Conversación con Gabriela Selser
Werner Mackenbach y David Díaz Arias
Esta conversación tuvo lugar el 25 de abril de 2023 por medios virtuales. En ella participaron Gabriela Selser (GS), Werner Mackenbach (WM) y David Díaz Arias (DDA). Por su trascendencia, la reproducimos completa.
WM: Les doy una cordial bienvenida a esta plataforma para el diálogo: “El pasado que no cesa y el futuro que no llega: Estados y democracias fallidas en América Latina”, organizada por el centro María Sybilla Merian de Estudios Latinoamericanos Avanzados en las Ciencias Sociales y Humanidades (por sus siglas en inglés, CALAS).
Hoy vamos a tener un conversatorio con la periodista y escritora Gabriela Selser. En la convocatoria para esta plataforma se escribió:
América Latina se debate nuevamente entre el autoritarismo y la democracia, entre el regreso a pasados dictatoriales y la esperanza de sociedades libres, entre el pasado que no cesa y el futuro que no llega. El encuentro trata de pensar la crisis democrática en América Latina, la vuelta del autoritarismo, el estado de salud de sus modelos de desarrollo, los problemas estructurales que aquejan la región y las posibilidades de superarlos.
Como una posibilidad de acercarnos a esta problemática, invitamos a Gabriela Selser a este conversatorio. Nos alegra mucho que nos acompañe hoy, y le agradecemos su participación desde México.
Gabriela Selser, nacida en Buenos Aires, es periodista y escritora. Vivió su primer exilio en México junto a su familia tras el golpe militar de 1976 en Argentina. A los 18 años, motivada por el triunfo de la Revolución sandinista, viajó a Nicaragua para participar en la campaña de alfabetización. Se inició en el periodismo en 1981 y fue corresponsal de guerra durante siete años consecutivos. De 1995 a 2018 fue corresponsal de la agencia alemana de televisión Deutsche Welle, la agencia de noticias Associated Press y otros medios internacionales. Es miembro de la Organización Mundial de Escritores PEN Internacional y, desde enero de 2022, radica en la Ciudad de México, luego de verse forzada a abandonar Nicaragua como consecuencia de la represión gubernamental contra la prensa independiente.
Es autora del libro Banderas y harapos. Relatos de la revolución en Nicaragua, cuya primera edición se hizo en Managua en 2016 y lleva ya cuatro reediciones en Nicaragua y, más recientemente, salió la edición mexicana. Selser también es autora del cuento infantil “La gallina revolución y el árbol de nacatamales”, publicado en 2018 en Managua, y del libro Crónicas de Abril. La verdad sobre la rebelión de 2018 en Nicaragua, publicado en 2023.
Crónicas de Abril… es un libro escrito en marzo de 2023, con base en entrevistas y coberturas realizadas para la agencia alemana de prensa de la DPA, la radio-televisora Deutsche Welle, la agencia de noticias de Associated Press de Estados Unidos y colaboraciones especiales publicadas bajo su firma en otros medios internacionales. Se incluyen también relatos, posts de redes sociales, poemas y testimonios de diversas personas. El libro analiza los antecedentes, la historia y las secuelas de la rebelión social que estalló en Nicaragua el 18 de abril de 2018 y que fue sofocada con violencia por las fuerzas policiales y parapoliciales leales al presidente Daniel Ortega, que gobernó por primera vez Nicaragua, como sabemos, en la década de 1980 y regresó al gobierno en 2007.
Esta obra, cuya publicación ha sido posible gracias al apoyo del Servicio Judío Americano Internacional, pretende ayudar a que, en un futuro cercano, Nicaragua recupere su estabilidad democrática sobre la base de los principios humanitarios básicos de verdad, justicia, reparación y no repetición, como se resume en una presentación de este libro.
Para mencionar brevemente también el libro Banderas y harapos, cito del prólogo que escribió Sergio Ramírez:
En este libro de memorias, Banderas y harapos, Gabriela Selser cuenta su vida en la revolución con una prosa de envidiable exactitud y hermosura, acudiendo al caudal de sus recuerdos de alfabetizadora adolescente primero, y de periodista juvenil después, dos maneras que tuvo de entrar en una historia cuyos orígenes su padre conocía como pocos. Y lo hizo desde el día mismo de bajarse del avión que la traía a su nuevo país desconocido, suyo ya para siempre, testigo privilegiada en adelante de los dramáticos acontecimientos que sacudirían a Nicaragua cada día a lo largo de toda una década que asombró al mundo (Ramírez, 2016: 11-12).
Y también dice en este prólogo Sergio Ramírez:
Banderas y harapos es una pieza de toda esa máquina de relatos que está por armarse para que la época de la revolución cobre vida plena; relatos de alfabetizadores, cortadores de algodón y café, brigadistas de salud, activistas de barrio, combatientes. Y quienes pelearon del otro lado, también deben contarnos sus propias historias. Una historia completa, como un mosaico, en la que cada quien ponga de por medio su historia leal, y real, la historia de su propia vida, como lo hace en este libro Gabriela Selser (Ramírez, 2016: 14).
