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La investigación antropológica en y sobre pandemia

Acerca de las condiciones para la producción de conocimientos y la propia implicancia

Laura Cerletti y Laura Santillán

Introducción[1]

La emergencia sanitaria declarada a nivel mundial a inicios del año 2020 a raíz de la expansión del virus SARS-CoV-2, impactó de manera honda a las sociedades en su conjunto y, claramente, a los sujetos que las integran. Como bien sabemos, las medidas de aislamiento y distanciamiento social para amortiguar los efectos de la enfermedad, no solo afectaron de manera negativa las condiciones sociales, económicas, laborales, de la gran mayoría de la población, sino también en aspectos vinculados a la vida íntima, personal, la sociabilidad. Los conjuntos sociales y los sujetos con quienes trabajamos vieron afectada, en definitiva, sus vidas de manera integral, así como quedaron afectadas las propias, incluyendo nuestro quehacer antropológico.

En este capítulo la intención es compartir consideraciones de orden teórico-metodológico respecto a la investigación antropológica en y sobre la pandemia, dos cuestiones que entendemos de modo interrelacionado, y que ameritan reflexiones específicas. Nos detendremos en los modos en que tuvo lugar nuestra labor investigativa tanto en el período de pandemia como luego –al indagar sobre la experiencia vivida–, focalizando de manera central en la reflexión sobre la propia implicancia y situacionalidad como investigadoras. Según entendemos, si bien estas cuestiones cuentan con un significativo acervo en la tradición disciplinar y atraviesan usualmente los procesos de construcción de conocimientos, en nuestro caso, se dinamizaron de modo muy particular a partir de la pandemia. Ese modo singular se concatena profundamente con nuestras temáticas de investigación relativas a la educación y el cuidado de las infancias, a las que nos hemos dedicado con anterioridad a la pandemia, y que hemos a su vez abordado en función de la excepcionalidad del tiempo de emergencia sanitaria (en su prolongada y múltiple temporalidad). Al avanzar en nuestras investigaciones sobre la pandemia –en el período mismo y luego, una vez finalizado– hemos ido advirtiendo algunas relaciones sugestivas sobre los modos en que se articulan la producción de conocimientos con las problemáticas bajo estudio. La excepcionalidad de la pandemia constituye una suerte de lente amplificadora que ha hecho más visibles múltiples situaciones y procesos previos, a la vez que profundizó muchos de ellos –tal como ha sucedido claramente con la desigualdad social–. Así, nos proponemos enfocar esa lente en nuestro quehacer como investigadoras, en su indisociable imbricación con las experiencias vitales que como sujetos sociales compartimos con las poblaciones con quienes investigamos, buscando arrojar luz sobre una “normalidad” que la excepcionalidad pandémica ayuda a develar.

Algunos puntos de partida

En la experiencia transitada, la pregunta por los modos de hacer etnografía que movilizó desde sus inicios la pandemia tuvo una dimensión insoslayable: la dificultad –cuando no imposibilidad– de llevar adelante el trabajo de campo, al menos del modo en que veníamos desarrollándolo, en el cual las interacciones co-presenciales y permanencia en los lugares en donde se desenvuelven los procesos bajo estudio son centrales. De manera gradual, y como fue un común denominador dentro y fuera de la investigación social, el trabajo de indagación fue incorporando entre sus estrategias el uso de instrumentos que, si bien ya estaban presentes, hasta esos momentos no eran centrales. Al respecto podemos citar el uso de las tecnologías digitales que, aunque ya formaba parte de las estrategias comunicacionales en el trabajo de campo (la aplicación WhatsApp de mensajería instantánea es un ejemplo de ello), no era para nada una variable que tuviéramos en cuenta para las entrevistas en profundidad –como sí nos sucedió tras la irrupción de la pandemia–. Introducida esta cuestión y, fundamentalmente, al momento de detenernos en sus implicancias, seguimos a otros autores y autoras quienes, en relación a otros contextos (ver los trabajos de Ardévol y Lanzeni, 2014; entre otros) nos ayudan a comprender que la inclusión de tecnologías digitales no fue una novedad que trajera la pandemia, aunque sí que la expandiera a un ritmo y escala novedosos.

Diversas producciones se han abocado de lleno a discutir esta dimensión que, a su vez, con el transcurso del tiempo –y la profundización que ese transcurso posibilitó–, se ha hecho extensiva a múltiples aristas (sobre la noción de sujeto, sobre los contornos y los entornos de los referentes empíricos en la investigación, entre otras)[2]. En diálogo con esas discusiones, en este capítulo nos interesa enfocar el análisis en torno a una dimensión del trabajo de investigación que nos parece central y es la relativa a las condiciones de producción de conocimientos. Condiciones de producción que, en nuestro caso, como ya aludimos, tienen un correlato sumamente significativo con lo que producimos como conocimientos en sí, sobre las vidas de las y los adultos que tienen niñas y niños a su cargo y las (sobre) exigencias que acarreó la pandemia y medidas asociadas.

