¡Hay quien viene aquí en peregrinaje! Es verdad, esto no es Lourdes, Santiago de Compostela, Nuestra Señora de Guadalupe o La Meca. Pero a estas excavaciones de la antigua Elea –es decir, Marina de Ascea, aproximadamente a noventa kilómetros al sur de Salerno y a dos horas en tren desde Nápoles– no llegan solo los visitantes, sino también los “peregrinos”. Cierto, “peregrinos” un poco especiales que usualmente llegan de incógnito y por su cuenta, pero con regularidad y de a decenas, y cada vez más numerosos.
Quienes vienen a las excavaciones de Elea-Velia con una actitud de religiosa devoción son, en su mayoría, profesores universitarios provenientes de los lugares más diversos del planeta. ¿Cuál es el atractivo? El hecho de que aquí nacieron y vivieron Parménides y Zenón, es decir, que esta mítica colonia griega –conocida primero con el nombre de Yele, más tarde con el de Elea y luego, en época romana, con el de Velia– haya sido el lugar donde se formaron milagrosamente dos mentes excepcionales.
Además, Elea posee el don extraordinario de mostrarnos los lugares cantados por el poeta-filósofo Parménides en su poema o al menos una serie de detalles llamativamente coherentes con la narración: una calle, una puerta, el pasaje de la luz a la penumbra… ¡Es como si cerca de Florencia existiese todavía la “selva oscura” de Dante y se la pudiese visitar!
Un tercer don, no menos extraordinario, es el siguiente. Casi 650 años después de la muerte de Zenón todavía se contaba esta historia: que Zenón amó particularmente su ciudad natal porque era una pequeña pólis que “criaba solo personas de bien” y donde no florecía la arrogancia que se percibía, en cambio, en Atenas. Es necesario mucho esfuerzo antes de encontrar otra ciudad antigua a la cual le haya tocado un reconocimiento tan alto e influyente. Es así que todavía hoy ser ciudadano de Yele, llamada después Elea, después Velia, después Ascea, constituye un orgullo de los más raros.
Además, este flujo de visitantes ilustres se acentuó desde que en 2009 la ciudad comenzó a designar como ciudadanos honorarios de Elea a algunos grandes especialistas en el estudio de Parménides y desde que en 2006, a casi tres kilómetros de las excavaciones, se realizan periódicamente los encuentros denominados Eleatica. No obstante, estos son solo detalles porque hay mucho más para descubrir. Lo haremos, primero, dando una mirada al contexto.
1.1. El contexto: la migración de los foceos
Cuando hablamos de Parménides y Zenón, hacemos referencia a una sociedad de lengua griega, la magna Grecia, y al mítico siglo V a.C.: la edad de oro de Atenas, los tiempos de Pericles y Fidias, del Partenón, de los sofistas, de los grandes maestros del teatro trágico y cómico –Esquilo, Sófocles, Eurípides y Aristófanes–; la edad en la cual en aquella ciudad floreció la democracia.
Elea se encuentra en la extrema periferia de este mundo. Es una colonia griega, es decir, una de las más de cien ciudades fundadas por los griegos en las áreas más diversas del Mediterráneo. Si no fue una de las últimas en ser fundada, casi. Usualmente una colonia se fundaba porque un núcleo de la población de la ciudad de origen iba a buscar suerte, pensando en hacer negocios con las poblaciones locales. Pero el caso de Elea es diferente, esencialmente porque fue toda una pólis, o al menos una parte importante de la ciudad de origen, la que decidió buscar suerte en otro lugar y lo decidió por necesidad. Heródoto relata que los fundadores de Elea venían de Focea, localidad situada sobre la costa de la actual Turquía, al norte de la ciudad de Esmirna, próxima a la isla de Quíos (Historias I 163-167).
Alrededor del 550 a.C., Focea, como tantas otras ciudades griegas situadas sobre la costa turca del mar Egeo, sufrió la presión del Imperio persa que se expandía a gran velocidad: una presión cada vez más difícil de soportar, dada la desproporción entre la formidable máquina organizativa, bélica y económica del imperio, y los limitados recursos de estos centros autónomos que estaban vivos y eran prósperos, pero definitivamente demasiado pequeños.
De manera diferente a otras póleis griegas de la zona como Mileto y Éfeso, y mucho antes que ellas, los foceos llegaron a la conclusión de que no había condiciones para resistir y que era el momento de pensar en una solución drástica: buscarse una nueva patria. Es decir, irse todos, o casi todos, de allí y construir una nueva Focea en cualquier otra parte que no fuera ninguna de las casi diez colonias fundadas antes por otros grupos de foceos.