Muchas gracias de nuevo, Gabriela, por compartir con nosotros este espacio. También muchas gracias a David, que también va a compartir este conversatorio. Sin más, voy a pasar la palabra a David Díaz Arias para que también arranque con este conversatorio.
DDA: Muchas gracias, Werner, y muchas gracias, nuevamente, a Gabriela Selser por concedernos esta conversación y por participar, aunque sea de esta forma virtual, de la Plataforma para el Diálogo de CALAS. Es un gusto tenerla con nosotros, no solo por todo ese background que ha señalado Werner, sino porque ella misma es un baluarte de la lucha ciudadana no solo en Nicaragua, sino en América Latina, y también un baluarte de la forma en que se debe, desde la ciudadanía, defender los procesos democráticos populares.
Gabriela, en 2018, cuando comenzamos a ver en Managua jóvenes en la calle tratando de hacer barricadas, a jóvenes que salían corriendo porque les lanzaban bombas, a jóvenes que se refugiaron en la universidad, parecía como si el levantamiento social que se transmitía era una cuestión meramente coyuntural y basada en una protesta contra una ley de pensiones. En ese sentido no parecía, desde afuera, que hubiera una reacción contra las medidas cada vez menos constitucionales y más antidemocráticas que estaba tomando el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo, desde años atrás, pero especialmente desde 2016. ¿Fue un movimiento coyuntural esto o fue realmente algo que se podía presagiar que iba a ocurrir tarde o temprano?
GS: Sí, bueno, en primer lugar, muchísimas gracias a Werner y a David por esta invitación y por la oportunidad de poder compartir mis opiniones y mi trabajo con su auditorio, y muchas gracias a la Universidad de Costa Rica por esta oportunidad también.
Sí, mira, lo que ocurrió en abril de 2018 fue el detonante de una serie de situaciones y de una acumulación de descontento que venía registrándose en Nicaragua a partir del regreso de Daniel Ortega al poder en el año 2007. Recordemos que Daniel Ortega había gobernado como parte de un directorio sandinista, la Dirección Nacional del Frente Sandinista, nueve comandantes revolucionarios de izquierda que derrocaron la dictadura de Anastasio Somoza en 1979 y se propusieron, o anunciaron impulsar, un proyecto nuevo, un proyecto distinto, con pluralismo político, con libertades, etcétera. La revolución por distintos factores llegó a su fin en 1990, cuando Ortega fue derrotado en las urnas por Violeta Barrios de Chamorro luego de diez años de guerra brutal, en la que también los Contras fueron apoyados desde el exterior por Estados Unidos y el Ejército Sandinista recibía, a su vez, apoyo de parte del campo socialista. Nicaragua quedó inmersa en la Guerra Fría y todo eso lo resintió la población.
Después de diez años en los que finalmente terminaron votando por un gobierno diferente, un gobierno que puso fin a la guerra, un gobierno neoliberal pero que ofrecía libertad y paz, que era lo que la gente estaba deseando. Daniel Ortega volvió al poder en 2007, después de 16 años de estar en la oposición, y de gobiernos de derecha o neoliberales, y volvió con ofertas de trabajo, paz y reconciliación. Sin embargo, al poco tiempo comenzó a cerrar espacios cívicos de participación ciudadana, a perseguir al movimiento feminista y a los defensores de derechos humanos en las universidades. Se cerraron espacios de participación de los estudiantes y fueron tomados por la Juventud Sandinista, que es un brazo juvenil del partido de gobierno; entonces ya todos los espacios de poder y de elección popular dentro de las universidades mismas comenzaron a ser controlados y cooptados, desde las más altas esferas del poder, concretamente el brazo juvenil del partido que dirige Daniel Ortega y que gobierna desde 2007, junto a su mujer Rosario Murillo.
Lo que sucedió en abril de 2018 fue el resultado de una acumulación, a mi juicio, del descontento de la sociedad frente a estas cosas. Recordemos que en 2008 hubo denuncias graves sobre fraude electoral en las elecciones municipales de ese año; en 2009 se proscribió a varios partidos opositores, entre ellos la disidencia del Frente Sandinista, el Movimiento Renovador Sandinista que se llama “Unamos”. Luego hubo también denuncias de fraude en las elecciones de 2011 y las de 2016, en las que Ortega volvió a reelegirse. Ortega lleva ya tres reelecciones consecutivas, cuatro mandatos consecutivos, en total; inició su nuevo mandato en enero de 2022, luego de enviar a encarcelar a los principales rivales políticos en 2021, de manera que cuando los jóvenes salieron a la calle en 2018 estaban demostrando su descontento. A mi juicio, fue como una explosión.
