelta de Obligado se produjo el 20 de noviembre de 1845, en aguas del río Paraná, sobre su margen derecha, en un recodo conocido como Vuelta de Obligado, en lo que hoy es la localidad de Obligado (partido de San Pedro). La Provincia de Buenos Aires, liderada por el brigadier Juan Manuel de Rosas (1793-1877) –quien nombró comandante de las fuerzas porteñas al general Lucio N. Mansilla (1792-1871), padre de Lucio Victorio– se enfrentó con la escuadra anglo-francesa, cuya intervención se realizaba bajo el pretexto de lograr la pacificación ante los problemas existentes entre Buenos Aires y Montevideo. Los europeos pretendían establecer relaciones comerciales directas con las provincias de Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes, sin pasar por Buenos Aires ni reconocer la autoridad de Rosas como encargado de las relaciones exteriores de la Confederación. (Extractado de: shorturl.at/yzCMU).↵
- Álvaro José de Alzogaray (o Alsogaray) fue un marino argentino con una destacada participación en la guerra del Brasil, la Guerra Grande, la guerra del Paraguay y las guerras civiles argentinas. El 20 de noviembre de 1845 luchó durante el bloqueo anglo-francés del Río de la Plata, dirigiendo la batería Restaurador en el Combate de la Vuelta de Obligado. Su comportamiento en la acción contra las potencias agresoras movieron al comandante Lucio Norberto Mansilla a calificarlo en su parte de “digno de renombre de intrépido y sereno guerrero”. (https://dbe.rah.es/biografias/71511/alvaro-jose-de-alzogaray). ↵






