1. Las representaciones sociales
El concepto de representaciones sociales propuesto por Serge Moscovici, en 1961, se constituye en un punto de partida ineludible para la elaboración de una definición amplia y abarcativa del término.
Este psicólogo social las define como:
Una modalidad particular del conocimiento, cuya función es la elaboración de los comportamientos y la comunicación entre los individuos (…) La representación es un corpus organizado de conocimientos y una de las actividades psíquicas gracias a las cuales los hombres hacen inteligible la realidad física y social, se integran en un grupo o en una relación cotidiana de intercambios, liberan los poderes de su imaginación (Moscovici, 1979: 17 y 18).
Para Moscovici las representaciones sociales son una forma especial de adquirir y comunicar conocimientos, una manera que crea la realidad y el sentido común. Al ser generadas y adquiridas, las representaciones sociales no están preestablecidas sino que son fruto de las interacciones sociales.
Por su parte, la investigadora Denise Jodelet (2000) –ex alumna y colaboradora cercana de Moscovici- ofrece una definición aun más completa:
Las representaciones sociales conciernen al conocimiento del sentido común, que se pone a disposición en la experiencia cotidiana; son programas de percepción, construcciones con estatus de teoría ingenua, que sirven de guía para la acción e instrumento de lectura de la realidad; sistemas de significaciones que permiten interpretar el curso de los acontecimientos y las relaciones sociales; que expresan la relación que los individuos y los grupos mantienen con el mundo y los otros; que son forjadas en la interacción y el contacto con los discursos que circulan en el espacio público; que están inscritas en el lenguaje y las prácticas; y que funcionan como un lenguaje en razón de su función simbólica y de los marcos que proporcionan para codificar y categorizar lo que compone el universo de la vida (10).
Moscovici, en tanto, habla de ellas como entidades tangibles y dinámicas que circulan y se cristalizan constantemente en nuestra cotidianeidad a través de las relaciones sociales que establecemos. Por lo tanto, una palabra, un gesto, un encuentro, una charla, las observaciones realizadas por cada persona, una experiencia narrada por un amigo, la lectura de un libro o los testimonios que se recogen de los acontecimientos corrientes son suficientes para la elaboración de una representación.
La mayor parte de estas observaciones y de estos testimonios proviene, sin embargo, de quienes lo han inventariado, organizado, aprendido dentro del marco de sus intereses. Periodistas, sabios, técnicos, hombres políticos nos proporcionan continuamente comunicaciones sobre decisiones políticas u operaciones militares, experiencias científicas o inventos técnicos (Moscovici, 1979: 34).
El individuo integra este flujo permanente de intercambios y experiencias de acuerdo a un orden que él mismo establece y usa como le parece y, al hacerlo, está construyendo una representación.
Por eso una representación habla, así como muestra; comunica, así como expresa. Después de todo produce y determina comportamientos, porque al mismo tiempo define la naturaleza de los estímulos que nos rodean y nos provocan, y el significado de las respuestas que debemos darles (Moscovici, 1979: 17).
Lo expresado anteriormente nos lleva a señalar que mediante las representaciones sociales las personas y las instituciones producen significados, a través de los cuales se construye la realidad social. Aunque esa construcción y exposición permanente a las representaciones sociales están organizadas de diferentes maneras según “las clases, las culturas o los grupos y constituyen tantos universos de opiniones como clases, culturas o grupos existen” (Moscovici, 1979: 45).
En este punto, el teórico europeo plantea tres dimensiones que inciden en la manera en que perciben y organizan las representaciones los miembros de una sociedad: la información, el campo de representación o la imagen y la actitud.
La información –dimensión o concepto- tiene que ver con el conjunto de conocimientos o caudal de datos que un grupo posee de una institución, de determinadas personas, de variados acontecimientos o de múltiples conceptos que circulan a nivel social.
Por su parte, el “vocablo ‘campo de representación’ nos remite a la idea de imagen, de modelo social, al contenido concreto y limitado de las proposiciones que se refieren a un aspecto preciso del objeto de la representación” (Moscovici, 1979: 46).