Recordemos que unos días antes de la reforma unilateral del Seguro Social, que es lo que motivó la salida de los primeros estudiantes en León, en Occidente, y luego en Managua, unas dos semanas antes, hubo también manifestaciones de rechazo al gobierno por un incendio que ocurrió en la zona sur del país. El gobierno actuó de manera totalmente negligente, no mandaban a parar el incendio, no detuvieron a los responsables que eran invasores de tierras que ocupaban territorios que, en esa zona igual que en el Caribe, son territorios indígenas. En Indio Maíz se quemaron más de 5.000 hectáreas en esos días y ahí los jóvenes salieron por primera vez a las calles a protestar, antes del 18 de abril, alrededor del 12-13 de abril. De manera que lo que vimos a partir de abril de 2018, y hasta el día de hoy en que Nicaragua está resistiendo bajo una represión absoluta, no es un factor aislado, no fue un movimiento espontáneo, sino que fue una reacción de hastío y de rechazo a ese sistema que cada vez más mostraba mayor autoritarismo y mayor opresión.
WM: Yo estuve la última vez en Nicaragua en marzo de 2018. Después no me atreví a regresar. Normalmente viajaba regularmente tres o cuatro veces al año para visitar amigos, amigas, pero también, por la cooperación con colegas, especialmente en el Instituto de Historia de Nicaragua de Centroamérica (IHNCA) de la Universidad Centroamericana, que ha sido un centro importante también para tu trabajo de recuperar una memoria de la revolución de la década sandinista.
En aquel momento ninguno de mis amigos, colegas y conocidos se imaginaba una situación como la que estalló en el 18 de abril.
GS: Sí, incluso yo creo que la reacción brutal del gobierno a través de la policía para reprimir esas protestas espontáneas y la negativa a negociar, aunque al final retiraron la reforma del Seguro Social, hizo que se extendiera la protesta. Yo creo que se podría haber evitado la violencia si el gobierno hubiera actuado de una manera más profesional en ese momento y no salir a matar a balazos a los estudiantes que estaban protestando.
WM: Lo que a mí también me ocupa, inquieta y preocupa es la división de la sociedad nicaragüense. Quizás nos puedes decir algo sobre esto. ¿Es solamente una división entre los aparatos del gobierno y la población o influyen otras cosas? Eso también para tratar de entender por qué este gobierno ha tenido la capacidad de mantenerse, a pesar de esta rebelión que comenzó en 2018, pero que tiene una historia más larga.
GS: Yo pienso que el movimiento cívico de protesta que surgió o que se expresó en toda su dimensión a partir de 2018 es muy plural, donde había infinidad de líderes que se llamaban el Movimiento Autoconvocado. Esa pluralidad, y esa diferencia y ese abanico de posiciones que hay dentro de la oposición a Ortega, ha impedido la unidad de la oposición; o sea, lo que fue una virtud en cuanto al movimiento por lo espontáneo, por lo auténtico, por lo plural, en un inicio, luego se convirtió en un problema, porque incluso yo supe como periodista que había gobiernos europeos que les decían: “Nosotros vamos a apoyarlos, pero dígannos, ¿quiénes son los líderes? ¿Con quién hablamos?”. Y había decenas de líderes: líderes campesinos, líderes estudiantiles, líderes políticos, líderes ambientalistas, o sea, el movimiento ha sido tan plural que ha impedido mantener una posición cohesionada frente a Ortega, a diferencia de las posiciones que vemos en el régimen gobernado por un caudillo que es un hombre autoritario que maneja el partido de manera absoluta.
DDA: Gabriela, a mí me ha entrado la duda con respecto a las identidades políticas que podrían ser reivindicadas tanto por el aparato de represión y sus seguidores, como por quienes se levantaron en abril de 2018, y estuvieron allí, en el frente de lucha, por varias semanas. Al respecto, el régimen, a partir de ese momento y hasta hoy, ha construido la idea de que se trata de golpistas, de gente financiada desde fuera de Nicaragua, de gente que representa intereses imperiales estadounidenses o bien de gobiernos de derecha que quieren echar abajo al movimiento sandinista-orteguista y, por otro lado, están las expresiones que vimos durante las jornadas de abril cuando estos jóvenes y estas jóvenes se enfrentaban, no solamente directamente a los policías, sino también a muchos de los símbolos que, desde fuera, siempre relacionamos con Sandino, con la Revolución sandinista, con el espíritu de rebeldía social contra el régimen de Somoza; por ejemplo, la bandera sandinista. Durante las jornadas de abril, la bandera sandinista fue varias veces destruida o bajada de las astas para prenderla fuego.
¿Cómo podríamos interpretar ese fenómeno? ¿Cómo lo interpretás vos? Pensando en qué tipo de identidades políticas podían manifestarse tanto en quienes protestaban, como en quienes se volvieron feroces defensores del régimen.