Según entendemos, este eje de interés por las condiciones de producción nos conduce a interrogantes hondos que aluden, en definitiva, a nuestro quehacer etnográfico y antropológico. Nos disponemos, por tanto, avanzar hacia allí, sin perder de vista a la vez todo un bagaje acumulado, reflexivo, dentro de nuestra disciplina. Y al respecto, nos resulta absolutamente enriquecedor retomar las consideraciones de la antropóloga argentina Elena Achilli en una intervención acontecida mientras transcurría la pandemia: los postulados teórico-metodológicos y epistemológicos con los que ya veníamos trabajando proveen un piso importante desde el que poder analizar los materiales y datos producidos en el contexto de excepcionalidad vivido[3]. Estas consideraciones nos impulsan a trascender un camino posible como es el de analizar los procedimientos relativos a la producción de los datos en sí, para más bien abrir el interrogante acerca de cómo se relaciona, en todo caso, lo que registramos a través de diversos medios y de tales procedimientos con lo que nos estamos preguntando, y produciendo como conocimiento. Dicho en otros términos, algo que nos parece central es la relevancia que asume la construcción de las preguntas de investigación como eje vertebrador para la adecuación /correspondencia entre las estrategias metodológicas, los procedimientos para producir la información, y el proceso analítico.

Por tanto, en nuestra experiencia, la discusión por los modos de hacer antropología tiene un sustrato clave: las condiciones materiales y subjetivas en las cuales producimos. Y en este sentido, el contexto gestado en la pandemia sí trastocó lo que veníamos haciendo, tanto en el plano de los tiempos, de los espacios como de los procedimientos. ¿De qué manera lo hizo? ¿Qué reflexiones e interrogantes nos permite, ahora, en retrospectiva en cuanto a las condiciones de investigar en pandemia? ¿Cuáles reflexiones se abren en cuanto a aquello que interpretamos desde nuestras implicancias al momento de investigar sobre este período marcado por la excepcionalidad?

Las reflexiones que compartimos se sustentan en las investigaciones que venimos realizando en el campo de la etnografía y antropología de la educación. Por un lado, nos referimos a la indagación que llevamos adelante como equipo colectivo de trabajo y que desde el 2010 se propone de manera central comprender los procesos sociales y políticos involucrados en la escolarización, la educación y los cuidados de niñas y niños en los contextos contemporáneos de desigualdad social[4]. Este interés incluye analizar, desde la perspectiva antropológica, el campo de intervenciones y prácticas en torno a las niñeces y la vida familiar, considerando para ello tanto a las producciones estatales, como las gestadas desde la acción colectiva por parte de las organizaciones políticas y comunitarias y los propios ámbitos domésticos, incluyendo a los adultos y los mismos niños.

En relación a las investigaciones individuales, por un lado, desde unos años al presente nos hemos venido enfocando en la producción de la crianza y educación infantil, con atención a los procesos contemporáneos tendientes hacia la territorialización de las políticas estatales y las intervenciones sociales. Esta indagación llevada adelante por Laura Santillán, comprende trabajo de campo en el noroeste del Gran Buenos Aires (partidos de Tigre, José C. Paz y San Miguel) e implicó avanzar en la documentación etnográfica de una serie de iniciativas estatales, domésticas y gestadas por parte de organizaciones sociales en torno a los cuidados y la educación de las infancias, los cuales implicaron procesos de politización de estas dimensiones de la experiencia de los niños y las niñas.

A su vez, la investigación desarrollada por Laura Cerletti se ha centrado en los modos en que se lleva adelante la educación y la escolarización de las nuevas generaciones con especial foco en las prácticas y los sentidos que producen las y los adultos con niños y niñas a su cargo en los ámbitos domésticos, en su conjugación con diversas dimensiones vitales que constituyen la vida familiar. Esto también incluyó un foco específico en las relaciones entre las familias y las escuelas, atendiendo a las diversas demandas y requerimientos, analizados como parte de un proceso de creciente transferencia de responsabilidades a planos individuales de acción. El trabajo de campo ha tenido lugar tanto en la Ciudad de Buenos Aires como en distritos de la zona norte de su conurbación, con sujetos pertenecientes a sectores subalternos y medios.

En ambos casos, hemos dado especificidad y continuidad a nuestras temáticas de investigación en relación a lo vivido durante la pandemia y a la salida de la misma, tanto a través de la recopilación de fuentes documentales (especialmente durante los momentos de mayores restricciones a la circulación), como de la realización de trabajo de campo (a través de medios virtuales y presenciales, cuando las medidas de prevención lo permitieron) durante el período de Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio y del de Distanciamiento Social Preventivo y Obligatorio (en el caso de Laura Santillán), y con inmediata posterioridad al mismo (en el caso de Laura Cerletti).

En lo que sigue avanzamos en torno a las preguntas que ya introdujimos, organizando nuestras consideraciones en dos ejes que nos parecen centrales y que nos conducen a una reflexión nodal que adelantamos aquí: la pandemia profundizó algo que ya nos estaba sucediendo desde antes de sus inicios, a saber, el atravesamiento en las propias experiencias vitales por los mismos procesos –o, en todo caso, equivalentes– que veníamos estudiando.