La actitud, en tanto, está vinculada con la toma de posición directa de un grupo o sujeto en relación con el objeto de la representación social.
Por lo tanto, las tres dimensiones nos dan una idea del contenido y del sentido de una representación social, puesto “que nos informamos y nos representamos una cosa únicamente después de haber tomado posición y en función de la posición tomada” (Moscovici, 1979: 49).
Por su parte, Jodelet (1988) enfatiza el carácter significante de la representación, puesto que no sólo restituye de manera simbólica lo que está ausente, sino que puede sustituir también lo que está presente. Por lo tanto, no es “simple reproducción, sino construcción y conlleva en la comunicación una parte de autonomía y de creación individual o colectiva” (476).
Las consecuencias de este carácter que adquiere la representación son señaladas por Jodelet (1988: 476). Una de ellas es que la imagen de una representación es inseparable de su aspecto significante. Lo que significa que la representación hace que a toda imagen se le atribuya un sentido y que a todo sentido le corresponda una imagen.
Una segunda consecuencia que señala la investigadora francesa, es que el término imagen -relacionado con la representación- no está asociado con la idea de reproducción pasiva, copia o reflejo del mundo.
Los estudios sobre las representaciones sociales emplean el término imagen en un sentido totalmente diferente, ya sea como figura, conjunto figurativo, es decir, constelación de rasgos de carácter concreto o bien sus acepciones que hacen entrar en juego la intervención especificante de lo imaginario, individual o social, o de la imaginación (Jodelet, 1988: 477).
Por otra parte, Moscovici plantea preguntas vinculadas con las significaciones que agrega el adjetivo `social’ al sustantivo `representación’: “¿Cuáles son los límites precisos de lo social, qué representación no sería social, a qué índices se reconoce el grado de adecuación entre una representación y un grupo social?” (Moscovici, 1979: 51).
Moscovici busca las respuestas a través del proceso de producción de las representaciones y, para ello, parte de la idea de que una representación es creada y producida colectivamente.
El teórico asegura que para calificar de social a una representación no es suficiente saber quién la produce, sino por qué; lo que obliga a poner el acento en la función que cumple, puesto
Que la representación contribuye exclusivamente al proceso de formación de las conductas y de orientación de las comunicaciones sociales. Tal función es específica y con respecto a ella hablamos de representación social” (Moscovici, 1979: 52).
Otro concepto que utiliza para profundizar la idea social de la representación es que ésta condensa una reflexión colectiva, en la que un individuo no habla como una persona particular –supremacía de lo colectivo sobre lo individual- sino que se convierte en vocero de su grupo o clase.
Los grupos tienden a edificar representaciones para resolver problemas, para darle forma a las interacciones sociales y para establecer pautas de conducta, además de funcionar como marco de interpretación de fenómenos sociales, por lo que se convierte en uno de los factores constitutivos de la realidad y de las relaciones sociales.
Profundizando aún más la manera en que se elabora una representación, Moscovici asegura que se construye de acuerdo con dos procesos fundamentales: la objetivación y el anclaje.
La objetivación es el proceso a través del cual a los conceptos simbólicos o abstractos se los materializa y adquieren entidad propia, como por ejemplo, la amistad, la educación.
Este proceso, por lo tanto, permite transformar lo que es extraño en familiar, reducir la incertidumbre ante los objetos operando una transformación simbólica e imaginaria sobre ellos.
Al transformarse las imágenes simbólicas en realidades concretas se efectúa un proceso de naturalización como paso esencial de la transformación. Posteriormente se realiza la clasificación de esos elementos extraños para organizarlos y adaptarlos de acuerdo con el orden preexistente, atenuando de este modo el choque con toda concepción nueva. El proceso es fundamental puesto que permite nombrar los diferentes aspectos de lo real y, por eso mismo, definirlos. Si aparece una clave diferente, sus nuevas denominaciones se asocian con las entidades existentes y las ayudan a redefinirse.