GS: Yo creo que la situación de estallido de abril polarizó más la sociedad y como que partió, dividió a Nicaragua entre aquellos a favor del gobierno y los que estaban contra el gobierno. Yo vi quemar banderas del Frente Sandinista en las calles, incluso en mi libro Crónicas de Abril narro un pasaje de un adolescente a quien le dijo su mamá que ella no puede ver quemar la bandera, porque ella fue sandinista antes, y que le dolía, y él le contestó: “Es que no es la misma bandera, esto es un trapo que está manchado de sangre”. Ese diálogo yo lo escuché en la calle y lo incluí en mi libro, porque me parece que también en abril, en las protestas, se manejó mucho el tema de los símbolos y de la memoria. Por ejemplo, cuando Daniel Ortega llegó al poder, Rosario Murillo comenzó a decorar Managua como si fuera su casa y ella tiene un gusto muy particular, y entonces decidió poner “árboles de la vida” tomados de la pintura famosa de Gustav Klimt, pero los tropicalizó y por todo Managua puso decenas de árboles con lucecitas, miles de foquitos luminosos y árboles de colores.
Esos árboles comenzaron a caer durante las protestas. La gente los llamaba arbolatas o también chayopalos (Chayo por el diminutivo de Rosario) y siempre los vieron como un símbolo del poder. En la zona del viejo centro de Managua hay una rotonda con el rostro de Hugo Chávez y esa rotonda la protegieron los orteguistas de inmediato, porque también la gente iba a destruirla.
Entonces en el pensamiento colectivo estaba claro cuáles eran los símbolos del poder, y en la medida en que no pudieron forzar a Daniel Ortega y a su esposa a renunciar, la gente optó por destruir las cosas que los representaban a ellos. De manera paralela, la bandera de Nicaragua, que es la bandera nacional azul y blanco, se convirtió en un símbolo de la oposición y también fue satanizada por el régimen hasta el día de hoy.
Daniel Ortega puede participar en un acto político con el jefe del ejército, el jefe de la policía y sus ministros, y sale detrás de él la bandera rojinegra del Frente Sandinista y las banderas de Nicaragua, pero solo ellos las pueden usar. Si un ciudadano común y corriente sale a la calle con una bandera azul y blanca en la mano, ya es signado como terrorista, golpista, detenido y llevado preso.
WM: Esto me lleva a la pregunta, ¿qué quedará del sandinismo como conjunto de ideas? La historia de Nicaragua durante todo el siglo XX ha sido también configurada por el pensamiento de Sandino, la interpretación, la resemantización de su pensamiento, paradójicamente también por Somoza, pero tu padre también ha contribuido para analizar este pensamiento. Y ha sido un momento fundacional la resemantización del pensamiento de Sandino a inicios de los años 60 para el Frente Sandinista de Liberación Nacional. ¿Queda algo de este pensamiento para futuras generaciones? ¿O tenemos que decir “ya terminó una época, ya no hay nada que sacar de este conjunto de ideas para pensar en un futuro diferente para Nicaragua”?
GS: Yo pienso que es rescatable la gesta de Sandino como patriota, como un campesino que se enfrentó a la intervención militar de Estados Unidos en 1927 y fue asesinado en 1934; es un hecho histórico que no puede borrarse de la memoria de Nicaragua y creo que fue una gesta importante porque supuso la primera confrontación a la dictadura de Somoza por parte de un movimiento guerrillero. Sin embargo, yo creo que, a partir de 2007 Ortega ha hecho tanto daño a Nicaragua, como representante o como principal jefe del Frente Sandinista, que también se ha llevado en la balastra al partido mismo. Creo que el Frente Sandinista, como partido político, está absolutamente desprestigiado y tendrá que ser renovado o desaparecerá, porque Ortega lo ha convertido en una criatura de Frankenstein, pues no es ni parecido a lo que alguna vez fue, ni al proyecto de partido que tenían los viejos guerrilleros sandinistas que dieron su vida en la lucha contra Somoza en los años 60-70. El mismo Carlos Fonseca, los mártires de ese partido, pienso yo que no se reconocerían en lo que es ahora el Frente Sandinista.
DDA: Gabriela, pero entonces, ¿qué explica el sostenimiento del régimen en el poder?
GS: El régimen se sostiene por la fuerza de las armas, nada más; a diferencia de otros presidentes latinoamericanos como Evo Morales, que cuando trató de reelegirse con un fraude en las elecciones fue detenido por el ejército, desde hace varios años Ortega ya había cooptado al ejército y a la policía, los tiene de su lado y es lo que lo mantiene en el poder.
Recordemos que cuando las protestas comenzaron, la policía salió a reprimir, pero no daban abasto y Ortega movilizó a más de 3.000 hombres que habían sido jefes de batallones de lucha irregular, jefes de batallones de reserva, coroneles retirados del ejército, generales retirados del ejército, que seguían siendo leales al Partido Sandinista, y Ortega los movilizó para conformar fuerzas paramilitares.