Un sustrato clave: acerca de las condiciones de posibilidad y la propia situacionalidad

La pregunta por las implicancias y lo que significó investigar en pandemia nos conduce, sin demasiadas dudas, a interrogarnos por la naturaleza y los rasgos que asumieron nuestro quehacer y, como adelantábamos, las condiciones de posibilidad de dicho quehacer. Esbozado en esos términos, antes de continuar con el planteo, es importante esclarecer(nos) qué entendemos por condiciones de producción.

Siguiendo a otros autores, partimos de comprender al conocimiento social –como a todo conocimiento– en tanto socialmente construido (Gouldner, 2001; Menéndez, 2002; Neufeld, 2010). Y al respecto, si bien las Ciencias Sociales son una reflexión acerca del mundo social, son asimismo parte de él (Gouldner, 2001). De allí, la relevancia de ahondar en el escenario social en que nuestra disciplina ha ido produciendo y produce conocimientos (Neufeld, 2010) y los modos en que el sujeto que investiga va construyendo su situacionalidad (Menéndez, 2002). Y en esa tesitura, es importante decir que no solo varían el contexto en el cual producimos, sino nuestras circunstancias y situacionalidades, entendiendo con ello a las posiciones cambiantes que vamos transitando y construyendo en relación al objeto de estudio (Menéndez, 2002). Tal como puntualiza el antropólogo argentino Eduardo Menéndez, el desarrollo de la “antropología en casa” –esto es, el hecho de investigar en la propia sociedad, fenómeno no necesariamente característico del momento inaugural de la disciplina– implicó consigo la reflexión de una serie de cuestiones, entre ellas las formas en que se construye conocimiento con sujetos con quienes la investigadora y el investigador –de manera más o menos directa– comparte los imponderables de un mismo escenario social, económico y político (Menéndez, 2002). Circunstancias que en ocasiones pueden implicar que los sujetos formen parte, incluso, de la propia situacionalidad inmediata de quien investiga, conllevando este hecho efectos específicos respecto a los modos de definir los problemas bajo estudio y su politización.

Al respecto, entendemos que el contexto de pandemia gestó una particular relación entre nuestras experiencias vitales (en nuestros casos con el atravesamiento de la cuestión de género: maternidades, etc.), los procesos que venimos estudiando a lo largo de dos décadas como investigadoras y en más de una década como equipo de investigación vinculados al cuidado, la educación y la escolarización infantil, y las condiciones para producir. Como expusimos en un texto previo (Santillán y Cerletti et al., 2020), las medidas sanitarias implementadas para mitigar los efectos adversos de la pandemia de COVID-19 produjeron transformaciones que movilizaron distintas dimensiones vitales: entre ellas se destacan las dificultades económicas dado la merma de ingresos en los grupos domésticos, a la vez la intensificación del trabajo en algunas áreas; en cuanto al trabajo reproductivo, la suspensión de la ayuda externa complejizó el cuidado y la asistencia hacia las infancias y las personas adultas mayores de nuestras familias; no menor fue el esfuerzo que demandó para el trabajo reproductivo la “continuidad pedagógica” planteada desde el sistema educativo (y la necesidad de acompañamiento que especialmente los más pequeños requirieran para poder realizarla mínimamente); así como las demandas infantiles (implícitas y explícitas) vinculadas con las consecuencias de la situación que se estaba viviendo. Todas estas cuestiones –con sus correlatos en las propias angustias, ansiedades e incertidumbres con las que los adultos y adultas atravesamos esta situación– tuvieron a su vez implicancias profundas en nuestras condiciones de producción.

Así, dada nuestra situacionalidad como investigadoras mujeres y madres[5], no podemos dejar a un lado una relación que en ocasiones el mismo campo académico –y quienes lo integran/integramos– omite: la relativa a los procesos de cuidado y crianza y las peculiaridades que asume en nuestra contemporaneidad el mercado laboral. Para decirlo con mayor precisión –y esto es algo que forma parte de nuestras hipótesis de investigación en estos temas– los procesos que involucran los cuidados y la crianza si por algo se destacan es por la marcada individualización. Tal como se desarrolla en otros capítulos de este libro, las medidas gubernamentales tomadas en pandemia para mitigar el avance del virus presuponen esa individualización (Barna, Levin y Gallardo, en este mismo volumen), a la vez que la profundizaron (Santillán, Cerletti y Calderón, ídem). En simultáneo, en cuanto a las peculiaridades de nuestro trabajo no podemos dejar de mencionar la manera en que las actividades de docencia y de investigación, atravesadas por lógicas neoliberales, vieron acrecentadas las exigencias de productividad y burocratización como bien han señalado otros escritos (Achilli, 2013), lo cual –y sobre todo en relación a la virtualización repentina del trabajo docente–, se acentuó también durante el período pandémico. Esto nos da lugar para reflexionar acerca de qué es lo que la pandemia generó de novedoso: y, al respecto, podemos aludir a la superposición de actividades y la reconfiguración abrupta de tiempos y espacios (entre demás cuestiones mencionadas anteriormente), todas peculiaridades que fueron un común denominador para multiplicidad de hogares a partir de marzo de 2020 y que incluyeron las vicisitudes planteadas en el año 2021 en relación a las particularidades dadas en períodos de alternancia de presencialidad en la escuela y ámbitos académicos. En paralelo, también podemos reflexionar en torno a aquello que en realidad ahora, visto en perspectiva (con distanciamiento temporal), no era tan novedoso: las tensiones mencionadas en cuanto a las relaciones de la vida productiva y laboral y la reproducción de la vida, atravesadas claramente por la condición de género (Comas d’Argemir, 2000). Las prácticas relativas a la organización doméstica, y muy especialmente, a la crianza, la educación y los cuidados de los propios hijos e hijas –así como de los adultos mayores–, se llevaban adelante desde antes del período pandémico con escasa o nula ayuda de terceros (es decir, por fuera del grupo doméstico inmediato), y sin mayores consideraciones en relación a la “productividad” esperada desde el ámbito académico. Las dificultades y desafíos para conjugar ambas cuestiones, a su vez, se van naturalizando como un asunto de resolución individual, y si bien no son inexistentes, las voces que plantean esto como una temática a atender en términos sociales por cierto no abundan –o no logran tener un peso significativo en cuanto a la transformación de las condiciones para la producción de conocimientos y su conjugación con el trabajo reproductivo–[6].