Naturalizar, clasificar, son dos operaciones esenciales de la objetivación. Una convierte en real al símbolo, la otra da a la realidad un aspecto simbólico. Una enriquece la gama de seres atribuidos a la persona (y, en este sentido, se puede decir que las imágenes participan en nuestro desarrollo), la otra separa algunos de estos seres de sus atributos para poder conservarlos en un cuadro general de acuerdo con el sistema de referencia que la sociedad instituye (Moscovici, 1979: 77).
El proceso de anclaje, al igual que la objetivación, permite transformar lo extraño en familiar. Esto lo hace insertando el objeto extraño en un marco de referencia conocido y preexistente, incorporando las representaciones en la dinámica de lo social, haciéndolas instrumentos útiles de comunicación y comprensión.
Teniendo en cuenta la función integradora que cumplen el anclaje y la objetivación, se puede asegurar que sirven para guiar los comportamientos, lo que equivale a señalar que la representación objetivada, naturalizada y anclada es utilizada para interpretar, orientar y justificar los comportamientos.
Jodelet (2011: 137) expresa, de manera muy directa, que la importancia de la teoría de las representaciones sociales está dada en que “el receptor ya no es más considerado como una tabla rasa en donde se inscriben informaciones nuevas, la transmisión no supone más una relación jerárquica entre el emisor que detenta el saber y un receptor pasivo”.
La relación entre ambos está condicionada por los valores, normas, ideas, identidades, experiencias, conocimientos y las conductas de las personas que integran diversos grupos o clases. Por lo que las representaciones sociales deben ser estudiadas en situaciones locales teniendo en cuenta los atributos mencionados, puesto que nos permiten acceder a los diferentes aspectos de una realidad en un lugar y momento determinado.
2. Representaciones sociales e identidad de los docentes
Las representaciones sociales están vinculadas con las percepciones, las prácticas de los individuos y de los grupos, pero también con la manera en que se perciben, por lo que están íntimamente relacionadas con la identidad.
En el caso particular de los docentes, el posicionamiento que ocupan en la estructura social es otorgado por la misma sociedad, pero también, por la aceptación del rol específico que les atribuyen y por los rasgos de identidad que los docentes elaboran.
Por lo tanto, la identidad profesional de maestros y docentes –su profesionalidad- se define a través de aspectos culturales, sociales, políticos, económicos y mediante modelos pedagógicos.
Para Berardi, Capocasale y García Montejo (2009) las transformaciones sociales que impactan en la identidad profesional de maestros y docentes se originan en tres contextos diferentes: en un
Contexto macro, que depende de la evolución de las fuerzas sociales, políticas, económicas y financieras; contexto político administrativo, supone un nivel meso que se refleja en leyes y decretos con capacidad de cambios limitados; contexto práctico, que refiere a la práctica educativa de los docentes y de los centros educativos (40).
Según las autoras, los tres contextos resultan fundamentales para comprender los sistemas educativos y los cambios que se dan en ellos a lo largo del tiempo. Esto incide en la identidad profesional de los docentes y en sus prácticas.
Por lo tanto, en función de las lecturas que los docentes realicen de los cambios que se dan en el sistema educativo y, en particular, en las instituciones en las que desarrollan su trabajo, implementan nuevas estrategias tanto individuales como colectivas.
Este proceso es efectuado en el marco de la conformación de su identidad profesional, que tiene que ver con la autoimagen, la autobiografía y las representaciones que los docentes construyen de la comunidad educativa.
Esto quiere decir que los docentes, como agentes sociales fundamentales de las instituciones educativas, construyen y reconstruyen su profesión en función de los cambios que se dan en la estructura social y del impacto que perciben en las instituciones y de manera individual.
No obstante, para indagar en la visión que los maestros tienen de su profesión es necesario establecer el lugar que ocupa la docencia en la sociedad actual. En tal sentido, Tenti Fanfani (2005: 17) asegura que los cambios experimentados en las últimas décadas en torno al oficio docente pueden caracterizarse de la siguiente manera: La docencia es una ocupación en desarrollo cuantitativo permanente. Esta profesión se caracteriza por su expansión casi ininterrumpida puesto que acompaña la escolarización creciente de la población.