Hay denuncias de que se usaron fusiles Dragunov, ametralladoras PKM, armas de alto calibre, de uso estricto de las fuerzas armadas, y no solo por la policía, fueron usadas por francotiradores en las protestas. Y de la misma manera, desde el momento en que el gobierno o el régimen empezó a involucrar al ejército y a la policía en la represión, los altos mandos inmediatamente los tomó de su lado, porque ¿qué jefe policial o qué jefe del ejército va a apartarse de Ortega cuando está involucrado en crímenes de lesa humanidad? Lo que hicieron fue cerrar filas en torno al régimen para protegerle y para protegerse ellos mismos.
DDA: Pensando en la trayectoria del régimen Ortega-Murillo, ¿cómo podríamos entender que el apoyo popular aumentara en las elecciones de 2006-2010? Para Ortega había allí una esperanza de que realmente el movimiento sandinista-orteguista fuera un movimiento semejante a aquel de 1979. ¿Todavía había gente que veía esa posibilidad o bien ya se manifestaba una presión desde arriba para que el voto se ejerciera de cierta manera para que dejara en evidencia que había un apoyo amplio a Ortega y a su reforma?
GS: Sí, de hecho, Ortega siempre ha mantenido un techo de votos de 38 %; Ortega y el Frente Sandinista no pasan de ahí. Por esa razón fue que, en 1998, siendo presidente liberal Arnoldo Alemán, Ortega y Alemán acordaron un pacto secreto mediante el cual Alemán le cedió a Ortega una serie de instituciones del Estado, y el derecho de nombrar jueces afines al Frente Sandinista en el Poder Judicial, magistrados en el Consejo Supremo Electoral y también en la Procuraduría de Justicia y en la Procuraduría de Derechos Humanos. Así, comenzaron a colocar funcionarios liberales y sandinistas alternadamente, en otras palabras, a repartirse los principales poderes del Estado. Como parte de ese pacto también se acordó bajar a 35 % el techo para ganar una elección presidencial. ¿Para qué? Para facilitarle a Ortega poder volver al poder, porque Ortega tuvo tres fracasos electorales seguidos después de 1990 porque no llegaba al mínimo del 51 % que exigía la ley electoral. Entonces lo bajaron a 35 % y como su techo era siempre 38 %, pudo ganar; eso es parte también del daño que Arnoldo Alemán y los liberales le han hecho a la democracia en Nicaragua. Según las últimas encuestas, ahorita el nivel de popularidad que tiene Ortega no sube más allá del 30 %, está entre 28 % y 30 %, porque también, como parte de toda su política y su estrategia represiva, ha afectado incluso a personas que trabajan con el gobierno o a familiares de personas que trabajan con el gobierno.
Todo funcionario de confianza o que trabaja para instituciones del Estado está preso en Nicaragua como si fueran opositores, porque el régimen no confía tampoco en ellos.
WM: Quisiera volver al problema del ejército. Yo viví en Nicaragua y vi que el Ejército Popular Sandinista era muy diferente de los ejércitos de los países centroamericanos, con vínculos mucho más orgánicos con la población civil, no como una sociedad paralela o un Estado dentro del Estado mismo. Entonces mi pregunta es si después de 2018 no hay ciertas fisuras dentro del ejército que se deban a los vínculos con la población que no habían sido completamente aniquilados. Sabemos que la “teoría” del golpe ha sido un abuso del concepto por parte del gobierno, para legitimar su represión, pero mi pregunta es si podemos también decir que era completamente impensable un movimiento dentro del ejército contra el actual gobierno dictatorial.
GS: Bueno, los periodistas buscamos mucho la opinión del ejército al principio porque pensamos que el ejército iba a tomar distancia y que iba a decir “nosotros no nos metemos a reprimir, para eso está la policía”. Según su reglamento y sus leyes internas, el ejército está para resguardar la soberanía. Por eso, al inicio pensamos que el ejército no iba a apoyar al gobierno de ninguna manera. Al principio los militares guardaron silencio, pero luego empezaron las denuncias del uso de armas de guerra y empezó a aparecer públicamente junto a Ortega el general Julio César Avilés, que es el máximo jefe del ejército, con la bandera de Nicaragua y la bandera del Frente Sandinista, algo que estaba prohibido en el ejército. Cuando se dio el proceso de profesionalización del ejército, a partir del año 1995, el ejército se declaró apolítico, apartidista, no deliberante y ahora ya los jefes del ejército, los generales, aparecían con Ortega en actos políticos del Frente Sandinista.