Claramente, entonces, las mayores tensiones y dificultades que atravesamos estuvieron vinculadas a las condiciones de producción, cuestión que en algunos debates públicos (en la propia disciplina y otras afines), por momentos quedó soslayado frente a otras preocupaciones. Por su parte, en el próximo apartado nos dedicaremos a desarrollar algunas aristas significativas que, en el contexto de pandemia, abrió la propia implicancia en el trabajo de campo y los efectos sobre el proceso de investigación.

Implicancias y experiencias en un contexto de excepcionalidad

Teniendo en cuenta lo desarrollado en el apartado anterior, la reflexión que traemos aquí, en definitiva, refiere a la propia implicación y, centralmente, sobre aquello que acontece cuando los procesos sobre los que indagamos también nos involucran de lleno como sujetos sociales. Nos interesa abrir la discusión, concretamente, sobre los modos en que nuestra situacionalidad como mujeres, madres e investigadoras[7] se han ido poniendo en juego en diversas instancias de nuestros procesos de investigación en y sobre la pandemia. En ese sentido, la excepcionalidad del período resulta sugestiva para evidenciar esos modos, y para despuntar qué de ello es específico como novedad derivada de la pandemia y qué la trasciende o antecede. Vale decir que coincidimos con otros autores y autoras cuando afirman que la práctica de quien investiga está enteramente investida en el campo y, precisamente, es en ese marco que obtendremos pistas valiosas sobre cómo interpretar aquello que producimos (Althabe y Hernández, 2005). Siempre teniendo en cuenta, además, que si algo caracteriza al trabajo de campo socio antropológico es su carácter intersubjetivo y la experiencia subjetiva que implica (Achilli, 2013). Como plantea Graciela Batallán (2020), desde este enfoque –desarrollado con mucha profundidad dentro de la etnografía educativa crítica de tradición latinoamericana–, “la ‘centralidad del investigador’ deja de referirse a su condición psicológica o ‘testimonial’ para ser entendida como parte de la problemática en estudio” (Batallán, 2020, p. 212).

Simultáneamente, otro aspecto que nos interesa destacar en cuanto a los modos en que se retroalimentan las propias experiencias vitales con los procesos de construcción de conocimientos que llevamos adelante como investigadoras, se deriva de la relación que tenemos con las propias preguntas de investigación. Nuestros procesos de investigación tienen un importante margen de libertad de elección respecto a la temática a estudiar. Y muy especialmente, el proceso de producción de las preguntas de investigación se desarrolla de modos sumamente singulares, a partir de las propias preocupaciones, la relevancia social que entendemos tienen, el diálogo con las producciones de múltiples sujetos, y lo que vamos analizando e interpretando en base a lo que registramos en la producción de los datos de investigación (el trabajo de campo, la recopilación documental, etc.)[8]. Esto implica una diferencia significativa con otras modalidades de investigación, en las que las preguntas que se busca responder han sido formuladas por otros sujetos y/o no involucran necesariamente un proceso de producción de los interrogantes por parte de quien desarrollará la investigación en sí (por mencionar un ejemplo, podría ser el caso de las investigaciones que se llevan adelante para evaluar la implementación de políticas). De tal forma, desde antes del inicio del trabajo de campo, esto redunda en que indefectiblemente se involucre de lleno nuestra propia implicancia como sujetos sociales en aquellos temas sobre los que además queremos aportar como investigadoras[9]. De hecho, la intensidad de la experiencia pandémica –que como aludimos, implicó para nosotras conjugar la sobrecarga de demandas propias de la pandemia[10], especialmente las vinculadas a la educación y el cuidado de nuestros hijos e hijas y a lo laboral–, no solo movilizó nuevos interrogantes sobre nuestros “viejos” temas de investigación, sino que nos llevó de lleno a preguntarnos cómo había resultado esa experiencia para las demás mujeres/madres, y a comenzar a trabajarlo, desde ese lugar, como nuevo interrogante de investigación.