Al mismo tiempo, esta expansión, en especial en el sector público, se realiza conservando las regulaciones jurídicas tradicionales que garantizan determinadas condiciones de ingreso, carrera y trabajo: selección y ascenso sobre la base de criterios formales (diplomas y antigüedad), pocas oportunidades de promoción, estabilidad en el empleo, cierta rigidez en la definición de los puestos y las tareas, fuerte supervisión y control administrativo del trabajo realizado, etcétera (Tenti Fanfani, 2005: 17 y 18).
El oficio docente posee una heterogeneidad creciente, dada por la intervención de una serie de factores que actúan de manera combinada:
los procesos de descentralización de la gestión educativa y la autonomía creciente de las instituciones, la introducción de innovaciones científico-tecnológicas en materia pedagógica, la formalización creciente de los aprendizajes, la proliferación de ofertas educativas privadas y sociales, la diversificación de las ofertas de aprendizaje, la introducción de nuevas formas de división del trabajo pedagógico, la expansión y proliferación de “niveles” educativos, etcétera (Tenti Fanfani, 2005: 18).
El autor también señala que el cuerpo docente no sólo es más heterogéneo sino que también adquiere grados crecientes de desigualdad al tener en cuenta parámetros como el nivel del salario, las condiciones del trabajo (selectividad, posibilidades de ascenso y de capacitación) y cuestiones vinculadas con el prestigio, reconocimiento o estatus vinculado con el desempeño de la labor.
Los aspectos anteriormente señalados inciden en la visión que los docentes conforman de su trabajo y, como lógica consecuencia, en sus prácticas individuales y colectivas.
Tenti Fanfani (2005) asegura, entonces, que masividad, heterogeneidad y desigualdad son rasgos que definen en la actualidad la profesión docente, sin embargo, todavía persisten representaciones de los maestros correspondientes a otros tiempos históricos, caracterizadas por la homogeneización y la estandarización. En tal sentido, algunos discursos siguen presentando al magisterio como una vocación o un apostolado del que no se deberían reclamar recompensas materiales excesivas.
Por lo tanto, la sumatoria de mensajes contradictorios generados y derivados de distintos sectores con intencionalidades diversas incide en la configuración de una visión social de la labor del docente en la sociedad contemporánea.
3. Los medios masivos de comunicación y las representaciones sociales
Los medios masivos de comunicación son de gran importancia en las sociedades modernas puesto que están presentes en la vida cotidiana de las personas y les permiten obtener una visión particular de la realidad. Debido a la relevancia social que adquieren, los medios deben ser analizados de acuerdo con su constitución como empresas y su influencia social a partir de sus producciones simbólicas.
De acuerdo con este criterio, el primer aspecto a analizar es el vinculado con el poder económico. En este sentido, como se señaló anteriormente, es indicado concebirlos en la actualidad como partes integrantes de amplios conglomerados económicos, debido a que a partir de la década de 1980 a nivel mundial, y de la década de 1990 en América Latina en particular, la implementación de políticas neoliberales impactó en la transformación de la industria mediática.
En la Argentina, a partir de la década de 1990, se observa un desplazamiento de las formas estatales y familiares a la de corporación (Mastrini y Becerra, 2006: 59). Hasta ese momento el sistema de medios estaba compuesto por grupos de carácter monomedia, dirigidos por una empresa o grupo familiar con intereses casi exclusivamente en los medios. El sistema de corporación –al que hacen referencia Mastrini y Becerra- está basado en la conformación de conglomerados multimedia constituidos por grupos integrados por más de una empresa que se caracterizan por tener intereses en la industria de las telecomunicaciones, de los medios y en diversos sectores de la economía. La conformación de estos conglomerados impulsó la transformación de los sectores de la prensa diaria, editorial, radio, televisión, discográficas, entre otros.