También, previo a 2018, ya hubo movimientos también de coroneles y generales que pasaron a retiro. Recuerden que, como todo cuerpo armado, tienen sus estructuras de inteligencia y saben cuándo se puede formar algo que pueda poner en riesgo su autoridad. Entonces, sí hubo movimientos de personas que pasaron a retiro, incluso en las marchas hubo generales, exgenerales del ejército que participaron en las marchas cívicas, hubo cuatro de ellos y circuló una foto de los cuatro durante las marchas y volvió a circular en 2021 y esto motivó que, a dos de ellos, el gobierno les impidiera salir del país cuando iban en viaje de trabajo, de turismo y les quitaran sus pasaportes, como represalia porque habían apoyado las protestas. De manera que los que están manejando las fuerzas armadas son personas absolutamente leales a Ortega, hasta donde se sabe.
DDA: Gabriela, y pensando en la actitud de algunos líderes de la Iglesia católica nicaragüense frente al régimen, ¿qué podría explicar el rompimiento entre ellos y Ortega? Eso lo pregunto pensando en que, todavía en la década del 2000, Ortega había pactado con el arzobispo de Managua, lo que hizo que muchos de los grandes logros de los movimientos feministas, por ejemplo, el aborto, se echaran para atrás gracias a ese pacto. ¿Cómo se explica este rompimiento de algunos líderes católicos con el régimen orteguista?
GS: Bueno, es que los obispos, la mayoría de los obispos, la Conferencia Episcopal apoyó las protestas y se manifestó desde el principio en contra de la represión. Ellos alzaron la voz, como monseñor Silvio Báez, que era el obispo auxiliar de Managua, que está exiliado actualmente; monseñor Edén Romano, sacerdote del barrio Monimbó de Masaya, que prestó su iglesia para atender a los jóvenes heridos en las barricadas de Masaya. Entonces la iglesia tomó una postura a favor de la lucha cívica y eso el régimen no lo perdonó. Hay algunos obispos, como monseñor Sandino, que está ahorita en León, que siguen apoyando a Ortega; hay otros, como el cardenal Brenes, que han mantenido una posición absolutamente prudente por llamarla así, pero, obviamente, él no quiere condenar al gobierno, ni manifestarse en contra, seguramente porque tiene miedo de que lo lleven preso.
Está el obispo monseñor Rolando Álvarez, que es para mí el símbolo de lo que es la lucha de la Iglesia católica en favor de las protestas. Más allá de que ellos estén en contra del aborto, conozco feministas, dirigentes feministas que han simpatizado muchísimo con la posición de la Iglesia frente a la lucha cívica y en respaldo a los manifestantes. Les decía que monseñor Rolando Álvarez, el obispo de Matagalpa, fue víctima el año pasado de una persecución del gobierno. Primero estuvo bajo asedio en la diócesis de Matagalpa, en el norte de Nicaragua. Él y siete colaboradores permanecieron encerrados, rodeados por la policía durante 15 días, hasta que todo el interés mediático giró en torno a él. En ese momento, el gobierno se percató de que esa situación promovía demasiado interés público, por lo que decidió secuestrarlo. Entraron a medianoche, lo llevaron por la fuerza a Managua, lo tuvieron en la casa de un familiar de él bajo arresto domiciliario y en febrero de este año, cuando el gobierno excarceló y desterró a 222 opositores, quisieron que monseñor Álvarez también se fuera en el avión.
Él se negó a subir porque dijo que no estaba dispuesto a ser desterrado, que no iba a ser obligado al destierro y que prefería la prisión. Entonces lo encerraron en la “cárcel modelo” de Nicaragua, donde están la mayoría de los reos comunes y lo condenaron sin juicio, ni abogado, ni nada, a 26 años y cuatro meses de cárcel. Él permanece preso. Es el único obispo en América Latina que se encuentra preso por un gobierno actualmente, no hay noticias de él. Hace poco publicaron una foto de una visita familiar donde se le vio almorzando con sus hermanos. Pero el gobierno mantiene oídos sordos a los reclamos de libertad para monseñor Álvarez.
WM: En 2019, a monseñor Álvarez lo invitamos a un simposio de CALAS que tuvo lugar en el sur de Alemania, en un exmonasterio, y me sorprendió mucho su criterio. Muy conciliador, para decirlo de alguna manera; muy claro de la situación en Nicaragua. Desde aquí un mensaje que pronunciamos en plena solidaridad con él y pedimos a ese gobierno dictatorial que lo libere de una vez, que no tiene ninguna culpa de los delitos de que le acusan. ¡Eso es una vergüenza![1]
Pero me interesaría mucho tu criterio sobre el comportamiento del Vaticano…, el largo silencio; es muy reciente que el papa se ha pronunciado de manera muy calmada sobre Nicaragua. ¿Cómo explicás este largo silencio de esta iglesia que siempre ha tenido una presencia muy fuerte en la política nicaragüense?