En la época, los foceos se distinguían, al parecer, por la agilidad y velocidad de sus naves. Es significativo que el rey de Tartessos, habiendo tenido noticia de la intención de los foceos de dejar su territorio y buscar otro lugar donde asentarse, les ofreciera la posibilidad de instalarse en su territorio, según refiere Heródoto. Tartessos se encontraba en la actual Andalucía, con las bocas del Guadalquivir que desembocan en el Atlántico, a más de cien kilómetros al oeste del estrecho de Gibraltar, mucho más lejos que las míticas “columnas de Hércules” y a una distancia simplemente demencial de Focea.
Debemos pensar que llegar a Tartessos desde las costas del este del mar Egeo era como viajar a Australia en el siglo XIX: un viaje larguísimo y necesariamente expuesto a riesgos, que requería de mucho tiempo para reportar las propuestas del rey a los conciudadanos y comunicarle cuáles eran las decisiones por las que los foceos se inclinaban. Sin embargo, es muy posible que haya sucedido algo por el estilo.
Heródoto nos refiere que, rechazada la oferta, los foceos fueron a establecerse a medio camino, sobre la costa oriental de Córcega, en una localidad denominada Alalia. Pero la llegada en masa de los foceos, que eran considerados una auténtica potencia naval y mercantil, alarmó a los etruscos y a los cartagineses, por lo que estos se aliaron, emprendieron la guerra contra los foceos de Alalia y muy pronto lograron prevalecer. Para los recién llegados, fue forzoso volver a partir y, luego de algunos años, terminaron por instalarse directamente en la propia Elea, donde permanecieron por siglos.
1.2. El contexto: demos ahora un vistazo al territorio
Ahora tratemos de comprender algunas características del territorio en el cual se construyó la nueva pólis y detenernos un poco en las huellas todavía visibles. Hoy es diferente, pero hace 2.500 años esto es lo que habríamos visto: un morro que sobresale del mar formando un pequeño promontorio. Sobre su cima se reconoce un clásico templo griego: es la acrópolis de la antigua Elea. Pudo determinarse, en efecto, que en aquella época el mar entraba por ambos lados del promontorio: casi un kilómetro del lado sudeste y mucho más del lado oeste. En los tiempos de Parménides, por lo tanto, el morro se extendía incluso sobre el mar.
La ciudad se ubicaba en la colina meridional, donde estaba también el puerto, y naturalmente la acrópolis, que era fácil defender. Las excavaciones, que pertenecen en gran parte al período 1955-1970, permitieron localizar los edificios más diversos. En medio de la costa se encontró un recinto rectangular donde, según algunos, estaba situado un templo, pero según otros, el ágora (la plaza principal, el lugar de reuniones) de la pequeña ciudad. Luego, si se continúa recorriendo la calle en subida podemos encontrar una puerta conocida como la “Puerta Rosa”, que está situada exactamente en la cuenca y por la cual se ve el mar hacia ambos lados. Pero sobre todo se da allí un notable efecto de luz-sombra, dado que, si el sol ilumina un lado, el otro permanece en la sombra y viceversa.
En el lugar también han sido descubiertas estatuas, en particular un busto de Parménides, e inscripciones. El territorio circundante conforma el Cilento, una “sub-región” montañosa todavía hoy muy característica, a tal punto que los habitantes de este territorio se sienten y están orgullosos de ser cilentanos.
1.3. Elea vista desde Parménides
Ahora intentemos por un instante ponernos en los zapatos del hijo de un foceo, llegado a Elea hace pocos años y todavía empeñado, como todos, en configurar y equipar la nueva ciudad. Cada uno se ocupaba, como era necesario, de su propia casa, de organizarse para la pesca, de alimentar a los caballos, de construir arados y carros, de mantener los barcos en funcionamiento, ocasionalmente de combatir y, ¿por qué no?, de acuñar aquellas monedas de plata que fueron típicas de Elea.
Parménides nació en esta pólis cerca de treinta años después de su fundación[1], cuando los foceos probablemente se veían todavía afectados por las dificultades de los inicios, en particular por los efectos de su expulsión de Alalia. ¿Cómo evitar la marginación quedándose en Elea, si aún hoy muchos cilentanos tienden a pensar que, para evitar los inconvenientes de un excesivo aislamiento, sería necesario, como mínimo, viajar a Salerno y Nápoles, o mejor todavía, a Roma y Milán?