En tal sentido, Mastrini y Becerra (2006) explican que:
En dicha década la operación de medios más importante fue la compra de la cadena de televisión americana ABC por Capital Cities por un monto de 340 millones de dólares. En los 90, se comprueba un proceso de diversificación multimedia, con la consolidación de los grupos más importantes. En el siglo XXI, aparecen operaciones que buscan combinar los grupos multimedia con otros que favorezcan la interactividad de las audiencias. Es una etapa reticular o interactiva. Cada vez menos actores en el mundo aglutinan más procesos productivos y centralizan mayores volúmenes de capitales. De esta forma, en poco menos de 20 años, las sumas invertidas en las industrias de la información y la comunicación se multiplican exponencialmente, dando cuenta de la centralidad de los procesos de concentración (44).
Una vez establecidas las características constitutivas de los medios masivos de comunicación como conglomerados empresariales que poseen multiplicidad de intereses es posible analizarlos desde otros aspectos.
Denis McQuail (2000:8) propone ver a los medios como un recurso de poder, por su potencial influencia, control e innovación en la sociedad y, además, porque son el modo primario de transmisión y fuente de información esencial para el funcionamiento de la mayoría de las instituciones sociales.
Las organizaciones y actividades mediáticas tienen sus normas de funcionamiento, formales e informales, que se complementan con los requisitos legales y éticos establecidos por la sociedad en las que están insertos.
Los medios reflejan las expectativas del público en general y del resto de las instituciones sociales: políticas, económicas, legales, educativas, religiosas. También se puede señalar que las instituciones mediáticas se encuentran segmentadas en función del tipo de tecnología que utilizan: imprenta, cine, televisión, Internet.
A pesar de que los medios cambian con el tiempo de acuerdo con las transformaciones que experimentan las sociedades en las que funcionan, presentan diversas características que los definen, además de generar, proveer y difundir información e ideas. Esas características son definidas por McQuail (2000) de la siguiente manera:
La institución mediática se encuentra en la esfera pública, lo que significa que está abierta a todos, como emisores o receptores; los medios tratan asuntos públicos con fines públicos, sobre todo en cuestiones susceptibles de influir en los receptores. Los medios son responsables de sus actividades ante la sociedad, que se expresa mediante leyes, regulaciones y presiones por parte del Estado y del propio sistema social. Los medios están institucionalmente capacitados, con un notable grado de libertad, como agentes económicos, políticos y culturales (42 y 43).
Es por ello que los medios son importantes, puesto que se constituyen en un ámbito donde se desarrollan multiplicidad de asuntos de la vida pública.
Otro aspecto a analizar es la forma en que pueden ser percibidos los medios. En tal sentido, pueden ser reconocidos como una institución que posee la capacidad de influir en las prácticas, los saberes y en las representaciones sociales. Esta capacidad “opera desde dentro de la cotidianidad, más allá de las situaciones específicas de ‘recepción’, ‘audienciación’ o del carácter de ‘público’, ‘consumidores’ o ‘usuarios’ de los sujetos, extendiéndose a todas las formas de la vida social” (Huergo, 2001: 92).
Por lo tanto, no es posible afirmar que los medios tengan la capacidad de imponer normas, valores y prácticas, no obstante, contribuyen:
A una proliferación inusitada de modelos de identificación que alcanzan el orden cultural: formas de ver, de sentir y de actuar, agendas temáticas, modos de relacionarse y de resolver los conflictos… Pero, además, los sentidos mediáticos proliferantes no están «afuera» como un objeto. Se han hecho cultura, se han hecho hilos en la trama cultural, se han mezclado, se han resignificado, han adquirido nuevos alcances, no por la acción resignificadora de los individuos (de las audiencias) aisladamente, sino en virtud de todo el proceso cultural en el que esos individuos están inmersos y por el que están configurados (Huergo, 2001: 94).
En tal sentido, las sociedades constituyen el ámbito de confrontación en el que actúan las diversas instituciones o, dicho de otro modo, el lugar de negociación entre diversas culturas: una de ellas es la cultura mediática.