GS: Sí, yo no lo comprendo realmente. En mi libro, incluso yo lo lamento porque en Banderas y harapos yo recojo la llegada del papa Francisco al Vaticano en 2013 porque es algo que me había alegrado mucho a mí y también al padre Fernando Cardenal, que fue mi mentor y que dirigió la Cruzada de Alfabetización. Él estaba feliz cuando Jorge Mario Bergoglio fue elegido papa. Sin embargo, lo que vi es mucha decepción entre la gente católica en Nicaragua, por los largos silencios, como dices, del papa frente a esta situación. La gente esperaba alguna palabra, más allá de las gestiones diplomáticas que se pudieran hacer, algunas frases públicas de condena, o por lo menos de desaprobación a la represión, pero no las tuvo. Sin embargo, hay que mencionar que el nuncio apostólico, que ya no está en Nicaragua porque fue expulsado en 2022, monseñor Waldemar Stanislaw Sommertag, sí tuvo un trabajo importante de incidencia por la libertad de los presos políticos.
A mí me consta, porque he hablado con colegas periodistas que estuvieron presos y me dijeron que él insistía mucho en visitar las cárceles, que sí tuvo una actitud permanente de interés por ellos y de presión hacia el gobierno de Ortega para lograr la liberación de los presos políticos.
Pienso que el papa actuó tal vez a través del nuncio, aunque mucha gente esperaba frases contundentes. Pienso también que al llamar dictadura guaranga al régimen Ortega-Murillo se quedó corto. Porque guarango en Argentina no es un epíteto fuerte, es como decir grosero o vulgar, pienso que tendría que haber empleado una palabra un poco más fuerte y más ajustada a la realidad de lo que es ese gobierno.
DDA: Gabriela, preocupado por el futuro inmediato de Nicaragua, porque muchos soñamos en 2018 que la protesta social iba a hacer caer el régimen, y algunas invitadas que tuvimos en CALAS en aquel momento también sostenían nuestra tesis, de que el régimen se estaba quebrando, de que se les estaba quitando apoyo, de que pronto Ortega iba a tener que renunciar, etcétera. Pero lo que vimos más bien fue un reacomodo de piezas y un empoderamiento todavía más fuerte de los sectores radicalmente más represores dentro del gobierno, y entonces el ansiado final de esa pesadilla en la que se convirtió el orteguismo no se vio. Y hoy lo vemos todavía más lejano. No parece que el régimen tenga pies de barro. Es posible que todos esos intereses que ya señalaste en términos de negocios privados sean lo que siga sosteniendo a través de las armas a Ortega y a Murillo en el poder. Pero ¿vos ves algún tipo de límite final que logre que se rompa esa estructura y que llame a cambios específicos o solamente una revolución social como la de 1979 podría echar abajo este régimen?
GS: Pues, bueno, yo lo que pienso es que Ortega está fuerte. Ortega está asentado en sus posiciones porque sabe que tiene el apoyo de las entidades armadas con las que puede controlar a la población y porque, además, se ha instalado, o sea, él ha enviado mensajes concretos y clarísimos de terror, de que el que levante la voz va preso, el que levante la voz va exiliado, desterrado e incluso estos mensajes van dirigidos para sus propias bases. Sin embargo, yo pienso que el cambio va a tener que venir del hastío de la propia gente que ahora los apoya, que no es, por supuesto, en ningún sentido la mayoría de la población, ni siquiera la mitad de la población.
Sin embargo, yo creo que también la gente está abriendo los ojos, incluso la gente que los apoya no está de acuerdo con lo que están haciendo y esto me parece que se puede vincular a la represión del gobierno, a la escalada represiva que ha tenido hacia la Iglesia católica en los últimos días. En estos días que pasaron de Semana Santa, el gobierno prohibió las procesiones católicas al aire libre. Y la gente que tal vez apoyaba a Ortega está muy molesta por eso, porque Nicaragua es un pueblo profundamente cristiano, que dedica tiempo y energías a todas esas actividades de devoción, de procesiones y ahora se les ha impedido participar.
Ha habido persecución; según monitoreos independientes, 21 personas fueron detenidas en la primera semana del 1 al 9 de abril, en el marco de esta persecución contra las actividades religiosas; también un colega periodista está preso por haber filmado una procesión. Entonces pienso que estos son errores que el gobierno está cometiendo y que se le van a revertir tarde o temprano.
WM: En la edición mexicana de Banderas y harapos escribes, para referirte al orteguismo: “ellos traicionaron los sueños”. ¿Realmente podemos pensar lo que está pasando o que ha pasado y está pasando en Nicaragua en términos de traición? Esa es mi inquietud. Me acuerdo de una escena que cuentas en Banderas y harapos, cuando Bayardo Arce sale en medio de una reunión con campesinos pobres, con su cigarro Marlboro, con sus lentes Rayban… ¿No estamos viviendo la persistencia de una estructura autoritaria en la historia nicaragüense que no se ha logrado superar?
GS: Sí, sí, yo creo que eso persiste y justamente me parece que con la rebelión de abril de 2018 se dio un parteaguas en cuanto a esa concepción de la ciudadanía frente a los líderes.