En esa época, el circuito de las personas pudientes podía contar, por ejemplo, con el equivalente al concierto de algún famoso rapsoda o “cantautor”; con un posible contacto con algún otro intelectual residente en otras ciudades griegas de la zona, como Alcmeón de Crotona o algún pitagórico; con el eventual contacto con exponentes de otras ciudades de la Jonia; y con la posibilidad de encargar la reproducción de algún “libro” de valor que se realizaba en ciudades lejanas, como Agrigento o Siracusa. Claramente, ganar experiencia y ampliar los propios horizontes en aquellas condiciones no debía ser cosa fácil.
Pero sabemos que en Velia se estableció, en esa época, un auténtico poeta que fue, al mismo tiempo, un intelectual de vasta cultura: Jenófanes de Colofón[2]. No es seguro, pero es muy probable que Parménides se haya formado y ampliado sus horizontes sobre todo frecuentándolo a él. No por nada también el alumno ha sido un buen poeta, además de un intelectual profundo y creativo como pocos. Y no por nada el alumno del alumno, Zenón, pudo manifestar un especial apego por aquella pequeña ciudad que, gracias a ellos, se volvió súbitamente famosa en el mundo griego.
En efecto, estos dos ciudadanos de la antigua pólis de Elea resultaron ser personalidades creativas y del todo fuera de lo común. Uno en virtud de las tantas cosas que logró comprender bien. Podemos dar dos ejemplos: primero, que la tierra debería ser esférica y segundo, que la luna debería estar iluminada constantemente por el sol en un cincuenta por ciento, independientemente de cómo se nos aparece a nosotros que la observamos estando sobre la tierra; por no hablar de la maestría con que supo elaborar la noción de ser. El otro, gracias a sus memorables invenciones verbales: las paradojas.
No se necesita mucho para comprender que estos dos maestros de Elea se encontraron haciendo todo por sí solos. De hecho, es impresionante el avance representado en la obra de ambos, en dos campos diversos y con modalidades muy diversas entre sí. Sin embargo, ni Elea ni las otras ciudades griegas de la zona fueron capaces de dar vida a un circuito cultural de relieve, como había sucedido, en cambio, en Mileto y como sucedería poco después en Siracusa y, sobre todo, en Atenas. La falta de un contexto de este tipo nos obliga a suponer que los dos, a pesar de ser, sin ninguna duda, personas de elevada cultura, no tuvieron interlocutores en la zona, por lo que apreciamos aún más su creatividad poco común.
1.4. Parménides y Zenón: ¿quiénes eran?
Después de este veloz paseo por Elea, empecemos a acercarnos a estos dos antiguos maestros. Comenzaré recordando que estamos hablando de personalidades que vivieron en épocas muy lejanas y que seguramente no tenían interlocutores. No obstante, es posible que Parménides se haya formado con Jenófanes para luego avanzar en direcciones apreciablemente diversas. También Zenón, si se formó con Parménides, logró abrirse, sin duda, un camino completamente suyo.
Muchos insisten en repetir el bello relato hecho por Platón al inicio de su diálogo Parménides y asegurar que Zenón, alumno afectuoso y brillante, se movilizó para contratacar a quienes osaban no solo criticar, sino también burlarse de su maestro por sus “extrañas” ideas sobre el ser y el no-ser. Sin embargo, es dudoso que alguien haya intentado burlarse del gran Parménides. Además, el conjunto de las paradojas zenonianas, al menos lo que sabemos sobre ellas, prescinden ampliamente de Parménides y sus teorías, van por su propio camino, persiguiendo así con éxito un sueño y una intuición propias y no hacen referencia a ningún detractor. Esta es, entonces, una mera fantasía platónica, una fantasía (mŷthos) que no informa sobre los hechos y no ayuda a comprender.
¿Qué es lo que sabemos, entonces, sobre ellos? Antes que nada, dos cosas curiosas e impensadas. La primera es una posibilidad tentadora: la posibilitad de que Parménides, en los primeros versos de su poema, haya hecho una referencia precisa a los lugares de Elea. De hecho, las excavaciones hicieron emerger, como dije, un camino en ascenso que termina en una gran puerta y recrea el efecto día-noche[3]. La segunda es un dato inverificable, pero tan especial que difícilmente esté exento de fundamento. Diógenes Laercio lo informa en sus Vidas de los filósofos ilustres, donde escribe que “Zenón amó su ciudad, una ciudad modesta, capaz solamente de criar personas de bien (ándras agathoús)” y que por esto se habría rehusado a vivir a Atenas (IX 28). Esta es una apreciación tan bella como rara.