Asimismo, en el desarrollo de nuestras indagaciones, durante la realización de las entrevistas y/o situaciones de intercambio, no es inusual que emerjan de modo espontáneo comentarios relativos a nuestras experiencias como mujeres/madres, ya sea a partir de preguntas que nos hacen (en especial si tienen algún conocimiento sobre este aspecto de nuestras vidas), y/o de alusiones de nuestra parte, ante lo insoslayable de la experiencia en común. Por cierto, en nuestros trabajos de campo durante y tras la pandemia[11] –momentos en que, como dijimos, las tareas cotidianas relativas al cuidado y educación de las niñas y los niños se intensificaron aún más– esto también se nos hizo más notorio. Así los registros construidos en este período:

Con Mariela, maestra de Sala de 3 años de un Jardín público, nos encontrábamos de lleno en la entrevista. Era una mañana fría de julio y habíamos pautado vernos a las 7.30 a través de la plataforma Zoom. Luego de las 8.30 Mariela quería quedar liberada ante las actividades y consultas que tenía pautada con los nenes y las nenas de sus salas y sus familiares. Habíamos ya transcurrido media hora y me encontraba muy concentrada escuchando el modo a través del cual Mariela había resuelto el envío de unas actividades a un grupo de familias que no se podían conectar vía internet. Continuamente ella me relataba todas las estrategias –y sentires– que estaba poniendo en juego en cuanto a la continuidad a distancia. En el medio de esta escucha se abre de golpe la puerta del cuarto en que me encontraba e ingresa mi pequeña hija de 2 años. Mariela la ve e inmediatamente me expresa ¡qué linda! ¡Como me pasa a mí, te interrumpió en pleno trabajo! Ambas nos reímos. Hasta ese momento yo no sabía que Mariela tenía una hija pequeña (en su caso de 8 años), o algo estaba al tanto (de que era madre), pero de allí en más no solo me relató las circunstancias de trabajar como maestra en pandemia y ser madre, sino de las particularidades de ser mamá y acompañar la escolaridad de su hija. Todas cuestiones que no se habían esbozado hasta ese momento en la entrevista, aun cuando había indagado en su situación personal (Registro de campo, julio del 2020).

Este fragmento de registro de campo hace notoria la intensificación de las demandas que recayeron sobre las mujeres/madres durante la pandemia, y dada la superposición de tareas en un mismo tiempo y espacio –tanto de nuestras entrevistadas como de nosotras mismas–, hizo insoslayable el atravesamiento de las propias experiencias de maternidad de las diversas partes involucradas. Y lo que resulta de interés acá es que justamente el hecho de ese atravesamiento en común –con las singularidades de cada caso– dio lugar a continuar profundizando el conocimiento mutuo, y con ello, la riqueza de lo que se pudo ir poniendo de manifiesto.

Fue algo recurrente en las entrevistas que se incluyeran en el diálogo alusiones a las propias experiencias vitales –tanto de la entrevistadora como de la entrevistada–. Por cierto, eso no necesariamente es una singularidad del período pandémico. No obstante, a diferencia de otros períodos y/o temáticas bajo estudio, sí constituyó una especificidad de la pandemia –sea de investigar en o sobre, como dijimos al inicio– el hecho de que ambas partes supiéramos que, de una forma u otra, para todas se trataba de momentos de excepcionalidad. Algunas de nuestras entrevistadas sabían que teníamos hija o hijos, con anterioridad a nuestros encuentros. Otras no, como en el caso de Sonia que, de modo sugestivo, lo preguntó durante la entrevista, tal como se observa en el siguiente fragmento de registro:

Sonia tiene un hijo que cursaba su séptimo grado de la primaria y una hija que estaba en tercero de la secundaria en 2020, es bióloga, y trabaja como personal de apoyo del CONICET (con sede en un Museo que incluye institutos de investigación). Durante la entrevista, realizada por Zoom, ella me iba relatando algunas actividades profesionales para las cuales, previo a la pandemia, le costaba encontrar el tiempo para realizar (“montañas de datos para procesar”), y que durante la pandemia sí había tenido oportunidad de llevar adelante. Dado que aun en los momentos de mayores restricciones algunos días tenía que acudir a su sede de trabajo de modo presencial (alternadamente), le pregunté si los días que no concurría también tenía trabajo desde su casa: “Sí, sí. Bastante trabajo, bah, bastante, al principio no, que todos quedamos así como patinando en el aire y encarando esas cosas, viste, que decís, uy, bueno… me imagino que a vos te pasará lo mismo. Datos, yo tengo montañas de datos para procesar, montañas. Mi pareja lo mismo [se dedicaban a lo mismo]. Entonces la verdad es que uno dice, ‘uy, qué bueno, me voy a poner a hacer esto que pensé que nunca me iba a llegar una oportunidad para hacerlo…’. Y empecé a sacar cosas, viste, nada, que tenía en el baúl ahí, arrumbado, viste. Y la verdad que estaba bueno porque esto que decís, algo como que pensás, ‘nunca voy a tener el tiempo para hacer esto’ y la pandemia, la cuarentena, como que nos lo permitió, viste. Entonces trabajábamos con lo que teníamos en la computadora, viste”. Me relataba que, en cuanto al acompañamiento escolar a su hijo, al principio le dedicaba tiempo para ayudarlo a organizarse y a aprender a usar algunas de las herramientas digitales, pero luego con poca demanda (hacia ella) él podía resolver sus actividades escolares. Luego la conversación fue llevando a una de sus mayores preocupaciones, dada por el estado anímico de su hija mayor, afectada por el aislamiento –mucho más que su hijo, a quien describió como un “ciber boy”, que se conectaba con sus amigos para jugar on line y demás–. En ese momento de la entrevista, ella me preguntó a mí si tenía hijos. Le conté que sí, que tenía mellizos que habían empezado primer grado en 2020, y que mi experiencia era exactamente lo contrario a lo que me había contado, entre la carga laboral (como docente, al tener que virtualizar la materia que dictaba, y también por las diversas actividades vinculadas a la dirección de tesistas, las evaluaciones que nos solicitan a las y los investigadores, y demás compromisos difíciles de interrumpir), mis hijos y las múltiples demandas: “cuando me decías, todo el material archivado y poder trabajar, viste, adentro mío se me cae un lagrimón…” [en alusión a la superposición de tareas y la escasez de tiempos] (Registro de campo, septiembre de 2022).

El contraste entre nuestras experiencias –no exclusivo de esa entrevista– nos fue permitiendo ahondar en una de las hipótesis de trabajo sobre la que fuimos avanzando tanto en el equipo de investigación como en las indagaciones individuales. Así, a diferencia de una tendencia a homogeneizar la experiencia de la pandemia –especialmente entre sujetos pertenecientes a sectores socioeconómicamente semejantes– que encontramos en la bibliografía disponible, se nos fue haciendo evidente que las experiencias eran sumamente heterogéneas, dada una importante variabilidad de singularidades[12]. Nuestra propia implicancia como sujetos sociales atravesadas por la vivencia de la pandemia, como mujeres trabajadoras (docentes e investigadoras) y madres, no solo se pone en evidencia durante la realización del trabajo de campo en sí, sino que también, es indisociable de la producción de nuestros desarrollos analíticos y de los conocimientos que logramos ir plasmando.

En otras de nuestras entrevistas, y tal como ilustra la situación con Mariela, los modos de relatar la experiencia pandémica, y las reflexiones surgidas del mismo diálogo, hallaban muchos más puntos en común que en el caso de Sonia, lo cual también fue dando lugar a ahondar en los aspectos similares, los matices, las diferencias según la singularidad de circunstancias, y así sucesivamente. No obstante, sí fue un común denominador en todas las entrevistas que surgieran múltiples expresiones relativas a los desafíos y dificultades, a la sobrecarga de tareas, entre otras cuestiones, con las cuales fuimos gestando y dando sustento a nuestras hipótesis de trabajo (en una sintonía similar a la que plasman diversos autores), en este caso, relativa a la intensificación de demandas y requerimientos que recayeron sobre las mujeres/madres durante el período pandémico (y más allá)[13].

A su vez, a diferencia de lo que se observa en los registros anteriores, donde las experiencias vitales de la entrevistadora surgieron sea espontáneamente, como en el caso de Mariela –por las circunstancias–, o intencionalmente a partir de alguna pregunta de la entrevistada, como en el caso de Sonia, en otras de nuestras entrevistas la referencia a las propias experiencias tuvo que ver con nuestra iniciativa (más bien improvisada, por cierto). Así, nuestra entrevista con Paula, psicóloga y madre de un niño de cinco años y una de ocho al inicio de la pandemia, discurría con respuestas un tanto escuetas, sin ampliar en detalles. Buscando las formas de ahondar en la descripción sobre las diversas prácticas que se fueron llevando adelante en las distintas temporalidades de la pandemia, el recurso fue la mención a la propia experiencia:

Laura: ¿Y vos ibas entonces armando tu agenda semana a semana, digamos, con los pacientes…? Para mí, en la experiencia personal por lo menos, ese período del 2021 también fue como muy difícil en esto, ¿no? Por ahí para mucha gente [el 2020] fue más difícil por todos los cierres, pero esos malabares del 2021 fueron…
Paula: No, tremendo. Tremendo (con énfasis).
[Y a partir de ahí continúa explayando muchas más complejidades con las que lidiaba en ese contexto, con la situación laboral del marido, la suya propia, etc.] (Registro de campo, septiembre de 2022).

Lejos de ser una estrategia premeditada, la alusión a la propia experiencia de la investigadora fue parte de una búsqueda para ahondar en el relato y las reflexiones compartidas, que a diferencia de otras de las maneras en las que también lo intentamos, dio resultados más ricos, más profundos. Como ya dijimos, esto no necesariamente es una novedad que trajera la pandemia. Lo novedoso, en todo caso, era saber de antemano que compartíamos un contexto vital extraordinario, y que poner de manifiesto los modos singulares en que lo transitamos y lo significamos, nos permitía conocer con nueva profundidad múltiples aristas de la experiencia. Este proceso no quedó exento de interrogantes y desafíos, tal como desarrollamos en el siguiente apartado final.