La gente no quiere más caudillos, la gente no quiere una persona que dicte lo que va a ser, ni una familia como lo fue Somoza y lo está haciendo Ortega ahora. Tal vez, por eso también es tan difícil unir a la oposición y buscar un liderazgo único, porque también hay temor en escoger líderes que después vayan a resultar en lo mismo. Bayardo Arce ahí sigue como asesor económico del gobierno. En la década de 1980, él sacaba su paquete de Marlboro frente a los periodistas (él era periodista también, además de comandante), cuando en Nicaragua no había cigarros y no había ni filtro para hacer los cigarrillos, porque con el embargo de Estados Unidos no había nada en Nicaragua, ni papel higiénico, ni baterías… y Bayardo Arce llegaba a fumar frente a los periodistas y nos decía a los periodistas sandinistas que teníamos que sacrificarnos, que teníamos que morir en una cobertura, si era necesario, por la revolución… y él sacaba su cigarro, yo fumaba mucho en ese tiempo, y a todos se nos iban los ojos mirando los cigarros Marlboro. Pero bueno, pienso, volviendo a lo otro, que abril marcó también un despertar de la población y una toma de posición, de decir no queremos más eso, o sea, lo que queremos es esa ciudadanía convocada en las calles, la libertad de marchar masivamente, el poder criticar a unos y otros en las redes o fuera de las redes, o en reuniones, pero no la estructura vertical de un gobierno autoritario.
WM: Me gustaría hacerte una última pregunta en relación con la recepción de tu primer libro Banderas y harapos, que se presentó en septiembre de 2016, en el Aula Magna de la Universidad Centroamericana, ante un público de varios cientos de personas. ¿Cómo fue la recepción antes de 2018 y después de 2018? ¿Está circulando el libro todavía en Nicaragua?
GS: El libro no está circulando ya, porque está agotado. Tuvo cuatro ediciones en Nicaragua, la última se agotó en 2019-2020. El libro, para mi sorpresa, se convirtió, sin yo esperarlo, en un instrumento de memoria, porque permitió establecer un diálogo intergeneracional entre los lectores. ¿Por qué digo esto? Por ejemplo, en las presentaciones que yo hice, múltiples presentaciones en las universidades de Nicaragua, los estudiantes me decían:
Nosotros leímos el libro aquí con la profesora tal, porque nos dieron a leer el libro y para mí fue una historia totalmente nueva, que no había escuchado ni en mi casa. Y, entonces, sabía que mi mamá había estado en el ejército, pero mi mamá nunca me había contado nada de eso. Entonces, a partir del libro, yo le empecé a hacer preguntas y mi mamá me confesó que no hablaba de esa época de la guerra de los 80 y todo, porque le dolía mucho y que no quería recordar nada.
Todo el mundo bajó una cortina: “no recordemos nada de eso, porque recordar duele y, por lo tanto, no hablemos de esto”. Entonces toda esa historia oral estaba en silencio y el libro ayudó, no quiero sonar pretenciosa, pero sí tengo montones de cartas de gente que me escribió y me lo dijo: el libro ayudó a conversar sobre esa etapa entre padres, hijos, abuelos, tíos y sobrinos y la gente me escribía, adultos y jóvenes, para decirme que gracias, que el libro les había ayudado a poder conversar sobre cosas de las que tenían miedo. Entonces, Crónica de Abril espero que también sirva como un aporte a la memoria, a la lucha por la verdad, como se llama el prólogo de Doña Vilma,[2] que escribió especialmente para el libro, porque a partir de la verdad es que podemos restablecer la justicia y también asegurar la memoria.
WM: Muchas gracias.
DDA: Muchas gracias, Gabriela, por este conversatorio que ha sido para mí muy esclarecedor. Quisiera subrayar esa necesidad de verdad y justicia en términos históricos para las y los exponentes heterogéneos de la Revolución sandinista, para quienes pusieron el pecho a las balas en los ochenta y para quienes hoy reclaman con claridad que esa bandera que Ortega robó, no le pertenece. El régimen Ortega-Murillo no es una expresión de lo que fue Sandino, ni de lo que ha sido su lucha a través de la historia de Nicaragua. Y de corazón espero que Nicaragua muy pronto, muy pronto, vuelva a celebrar la caída de un dictador y que el futuro sea muy promisorio para esta nación.
GS: Sí, ¡ojalá sea así!
WM: Me uno a las palabras de David, ¡muchísimas gracias, Gabriela!
Bibliografía
Ramírez, Sergio (2016). La lumbre que duerme en el rescoldo, en Selser, Gabriela, Banderas y harapos. Relatos de la revolución en Nicaragua. Managua: Anamá Ediciones, pp. 11-17.
Selser, Gabriela (2016). Banderas y harapos. Relatos de la revolución en Nicaragua. Managua: Anamá Ediciones.
Selser, Gabriela (2023). Crónicas de Abril. La verdad sobre la rebelión de 2018 en Nicaragua. México: Editorial Independiente.