Pero con esto aún sabemos muy poco sobre ellos. Para comenzar, tenemos ideas muy vagas sobre la época en que vivieron. Se presume que Parménides nació alrededor del 520 a.C. y estuvo intelectualmente activo durante y después de aquellas “guerras persas” que en la década del 490-480 a.C. afectaron a la Grecia continental, pero no así a las colonias itálicas. Asimismo, Zenón pudo haber nacido entre el 500 y el 480 a.C. Platón habla de un viaje de los dos a Atenas y, si bien esto es muy dudoso, hay indicios para pensar que al menos Zenón hizo este viaje y conoció a Pericles, a Calias y a Protágoras. Otros indicios hacen pensar que el poema de Parménides, su única obra, fue escrito antes o mucho antes del 460 a.C., mientras que el único libro de Zenón podría datar justo del 460-450 a.C., aunque ratifico que la cosa es sólo probable.
Una alusión ahora sobre lo poco que sabemos en torno a sus vidas privadas y públicas. Los antiguos aseguraban que entre ellos existía una relación de tipo homosexual, pero lo mismo se dice de muchos otros. Esto no demuestra nada y no puede ser tomado en serio.
Es más interesante aludir a su vida pública. Se dice que Parménides fue el legislador de su ciudad y que por mucho tiempo los magistrados de Elea, al momento de tomar el cargo, juraban que respetarían las leyes de Parménides. Del segundo se informa que, cuando en Elea se instauró la tiranía de un tal Nearco, personaje del cual no sabemos nada, Zenón habría participado de un complot en su contra. Descubierto y encarcelado, fue sometido a tortura, pero él se rehusó a dar el nombre de los otros conspiradores. Cuando la tortura se volvió insoportable, se cuenta que se declaró dispuesto a dar los nombres, pero solo al oído del tirano. Así, cuando el tirano puso el oído, Zenón le dio a Nearco un mordisco y no habría soltado la oreja hasta que no fue asesinado. La noticia carece de fundamento, pero no es inverosímil.
Si las dos personalidades todavía nos dicen algo, eso no depende de los retratos o de las noticias arriba referidos, por más interesantes que sean. Dependerá, en cambio, de eso que escribieron, de eso que uno enseñó –en varios campos, como veremos– y del tipo de comunicación –modernísima y prácticamente inimitable– que el otro supo idear.
Ahora, será momento de ocuparnos del mérito del libro de Zenón y de las enseñanzas de los dos. Lo haremos introduciendo una anomalía: invirtiendo el orden acostumbrado, hablaremos primero de Zenón y luego de Parménides.
1.5. ¿Por qué comenzar por Zenón? ¿No sería algo extraño?
Sí, quizás es una extrañeza y quizás se podría respetar la costumbre de hablar antes que nada de Parménides, como se hizo siempre; pero las paradojas de Zenón tienen una cierta frescura y continúan siendo tan innovadoras como para merecer la anticipación. De hecho, sería necesario saborear sus paradojas una a una y hacerlas resonar en nuestra mente para degustarlas, ya que no son una sucesión de enseñanzas. Cada una es una provocación y cada una tiene algo creativo. Por lo tanto, es necesario esforzarse para “probarlas” con la mente despejada y aventurarse en sus meandros sin pensar en otra cosa. Todo lo demás, incluso Parménides, puede esperar. Por lo menos, esta es la razón que ha convencido al autor de estas páginas, pero cada lector puede ir directamente el tercer capítulo antes de pasar por el segundo.
- Sobre la época en la cual Parménides vivió se tienen, en realidad, ideas más bien aproximadas. Indicativamente: 520-450 a.C. De él se sabe que escribió un solo poema en hexámetros épicos, que llegó parcialmente hasta nosotros (leemos todavía cerca de 160 hexámetros). Fue un intelectual célebre, muy discutido, pero también tratado con gran respeto. Es comúnmente considerado el padre de la metafísica y de la ontología.↵
- Colofón era una pólis griega situada en la actual Turquía, sobre la costa este del mar Egeo, al sur de Esmirna y al norte de Éfeso. Jenófanes, nacido alrededor del 575 a.C., se hizo una gran reputación como poeta festivo, en el sentido de que entretenía al público con sus versos sobre todo en ocasiones de fiestas, recibimientos y grandes banquetes. No por nada algunas de sus composiciones festivas son fascinantes aún hoy para nosotros. Como poeta, tuvo manera de recorrer un poco toda Grecia, llegando a establecerse, en edad tardía, precisamente en Elea, donde probablemente murió con más de cien años. Así, como poeta y narrador, Jenófanes fue también un sophós, un intelectual culto, autor, entre otras cosas, del primer Perì phýseos (Sobre la naturaleza) en versos, obra de gran divulgación sobre los “secretos” de la naturaleza. No es, por lo tanto, casual que Parménides, probablemente formado en su escuela, haya escrito también un Perì phýseos en versos.↵
- Ver infra capítulo 3, sección 3.1.↵