A modo de cierre y nuevas aperturas

En el marco de este ejercicio de reflexividad que nos planteamos, para cerrar –y a la vez, continuar abriendo– no podemos dejar de mencionar algunos desafíos. Vale decir que esos desafíos no son una particularidad exclusiva de investigar en y sobre pandemia, en todo caso se nos han hecho mucho más evidentes y presentes justamente por la intensidad del período (y su efecto amplificador, como planteamos en la Introducción de este libro). Y porque, como dijimos al principio del capítulo, abre a discusiones que han quedado un tanto soslayadas en los debates y aportes teórico-metodológicos que tuvieron lugar en el propio campo disciplinar antropológico durante y tras la pandemia.

Así, esta puesta en juego del propio atravesamiento por aquello sobre lo que estamos preguntando y compartiendo en nuestros trabajos de campo, puede arriesgar a la sobreinterpretación de algunas respuestas. Es decir, pone en tensión los modos en que interpretamos aquello que les sucede a otros sujetos a la luz de la (intensa) experiencia propia. En un sentido relativamente similar, en paralelo, nos expone a la posibilidad de pasar por alto algunas cuestiones que pueden resultar obvias, dada la similitud de algunas de estas experiencias, y con ello, dificultar el trabajo de objetivación de aquello que precisamente queremos evidenciar, desnaturalizar.

Nos preguntamos, por tanto, sin respuestas cerradas, por las condiciones para generar una dinámica entre el compromiso y el distanciamiento (retomando a Norbert Elias), donde el trabajo analítico posterior al trabajo de campo permite cierto distanciamiento temporal –que nos resulta clave en la propia experiencia–, con instancias de intercambio con otras y otros colegas (fundamental, en este caso, la pertenencia a un equipo de investigación), a través del cual va tornándose posible analizar con creciente profundidad aquellos procesos que justamente llevan a este atravesamiento en común de experiencias vitales. Esta necesidad de distancia temporal, no obstante, no resulta fácil de resolver de cara a las exigencias de productividad que mencionamos en el apartado sobre las condiciones de posibilidad para llevar adelante los procesos de investigación, y las tensiones con las demás demandas que nos atraviesan como madres. Y sin duda, durante el largo período pandémico, esas condiciones y tensiones se complejizaron a una escala sin precedentes para quienes teníamos niñas y niños a nuestro cargo –aun cuando, como ya dijimos, las dificultades no tuvieron ahí su punto de origen–.

En simultáneo a esos riesgos, también nos resulta notorio que con mucha frecuencia, durante el trabajo de campo, los momentos en que se identifican experiencias en común sobre los mismos procesos que estamos estudiando, suele tener lugar una profundización de los relatos que se comparten. La relación que se va construyendo así se reconfigura de algún modo en términos de la posibilidad de ahondar en las reflexiones y los intercambios. Y la pregunta que se abre acá es por las implicancias concretas de estas particularidades transitadas en nuestro trabajo de campo en el contexto de pandemia en cuanto a aquello que producimos como conocimiento (incluyendo las preguntas de investigación que vamos formulando). Las hipótesis de trabajo que sucintamente fuimos presentando más arriba, de hecho, han surgido al calor de estas implicancias, desafíos y potencialidades.

Por cierto, partiendo de comprender al trabajo de campo como práctica situada y relación social (Batallán y García, 1992), las descripciones y los relatos de los acontecimientos ya no constituyen mera “fuente de datos”, sino producto de la comunicación (Althabe y Hernández, 2005; Batallán, 2020). De tal forma, lo que nos fue surgiendo de las interacciones con nuestras entrevistadas –y su retroalimentación con el trabajo analítico y las idas y venidas sobre las preguntas de investigación– en cuanto a las alusiones a una experiencia que grosso modo fue común, nos permitió encontrarnos con diferencias marcadas y/o de matices. Esto habilitó un proceso de revisión de los propios supuestos, junto con un registro de creciente profundidad respecto a las heterogeneidades con las que aún en condiciones semejantes (respecto a cuestiones de género y de tareas de cuidado, entre otras), se transitó la pandemia –algo tan excepcional y expandido–, justamente, de modos sumamente singulares.

Las instancias en que se retroalimentan nuestros procesos de investigación con los procesos vitales que atravesamos como sujetos sociales exceden por cierto los momentos de trabajo de campo en sí, como señalamos más arriba. Junto con ello, los desafíos y las dificultades involucran tanto las condiciones de producción que ya mencionamos, como los modos en que nuestras preguntas de investigación emergen en relación a lo que vivimos. Y vale decir que los modos en que vivimos la propia maternidad (con foco en la educación y el cuidado de nuestros hijos e hija) se constituye también en interrelación con la experiencia previa –y simultánea– de investigación sobre la temática. Los riesgos que implican estos desafíos, por cierto, tienen su contracara en las potencialidades que abre para transitar la vida y la investigación, y poder decir algo al respecto. Las condiciones de posibilidad –laborales, temporales, y demás–, tal como la pandemia dejó más que nunca en evidencia, son una clave crucial para ello.

Referencias bibliográficas

Achilli, E. (2005). Investigar en Antropología Social. Los desafíos de transmitir un oficio. Laborde Editor.

Achilli, E. (2013). Investigación socioantropológica en educación. Para pensar la noción de contexto. En N. Elichiri (Comp.), Historia y vida cotidiana en educación. Manantial.

Althabe, G. y Hernández, V. (2005). “Implicación y reflexividad en Antropología”. En V. Hernández, C. Hidalgo y A. Stagnaro (Comps.), Etnografías Globalizadas. Sociedad Argentina de Antropología.

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Batallán, G. (2020). “Antropología y metodología de la investigación. Contribución al debate conceptual y pedagógico”. En G. W. Noblit (Ed.), The Oxford Encyclopedia of Qualitative Resarch Methods in Education. Oxford University Press.

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  1. Este capítulo es una versión revisada y ampliada de la ponencia “Investigar en pandemia: entre las condiciones de posibilidad y la propia implicancia” presentada en el V Seminario Taller-RIAE, Entre Ríos, del 27 al 29 de abril de 2023.
  2. El capítulo escrito por Mariana Nemcovsky en este volumen recoge y ahonda los debates en esa dirección.
  3. Aludimos a la intervención que la antropóloga rosarina realizó en el Panel “Debates y desafíos metodológicos”, que tuvo lugar en el 12º Congreso Argentino de Antropología Social (junio y septiembre de 2021, organizado por la UNLP).
  4. Nos referimos al proyecto UBACyT “La producción de los cuidados, la educación y la vida familiar: un abordaje antropológico en torno a las infancias y las juventudes en contextos atravesados por la pandemia y la desigualdad social”, y PIP (CONICET) “Educación y cuidado infantil: un abordaje etnográfico sobre las responsabilidades adultas y las necesidades de los niños y las niñas en el contexto de la vida cotidiana en tiempos de pandemia”, ambos dirigidos por Laura Santillán y Laura Cerletti, Instituto de Ciencias Antropológicas, FFyL, UBA.
  5. Ambas autoras de este capítulo somos investigadoras en el CONICET y docentes universitarias, a la vez que madres. Al inicio de la pandemia, una de nosotras tenía una hija de dos años, y la otra, dos hijos mellizos que iniciaron primer grado en 2020.
  6. Por supuesto los diversos aportes y discusiones que instalaron en los últimos años los feminismos contribuyeron a esta visibilidad.
  7. Queremos expresar un reconocimiento especial a Soledad Gallardo, amiga y colega del equipo de investigación que integramos, por las múltiples conversaciones sobre los atravesamientos y las implicancias de la propia maternidad –como investigadoras– con relación a los procesos de investigación relativos a la educación de las nuevas generaciones, llevados adelante en especial con mujeres/madres. Han sido una inspiración tanto sus avances de investigación y sus aportes en torno a lo que denomina la maternalización de las políticas socioeducativas, como las reflexiones y relatos compartidos mano a mano. Este texto sin duda es una instancia más de esos enriquecedores diálogos.
  8. Luego, nuestros procesos, avances y resultados de investigación son evaluados de modo riguroso en múltiples instancias, pero esas instancias permiten libertad suficiente para producir las preguntas de investigación –libertad que resulta crucial para la producción de conocimientos en profundidad–.
  9. Por razones de espacio no abundamos en esta línea, pero vale mencionar que en la propia disciplina –y no solamente– ha sido ampliamente discutida la importancia del trabajo con los propios supuestos de quien investiga, como condición de posibilidad misma de la producción de conocimientos (entre otros, véase Gouldner, 2001; Achilli, 2005; Batallán, 2020).
  10. Desarrollamos lo referido a la sobrecarga de demandas a las personas con niños y niñas a su cargo durante la pandemia en el capítulo escrito por ambas, junto a Julieta Calderón, en este mismo libro.
  11. Nos referimos a la realización de entrevistas abiertas, en profundidad, que cada una de nosotras pudo realizar, ya sea de modo presencial o virtual (a través de plataformas de videollamadas), entre 2020 y 2022 con mujeres/madres de niños en edad escolar, con docentes y referentes comunitarios. Vale señalar que la posibilidad de llevarlas adelante no solo tuvo que ver con lo que permitieran las condiciones de confinamiento, sino especialmente con las propias condiciones de posibilidad a las que aludimos antes.
  12. El capítulo escrito por Laura Cerletti y el escrito en coautoría entre Laura Santillán, Laura Cerletti y Julieta Calderón, en este mismo libro, ahondan en el desarrollo de esta hipótesis, con su respectiva descripción analítica.
  13. Al respecto, y para profundizar en esa hipótesis y sus fundamentos, también nos remitimos a los otros capítulos individuales y en coautoría en este mismo volumen. También se pueden consultar Santillán (2023) y Cerletti (2024).


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